Bocadillos Espirituales para vivir el Adviento: Viernes de la 1 a. Semana – Ciclo A

“Al marcharse Jesús, le siguieron dos ciegos gritando: “Ten compasión de nosotros, Hijo de David”. Al llegar a casa se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo: “¿Creéis que puedo hacerlo?” Contestaron: “Sí, Señor”. Les tocó los ojos diciendo: “Que os suceda conforme a vuestra fe”. (Mt 9,27-31)

Si prestamos atención, veremos que el Evangelio está escrito en su gran parte en torno a la enfermedad. Y uno de esos males es sin duda la ceguera.
Tal vez, porque una de las realidades fundamentales del ser humano, como también del creyente es: el poder ver.
Lo llamativo es que estos enfermos no habían perdido la esperanza.
Estos ciegos llevaban viviendo durante mucho tiempo el “adviento de la esperanza de ver”.
Posiblemente fue un adviento muy largo.
Pero la espera se hizo realidad. Terminaron “viendo”.

Nos encontramos con una serie de rasgos fundamentales:
Son los enfermos los que se acercan a él.
Jesús pregunta por la fe con que le piden la curación.
La mayoría de las curaciones están señaladas como fruto:
No tanto del poder de Jesús
Cuanto de la fe de los que le piden.

Algo que nos debiera ayudar a plantear nuestra propia experiencia.
Con frecuencia nos lamentamos de “le he pedido y no me ha hecho caso”.
Es decir, le hemos pedido esperando más en el poder de Jesús, que en la fe con que nosotros le pedimos.
Y por eso nos equivocamos cuando nos quejamos de que “no me ha hecho caso”.
Y no nos preguntamos si “hemos pedido con verdadera fe”.
Porque Jesús atribuye la sanación a la fe con que le piden.
“Que suceda conforme a vuestra fe”.
Otras veces dice: “vuestra fe os ha curado”.

Lo que nos plantea una crítica de nuestra relación con Dios.
¿Es que Dios no nos hace caso?
¿O es que nuestra fe es demasiado pobre?
Y por tanto el culpable no es Dios.
Los culpables somos nosotros que no tenemos una fe suficiente.

José Mª Castillo comenta:
“Seguramente lo más llamativo, que hay en este relato, es la relación que Jesús establece entre fe y salud. Jesús no atribuye la curación al poder de Dios o a su propio poder, sino al poder de la fe”
Culpamos demasiado a Dios, en vez de asumir la conciencia de la pobreza de nuestra fe.
Siempre es más fácil responsabilizar a Dios, que responsabilizarnos a nosotros como creyentes.
Siempre es más fácil culpar a los demás que a nosotros mismos.

Por eso, me gusta la conclusión de José Mª Castillo:
“Tres enseñanzas se deducen de los dicho:
Jesús le dio un cambio radical a la fe: no es la relación con Dios a través de la religión, sino a través de la vida.
Para Jesús es más importante la vida que la religión.
La fe es, ante todo, una fuerza de vida. O sea, la fe es auténtica cuando nos da fuerza para tirar de la vida, para vivir con gozo y alegría la vida, para superar las dificultades de la vida.
Lo que, en definitiva, quiere decir que una persona tiene fe, si afronta con seriedad, con alegría y con ilusión la realidad de esta vida, por más dura y complicada que se presente”

Digamos, para evitar equivocaciones que la verdadera fe es aquella que es capaz de despertar la vida en nosotros.
La fe que nos hace capaces de ver.
No culpemos a Dios.
Preguntémonos por la verdad de nuestra fe.
Hablamos mucho de nuestra oración, pero somos poco críticos de la calidad con la que oramos.
Y la oración sin fe ¿a qué se reduce?

Clemente Sobrado cp.

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