Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 15 – Ciclo A

“Les decía: “Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte de la semilla cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotaron enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se marchitaron y por faltas de raíz se secaron. El resto cayó en tierra buena y dio fruto: unas, ciento; otras, sesenta; otras treinta. ¡El que tenga oídos que oiga!” (Mt 13,1-23)

Jesús es el sembrador de las semillas del Evangelio.
Resulta curioso que, de ordinario, las semillas todas son pequeñas.
Pero cada semilla encierra una fuerza dentro de sí mismo.
La semilla es siempre una esperanza.
Pero también puede terminar en fracaso.
De ordinario el sembrador suele elegir buena semilla.
El futuro de la semilla, no está en la semilla misma.
El futuro de la semilla, está en dónde cae, en qué tierra es sembrada.

Cuando siega:
El sembrador contempla el campo florecido y maduro.
El sembrador necesita hoy de máquinas enormes.
De aquellas pequeñas semillas estos maravillosos campos.
De aquellas pequeñas semillas, todos estos montones de trigo y de fruto.
Lo pequeño, cuando tiene vida dentro, es capaz de multiplicarse.
No siempre necesitamos de grandes cosas.
Con frecuencia lo que se necesitan son semillas.

Y Dios se da y nos da todo en semillas.
¿Recuerdan la historia de Dios que puso una tienda donde vendía la felicidad?
Alguien fue a comprarla. Y Dios le dio un puñado de semillas.
Furioso, protestó el comprador. El quería comprar la felicidad.
Sí, respondió Dios: Pero yo regalo la felicidad en semillas.
Tú tendrás que sembrarlas y hacerlas crecer.

Por eso lo que Jesús nos plantea:
No es la bondad de la semilla.
Sino la tierra del corazón humano.
Dios a todos nos ofrece la semilla de su gracia.
De nosotros depende que esa gracia crezca.
De nosotros depende que el Bautismo crezca y de frutos abundantes.
De nosotros depende que esa pequeña hostia que comulgamos de frutos de amor y comunión.
De nosotros depende que esa semilla de amor, crezca en nuestros corazones y podamos ser una familia feliz.
De nosotros depende que esa gracia que nos hace Iglesia, crezca y tengamos una Iglesia luz del mundo.
De nosotros depende que esa semilla del perdón crezca y y podamos vivir en gracia todos los días.
De nosotros depende que esa semilla del Evangelio, crezca y dé buenos frutos de vida.
De nosotros depende que esa semilla del amor de Dios, crezca y llene el mundo de bondad.
No nos quejemos de Dios, miremos la respuesta de nuestro corazón y qué llevamos en él.

Semilla fuimos cada uno de nosotros cuando fuimos concebidos.
De la mamá depende que crezcamos y nos realicemos como personas.
Semilla es el futuro, pero de nosotros depende qué futuro nos espera.
Semilla es la llamada vocacional. De nosotros depende que esa semilla crezca en nuestros corazones y madure en santidad de vida.

No despreciemos las semillas.
Cultivemos la tierra de nuestras vidas.
La misma semilla recibieron santos y pecadores.
Y las consecuencias son totalmente distintas.
Todos comenzamos con la semilla de un óvulo fecundado.
Todos comenzamos con la semilla del Bautismo.
Dios comenzó en nosotros como una semilla.
El Evangelio comenzó en nosotros como una semilla.
¿En qué tierra cayó esa semilla?
La respuesta la tenemos cada uno de nosotros.
No nos quejemos de las semillas, examinemos nuestra tierra.

Clemente Sobrado cp.

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