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Dios también habla hoy: Miércoles de la 7 a. Semana – Ciclo B

“Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros” Jesús respondió: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. (Mc 9,38-40)

Os habéis preguntado alguna vez por qué Dios no va al fútbol.
Yo creo entenderlo: Porque armaría todo un lío.
Si es de nuestro equipo perfecto.
Pero, si es del otro equipo está frito.
Los del otro equipo le rechiflarían y tendría que salir con la policía.

¡Cuánto nos cuesta aceptar el bien que hacen los otros, si no piensan como nosotros!
¡Cuánto nos cuesta aceptar el bien que hacen los otros, si no son de nuestra Iglesia!
¡Cuánto nos cuesta aceptar el bien que hacen los otros, si no son creyentes!
¡Cuánto nos cuesta aceptar a los demás si no tienen los mismos gustos que nosotros!

Nos encanta levantar muros entre nosotros.
¡Con lo maravilloso que es tender puentes!
Nos encanta levantar muros que dividen.
¡Con lo maravilloso que es derribar todo lo que separa!

Hablamos mucho de la familia humana.
Pero cuántas grietas y cuantos muros de separación.
Nos separa el color de la piel.
Nos separa nuestra condición social.
Nos separa la política, la economía.
Nos separa incluso la religión.

¡Cuántos siglos hemos vivido divididos y enemistados con nuestros hermanos a los que hemos calificado de “separados”!
¡Cuántos insultos entre las distintas Iglesias!
¡Cuánto odio incluso hoy entre las distintas confesiones y religiones!
¿A caso no leemos los periódicos?
¡Cuántos muertos por atentados con coches bomba en las Iglesias!

Algo parecido les sucedía a los Discípulos.
“Hemos visto a uno que hacía milagros en tu nombre, y se lo hemos prohibido”.
¿Razón? “No es de los “nuestros”.
Es dura, pero qué cierta es la frase de Martini: “A veces los no creyentes están más cerca de nosotros que muchos de nosotros entre nosotros mismos”.

Y sin embargo:
¡Cuánta bondad hay fuera de la Iglesia!
¡Cuánta justicia hay fuera de la Iglesia!
¡Cuánta comprensión hay fuera de la Iglesia!
¡Cuanta caridad (bueno nosotros la llamaríamos filantropía) hay fuera de la Iglesia!
¡Cuántos luchan por construir la paz y no son de la Iglesia!
¡Y hasta es posible que no tengan fe en Dios!
Pero, aún ellos tienen un gran corazón.

Dios envía el sol para todos: buenos y malos.
Dios envía la lluvia para los creyentes y los que no creen.
Dios también ama incluso a aquellos que no creen en él.
Dios no es excluyente. Dios es incluyente. Dios no divide sino que une.

Estoy seguro que muchos que parece que “no son de los nuestros”, son realmente “de los nuestros”.
Los que dieron de comer, vistieron a los desnudos, visitaron a los enfermos, no lo hicieron pensando en Dios, sino por amor a los hombres.
En el fondo, creían en un Dios que desconocían.
En el fondo, amaban a un Dios que ignoraban.
En el fondo, amaban a Dios encarnado y oculto en los más necesitados.

Podemos pensar distinto. Pero no por eso tenemos que excluirnos.
No tenemos la exclusiva de la verdad. También los demás piensan.
Podemos tener criterios diferentes. No por eso tenemos que marginarnos.
¿Acaso en la misma Iglesia todos pensamos lo mismo?
¿Acaso en la misma Iglesia todos tenemos los mismos criterios?
¿No ha habido en la Iglesia distintas “escuelas de teología”.
Siendo estudiante veía cómo “tomistas” y “suarecianos” se odiaban a muerte.
Lo distinto no debe excluir a nadie.
La distinto puede ser una fuente de enriquecimiento mutuo.

Jesús nos dejó como mandato: “amos los unos a los otros”.
Y no dijo “armaos los unos contra los otros”.
Y no olvidemos que, los preferidos de Jesús, fueron siempre los marginados por los buenos.
Al que hace el “bien” “no se lo prohibáis”. También en él está actuando la gracia de Dios.

