El camino de Belén

– ¿Falta mucho para Belén, José?
– Todo depende de las prisas, María.
Hace unos meses faltaba una eternidad de tiempo.
Desde que el Padre decidió regalarte a su Hijo, faltaba una eternidad.
Y Dios no tenía prisas.
Desde que el Espíritu fecundó tu seno, los días caminaban lentos, por más que tus ansias tuviesen prisa.

Flickr: moregoodfoundation

– Las prisas no las pongo yo, José. Es él quien está poniendo prisa dentro de mis entrañas.
Claro que quisiera verlo cuanto antes. Tenerlo en mis brazos cuanto antes.
Pero mis prisas no son nada con las prisas que El tiene de verse en medio de los hombres.
Mis prisas no son prisas comparadas con las ilusiones que él tiene de sentirse uno de nosotros.

– Prisas de Dios para ser uno de nosotros.
Prisas de Dios para asumir nuestra pobre condición humana.
Prisas de Dios para hacerse hombre.
¡Qué difícil es comprender a Dios, María!

– ¿Y no será más difícil entender al hombre, José?
¿No será más difícil entender a los hombres que no sienten las prisas de Dios?
¿No será más difícil entender a los hombres que ni saben que Dios está en camino hacia ellos?
¿A caso alguien ha preparado su venida y su llegada? ¿A caso alguien le espera en Belén?

– ¿Te has dado cuenta de que, durante estos nueve meses que ha estado con nosotros, nadie se ha enterado de su presencia?
Todos esperan un hijo tuyo y mío. ¿Alguien espera a Dios?
Nosotros mismos, ¿no hemos vivido en el silencio del misterio, del que casi no nos atrevíamos a hablar para no mancillarlo, no tocarlo?

– Tu silencio, María, con frecuencia, sacudía mi espíritu.
Tu silencio llenaba de preguntas sin respuestas a mi corazón.
Ya lo sé, ya lo sé.
Era el silencio del misterio que tampoco tú entendías.
Era un silencio contemplativo del misterio.
Era el silencio del silencio.
El silencio del silencio que escucha.

– ¿Qué querías que hiciese, José?
¿Explicarte lo que no tiene explicación?
¿Explicarte lo que yo misma sentía sin entender?
¿Explicarte lo que sólo El pudiera explicar?
El también callaba. El Angel se fue.
No volvió a dar más explicaciones. ¿Y para qué darlas, si tampoco El entendía?

– Te entiendo, María. Te entiendo.
Y no te estoy acusando. Te estoy admirando.
No me estoy quejando. Me estoy desahogando contigo.
Dios es tan misterioso.
Le llaman Palabra. Y no habla…

– No habla, José, porque El mismo es Palabra.
La única Palabra de Dios.
Esta noche el silencio se hará Palabra. Y la Palabra se hará silencio.
Y Palabra y silencio se harán misterio de encarnación.

Clemente Sobrado cp.

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