Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Lunes de la 4 a. Semana – Ciclo A

“Zacarías replicó al ángel: “¿Cómo estaré seguro de eso? Porque soy viejo y mi mujer es; de edad avanzada”. El ángel le contestó: “Yo soy Gabriel, que sirvo en la presencia de de Dios, he sido enviado a hablarte para darte esta buena noticia. Pero mira: guardarás silencia, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento”. (Lc 1,5-25)

Me encanta el actuar de Dios.
Es que nos saca de nuestro lugar.
Es que nos hace ver las cosas al revés.

El Nacimiento de su hijo está rodeado de contra sentidos humanos.
Pero de coherencias divinas.
Está rodeado de sin razones humanas.
Pero de sentidos divinos.

Primero:
El encuentro con una virgen llena de gracia.
El anuncio de una concepción que solo la fe entiende.
Una muchacha capaz de romper todos los esquemas.
Una muchacha capaz de creer la palabra que no entiende.
Una muchacha capaz de decir sí fiándose solo de su fe.
Es el anuncio del nacimiento del Hijo de Dios.

Segundo:
Otro de los imposibles humanos.
Dos ancianos que ya están fuera del actuar de la naturaleza.
Un anciano a quien se le anuncia un hijo, cuando hasta la vejez no pudo tenerlo.
Un anciano que no entiende el anuncio de una paternidad cuando ya no es tiempo de flores.
Un anciano que busca estar seguro de lo que considera imposible.
No se puede pedir corriente de agua cuando se ha secado el manantial.
No se puede pedir frutos cuando el árbol está seco.
Así fue el anuncio del precursor del Mesías.

Y es de maravillar el estilo de hacer de Dios:
Una muchacha del pueblo que sí cree.
Un hombre del templo que duda.
Un hombre del templo que pide explicaciones.
Un hombre del tempo que “pide razones de seguridad”.
Un hombre del templo que no es capaz de abrir los ojos a la fe y queda con los ojos humanos ciegos hasta “hasta el día que suceda”.

Hay cosas que para entenderlas es preciso quedar mudo.
Hay cosas que solo se entenderán en el silencio.
Hay cosas que solo se entenderán sin hablar.
Porque la mudez nos cierra a las cosas.
Porque la mudez nos hace capaces de ver desde dentro.
Porque la mudez nos obliga a renunciar a nuestras razones.
Porque la mudez nos hace capaces de entender las razones divinas.
Porque la mudez nos impide buscar razones humanas y escuchar las divina.

La Navidad:
Un nacimiento en la oscuridad de la noche.
Un nacimiento en la oscuridad de la razón
Un nacimiento que se convierte él mismo en luz.
Un nacimiento que comienza por fiarnos de la Palabra.
Un nacimiento que comienza no por la razón sino por la fe.
Un nacimiento que comienza por una virgen.
Un nacimiento que se anuncia en la fecundidad de unos ancianos.

Todo comienza por la fe.
Todo comienza por fiarse de la palabra.
Todo comienza por hacerse disponible aunque no entendamos.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos Espirituales para vivir el Adviento: Domingo 4 – Ciclo A

“El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera.: María, su madre, estaba desposada con José y, ante de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció el ángel del Señor que le dijo: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. (Mt 1,18-24)

Anunciación a José

Solemos tener ideas bien curiosas.
Muchas veces escucho decir:
“A mí todo me sale mal”.
Me han dicho que alguien me ha “hecho daño y que tienen que limpiarme para librarme del maleficio”.
Pero todavía algo más curioso: “Yo pienso que Dios a mí no me escucha, aunque soy bueno, me porto bien, le rezo, y no me hace caso”.
El problema está cuando decimos “me porto bien, rezo, pero Dios no me oye”.

Hay una figura en la Navidad que solemos destacar relativamente poco.
Es la figura de José.
Sí, le ponemos de rodillas delante del Niño y poquito más.
Y sin embargo, es una de las figuras centrales de la Navidad.
Hay tres figuras que llenan todo el cuadro: El Niño, María y José

Y José era bien bueno.
“Era justo”.
Era todo un hombre de Dios.
Era todo un hombre de fe.
Y sin embargo, pareciera que “Dios se la hizo”.
¿Os dais cuenta del lío en que le metió con María?
¿Mejor dicho, el lío en que le metió Dios y el Espíritu Santo?

