Bocadillos espirituales para vivir la Navidad: Jueves de la Octava de Navidad

“Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.
Cuando entraban con el Niño Jesús sus padres, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visito a tu Salvador a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel”. (Lc 2,22-35)

Simeón

Los viejos. ¿Para qué sirven hoy los viejos?
No es el mejor tiempo para los viejos.
Para muchos, solo son un estorbo.

Y sin embargo, el Nacimiento de Jesús está rodeado de viejos:
Zacarías, el viejo que pone en dudas la promesa de Dios.
Isabel, la que concibe cuando el tren ya se la ha ido.
José, el que no entiende nada, pero se fía de la palabra de Dios.
Simeón, el hombre que envejece con la esperanza de ver al Mesías antes de que la muerte cerrase sus ojos.
Ana, la profetisa, la que da gracias al Señor y proclama a todos el nacimiento del Mesías.

Uno se pregunta ¿qué pinta tanto viejo en torno a la cuna de Jesús?
Y sin embargo son ellos:
Los testigos de la esperanza mesiánica.
Los testigos de las promesas del Espíritu Santo.
Los testigos del futuro y de lo nuevo.
Los testigos de la fe.
Los testigos de un cálido atardecer.

Simeón no tiene nada y lo tiene todo:
Tiene la promesa que alimentó su vida de esperanza hasta el final.
Tiene unos brazos calientes para acoger a Dios y estrecharlo.
Y tiene la alegría y el gozo de una ancianidad feliz, realizada y cumplida.

En una sociedad como la nuestra tensionada por eso que llamamos “lucha de generaciones”, la figura de Simeón resulta curiosa, y hasta simpática.
Sus brazos unen y abrazan lo viejo y lo nuevo.
Sus brazos estrechan el pasado y el presente.
Sus brazos son el encuentro entre el ayer y el hoy.
Sus brazos son, estrechando al niño, la armonía entre lo que se va y lo que viene.
Los ancianos mantienen viva la memoria de su pueblo.
Los ancianos mantienen viva la continuidad de la historia.
Los ancianos sostienen en sus brazos lo nuevo que comienza.
Los ancianos olvidan la nostalgia de pasado y sonríen y cantan el nacimiento de lo nuevo.
“Ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz”.
Los ancianos, cuando ya su visión es limitada, todavía son capaces de ver y reconocer las novedades y maravillas de Dios.

Uno de nuestros mayores compromisos es, sin duda alguna:
Hacer felices a los ancianos.
Ofrecerles un atardecer sereno y luminoso a la vez.
Hacerles felices por la historia que han vivido.
Regalarles con el amanecer de lo que está naciendo y caminado, los nietos.

Si son lindas las sonrisas del niño que nace, no son menos lindas las sonrisas de los que ya se van.
Cuando uno saca una foto del amanecer y otra del atardecer, no resulta fácil distinguirlas y saber cuál es el amanecer y cuál es el atardecer, porque el sol sigue luciendo los mismos colores.
Que nuestros ancianos puedan llegar a la tarde de su vida:
Y sientan que valió la pena vivir.
Y sientan que valió la pena esperar.
Y sientan que sus sueños no fueron una ilusión sino que se han hecho realidad.

Que también ellos, como Simeón, puedan cantar:
“Ahora, Señor, según tu promesa,
Puedes dejar a tu siervo irse en paz;
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
A quien has presentado ante todos los pueblos:
Y gloria de tu pueblo, Israel”.
Y así como bendijo a los tres, también nuestros viejos puedan regalarnos su última
bendición.

Clemente Sobrado cp.

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