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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 20 a. Semana – Ciclo A

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

“Se acercó uno a Jesús y le preguntó: “Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para obtener la vida eterna?” Mira, si quieres entrar en la vida, mandamientos”. “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme”. El joven se retiró, entristecido porque poseía muchos bienes”. (Mt 19,16-22)

Con frecuencia escucho: “Padre, yo soy un buen cristiano: no robo y no mato”.
Acabáramos.
Tú serás una buena persona según la Ley de los Mandamientos.
Además, tú los has reducido a dos.
Lo mismo hizo Jesús: los redujo al primero de amar a Dios y al segundo de amar al prójimo.
En tanto que tú los ha reducido a “no robar ni matar”.

Los mandamientos nos hacen buena gente.
Pero no nos hacen cristianos.
Por algo dijo Jesús: “Antes se dijo, pero “Yo os digo”.
Con los mandamientos somos buena gente, y posiblemente nos salvemos.
Pero los diez mandamientos los tiene que cumplir cualquier pagano.
Porque todos tienen que: honrar al padre y a la madre, no mentir, no robar, no cometer adulterio, no matar etc.
Todo esto es de ley natural.
Pero, si quieres ser cristiano, la canción es otra.
Si quieres seguir a Jesús, la cosa es distinta.

Este joven que se presenta a Jesús era gente buena.
Posiblemente se salvaría cumpliendo los mandamientos.
Pero Jesús descubre que él hay algo más serio.
Está el seguimiento de Jesús.
No seguimos a Jesús con el Decálogo.
A Jesús le seguimos con lo que “yo os digo”.
Y Jesús le dice: si quieres seguirme el camino es otro.
Si quieres seguirme comienza por vender lo que tienes.
Si quieres seguirme da tus bienes a los pobres.
Si quieres seguirme, despréndete de lo que tienes.
Dáselo a los pobres.
Luego, ya desnudo, calato, sin nada, abandonándolo todo, sígueme.

Es posible que la mayoría de nosotros:
Nos quedemos en el Antiguo Testamento.
Nos quedemos en el cumplimiento de la Ley.
Nos quedemos en cumplir los mandamientos.
Nos quedemos en ser gente buena.

Pero no lleguemos a ser cristianos.
Buenos, sí.
Cristianos, no.
Salvarnos, sí.
Ser perfectos como Dios quiere de nosotros, no.
Porque nos quedamos en el cumplimiento del Decálogo.
Pero somos incapaces de desprendernos de lo que tenemos.
Somos incapaces de dar lo que tenemos a los pobres.
Somos incapaces de seguirle sin nada, ligeros de equipaje.

Nos olvidamos de que ser cristianos es mucho más que ser buenos.
Nos olvidamos de que ser cristianos es mucho más que seguirle con todo lo que tenemos.
Nos olvidamos de que ser cristianos es no tener más que a Jesús.
Nos olvidamos de que ser cristianos es tener como único valor a Jesús.
Nos olvidamos de que ser cristianos es desprendernos de todo.

El problema no está en seguir a Jesús.
El problema es seguirle libres de equipaje.
El problema es hasta donde Jesús es más importante que todo lo que tenemos.
El problema es desprendernos de todo por él.
Podemos ser buenos cargando con todo lo que tenemos.
Pero solo podemos seguir a Jesús liberándonos, vendiendo todo lo que tenemos.

Es posible que todos tengamos muchas ilusiones de ser discípulos de Jesús.
Pero es posible que muchos demos marcha atrás y nos quedemos en ser buenos con todo lo que tenemos.
El seguimiento de Jesús queda en un buen deseo.
Pero la realidad se queda sin renunciar a nada.
Jesús subió a la cruz desnudo.
A Jesús solo se le puede seguir desnudo.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 20 – Ciclo A

“Jesús se marchó de allí y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, procedente de aquellos lugares, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo. El no responde nada”. Entonces los discípulos se le acercan a decirle: “Atiéndela que viene detrás gritando”. “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla como deseas”. (Mt 15,21-28)

Le voy a poner como título periodístico: “Evangelio de las sorpresas”.
Sorpresa es ver a Jesús en tierra pagana.
Sorpresa es ver que también entre los paganos hay fe.
Sorpresa es la fe de una mujer pagana.
Sorpresa es el cambio de actitud de Jesús, que de compararla con los perros, termina alabando su fe.

