Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Domingo 5 º – Ciclo B

“Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? Padre, líbrame de esta hora. Pero, si para esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre”. Lo he glorificado y volveré a glorificarlo” (Jn 12,20-33)

En este quinto domingo de cuaresma Jesús nos habla de su enfrentamiento con la muerte que ya parece inminente.
La interpreta a la luz del grano que muere para dar fruto.
La interpreta como glorificación del Padre.
La interpreta como glorificación del Hijo.
Y la interpreta como el lugar a donde todos tenemos una cita, porque es en ella donde atraerá a todos hacia él.

No pide al Padre que le evite ese trago amargo de la Cruz.
Al contrario, reconoce que ese es su destino y que para eso ha venido.
Y que es precisamente convirtiéndose en grano que el Espíritu podrá recolectar la cosecha.

Todos vemos el morir como el desaparecer.
Jesús lo ve como una manera de triunfar sobre la misma muerte.
No es que Jesús ame el morir.
Pero ilumina ese momento, dándole sentido.
Mira a la muerte por detrás.
Mira a la muerte por su reverso.
Mira a la muerte por los valores que encierra.

Y ahora la pregunta que todos estamos llamados a hacernos es: ¿Y nosotros estamos dispuestos a morir? Como Jesús, ¿nos atrevemos a ser grano que muere para que demos nuestro verdadero fruto, y glorifiquemos al Padre y seamos glorificados por él?

Atrévete hoy a morir. Atrévete a renunciar a ti mismo para preocuparte de los demás. Nadie celebrará ni llorará esa tu muerte. Pero no deja de ser muerte. Bueno, es una muerte que en realidad te da más vida. Para seguir a Jesús, los mejores son aquellos que “se niegan a sí mismos”.

Atrévete hoy a morir. Muy fácil. Cuando en casa te acusen de todo, te hagan responsable de todo. Porque tú fuiste el causante de esto y lo otro. Tú calla. No respondas. Sí, ya sé que tus hígados te arderán… es que la muerte siempre quema por dentro, cuando a Jesús le acusaron, el Evangelio dice que “Él callaba”. El silencio también es muerte.

Atrévete hoy a morir. Si te acusan, si sientes que hablan mal de ti, que murmuran de ti. No hagas caso. No te defiendas. ¿Que tú tienes la razón? ¿Y crees que Cristo no tenía razón cuando le acusaban? Pero no se defendió. Prefirió callarse. Deja que sea tu vida tu mejor defensa.

Atrévete hoy a morir. Olvídate de tus intereses y dedícate a satisfacer las preocupaciones de los demás. El tiempo que inviertes dedicándoselo a los demás, es tu mejor inversión. Duele dejar lo tuyo por los demás. Pero eso te hace revivir por dentro.

Atrévete hoy a morir. Hoy decídete a ser tú mismo, aunque te traiga consecuencias con los amigos. Decídete a ser coherente contigo mismo, aunque todos te digan que no sabes vivir la vida. Decídete a ser fiel, por más que te digan que “no sabes lo que te pierdes”…. También los amigos te van ayudando a morir a poquitos, esa muerte lenta y dolorosa.

Atrévete hoy a morir. Es muy simple. Di la verdad, aunque te traiga complicaciones. Di la verdad, aunque te descubran culpable. Di la verdad, aunque con ello dejes de ganar más dinero. Habrás muerto por la verdad en vez de vivir con la mentira metida dentro de ti. Tu vida ya perdería mucho de vida….

Atrévete hoy a morir. No elijas ni escojas tu muerte. Acepta la que te toca. Acepta el sufrimiento tal y como viene. Acepta la enfermedad tal y como viene. Si te duele el pie, no prefieras que sea la mano. No escojas tus sufrimientos. Te son suficientes los de turno. Quien hace selección en los sufrimientos termina eligiendo los peores.

