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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 34 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Tened cuidado; no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del Hombre”. (Lc 21,34-36)

Llegamos a final del camino, comenzaremos de nuevo.
Eso es la vida: estaciones.
Estaciones que terminan y estaciones que comienzan.
Y así son los días.
Días que terminan en un sitio y amanecen en otro.

“Creí que mi último viaje tocaba ya a su fin, gastado todo mi poder:
que mi sendero estaba ya cerrado;
que había ya consumido todas mis provisiones;
que era el momento de guarecerme en la silenciosa oscuridad.
Pero he visto que tu voluntad no se acaba nunca en mí.
Y cuando las palabras viejas se caen secas de mi lengua,
nuevas melodías estallan en mi corazón,
y donde las verdades antiguas se borran,
aparece otra tierra maravillosa”. (R.T.)

Mientras Jesús nos habla de los finales, no habla de finales, sino de nuevos comienzos.
Por eso nos pide:
No llorar lo que se va, sino sonreír a lo que se nos viene.
No aferrarnos a las palabras viejas, sino ponernos atentos “a las nuevas melodías que estallan en el corazón”.
Y donde las “verdades antiguas se borran, sentir que aparece otra tierra maravillosa”.

Por eso se nos pide:
Que no se embote la mente, sino que la mentamos siempre abierta.
Que estemos siempre atentos, para que lo nuevo no nos encuentre de espaldas.
Que estemos siempre despiertos, porque es la única manera de gozar del amanecer.
Que estemos siempre de pie, para poder recibirle cuando El llegue.

Es preciso una mente no embotada que se hace insensible a lo nuevo.
Es preciso que los agobios de la vida no hagan insensible nuestra esperanza.
Es preciso tener los oídos atentos para escuchar sus pisadas cuando llegue.
Es preciso tener los ojos abiertos para verlo llegar.
Es preciso tener las puertas abiertas para no hacerle esperar.
Es preciso tener la mesa puesta para invitarle a sentarse con nosotros.

Cuando todo comienza a oscurecerse porque el día se va, la ciudad se ilumina.
Cuando la noche lo borra todo, la mañana nos devuelve la belleza del jardín.
Cuando la muerte anuncia el final, el resucitado nos inunda del resplandor de la Pascua.
Cuando pensábamos refugiarnos en la silenciosa oscuridad, Alguien enciende siempre una luz.
Nuestro viaje solo toca a su fin cuando no vemos más allá.
Nuestro sendero está cerrado cuando lo llenamos de desesperanzas.

Los caminos de Dios tienen desiertos difíciles, pero siempre anuncian la “tierra prometida”.
Los caminos de Dios tienen momentos difíciles en la vida, pero nunca falta la Buena Noticia de una vida nueva.
Desaparecerá la oscuridad, porque siempre hay un amanecer.
Dios no anuncia finales. Dios siempre anuncia comienzos.
Dios no anuncia atardeceres. Dios anuncia amaneceres.

Lo importante es que nuestras vidas no estén embotadas e incapacitadas de ver la nueva luz.
Ante los problemas y dificultades no busquemos evasiones que oscurecen más la vida.
Ante los problemas y dificultades descubramos que “la voluntad de Dios no se acaba nunca en mí”.

Clemente Sobrado cp.

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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 34 a. Semana – Ciclo A

“Expuso Jesús esta parábola a sus discípulos: “Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echa brotes, os basta verlos para saber que está cerca el verano. Pues cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. (Lc 21, 29-33)

Saber ver el futuro en el presente.
Saber ver el reino de Dios en las debilidades del presente.
Saber ver a Dios en las cosas sencillas de hoy.

Nosotros tenemos más la tentación de ver:
En el hoy el pasado.
En el hoy el ayer.
Pareciera nos encanta caminar mirando hacia atrás.
Mientras que Jesús nos enseña:
A mirar hacia delante.
A ver en el presente el futuro.
En el hoy el mañana.
En el ahora el después.
En los brotes de hoy, el próximo verano.
En la granos de hoy, la espiga del mañana.

