Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: La Transfiguración del Señor

Transfiguración“Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco. De repente dos hombres conversaban con él; eran Moisés y Elías, que aparecieron en gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumarse en Jerusalén”. (Lc 9,28-36)

A Dios le encantan los montes.
Le encantan las alturas para revelarse y manifestarse.
Y a Jesús también:
Para orar se retira a la montaña.
Para manifestar su verdad íntima sube a la montaña.
Es que en las cimas, el aire es puro y transparente.
Es que, desde las cimas, se ve un panorama más amplio y bello.
Desde el llano, Jesús se ve como un hombre cualquiera.
Desde la cima del monte, Jesús se transfigura, como si se abriesen todas las ventanas y dejasen ver todo lo que hay dentro.
Es en esa cima que llamamos Monte Tabor, donde Jesús se deja ver por dentro.
Es en esa cima, donde toda su belleza traspasa lo opaco de lo humano y se manifiesta todo lo divino que hay dentro.
Incluso habría que decir que, es en esa cima donde se anticipan los resplandores de la Resurrección.

En la cima del Sinaí comenzó la Ley escrita en tablas de piedra, por eso ahí está como testigo Moisés.
Y es en esta cima del Tabor donde Dios deja escuchar de nuevo su voz.
Pero no es para que regresemos a Moisés, ni tampoco a Elías, el profeta de Dios, sino para decirnos a todos que, a partir de ese momento la verdadera voz de Dios es Jesús el “Hijo amado”. “Escuchadle”.

Con frecuencia todos vivimos nuestra fe cristiana como una especie de fardo pesado.
Porque solo vemos a Jesús por fuera.
Porque solo le vemos con los ojos.
Porque no le vemos dentro.
Porque le vemos pero sin hacer una verdadera experiencia de él.
Una experiencia que nos abra los ojos, que nos entusiasme como se entusiasmó Pedro que ya no piensa regresar al llano y prefiere seguir respirando los aires puros de las alturas.
Conocemos a Jesús, pero no le hemos visto de verdad.
Conocemos a Jesús, porque nos han hablado de él, pero sin que nuestros ojos hayan podido ver más adentro que las apariencias.
Por eso, como cristianos, nos cuesta gritar como Pedro:
“¡Qué bien se está aquí”.
“¡Qué bien y qué a gusto me siento como cristiano!”
“¡Qué bien y qué feliz soy sintiendo la presencia y la compañía de Jesús!”

Pero algo parecido nos puede suceder con nosotros mismos:
¿Verdad que estamos aburridos con nosotros mismos?
¿Verdad que estamos aburridos y cansados de estar con nosotros mismos?
¿Verdad que preferimos vivir fuera de nosotros mismos para distraer nuestro aburrimiento?

Es que, en el fondo, tampoco nos conocemos a nosotros mismos sino de una manera superficial.
Nos vemos desde nuestro cascarón.
Nos vemos desde lo que vemos en el espejo.
Pero ¿verdad que vemos poco la belleza de nuestro corazón?
Hay demasiadas “Miss Mundo”, “Miss Universo”.
Pero siempre en razón de la belleza de los cuerpos.
¿Cuándo será que hagamos el concurso de “Miss corazón”, de “Miss gracia”, de “Miss bondad”, de “Miss amor”?

Yo espero el día en el que, al estilo de Pedro, también nosotros podamos exclamar:
Señor ¡qué bien me siento conmigo mismo!
Señor ¡qué a gusto me siento conmigo mismo contemplando la belleza de mi corazón!
Señor, ¡qué a gusto y feliz me siento mirándome y paseándome por dentro de mí mismo!
Señor, ¡soy tan feliz con ese mundo de gracia que llevo aquí dentro, que no siento ganas de salir sino quedarme conmigo mismo y contigo dentro de mí!
Seremos felices cuando nos sintamos a gusto de lo que somos porque le hemos visto y nos hemos visto y mirado por dentro.

Clemente Sobrado C. P.

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