Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 20 a. Semana – Ciclo C

“… haced lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar”. (Mt 23,1-12)

¡Qué bien conoce Jesús el corazón humano!
Hablamos muy bien.
Pero luego nuestras vidas contradicen lo que hablamos.

Tenemos la falsa idea de que:
Para ser buen jefe, hay que ser muy exigentes con los empleados.
Para ser buen padre, hay que ser muy exigentes con los hijos.
Para ser buen superior, hay que ser bien exigentes con los súbditos.
Para ser buen Obispo, hay que ser bien exigente con sus sacerdotes.
Para ser buen sacerdote, hay que ser bien exigente con los fieles.
Para ser buen confesor, hay que ser bien exigente con los penitentes.

Algo así como si la “exigencia e intransigencia” fuese un signo de valor y de autenticidad.
En primer lugar, la verdadera exigencia debe ser “con uno mismo”.
En segundo lugar, la intransigencia pone, más bien, al descubierto la dureza del corazón y la falta de comprensión y amabilidad para con los demás.

¿Qué es preciso decir la verdad? Está claro.
Pero, la verdad sin la caridad deja de ser verdad.
¿Qué es preciso exigir el cumplimiento del deber? Está claro.
Pero, que la exigencia nazca del testimonio de nuestra fidelidad.
¿Qué es preciso exigir más a los otros?
Pero que sea nuestro amor su mayor exigencia.
Y que cuando exijamos a los demás, les ayudemos luego a caminar.
San Agustín lo resume muy bien en aquella oración: “Señor, pídeme lo que quieras, pero ayúdame luego a llevarlo a cabo”.

Exigir, sí, pero con mucho amor y con mucha alegría y hasta diría, con mucho humor.
No exijamos lo que luego nosotros no hacemos.
No exijamos para nosotros quedar bien ante los demás.
No exijamos si luego no dejamos ese bálsamo de paz, de respeto a la dignidad de aquel a quien exigimos.

Porque exigir a los demás no es para nosotros quedar bien y “ganarnos alguito ante los de arriba.
La verdadera exigencia supone fe en las posibilidades de los demás.
La verdadera exigencia supone confianza en la persona de los demás.
La verdadera exigencia supone que esperamos más de los demás.
La verdadera exigencia supone que queremos que los demás no se contenten con ser menos cuando sabemos que pueden ser más.

Además, la exigencia no debe manifestar nuestra superioridad.
Al fin y al cabo todos estamos en el mismo camino.
Por eso, aquí no hay padres, porque todos somos hijos y hermanos.
Por eso, aquí no hay maestros, porque todos andamos buscando la verdad.
Por eso, aquí no hay jefes, porque todos estamos llamados a ser “servidores de todos”.
Por eso, aquí no hay autosuficientes, porque todos nos necesitamos a todos.

Clemente Sobrado C.P.

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