No busques muertes espectaculares. Conténtate con esas muertes vulgares de cada día, pero que duelen como todas las muertes.
Sólo lo que muere resucita y da nueva vida.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Sábado de la 4 a. Semana – Ciclo B

“Los guardias respondieron: “Jamás ha hablado nadie como ese hombre”. Los fariseos les replicaron: “¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la Ley son unos malditos”. (Jn 7,40-53)

Jesús sigue siendo una señal de contradicción.
Para unos es un santo. “Este es de verdad el profeta”.
Para otros es un engañabobos: “¿Es que de Galilea puede venir el Mesías?”
Para otros es un maldito: “¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él?”

Dios sigue siendo un problema para el hombre. Por eso mismo, buscamos tantas razones y motivos para no creer en él.
No buscamos razones para creer, pero sí para no creer.
No aceptamos las razones que nos inducen a creer, pero buscamos motivos que justifiquen nuestra incredulidad.

Pero el verdadero problema no está en la base, sino en la cúpula.
En la base reconocen que en Jesús hay algo que no encuentran en ningún otro.
En la base hasta los guardias del Templo se sienten sorprendidos: “Jamás nadie ha hablado como ese hombre”.
Pero en la cúpula están los “jefes y fariseos”.
Ellos tienen las cosas muy claras, Jesús no pasa de un simple embaucador.
Ellos tienen las ideas muy claras: “Jesús no cumple con la Ley”.
Y quienes viven de la ley la tienen imposible creer en quien vive libre de la Ley y vive del amor. “¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él”.

Cuanto más arriba se está:
es más difícil abrirse a la sencillez de la verdad.
es más difícil abrirse a la verdad de los de abajo.
es más difícil aceptar que uno puede estar equivocado.
es más difícil abrir el corazón al cambio.
es más difícil reconocer los propios errores.

Es que cuando se está arriba nos convertimos en hombres de la ley.
Y cuando nos hacemos hombres de la ley, preferimos la esclavitud de la ley a la libertad del amor.
Porque cuando se está arriba rehuimos cualquier cambio que pueda poner en peligro nuestra dignidad y prestigio.
Además de vivir esclavos de la ley, es el modo más fácil de esclavizar a los de abajo.
Prestigio, tener, poder:
Nos hacen sentirnos dueños de la verdad.
Nos hacen sentirnos impermeables a la verdad que no venga de nosotros mismos.

Tenemos la idea de que estar en las alturas es como una especie de carné de la verdad, de autenticidad, de infalibilidad.
¿Un simple nombramiento nos otorga la infalibilidad?
¿Un simple nombramiento nos hace dueños de la verdad?
¿Un simple nombramiento nos da derecho a impedir que otros piensen?
¿Un simple nombramiento nos da derecho a pensar por los demás o a imponer nuestro modo de pensar?

Mientras la gente del pueblo siente que algo nuevo se vislumbra en el horizonte: “ningún jefe creyó en él”, los simples guardias se sienten conmovidos: “ningún jefe creyó en él”.
Por eso, lo más fácil para los que están arriba es “condenar a los de abajo”: “Esa gente que no entiende de la Ley son unos malditos”.
En este caminar cuaresmal todos tendremos que cuestionarnos en nuestra relación con Jesús y con los que no piensan como nosotros.
En este caminar cuaresmal también los de arriba tendrán que examinarse si ellos creen de verdad en el Evangelio o siguen también ellos esclavos de la ley.
Los de abajo no somos infalibles, pero ¿lo serán siempre los que están arriba en la cima?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Viernes de la 4 a. Semana – Ciclo B

“Recorría Jesús la Galilea, pues no quería andar por Judea porque lo judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de la tiendas. Después que sus parientes marcharon a la fiesta, entonces subió también él, no abiertamente, sino a escondidas. Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron: “¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente y no le dicen nada”. (Jn 7,1-2.10.25-30)

Ser valiente no significa ser imprudente.
Jesús es consciente del riesgo que corre en Judea.
Y decide irse a Galilea, tierra de gente sencilla y agrícola.