Clemente Sobrado cp.

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Dios también habla hoy: Martes de la 7 a. Semana – Ciclo B

“Llegaron a Cafarnaún , y, una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutíais por el camino?” Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. (Mc 9,30-37)

Primero Jesús se dedica a enseñar a la gente.
Los discípulos simplemente comienzan a aprender con el testimonio de Jesús.
Ahora cambia de alumnado.
Jesús se dedica ahora a ellos, a los suyos.
Por eso evita pasar por los pueblos para que la gente no se entere y lo distraiga.
Más que hablar a las gentes, ahora ha formado como su pequeña academia para formar a los suyos.

¿Tema de su formación? “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán”.
Para los discípulos el tema resulta poco interesante.
Nunca resulta interesante eso de entregar la vida por los demás.
Nunca resulta interesante eso de servir a los demás hasta dar la propia vida.
Nunca resulta interesante la fidelidad hasta la muerte.

Mucho más importante es:
¿Quién es el mayor de todos?
¿Quién es el más importante de todos?
¿Quién es el primero de todos?
¿Quién es el mandamás de todos?
¿Quién es el que se sienta en el sillón presidencial?

Dos mundos: el de Jesús y el de los Doce.
Dos caminos: el de Jesús y el de los Doce.
Dos maneras de pensar: el de Jesús y el de los Doce.
Dos escalas de valores: la de Jesús y la de los Doce.
Dos metas en la vida: la de Jesús y la de los Doce.

El aguante de Jesús resulta llamativo.
No se altera ni, como diríamos nosotros, “no se calienta”.
Hasta en esto, Jesús se revela en lo que es.
Ni siquiera les echa en cara sus ambiciones.
Maravillosa pedagogía la del amor y la de la comprensión.

No es la pedagogía que se impone por la fuerza y el castigo.
Es la pedagogía que se impone por la comprensión de las debilidades humanas.
Es la pedagogía del que ofrece pero no impone sus ideas.
Es la pedagogía del que habla al corazón para que ellos mismos tomen conciencia.
Es la pedagogía del que no trata de llenar sus cabezas de doctrinas e ideas.
Es la pedagogía del que trata de que uno mismo vaya descubriendo la verdad.
Me gusta aquella frase de Ortega cuando decía: “A mí no me den la verdad, díganme donde encontrarla”.

La convivencia humana:
está llena de quienes piensan distinto.
está llena de quienes tienen intereses distintos.
está llena de quienes tienen modos de ver diferentes.
La convivencia humana no está en que los demás piensen como yo.

Todos somos diferentes.
Cada uno tiene su cabeza que también piensa.
Cada uno tiene sus sentimientos que ven la vida con ojos diferentes.
Y no es que yo tenga que pensar como los demás.
Tampoco tengo que obligar a que todos piensen como yo.
Sino que tengo que comprender a los otros, aun sin pensar como ellos.
Tengo que respetar a los otros, por más que no acepte sus ideas.

Dios tiene una manera de pensar y nosotros otra.
Dios no piensa como nosotros, pero sí respeta nuestra libertad.
Dios sabe que tenemos intereses distintos.
Y, sin embargo, nos respeta sin “calentarse”.
Dios sigue su trabajo amoroso de ganar nuestros corazones.
Pero siempre respetando nuestros sentimientos.
Podremos hacer el camino juntos, aunque separados.
Y sin embargo, Dios no nos abandona ni nos deja abandonados en el camino.
Siempre espera que lleguemos a casa para que, avergonzados de nuestro modo de ser, terminemos pensando como él.
Dios no tiene prisas en que cambiemos.
Dios sabe esperar a que algún día cambiemos.