El Angel se le aparece a María, no a José.
La encarnación se le anuncia a María, y nadie cuenta y piensa en José.
Pero la cosa no podía ocultarse por mucho tiempo.
Hasta que, un día percibe la realidad de su esposa María “embarazada”.
¿Cómo explicarle?
¿Cómo entenderlo?
¿Qué hacer?
Todo un momento de angustia, de dudas, de incertidumbres.
Sería el momento de hacer el escándalo madre en Nazaret.

Sin embargo:
¡Qué talla de hombre!
¡Qué talla de alma!
¡Qué talla de fe!

Pero el sufrimiento nadie se lo podía quitar.
¡Y vaya si era bueno!
¿Por qué le tenía que pasar esto a él?
No resulta fácil pasar por esa prueba sin echarse los pucheros a la cabeza.
José guarda silencio.
Todo lo rumia dentro.

Y cuando el Angel le revela la verdad de lo que ha sucedido, la mente de José se doblega.
El corazón de José se aviva.
Y la serenidad encubre la fama de María delante del pueblo.
¿Te imaginas a todas las mujeres de Nazaret viéndola como una adúltera?

Desde luego, Dios tiene una manera de hacer las cosas que desconcierta a cualquiera.
Y la Navidad comenzó en Nazaret con todo un problema entre José y María.
Preguntémonos ahora nosotros que nos quejamos tanto:
¿Se merecían esto?
¡Caminos de Dios!
Pero esto no entra en nuestra lógica.
Pero corre maravillosamente en la lógica de la fe, que es la lógica de Dios.
Los caminos de Dios nunca son fáciles, pero terminan siendo maravillosos.
Y ese es el camino de cada uno de nosotros hacia la Navidad.
De la oscuridad de la fe, a la claridad de la fe.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Sábado de la 3 a. Semana – Ciclo A

“Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham …
y Jacob engendró a José, el esposo de María,
de la que nació Jesús, llamado Cristo”. (Mt 1,1-17)

Nunca he sido aficionado a las genealogías. Eso de “árbol genealógico” siempre me ha resultado extraño. Recuerdo que, en una ocasión, descubrí, en casa de un primo mío, el “escudo de los Sobrado”. Mi primera reacción fue la de reírme. ¿También tenemos un escudo de armas? De seguro que nuestro origen es de algún capitán que dio su vida por la patria. Y no me equivoqué, porque muy serio, mi primo me dijo que era verdad y me soltó toda una serie de explicaciones. La verdad es que no ha mejorado en nada mi situación. Hasta diría que eso de heredar el apellido “Sobrado” aquí en el Perú suena extraño, a orgulloso, estirado.

Pero la genealogía de Jesús sí me ha despertado siempre cierta curiosidad. En primer lugar porque todos esos nombres son un trabalenguas, y hasta me imagino que la gente que escucha esta lectura en la Misa se duerme y aburre. Y sin embargo muestran un realismo maravilloso. Muestra la verdad humana de Jesús tal y como es.
En su genealogía no todo es trigo limpio.
En ella figuran:
Un Abraham venido del paganismo.
Figura un David que comenzó siendo pastor de ovejas y adúltero.
Figura un José, que no pasa de un simple carpintero de aldea.

Y figuran, y esto sí resulta extraño, cuatro mujeres:
Tamar, que termina prostituyéndose (Gn 38,2-26)
Rut, que era una extranjera.
Rahab, otra extranjera y prostituta.
Betsabé, la mujer de Urías, adúltera. (2 Sam 11,4)

Claro que luego aparece una quinta mujer: María, que salva la situación como la “llena de gracia” y la escogida para ser la “madre de Jesús”.
Resulta admirable el estilo de Dios:
Quiere aparecer tomando parte de nuestra historia tal y como ella es.
Con su santidad.
Con su pecado.
Con su universalismo.
Jesús no se hace ascos de tener en su línea genealógica a prostitutas, extranjeras, adúlteras.
Asume nuestra condición humana como es en realidad “santa y pecadora”.
Ama al mundo como el mundo es con todo lo que tiene de manifestación como de oscurecimiento de Dios.