Llega la fiesta de las tiendas.
Fiesta de acción de gracias por la cosecha de la vendimia.
Todos suben a Jerusalén.
Jesús espera. No quiere llamar la atención.
Por eso sube media a escondidas.
No quiere armar alboroto ni provocación.
Tampoco quiere perderse la ocasión para anunciar el Reino a esta gente del campo.

Las cosas hay que hacerlas.
Las cosas hay que decirlas.
Pero no tenemos por qué hacerlo gritando.
Las verdades también se pueden comunicar sin sacar mucho ruido.
El ruido siempre quiere llamar la atención sobre uno mismo.
Jesús sube medio a escondidas, sin alborotar a la gente.

Con frecuencia no es lo que hacemos lo que llama la atención sino el modo como lo hacemos.
No hace falta organizar grandes manifestaciones.
Los caminos también se pueden hacer en silencio consigo mismo.
Sin dar sensación de grandes mítines.
Lo que importa es hacer lo que se tiene que hacer, pero cuidando los modos.

Pero llegado el momento:
Jesús cumple con su misión.
Cuando hay que hablar lo hace abiertamente.
Tampoco hemos de esconder la verdad.
Tampoco hemos de anunciar el Evangelio a escondidas.
Y por eso Jesús, llegado al templo, habla abiertamente.
La misma gente se extraña, pues sabe el peligro que corre.
Y hasta llegan a sospechar que los jefes se hayan convencido.
Una cosa es el triunfalismo y otra callar.
Jesús no vino para callar sino para hablar, anunciar, proclamar.
Es consciente del peligro que corre, pero no por eso va a callar.

Una buena lección para cuantos creemos en el Evangelio.
Tampoco hoy es fácil evangelizar en ciertos ambientes.
También hoy se corren riesgos y peligros hablando públicamente.
Más que aplausos es posible nos esperen silbidos.
Más que aplausos es posible nos esperen ataques.
Y en muchos sitios hasta es posible que pongamos la vida en peligro.

El anuncio del Evangelio exige prudencia.
Pero no cobardía y miedo.
Es posible que no nos escuchen.
Pero no por eso tenemos que callarnos.
Es posible que a muchos les fastidie.
Pero el Evangelio no es para adular a los demás.
Que perdemos amigos, pues nos ganaremos otros.
Que nos acusan de retrógrados, pero la verdad se impone por sí misma.
Que dicen que la Iglesia mejor se calla.
Pero una Iglesia en silencio traicionaría su misión.

A veces nos escucharán a gusto.
Otras nos escucharán con fastidio.
Es que, decir la verdad siempre es un riesgo para quienes no quieren abrir sus oídos.
Cristianos prudentes, sí. Pero cristianos decididos.
Prudentes, sí. Pero miedosos y cobardes, no.
Prudentes, sí. Pero capaces de afrontar el riesgo y el peligro.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: 19 de marzo – San José

“María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla… “José no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”.
(Mt 1,16.18-21.24)

Como una especie de oasis en el desierto de la Cuaresma, aparece la figura de José.
El hombre del silencio. No tenemos ni una sola palabra suya.
El hombre de una gran nobleza de corazón.
El hombre que, en el silencio de la fe, acepta el misterio que no entiende.

José el hombre del silencio.
Nosotros hablamos mucho y decimos poco.
Nosotros hablamos mucho y nuestras vidas hablan poco.
Somos palabras. Como comentaba un amigo mío sobre un predicador: “Naufragio de ideas en un mar de palabras”.
Carecemos de ese silencio que escucha.
Cuando callamos y hacemos silencio en nosotros comenzamos a escucharnos a nosotros mismos y a Dios que habla silenciosamente “en sueños”.

Los caminos del silencio de Dios:
Uno se pregunta si María también guardó silencio y no le dijo nada a José, a la espera de que el mismo Dios que crecía en sus entrañas se hiciese palabra también en el silencio.
¿No sería porque ella estaba segura de que también José tuviese su propia anunciación?
¿Y que también José tuviese que dar “su sí” a Dios en el misterio de lo desconocido?

