Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Viernes de la 3ra semana – Ciclo A

“El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”. (Jn 6, 52-59)

¿Verdad que cuando hablamos de Dios lo vemos bien lejano y casi inasequible?
Vemos lejos al que tenemos tan cerca.
Vemos lejos al que llevamos dentro de nosotros mismos.
Vemos lejos al que vive y nos da vida cada día.

Estamos tan acostumbrados a ver a Dios en el cielo, que casi todos padecemos de tortícolis de tanto mirar hacia arriba, cuando en realidad ni necesitamos abrir los ojos para verlo.
Basta con un sencillo mirarnos por dentro para encontrarnos con El.

A veces, siento como si tuviésemos miedo a nuestro propio misterio.
Tenemos miedo a imaginarnos que nosotros somos el cielo de Dios.
Tenemos miedo a pensar que somos la casa donde vive y habita Dios.
Por eso nuestra oración tiene mucho de avión.
Es una oración que tiene que volar hasta el cielo.
Cuando en realidad nuestra oración tendría que quedarse dentro de nosotros.
No nos habituamos a nuestro misterio.
Y Jesús es bien claro: El Padre vive, el Padre vive en Jesús y Jesús en el Padre, y Jesús vive también en nosotros.
Somos parte de la Santísima Trinidad.
Pertenecemos al misterio de Dios.
Y Dios pertenece al misterio de cada hombre.

Felizmente hoy comulgamos mucho.
Los monjas no se dan abasto para hacer tantas “hostias que serán la carne de Jesús” o “Jesús mismo hecho carne”, encarnado en un pedacito de pan tan chiquito.
Pero, la pregunta que tendríamos que hacernos cada vez que comulgamos sería la afirmación misma de Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.
Jesús que habita en nosotros.
Nosotros que habitamos en El.
Nosotros que somos la casa de Jesús.
Jesús que es nuestra casa.

No estamos vacíos.
Podemos estar solos, pero no vacíos.
Puede que nadie esté en casa, pero nosotros seguimos habitados.
Puede que no tengamos con quien hablar.
Pero siempre tenemos a tres con los que dialogar todo el día.
Puede que nadie nos conozca, pero siempre hay en nosotros alguien que sabe nuestro nombre.

Comulgar es algo más que un acto piadoso.
Comulgar es entrar en el misterio de la vida de Dios en Jesús.
Creo que fue San Francisco de Sales quien dijo que “una sola comunión era suficiente para hacernos santos”.
¿No será preferible decir que una sola comunión nos hace partícipes de la vida misma de Dios en Jesús por medio del Espíritu Santo?

Yo no sé cuán importante puedo ser para los que me rodean.
Lo que sí sé, es que yo soy demasiado importante para quien habita y mora en mí.
Y tengo que confesar que me encanta un Dios:
Que quiso asumir nuestra vida.
Que tomó el pecho como cualquier niño.
Que comió papilla porque no tenía aún dientes.
Que comió de nuestro pan y le supo muy bien.
Que bebió de nuestro vino y le encantó.
Que comió de nuestros pescados y le gustaron.
Que comió de nuestro arroz y le fue muy bien.
Que comió de nuestras patas y estaban buenas.
Y ahora le encanta que seamos nosotros:
Los que comemos de su carne.
Los que bebamos de su sangre.
Los que le comamos a El.

Nunca viviremos una vida más vida que cuando Dios se hace vida nuestra.

Clemente Sobrado cp.

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