Todos tenemos, de alguna manera, la tendencia a pensar:
Que solo nosotros tenemos la verdad.
Que solo nosotros tenemos fe verdadera.
Que solo nosotros nos merecemos los favores de Dios.
Que Dios solo nos ama a nosotros que creemos en él.

Y aquí Jesús nos da una gran lección. En primer lugar actúa como situándose en lugar nuestro.
Comienza por no responder a los gritos de la mujer.
Comienza por guardar silencio como si sus gritos no le llegasen.
Expresa su resistencia a atenderla.
Y hasta le pone una imagen bien poco delicado, y si despectiva.
“El pan de los hijos no se tira a los perros”.
Este no suele ser el modo de pensar ni de actuar de Jesús.
Jesús no hace acepción de personas.
Creo que más bien quiere ponerse en nuestro lugar, revelando cómo solemos pensar nosotros.
Además, quiere demostrarnos cómo también los paganos tienen fe.
Y cómo a veces los paganos, los que no pertenecen a la Iglesia, pueden tener más fe que los que estamos dentro.

Una invitación a cambiar de modo de pensar:
Comienza por no encerrarse en su propio territorio religioso.
Se va a territorio de paganos.
Demostrando la universalidad del Evangelio y del Reino.

El Papa Francisco es bien claro:
“la Iglesia vive hoy encerrada en sí misma, paralizada por los miedos y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos como para dar sabor a la vida moderna y ofrecerle la luz del Evangelio. “Hemos de salir a las periferias”.

Mucho tiempo hemos vivido con la mentalidad de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”.
Y nos hemos olvidado que la Iglesia es más que sus estructuras.
Que la Iglesia existe allí donde actúa el Espíritu.
Y que, por eso, también fuera de la Iglesia puede haber mucha fe.
Lo cual no significa que no debamos anunciarles el Evangelio.
Esta era una mujer pagana y Jesús reconoce: “Mujer, qué grande es tu fe”.
Conocemos muy poco la acción del Espíritu más allá de las estructuras eclesiales.
El Cardenal Martín publicó un libro con un título provocativo para muchos: “La oración de los que no creen”.
Y creó en Milán “La cátedra de los no creyentes”.
Por algo decía el filósofo místico judío: “Rezar es la gran recompensa de ser hombres”.
Esta mujer era pagana. “y se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”.
Y su fe y su oración lograron el milagro de la curación de su hija, cosa que muchas veces nosotros no conseguimos.

No vivamos “encerrados en nosotros mismos y en nuestros miedos” que dice el Papa.
Dios es más que la Iglesia.
La salvación es universal y se ofrece a todos.
Nunca descubriremos el misterio de la universalidad de la salvación.
La acción del Espíritu no puede ser limitada por los muros de nuestra comunidad.
Demos gracias, porque vivimos una fe consciente e iluminada.
Pero no menospreciemos la fe que no vemos en tantos corazones ajenos aparentemente a nosotros.
Los grandes tesoros no están a flor de tierra sino que hay que buscarlos en la profundidad.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 19 a. Semana – Ciclo A

“Le acercaron a unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos les regañaban. Jesús les dijo: “Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el Reino de los cielos. Les impuso las manos y se marchó de allí”. (Mt 19,13-15)

Pocas veces aparecen los niños en la vida de Jesús.
Siempre aparecen esos barbones, y esos grandazos intelectuales.
Claro, también esos santazos fariseos.
Para los niños pareciera que no hay espacio en el Evangelio.

Es lo de siempre.
El mundo es siempre de los grandes.
Los niños siempre son excluidos donde estamos los grandes.
Aunque, perdonen, porque a veces, no sé cuánto tenemos de grandes.
Los mismos discípulos tampoco tienen demasiada devoción a los niños.
Por eso “les regañaban” y protestaban.
Para los niños pareciera que nunca tenemos lugar, con eso de que “ellos son el futuro”, mientras no llega ese futuro, los niños suelen estar marginados.

