Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 7 a. Semana – Ciclo A

“Se acercaron unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?” El les replicó: “¿Qué os mandó Moisés?” “Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla”. Jesús le dijo: “Moisés dejó este precepto por lo tercos que son ustedes”. Al principio de la creación, Dios “los creo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá su mujer, y serán los dos una sola carne”. “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. (Mc 10,1-12)

Resulta llamativo el hecho del interés que tenemos para casarnos.
Y resulta llamativo el hecho de que luego tengamos tanto interés en divorciarnos.
Todos tratamos de ver el divorcio:
Como una solución a nuestros problemas.
¿Será el divorcio una solución o un problema más de nuestra convivencia conyugal?
¿Será el divorcio una solución a los problemas normales que surgen en la pareja, o más bien a los problemas de infidelidad que creamos fuera del hogar?
¿Será el divorcio una manera de sanar nuestras heridas de pareja, o más bien una manera de ahondar más las heridas?
¿Será el divorcio el camino de buscar respuestas, o de evitar preguntas y decidir por nuestra cuenta?

El divorcio es:
Una falta de seriedad a la palabra comprometida.
Una falta de seriedad a la palabra dada.
Una falta de seriedad a quien nos entregó su vida para siempre.
Una falta de seriedad a quien se jugó su vida, confiando en nosotros.
Una falta de seriedad a Dios a quien hemos puesto por testigo.
Una falta de seriedad a la comunidad a la que hemos invitado como testigo.

Llegamos a pensar en el divorcio:
Cuando no hemos vivido lo prometido.
Cuando no hemos tomado en serio a la otra persona.
Cuando nos hemos vivida mirando hacia dentro sino hacia fuera.
Decir que no nos entendemos es decir que no nos amamos.
Decir que somos distintos, es ignorar que también lo éramos de enamorados.
Decir que somos incompatibles es decir que ya tenemos un pie ya fuera de casa.

El divorcio es olvidar que el matrimonio no lo hemos inventado nosotros sino Dios.
El divorcio es olvidar que quien nos unió como pareja fue el Señor con el sacramento.
El divorcio es olvidar que quien nos unió fue el Señor y la Iglesia.

Hay cosas que la ley de los hombres puede regular.
Pero hay cosas que no dependen de la ley.
“Lo que Dios unió que no lo separe el hombre”.
Moisés permitió la separación mediante el acta de repudio.
Pero no siendo fiel a los planes de Dios sino fruto de la “terquedad nuestra”.
Hacemos campañas.
Hacemos encuestas.
Y presionamos para que nos legalicen la separación.
La mayoría de las leyes permisivas del divorcio se deben a nuestras presiones.
Al miedo a perder votos en las elecciones.
Al precio de unos votos en las elecciones.

Por eso la ley nos eximirá de cualquier pena.
Pero la ley no suele ser principio de moralidad.
La ley no es principio de estabilidad matrimonial.
¿No sería preferible consultar la voluntad de los hijos que contratar a un abogado?
No todo lo legal es moral.
No todo lo legal responde a la verdad.
No todo lo legal responde a los planes de Dios.
No todo lo legal responde a la naturaleza de la persona humana.

Clemente Sobrado cp.

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