Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: La Anunciación del Señor

Anunciación del Señor“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús”. (Lc 1,26-38)

La mujer del 25 de marzo

– Aquel 25 de marzo amaneció como un día cualquiera. Pudiera ser un día monótono como tantos otros en la vida de Nazaret.
– María había escrito en su agenda:

– “Mamá Ana no se siente demasiado bien. Los años le pesan. Y desde que murió papá Joaquín, la pobrecita siente mucho su soledad. Sólo le pide a Dios que cuanto antes se la lleve, porque sin su Joaquín, la vida le parece muy triste.
– Yo tendré que hacer todo en casa. Primero, iré a buscar el agua a la fuente. Quedé en verme con Sara, la hija de Judá, que dentro de poco también ella cumplirá sus quince años. Es una de las buenas amigas.
– Luego lavaré mi túnica y la de mamá. Como no somos sino dos en casa, el almuerzo cuesta poco hacerlo.
– José, no creo que venga hoy por acá. Ayer, antes de irse me dijo que tenía trabajos urgentes y pensaba dedicarse a ellos todo el día”

– No, aquel 25 de marzo no parecía ser un día muy diferente al resto de los demás días. La fuente, el almuerzo, el encuentro con las amigas del barrio. Nada particular.

– A eso del mediodía, mamá Ana estaba echada. Es posible que sus pensamientos anduviesen revoloteando por el cielo en busca de dónde estaba Joaquín. En casa se hizo un gran silencio. Había la sensación de un vacío y a la vez de que algo llenaba el ambiente. María siguió preparando el almuerzo. La leña no ardía porque en la víspera había llovido y estaba húmeda.

– De pronto, sintió que alguien pronunciaba su nombre. No podía ser José. Si le había dicho que tenía trabajo urgente… Además, comenzó a sentir allá dentro de su corazón como un calorcillo que le subía al rostro y lo ponía más encendido. Algo como si las voces no viniesen de afuera sino que le brotasen de dentro. Como si el corazón dejase de ser río y se hiciese fuente y manantial. ¿Alguien puede hablar dentro de mí? Sólo Dios habla dentro y desde dentro. María siguió soplando los leños que el fuego no se atrevía a quemar.

“Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28).

– Era cierto. Las voces venían de dentro. Casi imperceptibles por fuera. Pero clarísimas dentro. No había duda. “Sentí como si el sol se oscureciese fuera y se encendiese en incendio dentro de mí”, le contaba un día María a Juan, ya en Éfeso. “Me sentí confusa, como perdida, como si sintieses que algo te llena tanto por dentro que parece que vas a reventar y a la vez todo lo de afuera pierde figura, pierde rostro. No disponía de tiempo para aclarar mis pensamientos, porque cuando Dios entra así, de repente, lo invade todo, lo llena todo, y sientes que casi no te queda para ti ni siquiera un rinconcito donde esconderte”.

– El Ángel se dio cuenta de la turbación de María y trató de ponerle claridad donde todavía todo parecía confuso y sin orden.

“Alégrate, María, porque has hallado gracia delante de Dios”. (Lc 1, 30)

– Todos encontramos gracia en el corazón de Dios. Si no es allí, dónde, pues… En su corazón caben todos, porque dentro hay calor para todos…
– Sí, pero tú eres la favorita. Le has caído tan bien a Dios, que te ha escogido a ti para que seas la Madre de su Hijo que va a nacer.
– ¿Yo, Madre del Hijo de Dios? ¿En qué sueñas angelito…? ¿Yo, la sierva, la esclava, elegida para ser la Madre del Hijo de Dios? Por favor, y que de esto no se entere José…
– Precisamente por eso, porque eres la sierva… A Dios le encanta la gente sencilla, la gente que se siente pobre y está siempre disponible. Los llenos, los hartos, los autosuficientes, a Dios no le sirven. A Dios no le interesan los que lo saben todo, los que lo quieren hacer todo ellos solos. A Dios le encantan los que lo necesitan todo y sienten necesidad de Él.
– Pero si aún estoy soltera… Lo de José va en serio, pero aún no seremos esposos hasta dentro de un año… Además…
– José no tiene nada que ver en esto. Esto es obra toda de Dios. ¿Recuerdas la nube que cada día cubría la Tienda del Encuentro en los días del desierto? Pues ahora esa Tienda serás tú. La nueva Tienda del nuevo Encuentro de Dios con el hombre. Por eso, el Espíritu te cubrirá con su sombra. Y Él fecundará tu espíritu y tu corazón y tu vientre y todo tu ser. Y lo que va a nacer de ti, se llamará “Hijo del Altísimo”.
– Dile a Dios que aquí está su esclava. “Que se haga en mí según su Palabra“.

