Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 31 a. Semana – Ciclo C

“Ninguno puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y al dinero”. Oyeron esto los fariseos, amigos del dinero, y se burlaban de él. Jesús les dijo: “Ustedes presumen de justos delante de la gente, pero Dios conoce su corazones. Lo que parece valioso para los hombres, es despreciable para Dios”. (Lc 16,9-15)

No pueden servir a Dios y al dinero

A veces me pregunto ¿por qué nos miramos tan poco por dentro?
Nos pasamos la vida mirando siempre hacia fuera.
Yo pienso que tenemos miedo a vernos en nuestra verdad.
Un amigo mío me decía un día con toda seriedad: “Tengo una familia preciosa. Adoro a mi esposa y a mis hijos”.
Yo me sonreí maliciosamente porque conocía de qué pie cojeaba.
¿Usted no lo cree?
Bueno, no es cuestión de creer o no. Pero dime con sinceridad:
¿Y esa relación que llevas a escondidas?
Pero es a escondidas. Mi esposa ni lo sospecha.
Luego tú vives en tu casa, pero tu corazón está en la calle.
Son pequeñas evasiones contra el estrés.
Es decir, el amor es para casa, el estrés para la calle.
Dividido entre el “estrés y el amor”.
Y se sentía feliz, como su mujer no sospechaba nada…

El Evangelio va por otro camino.
No nos quiere divididos sino de una sola pieza.
No se puede vivir divididos interiormente.
O somos o no somos.
O Dios o el mundo.
O Dios o el dinero.
O Dios o los propios intereses.
O el amor o el estrés.
O la casa o la calle.
O somos cristianos o somos paganos.
O vivimos según el Evangelio o vivimos según el mundo.

“Lo grande no teme ir junto a lo pequeño. Lo mediocre siempre va solo”.
Lo auténtico no teme a la verdad.
Lo mediocre siempre la rehuye.
“A mis pasos se me va derramando el cántaro.
¡Qué poco agua me quedará cuando llegue a mi casa!” (R.Tagore)

No podemos tener dos brújulas.
Una que señale el norte y otra que maque el sur.
No podemos tener dos centros de orientación en la vida.
No podemos ser cristianos y paganos a la vez.
No podemos ser creyentes e incrédulos a la vez.
No podemos decir que amamos a Dios y que preferimos las cosas a la vez.
Ser o no ser, es la ley de la vida.
Ser o no ser, es la ley del cristiano.

Hay un Dios que es el de verdad, el de nuestra fe.
Hay otro Dios que es el dinero.
Hay otro Dios que es la riqueza.
Hay otro Dios que es la fama y el figurar.
Hay los criterios del mundo y los del Evangelio.
Pero es ahí donde caemos en la idolatría.

Pero no podemos servir al uno y al otro.
Nadie puede cabalgar a dos caballos, porque terminamos bajo sus pies.
No podemos servir a la verdad y a la mentira.
No podemos estar casados y vivir como solteros.
No podemos ser consagrados y vivir como seglares.
No podemos ser bautizados y vivir como paganos.
O somos o no somos.

Sobre todo:
No podemos servir a la riqueza y a Dios al mismo tiempo.
No podemos servir a nuestros egoísmos y a la generosidad al mismo tiempo.
No podemos ser fieles e infieles a la vez en el amor.
No podemos ser fieles a la verdad y vivir luego en la mentira.

Confesamos “creo en un solo Dios verdadero”.
Pero luego no podemos creer en los dioses que nos ofrece el mundo.
No podemos vivir divididos interiormente.
La rosa no puede ser clavel.
Ni el bosque puede ser un desierto.
La unidad es la que nos da identidad.
Vivir divididos es vivir sin saber lo que somos.

Vivir la unidad de nuestro ser es vivir en nuestra verdad.
No podemos decir que amamos a Dios y odiamos al hermano.
No podemos comulgar a Cristo y luego no hablarnos con nuestros hermanos.
No podemos servir al dinero y luego olvidarnos del hambre de nuestros hermanos.

“Lo que parece de valor para los hombres, es despreciable para Dios”.
Lo que parece de valor para el mundo, puede que no valga nada para Dios.
Lo que parece que nos da prestigio para el mundo, puede que sea insignificante de para Dios.
Lo “despreciable del mundo, es lo que vale para Dios”.
No podemos ser y no ser a la vez.
No podemos ser bautizados y paganos a la vez.
No podemos ser consagrados y profanos a la vez.

No hay más que un solo Dios.
El Evangelio de hoy nos deja una pregunta: “¿a quién servimos?”
No se puede servir al Evangelio y al mundo.
Somos aquel a quien servimos.
Cada uno mire a quien sirve su corazón. Nadie es juez de nadie.

Clemente Sobrado cp.

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