Y así será luego también su vida:
Andará y comerá con publicanos y pecadores.
Defenderá y dará cara por la adúltera.
Y no sabemos si aquella María no era también “una mujer alegre de la vida”. En su discreción el Evangelio la denomina simplemente “pecadora” que ya es bastante.

Nunca llueve a gusto de todos. Como tampoco sopla el viento a gusto de todos los veleros. Tampoco estamos llamados a vivir en un mundo ideal donde todo sea fácil y cómodo para vivir nuestra fe.

Y una gran lección que aún no hemos aprendido:
Juzgar a los hijos por los pecados de los abuelos o padres.
Y que hasta la misma Iglesia, en algún tiempo, no aceptaba al sacerdocio esos “llamados hijos ilegítimos”, que ¡vaya por Dios! es algo que nunca he entendido porque todo hijo es legítimo, por más que su origen no siempre esté limpio.
Y hasta tengo la idea de que algún santo las pasó mal para que aceptasen su causa, porque en Roma, se enteraron que era “hijo ilegítimo”. ¡Pobres santos!
Jesús no se hace problemas para encarnarse en un vientre virginal, por más que en su genealogía, no todas eran “vírgenes santísimas” sino que había también buenas piezas: mujeres de la vida, adulterio e infidelidad, y eso por la línea femenina, porque de la masculina no se dice nada. Eso se da por sabido. ¡De seguro que todos eran unos santos!

Menos mal que Jesús nunca hizo ni mandó hacer su “escudo genealógico”. Su único escudo genealógico es “el Pesebre y la Cruz”. Pero pienso ¿qué símbolos pondría en él? Estoy seguro que aparecería la gracia y el pecado, santos y pecadores.

Por eso, al verle ahora encarnado en nuestra naturaleza humana, uno siente paz, serenidad y hasta satisfacción, porque en él descubrimos no ese “Dios lejano” de los filósofos, sino “ese Dios cercano”, “hecho uno de nosotros”. Un Dios que se le puede tocar con la mano y un Dios cuyos vestidos están manchados del polvo de los caminos.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Viernes de la 3 a. Semana – Ciclo A

“Pero yo tengo un testimonio mejor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado”. (Jn 5,33-36)

El mejor testimonio de Jesús no es, ni lo que pueda decir Juan sobre él, y menos lo que podamos decir nosotros, que decimos demasiadas tonterías.
Jesús no cabe en nuestras pequeñas – grandes ideas.
Jesús solo cabe en El mismo.
Jesús solo cabe en lo que “El hace”.

En casa, acabamos de restaurar un cuadro antiguo. Con mucha pena, el restaurador nos decía: “no he podido encontrar la firma del autor”. Es que la firma del pintor es el testimonio de la autenticidad del cuadro. Sin la firma, no sabemos exactamente de quién es ni si es auténtico o una copia.

Jesús dejó firmada su vida, su autenticidad de enviado del Padre, no con su rúbrica, esperamos que supiese escribir, al menos sabemos que sí sabía leer.
Su mejor firma son sus obras. Lo que hace.
O como El mismo dice, “las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, esas dan testimonio de mí”.

Cuando firmamos un Documento, es preciso que el Notario autentique nuestra firma.
Jesús no necesita de notarios que le autentifiquen.
Nada más auténtico que la vida. Nada más auténtico que lo que hace.
Y nada más auténtico que hacer “lo que el Padre espera de El”.

Nosotros podemos y hacemos muchas cosas:
Hacemos grandes proyectos, pero ¿coinciden con los proyectos de Dios?
Hacemos grandes edificaciones, pero ¿edificamos lo que el Padre nos pide?
Los hombres hacemos muchas cosas que, incluso pasan a la historia, llevando nuestra firma.

La pregunta que todos tenemos que hacernos es muy sencilla:
Dios tiene un plan sobre cada uno de nosotros.
¿Realizamos ese plan o nuestro plan?
Dios tiene muchos sueños sobre cada uno de nosotros.
¿Realizamos esos sueños o quedan en puros sueños?
Dios nos ha encomendado una misión personal a cada uno de nosotros. ¿Realizamos esa misión que nos acredite delante de El?

