Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 16 a. Semana – Ciclo A

“Cuando Marta se enteró de que llegaba a Jesús, salió a su encentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. (Jn 11,19-27)

Dios parece no tener nuestras prisas.
Pero Dios no falla.
Nosotros puede que tengamos la impresión de que Dios siempre llega tarde, cuando ya no lo necesitamos.
Y sin embargo, Dios siempre llega a tiempo.
A tiempo, no para lo que nosotros queremos.
Pero sí a tiempo para lo que él quiere hacer en nosotros.

La figura de Marta es significativa:
A pesar de todo, le sale al encuentro.
Le sale al camino a esperar su llegada.
Es sincera en sus sentimientos.
Su amistad con Jesús no le impide decirle lo que siente y piensa:
“Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano”.
Tiene la suficiente confianza y decisión para expresarle su queja.
Tiene la suficiente sinceridad para abrirle la desilusión de su corazón.

Pero además, Marta, a pesar de sus sentimientos de frustración, sigue creyendo en las posibilidades de Jesús:
“Sé que lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”.
En el fondo manifiesta que no ha perdido la esperanza.
Sigue creyendo que Jesús puede cambiar las cosas.
Sigue creyendo que Jesús puede devolverle la vida al hermano.
Es un sufrimiento lógico la muerte del hermano.
Es un sufrimiento lógico su queja de que Jesús no haya hecho nada por Lázaro.
Pero, aún así, no es un sentimiento de desesperación.
Es un sentimiento abierto a la esperanza.
“Se que puedes pedir a Dios que Lázaro vuelva a la vida y que Dios te lo concederá”.
En el fondo, Marta intuye el posible milagro de la resurrección de su hermano.
Marta presiente que no todo está acaba, aunque hayan pasado ya cuatro Dios.
Sigue creyendo en las posibilidades de Dios.
Y sigue creyendo en las posibilidades de la oración de Jesús, “lo que pidas”.

Bello y doloroso modelo de la fe.
Su fe en Jesús está por encima del sufrimiento de la muerte del hermano.
Su fe en Jesús es capaz de creer que la vida puede volver a florecer.
No se deja hundir:
Ni por la desilusión.
Ni por el sentimiento de romper la amistad con Jesús.
Ni por la desilusión de la muerte.
Su corazón sufre, pero no se ha dejado aplastar.
Su corazón sufre, pero su fe es capaz de mantenerlo vivo en la esperanza.

Hermoso ejemplo:
Para cuantos nos vemos desilusionados de Dios.
Para cuantos nos vemos adoloridos de nuestros fracasos.
Para cuantos nos vemos desilusionados de nuestra amistad con Dios.

Es la fortaleza del corazón femenino.
Es la fortaleza de la fe de la mujer en la Iglesia.
Es la fortaleza de la fe que no pierde la esperanza de que la Iglesia volverá a florecer.
Es la fortaleza de seguir creyendo en el poder de la oración.
Es la fortaleza de seguir creyendo que para Dios nada hay imposible, ni la muerte.
Es la fortaleza de no encerrarse en su dolor y sale al encentro de Jesús.
Es la fortaleza de pedir el milagro de la vida.

La Iglesia necesita de ese “genio femenino” que dice el Papa.
La Iglesia necesita de esa presencia femenina para renovarse.
La Iglesia necesita de esa presencia femenina que haga el milagro de una nueva primavera.

Clemente Sobrado cp.

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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 16 a. Semana – Ciclo A

“Jesús propuso esta otra parábola a la gente. “El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de los semillas, cuando crece es más alto que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas”. (Mt 13,31-35)

En Lima celebramos civilmente las Fiestas Patrias. Y religiosamente, la fiesta de nuestra Señora de la paz. Como otras veces nosotros vamos a guiarnos del calendario universal.

Bueno, después que Dios siendo tan grande se hizo tan pequeño, ya nada puede extrañarnos.
Ahora Jesús nos habla de la grandeza de lo pequeño.
Jesús nos habla de que de lo más pequeño, se pueden hacer cosas grandes.
Y que él no ha venido a formar un Imperio, como el Imperio Romano.
Ni tampoco una Nación poderosa que dispone de la bomba atómica.