Y sin embargo, no hay jóvenes donde no ha habido niños.
No hay adultos no ha habido niños.
Ni siquiera hay ancianos sin que antes todos hayamos sido niños.
Los niños no son futuro.
Los niños “son hoy”, también ellos tienen un espacio en la vida.
Y mucho más en el corazón de Dios.

Decimos que los niños “no son” sino que “serán nuestro futuro”.
Nos hemos empeñado en hacer una familia de viejos.
Nos hemos empeñado en hacer un mundo de viejos.
Cuando la realidad nos dice que:
Los niños son la sonrisa del mundo.
Los niños son la alegría del mundo.
Los niños son esa informalidad, que rompe tanta seriedad.
Un mundo sin niños es como un mundo sin sol.
Un mundo sin niños es como un jardín sin flores.
Un mundo sin niños es como una noche sin estrellas.

¿Qué son traviesos? Por ahí pasamos todos.
¿Qué son irresponsables? Por ahí pasamos todos.
¿Qué fastidian a veces? Lo hemos hecho todos.
Pero ¡si hasta Dios se hizo Niño!
Que tampoco Dios nació adulto, sino que nació niño que fue “creciendo en edad en estatura, en sabiduría y en gracia delante de Dios y los hombres”.

Por eso Jesús se sentía tan a gusto con ellos.
No importaba que se le subieran a las rodillas.
Ni importaba que tuviesen las narices sucias.

El problema somos nosotros si no somos capaces de ayudarles a crecer.
Y para ello hay que darles tiempo y confiar en ellos.
¿Recuerdan el cuento de Paulo Coelho?
Es toda una lección de cómo relacionarnos con los niños.
Cuenta cómo un discípulo del maestro Bankey fue sorprendido mientras robaba durante una clase. ¿Alguien puede decir que, de niño no robó nada? Yo robé hasta peras al cura, solo que en vez de peras, terminaron siendo membrillos.
Todos pidieron su expulsión de la clase. Pero Bankey no hizo nada.
Dejó seguir la cosa.
A los pocos días, volvió a robar. Y el maestro siguió callado.
Todos pidieron fuese castigado. A lo que el maestro respondió:
¡Cuán sabios sois! Habéis aprendido muy bien a distinguir lo correcto de lo equivocado y ya podéis estudiar en cualquier otro lugar. Pero este pobre hermano no distingue lo que está bien de lo que está mal, y solamente me tiene a mí para enseñárselo.
Los discípulos aprendieron la lección.
Y el ladrón nunca más volvió a robar”.

“Dejad que los niños vengan a mí. De los que son como ellos es el Reino de los cielos”.
No niego que los niños joroban y fastidian y roban membrillos en vez de peras.
Una sociedad tiene futuro, cuando acoge a los niños y es capaz de mostrarles el camino del futuro. “Y Jesús les impuso las manos”.
Una sociedad tiene futuro cuando acoge a los niños y “les impone las manos”.
Una sociedad podrá sonreír mientras se puedan escuchar las sonrisas y alegrías de los niños.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 19 a. Semana – Ciclo A

“Ellos le insistieron: “¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse?” El les contestó: “Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Ahora os digo yo que, si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio”. Los discípulos le replicaron: “Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse”. (Mt 19,3-12)

Estoy convencido de que no hemos avanzado mucho.
Al hombre le cuesta el compromiso definitivo.
Diera la impresión de que le va mucho mejor “compromiso de alquiler”.
Eso que hoy suele repetirse:
“Mientras me vaya bien”.
“Mientras me sienta bien con ella”.
Y eso parece que lo llevamos incrustado dentro.
Hasta los discípulos son reacios al matrimonio para siempre.
“Si la cosa es así con la mujer, no trae cuenta casarse”.