Nuestras palabras son importantes. Nuestras firmas son importantes.
Nuestros proyectos son importantes.
Pero ¿hacemos lo que tenemos que hacer?
¿somos lo que estamos llamados a ser?

Un niño llegó a casa feliz. Había jugado a fútbol y su equipo había ganado.
El papá, por una parte, no quería decepcionar la alegría del hijo. Pero tampoco quería fallarse a sí mismo en el sentido de la responsabilidad. Y le preguntó:
” ¿Y qué has estudiado hoy en la escuela?”
Cabizbajo, el niño respondió: “Papá, hoy me hice la vaca”.
Hijo, está muy bien lo del fútbol. Pero tu verdadero deber era ir a la escuela.

Es posible que cuando Dios nos reclame la firma de la autenticidad de nuestras vidas, podamos mostrarle muchas cosas que hemos hecho.
Y hasta es posible que Dios se divierta y ría de tantas cosas bellas.
Pero, al fin terminará por preguntarnos “qué hemos estudiado hoy en la escuela”.
Es decir:
¿Hemos hecho lo que teníamos que hacer?
¿Lo hemos hecho como debíamos hacerlo?
¿Hemos realizado el proyecto que El tenía sobre nosotros?
¿Hemos amado como El quería que amásemos a nuestros hermanos?
¿Hemos luchado por la justicia y la dignidad de nuestros hermanos?
¿Hemos construido el mundo de solidaridad y fraternidad que El esperaba?
¿Hemos logrado que el mundo sea hoy más humano, más justo y fraterno?

Lo que nos acredita, lo mismo que a Jesús, no es lo que hemos dicho ni siquiera lo que hemos hecho, sino “si hemos hecho lo que el Padre nos encomendó llevar a cabo”. Porque esto será lo que dé testimonio de cada uno de nosotros.
Está bien que preparemos bonito nuestra ciudad y nuestra casa a la espera de la Navidad. Pero ¿será esa la preparación que Dios quiere de nosotros para el Nacimiento de su Hijo?

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Jueves de la 3 a. Semana – Ciclo A

“¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre vestido con ropas elegantes? ¡No! Los que visten magníficamente y viven con molicie están en los palacios”. “Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan …” (Lc 7,24-30)

Somos especialistas en reconocer los defectos de los demás.
Sería interesante grabar toda la chismografía.
Es toda un sastrería donde cortamos la tela de la vida de los demás a nuestro gusto.

Por eso, nada enaltece más al corazón humano que su capacidad de:
Reconocer los dones de los demás.
Pensar bien de los demás.
Hablar bien de los demás.
Alabar a los demás.

Es fácil hablar bien de los grandes, de la gente importante.
Es fácil alabar a aquellos de quienes podemos esperar algo.
Es fácil hablar y alabar a los que están arriba, mientras están arriba.
Lo realmente difícil es:
Hablar bien de quienes no tenemos nada que esperar.
Hablar bien de quienes han caído de su pedestal.
Hablar y alabar a quienes lo han perdido todo y están metidos en la cárcel.

Y ese fue el gesto elegante de Jesús. Ni siquiera lo hizo delante de los enviados de Juan, sino luego que se fueron. Es entonces que Jesús hace el mejor y más elegante elogio de Juan.
Juan es un caído, está en la oscuridad de la cárcel.
Y Jesús comienza a valorar la figura de Juan.
No es una alabanza de las que inflan, sino de las que rescatan esos valores que de ordinario todos olvidamos:
Juan no es una caña que se deja llevar por los vientos que soplan.
Juan es todo un tronco de roble resistente a todas las embestidas de sus enemigos.
Juan no es de los que lucen con sus vestidos.
Esos “elegantes del vestir están en los palacios”, mientras él vive en el desierto.
Juan es el “mayor entre los nacidos de mujer”.

¿No crees que es nobleza de corazón hablar y elogiar así, no cuando él está presente sino ausente? Hablar bien de los ausentes, supone mucha nobleza y grandeza, porque de los ausentes más bien hablamos mal, murmuramos y criticamos.