Las realidades de hoy tiene mucho de transparencia.
Porque el hoy nos transparenta el futuro.
Porque las realidades de hoy transparentan el futuro de Dios.
Como también nuestro propio futuro.
Saber ver el futuro del reino en las realidades presentes.
Eso que nosotros llamamos “signos de los tiempos”.

Pero para ello es preciso:
Saber ver el presente.
Saber leer el presente.
Saber leer lo que está aconteciendo.
Incluso si es negativo, doloroso y que huele a fracaso.
El fracaso de hoy puede ser el triunfo de mañana.

Dios no nos habla a través de grandes acontecimientos:
a través de un simple brote de higuera.
a través de una desgracia.
a través de un lindo acontecimiento.
a través de la vida del vecino.
a través de la vida de la esposa/o.
a través de la vida de los hijos.
Lo importante es dejar de ser analfabetos de la realidad.

Para el que sabe leer la historia:
Todo habla del hombre.
Todo habla del reino de Dios.
Todo habla del Evangelio.
Por algo Bernanos escribe aquella frase maravillosa:
“Todo es gracia”.
Mientras para unos todo es una desgracia, para otros todo es gracia.
Mientras para unos, un simple brote de higuera o de árbol nos habla de veranos,
Para otros, todo habla de gracia, habla de Dios.
Para mí, que estoy escribiendo estas líneas, me están haciendo ver el futuro y me hacen experimentar a Dios.
Y para ti que las lees ¿no te hablan de nuevos veranos en tu vida?
Necesitamos gafas para ver las cosas.
Y necesitamos los ojos de Dios para verle a El en una simple flor.
Todo es vida para quien sabe vivir.

Personalmente confieso que cuando leo el Evangelio siempre omito la frase “En aquel tiempo”. Me gustaría decir: “Hoy dice Jesús”.

Clemente Sobrado cp.

San Andrés

San AndresPasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando la red en el lago, pues eran pescadores. Les dijo; “Venid conmigo y seguidme, y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. (Mt 4,18-22)

Celebramos hoy la fiesta de San Andrés, quien junto con su hermano Simón, son los dos primeros llamados a seguirle, como las dos primeras piedras sobre las que Jesús comienza con edificar su Reino.

Cuando nosotros ponemos la primera piedra lo celebramos y hasta brindamos.
Aquí no hubo ni celebración ni brindis.
Fue un día especial para los dos hermanos, porque sus vidas tomaron otro rumbo.
Pero todo sin espectáculo alguno.
Si testigos que aplaudiesen.
Como si fuese un simple día de semana.

Nunca faltan esos que creen que ellos no valen para nada.
Nunca faltan esos que creen que son inútiles.
Nunca faltan esos que se creen tan poca cosa que nunca piensan llegar más lejos.
Y Jesús no pide informe alguno sobre ellos.
No les pide Documento de Identidad.
Y menos todavía documento policial de penales.
No les pide su “Currículum Vitae”.
Los llama como están y donde están, en la barca.

Jesús simplemente pasa a nuestro lado.
Jesús simplemente nos “ve”.
Jesús simplemente nos “llama”.
Lo importante es que nosotros nos fiemos de él.
Lo importante es que creamos en él, incluso sin conocerle.
Lo importante es nuestra disponibilidad.
El resto corre por su cuenta.
El resto lo irá haciendo El.

Los discípulos no son calculistas.
Alguien pudiera llamarles imprudentes.
No calculan el riesgo.
No calculan las consecuencias.
Sencillamente lo dejan todo, si es que se puede decir todo, unas redes remendadas y una vieja barca.
No ponen condiciones.
No piden ir a cambiarse de ropa.
No piden ir a despedirse de los suyos.
Solo hacen una cosa: fiarse de él y seguirle.
Solo hacen una cosa: fiarse de él sin entender ni a dónde van ni a qué van.

Jesús comienza a edificar el Reino con la misma pobreza con que comenzó él mismo su encarnación.
No llamó a gente importante.
Llamó a unos pobres pescadores.
No llamó a gente sabia y con grandes títulos.
Llamó a unos pobres hombres que vivían de lo que pescaban cada día.

