Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 12 a. Semana – Ciclo C

“Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la ley y los profetas. Entrad por la puerta estrecha. Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos”. (Mt 7,6.12-14)

¿Cómo quisiera que me tratasen a mí?
Quisiera que me valorasen tal y como soy.
Quisiera que comprendan en mis debilidades.
Quisiera que me ayuden a levantarme si he caído.
Quisiera que nunca me falte lo necesario para vivir con dignidad.
Quisiera vuestro perdón cuando os ofenda.
Quisiera vuestra misericordia en mis flaquezas.
Pero ¿es así como trato yo a los demás?

El Papa Francisco nos pide en este Año Santo:
“En este año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno crea”.
“En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención…”
“Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad”. (Bula n 15)

¿Conoces alguna casa que no tenga puertas?
Todas las casas tienen sus puertas.
Incluso, algunas hasta tienen esa fea puerta llamada de “servicio”.
También lo malo tiene puertas y caminos.
Y las puertas del mal son bien anchas.
Pero también el cielo tiene las suyas.
Lo que me extraña es lo que nos dice Jesús: “que es estrecha”.

¿Será tan estrecha que son pocos los que dan con ella?
No quiero entrar en discusiones con Jesús.
No estoy tan seguro que sea tan estrechita que solo entren los flacos.
Señor, ¿no has dicho que tú mismo eres la puerta?
¿Y me vas a decir que tú eres tan estrecho como la Ley, que sí la estrechaba?
¿No eres tú la puerta de la misericordia del corazón del Padre?
El que te conoce a ti ha encontrado una puerta tan grande como tu corazón.
El que te sigue a ti ha encontrado una puerta tan grande como el amor que nos tienes.
Estoy seguro de que quien te ha conocido a ti sabe que la puerta que eres tú es mucho más grande que todas las puertas.

Tú nos has señalado que la verdadera puerta de la salvación es el “amor”.
Primero el amor del Padre.
Segundo el amor a los hermanos.
Y por eso, nos señalas cuál es la verdadera puerta:
“Tratad a los demás como queréis que ellos os traten”.

Amar al prójimo como a uno mismo:
Es la puerta que nos abre el corazón del Padre.
Es la puerta que nos abre el corazón de los demás.
Es la puerta que nos abre el alma de los demás.
Es la puerta que nos abre la amistad de los demás.
Es la puerta que nos abre el amor de los demás.

Cuando somos capaces de “tratar a los otros como queremos ser tratados”:
Se abren todas las puertas hasta ahora cerradas.
Se abren las puertas de los necesitados.
Se abren las puertas de los grandes.
Se abren las puertas de la solidaridad.
Se abren las puertas de la comprensión.
Se abren las puertas de la generosidad.
Se abren las puertas de la justicia.
Se abren las puertas de la comunión entre todos.
Se abren las puertas de la paz.

Es que, “cuando tratamos a los demás como a nosotros mismos”:
Convertimos a los demás en nuestro “otro yo”.
Valoramos a los demás como a nuestro “otro yo”.
Queremos para los demás, la vida que deseamos para nosotros.
Queremos las mismas condiciones de vida que deseamos para nosotros.

Señor, “los demás” son muchos.
La puerta de la entrada son los demás.
Señor, gracias porque has hecho de mis hermanos la puerta para llegar a Ti.
Señor, gracias porque me has hecho a mí la puerta grande por donde los demás puedan llegar a Ti.
Tú “eres la puerta”.
A nosotros nos has “hecho tu puerta”.

Clemente Sobrado C. P.

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