Bocadillos espirituales para vivir la Semana Santa: Lunes Santo

A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempreEscucha aquí la homilía dominical: http://bit.ly/homilias.

María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se lo enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: “¿Por qué no es ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselo a los pobres?” (Jn 12, 1-11)

Generosos para con los demás.
Tacaños, cuando se trata de Dios.
Todo nos parece poco cuando se trata de hacer algo por nosotros.
Todo nos parece un exceso cuando se trata de hacer algo por Dios.
Tenía razón aquel que dijo que:
Cien soles para la compra o para gastar un fin de semana nos parece poca cosa. Pero cien soles en la bandeja de la colecta de los domingos nos parece una barbaridad.
Cien soles invertidos en un fin de semana, no es nada.
Pero cien soles invertidos en limosna a los pobres nos parece todo un capital.
Cien soles gastados en un restaurante nos parece algo normal y hasta algo discreto.
Pero cien soles invertidos en ayudar a las campañas benéficas de la Iglesia, nos parece algo escandaloso.

Sí. Todo lo que gastamos una tarde en el bingo, nos parece cosa pequeña.
Pero, todo lo que damos para las obras de Dios, para la beneficencia o ayuda a los necesitados son parece una enormidad.

Es lo que pasó en aquella cena de Betania.
Un perfume derramado en los pies de Jesús, era algo perdido.
En cambio, ese mismo perfume, vendido y regalado a los pobres nos parece algo más racional.
Lo que damos a Dios siempre es demasiado.
Lo que gastamos en nuestros gustos siempre es demasiado poco.
Lo que damos a Dios siempre lo medimos y pensamos bien.
Lo que gastamos inútilmente siempre nos parece poco.

En la Misión Conciliar de 1967 en Lima, durante una reunión de jóvenes, todo eran quejas del gasto que se hacía trayendo tantos misioneros. Harto de tanta monserga, me tomé la libertad de arriesgarme a un reto. Al que llevaba la voz cantante, me atreví a preguntarle directamente y sin rodeos ni tapujos: “Dime con sinceridad ¿cuánto has aportado tú a la misión durante estos meses y cuánto has gastado en mujeres de la vida?” Así fui de atrevido, expuesto a una respuesta también atrevida. Se guardó un silencio sepulcral. Hasta que alguien dijo: “mejor nos vamos, porque aquí tiran a dar”.
No dolía lo que se había gastado en prostitución.
Pero sí dolía lo que se invertía en el anuncio del Evangelio.
No dolía lo que en esos cinco meses se había gastado en licor.
Pero sí dolía lo que se había gastado en traer misioneros que anunciasen el Evangelio.

Algo parecido le sucede a Judas.
Le duele que alguien derrame un perfume tan valioso en los pies y en la cabeza de Jesús.
Dice que, mejor hubiese sido venderlo y regalárselo a los pobres.
Lo que se da a Dios, parece una operación quirúrgica y sin anestesia al bolsillo.
Lo que gastamos en nuestros gustos y apetencias, le parecía una mejor inversión.
Y pensar que esto lo decía “no porque le interesasen los pobres, sino porque era ladrón; y como tenía la bolsa llevaba lo que iban recibiendo”.
Siempre encontraremos escapes para justificar nuestros gastos inútiles y nuestras tacañerías para con Dios.

Es fácil utilizar a los pobres, para justificar nuestra tacañería con Dios.
Es fácil utilizar a los demás, para justificar nuestra falta de generosidad para con Dios.
Nos cuesta aceptar y reconocer lo que damos por Dios.
Siempre tenemos alguna razón que justifique que mejor sería darlo a cualquier otro menos a Dios.

Y actualizando hoy aquel momento, pudiéramos decir:
¿Por qué dar a los pobres, si luego lo van a gastar inútilmente?
¿Por qué compartir con los demás, si son unos vagos de categoría?
¿Por qué compartir lo nuestro con quienes no van a saber utilizarlo?
Siempre hay motivos: Para no dar. Para no compartir. Para no ayudar a los necesitados.
Nos sobran razones para no dar de lo nuestro. Nos sobran razones para no poner lo nuestro al servicio de Dios.
Nos sobran razones para no compartir lo nuestros con los que no tienen nada. Y quien busca razones para dar es que le falta la razón del amor.

Pensamiento: Jesús en la Cruz no se fijó en si lo merecíamos, sino que se dejó guiar del amor gratuito y desinteresado.

Clemente Sobrado cp.

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