Linda lección para cuantos queremos que todos piensen como nosotros.
Linda lección para cuantos queremos imponer nuestras ideas.
Linda lección para cuantos tenemos prisas y no sabemos esperar.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Lunes de la 7 a. Semana – Ciclo B

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

“Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos”. Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”. Entonces el padre del muchacho gritó: “Tengo fe, pero dudo, ayúdame”. Jesús al ver que acudía mucha gente, increpó al espíritu inmundo, diciendo: “Espíritu inmundo y sordo, yo te lo mando: Vete y no vuelvas a entrar en él”. Gritando y sacudiéndolo violentamente, salió”. (Mc 9,14-29)

Todo es posible al que tiene fe

“Todo es posible al que tiene fe”.
Nada podemos hacer sin fe.
Necesitamos tener fe en Dios.
Necesitamos tener fe en nosotros mismos.
Necesitamos tener fe en los demás.
Necesitamos tener fe en las posibilidades de Dios en nosotros.
Necesitamos tener fe en nuestras posibilidades.
Necesitamos tener fe en las posibilidades de los demás.

Decimos que:
Está en crisis nuestra fe en Dios.
Está en crisis nuestra fe en los demás.
Pero, tal vez, la mayor crisis esté en nosotros mismos.

Nos cuesta fiarnos plenamente de Dios.
Nos cuesta confiar plenamente en Dios.
Nos cuesta abandonarnos plenamente en Dios.
Porque nuestra fe, con frecuencia es demasiado débil.
Porque, con frecuencia, las cosas no salen como nosotros quisiéramos.

Tenemos fe.
Pero, como el padre del muchacho enfermo, necesitamos gritar cada día:
“Tengo fe, pero dudo, ayúdame”
Ayúdanos a purificar nuestra fe.
Ayúdanos a abandonarnos más en nuestra fe.
Ayúdanos a fiarnos más de nuestra fe.

“Ayúdanos a creer más en nosotros mismos”.
No porque los demás nos alaben.
No porque los demás nos admiren.
No porque los demás hablen bien de nosotros.
Sino porque:
Creemos en nosotros mismos.
Creemos en lo que tú haces en nosotros.
Creemos en las posibilidades de ti en nosotros.
Creemos porque sabemos que tú actúas en nosotros.
Tener fe en nosotros no es orgullo.
Tener fe en nosotros no es vanidad.
Tener fe en nosotros no es presunción.
Es tener fe en todos los dones que tú mismo nos has regalado.

“Ayúdanos a creer más en los demás”
Que creamos en ellos como creemos en nosotros.
Que tengamos fe en ellos como en nosotros.
Para anunciar el Evangelio a los demás, es preciso tener fe en ellos.
Para ayudarles a crecer, es preciso tener fe en ellos.
Para ayudarles a vivir con alegría, es preciso sientan que creemos en ellos.

Demasiadas santidades fracasan, porque nos falta fe en Dios.
Demasiadas santidades fracasan, porque nos falta fe en nosotros mismos.
Demasiadas santidades fracasan, porque nos falta fe en los demás.

Nadie siembra si no tiene fe en los granos de trigo.
Nadie cosecha si no tiene fe para sembrar.
Nadie trabaja si no tiene fe en lo que hace.
Nadie da la vida a un hijo si no tiene fe en él.

Señor, sabemos que tenemos fe, pero, con frecuencia, es demasiado pobre.
Señor, sabemos que tenemos fe, pero, también nosotros dudamos.
Señor, ayúdanos a creer más en Ti.
Señor, ayúdanos a creer más en nosotros.
Señor, ayúdanos a creer más en los que nos rodean.

Clemente Sobrado cp.

Pentecostés

Pentecostés - Espíritu Santo

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“Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban: “¿No son galileos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?” (Hch 2,1-11)

Disculpen que hoy, piense “en Pentecostés y los ancianos”, porque, de alguna manera, todos nos imaginamos que eso del Espíritu Santo es para gente joven, como si los ancianos no necesitasen ya de él.
El Espíritu Santo está en toda la Iglesia.
Y los ancianos también son Iglesia.
El Espíritu Santo habla a toda la Iglesia.
Luego también habla a los ancianos.
Todos estamos llamados a renovarnos.
Los ancianos también.
El Espíritu Santo rejuvenece a la Iglesia.
También los viejos pueden rejuvenecerse.

