Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 27 a. Semana – Ciclo C

“Mientras Jesús hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.” Pero él repuso: “Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. (Lc 11,27-28)

La gente sencilla del pueblo es maravillosa.
Las mujeres tienen una intuición particular.
Y las mujeres madres son las que mejor descubren la grandeza de la mujer.
Porque son ellas las que mejor saben descubrir la grandeza de los hijos.
Esta mujer del Evangelio, posiblemente no conocía la grandeza de María.
Pero la admira por la conducta de su hijo Jesús.
Casi diríamos que le tiene una santa envidia.

La gente sencilla del pueblo es maravillosa.
No habla tanto con la cabeza cuanto con el corazón.
Tiene una gran sensibilidad y por eso admira la predicación y la enseñanza de Jesús.
Y no se podía esperar otra cosa de una mujer del pueblo.
Como madre también ella piensa en la grandeza de la Madre que engendró, llevó en su vientre y amamanto a Jesús.
Resulta curioso el piropo:
No es un piropo directamente dicho a Jesús.
Es un piropo dicho a su madre.
Admira la grandeza y la belleza de la predicación del hijo.
Pero su corazón piensa en la grandeza de la madre que tiene un hijo como él.

La mayor grandeza de los padres son los hijos.
La grandeza de los padres se manifiesta en la grandeza de los hijos.
Son los hijos los que nos hacen padres.
Son también ellos los que nos dan las grandes satisfacciones, como también los grandes disgustos.
El mayor monumento que podemos levantar a la maternidad y paternidad es, sin duda, el hijo.
Y los monumentos no son tanto para ser admirados como tales.
Sino para hablarnos de alguien a quien queremos recordar.
La grandeza de la maternidad la descubrimos en la grandeza del hijo.
Son los hijos los que nos hacen admirar y recordar a los padres.

Pero Jesús tiene la finura de darle la vuelta siempre a las cosas.
La mujer sencilla del pueblo expresa su admiración a través de su madre.
De la grandeza del hijo ella admira la grandeza de su madre.
En tanto que Jesús valora a su madre de otra manera.
Su madre, es ciertamente grande por tener un hijo así.
No tanto porque lo “amamantó y lo llevó en su vientre y lo crió”
Para Jesús la verdadera grandeza de su “Madre” está:
En que escuchó la palabra de Dios.
En que dijo sí a la palabra de Dios.
En que se dejó fecundar por la palabra de Dios.

En el plano de lo humano la verdadera grandeza de una madre es su hijo.
En el plano del Evangelio la verdadera grandeza de una mujer está:
En haber abierto su corazón a la palabra de Dios.
En haber creído a la palabra de Dios, aún sin comprenderla.
En haberse hecho disponible a la palabra de Dios.
La verdadera grandeza de “mamá María” está en haber dicho “hágase en mí según tu palabra”.
La misma Isabel la felicitó:
“Dichosa tú porque has creído lo que se te ha dicho, porque se cumplirá”.
Ella es “la mujer de la palabra”.
Ella es “la madre de la palabra”.

Dios se rebajó a la condición humana haciéndose Palabra.
El hombre se engrandece a la condición divina escuchando la Palabra.
El creyente es grande porque se fía de la Palabra.
El creyente es grande porque se deja fecundar por la Palabra.
El creyente es grande porque escucha y pone por obra la Palabra.
El creyente es grande porque anuncia la Palabra.
El creyente es grande cuando es capaz de decir “Hágase en mí según tu Palabra”.

Clemente Sobrado cp.

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