Y ahora quisiera pasar la página, no para preguntarme sobre esa nobleza de mi corazón de reconocer la grandeza de los demás, de todos los demás, sino para preguntarme algo mucho más personal:
¿Y qué dirá hoy Jesús de mí?
¿Qué dirá Jesús de mí como bautizado?
¿Qué dirá Jesús de mí como consagrado y sacerdote?

Yo, sí puedo imaginarme lo que los otros pudieran hablar de mí.
Pero mi verdad no depende de los otros.
Mi verdad depende de lo Dios piensa y habla de mí.
Y perdonen mi atrevimiento, pero estoy seguro de varias cosas:
Que Dios piensa bien de mí.
Que Dios tiene un buen concepto de mí.
Que Dios habla bien de mí.
Que Dios siempre me deja bien delante de los demás.
¡Qué bien dejó a Zaqueo, el publicano!
¡Qué bien dejó a la Samaritana, a la que se le reveló y manifestó!
¡Qué bien dejó a la adúltera frente a aquellos “viejos verdades”!

¡Qué grande era Juan para Jesús!
Y no obstante, posiblemente pensando en mí, añadió: “Sin embargo el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él”.
Posiblemente no soy de los grandes en el reino de Dios, porque no soy santo.
Posiblemente soy uno de los más pequeños, porque soy también un pecador.
Y sin embargo, ¡qué grande soy delante de los ojos de Dios!
Posiblemente, tú que estás leyendo esto, eres “mayor que Juan el Bautista”.
Por tu bautismo, que te hizo hijo de Dios.
Por tu vida de gracia, que te hace morada de Dios.

Ustedes perdonarán, pero, “yo me siento más delante de Dios, que delante de todos ustedes”. Estoy seguro de que Dios piensa y habla mejor de mí que ustedes. ¡Y eso que tengo mis admiradores! ¡Pero mi mayor admirador es sin duda Dios!
¿Demasiada soberbia? Todo es posible.
Pero yo diría: “¡Demasiado el amor que El me tiene!”

Clemente Sobrado cp.

Vitaminas para caminar: El poder del amor

1.- Nunca digas no a cuanto signifique esfuerzo. Tampoco intentes ganar el mundo ni convertirlo en base a tus esfuerzos. El mejor camino para ganarte los corazones de la gente es amarlos. El amor es como el sol. Derrite la nieve fría del corazón.

El poder del amor

Flickr: mylien_nguyen

2.- No digas que ya no puedes hacer más por tu hijo. Ni lo dejes por imposible. Cuando creas que ya no puedes hacer más, aún te queda algo más por hacer: amarlo un poco más. No insistas. Tú ama nomás.

3.- Cuando amas, las cosas vuelven a nacer. ¿Recuerdas a Mandino? “Amaré la luz porque me señala el camino. Pero amaré también la oscuridad, porque me enseña las estrellas”. Es que cuando se ama, todo se ve al revés.

4.- Nuestro hijo se resiste al diálogo. Parece que tuviese blindado el corazón. No pierdas la paciencia. Lo que sucede es que ha amurallado su corazón con la duda, la inseguridad, el miedo. Cuando sienta que tú le amas, sus murallas caerán. La puerta se te abrirá. Mientras tanto no fuerces la puerta, porque la cerrará aún más.

5.- ¿Quieres amar a los demás? Comienza por amarte a ti mismo. El mejor amor no es el que se da sino el que se percibe sin decirlo ni anunciarlo.

6.- El primer amor que tus hijos necesitan no es que los ames a ellos sino que ellos vean cómo os amáis vosotros como marido y mujer. Vuestro amor de esposos es la garantía de vuestro amor de padres.

7.- Quien ama sabe esperar. Cuando quieres cortar un árbol, los primeros golpes apenas mueven el tronco. Pero golpe a golpe terminas derribando el árbol. No te canses de amar. El amor irá ablandando las resistencias. A golpes de amor Dios nos va conquistando poco a poco.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Miércoles de la 3 a. Semana – Ciclo A

“Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva: ¡y dichoso aquel que no se escandalice de mí!” (Lc 7,19-23)

Desde la oscuridad de la cárcel, Juan vive una angustia.
Ya no es la angustia de la cárcel misma, ya es grande.
Es la angustia de las dudas que surgen en su corazón.
Es la angustia de su propia verdad en relación a Jesús.
Juan no se encierra en sus dudas y envía a dos de sus discípulos a preguntarle a Jesús.
Ahora las dudas no son de la gente sino de quien lo anunció y señaló.
¿Estaría en lo cierto?