Cuando Jesús pasa a nuestro lado no pasa como un despistado.
Cuando Jesús pasa a nuestro lado “nos ve” y “nos llama e invita”.
Cuando Jesús pasa a nuestro lado “cuenta con nosotros”.
Nadie tiene excusas para decir que no.
Nadie tiene excusas para decir “yo no sirvo”.
Basta que ponga los ojos sobre nosotros para que nuestra vida se haga esperanza.
Basta que ponga los ojos sobre nosotros para que nuestra vida tenga un futuro.
Basta que ponga los ojos sobre nosotros para que nuestra vida sea importante.

Para Dios todos somos importantes.
Para Dios todos somos valiosos.
Por eso, a Dios no le podemos poner condiciones.
Por eso, a Dios no le podemos pedir explicaciones.
De Dios solo vale fiarnos.
De Dios solo vale confiar en él.
De Dios solo vale creer en su palabra, aun sin saber a donde nos lleva.

Así comenzaron los primeros invitados al Reino.
Así comenzaron los primeros llamados al Reino.
Así comenzaron los primeros pilares del Reino.

Señor, que cuando pases a mi lado, puedas verme.
Señor, que cuando pases a mi lado, sienta que tú me llamas.
Señor, que cuando me llames no te ponga condiciones.
Señor, que cuando me llames lo deje todo, porque tú será mi todo.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 34 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa mía, Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvareis vuestras almas”. (Lc 21,12-19)

¿Qué tiene la fe en el Evangelio?
¿Qué peligros tiene el Evangelio?
Se puede ser ateo y nadie le molesta.
Se puede ser ateo y nadie la persigue por su incredulidad.
Se puede ser de otras religiones y nadie les inquieta.
Pero basta que uno se declare cristiano, para que todos enfilen las baterías.
Se puede ser budista, sintoísta, protestante y no pasa nada.
Pero si usted se declara cristiano, prepárese.
La guerra está declarada.

Y declarada por todos:
Por la sinagoga.
Por los reyes y gobernadores.
Por los mismos padres y hermanos.
Y hasta los amigos os traicionaran.
Y os matarán y os odiarán a muchos por mi causa.

Las raíces del cristianismo están regadas con sangre de mártires.
El árbol del cristianismo está fortalece con la persecución y el martirio.
Dios resulta peligroso.
Jesús resulta peligroso, por eso lo crucificaron.
Los cristianos de verdad terminan siendo peligrosos, por eso somos perseguidos.

Y tal vez aquí esté:
La verdadera verdad del cristianismo.
La verdadera verdad del cristiano.
La verdadera verdad del Reino.

Porque es desestabilizador de eso que eufemísticamente llamamos “orden social”.
Mejor dicho, es desestabilizador:
Del desorden personal.
Del desorden social.
Del desorden familiar.
De desorden económico y político.
Doce hombres, Doce Discípulos comenzaron siendo un riesgo nada menos que para todo un imperio.

Alguien me llamó masoquista, porque dije que:
Prefiero una Iglesia martirial a una Iglesia imperial.
Prefiero una Iglesia perseguida a una Iglesia aplaudida.
Prefiero una Iglesia perseguido y mártir a una Iglesia triunfal y aceptada.
Porque el martirio es señal de una Iglesia auténtica.
Porque el creyente es señal de un hombre auténtico.
Porque una fe vivida es señal de Jesús crucificado.
Porque una fe vivida a fondo es señal del anuncio del cambio.
Porque una fe vivida a fondo es señal de un mundo distinto y nuevo.

Un cristiano de verdad:
Es un peligro para los negocios sucios.
Es un peligro para una economía injusta.
Es un peligro para una política mentirosa.
Es un peligro para una moral utilitarista y exclusivista.

Temo a una Iglesia:
Del lujo mundano.
Del aplauso del mundo.
Del aplauso de los grandes.
Porque es una Iglesia que ha renunciado a ser “luz, sal y fermento”.
Por eso son tantos los que quieren encerrarnos en las sacristías.
Por eso prefiero la Iglesia del Papa Francisco, “no de los balcones” sino “de los caminos”, “oliendo a pobre, a desvalido, a enfermo, a marginado”.
Por eso prefiero una Iglesia oliendo a sangre de mártir, de testigo y testimonio.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 34 a. Semana – Ciclo A

“Algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. “Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre diciendo: “Soy yo” o bien, “El momento está cerca”. No vayáis tras ellos”. (Lc 21, 5-11)

Las apariencias nos fascinan.
Pero las apariencias nos fascinan.
Hoy vivimos mucho de apariencias.
Hace unos meses apareció en los periódicos una famosa artista de casi ochenta años.
Daba la impresión de muchísimo más joven.
Tanto estirar la piel.
Tanto trabajo de cirugía estética la hacía aparentar todavía muy bella.
Pero el calendario no engaña.
Bueno si eso la hacía sentirse mejor, la disculpamos.
Aunque sea viviendo en la mentira y el engaño.

