Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 4 a. Semana – Ciclo A

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“Se acercó un jefe de la sinagoga que se llamaba Jairo, y al verle se echó a sus pies, rogándole con insistencia: “Mi niña está en las últimas; ven, pon tus manos sobre ella para que se cure y viva”. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda su fortuna, pero en ve de mejorar, se había puesto peor. ¿Quién me ha tocado el manto? “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz con salud”… Tu hija ha muerto. Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo: “No temas basta que tengas fe”. (Mc 5,21-43)

A Jesús no le vemos en las fiestas.
A Jesús no le vemos donde todo va bien.
A Jesús le vemos en contacto con el dolor.
A Jesús lo encontramos junto a los que sufren.
A Jesús lo encontramos junto a los marginados.
A Jesús lo encontramos junto a los excluidos.

Aquí dos situaciones dolorosas.
Una niña que se está muriendo.
Una mujer con doce años enferma, gastando toda su fortuna.
Y religiosamente impura y marginada.

Jesús sabe mucho del dolor humano.
Jesús se siente muy tocado por el sufrimiento humano.
No se hace indiferente al sufrimiento humano.
No importa si es Jefe de la Sinagoga.
O es una mujer religiosamente impura.
El dolor no tiene clases sociales.
El dolor no tiene distinción de personas.
El dolor no tiene apellido.
El más que clase tiene rostro.
El dolor tiene como sujeto a la persona.
Buena o mala.
Religiosa o atea.
Religiosa o impura religiosamente.
Para Jesús todos tienen un nombre, no importa su clase social.
Tiene un rostro y un corazón.

A la niña que ya dan por muerta, Jesús solo pide fe.
A la mujer enferma doce años, solo admira su fe.
Y Jesús no busca en modo alguno llamar la atención ni figurar.
A Jesús solo le interesa la fe de las personas en él.

Este es nuestro problema.
Podemos acudir a él.
Pero cuál es nuestra fe.
Podemos rezar mucho.
Pero con qué fe le rezamos.

Jesús descubre la fe en el encargado de la Sinagoga.
Jesús descubre la fe en una mujer impura.
Jesús no hace distinción de personas.
Jesús no se fija en que título tenemos.
Jesús no se fija en nuestros diplomas,
Lo que a Jesús le interesa es con qué fe acudimos a El.

Puede que este sea nuestro problema.
No es suficiente acudir a él.
Puedo que acudamos con muy poca fe.
Y sin fe, Jesús no puede hacer nada.
Puede que acudamos a El por puro interés.
Nos lamentamos de que no nos ha escuchado.
Pero no nos preguntamos con qué fe le hemos hablado.

Jairo sigue teniendo fe aunque le anuncien la muerte de su hija.
La mujer enferma tiene una fe que cree que con solo tocarle el vestido es suficiente.
Y por eso mismo:
Jesús nunca dice “yo te he curado”.
Jesús nunca dice “yo te he devuelto a la vida”.
Jesús siempre atribuye el milagro a la fe de la persona.

No importa lo que los demás piensen de ti.
No importa lo que los demás crean de ti.
No importa lo que tú haces.
No importa lo que tú eres.
Lo importante es lo que tú crees y cómo crees.

No nos lamentemos de que no nos escucha.
No digamos que perdemos la fe porque no nos escucha.
Veamos con qué fe hemos acudido a él.
No es cuestión de rezar, sino cuestión de tener fe.
El problema es nuestra fe.
El problema es qué tipo tenemos de fe.
Es cuestión de calidad de fe.

Clemente Sobrado cp.

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