Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Viernes de la 4 a. Semana

“Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo:
¿Qué Va a ser este niño? Porque la mano de Dios estaba sobre él” (Lc 1,57.66)

Dicen que todos nacemos con un pan bajo el brazo. La verdad es que no he asistido a ningún parto, pero tampoco he visto a ningún recién nacido con una barra de pan.
De lo que sí estoy seguro es que todos nacemos:
Con un proyecto de vida.
Con una misión que cumplir.
Con un gran interrogante como personas.

Por eso me gusta la reacción de la gente ante el nacimiento del hijo de Isabel y Zacarías: ¿qué será de este niño?
Y me gusta porque no dicen:
¿Qué haremos con este niño?
Como si fuésemos nosotros los que decidimos sobre su vida.
Como si fuésemos nosotros los llamados a planificarle desde que nace.
Sino ¿qué será?
Porque es cada uno el que tiene el deber de ser, el que tiene que ser.
Porque es cada uno el que nace con un proyecto de vida personal.
Porque es cada uno el que está marcado por Dios con una identidad y una misión personal.

Todos somos grandes expertos en:
Cómo deben ser los demás.
Qué deben hacer los demás.
Cómo deben pensar los demás.
Qué estatura espiritual deben tener los demás.
Como si todos nos sintiésemos dueños de la vida de los demás.
Y nos olvidamos:
Cómo debemos ser nosotros mismos.
Cómo debemos mirar al futuro nosotros mismos.
Arquitectos todos de las vidas de los otros.
Pero sin planes claros y definidos de la propia vida.

Hubo discusiones sobre el nombre del niño, cuando ya Dios le había puesto nombre:
Juan será su nombre.
No se llamará Zacarías, porque no será copia de su padre.
Se llamará Juan, porque no será copia del pasado sino anuncio y comienzo de un nuevo futuro.
Ser nosotros mismos.
Descubrir nuestra propia identidad.
Descubrir nuestra propia meta y horizonte.

Copio aquí lo que hace tiempo escribí en una de mis reflexiones personales:

1.- Te admiras de la belleza de un cuadro de museo.
¿Y por qué no te admiras de la belleza de ti mismo, que eres el cuadro más maravilloso de todos? A ti te pintaron los pinceles creadores de Dios.

2.- Te admiras de la belleza de una estatua.
¿Y por qué no te admiras de ti mismo? Tu cuerpo es la más bella estatua que se haya hecho. Y la cincelaron las manos creadoras de Dios.
¿Y sabes… el mismo Dios después de crearte, se quedó pasmado de ti…?
Hasta Dios se sorprendió de lo bien que le saliste…

3.- Te admiras de la belleza de un paisaje.
¿Y por qué no te admiras de ti mismo?
La belleza de tu corazón es mucho mayor.
Es la belleza del corazón de Dios reflejada en él.
¿Por qué miras siempre hacia afuera si dentro llevas tanta belleza escondida?

4.- Te admiras de las cosas que hacen los animalitos.
Y entonces dices: “casi parecen tener inteligencia”.
Sí, ellos “casi” tienen inteligencia. Pero tú la tienes. Tú eres inteligente.
¿Por qué no admiras el que Dios te haya regalado una inteligencia que te hace superior a todos los demás seres?

5.- Te admiras de las maravillas que hace una computadora.
Son admirables, ciertamente.
¿Y no te admiras de las posibilidades que tiene tu libertad?
Libre para decir no.
Libre para amar y dejar de amar.
Libre para andar o detenerte.
Libre para todo… ¿No te admiras de tu libertad?

6.- Te admiras de las estrellas con las que Dios ha dibujado de noche los cielos.
¿Y no te admiras del cielo de tu alma dibujado a diario por cantidad de luces, de llamadas, de inspiraciones, de exigencias, con las que tachona tu espíritu?
Si te mirases bien, desde dentro, verías que el cielo de tu alma está iluminado, aún en tus noches sin luz.

7.- Te admiras de que la gente te ame y haya quien te diga que está enamorada de ti.
¿Y nunca te has admirado de que Dios sea el gran enamorado de tu vida, de tu corazón, de tu cuerpo, de tu alma, de tu libertad?
Tan enamorado, que no dudó en nacer una noche de Navidad y dio luego su vida por ti en la Cruz. ¿No es esa una locura de amor?

No pierdas tu capacidad de admiración.
Admira cada día a tu esposa.
Admira cada día a tu esposo.
Admira cada día a tus hijos.
Admira cada día a tus padres.
Admira cada día a tus amistades.

Que nadie te ponga nombre. Sólo Dios puede ponerte nombre.
Que nadie decida tu vida por ti, porque ya él lo ha decidido.
“La mano de Dios también está sobre ti”.

Clemente Sobrado cp.

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