A Dios le fascina:
lo pequeño que es capaz de transformar a lo grande.
lo pequeño que es capaz de cambiarlo todo.
lo pequeño que es capaz de producir cosas grandes.

Le fascinó una mujer insignificante del pueblo, para hacerla madre de su Hijo.
Le fascinó un pesebre, donde manifestarse al mundo.
Le fascinó un anciano, que lo cogió en sus brazos y lo mostró como luz de las naciones.
Y casi me atrevería a confesar que le fasciné yo, casi descalzo, con pantalón hecho de remiendos, y a quien un día se atrevió a llamar a la vida consagrada pasionista y al Sacerdocio.

Siempre me he preguntado:
¿Por qué a Dios le encanta lo sencillo?
¿Por qué a Dios le encanta lo pequeño?
¿Por qué a Dios le encanta lo que socialmente no significa nada?

El Reino de Dios, no es un Imperio.
Es como una semilla de mostaza, que a decir verdad a penas si se la ve.
La Iglesia de Dios, no es un Poder frente a los demás poderes.
Es como una semilla, llamada a crecer y extenderse por todo el mundo.
A muchos nos gustaría una Iglesia llamativa, esplendorosa.
A muchos posiblemente les encantaría una Jerarquía que se impone por su grandeza y majestad.
¿Sabían que los Cardenales antiguamente llevaban una cola de catorce metros?
Más que una de esas novias de la realeza humana.

A Dios le encanta la levadura.
Un puñadito de levadura capaz de transformar toda una masa de harina.
A Dios le la va mejor una Iglesia pobre, sencilla, sin grandezas.
Sino pequeña, pero con una gran energía transformadora del mundo.
¿Qué tiene de grandeza lo pequeño?
Lo pequeño suele ser siempre semilla de cosas grandes.
Lo pequeño revela mejor el poder de Dios y no nuestro orgullo humano.
Lo pequeño revela la fuerza de la vida.
Todo nace pequeño.
Hasta nosotros nacimos pequeños.
Nacimos de un óvulo fecundado por un espermatozoide que solo se ven al microscopio.
Y que sin embargo de ahí han nacido los grandes hombres.

La Iglesia:
No es grande ni por el número y por sus templos y manifestaciones.
Sino por ser semilla pequeña pero con gran vitalidad.
La misión de la Iglesia es ser “semilla”.
La misión de la Iglesia es sembrar “semillas”.
La misión de la Iglesia es fermento capaz de transformar a la humanidad y al mundo.
La misión de la Iglesia es ser semilla y fermento de evangelio.
La misión de la Iglesia es ser semilla y fermento de Dios.
La misión de la Iglesia es ser semilla y fermento de salvación.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 16 a. Semana – Ciclo A

“Se acercaron los discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas? El les contestó: “A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír entender. ¡Dichosos ustedes porque sus ojos ven y sus oídos oyen!” (Mt 13,10-17)

Los discípulos se hacen la misma pregunta que nos hacemos nosotros.
El estilo de hablar de Jesús resulta extraño.
Porque Jesús no es de los que hace filosofías, ni crea ideologías.
Además, Jesús no es de los que impone sus ideas a nadie.
Ni es de los que hablan para gente entendida.
Jesús habla el lenguaje del pueblo.
Jesús habla el lenguaje de la realidad de la vida del pueblo.
Habla para que todos puedan entender.
Y aún así, mucho oyen pero no escuchan.
Miran pero no ven.

El lenguaje de la parábola:
Es un lenguaje popular.
No es un lenguaje impositivo.
Jesús no quiere imponer sus ideas.
Jesús habla no desde las ideas.
Prefiere hablar desde el lenguaje del pueblo sencillo: semillas, redes, luces, granos, fiesta de bodas, viñas y viñedos y hasta se fija en las higueras.
Nada de lenguaje académico, sino lenguaje de la gente sencilla del pueblo.

Además, las parábolas:
No tienen nada de imposición.
No obligan a que pensemos como él.
Sencillamente deja que cada uno saque su propia conclusión.