El problema es que nos quedamos más con las apariencias que con la verdad.
Vivimos más de lo que no somos que de lo que somos.
Es nuestra tentación: vivir aunque sea de la mentira.
Lo importante es deslumbrar a los demás.

La verdad, a veces es dolorosa.
Pero es nuestra verdad.
La verdad externa deslumbra a los demás.
Pero solo la verdad da sentido a cada uno.
Ponemos cara de bueno, y por dentro estamos vacíos.
La cara es buena para el espejo.
Pero el alma es buena para el corazón.

Vivir del fingimiento es engañarse a sí mismo y engañar a los demás.
Vivir de la verdad es vernos como somos y no como los demás quieren vernos.
Por eso no me gusta cuando la gente dice: “tiene una carita de santo”.
Carita de santos también la tienen las imágenes de los artistas.
Pero por dentro son de madera incluso de fibra de vidrio o escayola.
Felizmente, cada vez que me miro al espejo, no me veo con cara de santo.
Me veo con una cara real, la que me dieron mis padres, y la que han ido modelando los años.
Preferiría no tener cara de santo.
Pero llevar un corazón de santo.
Prefiero llevar un corazón fiel a una cara de inocente.
Prefiero amar de verdad a no aparentar un gran amor.

La gente se deslumbraba con la belleza de la piedra y los exvotos del templo.
Pero sabían lo que había dentro.
Hoy los turistas sacarían fotos de esa belleza externa.
Pero a nadie se le ocurre sacar fotos del misterio que hay dentro.
No niego que Dios se merece lo mejor.
Ni niego que Dios se merezca Iglesia y Catedrales artísticas.
Pero lo que a Dios le interesa es que la gente se encentre con él dentro.
Lo que a Dios le interesa es que la gente hable con El dentro.
Lo que a Dios le interesa es que la gente celebre, viva, rece cante con fe dentro.

Hay gente que deslumbra en la calle.
Pero ¿alguien saca una foto a ese pobre que mendiga pidiendo limosna?
¿Alguien se detiene a mirar y dejarse cuestionar por ese niño sucio de nuestras calles?
Y sin embargo, es posible que ese a quien nadie saca fotos, sea la foto de Dios que habita en él.

Jesús es claro: “que nadie os engañe”.
Incluso si alguien dice “soy yo”.
Por el contrario nos pide que sepamos “ver”.
“Que sepamos leer a Dios en esos signos de los tiempos y de las personas”.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 34 a. Semana – Ciclo A

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

“Alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales; y dijo: “Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque los demás han echado de los que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. (Lc 21,1-4)

Los ojos ven lo que ve el corazón.
Cuando solo ven los ojos, solo ve lo exterior.
Cuando el que ve es el corazón se ve más allá de las apariencias.

El corazón de Jesús es de los que ve los pequeño detalles.
Es de los que ve los pequeños gestos del corazón.
Es de los que ve la bondad de los pequeños.
Es de los que ve la generosidad de los que no tienen nada.

Dios no se deja deslumbrar por las cosas grandes.
Pero Dios se deslumbre por lo pequeño.
Siento que Jesús es un enamorado de las margaritas de los campos.
No alaba la abundancia de los que tienen mucho.
Pero queda cautivado por la pequeñez de los que no tienen nada.
Dios reales son capaces de despertar los sentimientos de Jesús.
Sobre todo cuando es lo único que se tiene para vivir.

Todos podemos dar, cuando damos de lo que necesitamos.
Todos podemos hacer algo, cuando nuestras posibilidades son pobres.
Un fósforo alumbra poco.
Pero un estadio de fútbol cada uno con su fósforo encendido, puede alumbrar mucho.

