Bocadillos espirituales para vivir la Navidad: San Juan Apóstol

San Juan Evangelista“Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos… lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con el Hijo Jesucristo.
Os escribimos esto para que nuestra alegría sea completa” (1 Jn 1,1-4)

¿No os gusta esta confesión de Juan y que debiera ser también la nuestra?
Nosotros no hablamos tonterías.
No nosotros no hablamos de lo que se nos ocurre.
Nosotros no hablamos de lo que agrada a la gente.
Nosotros no hablamos noticias de segunda mano.
Nosotros no hablamos de lo que hemos leído o nos han dicho.

Nosotros hablamos y damos testimonio:
De lo que vimos con nuestros propios ojos.
De lo que le hemos oído y escuchado personalmente a El.
De lo que han tocado y palpado nuestras propias manos.

Es decir, no hablar no porque decimos palabras y tenemos lengua.
Sino hablar de lo que hemos experimentado.
Hablamos como testigos personales y presenciales.
André Frossard escribió un librito sobre su conversión titulado: “Dios existe, yo lo he visto”.
Nada de pruebas filosóficas.
Sino la mejor prueba: “yo lo he visto, lo he sentido, lo he experimentado”.

Dios no necesita pruebas, sino testigos.
Dios no necesita razones, sino testigos.
Y este puede ser el problema de nuestra fe y de nuestra predicación:
Creemos porque así nos lo han enseñado.
Creemos verdades sobre Dios contenidas en el Credo.
Pero ¿alguna vez lo hemos oído, visto, tocado?

Me pregunto ¿por qué hablamos realmente de Dios cuando hay tantas cosas de que hablar?
Juan nos da la respuesta:
¿Lo anunciamos para formar realmente una comunidad de creyentes, hermanos y testigos: “para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo”?
¿Lo anunciamos para que los demás lleguen a esa misma experiencia de él?
¿Lo anunciamos para que los demás vivan la mayor alegría de sus vidas?
¿Lo anunciamos para que el mundo sea feliz y tenga una alegría completa?

No podemos anunciar y testimoniar un Dios que está como el cazador al acecho de la presa, al acecho de lo que hacemos, sino un Dios que llene nuestras vidas y nos haga vivir hasta rebosar.

Gracias, Juan, porque nos has marcado el camino de cómo tenemos que hablar de Dios, no desde las ideas frías, que tantas veces congelan el alma, sino desde el testimonio de nuestra experiencia personal, desde la alegría y el gozo de nuestra fe, porque sólo así Dios será Evangelio, “buena noticia”.
Tenemos que hablar de Dios porque lo sentimos, lo vivimos y no podemos silenciar nuestra experiencia, no podemos apagar las brasas que nos queman por dentro.
Tenemos que hablar de Dios, no para que la gente le tenga miedo, sino para que también los demás sientan el gozo de nuestra comunión con El y la alegría y la fiesta de nuestra fe en El.

¿Qué otra cosa es la Navidad sino un Niño, que viene del Padre, estaba en el Padre y ahora nos viene a hablar del Padre?
No nos quedemos jugando con las pajas del pesebre.
No nos distraigamos acariciado la lana de las vejas.
Vayamos más lejos:
El es el que ha visto al Padre.
El es el que ha tocado al Padre.
El es el que ha oído al Padre.
Por eso, puede hablarnos como nadie del Padre.
Y como Juan también Jesús nos podrá decir: “para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena”.

Clemente Sobrado cp.

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