El Espíritu Santo es el que nos recrea a todos como hombres nuevos.
¿Y acaso, los ancianos no están llamados a ser los hombres nuevos, incluso envejecidos, de la Iglesia.
El Espíritu Santo confiere la continuidad de la Misión de Jesús, ¿acaso los ancianos no están llamados también a continuarla desde sus posibilidades, por más que estén en el atardecer de la vida?
No olvidemos la parábola de aquel que buscaba obreros para sus campos. Hubo llamadas de primera hora, las hubo a media mañana, al mediodía, a media tarde y cuando ya la tarde iba de caída.
Todas las horas son buenas para sentir la llamada del Señor.
Todas las personas son capaces de escuchar esta llamada a cualquier hora.

No todos tenían la misma edad el día de Pentecostés. Los había más jóvenes y menos jóvenes y, sobre todos, vino el Espíritu Santo.
Y todos fueron transformados. Y todos asumieron cada uno su propia misión.

¿Acaso los ancianos no tienen la misma capacidad para ser renovados por el Espíritu y ser dotados de los dones del Espíritu?
Y los frutos del Espíritu los conocemos por Pablo:

  • “El amor”. También los ancianos tienen un corazón capaz de amar y ser amados.
  • “Alegría”. También los ancianos tienen su sonrisa y su capacidad de revelar el gozo y la placidez del atardecer de la vida.
  • “Paz”. También los ancianos viven esa paz del espíritu, y son agentes de paz en los hogares y en la sociedad. Un anciano es casa, es el signo de la serenidad, la tranquilidad y la paz.
  • “Paciencia”. También los ancianos tienen capacidad para saber serenarse y tomar las cosas con tranquilidad. A veces sus males los alteran. Pero aún así bajo esas manifestaciones corre un río de paz.
  • “Afabilidad”. ¿Quién ha dicho que los ancianos no tienen ese don fruto de la bondad y serenidad de su corazón? Si no, pregúntele a los nietos cómo se sienten con los abuelos.
  • “Bondad”. En el corazón del anciano el atardecer de la vida les regala esa bondad natural y también la bondad fruto del Espíritu en ellos.
  • “Fidelidad”. También ellos están llamados a seguir siendo fieles a sí mismos, fieles a su bautismo, fieles a su fe y fieles a su esperanza. (Gal 5,22)

Por eso, Pentecostés, también es la fiesta de los que van por delante y cuya única ventaja es que han nacido antes y están llamados también a llegar antes.
Que el Espíritu Santa les consuele a todos en sus limitaciones y les regale la alegría de la vejez, que es la alegría de acercarse también más a Dios.

El Espíritu es de todos, también de los que ya hemos caminado mucho en la vida y el calendario nos va robando cada día un pedacito de vida.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Sábado de la 7 a. Semana de Pascua – Ciclo B

“Pedro, volviéndose, vio que los seguí el discípulo a quien Jesús tanto amaba el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: “Señor, ¿Quién es el que te va a entregar?” Al verlo, Pedro dice a Jesús: “Señor, y este ¿qué? Jesús le contesta: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, a ti ¿qué? Tú, sígueme”. (Jn 21,20-25)

Así termina Juan su Evangelio, con una escena que manifiesta en primer lugar una cierta relación particular entre Pedro y Juan, y en segundo lugar, recuerda la escena de la Ultima Cena cuando Pedro pide a Juan le revele quién de ellos es el traidor.

Luego de las tres confesiones de amor de Pedro y la misión de Jesús como pastor de sus corderos y ovejas, Jesús le dice a Pedro: “Sígueme”. Diera la impresión de que ambos comenzaron a alejarse del grupo, pero Juan como que les seguía un tanto de lejos. Y viene el interés o la curiosidad de Pedro: “Bueno, y con éste ¿qué va a pasar?”
La respuesta de Jesús es bien curiosa:
¿A ti qué te importa lo que yo voy a hacer con Juan?
Tú preocúpate de ti.
Tú sígueme.
Tú sé tú mismo y deja que él sea él mismo.

La idea de Jesús es suficientemente clara.
Todos somos discípulos suyos.
Pero cada uno tenemos nuestro propio camino.
Cada uno tenemos nuestra propia misión.
Pedro será el testigo de lo que tiene que ser el nuevo pastor en la Iglesia.
Juan tendrá como misión ser el testigo del amor
Hasta este momento todos le seguían en grupo
Desde ahora tendrán que dispersarse por caminos distintos.
Todos serán testigos suyos.
Pero todos por caminos distintos y misiones diferentes.

