Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 18 a. Semana – Ciclo A

“Un hombre se acercó a Jesús, y arrodillándose ante él le dijo: “Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques; muchas veces cae en el fuego, Traédmelo aquí. Jesús increpó al demonio, y este salió del niño, que desde aquel momento quedó curado. Los discípulos se le acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: “Y por qué no pudimos expulsarlo nosotros?” “Porque ustedes tiene poca fe. Si tuvieran fe como un grano de mostaza le dirían a aquella montaña que venga aquí y vendría. Nada les sería imposible”. (Mt 17,14-20)

¡Cuántas veces nos hemos quejado de que Dios no nos escucha!
Dios no hace milagros para demostrar su poder.
Tampoco los hace para llamar la atención.
Lo único que hace milagros es nuestra fe en Él.

Y esto es lo que, de ordinario no pensamos.
Pensamos que pedir a Dios es como tocar el timbre y que alguien responda.
Pensamos que pedir a Dios es decirle palabras.
Pensamos que pedir a Dios es expresarle nuestros deseos y necesidades.

Y Dios no es de los que nos escucha:
porque le gritamos mucho.
porque le hablamos mucho.
porque le hacemos muchas promesas.

Dios no se deja convencer por nuestras palabras.
Ni se deja ganar por nuestras promesas.
Ni por nuestras insistencias.
Ni nuestros buenos deseos.
Dios no se deja comprar.

Lo único que mueve el corazón de Dios es nuestra fe.
Este hombre se puso de rodillas.
De alguna manera quiso expresar su fe en Él.
En cambio, los discípulos no pudieron hacer nada.
Y se extrañan de su impotencia.
Pero sanar a alguien no es cuestión de poder.
Jesús se lo dice claramente: “Porque ustedes tienen poca fe”.

Cuando nos quejamos de que Dios no nos hace caso tendremos que preguntarnos:
No por qué no nos escucha.
Sino cuánta es nuestra fe en él.
Rezamos con deseo, sí.
Pero ¿rezamos con verdadera fe?
Rezamos con ganas de que ayude.
Pero ¿cuál es la fe que da fuerza a nuestra oración?
Una oración simple deseo puede ser una oración sin fe.
Y una oración sin fe carece de fuerza ante Dios.
A Dios solo le ganamos el corazón cuando ve nuestra fe, no nuestras lágrimas.

La oración tiene que nacer de la fe.
Y la fe se alimenta en la oración.
La oración tiene que expresar nuestra fe.
Solo entonces esa fe es capaz de hacer milagros en nuestra vida.
Y no digamos fácilmente que oramos con fe.
Pensemos cómo es nuestra fe antes de orar.
Pensemos cómo es nuestra fe cuando sentimos que no conseguimos lo que pedimos.

La verdadera oración de fe es la de Jesús:
“Padre que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.
“Padre nuestro” “hágase tu voluntad”.
La fe es confianza.
La fe es abandono en Él.
La fe es fiarnos de Él.
La fe es creer en Él, a pesar de todo.

No preguntemos ¿por qué nosotros no lo hemos podido echar?
Preguntémonos con qué fe lo queríamos echar.
Es posible tengamos la idea que somos grandes creyentes.
Es posible que tampoco nuestra fe llegue a un grano de mostaza.
La verdadera fe hace “los imposibles”.
Entonces no nos quejemos de Dios.
Lamentemos nuestra poca fe.

Señor: no te pido hagas el milagro que te pido.
Señor: te pido una fe capaz de hacer milagros.
Señor: si hasta ahora mi oración tenía poco de fe, te pido que “aumentes mi fe”.

Clemente Sobrado cp.

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