La nobleza de un corazón:
Nada de escándalos.
Nada de alborotos y problemas.
También él vive ese silencio respetuoso y misterioso.
¿Por qué dejarla en mal lugar ante el resto de vecinos?
Cumplir la ley, sí, pero en secreto, sin publicidad alguna.

Bella imagen para cuantos:
Nos encanta el escándalo.
Nos encanta sacar ruido con la noticia.
Nos encanta la crítica, el desprestigio y la publicidad.
Nos encanta el escándalo, por encima del respeto a la dignidad de las personas.

El hombre que cree sin ver:
También José tiene su anunciación en un momento sumamente doloroso.
Como María tampoco él pudo entender lo que estaba sucediendo.
Pero, allí estaba la palabra de Dios.
Una palabra aceptada sin comprenderla.
Una que le devuelve la paz “haciendo lo que Dios le había dicho por el ángel”.
¿De qué hablarían luego María y José, al ver descubierto el misterio de la encarnación?
Es posible que los dos siguiesen guardando en silencio el misterio.
Es posible que los dos renovasen el “hágase en nosotros según tu palabra”.

No pretendamos comprender los caminos de Dios.
No pidamos explicaciones a Dios.
No pidamos “porqués” a Dios.
A Dios se le cree por lo que nos dice.
A Dios le damos la confianza de nuestro corazón.
Nuestras vidas están llenas de preguntas.
Sólo Dios tiene respuestas.
Dios nos pide cosas que, hasta pueden parecer absurdas.
José no pidió explicaciones a Dios. Obedeció.
Más entiende el corazón en silencio, que la mente alborotada de teologías.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Miércoles de la 4 a. Semana – Ciclo B

“Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo. Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo; porque no sólo abolía el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios. Jesús tomó la palabra y les dijo: “Os aseguro: El Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre”. (Jn 5,17-30)

Jesús se define a sí mismo en relación con el Padre, tanto el ser como en el obrar.
“no puedo hacer otra cosa que lo que veo hacer al Padre”.
“el Padre sigue actuando y yo también actúo”.

En la vida lo peor que nos puede suceder es carecer de un punto de referencia.
Es como un navegante sin brújula.
Es como una dar vueltas y más vueltas sin tener un rumbo a donde ir.

Para Jesús hay un modelo de vida.
Es la vida del Padre.
Es el hacer y actuar del Padre.
Y lo bueno es que Jesús no nos ofrece un Padre tumbado en la poltrona no haciendo nada.
El Dios de Jesús no es un Dios vago que se pasa la vida “matando el tiempo”.
Es un Dios dinámico, un Dios que “sigue actuando”.
El Dios de Jesús no es un Dios que hizo la creación y al hombre y los echó a la calle.
Es el Dios que sigue actuando en la creación nunca terminada.
Es el Dios que sigue actuando en el hombre, porque tampoco el hombre está terminado.
Y Dios sigue trabajando en el hombre para que éste logre día a día su plenitud.

De alguna manera, se nos está diciendo que no caminamos solos, sino que Dios y Jesús con él, siguen caminando a nuestro lado marcando y abriendo caminos.
No somos nosotros los que nos estamos haciendo, sino que es Dios y es Jesús, quienes cada día están haciendo su obra en nosotros.
Cada uno somos obra de nuestro esfuerzo.
Pero cada uno somos obra de Dios en nosotros.
Cada uno es el artífice y el artista de nuestras vidas.
Pero los verdaderos artistas que día a día van modelando nuestras vidas, aún sin percibirlo nosotros, son Dios y Jesús.

Todos admiramos las obras de los grandes artistas.
¡Y cuánto admiramos esa obra de arte de Dios que somos cada uno de nosotros!
Además, los artistas terminada su obra, la firman, la venden a los museos.
Es de ellos, pero ya es propiedad de los grandes museos.
En cambio Dios nunca da por terminada la obra en nosotros.
Nunca le pone la fecha de terminada.
Por eso tampoco la pone en venta.
Tampoco pasamos a ser obras de museos.
Lo maravilloso de ser hombre y mujer es que cada día estamos siendo.
Aquí sí vale aquel principio de la filosofía existencia: “estamos siempre den devenir”.
Siempre incompletos y siempre en camino de plenitud.
Dios terminará su obra en nosotros el día que lleguemos a ser como su hijo Jesús, a cuya imagen nos soñó, nos pensó y nos va haciendo en cada momento.