Todos hemos recibido un mismo bautismo.
Todos formamos una misma Iglesia.
Todos compartimos la misma fe.
Y todos compartimos la misma misión.
Pero todos por caminos distintos.
La unidad no impide la diversidad de caminos y misiones.
Como tampoco la diversidad ha de ser un impedimento y un obstáculo para la unidad.

Como cantamos en nuestras misas dominicales:
“¡Un solo Señor, una sola fe,
Un solo bautismo, un solo Dios y Padre.
Llamados a guardar la unidad del Espíritu, por el vínculo de la paz.
Llamados a formar un solo cuerpo, en un mismo Espíritu.
Llamados a compartir una misma esperanza en Cristo”.

La Constitución sobre la Iglesia del Vaticano II, luego de describir todo aquello que nos une y es común a todos añade: “Porque hay diversidad entre sus miembros, ya según los ministerios, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien de sus hermanos; ya según la condición y ordenación de vida, pues muchos en el estado religioso, tendiendo a la santidad por el camino más arduo, estimulan con su ejemplo a los hermanos”. (LG n.13)

Y describe luego esas diversas condiciones de vida: solteros, casados, viudez, trabajo, salud etc.
La Iglesia es una: los caminos muchos.
La santidad es una: los caminos muchos.
El Evangelio es uno: los caminos muchos.
El Padre es uno: los caminos muchos.
Jesús es uno: los caminos muchos.
El Espíritu Santo es uno: los caminos muchos.
El camino de los casados es distinto: pero su vocación en la Iglesia es la misma.
El camino de los trabajadores es distinto: pero su vocación en la Iglesia es la misma.
Ni mi camino es tu camino.
Ni el tuyo es el mío.
Pero tú y yo estamos llamados a ser la misma Iglesia y a vivir y testimoniar el mismo Evangelio: “Tú sígueme”.

Si todos los caminos conducen a Roma, también conducen a la santidad. No cambies el tuyo por el de tu vecino. Lo importante es encontraros al final.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Viernes de la 7 a. Semana de Pascua – Ciclo B

APACIENTA MIS OVEJAS

“Después de comer con ellos, dice a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?” El le contestó: “Si, Señor, tú sabes que te quiero”.
Jesús le dice: “Apacienta mis corderos”.
Por segunda vez le pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”
El le contesta: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”.
El le dice: “Pastorea mis ovejas”.
Por tercera vez le pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” “Apacienta mis ovejas”. (Jn 21,15-19)

Después de un buen almuerzo no es el mejor momento para examinar a alguien.
Pero todos los tiempos son oportunos para examinarnos del amor.
Jesús, antes de declarar a Pedro como el Pastor de su rebaño que es la Iglesia, no le examina:
Ni de teología.
Ni de Sagrada Escritura.
Ni de Derecho Canónico.
Ni de matemáticas, o química o física, ni de historia.
Le examina solo de una cosa: “del amor”.

Porque para ser buen pastor está bien ser Doctor en Teología.
Porque para ser buen pastor está bien tener un Doctorado en Derecho Canónico.
Porque para ser buen pastor está bien tener otros títulos académicos.
Pero todos ellos sirven de poco para “ser un buen Pastor” en la Iglesia, si desaprueba en el amor.

Jesús se declaró a sí mismo el “Buen Pastor” porque fue capaz de “dar su vida por las ovejas”.
Por eso, los que luego continúen su misión de “buenos pastores” han de ser examinados no de lo que saben, sino de “cuánto aman”, “de si aman de verdad hasta dar sus vidas”.

Los pastores tendrán la misión de conservar la fidelidad a la verdad.
Los pastores tendrán la misión de enseñar la verdad.
Los pastores tendrán la misión de que aprendamos teología.
Pero el verdadero pastor, ayer como hoy:
Tiene que distinguirse por el amor.
Tiene que distinguirse por lo mucho que ama.
Tiene que distinguirse por amar a todos.
La misión del “pastoreo y cuidado de los corderos y las ovejas” Jesús no la confía al “saber”, sino al “amar”.

