Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 6 a. Semana – Ciclo A

“Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó a palabra y le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. (Mc 9,2-13)

Nada mejor que sentirse bien allí donde estamos.
Nada mejor que sentirse bien uno consigo mismo.
Nada mejor que sentirse bien con los demás.

Los tres discípulos, al menos por una vez, confiesan que se sienten bien al lado de Jesús.
Se sienten a gusto con él en lo alto de la montaña.
Aire fresco.
Panorama maravilloso.
Y un Jesús transfigurado, derrochando luz y claridad.
Un Jesús transformado en una de esas barras de luz, donde apenas si se ve la barra porque toda ella es luz.

Es la transfiguración del quien:
Se deja ver por dentro.
El cuerpo queda iluminado por la luz que arde dentro.
La humanidad de Jesús queda transfigurada por la divinidad en ella encarnada.

Una transfiguración que, de alguna manera, también transfigura a los que le contemplan: ¡Qué bien que se está aquí!
¿Cuándo será que sentimos a Dios que se transfigura delante de nosotros?
¿Cuándo será que también nosotros podamos decir en nuestra oración: “¡qué bien me siento aquí!”
¿Cuándo será que nos sentimos tan a gusto delante de Dios que no quisiéramos se pasase el tiempo y tuviésemos que volver a casa?
¿Cuándo será que nuestras misas nos resultan cortas porque nos sentimos muy bien y a gusto en torno a la mesa del Señor?
¿Cuándo será que dejamos de mirar al reloj porque ya estamos cansados y aburridos y se nos hace tarde?

Y una pregunta a los esposos y esposas:
¿Qué tal os sentís el uno al lado del otro?
¿Cuándo será que cada uno dice al otro: ¡qué bien me siento a tu lado!
¡Mientras estoy contigo no tengo ganas de salir!
¡Mientras te tengo conmigo, me siento tan a gusto, que me fastidia tener que irme!

Es posible que en nuestras misas haya poco de transfiguración.
Es posible que en nuestra oración haya poco de transfiguración.
Es posible que entre marido y mujer haya poco de transfiguración:
Que cada uno reserve sus propios sentimientos.
Que cada uno esconda lo que siente y lleva dentro.
Que cada uno manifieste poco lo que lleva en su corazón.
Que cada uno viva más hacia dentro e impida brotar sus propios afectos y sentimientos.

¿Recuerdan a aquella niña que un día, de regreso del Colegio pasó por el parque y vio a una pareja de enamorados que parecían pegados con cola, abrazándose y besándose?
Llegada a casa no tuvo mejor ocurrencia que reunir a sus padres y pedirles: “¿Podrían abrazarse y besarse? Me gustaría ver si se besan para esos enamorados del parque. ¿Quieren verlos? Asómense a la ventana.”
Avergonzados, ambos se abrazaron y se besaron. De repente aparecieron los demás hermanitos y lo celebraron con un largo aplauso.

¡Qué bueno que, como sacerdote, también yo pueda decir cada día:
“¡Qué bien me siento en mi vocación!”
“¡No la cambiaría por nada!.
Estar a gusto es la alegría del espíritu.
Estar a gusto es el gozo de ser lo que soy.
Estar a gusto es descubrir la belleza de lo que somos.

Clemente Sobrado cp.

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