Bienvenido, Señor

bienvenido-jesusSé que vienes de muy lejos.
Estás viniendo desde hace siglos.
Y no vienes cansado, porque cuando se trata de acercarte a los hombres, para ti todo camino es corto.
Sé que vienes con ilusión de encontrarte con nosotros.
Sé que vienes con ilusión de compartir nuestra condición humana, para que nosotros compartamos tu condición divina.
Sé que vienes para hacerte “nuestro hermano” para que nosotros compartamos “nuestra condición de hijos de adopción”.

Lo que sí me da pena es que, cuando viene un gran personaje todo se moviliza para salir a recibirlo al aeropuerto.
Y en cambio, cuando tú llegas, llegas callandito, en silencio y sin sacar ruido.
Nadie te espera a esas horas de la noche, porque todos prefieren el sueño tranquilo.
Solo María y José serán los testigos de tu llegada.
Tampoco te llevarán a un Hotel de cinco estrellas, porque tú tampoco buscas lujos.
A ti te basta un pesebre que huele a ovejas y vacas y bueyes.
Te encanta la casa de los pobres, la vida de los pobres que posiblemente también están durmiendo en un camastro en el suelo.
Tampoco saldrás en las primeras páginas de los periódicos, porque no te consideran importante.

La verdad que siento pena cuando leo lo que dice tu discípulo Juan. “Vino a su casa y los suyos o le recibieron”.
¡Venir a la propia casa y que te cierren la puerta, me duele!
¡Tocar a la puerta y que nadie te reconozca y nadie te abra, me causa pena!
¡Que tengas que nacer en un pesebre, que ni es tuyo, sino prestado, me parece raro!
Claro que para llegar a un hotel de lujo hay que presentar muchos documentos.
Y tú llegaste como un indocumentado, como un marginado.
Cuando llega un amigo, un familiar, un hijo o el padre, todos están atentos para recibirle con un abrazo.
A ti te recibió María, tu mami, con un cariño maternal.
Y te recibió José con una gozosa fe en alguien a quien esperaba y ahora puede ver.
¡Cuánto desearía tener una foto de la primera vez que mamaste a los pechos de tu mami!
¡Cuánto desearía tener grabado tu primer gemido!
Y te recibió José con una gozosa fe en alguien que esperaba y ahora puede verle.

Yo no quisiera que en estas Navidades encuentres las puertas cerradas.
No quiero que cuando llegues nos encuentres tan entretenidos en nuestra cena que no oigamos el timbre de casa.
Yo quiero que encuentres en cada corazón una casa donde nacer.
Yo quiero que encuentres en cada uno de nosotros un corazón caliente que te estreche.
Yo quiere que no tengas que irte fuera de la ciudad sino que encuentras en cada uno de nosotros un pesebre que huela a bondad, a amor, a comprensión, a misericordia, a perdón.
Yo quiero que no tengas ni que tocar a la puerta, porque nuestros corazones estarán todos abiertos para cuando llegues.
Además es fácil recibirte, porque no traes ni maletas ni equipaje.
Lo único que traes es amor, el amor de tu Padre, que de seguro lo estará celebrando también con fiesta en el cielo.

Entra. Acomódate.
¿Te apetece algo?
Lo único que podemos ofrecerte es la cuna de nuestro corazón.
Tampoco tú pides más. Es lo único que nos pides.

Jesús, que en adelante nadie pueda decir que para ti las puertas están cerradas.
Que nadie pueda decir que tu casa ya no es tu casa.
Que en adelante nuestros corazones sean cada día una Navidad porque serán el mejor pesebre y la mejor cuna para nacer.
¡Bienvenido, Jesús!
¡Que te sientas a gusto en cada uno de nosotros!
¡Que encuentres a gusto en nuestro hogar!
Queremos hacer de nuestros corazones y nuestras vidas una Navidad de cada día.

Clemente Sobrado cp.

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