Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 33 a. Semana – Ciclo C

“Dijo pues: “Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguir el título de rey, y volver después. Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro, diciéndoles: “Negociad mientras vuelvo”. (Lc 19,11-28)

“Esta parábola nos empuja a no esconder nuestra fe y nuestra pertenencia a Cristo, a no sepultar la Palabra del Evangelio, sino a hacerla circular en nuestra vida, en las relaciones, en las situaciones concretas, como fuerza que pone en crisis, que purifica, que renueva. Así como también el perdón, que el Señor nos dona especialmente en el Sacramento de la Reconciliación: no lo tengamos encerrado en nosotros mismos, sino dejémoslo que desate su fuerza, que haga caer aquellos muros que nuestro egoísmo ha levantado, que nos haga dar el primer paso en las relaciones bloqueadas, retomar el diálogo donde no hay más comunicación…
El Señor no da a todos las mismas cosas y de la misma manera: nos conoce personalmente y nos confía aquello que es justo para nosotros; pero en todos coloca la misma, inmensa confianza ¡No lo defraudemos! ¡No nos dejemos engañar por el miedo, sino intercambiemos confianza con confianza! La Virgen María encarna esta actitud de la forma más bella y más plena. Ella ha recibido y acogido el don más sublime, Jesús en persona, y a su vez lo ha ofrecido a la humanidad con corazón generoso. Pidámosle ayudarnos a ser “servidores buenos y fieles”, para participar “de la alegría de nuestro Señor”. (Papa Francisco: Homilia)

Una parábola en la que se nos describe la verdad de la Iglesia después de la ascensión, es decir, ahora.
Jesús se nos va. Pero no deja la Iglesia abandonada.
Sino que ahora la deja en nuestras manos.
El Evangelio no queda ahora al aire.
Sino en nuestras manos.
Tenemos la idea de que basta estar en la Iglesia.
Ser consumidores de Iglesia. Ser consumidores de gracia y Evangelio.
Muy por el contrario:
Cada uno tenemos una responsabilidad en la Iglesia.
Cada uno tenemos unos una serie de dones en la Iglesia.
Cada uno estamos llamados a hacer fructificar el Evangelio.
Cada uno estamos llamados a hacer fructificar la gracia del Señor.
Cada uno estamos llamados a hacer nueva cada día la Iglesia.

Tenemos una responsabilidad en la Iglesia, que es muy personal.
Una responsabilidad que es distinta en cada uno de nosotros.
Jesús no nos encomienda la Iglesia para que simplemente la conservemos.
Jesús no nos encomiendo la Iglesia para que se la devolvamos como él nos la entregó.
Cada uno estamos llamados a aportar algo nuevo.
Vivir la verdad de la Iglesia no es conservarla.
Vivir en la Iglesia no es conservarla en alcanfor.

Se necesita tomar conciencia de nuestra responsabilidad.
Se necesita tomar conciencia de que vivimos en la Iglesia no para conservarla.
Se necesita tomar conciencia de que la Iglesia no es algo que tengamos que conservar en una caja fuerte.
Sino que es preciso actualizarla cada día.
Ponerla en el mercado de la novedad cada día.
Jugarnos cada día el riesgo de equivocarnos.
Jugarnos cada día el riesgo de que bajen los valores de la Bolsa.
Pero el Señor quiere el riego y no la seguridad.
El Señor quiere que nos arriesguemos y no nos refugiemos en la seguridad.
En la Iglesia tenemos que apostar.
En la Iglesia tenemos que poner nuestros dones y carismas en el juego de la Bolsa de Valores.

Jesús no quiere cristianos temerosos que se dedican a conservar el pasado.
Jesús no quiere cristianos que tienen miedo al fracaso.
Jesús prefiere el fracaso del riesgo a no esa seguridad de no perder.
Tal vez, no todos podemos hacer fructificar los dones de Dios en la misma medida.
Y eso lo comprende el Señor:
El que recibió diez, fructificó diez, y fue recompensado con diez.
El que recibió cinco, fructificó cinco, y fue gratificado con otros cinco.
El que recibió, no enterró para no perderlo.
No faltan los cobardes, los que tiene miedo al fracaso.
Y resulta que en la Iglesia hay muchas maneras de fracasar.
Se puede fracasar perdiéndolo todo.
Se puede fracasar conservándolo todo.
Estoy seguro de que Jesús aceptaría que podamos fracasar apostando por el reino.
Lo que no acepta Jesús es la tranquilidad de conservar el don recibido.
Prefiere lo perdamos en el juego del riesgo a que lo conservemos en el juego de la seguridad.

No podemos entregar a Jesús la Iglesia tal como El nos la dejó.
No podemos devolverle a Jesús la Iglesia como El nos la entregó.
El que conserva pero no hace crecer la gracia en él no piensa como Jesús.
Es preferible correr el riesgo del fracaso a no conservar por miedo a fracasar.
Jesús no quiere cobardes que no apuestan.
Jesús quiere decididos que apuestan aunque fracasen.

Digamos que la vocación del cristiano no es de “conservadores”.
Digamos que la vocación del cristiano no es de “miedosos”.
Digamos que la vocación del cristiano es de “riesgo”-
Digamos que la vocación del cristiano es de “·apostar por lo nuevo”.
Señor, que no te devolvamos al mundo como lo hemos recibido.
Señor, que no te devolvamos la Iglesia como la hemos recibido.

Clemente Sobrado cp.

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