Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: La Asunción de María

Asunción de María al Cielo“El hace proezas con su brazo; dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa”. (Lc 1, 39-56)

Festividad de la Asunción.
Festividad del triunfo final de María.
Festividad de las posibilidades de la gracia.
Festividad del horizonte al que todos estamos llamados.

El Papa Francisco termina su Bula del Jubileo con una alusión a María:
“El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos descubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado y Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio del amor.
Su canto de alabanza, en el umbral de la casa de Isabel, estuvo dedicado a la misericordia que se extiende “de generación en generación”.
María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno.” (Bula 24)

La Liturgia nos ofrece precisamente el texto de la Visitación de María a Isabel y cuyo centro está en el himno del Magnificat.
El Magnificat expresa la experiencia de Dios y el triunfo de María.
Nuestra fe cristiana nos la hace ver en su triunfo definitivo.
La Madre compartiendo la suerte del Hijo: en el caminar, en el sufrir y en el amar.
Por eso la Asunción es el compartir la vida y el triunfo del Hijo.
Resucitado el uno y asunta al cielo la otra.

Mientras tanto, la liturgia no presenta el Evangelio de la visitación y el Cántico de María, el Magnificat.
Un cántico que nos describe lo que la gracia es capaz de hacer en el corazón siempre disponible de María.
Un cántico que, leído hoy, bien pudiéramos llamar “revolucionario”.
Porque pone las cosas al revés de cómo las vemos nosotros:
“Dispersa a los soberbios de corazón”.
“Derriba del trono a los poderosos”.
“Enaltece a los humildes”.
“A los hambrientos los colma de bienes”.
“A los ricos los despide vacíos”.

Dios “derriba de su trono a los poderosos”.
Dios humilla a los grandes, según el mundo.
En cambio enaltece a los humildes según el Evangelio.
Dios no está con los de arriba.
Dios se presenta a favor de los de abajo.
Dios no está con los “ricos” que carecen de misericordia.
A estos los despide vacíos.
Pero sí está con los que tienen hambre y los colma de bienes.

El cántico del Magnificat:
Es el cántico de los humildes a los que Dios levanta del polvo.
Es el cántico de los pobres a los que Dios da preferencia.
Es el cántico de los indefensos a los que Dios hace fuertes.
Es el cántico de los hambrientos a los que Dios da el pan que les niegan los ricos.
Es el cántico de los que no tienen nombre, pero Dios los llama por su nombre.
Es el cántico de los que nadie tiene en cuenta, pero que para Dios son los más importantes.
Es el cántico “no de lo que nosotros hacemos”,
Sino de lo que Dios puede hacer en nosotros.
Es el cántico de los que humanamente no son nada,
Pero que para Dios son los más valiosos e importantes.

Es el cántico del hacer de Dios en aquellos que abren su corazón a su palabra.
No es el cántico de la protesta contra los ricos.
Es el cántico del amor de Dios a los pobres excluidos del mundo.
No es el cántico de la soberbia y el orgullo.
Es el cántico del humilde que reconocer la obra de Dios en él.
No es el cántico a los que nosotros hacemos.
Es el cántico de lo que Dios es capaz de hacer en nosotros.
“El poderoso hizo mí obras grandes”.
“Dios mira la humillación de su esclava”.

Es el reconocimiento de la obra de Dios, cuando uno se rebaja a la condición de esclavo.
Es la alegría no de lo que somos, sino de lo que Dios hace que seamos.
Es la alegría del poder de la gracia en nosotros.
Es la alegría del amor de Dios para con sus pequeños.
Es la alegría de la grandeza de lo pequeño.
Es la alegría de las preferencias amorosas de Dios.
Es la alegría de los que Dios ha hecho triunfar en la Resurrección de Jesús.

Es el cántico a la “revolución evangélica” que ve las cosas al revés.
Es el cántico a la “revolución del Reino” que nos enseña a ver el mundo al revés.

Clemente Sobrado C. P.

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