Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 4 a. Semana – Ciclo A

“Fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga, la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es este el hijo del carpintero, el hijo de María… Y sus hermanos ¿no viven entre nosotros aquí? Y no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe” (Mc 6,1-6)

¡Qué complicados somos!
¿Qué poco sinceros que somos!
Se extrañan y admiran de su sabiduría.
Y como no saben en qué universidad estudió, se sienten sorprendidos.
Se imaginan que su doctrina es como la de los escribas.
Se imaginan que la sabiduría solo se aprende en los libros y las escuelas.
Y son incapaces de reconocer que la verdadera sabiduría viene de Dios.
Por más que conozcan a nuestra familia, no saben que Dios nos puede llenar de su sabiduría.
La sabiduría que Jesús enseña no proviene de maestro alguno.
Es la sabiduría que solo puede regalarnos el Espíritu.

Sin darse cuenta:
Van poniendo barreras entre ellos y él.
Van poniendo barreras entre lo que enseña y lo que esperan de él.
Van poniendo barreras que impidan reconocerle como el enviado de Dios.
Van poniendo barreras que impidan desarraigarlo del pueblo y ser uno más despueblo.
Con frecuencia, el conocernos termina siendo el gran impedimento para creernos.

Ellos esperan otra cosa.
Ellos quieren otra cosa de Él.
Prefieren haga los mismos milagros que dicen hizo en Cafarnaún.
Prefieren una religión de milagros.
Prefieren una religión, no de fe, sino de milagros.
Una religión de espectáculo y de utilidad que les soluciones sus problemas.

No negaremos que nos parecemos bastante.
Porque no me digan que la mayor parte de nuestras oraciones es para pedir.
Y con frecuencia le pedimos:
El milagro de que nos dé un buen trabajo.
El milagro de que nos sane de nuestra enfermedad.
El milagro de que nuestro hijo ingrese.
Hasta tengo un amigo que me pide le rece al Señor para que le dé una buena mujer, cariñosa, hacendosa, comprensiva y de buen carácter.
Otros se me quejan de Dios no les hace el milagro de encontrar enamorada. Que para mí es toda una sorpresa, porque no sabía que Dios tiene una Agencia de Novias.
Hasta me piden rece para que puedan vender un joya que tienen o un cuadro.

Y Jesús hizo milagros.
Pero no vino a fundar una religión “milagrera”.
Jesús vino a traernos una religión de “la fe y el amor”.
Esos son los verdaderos milagros que tendríamos que pedirle.

Por eso mismo, en su pueblo, Jesús no cayó en esa trampa o engaño:
Y no los hizo porque dice el texto “que no pudo hacer allí ningún milagro. Y se extrañó de su falta de fe”.
Y todos sabemos que, cada vez que curaba a alguien, siempre decía lo mismo: “tu fe te ha curado”.
No le pidamos milagros, pero sí pidámosle una fe capaz de hacerlos.
¿Qué no nos hace el milagro que le pedimos?
No nos enfademos con él.
Ni le amenacemos que vamos a dejar de creer, como si con ello le castigásemos a él.
Puede que no tengamos que abandonar nuestra fe, porque apenas si la tenemos.
Porque ¿le pedimos con autentica y verdadera fe? ¿Cuál esa nuestra fe?

Clemente Sobrado cp.

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