Tampoco hemos avanzado mucho en cuanto a la dureza del corazón.
Hay leyes que se dan:
No porque deban darse, sino porque nos interesa que se den.
Es cuestión de hacer campaña para que se “legalice el divorcio”.
Es cuestión de hacer campaña para que se legalicen las uniones unisexuales.
Es cuestión de hacer campaña para que se legalice el aborto.
Manifestaciones públicas.
Fiesta del “orgullo gay”.
Adopciones a los “matrimonios gays”.
Hasta somos capaces de “condicionar nuestro voto” a que se den esas leyes.
Leyes dadas bajo presión y terquedad.
Leyes que obedecen más a nuestros caprichos que a la verdad.

Por eso, hoy muchas de nuestras leyes, no pueden ser criterio de conducta.
Porque no son expresión de la verdad, sino de lo que nos conviene o nos interesa.
Y el caso es que, si alguien protesta, le cuelgan el “sambenito” de retrógado, de no estar al día.
Si la Iglesia dice su palabra esta anticuada y no camina al ritmo de los tiempos.

Jesús les hace retroceder “al comienzo”, “al principio”.
Les hace retroceder al plan creacional de Dios.
No es que Moisés quisiera contradecir a Dios.
Legalizó el divorcio “por la terquedad del corazón de los hombres”.

Además resulta curioso:
El divorcio parece ser un derecho de los “hombres”.
El divorcio está al servicio de los caprichos de lo hombres.
Las mujeres no tienen derechos.
Las mujeres solo tienen derecho a ser abandonadas, cuando ya nos hemos cansado de ellas o simplemente, como suele suceder, porque por la calle hemos “encontrado algún modelito nuevo”.
Igualito que nos sucede con los carros o coches.
Todos queremos lucir el último modelo, el modelo del año.

El divorcio aparece así:
Como un atentado a la igualdad entre hombre y mujer.
Como un atentado a la dignidad de la mujer.
Como un atentado a los derechos de la mujer a la que se prometió fidelidad para toda la vida.
Como un atentado a las ilusiones de la mujer que entregó su vida para siempre.

Sería bueno:
Revisáramos el por qué de muchas leyes.
Revisáramos el valor ético y moral de muchas de nuestras leyes.
No por ser legal podemos decir que es ético y moral.
No por ser legal tiene valor de verdad.

Y siempre por la terquedad de nuestros corazones.
Por eso Jesús comienza por pedirnos la “conversión del corazón”
Mientras no haya cambio de corazón seguiremos tercos esclavos de nuestras conveniencias.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 19 a. Semana – Ciclo A

“Se le adelantó Pedro y preguntó a Jesús:”Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contesta: “No te digo hasta siente veces, sino hasta setenta veces siete”. (Mt 18,21-19,1)

Setenta veces siete

A Dios no le gustan las matemáticas.
Uno le preguntó si “serán pocos los que se salven”.
Ahora Pedro le pregunta ¿cuántas veces ha de perdonar al hermano que le ofende?
Y en un exceso de generosidad, Pedro pone como límite del perdón “siente veces”.
El amor no es bueno para las matemáticas.
El amor, dice Pablo: “Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta”. “El amor no acaba nunca”.
Y el perdón es hijo del amor.
El amor no tiene límites.
Luego tampoco el perdón puede tener límites.
Tenemos que amar siempre.
Por eso tenemos que perdonar siempre.
Ponerle límites al perdón es ponerle límites al amor.
Es ponerle límites a Dios.

El perdón a unido a la nueva criatura nacida de la Pascua:
“Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
“Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”.
El perdón es el primer fruto del Espíritu Santo.
El perdón es el primer fruto de la nueva criatura nacida de la Pascua.

La misma fórmula de la absolución va unida al don del Espíritu Santo:
“Dios Padre misericordioso, que la muerte de tu Hijo reconcilió al mundo y derramó al Espíritu Santo para el perdón de los pecados”.
“Misericordia del Padre”,
“Muerte del Hijo”,
“Don del Espíritu Santo”
Van unidos “para el perdón de los pecados”.

Y ni la misericordia de Dios tiene matemáticas.
Ni la Muerte del Hijo tiene matemáticas.
Ni el Espíritu Santo, amor del Padre, tiene matemáticas.
Por tanto, el perdón tampoco puede estar condicionado a las matemáticas.
La misericordia de Dios es infinita.
La muerte del Hijo es amor total y sin límites.
El Espíritu Santo es amor infinito de Dios.
Lo que significa que el “perdón también debe ser infinito”.
Es decir: perdonar siempre.
Sin la tacañería de los números.

