Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 9 a. Semana – Ciclo A

“Cuando llegue la resurrección y vuelven a la vida, ¿de cual de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella” Jesús les respondió: “Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios. Cuando resuciten, ni los hombres ni las mujeres se casarán; serán como los ángeles del cielo”. (Mc 12,18-27)

Siguen las intrigas y las falacias.
Cuando uno se niega a aceptar la verdad busca todos los recovecos para defenderse.
Los saduceos que “dicen que no hay resurrección”, no se han extinguido.
Miopes siempre los ha habido y los sigue habiendo.
Son esos que incapaces de mirar más allá de su sombra.
Son aquellos incapaces de mirar más allá de su felicidad inmediata.
Son aquellos incapaces de mirar más allá de estas realidades mundanas.
Son aquellos que, con frecuencia escuchamos decir:
“El cielo está aquí en disfrutar de la vida”.
“El infierno está aquí en los sufrimientos de la vida”.

A lo más convierten el cielo en la prolongación de la felicidad terrena.
A lo más convierten el cielo en la prolongación de los placeres humanos.
Y no se dan cuenta que al otro lado de la tapia está la otra vida resucitad y nueva.
Es una pena pensar que la tapia de la muerte pone fin a una vida con ansias de eternidad.
Es una pena pensar que la tapia de la muerte nos impide ver que al otro lado, está el compartir la vida misma de Dios, “donde no hay dolor ni lágrimas”.
La fe es precisamente eso saber mirar al otro lado de la tapia de esta vida y ver que al otro lado de la montaña hay un valle espléndido de flores.

¿Recuerda a aquel leproso triste y pesaroso y que de un día a otro comenzó a sonreír a todo el mundo?
Todos tenían curiosidad de saber qué había pasado.
Veían que todas las mañanas y siempre a la misma hora se asomaba al muro se subía por una escalera, luego se baja sonriente y feliz.
Llevados de la curiosidad se dieron cuenta de que cada mañana, al otro lado del muro que encerraba tanto dolor, una joven venía mira al leproso, le hacía un gesto de saludo y la sonreía.
Todo tenemos mucho de leprosos que necesitamos subirnos al muro y ver que al otro lado nos sonríe Dios y nos hace unos guiños de saludo.
Hacia dentro había dolor.
Pero la verdadera alegría venía del otro lado.
Así es la resurrección. Pasarnos al otro lado y sentirnos nuevos en la novedad de Dios.
Con la resurrección no cargamos con nuestras cosas para disfrutarlas sino que las dejamos aquí. Allí “ni hombres ni mujeres se casan”.
La resurrección no es la prolongación del amor humano de esposos.
La resurrección es estrenar el amor esponsalicio de Dios.

Eso lo entendió muy bien aquel viejecito que se fue al cielo dejando desconsolada a su esposa.
Pero también a ella le llegó el turno.
Y cuando llegó al cielo, lo primero que hizo fue preguntar por su “Manuelito”.
Hasta que un día lo ve desde lejos y le grita: “¡Manuelito!”
El viejo cuando la ve le responde: “Un momento, que el negocio fue “hasta que la muerte nos separara”, así que aquí a otra cosa”.

Hay demasiados saduceos que todavía no creen que al otro lado de la montaña haya vida nueva.
Hay demasiados saduceos que todavía siguen creyendo que, la única vida es esta de aquí abajo.
Hay demasiados saduceos que, todavía siguen creyendo que si hay algo, no es sino la prolongación de lo de aquí.

Como el leproso, cada día tenemos que mirar por encima de la tapia de este mundo y regresar a él sonriendo por lo que se ve al otro lado.
Como Manuelito, cada día tenemos que gritar que el negocio de aquí fue “hasta que la muerte nos separe”, porque “allí seremos como los ángeles”.
¿Qué será eso?
Si alguno llega antes que, por favor, venga a contárnoslo, aunque a decir verdad, Jesús ya nos contó suficiente y no le creemos.

Clemente Sobrado cp.

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