– Aquel día, a María le comenzó a crecer todo. Le creció tanto el alma que no le cabía dentro. Le creció tanto el corazón que se le salía para fuera. Le comenzó a crecer la vida de tal forma que toda ella quedó convertida en vida. Toda ella era la Vida hecha vida.
– A la hora del almuerzo, María parecía no tener apetito. Ana notaba que María no era la misma, como que algo estaba sucediendo en ella.

– ¿Es algo con José, María?
– No, madre, no tengo apetito. Me siento tan llena que no siento necesidad de nada.
– Te conozco, María. Te conozco. Las madres tenemos un sexto sentido… A ti te pasa algo. Habla con José. Es buen chico. Pero ya sabes, a veces los hombres se enredan demasiado en el trabajo…
– Pobre José… si él supiese…
– ¿Saber qué, María?
– Las cosas de Dios, madre, son difíciles de contar. Cuando se habla de Dios no solemos decir nada. A Dios se le siente. Y yo siento como si Dios estuviese creciendo y creciendo tanto dentro de mí, que ya mi cuerpo le resulta un estorbo…
– Si Dios es quien crece en ti, hija, no te preocupes. Dios es dueño de todo el espacio. Y según crece dentro o fuera Él mismo se hace sitio. Cuántas veces, cuando yo te llevaba en mis entrañas, le decía a tu padre Joaquín: Joaquín, yo no sé si dentro me está creciendo una hija, o qué me está creciendo… Me siento tan llena… Esta chiquilla debe pesar más de lo normal… Me pesa tanto dentro.

– María calló. La experiencia de sentir a Dios hecho semilla de vida brotando en la tierra virgen de sus entrañas le había cambiado totalmente. Parecía como si ahora todo lo viese al revés. Sentir que el misterio crece y crece dentro y no poder comunicarlo a nadie. Ni a su madre ni tampoco a José. ¿Qué les iba a decir? ¿Que iba a ser la Madre de Dios? ¿Quién le iba a creer? Tampoco ella entendía nada. Lo aceptaba por la sencilla razón de que Dios se lo había dicho. Le bastaba su palabra. Pero fuera de eso, nada… El misterio se vive. El misterio se siente. El misterio sólo se vive en el misterio, en la oscuridad de la fe. Todo depende de una palabra.

– Aquel 25 de marzo, parecía como si fuese el primer día de vida en su vida. Todo comenzaba a renacer en su corazón. Todo renacía en sus ojos. Todo renacía en su pensamiento. Es que Dios comenzaba a ser Dios con rostro de hombre dentro de ella. ¡Cómo han cambiado las cosas desde que Moisés sólo tenía permitido “ver a Dios por la espalda” (Ex 33, 23). Ahora Dios deja de esconderse. Deja de esconder su rostro. Y se hace rostro dentro de ella. Aún no se lo ha visto. Pero llegará un momento en el que el rostro de Dios tendrá mucho de su propio rostro. Se parecerá a su Madre. Dios se paseará por los caminos de la historia con un rostro parecido al de María. Ella tendrá un corazón y alma parecidos a Dios, y Dios tendrá una cara parecida a la de ella.

– Un día, Juan entrando en intimidad con María, en aquellas largas noches de Éfeso le preguntó:

– Madre, ¿y cuando el Ángel te anunció todo eso, comprendiste todas las consecuencias de tu sí a Dios?
– Hijo, ¿quién puede adivinar las consecuencias del sí que damos al Señor. Tampoco me interesaba. Querer saber las consecuencias hubiera sido como medir la generosidad y las propias posibilidades. Y yo sólo quise ser franca con Él. Sólo quise ser un libro abierto en el que Él pudiera escribir luego la vida. ¿Tú ya mediste las consecuencias cuando allá en el Lago seguiste a mi Jesús? Tampoco tú sabías lo que vendría después. Y ya ves, el Señor nunca defrauda las generosidades sin medida y no calculada del corazón.
– Y si hubieses sabido que el que iba a ser tu hijo, llegaría a ser más tarde un crucificado, ¿hubiera sido igual?
– Cuando dije “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” lo acepté todo. También la trágica muerte de Jesús.

– Mamá Ana murió poco tiempo después. Murió con la esperanza del Mesías en su corazón. Pero sin saber que lo tenía tan cerquita de ella. Sin enterarse de que el Mesías ya hacía unos meses que se hospedaba en su casa. Es que resulta tan ordinario convivir con el misterio al lado, codo a codo con Dios, y no darse cuenta de que nos está haciendo guiños desde la otra orilla del río…

Clemente Sobrado cp.

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