Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 19 a. Semana – Ciclo C

“Le acercaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos los regañaban. Jesús dijo: “Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el Reino de los cielos” Les impuso las manos y se marchó de allí”. (Mt 19,13-15)

Dejad que los niños vengan a mí

Flickr: Moin Uddin

En la Parroquia hay un grupo de mujeres que todos los jueves se reúnen para rezar el “Rosario del niño no nacido”.
Las admiro en su constancia y en su interés.
No son muchas, pero no por eso dejan de hacerlo.
Cuando las escucho me viene a la mente la escena de “Jesús y los niños”.
Una de las escenas más tiernas del Evangelio es ver a Jesús con los niños.
Hay estampas que reflejan bondad, ternura, naturalidad y confianza.
Confianza de los niños con El.
Confianza de El con los niños.
Jesús siempre se revela más en su intimidad precisamente cuando está con los pequeños.

Y hoy, nos da una lección a los grandes:
Los discípulos se sienten fastidiados viendo cómo los niños se le suben a las rodillas.
De seguro que los veían sucios, niños de aldea, algunos hasta es posible que con mocos.
Y los niños siempre molestan y fastidian a los grandes que nos hemos olvidado del gusto de las cosas pequeñas.
Mientras tanto, Jesús se siente a gusto con ellos.
Y hasta se atreve a presentarlos como modelo para entrar en el Reino de los cielos.
“De los que son como ellos es el Reino de los cielos”.

Yo haría dos lecturas hoy sobre este texto:
En primer lugar:
Jesús “vive la cultura de los niños”.
Jesús “vive la cultura de los que son como los niños”.
Jesús “vive la cultura de la acogida a los niños”.
¿Sería que Jesús se acordaría que muchos niños perdieron su vida por su causa?
¿Y descubría en cada uno a alguno de aquellos niños asesinados por Herodes?
¿Se vería a sí mismo en cada uno de ellos, huyendo a Egipto para salvar su vida?
Lo más seguro es que Jesús:
Reconocía que, detrás de esa vida vulgar de aldea, había en cada niño un corazón de Dios, un corazón limpio. Cuerpos, posiblemente no tan limpios, pero corazones que olían a la sencillez de Dios.

En segundo lugar:
Hoy nosotros vivimos la “cultura anti-niño”.
Toda una industria mundial para evitar el nacimiento de un niño.
Hasta decir que más eficaz era “un dólar invertido en anticoncepción que en desarrollo”.
Lo queremos justificar de mil maneras:
“Le llamamos control de natalidad”.
“Esterilizaciones voluntarias”
“La llamamos paternidad responsable”.
Incluso muchos préstamos entre Estados han estado condicionados a implantar una política de publicación antinatalista.

Las consecuencias ya las estamos pagando:
Un mundo envejecido.
Un mundo sin futuro.
Porque donde no hay niños no hay futuro.
Preguntemos a muchos Estados sobre el problema que hoy tienen con la seguridad social.
Las vocaciones se están reduciendo al mínimo en aquellos lugares donde el control de natalidad se impuso y ahora ya no hay niños jugando en la calle.

No decimos que la natalidad no deba ser responsable.
Hablamos contra esa cultura de “anti-niño”.
Hablamos contra esa cultura “anti-vida” como precio de una mayor comodidad y menos problemas.

Una familia sin niños es una jaula sin canarios.
Una sociedad sin niños es un bosque sin pájaros.
Una Iglesia sin niños es una Iglesia de muletas, sillas de ruedas y arrugas.

Señor: vuelve a decirnos hoy: “Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí

Clemente Sobrado C. P.

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