Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Jueves de la Octava de Pascua

“Contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Jesús se presentó en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”. Llenos de miedo por la sorpresa creían ver un fantasma… “¿Por qué os alarmáis? Mirad mis manos y mis pies; soy yo en persona”. (Lc 24,35-48)

Cristiano es el que comparte las buenas noticias.
Cristiano es el que comparte su experiencia del encuentro con Jesús.
Y esto resulta extraño, porque, con frecuencia hablamos de todo menos de nuestras experiencias personales de fe.
¡Qué poco hablamos de nuestra experiencia de fe!
¡Qué poco hablamos de nuestras dificultades para creer!
¡Qué poco hablamos del camino que seguimos para creer!

Diera la impresión de que todo es noticia, menos nuestra experiencia pascual.
Hablamos de fútbol, pero no de nuestra fe.
Hablamos de política, pero no de nuestra fe.
Hablamos de economía, pero muy poco de nuestro encuentro con El.

Mientras los dos de Emaús compartían su experiencia de cómo lo encontraron en el camino y cómo lo reconocieron al partir el pan, Jesús se presenta en medio de ellos.
¿De qué nos encontraría hablando hoy a nosotros?
¿A caso de cómo lo hemos reconocido en la Misa del Domingo?
¿A caso de cómo ha caminado a nuestro lado por los caminos de la vida?
No se trata de darnos mutuamente lecciones de teología.
Lo que cada uno necesitamos es sentir cómo los demás hacen su proceso de fe: sus dificultades, sus problemas, sus dudas, sus alegrías, sus encuentros.

No resulta fácil reconocer a Jesús resucitado.
Hasta podemos llevarnos sustos y confundirlo con un fantasma.
Es el gran peligro que corre Dios cada vez que se manifiesta en nuestras vidas.
Tenemos miedo a encontrarnos con él.
Posiblemente porque tenemos miedo a qué nos pedirá.
Por eso lo deformamos con tanta frecuencia.
¿Alguien se imagina a Dios como uno de esos fantasmas que no solo asustan a los niños sino también a los grandes? ¡Pobre Dios cubierto con esos atuendos de fantasmas asustando a la gente!

Pero Jesús tiene sus marcas de identidad.
A Jesús lo reconocemos e identificamos por sus manos y sus pies.
¿No tendrían que ser también las marcas que nos identifiquen a nosotros los cristianos?
En vez de presentar nuestro carné de identidad:
Presentar nuestras manos, heridas de tanto servir a los demás.
Presentar nuestros pies, heridos de tanto caminar hacia los demás.
Presentar nuestras manos vacías, de tanto dar de lo nuestro.
Presentar nuestras manos, endurecidas de tanto trabajar por los demás.
Presentar nuestras manos, gastadas de tanto estrechar las manos de los demás.
Nuestros pies, con las huellas de tantos caminos andados al encuentro de los demás.

¿Recuerdan la historieta aquella de aquel joven que hacía gala de tener el corazón más bello de todos? En esto, un anciano mostró el suyo, con agujeros, con pedazos que no ajustaban bien. ¿Ves este corazón gastado y herido? Es el más bello, porque a lo largo de los años he ido dejando pedazos de él por el camino, y también he recibido pedazos de otros corazones que me amaron, pero que no encajan bien.
La belleza del corazón no está en estar entero, sino en estar gastado, herido, con huecos, con huecos vacíos porque han sido entregados por amor a los demás.

Las manos y los pies de Jesús resucitado eran bellos, porque llevaban los agujeros de los clavos. Los “rotos” afean los vestidos. Pero ¡cómo embellecen las manos y los pies!

Pensamiento: La belleza, más que en la estética, está en la bondad y el amor que han regalado nuestras manos.

Clemente Sobrado cp.

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