Ese es el problema de nuestra predicación:
Nosotros hablamos desde nuestro saber intelectual.
Hablamos de nuestras propias filosofías.
Desde nuestros conocimientos, eso que la gente sencilla no entiende.
Además nuestra predicación tiene mucho de impositivo.
Nuestra predicación tiene mucho de legalismo y moralismo.
Predicamos demasiado de lo que los otros “tiene que hacer”.
Predicamos demasiado de lo que los otros “tienen que saber”.

Jesús, por el contrario:
Habla mediante parábolas para que todos puedan entender.
No impone ninguna exigencia imperativa.
No hace moralismo.
Deja que cada uno escuche con su corazón.
Deja que cada uno saque sus propias consecuencias.
Deja que cada uno aprenda a ver lo que hay detrás.
Deja que cada uno aprenda a ver lo que Dios lo quiere decir.
Eso es lo maravilloso de la parábola.
Dejar que cada uno saque sus propias consecuencias.
Dejar que cada uno saque sus propias conclusiones.

Frente a la parábola:
Se expresa la libertad de cada uno.
Se manifiesta la conclusión de cada uno.
Que cada uno se sienta libre.
Que la Buena Noticia no sea una imposición.
Sino un encuentro y un descubrimiento de cada uno.
Además, Jesús pone de manifiesto, que la Buena Noticia es para todos.
Y no solo para los intelectuales e instruidos.
Sino para la gente sencilla del pueblo.
La parábola es un símil que no descubre toda la verdad.
La parábola es el medio para que cada uno llegue a la verdad.

A los discípulos les muestra la verdad al desnudo.
Al resto deja que la vayan descubriendo.
A los discípulos les exige ciertas exigencias.
Al resto deja que cada uno vaya descubriendo lo que él espera.

Francamente no me siento cómodo cuando predico.
Me siento como sentado en la cátedra que impongo mi modo de pensar.
Me gustaría más hablar como Jesús en parábolas y que cada uno libremente saque sus propias conclusiones.
Por eso, muchos oyen pero no escuchan.
Muchos miran pero no ven.
Mientras otros oyen y escuchan, miran y ven.
Es la suerte de toda parábola.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 16 a. Semana – Ciclo A

“Salió el sembrador a sembrar, al sembrar, unas semillas cayeron al borde del camino; vinieron los pájaros y se las comieron. Otras en terreno pedregoso, donde apenas tenían tierra, y, como la tierra no eras profunda, brotaron enseguida; pero en cuanto salió el sol, se marchitaron y por falta de raíz se secaron. Otras cayeron entre espinos, que crecieron y las ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio fruto; unas ciento; otras sesenta; otras treinta. ¡El que tenga oídos que oiga!” (Mt 13,1-9)

¿Cuántas veces hemos cantado en la Eucaristía, la canción del sembrador?
Posiblemente hemos dicho palabras, pero ¿hemos ahondado en ellas? No estaría mal volviésemos a prestarle atención:

– Una mañana el sembrador
salió a los campos para sembrar.
Una mañana el sembrador,
sembró en mi vida su bondad.
CADA MAÑANA EL SEMBRADOR,
SEMBRANDO ESTÁ EN MI CORAZÓN,
CADA MAÑANA EL SEMBRADOR,
ESPERA EL TRIGO DE MI AMOR.
– Una mañana el sembrador
sembró el camino y el pedregal.
Una mañana el sembrador
no pudo entrar en mi heredad.
– Una mañana el sembrador
en tierra buena quiso sembrar.
Una mañana el sembrador
tan sólo espinas pudo hallar.
– Una mañana el sembrador
en cada grano cien quiere hallar.
Una mañana el sembrador
sembró en mi vida con afán.

“Cada mañana”, Cesáreo Gabaráin.

Tres historias en una historia:
La historia de Dios sembrando el Evangelio en nuestros corazones.
La historia de la distinta tierra de nuestros corazones.
La historia de semillas que se perdieron y de semillas que dieron fruto abundante.
Total: historia de Dios, sembrador y semilla a la vez..

La historia de Dios es la historia del sembrador y es la historia de Dios hecho semilla.
Y es la historia de Dios que encuentra distintas respuestas, porque encuentra distintos corazones.
Es la historia de Dios que, en su generosa abundancia, lo quiere sembrar todo.
Incluso allí donde sabe que no va a florecer.

