Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Domingo 5 – Ciclo A

Yo sé que el mandato de mi Padre es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo, lo hablo como él me ha encargado“El Padre que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Créanme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, crean a las obras. Les aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque y me voy al Padre”. (Jn 14,1-12)

Y seguimos proclamando este capítulo 14 de Juan.
Es una afirmación de la filiación divina de Jesús.
Es una afirmación de la necesidad de regresar al Padre.
Y es una afirmación sobre nosotros:
También el Padre está en nosotros.
Es preciso creer en Jesús.
Y seremos capaces de hacer las “obras que él hace”.
¿Y no se habrá excedido un poco: “y aún mayores”.

Es lógico que los discípulos sientan que se van a quedar solos.
Pero él trata de consolarlos y devolverles la alegría diciendo que eso es necesario.
Porque, al irse él seremos nosotros quienes:
Tendremos que testimoniar la paternidad y la filiación divinas.
Tendremos que testimoniar que ahora seremos nosotros “los que hacemos la obras del Padre”.
Tendremos que testimoniar que ahora “haremos las obras que él mismo hace”.
Y añade como un apéndice: “y aún mayores que las que él hacía”.

Tengo serias dudas:
De que nosotros tengamos fe en nuestra grandeza.
De que nosotros tengamos fe en nuestra dignidad.
De que nosotros tengamos fe en lo importantes que somos.
De que nosotros tengamos fe en nuestras posibilidades.

El único pecado del que Jesús habló fue “el no creer en él”.
Pero ahora el pecado de la Iglesia es “no creer ella misma”.
El gran pecado nuestro es “no creer en nosotros”.

Nuestra gran pecado:
Es la poca estima que tenemos de nosotros.
Es la poca valoración que tenemos de nosotros.
El creernos menos de lo que realmente somos.
El creer que podemos hacer menos de lo que realmente podemos.

Hemos vivido una espiritualidad en la que importante era:
Ser humildes.
Pero con una humildad que era negar la verdad de Dios en nosotros.
Ser humildes era sentirnos pura basura.
Como si Dios se dedicase a hacer basura.
Como si Dios quisiera vernos basura.
Cuando en realidad ese es nuestro peor defecto, por no decir pecado.

Siento una verdadera alegría al pensar que, en mis largos sesenta años de sacerdote, he hecho muchas cosas:
He tratado de amar a los demás como Jesús, aunque aquí me quedo corto.
He perdonado a muchos más que los que Jesús perdonó durante su vida.
He podido realizar la Eucaristía diariamente transformando el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre.

Señor: tú a muchos les dijiste: “vete, tus pecados quedan perdonados”.
Señor: ¿sabes la cantidad de gente a la que, en tu nombre, le he dicho “te absuelvo de tus pecados”, vete nuevo a tu casa.
Señor: ¡qué grandes nos ves a todos cuantos creemos en ti!
Señor: has querido irte, pero confiando en que nosotros, al igual que tú:
“estemos en el Padre”,
“el Padre en nosotros”.
“y podamos hacer las obras del Padre e incluso te ganemos a ti”.

Bueno esto de que te “ganemos a ti” creo que es una gentileza tuya, para que nos sintamos felices.
Bueno, yo creo que nos quieres tranquilizar, porque:
Así como tú haces las obras del Padre,
Ahora quieres que nosotros hagamos las tuyas.
Y así como el Padre actuaba en ti,
Ahora eres tú quien actúa en nosotros.
Gracias, Señor, porque nos has hecho tan grandes, que ni nos lo creemos.

Clemente Sobrado cp.

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