Con frecuencia nosotros medimos nuestro amor.
Y por eso medimos también nuestro perdón.
“Ya le he perdonado tres veces. Y a la tercera va la vencida”.
El perdón como expresión del amor no tiene medida.
Cosa que a nosotros nos suele costar entender.
Porque nos cuesta entender la misericordia de Dios, la Muerte de Jesús, y la presencia del Espíritu Santo.
Medimos nuestro perdón, porque medimos nuestro amor.
Medimos nuestro perdón, porque no hemos comprendido el amor de Dios.

No vayamos lejos:
¿Cuántas veces te has confesado en tu vida?
¿Cuántas veces te ha perdonado Dios?
¿Cuántas veces más te seguirá perdonando?
Tantas, cuantas veces peques.
Tantas, cuantas veces lo necesites.
Tantas, que Dios te perdonará siempre.
Incluso sabiendo que volverás a fallarle.
¿Por qué ponerle límites a lo infinito?
¿Por qué ponerle límites al amor de Dios?
¿Por qué ponerle límites al Espíritu Santo que te habita?

San Juan María Vianney afirmaba: “El Buen Dios lo sabe todo. Antes aún que os confeséis, sabe ya que pecaréis de nuevo, y sin embargo os perdona. ¡Cuán grande es el amor de nuestro Dios que lo lleva hasta a olvidar voluntariamente el porvenir, con tal de perdonarnos!”

El Sacerdote es ministro del perdón de sus fieles y sujeto del perdón.
El marido es ministro del perdón de su esposa.
La esposa es ministro del perdón de su marido.
Los padres son ministros del perdón de sus hijos.
Y todos somos ministros del perdón de todos.
Dios nos ha regalado la cultura del perdón.
O perdonamos siempre o no perdonamos nunca.
Quien ama de verdad perdona siempre, sin tacañerías.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 19 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso a la comunidad, considéralo como un gentil o publicano”. (Mt 18,15-20)

Jesús nos ha puesto el gorro hoy a los chismosos.
¡Con lo que nos encanta airear los defectos de los demás!
¡Con lo que nos encanta la chismografía!
¡Con lo que nos encanta: “Te lo digo a ti que sé que eres un sepulcro”!
Pues, con el Evangelio de hoy los chismosos no tienen vela en la procesión.

Por otra parte qué fina y delicada es la pedagogía de Jesús.
Con qué finura y delicadeza trata de salvar la dignidad del pecador.
Con qué sensibilidad trata de no delatar públicamente al que ha fallado.
El que ha pecado se ha portado mal.
Pero no por eso tenemos derecho a publicitar su pecado.

Cuanta mentira hay en ese refrán: “se dice el pecado y no el pecador”.
Porque al final, terminamos diciendo el pecado y descubriendo al pecador.
Jesús rechazará siempre el pecado.
Pero tratará de salvar siempre la dignidad, el honor y la estima del pecador.

De ahí que nos señale todo un proceso de relación con el pecador:
Primer paso:
Habla tú a solas con él.
Trata de convencerlo a solas sin que se entere nadie.
Trata de convertirlo los dos a solas.
Que todo quede entre tú y él.
Nadie tiene por qué enterarse del pecado del otro.

Segundo paso:
Si no te hace caso.
Si no consigues convencerle.
Solo entonces llama a otro, máxime a dos.
Que la cosa quede entre los dos o tres.

Tercer paso:
Si tampoco os hace caso, todavía queda la comunidad.
Llama a la comunidad, que sea el amor de la comunidad el que lo gane.
Que sea el amor y la comprensión de la comunidad la que trate de corregirlo fraternalmente.
Sólo cuando no cree a la comunidad, no tiene remedio.