La formación de los futuros pastores tendrá que ser doctrinal, claro que sí.
Pero sobre todo tiene que ser una formación en el amor.
En mi tiempo, si uno suspendía en latín, no valía para sacerdote.
Hoy, es posible que el que suspenda en teología, tampoco pueda seguir adelante.
Pero ¿alguien nos examina del amor?
A mí, que sepa yo, nadie me examinó de “si amaba”.
Me pusieron nota en teología, en Escritura, en Derecho y otras materias más.
¿Alguien me puso nota en mi capacidad de amar?

Y hoy, cuando se trata de elegir a los Pastores ¿alguien les examina del amor?
Muchos problemas existen hoy en la Iglesia con motivo de la elección de los Pastores.
Que si es de aquí o de allí.
Que si habla esta o aquella lengua.
Que si pertenece a esta o aquella cultura.
Pero lo que todavía no logro observar es que las protestas y los interrogantes provengan de si “es alguien que ama de verdad”.

Entiendo la importancia pastoral de la mentalidad cultural del pastor.
Pero mucho más importancia doy a si es una persona con un corazón “grande para amar”.
Necesitamos pastores sabios. Pero, sobre todo, necesitamos de “pastores que se distingan por su capacidad de amar”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Jueves de la 7 a. Semana de Pascua – Ciclo B

“También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me han enviado y los has amado como me has amado a mí”. (Jn 17, 20-26)

Jesús no sabe hablar con el Padre si no es hablándole de nosotros.
Se siente tan unido y tan “uno” con nosotros que cuando habla de sí con el Padre tiene que hablarle también de nosotros.
En esta oración de Jesús diera la impresión de que:
Jesús no es nada sin el Padre.
Jesús no es nada sin nosotros.
Y nosotros no somos nada sin Jesús y el Padre.
Nadie le ha hablado tanto al Padre de nosotros como Jesús.
Desde que se encarnó y se hizo uno de nosotros, Jesús no se entiende a sí mismo sin nosotros:
“para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí,
Y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”.

Jesús no se entiende a sí mismo sin nosotros aquí en la tierra.
Se ha identificado tanto con nosotros que se ve a sí mismo como uno de de nosotros.
Incluso le pide al Padre, que en el cielo:
estemos donde él está,
contemplemos su gloria, “la que me diste , porque me amabas, antes de la creación del mundo”.
No se entiende a sí mismo sin nosotros, aquí en la tierra.
Pero tampoco en el cielo.
Como si no le bastara la gloria que recibe del Padre, si no es compartiéndola con nosotros.

Y es en esta comunión del Padre con El, de El con nosotros y nosotros con El, donde Jesús quiere hacer creíble su encarnación. “Para que el mundo crea que tú me has enviado”.
No haremos creíble la encarnación con nuestras grandes estructuras eclesiales.
No haremos creíble la encarnación con los grandes títulos eclesiásticos.
No haremos creíble la encarnación de Jesús con nuestras grandes Catedrales.
No haremos creíble la encarnación de Jesús con todas nuestras teologías.

Lo único que hace creíble la encarnación es:
Nuestra comunión con él,
Pero sobre todo, la comunión de amor entre nosotros mismos.
El gran argumento que hace creíble la encarnación de Jesús es “el amor, la unidad, la comunión y la fraternidad”.

El amor no es solo una exigencia del corazón humano.
El amor es una exigencia de la fe.
El amor es una exigencia del amor del Padre que nos envió a Jesús.
El amor es una exigencia de la credibilidad de su encarnación y su presencia en medio de nosotros.

La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la humanización de Jesús.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la encarnación de Jesús en el vientre virginal de María.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la Navidad.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad del Evangelio.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la vida eterna.
Pero sólo a través del amor.
Sin amor la Iglesia no es creíble en sí misma.
Sin amor la Iglesia no es creíble en su predicación.

