Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres

Belén

Flickr: Juan Luis

Los hombres duermen. Y Dios nace.
Nadie lo celebra. Y lo celebra Dios.
Nadie hace fiesta. Y la fiesta la hace Dios.
Nadie canta y comienza a cantar Dios.
Aquella noche, fue una noche cualquiera para los hombres.
Pero para Dios, fue su gran noche.
La noche en la que Dios no durmió.
La noche en la que Dios estuvo en vela.
La noche en la que Dios se hizo hombre y se hizo fiesta.
La Navidad es la fiesta de Dios.

María, escucha …. ¿No oyes nada?

Sí, José, escucho la música de Dios.
Esas voces de ángeles cantando, me suenan a la voz de Gabriel.
Todos los ángeles tienen la misma voz.
Porque tienen la voz de Dios.

Ya me extrañaba tanto silencio.
Ya me extrañaba que nadie celebrase, que nadie hiciese fiesta.
Escucha, María, escucha.
¿No ves cómo también el Niño escucha?
¿No ves cómo ha sonreído?

La verdadera fiesta, José, va por dentro.
La verdadera fiesta se celebra dentro, en el corazón.
Es la fiesta de la vida. La fiesta del amor.
La fiesta del misterio.
Es la fiesta que nosotros celebramos en el silencio interior.
Que es donde mejor se escucha la música de Dios.

¡Alguien viene! Estoy sintiendo sus pasos en la hierba.
Saldré a ver.

No hace falta, José, la casa no tiene puertas.
Todo está abierto.
Abierto para el frío de la noche.
Abierto para la luz de las estrellas y la luna.
Abierto para todos aquellos a los que Dios ama.

Son pastores, María, son los pastores.
Son los dueños de este casa.
Son posiblemente los dueños de la vaca y el buey.
Los dueños del pesebre.
No tengas miedo, José. Serénate. Tranquilízate.
Son los sencillos de corazón.
Son los pobres del espíritu.
Son los que como nosotros no tienen nada.
Pero tienen un corazón grande.
Son los que, de noche, piden prestada la luz a las estrellas.
Los que piden permiso a la hierva seca para descansar sobre ella.

Y la cueva se fue llenando de pastores, y de ovejas.
Y se fue llenando de silencio.
Y se fue llenando de rodillas y corazones postrados en adoración.
Y el Niño guardó silencio.
Y el Niño no dijo nada.
Y el Niño abrió su boquita porque tenía hambre.
Y el Niño pintó en sus labios una sonrisa inmaculada.

Y todos se sonrieron.
Sonrió María. Y sonrió José.
Y sonrieron todos.
Y sonrió Dios en el cielo, la eterna sonrisa de su amor.
Y desde entonces, cada Año, la Navidad se hizo sonrisa de encarnación.
La sonrisa que Dios regala a cada uno en esta Navidad.

Clemente Sobrado cp.

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