Dar no es meter la mano en el bolsillo.
Dar es obedecer los sentimientos del corazón.
No es el repicar de las grandes monedas.
Es el repicar de los sentimientos del corazón.
No da mucho el que da de lo que le sobra.
Lo que sobra no duele.
Da mucho el que da todo lo que tiene para vivir.
Posiblemente la viuda del Evangelio ese día no pudo comprar ni un pan para saciar su hambre.

Nadie tiene razones para no dar de lo suyo.
Nadie tiene excusas para decir no a una mano tendida.
Nadie tiene razones para no compartir lo poco que tiene.
Y si todos tuviésemos ese corazón que da de lo necesario:
Nadie carecería de todo.
Nadie pasaría hambre, porque todos tendrían algo.
El hambre del mundo no la va a solucionar los que tienen mucho.
Hambre del mundo la tendremos que solucionar entre todos.
También los pobres están comprometidos con el hambre de los demás.

Muchas veces me he cuestionado:
¿Por qué los pobres suelen acudir con tanta frecuencia a las Iglesias?
Ciertamente no porque nos ven pobres.
Al menos para ellos somos ricos.
Y hasta es posible que seamos de los que “nos sobra”.
Puede que tengan más fe en la Iglesia que en el resto.
Pero también puede que no nos vean pobres como ellos.

Está bien que los ricos den lo que les sobre.
“Jesús les mandó recoger las sobras, que nada se pierda”.
Pero también los que tienen menos necesitan de una sensibilidad no solo para pedir, sino también para compartir.
Muchos pocos pueden hacer un montón.
Fijémonos en las playas, no están echas de rocas sino de arenillas.
Pero tan diminutas arenillas nos regalan las playas para el verano.

Dar y compartir es deber de todos.
Nadie puede limpiarse las manos diciendo “yo tengo poco”.
Comparte de tu poco y verás cómo crece el granero de Dios para dar de comer a todos sus hijos.
Aun siento la impresión de aquel pobre que en la puerta de la parroquia le pidió limosna a otro que acababa de pedirme una ayuda.
Lo que no sé es si le dio algo.
La generosidad y solidaridad es propia del corazón humano.
Del corazón del rico y también del corazón del pobre.
Todos somos responsables del hambre en el mundo.
Y todos somos responsables de que todos puedan comer hoy.

Clemente Sobrado cp.

Jesucristo, Rey del Universo

“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el Rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis a uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.”Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de estos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo”. (Mt 25,31-46)

Jesucristo Rey del Universo

Ultimo Domingo del año Litúrgico, Ciclo A.
Jesucristo Rey del Universo, cumbre y centro de todo el caminar cristiano a lo largo del año litúrgico.
Jesucristo Rey del Universo, meta y sentido de nuestra historia.
Puede que a muchos les suene mal eso de “Rey” que nosotros entendemos como poder y dominio y sometimiento.
Sin embargo, no podemos olvidara que hablamos el lenguaje bíblico.
A lo largo del Antiguo Testamento, Dios siempre se presenta como “rey y pastor de su pueblo”, cuya misión es la defensa y la protección y la valoración de los pobres, los sencillos, los humildes, los aplastados por los poderes humanos.

La realeza de Jesús, tal como la describen los Evangelios:
Es sorpresiva.
Es la realeza del que entrega su vida por los demás.
Es la realeza del que es juzgado y condenado como los débiles.
Es la realeza del que muere por todos, creyentes y no creyentes.
Es la realeza, donde los importantes son los marginados, los excluidos, los débiles.
Es la realeza del dar, de comprender, de la misericordia, de la compasión, del perdón.
Es la realeza:
Del dar de comer.
Del dar de beber.
Del vestir al desnudo.
Del atender a los enfermos.
Del visitar a los encarcelados.
De acompañar a los ancianos solitarios.

Es la realeza de hacer el bien a los hombres, incluso si no pensamos en El.
Es la realeza de amar al hombre, a todos los hombres y a todo el hombre.
Es la realeza de los que creen.
Es la realeza de los que incluso no creen.
Es la realeza anónima y desinteresada.
Es una realeza no para ganar indulgencias.
Es una realeza de la gratuidad del hombre por el hombre.
Es una realeza de la “sorpresa”.
Es una realeza del “haz el bien y no mires a quién”.