Primero es el amor de uno solo.
Luego es el amor de dos o tres.
Luego es el amor de la comunidad.
Si ya el amor de la comunidad tampoco lo cambia:
Significa que no cree en el amor de nadie.
Y él mismo se excluye de la comunidad.
Solo entonces deja de ser miembros de la comunidad.

A mí me encanta la delicadeza de Jesús.
Jesús no es de los que cacarea nuestros pecados como la gallina cuando pone el huevo.
Para Jesús, el pecador no deja de ser una persona con toda su dignidad.
Para Jesús, el pecador no deja de tener el derecho a que su vida no sea aireada
Tenemos la obligación de corregirle.
Pero ha de ser una corrección que revele el respeto que tenemos por él.
Tiene que ser una corrección que revela el amor que le tenemos.
Tiene que ser una corrección que ponga de manifiesto nuestro interés por él.

Por algo el secreto de la confesión es una de las mayores exigencias del confesor.
Por algo el secreto de la confesión se convierte también en el reconocimiento de la dignidad del pecador.
Por algo el secreto de la confesión se convierte en la expresión de nuestro amor hacia el pecador.

Con este Evangelio todos los murmuradores quedan fuera de juego.
Con este Evangelio todos los aficionados a la chismografía quedan descalificados.

Clemente Sobrado cp.

La Asunción de María

“María dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava, Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo, y su misericordia llega a su fieles de generación en generación”. (Lc 1,39-56)

Asunción de MaríaCelebramos hoy la fiesta de la Asunción de María. Yo la llamaría la Pascua de María.
Tampoco a ella la tenemos que buscar en el sepulcro.
Porque también su cuerpo ha sido glorificado, compartiendo la glorificación del cuerpo glorioso del Resucitado.
Alegría de la Madre.
Alegría del Hijo.
Alegría de nosotros sus hijos.
Alegría por el triunfo de la Madre.
Alegría por la grandeza de los hijos.

No es un día para encerrarnos en nuestras pequeñeces.
No es un día para encerrarnos en nuestras debilidades.
No es un día para encerrarnos en nuestras flaquezas.
Sino que es un día: para recordarnos a nosotros mismos:
Que también Dios se ha fijado en nosotros.
Que también Dios nos ha mirado con cariño e ilusión.
Que también Dios a mirado nuestras esclavitudes con ojos de libertad.

Es un día para unirnos al gozo y a la alegría de la Madre.
Es un día para unirnos a su canto y cantar también nosotros el nuestro.
Es un día para, como ella, recordar y entonar un himno de alabanza, a lo que “el Poderoso ha hecho en nosotros”.
Es un día para que también cada uno de nosotros cantemos el himno de la historia de Dios en nuestras vidas.

¿Acaso siempre tendremos que vivir de nuestro “miserere”?
¿Acaso siempre tendremos que vivir llorando nuestras debilidades?
Ya es hora de que cada uno cantamos a Dios en nuestras vidas.
Ya es hora de que “se alegre nuestro espíritu” porque también El ha hecho obras grandes en nosotros que nos sentimos tan pequeños.
Cada uno tenemos nuestro propio “Magnificat”, nuestro propio “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. La grandeza de sentirnos mirados.
La grandeza de pasmarnos de gozo por lo que “ha hecho en nosotros”.

“Proclama mi alma la grandeza del Señor porque un día se enamoró de mí y me regaló el don de la vida.
Proclama y se alegra mi espíritu, porque un día el Señor me renovó en las aguas del bautismo.
Proclama y se alegra mi espíritu, porque un día a mi Señor le dio la corazonada de “hacerme hijo suyo”.
Proclama y se alegría mi espíritu, porque un día a mi Señor regalarme su amor en el amor de mis padres.
Proclama y se alegra mi espíritu, porque un día mi Señor quiso regalarse él mismo en “pan de comunión” y por primavera vez, mi corazón se pareció al vientre virginal que lo encarnó.
Proclama y se alegra mi espíritu, porque un día mi Señor quiso vivir de sueños y me soñó sacerdote suyo y religioso.
Proclama y se alegra mi espíritu, porque tantas veces, mi Señor miró mi corazón esclavo del pecado y lo renovó en el sacramento de la penitencia.
Proclama y se alegra mi espíritu, porque mi Señor quiso poner en mis manos tantos corazones heridos y las convirtió en sus propias manos para sanarlos.
Proclama y se alegra mi espíritu, porque siendo tan poco como era, quiso hacer en mí la maravilla de un instrumento de su amor.
Proclama y se alegra mi espíritu, porque mi Señor me ha regalado su amor en el amor de mis hermanos de comunidad y en el amor de tantos seglares que ha puesto en el camino de vida”.