Dios es la historia de la abundancia generosa.
Dios es la historia del rechazo y la aceptación.
Dios es la historia de los corazones que se cierran.
Dios es la historia de los corazones que se abren generosos.

A Dios no le duele que muchas semillas se pierdan.
A Dios no le duele que muchos corazones le rechacen.
A Dios no le duele que muchos corazones prefieran las zarzas que todo lo ahogan.
Dios se siente feliz:
Por aquellas semillas que no dieron fruto, pero le queda la alegría de habernos dado la oportunidad.
Por aquellas semillas que encuentran tierra buena.
Por aquellas semillas que fructifican de manera distinta.
Quisiera que todas fructificasen al ciento por uno.
Pero se contenta aún con aquellas que solo han fructificado al treinta por ciento.
Una sola semilla que ha dado fruto ya es una alegría para Dios.

El problema no es el sembrador.
Tampoco de la semilla.
El problema es la tierra.
El problema no es Dios que no nos da oportunidades.
El problema somos nosotros que no sabemos aprovecharlas.
El problema de la santidad no es problema de Dios.
El problema la respuesta que nosotros damos a la gracia.
El problema no es el Evangelio.
El problemas somos nosotros que oído le prestamos como Palabra de Dios.

Pero sí tendremos que examinar:
Qué tipo de tierra somos.
¿seremos camino endurecido donde otros se comen la semilla?
¿seremos un corazón superficial y sin profundidad donde el Evangelio no echa raíces?
¿seremos un corazón limpio, generoso, abierto a las semillas que cada día siembra en él?
Hay semilla para todos.
¿Habrá respuesta de todos?
Y los que respondemos ¿por qué respondemos de manera diferente?
La semilla sembrada por Dios es semilla de santidad.
¿Por qué unos somos vulgares mientras otros son santos?
No le preguntemos a Dios, sino a nosotros mismos.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Santiago Apóstol

“Se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Le dijo: “¿Qué quieres?” Ella contestó; “Manda que estos dos hijos míos, se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu Reino”. Jesús replicó; “No saben lo que piden, ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber?” Le contestaron: “Sí, podemos”. (Mt 20,20-28)

Hoy celebramos la liturgia de Santiago Apóstol.
Entre la historia y la leyenda han creado los famosos “Caminos de Santiago”, que aún hoy siguen siendo camino de peregrinos, caminos de quienes, entre el turismo y el espíritu busca algo que dé sentido a sus vidas.

Santiago forma parte de ese pequeño grupo más íntimo de Jesús.
Sin embargo, como el resto de los discípulos encuentra demasiadas dificultades para entrar en la mentalidad de Jesús y del Reino.

Mientras Jesús les va hablando de su final en la Cruz, ellos siguen pensando todavía en los puestos de poder.
Mateo es más delicado y hace que sea la madre y no ellos, quienes piden a Jesús los primeros lugares en el Reino.
Jesús está hablando de entregar su vida por los demás.
Mientras ellos siguen pensando en la supremacía dentro del grupo.
Cosa que, de alguna manera, despierta la conciencia de que también el resto sigue con la misma mentalidad, pues “los otros diez se indignaron contra los dos hermanos”.

Es el problema del ansia de poder y prestigio.
Crea malestar en el resto.
Crea división en el grupo.
Es el gran problema de todos los tiempos.
Y Jesús lo dice sin pelos en la lengua:
“Ustedes saben que los jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes, y el que quiera ser primero entre ustedes, que se haga su esclavo. Igual que el Hijo del hombre, no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescata por muchos”.

Todos tenemos vocación de jefes.
Todos tenemos vocación de ser los primeros.
Todos tenemos vocación de ser los que estamos más arriba.
Y los de arriba no son precisamente los que “sirven” sino los que “oprimen con su poder”.

Jesús nunca se presentó como el primero y jefe.
Jesús se presentó como el que sirve.
Pero esa lección no es fácil de aprender.
Fue necesario pasar por la experiencia de la Cruz.
Fue necesario pasar por la experiencia de ser el servidor de todos.