Hay quienes hablamos mucho y decimos poco.
Hay quienes hablan poco pero dicen mucho.
Hay quienes solo hablan con la lengua.
Pero también hay quien habla con los gestos de la vida que, al fin y al cabo, dicen más que las palabras.

Juan desde la cárcel, ha escuchado cosas sobre Jesús y no le cuadran con lo que él piensa sobre él. Es el eterno problema:
Cuando las cosas no coinciden con lo que nosotros pensamos.
Cuando las personas no responden a lo que nosotros pensamos.
Cuando la vida no responde a nuestros esquemas mentales.
Lo bueno es que, Juan no se encierra en sus dudas.
Le entran dudas sobre si el Jesús-Cordero de Dios que él anunció es realmente el Jesús-Mesías. Por eso envía discípulos a preguntar al mismo Jesús, ya que él está preso.
Las cuentas no le cuadran.

Y como siempre, Jesús:
no responde con definiciones.
no responde con discursos.
no responde con explicaciones bonitas.
responde con “los hechos de su vida”, con “los gestos mesiánicos” que definen al Mesías.
“Id y decir a Juan lo que estáis viendo y oyendo”.
El sabrá hacer luego el adecuado discernimiento, porque conoce los verdaderos “signos mesiánicos”.

Insisto en que hoy son muchos los que preguntan por nuestra identidad y la identidad de la Iglesia. Porque también hoy son muchos los que entran en dudas sobre nuestra verdad, sobre nuestra identidad de creyentes y testigos de Jesús. Tenemos que aceptar que: Muchos dudan hoy de la Iglesia. Muchos dudan de los creyentes. Muchos dudan de lo que decimos.

La respuesta nuestra, como la de Jesús, tendría que ser, la que ya en otra ocasión dio a los judíos: “si no me creéis a mí, creed a mis obras”. Y que en nuestro caso y en el caso de la Iglesia debiera ser:
“Id y decid al mundo lo que estáis viendo y oyendo”.
Es lo que “se ve” lo que, hace creíble a la Iglesia y a los cristianos.
Es lo que “se ve” lo que, hace creíble la vida consagrada.
Es lo que “se ve” lo que, hace creíble la vida sacerdotal.
Es lo que “se ve” lo que, hace creíble la vida de la pareja.
Es lo que “se ve” lo que, hace creíble la vida de los políticos.

Y lo que tiene que verse es:
Cuántos cojos andan también hoy.
Cuántos ciegos ven también hoy.
Cuántos sordos oyen también hoy.
Cuántos muertos resucitan también hoy.
A cuántos pobres les estamos anunciando la Buena Noticia y les estamos abriendo a la esperanza.
Cojos, porque carecen de la suficiente libertad.
Ciegos, porque les hemos oscurecido la verdad del hombre.
Sordos, porque hacemos demasiados ruidos para distraer a la gente de sus problemas y les impedimos escucharse a sí mismos y escuchar a los demás.
Muertos, porque no todos los muertos están en los cementerios. Hay demasiados que llevan el alma muerta, el corazón muerto, las ilusiones muertas, las esperanzas muertas.
Muertos, porque la vida que viven es más un simple “existir” que un auténtico “vivir”.
La riqueza no siempre es señal de vida.
Pero ciertamente que la pobreza y la miseria son señales de muerte.

