Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 15 a. Semana – Ciclo C

“Exclamó Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor”. (Mt 11, 15-27)

Evangelio de contrastes.
Ayer recriminaba a dos ciudades.
Hoy la alegría ha vuelto a su corazón.
Es “el Evangelio de “las pequeñas o grandes alegrías de Dios”.
Jesús debió de tener muchos momentos de gran tristeza.
Sobre todo viendo la resistencia de los corazones humanos.
Pero Jesús también debió de tener grandes alegrías.

Hoy es la alegría que le da la gente sencilla.
Hoy es la alegría que le regala esa gente sencilla del campo.

Muchas veces Jesús habla de la necesidad de la oración.
Y otras tantas se nos dice que Jesús oraba.
Pero no se nos decía:
Ni cómo oraba.
Ni qué le decía al Padre.
Ni cómo expresaba sus sentimientos ante el Padre.

Hoy, el Evangelista le sorprende orando.
Le sorprende hablando con el Padre.
Y la sorprende hablando de sus alegrías.
De esas alegrías sencillas que le proporcionaban las gentes sencillas.

Ve cómo los grandes se resisten al Evangelio.
Pero también ve cómo los pequeños le abren su corazón.
Ve como los grandes intelectuales se cierran a la Buena Noticia.
Pero también ve cómo la gente sencilla, que no sabe leer ni escribir, recibe con gozo la Buena Noticia del Reino.
Se puede saber mucho y ser esclavo de sus propias ideas.
Se puede saber muy poco y sentirse libre frente al Evangelio.
Se puede saber mucho y saber muy poco de Dios.
Se puede ser ignorante y ser un sabio sobre Dios.
¿Recuerdan aquella frase que se repite con frecuencia?
Juan no sabía leer ni escribir. Se ponía delante del Sagrario y simplemente le decía: “Señor, aquí está Juan”.

Siempre me han llamado la atención las pequeñas alegrías de Dios.
No las alegrías de las cosas grandes.
Sino la alegría de las cosas pequeñas.
La alegría que los pequeños pueden regalar a Dios.
La mayor alegría que podemos ofrecer a Dios es un corazón siempre disponible.
La mayor alegría que podemos ofrecerle a Dios la simplicidad del corazón de los sencillos.

Una oración sencilla.
Un hablar con el Padre de corazón a corazón.
Un hablar con el Padre de las cosas sencillas del Reino.
Un hablar con el Padre del corazón de los sencillos.
Lucas, más detallista, añade a esta oración de Jesús: “se estremeció de gozo”.

¡Pensar que, desde la simplicidad de nuestro corazón, podemos “estremecer de gozo el corazón de Jesús”!
¡Pensar que, cada vez que abrimos nuestro corazón al Evangelio, “se estremece de gozo el corazón de Jesús”!
¡Pensar que Jesús ora “dando gracias por la experiencia de ver cómo los corazones sencillos se abren al anuncio del Reino”!

Señor: dame inteligencia para comprender.
Señor: dame un corazón sencillo para recibirte.
Señor: hazme sabio en la sencillez de mi ignorancia.
Señor: hazme sabio en la simplicidad de mi corazón siempre disponible.
Señor: que mi vida abierta al Evangelio, “te haga estremecer de gozo” ante el Padre.

Clemente Sobrado C. P.

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