Somos obras de Dios.
Y Dios sigue moldeando cada día, y en cada etapa de nuestras vidas, la obra que un día inició.
Primero se ensució las manos con el barro del que nos sacó.
Luego nos regaló el soplo de la vida, para hacernos vivientes.
Luego nos regaló al otro artista invisible que se llama Espíritu Santo.

No somos tanto fruto de nuestro esfuerzo, sino del cariño y la ternura de Dios que nos va modelando cada día.
Dios no descansa en nuestras vidas.
Jesús, continuador de la obra del Padre, tampoco descansa.
Dios y Jesús trabajan no las ocho horas legales, sino las veinticuatro horas del día.
Y el caso es que Jesús no puede hacer otra cosa.
Lo único que sabe hacer en nosotros es lo que ha aprendido del Padre.
Amarnos, salvarnos, revelarnos el amor del Padre.
Y continuar los sueños de Dios en cada uno de nosotros.
Continuar la obra de Dios en ti y en mí.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Martes de la 4 a. Semana – Ciclo B

“Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús al verlo echado, y sabiendo que ya lleva mucho tiempo, le dice: “¿Quieres quedar sano?” El enfermo le contestó: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; para cuando llegó yo, otro se me ha adelantado”. Jesús le dice: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar. Y al momento el hombre quedó sano, tomó la camilla y echó a andar. Aquel día era sábado y los judíos dijeron al hombre: “Hoy es sábado y no se puede llevar la Camilla”. (Jn 5,1-3.5-6)

En el Evangelio, los enfermos:
Son la gran revelación de la sensibilidad de Jesús.
Son la gran revelación de la fuerza del Reino.
Son la gran revelación de cómo ve Dios al hombre.
Son la ocasión de demostrar ciertos absurdos de la religión.
Son la ocasión de cambiar la religión de la Ley por la del amor.
Son la ocasión para manifestar el camino de dar culto verdadero a Dios.

Treinta y ocho años:
Paralítico tumbado sobre su camilla.
Abandonado sin encontrar una mano que se acerque para levantarse.
¡Cuánta gente habría pasado a su lado!
¡Y ni uno solo se fijó en él!
¡Y ni uno solo se hizo prójimo ni lo vio como prójimo!
Treinta y ocho años sin interesar a nadie.
Una vida rodeada de gente y sin tener a nadie.

No tengo a nadie.
Es triste estar paralítico.
¿No será más triste decir “No tengo a nadie”?
Es triste estar tumbado sin poder valerse a sí mismo.
¿No será más triste “no contar con nadie”?
¿No será más triste sentir que eso es lo que manda la religión?

¿Qué idea pudo hacerse este hombre de la religión?
Jesús lo cura y lo pone en pie y lo echa andar.
Pero es sábado y recibe la reprimenda de los responsables religiosos.
La alegría de la salud comenzaba a iluminar su vida.
Y de inmediato se le nubla y congela en el corazón.
Se siente acusado en nombre de Dios por cargar la camilla que le sirvió de cama tantos años.
Por lo demás, tampoco conoce todavía a Jesús a quien acudir.
Pero Jesús mismo se hace el encontradizo en el templo.
Y Jesús se le acerca.
Le da una palmadita en el hombro.
Y le pregunta ¿cómo estás compadre? ¿cómo te sientes?
Y termina su obra.
Ahora le perdona los pecados y le dice “no peque más”.
La religión de la ley le condena de pecador por cargar la camilla en sábado.
La religión del amor le perdona sus pecados.
Lo sana por dentro y por fuera.
¿Qué pudo pensar de una y otra?

