Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 32 – Ciclo C

“En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futuro y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir; son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”. ( Lc 20,27-38)

El cielo solemos verlo siempre un poco lejos.
Y en la tierra, aunque no estemos tan bien, nos sentimos a gusto.
Y cuando pensamos en el cielo, fácilmente, solemos imaginarnos la felicidad de aquí, pero más plena.
Nos cuesta reconocer la transformación que se da en la muerte.
Nos cuesta imaginarnos como será el cielo.

Casarse es importante.
Y muchos que se quedan solteros corren el peligro de una depresión.
Algo así como que si no se casan son unos fracasados.
Por eso no faltan quienes piensan ¿qué sucederá cuando resuciten en el cielo?
¿No tendrán allí su mujercita?
¿No tendrán allí a su principito?
En ese caso el cielo no tiene mayor interés.
Vivir sin casarse, tiene que ser muy triste.

Un ancianito encantador por lo bueno que era, se quedó viudo.
Y toda su preocupación era si en el cielo se encontraría con su Amalia que lo hizo feliz aquí en la tierra.
Yo para consolarlo le dije que sí y que la vería jovencita y guapísima.
El viejo se quedó feliz y con ganas de morirse porque no podía vivir sin ella.

Claro que no le cité este texto del Evangelio donde se no dice que “en la resurrección de los muertos no se casarán”. Creo que le hubiese dado un infarto tener que vivir sin su Amalia.

En cambio hay ese chiste que puede ser más realista.
Se murió Manuelito. Y al tiempo se murió la esposa.
El era un juerguista.
Cuando la mujer llegó al cielo, lo primero que hizo fue preguntar por su Manuel.
Cuando lo vio le gritó: ¡Manuelito!
Un momento, le contestó el viejo: “el compromiso fue hasta que la muerte nos separe”.

¡Qué pobre idea tenemos de lo que es la resurrección y el cielo!
El cielo no es tener su mujercita.
El cielo es contemplar a Dios.
El cielo es vivir de la vida misma de Dios.
El cielo no es seguir viviendo nuestra condición humana.
El cielo es ser transformados en ángeles.
El cielo es vivir como “hijos de Dios”.

A veces me pregunto:
¿Por qué la gente encarga tantas misas de difuntos?
¿Y por qué, quines no pisan la Iglesia ni por Pascua Florida, sin embargo, son infalibles a la misas de difuntos?
¿No será porque piensan más en los que han muerto que en el Dios que los recibe en el cielo?
¿No será porque están más preocupados de que “lo muertos vivan” que por el Dios que es la vida y es el Dios de vivos?

La pregunta que le hacen a Jesús tenía su malicia.
Ponerle en ridículo si afirmaba que había resurrección.
Pero ¿no eran ellos quienes quedan en ridículo?
Pensando que seguiría prolongando su vida humana.
Pensando que el cielo era la vida humana prolongada.
Pensando que en el cielo haríamos lo mismo que aquí abajo.
Pensando que en el cielo seríamos los mismos.

Felizmente Jesús nos revela que:
En el cielo seremos otra cosa.
En el cielo seremos como los ángeles.
En el cielo seremos y viviremos como hijos de Dios.

Y que por tanto:
Los muertos dejarán de ser muertos.
Porque resucitarán.
Y que Dios seguirá siendo nuestro Dios en el cielo.
Pero no el Dios que encarga misas por los muertos.
Sino el Dios que será la felicidad de los muertos vivos.
Sino el Dios que será la gloria de los vivos resucitados.

Porque Dios vive, resucitaremos.
Porque resucitamos, sabemos que Dios vive.
Y que el Dios que vive y los muertos resucitados, compartiremos la misma vida.
Por eso Jesús oraba: “Padre que aquellos que me diste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria la que me diste antes de la creación del mundo”.
Y esto sí es más bello y esperanzador que pensar en “casarnos de nuevo”.
Está bien que aquí vivamos plenamente la belleza del amor humano.
Pero en el cielo, nuestra felicidad será la felicidad de Dios y solteros y sin compromiso.

Clemente Sobrado cp.

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