Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 16 a. Semana – Ciclo C

“Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca, se sentó, y la gente se quedó en pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: “Salió el sembrado a sembrar. Al sembrar un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso… otro poco entre zarzas… El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros sesenta; otros, treinta,. El que tenga oídos que oiga”. (Mt 13, 1-9)

El resto cayó en tierra buena y dio grano

También a Jesús le gustaría pasearse junto al lago, y relajarse contemplándolo.
La brisa del lago como de la playa suele ser relajante.
Allí se respira mejor y se relaja mejor.
Además el paisaje del lago es bello y hermoso.

Sin embargo diera la impresión de que ese respirar profundo en la playa no es para él.
Tan pronto lo vieron las gentes se amontonaron en torno a él.
Nosotros diríamos: “Por favor, que es la hora de la siesta, déjenme en paz”.
Jesús no. Su pasión es la gente.
Se olvida de sí mismo y comienza a hablarles “largo tiempo”.
Como la gente se le echa encima, él se sube a una barca y para darles tranquilidad, él mismo se sienta.
Es importante que la gente sienta que no tenemos prisa.
Es importante que la gente sienta que para él es lo más importante.

Con frecuencia, decimos que la gente no quiere escuchar.
Yo me pregunto si no seremos nosotros los que les privamos de las ganas de escucharnos, con nuestras prisas, como si fuesen una molestia.
Personalmente me fastidia cuando atiendo a alguien y al despedirse me agradece con “un gracias, Padre, por el tiempo que le he quitado, porque sé que usted está muy ocupado”.
A la gente hay que crearle la sensación de que son importantes, y que sus problemas nos interesan y que su presencia no nos molesta, por más que a veces, tengamos mucho que hacer.
Y no sentirlos como un estorbo.

Jesús comienza a hablarles y lo hace desde el lenguaje que mejor conocen.
Mediante parábolas tomadas de su propia vida de agricultores.
Y nada mejor conocido para un hombre del campo que las semillas.
Y Jesús comienza hablando de uno de ellos, que puede ser cualquiera, que salió a sembrar.
Las semillas están seguras en las manos del sembrador.
Pero luego, cuando son sembradas, quedan a su propia suerte.
Una suerte que depende de la tierra donde caen.
Hay semillas que caen en el camino.
Hay semillas que caen entre piedras.
Hay semillas que caen entre zarzas.
Hay semillas que caen en buena tierra.
Y es en la buena tierra donde las semillas brotan, crecen y dan fruto.
Eso lo saben ellos, desde su experiencia, mejor que Jesús que, de seguro no tenía terreno alguno donde sembrar.

Pero ¿qué les quiso decir con ello?
La misión de Jesús es también la de sembrar semillas del Reino.
La misión de Jesús es la anunciar el reino.
Su palabra se convierte en semilla.
Y su palabra puede correr la distinta suerte que el resto de semillas sembradas.
Por tanto, es una llamada a que cada uno, mire a su corazón y vea qué tipo de tierra es y:
a preguntarse si su corazón está duro como el camino.
a preguntarse si su corazón está lleno de maleza que ahoga la palabra.
a preguntarse si está lleno de piedras que impiden el crecimiento de la palabra.
a preguntarse si su corazón está tan lleno de maleza que ahoga sus plalabras.

La palabra es la misma.
La buena noticia es la misma.
Los oídos del corazón son diferentes.
Mientras unos dicen: “nadie ha hablado como este hombre”.
Otros dirán: “este es el carpintero”.
Mientras unos se dejan cambiar por la palabra y le siguen, otros, tienen demasiada maleza de prejuicios que impiden que la palabra dé fruto.

Basta que cada uno miremos a nuestro corazón:
Todos escuchamos el mismo Evangelio, pero no todos lo abren..
Todos escuchamos el mismo Evangelio, pero no todos nos dejamos fecundar por él.
Todos escuchamos el mismo Evangelio, pero no todos los corazones florecen en trigales y espigas.
Es la suerte de la Palabra de Dios.
Es la condición de cada uno de nosotros cuando la escuchamos: atentos, despistados, a aburridos o ni nos enteramos.

Clemente Sobrado C. P.

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