Bocadillos espirituales para vivir la Semana Santa: Martes Santo

“Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar”. Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía”. (Jn 13,21-33.36-38)

Cuando vemos un cuadro de la Ultima Cena, estoy seguro de que no identificamos a ninguno, menos a uno. Todos reconocemos perfectamente a Judas.
Es el único que lleva su firma.
Es la única cara que se nos hace conocida.
Y para que no haya engaños, siempre con la bolsa en la mano.

Y sin embargo, Judas no tiene una cara distinta a la del resto.
Judas no lleva distintivo alguno.
Judas tiene la cara de cualquiera.
Los Judas guardan muy bien sus apariencias.
Los Judas disimulan muy bien sus apariencias.
Por eso mismo, Judas puede ser cualquiera.
Cualquier rostro puede ser el de Judas.

Cuando Jesús anuncia que uno de ellos le va a entregar, todos quedan “perplejos”, “se miran unos a otros”, pero no logran identificar al traidor.
Los traidores no tienen una cara especial.
Los traidores no tienen una cara particular.
Cualquier cara vale para disimular la traición del corazón.
Cualquier cara vale para esconder un corazón traidor.
Cualquier cara vale para ocultar treinta monedas como precio de una vida.

Judas en nada daba signos de ser distinto al resto de los discípulos.
Por eso nadie se atrevió a acusarle de traidor.
Parecía tan normal como cualquier otro del grupo.
En modo alguno llegó a despertar sospechas
Incluso, cuando sale cubierto por las tinieblas de la noche, el resto piensa bien de él: “de seguro va a comprar algo para los pobres”.

Por eso mismo, Judas puede ser cualquiera de nosotros.
Traidor puede ser cualquiera de nuestros corazones.
Podemos aparentar ser uno de “los suyos”, y sin embargo, ocultar una traición.
Podemos aparentar uno como los demás, y estar escondiendo el engaño y la mentira de una traición.
Podemos aparentar ser unos esposos cariñosos y fieles y esconder una infidelidad.
Podemos aparentar ser unos sacerdotes maravillosos, y esconder en nuestro corazón cantidad de infidelidades a la llamada de Dios.
No. No inventemos caras extrañas para Judas.
Regalémosle una cara ordinaria, una cara cualquiera.
Una cara que puede ser la tuya.
Puede ser la mía.
Puede ser la de cualquiera.

Es que las traiciones no se llevan en el escaparate.
Las traiciones se llevan escondidas en el corazón.
Las traiciones no tienen rostro.
Las traiciones se llevan dentro.
Por eso mismo, los traidores, son tan difíciles de reconocer.
Son tan difíciles de identificar.
Caminan como todos.
Comen como todos.
Beben como todos.
Sonríen como todos.
Son tan difíciles de ponerles nombre.
Porque cualquier nombre les cae bien.
No tienen espacios particulares, cualquier espacio es apto para sus traiciones.
Los hay de treinta monedas.
Los hay de más.
Los hay de menos.
Cada uno pone su propio precio a sus propias traiciones.
Tienen cara de amigos, y por dentro llevan un corazón de vendedor de vidas, de dignidades.
No nos hagamos ilusiones creyendo reconocer tan fácilmente a Judas.
Porque Judas puede ser un cualquiera.

Pensamiento: Los Judas no tienen rostros especiales, porque cualquier rostro les sirve.

Clemente Sobrado cp.

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