No se trata de amar al hombre para quedar bien ante Dios.
Es la realeza de amar al hombre por ser hombre, sin espera de recompensa.
Es la realeza del Dios encarnado en todo hombre.
Es la realeza del Dios encarnado en los débiles y desamparados.
Es la realeza del servicio a los sin nombre y excluidos.
Es la realeza de Jesús sin nombre, pero presente en los necesitados.

Por eso es una realeza:
Del Dios desconocido.
“¿Cuándo te vimos con hambre, sediento, desnudo, enfermo, en la cárcel?”
“Cuando lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos”.

No es la realeza de las grandes manifestaciones triunfales.
No es la realeza de las grandes capas y vestidos de seda.
No es la realeza de los grandes “rendibús” a los grandes.
Es la realeza de “lavar los pies a los humildes”.
Es la realeza de encarnarnos en los débiles y marginados.

Todos participamos de la realeza de Jesús por el Bautismo.
¿A cuántos damos de comer?
La realeza de Jesús es el anuncio de un mundo nuevo.
La realeza de Jesús es el anuncio de la dignidad de todo hombre.
“Venga a nosotros tu Reino, Señor”.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 33 a. Semana – Ciclo A

“Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer?”
“En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como los ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección”. (Lc 20,27-40)

Son muchos los que ante el “más allá”:
se siente molestos.
se sienten indiferentes.
se imaginan cualquier cosa.
Muchos descubren los nuevos horizontes de la vida.

Para muchos:
Él “más allá” es la novedad de Dios.
El “más allá” no se ve sino como la prolongación del “aquí y ahora”.
Esta era la idea maliciosa de los saduceos, para quienes el más allá se les atragantaba.

Con frecuencia, las medias verdades, terminan siendo las grandes mentiras.
Las medias verdades son el mayor obstáculo para encontrarse con la verdad.
Porque, las medias verdades terminan siendo un engaño y una mentira.

Una señora que se las daba de piadosa, y posiblemente lo era, me hizo una serie de preguntas:
Padre:
Y en el cielo mi marido ¿me estará viendo?
Y cuando vaya al cielo ¿podré ver a mis hijos que todavía viven?
Y cuando vaya al cielo ¿me enteraré de lo que están haciendo mis hijos en la tierra?
¿Lograré ver a mis nietos?

Una auténtica visión saducea de la resurrección.
Una resurrección donde lo importante es si recibíamos los periódicos de cada mañana.
Una resurrección donde lo importante es ver y tener noticias de aquí abajo.
Una resurrección donde Dios no se convertía en el centro.
Una resurrección donde la verdadera felicidad no es la contemplación y la felicidad de Dios.
Sino seguir enterándonos de toda la chismografía de aquí abajo.
El cielo no es la prolongación de la tierra.
Aunque lo bueno sería que la tierra fuese la prolongación del cielo.

Resucitar:
No es repetir nuestra condición terrena.
Ni siquiera es repetirnos a nosotros mismos con nuestros títulos, nuestros pergaminos y nuestro status social y cultural.

Resucitar:
Es entrar en nuestra condición de ser “como los ángeles”.
Es vivir nuestra condición de “hijos de Dios”.
Es nuestra transformación humana a nuestra condición divina.

Jesús lo expresa bellamente en su Oración Sacerdotal, cuando le dice al Padre:
“Padre, este es mi deseo:
que aquellos que me diste, estén conmigo donde yo estoy.
Y contemplen mi gloria, la que me diste antes de la creación del mundo, porque me amabas”.

En la resurrección:
Todo lo perecedero desaparecerá.
Todo lo contingente desaparecerá.
Solo quedará lo eterno de Dios, que será nuestra eternidad.
Solo quedará la felicidad de Dios, que será nuestra felicidad.
Aquí toda felicidad está amenazada de muerte.
“Pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir”.
Es vida en plenitud.
En la resurrección estaremos amenazados de eternidad y plenitud de Dios.

Clemente Sobrado cp.