Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 6 a. Semana – Ciclo A

Escucha aquí la homilía dominical: http://bit.ly/homilias.

“Se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo. Jesús dio un profundo suspiro y dijo: “¿Por qué esta generación reclama un signo?” (Mc 8,11-13)

¡Qué complicados somos los hombres!
Dios no acierta con nosotros.
Jesús no se cansa de sanar y curar enfermos, como expresión de la presencia y fuerza del Reino.
Acaba de multiplicar los panes y dar de comer a toda una multitud.
Y ellos insisten en reclamar señales del cielo.

Dios solo ha querido hacer un signo en el cielo: amarnos tanto que nos envió a su propio Hijo.
Todos los demás signos o señales, Dios los hace en la tierra.
Y todos ellos son signos de amor a los hombres.
Pero pareciera que esos signos no sirven.
No nos interesan las señales que Dios hace.
Queremos las señales que a nosotros nos interesan.
Jesús mismo se siente como dolido, desilusionado, y por eso, “dio un profundo suspiro”.

En el fondo, ¿no es también esta nuestra realidad?
Si miramos atentos a nuestras vidas, veremos que estamos rodeados, cada día de esas señales de Dios:
¿Acaso no es un milagro y signo de Dios la vida de cada día?
Si estamos enfermos y nos cura, entonces lo llamamos milagro.
Pero el don de la vida no es milagro.
¿Acaso no es milagro de Dios el que cada mañana podamos ver el color de las flores?
Si estuviésemos ciegos y nos devolviese la vista, diríamos que es un milagro.
Pero la visión diaria no es milagro.
¿A aso no es milagro de Dios el que, cada día, bombee miles de veces la sangre irrigando todo nuestro cuerpo?
Pero si un día nos sana de un infarto, eso sí es milagro.
¿Acaso no es un milagro de Dios:
¿Cada hijo que nace?
¿Cada sonrisa que nos regala nuestro hijo?
¿Cada amor que brota de nuestro corazón?
¿Cada año que cumplimos de vida?
¿Cada anciano que llega a la cumbre de la vida?
¿Cada pareja que se ama?
¿Cada pareja que puede luchar cada día por el pan de los hijos?

Y si queremos ir más lejos ¿no somos cada uno los testigos de los milagros de Dios?
¿No es un milagro el sentirnos amados por él?
¿No es un milagro el que nosotros seamos capaces de amarle?
¿No es un milagro el perdón que nos regala?
¿No es un milagro cada confesión que nos hace sentir su misericordia?
¿No es un milagro el que cada día él se haga presente en medio de nosotros en la Eucaristía?
¿No es un milagro el que cada día convierta los granos de nuestro trigo en su Cuerpo y el vino de nuestros viñedos en su Sangre?
¿No es un milagro el que cada día podamos recibirle en nuestro corazón?

¿Y no es un milagro el que haya hombres y mujeres capaces de entregar sus vidas en el servicio de los demás?
¿Y no es un milagro tanto amor como hay todavía en el mundo?

Para el que tiene ojos de fe:
Vivimos rodeados de milagros.
Pero nosotros somos su gran milagro.
Y sin embargo, también nosotros seguimos pidiéndolo a Dios milagros, señales.
Quienes somos incapaces de ver la infinidad de milagros que se dan cada día, nos pasamos la vida pidiendo milagros.
Que Jesús no nos diga a nosotros lo que a aquellos fariseos, casi con rabia e indignación: “Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación”.
A lo que me gustaría añadir: “hasta que sea capaz de ver los signos que les regalo cada día”.

Clemente Sobrado cp.

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