Santiago aprendió la lección después de la muerte y resurrección de Jesús.
Y resulta curioso que unos quince años, es decir hacia el año 43 o 44, Herodes Agripa ordenó decapitar a Santiago.
Quien vivió de la ilusión de la primacía en el Reino, termina siendo el primero en entregar su vida por el Reino.
Pero antes, fue necesario pasar por la noche de la Pasión y el amanecer de la Pascua.

Jesús no acepta las recomendaciones, ni siquiera de una madre.
Jesús los ha llamado para que “le sigan”.
Y seguirle a Jesús significa pasar por el camino de Jesús.
Y el camino de Jesús no fue otro que el camino de la Cruz.
Santiago fue el primero.
Pero el primero en correr la misma suerte de Jesús.
No desde los grandes que “oprimen” sino desde los que sirven “dando y entregando su vida”.

En el seguimiento de Jesús no valen las recomendaciones.
En el seguimiento de Jesús lo único que vale es la fidelidad de seguirle hasta el final.
En el seguimiento de Jesús lo único que vale es el “bautismo de la muerte en la cruz”.
Y Santiago, muy a pesar de los deseos y aspiraciones de la madre, será el primero en dar su vida por el Reino.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 16 a. Semana – Ciclo A

Haz click aquí: http://bit.ly/homilias y escucha la homilía dominical.

“Algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús: “Maestro, queremos ver un signo tuyo”. El les contestó: “Esta generación perversa y adúltera exige un signo: pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo; pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra”. (Mt 12,38-42)

A los hombres les pedimos razones para creerles.
A Dios le pedimos señales, signos o milagros.
Parece que nos cuesta creer a las personas.
Necesitamos tener razones.
Nos cuesta creer en Jesús.
Le exigimos milagros o señales o signos, como quien llamarles.

Diera la impresión que no creemos tanto en Dios como persona.
Sino que también él tiene que justificarse ante nosotros.
No le creemos a Jesús como persona.
Sino que le exigimos señales que le acrediten.

El Evangelio está lleno de signos.
Pero nos cuesta creer en ellos.
Le exigimos signos y señales que a nosotros nos convenzan.
“No hay peor sordo que el que no quiere oír”.
“Ni peor ciego que el que no quiere ver”.
Nos cuesta creer a los signos con los que Dios se revela y manifiesta.
Le exigimos aquellos signos que a nosotros nos interesan.

Y ese no parece ser el camino de la fe.
Ni el camino para conocer a Jesús.
El verdadero camino de la fe es Jesús mismo.
El verdadero camino de la fe es la persona misma de Jesús.
Porque Jesús es el signo que Dios nos ha enviado.
Es como si nosotros creyésemos más a las ideas que a las personas.
Es como si nosotros creyésemos más a lo que nosotros pensamos que a lo que piensa Dios.

Jesús ha hecho ya demasiados signos.
Sin embargo el ciego o el que no quiere ver no los reconoce.
El gran signo o señal de Dios no son las ideas.
El gran signo o señal de Dios es una persona.
El gran signo o señal de Dios es su propio Hijo.
Y el Hijo se revelará en plenitud en su Muerte y Resurrección.

Por eso creer:
No es creer en las ideas.
No es creer en las ideologías.
No es creer en las filosofías.
El objeto de nuestra fe es la persona misma del Jesús.
Y este “Muerto y Resucitado”.
Pablo dirá: “Si Jesús no resucitó, vana será nuestra fe”.
Y añadirá: “Yo no quiero saber otra cosa que Cristo y este Crucificado”.
La Cruz que pareciera la negación de la divinidad de Jesús, termina siendo la gran revelación del Padre y de él como Hijo.

Una cruz y una muerte:
Que estarán ratificadas por la resurrección.
Por eso mismo, Jesús les dice, que no se les dará otro signo que el de “Jonás que vivió tres días en el vientre del cetáceo”.
Pablo lo dirá en el primer Credo del cristiano:
“Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mí vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día según las Escrituras, que se apreció a Cefas y luego a los Doce… y en último término se me apreció a mí, como a un abortivo” (1 Co 15,3-8)

Nuestra fe no depende de las señales que nosotros quisiéramos.
Nuestra fe depende de la Muerte y Resurrección de Jesús.
Y que nosotros confesamos cuando celebramos la Eucaristía: “Este es el sacramento de nuestra fe. Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección”.