¿Y la maravilla de que, gracias a tu Resurrección, también yo resucitaré contigo y mi cuerpo será glorificado como el tuyo y el de tu Madre?
Bueno, Señor, ¿quieres que siga contando y cantando tus maravillas en mi vida?

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 19 a. Semana – Ciclo A

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“Cuando llegó a casa, Jesús se adelantó a preguntarle: “¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasa, a sus hijos o a los extraños?” Contestó: “A los extraños”. Jesús le dijo: “Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no escandalizarlos ve al lago, echa el anzuelo, coge el pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti”. (Mt 17,22-27)

Eso de pagar impuestos no suele ser demasiado simpático.
Y los encargados de cobrarlos, creo que ven demasiadas caras largas y pocas sonrisas.
A Pedro le echan en cara de que: “Vuestro Maestro no paga los impuestos”.
Para Jesús solo pagan impuestos los “extraños” y no “los hijos”.
Y Él se siente extraño al sistema.
Él con los suyos vive la condición de “hijos” y no de “extraños”.
Para Él los hijos están exentos de pagar impuestos.

El impuesto es una manera de compartir.
El impuesto es una manera de solidarizarse con el bien común.
El impuesto es la solidaridad de todos con todos.
Cuando el impuesto es debidamente utilizado tiene un sentido de solidaridad.
Sin embargo, la gente no está muy segura de que todo sirva a la comunidad.
Y más bien tiene la idea que, como la harina, se va pegando a las manos de aquellos que lo cobran.
De todos modos, el hecho de que otros hagan mal uso, no justifica que tengamos que eximirnos de pagarlo.
El egoísmo de unos no justifica la mala conciencia del resto.

Lo que sí me llama la atención es la comparación que hace Jesús entre “extraños e hijos”.
Los hijos no están obligados a pagar impuestos.
¡Y que bien lo han aprendido los hijos!
A la hora de corresponder a lo que han recibido de sus padres todos “se sienten hijos”, muy pocos “extraños”.
Es cierto que los padres no cobran impuestos.
¿Con qué podríamos pagar todo lo que hemos recibido de ellos?
Los padres actúan desde la “gratuidad”.
Regalan el don de la vida gratuitamente.
Dan de comer a los hijos gratuitamente.
Visten a los hijos gratuitamente.
Dan una carrera a los hijos gratuitamente.

¿Recuerdan a aquel hijo que un día les pasó factura a sus padres de todos los servicios que habían hecho en casa? Hizo toda una lista. Y pasó la factura a sus padres.
Estos, elegantemente, contestaron con otra factura:

Por la vida que te dimos:              00
Por la comida que te dimos:        00
Por el vestido que te dimos:        00
Por los estudios que te dimos:    00
Por el tiempo que te dedicamos: 00

Total:     00

Y sin embargo, son muchos los hijos que terminan olvidándose de sus padres.
Son muchos los hijos que creen que los padres solo han cumplido con sus deberes.
Pero ellos, los hijos, sienten que no tienen obligación alguna con los viejos.
Nadie pide que los hijos paguen impuestos a sus padres.
Pero, la gratitud ¿no debe ser una respuesta a la gratuidad?
Demasiados padres lo han dado todo, para recibir casi nada.
¿Cuántos padres necesitados que viven en el olvido de sus hijos?
La gratuidad respondida con el olvido.
La gratuidad respondida con la ingratitud.

Y no quisiera entrar en nuestras actitudes para con Dios.
Dios nunca cobra impuestos.
Dios nunca pasa factura.
Pero ¿cuántas facturas no le pasamos nosotros cada día?

Clemente Sobrado cp.