Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Natividad de la Virgen María

“Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos. Judá engendró de Tamar, a Farés y a Zará, Farés a Serón, Serón a Arám…” (Mt 1,1-16.18-23)

Natividad de la Virgen MaríaEl cumpleaños, todos lo solemos celebrar lo mejor posible.
Y hasta suele ser un día de regalos.
Para unos, un año más termina siendo un año menos.
Pero como suele decirse “lo bailado, bailado”.
La Liturgia celebra hoy La Natividad de la Virgen María.
El onomástico o cumpleaños de María, Madre de Jesús y Madre nuestra.
Y resulta curioso que leamos como Evangelio las genealogías de Jesús, hasta llegar a “José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo”.

En la genealogía de Jesús:
Hay padres en la fe.
Hay pecadores.
Hay santos.
Hay adulterios.

Pero queda coronada:
Con María la Virgen que concibió a Jesús.
Con José el hombre justo al que Dios quiso incorporar a su encarnación.
Con un Jesús que lleva en su sangre la historia de la humanidad.
Con un Jesús que no teme manchar a su Madre y a él mismo con una historia de gracia y pecado.
Al encarnarse en el seno virginal de María, nos habla de su encarnación en esa historia de gracia y pecado.

Sabemos que no se trata de fechas históricas.
El ocho de septiembre obedece más a la piedad popular.
Como también la fecha del nacimiento de Jesús obedece más a la piedad popular que a la verdadera historia.
Pero, no por eso pierden de importancia y de sentido.

Lo que celebramos es el “nacimiento de María” más que la fecha misma que ignoramos.
Lo que celebramos es el regalo de Dios al mundo de una mujer “la llena de gracia”.
Lo que celebramos es el regalo de Dios al mundo de su propia Madre.
Lo que celebramos es el regalo de Dios a cada uno de nosotros de nuestra Madre.

Con el nacimiento de María:
Algo nuevo comienza en la historia.
Algo nuevo que cambia la historia.
Algo nuevo que cambia la presencia de Dios en la historia.

Todo aconteció en silencio.
Todo aconteció sin ruido.
Pero aconteció como el gran momento de Dios.
Una mujer única.
Una mujer, igual a todas y distinta de todas.
Una mujer, con una misión única.
La de hacer posible la encarnación de Dios “como uno de nosotros”.
La única mujer que no conoció los rasguños del pecado.
La única mujer sobre la “que Dios se complace y recrea”.
La mujer ante la cual el mismo Dios se arrodilla pidiéndole permiso para dejarse fecundar por el Espíritu.
La mujer que abre su corazón plenamente y dice, tal vez el único “sí” humano a la Palabra de Dios: “He aquí la esclava de Dios. Hágase en mí según tu palabra”.

Hoy la Iglesia se alegra:
De las posibilidades de Dios en la criatura humana.
De las posibilidades de Dios de crear una mujer lo más parecida a él.
De que desde ahora ya se le abre el camino de encarnarse en nuestra condición humana. “Y el Verbo se hizo carne”.
De dar vida a una mujer que sería también nuestra madre.
Desde entonces “ya no hay huérfanos de madre”.

Saludemos a María en su día.
No le llevemos regalos de cumpleaños.
Más bien confesémosla como nuestra madre.
Y felicitémosla con un beso de gracia.
Felicitémosla como la madre que nunca nos dejará solos.
“Dios te salve María, llena de gracia, el Señor está contigo”.
“Porque el Poderoso hacho en ti maravillas”.
“Y nosotros te seguiremos aclamando como la bienaventurada”,

Clemente Sobrado C. P.

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