Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 15 a. Semana – Ciclo C

“Se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos los milagros, porque no se habían convertido: “¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y Sidón se hubieran hecho lo milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y Sidón que a vosotras”. (Mt 11,20-24)

Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida

Es la primera vez que Jesús recrimina a dos ciudades.
Esta vez a Corozaín y Betsaida.
Más tarde, no recriminará, pero sí llorará sobre Jerusalén.
Y todo ¿por qué?
Por no tener ojos para ver los signos del Reino.
Por no ver las pobres gentes que le buscaban y seguían.
Por no ver los milagros que hacía sanando enfermos.
Por no tener oídos para escuchar el anuncio del Reino.
Por tener cerrado el corazón al cambio y a lo nuevo.
Por cerrarse a la gracia que se les ofrece.
Por no aprovechar las posibilidades que Dios les ofrece.

Y en cambio, demuestra una mayor comprensión hacia Tiro y Sidón, ciudades paganas.
Pero que no han tenido las mismas oportunidades.
Porque no han tenido las misma posibilidades.

¡Qué difícil resulta juzgar a los demás!
Cada uno conocemos nuestro corazón.
¿Alguien conoce el corazón de los otros?
Cada uno sabe los dones que ha recibido.
¿Alguien sabe los dones recibidos por los demás?
Cada uno sabe las posibilidades que ha tenido.
¿Alguien conoce las posibilidades de los demás?

Cada uno tenemos nuestra propia medida según el corazón de Dios.
Y cada uno tendremos que dar nuestra propia talla delante de él.
Ante Dios no somos masas anónimas.
Ante Dios cada uno somos nosotros mismos con nuestra propia identidad.
Cada uno llevamos nuestro propio nombre y apellido.
Y nadie puede revestirse del apellido y nombre del otro.

Ante Dios todos somos iguales: hijos.
Pero ante Dios todos somos distintos.
Como son distintos los hijos en la familia.

En Corazón y Betsaida, Jesús había hecho la mayoría de sus milagros.
Por tanto, les había ofrecido la mayoría de las señales o signos de la fuerza del Evangelio.
Signos que no hizo en Tiro y Sidón.
Por eso Tiro y Sidón merecen un mejor trato y una mejor consideración a la hora de juzgarlos.

Jesús nos plantea un tema de responsabilidad.
Cada uno somos responsables de los dones que hemos recibido.
Tanto humanos como espirituales.
¿Le vamos a pedir a quienes tienen que vivir en unas esteras amontonados, lo mismo que a quienes viven en casas holgadas y con todas facilidades?
¿Le vamos a pedir lo mismo a quienes carecen de sacerdote más que en las fiestas del pueblo, que a quienes tienen sacerdotes hasta en la sopa?
¿Le vamos a pedir lo mismo a quienes no tienen sino una misa al año, que a quienes tienen misas a todas las horas?
¿Les vamos a pedir lo mismo a quienes ha tenido todos los medios de formación humana y religiosa que a quienes no tienen ni escuela ni catequesis?
¿Les vamos a pedir lo mismo a quienes han tenido una familia unida, estable y unos padres religiosos, que a quienes carecen de familia y viven en la calle?

¿Tendrán todos la misma responsabilidad?
¿Se les exigirá a todos con la misma medida?
Y ahora, me pregunto a mí mismo: ¿Y yo que he recibido tanto de Dios y he tenido tantas posibilidades daré la medida y la talla que Dios espera de mí?
No vivamos de ilusiones.
La realidad se nos impone.
También la realidad de los signos que Dios hace en nosotros.
Se nos juzgará por nuestra respuesta a los dones que hemos recido.

Clemente Sobrado C. P.

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