El amor es el principio del conocimiento.
“Padre Santo, el mundo no te ha conocido, yo te he conocido,
y estos han conocido que tú me enviaste.
Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos”.
Las grandes crisis de la Iglesia no son doctrinales.
Las grandes crisis de la Iglesia no son estructurales.
Las grandes crisis de la Iglesia son “crisis de amor”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Miércoles de la 7 a. Semana de Pascua – Ciclo B

“Jesús levantando los ojos al cielo oró diciendo: “Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros”. (Jn 17,11.19)

Tenemos experiencia de la vida.
Pero no tenemos experiencia de la muerte.
Sólo la experiencia de la muerte de otros.
Tiene que ser maravilloso estar frente a la muerte y olvidarse uno de sí mismo para pensar en los demás.
Jesús contempla su próxima muerte pensando en nosotros.
Jesús mira a su muerte mirándonos a nosotros.
Jesús mira a su muerte preocupado de nosotros.
Jesús mira a su muerte hablándole al Padre de nosotros.

Y no le pide cosas para nosotros.
No le pide que nunca nos enfermemos.
No le pide que todos los días sean festivos.
Le pide algo para él y fundamental para la Iglesia: “que sean uno”.
Le pide la unidad que supere toda división.
Le pide la unidad que supere todo resentimiento.
Le pide la unidad que supere todo individualismo.

Por eso le pide “que todos sean uno”, pero “como nosotros”.
Le pide para su Iglesia una unidad trinitaria.
Le pide para su Iglesia una unidad que nace de la unidad de Dios con Jesús.
Le pide para su Iglesia una unidad que es comunión de Dios con nosotros.
Unidad de vida.
Unidad de verdad.
Unidad de amor.
Unidad en un mismo Espíritu.

No le pide esa unidad externa que nace de pertenecer a unas mismas estructuras.
No le pide esa unidad externa que nace de la obediencia a los Jefes.
No le pide esa unidad externa y aparente y vacía por dentro.
Sino la unidad de “creer todos el mismo amor”.
La unidad de “vivir todos del mismo amor”.
La unidad de “vivir todos la misma vida divina”.
La unidad de “vivir todos la misma verdad del Evangelio”.
La unidad de “vivir todos una misma filiación”.
La unidad de “vivir todos una misma fraternidad”.
La unidad de “vivir todos una misma comunión”.

El único modelo de unidad de la Iglesia es la del Padre con Jesús.
El único modelo de unidad de la Iglesia es la de su comunión con Jesús.
El único modelo de unidad de la Iglesia es la de la comunión en un mismo Espíritu.

Para ello, Jesús nos quiere en el mundo.
No al margen y fuera del mundo.
“No ruego los retires del mundo”.
Pero sí “que los guardes del mundo”.
Igual que él estuvo en el mundo, sin ser del mundo.
Igual que él estuvo en el mundo, pero siempre al margen de los criterios del mundo.
Es en el mundo donde estamos llamados a ser testigos de esa unidad.
Es en el mundo donde tenemos que demostrar que los hombres podemos entendernos.
Es en el mundo donde tenemos que demostrar que la fraternidad es posible.
Es en el mundo donde tenemos que demostrar que la fraternidad puede darse sin armas.

El Documento de Puebla lo expresó hasta poéticamente hablando de los seglares:
“hombres de la Iglesia en el corazón del mundo,
Y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia” (DP 786)
O como dice Aparecida: “porque incentivan la comunión y la participación en la Iglesia su presencia en el mundo” (A 215)

Si hemos de ser “uno como el Padre y Jesús son uno”, estamos llamados en la Iglesia:
A ser uno con el Papa y él con nosotros.
A ser uno con los Obispos y ellos con nosotros.
A ser uno con todos los creyentes.
A ser uno con todos los hombres, aún con aquellos que no “sean de los nuestros”.
El gran pecado de en la Iglesia es la falta de unidad, de comunión.
Y aquí todos somos responsables. Fieles y Pastores.
Ni la autoridad debe dividir ni distanciar.
Ni la condición de seglares debe ser fuente de división.

Somos cristianos y somos humanidad cuando somos una sola familia y una sola comunión en la fraternidad.

Clemente Sobrado cp.