No le pidamos razones a Dios para creer en él.
Más bien será El quien nos pide razones de la falta de nuestra fe.
No pidamos las razones que a nosotros nos conviene.
Aceptemos las razones que El nos da: “amarnos hasta dar su vida por nosotros y resucitar por nosotros”.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 16 – Ciclo A

“El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los trabajadores a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” ¿Quieres que vayamos a arrancarla?” “No, porque, al arrancar la cizaña, podrían arrancar también el trigo. Déjenlas crecer juntas, hasta la cosecha”. (Mt 13,24-30)

Empezaron a arrancar la espigas y a comérselas

En el Credo, todos recitamos “creo en la Iglesia una, santa”.
Pero también recitamos “creo en el perdón de los pecados”.
Santidad y pecado no se conllevan.
Y sin embargo crecen juntos.
Tienen origen distinto:
La santidad es la semilla sembrada por Dios.
El pecado es sembrado por el enemigo.
Es la triste realidad de la Iglesia, como también del corazón humano.
San Pablo tiene experiencia de ello: “Sé lo que debo hacer y hago lo contrario”.

Es la realidad del bien y del mal.
Ambos tienen origen diferente.
Pero ambos conviven en la misma tierra.
Todos llevamos la gracia en nuestro corazón.
Pero todos somos víctimas del pecado.
Es el eterno misterio del bien y del mal.
Es el eterno misterio de esa lucha que todos llevamos dentro.
Es el eterno misterio de la Iglesia:
Iglesia santa.
Pero Iglesia que necesita del perdón.
Iglesia donde el bien y el mal crecen juntos.
Iglesia donde santos y pecadores se encuentran cada día.

Dos reflexiones que se nos imponen:
Dios es el sembrador del bien.
El mal no procede de Dios.
Por eso es falso cuando decimos ¿por qué Dios me envía esto o lo otro?
Somos demasiados los que culpamos a Dios de lo malo que nos sucede.
Somos demasiados los que culpamos a Dios de lo malo que sufrimos.
¿Por qué me sucede esto, si yo soy gente de bien?
¿Por qué Dios me envía tales desgracias?

Y nos olvidamos de las verdaderas causas.
Nos olvidamos que el egoísmo es causa de muchos de nuestros sufrimientos.
Nos olvidamos de que no tenemos trabajo porque otros quieren ganar más.
Nos olvidamos de que alguien nos ha calumniado por su corazón podrido.
Nos olvidamos de que alguien nos ha robado el pan que es nuestro, por ganarse alguito más.

Nuestra reacción es la de cuestionar el por qué del mal.
Y nuestra tentación es:
la de arrancar el mal o la cizaña que hay en la Iglesia.
la de una Iglesia solo de santos.
la de una Iglesia que excluya y eche fuera a los malos.

Y nos olvidamos:
Que no somos nosotros quienes debemos juzgar a los malos.
Que no somos nosotros quienes debemos arrancar a los malos.
Que no somos nosotros quienes hemos de hacer la selección.
Eso le corresponde a Dios.
Pero cuando llegue el tiempo de la cosecha.
Cuando llegue el tiempo final de la selección.
Que los que hoy son malos, mañana pueden ser buenos.
Podemos arrancar también el trigo”.

A nosotros lo único que nos corresponde es:
No dormirnos, mientras otros están despiertos.
No dormirnos, mientras otros siembran el mal.
No dormirnos, mientras otros siembran cizaña.
Está bien que nos duela ver el trigo con la cizaña en la Iglesia.
Pero peor está el que dejemos que otros siembren cizaña mientras dormimos.
Pero peor está el que nos escandalicemos de una Iglesia donde gracia y pecado son parte de nuestra realidad.
Peor está el que los buenos nos echemos a dormir y luego nos llevemos el susto de lo malo que nos rodea.