Estoy pensando en tantos ancianos que, tampoco “tienen un hombre” que les haga compañía y llene su soledad.
Estoy pensando en tantos albergues almacén de ancianos a quien nadie visita.
¿Dónde están los hijos?
Estoy pensando en esas interpretaciones y traducciones de un Dios que prefiere el culto del templo al hombre.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Lunes de la 4 a. Semana – Ciclo B

“Había un funcionario que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que esta muriéndose. Jesús le dijo: “Como no veáis signos y prodigios, no creéis”. El funcionario insiste: “Señor baja antes de que muera mi niño”. Jesús le contesta: “Anda, tu hijo está curado”. El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo estaba curado”. (Jn 4,43-54)

No todo lo que reluce es oro.
Hay muchas apariencias que brillan pero no son oro.
En Caná, Jesús hizo el primer milagro: el milagro del vino.
Ahora, Jesús hace su segundo milagro también en Caná o desde Caná.
En el primer milagro, fue María, la Madre, la que se lo pidió.
En el segundo milagro, es un funcionario que le pide sane a su hijo que se está muriendo.
En el primer milagro María era la mujer de la fe.
Y sus discípulos creyeron más en él.
En el segundo milagro es alguien que no tiene fe.
Pero, con la sanación de su hijo “creyó él y toda su familia”.

Con frecuencia nos quejamos y lamentamos de nuestros malos momentos y desgracias.
Y con frecuencia, son esos malos momentos en los que todo parece que toda una familia se va a vestir de luto, por la muerte de un hijo, y se despierta de la fe.
Lo que parecía una desgracia, se convirtió en gracia.
Lo que parecía el final de una vida, se convirtió en comienzo de una vida nueva.
Lo que parecía muerte, se convierte en vida.
Y quienes no tenían fe, comienzan a creer.
Lo que parecía oscuridad se hace luz.

No siempre las desgracias son motivo para perder a fe como muchos piensan.
También los malos momentos pueden ser principio de fe.
También los malos momentos pueden convertirse en gracia.
No todo sufrimiento termina en oscuridad.
No toda desgracia ha de ser fuente de duda en Dios.
Muchos veces son esos malos momentos los que hacen que la fe se avive y despierte.
No siempre encontramos la fe cuando vivimos felices.
Ni esos días de sufrimiento son señales de que Dios nos ha olvidado.
Ni esos días de oscuridad son señales de que estamos perdiendo la fe.

El funcionario llegó a Jesús con el alma rota.
No sabemos que pudo pensar de Jesús.
De seguro que habría escuchado que era un tipo que curaba a todos los enfermos.
Y pensó que también podría devolverle la salud a su hijo.
Subió a Caná destrozadas sus esperanzas.
Y regresó con un alma en la que comenzaba a brotar la primavera.
Dejó a su hijo muriéndose.
Y cuando regresó lo encontró bien sano y vivo.
Y también comenzó a vivir algo nuevo.
También él comenzó a revivir lo que llevaba muerto en su alma.
Y no solo él sino su familia entera.
El que se estaba muriendo fue motivo para que la vida floreciese en su familia.
El que tenía a todos preocupado, se hace fuente de alegría familiar.

¿Qué alguien está enfermo y muriéndose en tu casa?
¿No será para que todos se sanen y comiencen a vivir?
¿Que sientes que la suerte te ha abandonado porque todo te sale mal?
¿Y no será que esa mala suerte puede ser tu mejor suerte?

Cuando acudimos a Jesús nada está perdido.
Es posible que no todo salga según nuestros intereses.
Pero puede que se despierten en nosotros.
¿Y cuando las cosas cambian, realmente comenzamos a creer más en Dios?
No seamos de los que le pedimos milagros y cuando nos los concede volvemos a olvidarnos de él.
Ciertamente que el sufrimiento no tiene nada de atractivo.
Y sin embargo, también el dolor y el sufrimiento, peden ser caminos de fe personal y familiar.

Clemente Sobrado C. P.