¿Podrá la Iglesia, y con ella nosotros los creyentes, decir que “también hoy todos ellos andan, ven, oyen, resucitan y viven de la Buena Noticia”? Son los signos “mesiánicos”. Son los signos del Evangelio y del Reino. No olvidemos que “la Navidad es el primer gran signo mesiánico de Dios”.
No olvidemos lo que el Papa Francisco dijo en su Homilía en la Habana: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Martes de la 3 a. Semana – Ciclo A

“Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar a mi viña. Y él respondió: “No quiero”, pero luego se arrepintió y fue. Llegándose luego al segundo, y le dijo lo mismo. Y él respondió: “Sí, Señor”, pero no fue”. (Mt 21, 28-32)

La vida se define entre el “sí” y el “no”.
Pero no el “sí” de palabra, sino con el “sí” de la vida.
Somos muchos los que le hemos dicho que “sí” a Dios:
El sí de nuestro bautismo.
El sí de nuestro matrimonio.
El sí de nuestra vocación religiosa.
El sí de nuestro sacerdocio.
El sí de nuestro amor.
El sí de nuestra solidaridad con el hermano.

Pero ¿dónde ha quedado ese “sí” en la realidad de nuestra vida?
Un bautismo que hemos olvidado y no condiciona nuestra vida.
Un matrimonio sacramento que luego no colorea nuestra vida de pareja.
Una vocación religiosa, que, con frecuencia, termina en el olvido de que somos unos llamados y consagrados.
Un sacerdocio que, tantas veces, termina en un funcionalismo y nosotros en unos funcionarios de la Palabra y de los sacramentos.
Un amor que, más de una vez, termina en la ignorancia y olvido de los demás.
Una solidaridad que, más de una vez, termina, en que “cada uno se las vea” y que “cada uno baile con la suya”.

Con Dios no valen las palabras.
Con Dios solo vale el testimonio y sentido de nuestras vidas.
Con Dios no bastan nuestras buenas intenciones. Creo que fue Santa Teresa que decía que “el infierno está lleno de buenas voluntades”.
Con Dios solo vale la verdad y autenticidad de nuestras vidas.

Cada día me encuentro con hombres y mujeres cuyas vidas parecen insignificantes.
Pero que, luego, cuando uno entra dentro de ellos, se tropieza con:
Almas generosas.
Corazones abiertos.
Ilusiones siempre vivas.
Esperanzas que los fracasos no marchitan.

Somos muchos que hemos dicho a Dios que “sí”, pero nuestras vidas siguen siendo un “no”.
Somos muchos los que hemos dicho a Dios que “no”, pero luego nuestras vidas son un silencioso y callado “sí”.

Yo soy de los que hace muchos, pero muchos años, que le dije que sí a Dios. Pero, cada día, me pregunto si mi vida sigue siendo un verdadero sí o, incluso, ni siquiera llega a un “no”, porque prefiero quedarme un “más o menos”, que significa una vida banal y carente de sentido.
Perdonen ustedes mi indiscreción atrevimiento, pero personalmente prefiero:
La sinceridad de los que dicen “no” y viven como un “no”.
A la sinceridad de los que dicen “sí” pero viven como “no”.
La sinceridad de los que dicen que “no creen” y viven como incrementes.
A la sinceridad de los que nos decimos “creyentes” pero luego vivimos como “si Dios no existiera en nuestras vidas”.

No siempre los que llegan primero son los que responden a las ilusiones y a los sueños de Dios sobre ellos.
Es posible que muchos que hemos llegado antes, matemos los sueños de Dios sobre nosotros.-

Como veis la vida es un misterio.
El corazón humano es un misterio.
Decimos que “esperamos con ilusión la Navidad”.
Luego vivimos “como paganos esa misma Navidad”.
Una Navidad que la podemos celebrar al igual que los paganos.
Tal vez, disimulada con una Misa de Gallo, en la que no celebramos sino una costumbre familiar o una simple novedad que rompe el ritmo de nuestras vidas.

“Alguien ha de velar abajo en el puente,
para anunciar tu llegada, Señor,
ya que llegas en la noche como un ladrón.
Velar es nuestra tarea, velar, y hacerlo por el mundo.
Tantas veces está tan desatento … vengas por afuera o por donde vengas,
ni de noche siquiera vuelve a casa.
¿Se pone a pensar jamás en que tú llegas,
en que tú eres, Señor, y en que vienes ciertamente?
Alguien ha de creerlo,
y estar en casa a medianoche para abrirte la puerta
y permitir que entres, vengas de donde vengas”.
(Silja Walter, benedictina).

Clemente Sobrado C. P.