Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Domingo 1 – Ciclo A

“Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. El tentador se le acercó y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.
Entonces lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo… Después el diablo lo llevó a una montaña altísima y mostrándole los reinos el mundo y su gloria, le dijo: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. (Mt 4,1-11)

En el Bautismo, Jesús quiso configurarse con nosotros los pecadores.
Y ahora en el desierto, Jesús quiere configurarse con esas tentaciones que a diario nos atacan tanto a los creyentes como la Iglesia misma.
Jesús no es de los que habla de memoria.
Tampoco es de los que habla de la verdad de segunda mano.
Jesús no es de los que habla de lo que ha oído o le han dicho.
Jesús es de los que quiere identificarse con nosotros y hablar desde la propia experiencia.

No es que Jesús haga teatro.
Jesús hace una experiencia real de lo que cada día sufre el hombre.
Las tres grandes tentaciones:
La tentación del poder.
La tentación de la figuración.
La tentación de tener y del dominio.

En cada época de la historia la Iglesia sufre sus propias tentación:
El poder, siempre ha sido un riesgo para la Iglesia.
La configuración y la tentación de ser admirada
Como la tentación del tener.
Siempre ha acechado a la Iglesia.

Pero hoy pareciera que la Iglesia está tentada de algo mucho más sutil y actual:
La tentación de la “mundanidad”.
La tentación de de renunciar a su identidad.
La tentación de ser como el mundo quiere y espera de ella.

Es lo que el Papa Francisco quiso destacar en su visita a Asís:
“La Iglesia somos todos nosotros, como he dicho.
Y todos nosotros debemos despojarnos de esta mundanidad.
Un mundanidad que, para el Papa es:
La renuncia a la Cruz.
La renuncia al Crucificado.

“Es muy triste encontrar a un cristiano mundano, seguro, según él, de esa seguridad que le da el mundo. La Iglesia, todos nosotros debemos despojarnos de la mundanidad, que la lleva a la vanidad, al orgullo, que es la idolatría”.

De cada a la cuaresma nuestras tentaciones pueden ser muy claras:
Yo no necesito cambiar.
Yo no necesito de desierto que me aísla.
Yo ya no necesito de la Iglesia.
Yo ya no necesita de la Penitencia.
Yo ya no creo en una Iglesia que no se pone al día.
Yo ya no creo en una Iglesia que se ha quedado en el pasado.

Terminadas las tentaciones “se acercaron los ángeles y le servían”.
Siento la impresión que ante una iglesia tentada de mundanidad, una primavera se nos asoma. El Papa Francisco nos ha traído un aire fresco y una nueva esperanza.
Pero cuidado, que también aquí, ya comienza la tentación de que es un Papa peligroso para la Iglesia.

No tengamos miedo a la tentación.
Tengamos miedo a caer en la tentación.
Por eso rezamos en el Padre Nuestro “no nos dejes caer en la tentación”.
No pide que nos quite la tentación sino que “no caigamos en ella”.
El desierto es lugar de tentación:
Todos tenemos la tentación de volvernos atrás.
Todos tenemos la tentación del cansancio.
Todos tenemos la tentación de abandonar el camino.
Que la Pascua sea la luz que nos alumbra y atrae y nos hace más fuertes que nuestras tentaciones.

Clemente Sobrado cp.

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