Más que pensar en arrancar la cizaña, mejor si estamos despiertos y atentos a cuidar nuestro trigo.
La Iglesia es santa.
Pero también en ella existe el pecado.
¿Por qué en vez de escandalizarnos de la cizaña en la Iglesia, no nos preguntamos por qué nosotros nos echamos a dormir?
Que el pecado en la Iglesia se debe al enemigo que lo siembra.
Pero también a los buenos que nos dormimos tranquilamente.
En vez de pensar en excluir a los malos, mejor nos preocupamos de vivir atentos y despiertos.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Santa María Magdalena

“Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó u vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntaron: “Mujer ¿por qué lloras? Da media vueltas y ve a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: Mujer ¿por qué lloras? ¿a quién buscas? Jesús le dice: “¡María!” Ella se vuelve y la dice: “¡Maestro!” (Jn 20,11-18)

Santa María Magdalena

El corazón femenino tiene sus intuiciones.
No ve nada, pero sigue buscando.
Es capaz de ver hortelanos y descubrir en ellos a Jesús.
La Magdalena tiene un corazón enamorado de Jesús.
Tiene un corazón que no se resigna a vivir sin Jesús.
Es consciente de cuánto le debe.
Es consciente de dónde la sacó.
Y su corazón no puede olvidar lo que Jesús ha hacho en ella.
No tiene miedo a la oscuridad y acude de madrugada al sepulcro.

Por algo el Papa Francisco nos dice que la Iglesia:
No puede prescindir de “genio femenino”.
La Iglesia necesita de la mujer.
Es la mujer el primer testigo de que Jesús está vivo.
No se queda mirando el sepulcro vacío.
Se dedica a buscarlo.

“Mujer, ¿por qué lloras?”
Cuando el corazón siente el vacío lo expresa en lágrimas.
Cuando el corazón siente el vacío de Jesús lo expresa en ternura.
No importa que esté muerto.
No importa lo hayan robado.
El sigue vivo en su corazón.
Llora la ausencia, porque el corazón sin El se convierte en sepulcro vacío.

Hay demasiadas lágrimas junto a los sepulcros.
Hay demasiadas lágrimas junto a los sepulcros cerrados de los cementerios.
Tal vez porque:
Aún no hemos descubierto que los sepulcros estás vacíos.
Aún no hemos creído de verdad que nuestros seres queridos tampoco están allí.
Aún no hemos creído que nuestros seres queridos también siguen vivos.
Aun no hemos descubierto que la semilla de vida que llevamos dentro, ya ha brotado en nueva vida.
No pueden ser lágrimas de desesperación.
No pueden ser lágrimas de desesperanza.
Aunque también entendemos que cuando los ojos no ven, el corazón llora.
Cuando los ojos no ven nada, el corazón se llena de vacío.

La primera señal de que ha resucitado:
Es encontrarse con El.
Es sentir que Jesús pronuncia nuestro nombre.
María volvió a la vida cuando sintió que Jesús decía su nombre.
“María”.
Recién entonces se le abren los ojos.
Recién entonces comienza a latir el corazón.
Recién entonces comienza ella a vivir.
Recién entonces comienza a ser ella misma.

Y será ella la primera en llevar la noticia a los hermanos.
“Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y vuestro”.
La verdadera alegría pascual se expresa:
Cuando nos sentimos llamados por nuestro nombre.
Cuando Jesús mismo dice nuestro nombre.
Cuando Jesús mismo nos hace testigos de la novedad de la Pascua.

No entenderemos la Pascua porque nos lo contaron.
No entenderemos la Pascua porque nos lo han dicho.
La Pascua es un encuentro.
La Pascua es sentir que el Resucitado dice nuestro nombre.
La Pascua es cuando nos hacemos sus testigos.
La Pascua es cuando regresamos a los hermanos.
La Pascua es cuando somos portadores de la buena noticia.
La Pascua es cuando somos capaces de llevar la alegría a los que están tristes.
La Pascua es cuando en vez de quedarnos a la puerta del sepulcro buscamos entre las flores del jardín.
En el primer jardín fue Dios que buscaba al hombre y decía su nombre: “Adán, ¿dónde estás?”
En el segundo jardín es una mujer que busca a Dios y se siente llamada por él.

Clemente Sobrado cp.