Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 5 a. Semana – Ciclo A

“Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos”. Pero ella replicó: “Tienes razón, Señor; pero también los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”. El le contestó: “Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija”. (Mc 7,24-30)

De cuando en vez, también a Jesús le meten gol y de penal.
Esta vez se trata de una sencilla mujer del pueblo.
Y para colmo, una mujer pagana, cuando él mismo ha dicho que ha vendo solo para las ovejas de Israel.

Lo primero que podemos descubrir es:
Que también fuera de Israel puede haber mucha fe.
Que también fuera de la Iglesia puede haber mucha fe.
Que también fuera de la Iglesia puede haber mucha bondad.
Que también fuera de la Iglesia actúa el Espíritu Santo en las almas.
Que también fuera de la Iglesia anda Dios sembrando en los corazones.
Que también aquellos que nosotros consideramos malos, pueden llevar un corazón muy grande.

Esta mujer no pertenece a Israel.
Es una mujer pagana.
Es griega, de Fenicia de Siria.
Pero en la que la gracia ya ha actuado.
Pero en la que el Espíritu ya ha hecho su trabajo.

¡Qué difícil juzgar a los demás, por su origen, por su raza o por su color!
¡Qué difícil hacernos jueces del corazón de los demás!
¡Qué difícil condenar a aquellos que nosotros no consideramos de los nuestros!
¡Qué difícil condenar a aquellos que no son de la Iglesia, por los motivos que sean!

Dios no tiene geografías.
Tampoco tiene límites culturales.
Tampoco tiene límites de condiciones sociales.
La gracia de la fe sobrepasa las fronteras de Israel.
La gracia de la fe sobrepasa las fronteras de la Iglesia.
La gracia de la fe sobrepasa las fronteras que nosotros mismos ponemos.

Jesús mismo se siente sorprendido.
También él comienza por dudar.
Esta no es hija de Israel.
Esta pobre mujer no pasa de ser un perrito bajo la mesa.
¿Qué hacer cuando él mismo ha demarcado la geografía de su actividad?
El mismo se siente sorprendido de que, fuera de Israel pudiera haber tanta fe.
Y ante la fe de una mujer a quien todos reconocen como pagana, el corazón de Jesús se conmueve y enternece y termina por escucharla y atenderla.

Estamos demasiado acostumbrados a pensar que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Y aquí caben varias preguntas:
¿No será que la Iglesia es más grande que su institución?
¿No será que nosotros mismos hemos estrechado los límites de la Iglesia?
¿No será que nosotros hemos pretendido encerrar el amor salvífico de Dios en los pequeños marcos de la Iglesia?

¿No será que, también fuera de la Iglesia, se hace presente el amor de Dios?
¿No será que, también fuera de la Iglesia está actuando el Espíritu Santo?

Dios no cabe en la Iglesia que sólo es su sacramento.
Dios no cabe en nuestros corazones y está abierto a todos los corazones que sinceramente le buscan.

Señor, aumenta la fe de quienes decimos creer.
E ilumina los corazones de aquellos que creen no tienen fe.
Que también hoy hay demasiados griegos sirio-fenicios que se contentan con las migajas que caen de nuestras mesas, pero que también ellos están llamados a sentarse en la mesa de los hijos.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 5 a. Semana – Ciclo A

“Lo que sale de dentro eso mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”. (Mc 7,14-23)

Siempre he sentido alergia a la espeleología.
Incluso, cuando veo esos programas de buceo que se meten en esas cuevas en las que no sabes si tendrán salida, siento que se me encoje el alma.
Tal vez, porque soy alérgico a meterme en esas cuevas y a esas profundidades. Me encanta esa belleza que, a simple vista, no podemos ver. Pero admiro a quienes se arriesgan a entrar dentro.

Sin embargo el Evangelio de hoy es como una especie de espeleología del espíritu.
Una invitación:
A entrar dentro de nosotros mismos.
A entrar dentro de nuestro corazón.
A entrar ahí donde está también el secreto de nuestras vidas.

Es fácil mirarnos al espejo, por más que no siempre nos veamos guapos.
Es fácil mirarnos por fuera, en la vitrina de nuestras vidas.
Es fácil mirarnos por fuera, en aquello que los demás ven de nosotros.

Pero, ¡qué difícil es entrar dentro de nosotros y ver la verdad de nuestro corazón!
Porque nuestra verdad no está en la vitrina.
no la llevamos en el escaparate.
la llevamos dentro.
la llevamos allí donde los demás no pueden ver.
la llevamos, no en nuestras manos ni en nuestro rostro, sino dentro, en nuestro corazón.
En lo más secreto de nosotros mismos.
En lo más íntimo de nosotros mismos.
Allí donde solo nosotros podemos llegar.
Allí donde solo Dios puede ver.

Todos cuidamos mucho nuestra apariencia.
Todos cuidamos mucho nuestro escaparate.
Pero todos tenemos miedo a encontrarnos con nosotros mismos allá dentro, en nuestro corazón.
Y el Evangelio lo que hace es poner al descubierto, precisamente eso que todos llevamos oculto y secreto.

Porque, cada vez que me atrevo a mirarme por dentro, descubro:
Que no soy el que aparento ser.
Que no tengo esa verdad que aparento tener.
Que no tengo esa limpieza que aparento tener.
Que no tengo esa bondad que aparento tener.
Que no tengo esos sentimientos que aparento tener.
Que no tengo esa honestidad que aparezco tener.
Que no tengo esa mirada limpia que aparezco tener.
Que no tengo esa fidelidad que aparezco tener.
Que no tengo esa sinceridad que aparezco tener.
Que no tengo ese amor que aparento tener.
Que no tengo esa mansedumbre que aparezco tener.

Y Jesús, que conoce muy bien el corazón humano, también el mío y el tuyo, me pone al descubierto y desenmascara mi verdad y la tuya, mi mentira y la tuya, mi falsedad y la tuya.

Y me dice que:
Soy lo que soy por dentro, en mi corazón, y no lo que aparento.
Soy lo que llevo dentro y no lo que ven los demás.
Soy lo que es mi corazón y no lo que vendo en la vitrina de mi vida.

Me dice que nuestra verdad y nuestra mentira están dentro.
Que lo que Dios ve y mira en mí y en ti, no es el escaparate sino lo que hay dentro de nuestro corazón.

Por eso, me da miedo entrar dentro de mí.
Por eso, evito tener tiempo para mirarme por dentro y prefiero entretenerme viéndome por fuera.
Por eso, prefiero aparentar que ser.
Por eso, aunque sea doloroso, prefiero vivir engañándome y engañando a los demás.
Pero, tengo que reconocer que a El no puedo engañarle.
Por eso soy lo que soy delante de El y no delante de los demás.
Y si alguien tiene dudas que comience por entrar dentro de sí y que se atreva a verse a sí mismo.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 5 a. Semana – Ciclo A

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. (Mc 7,1-13)

La fe es un don de Dios.
La religión es la manera que tenemos los hombres de relacionarnos con Dios.
La fe viene de Dios.
La religión proviene de los sentimientos humanos.
Y el problema está en que, con frecuencia:
Confundimos fe con religión y religión con fe.
Damos más importancia a lo religioso que a la fe misma.
Podemos ser religiosos y no tener una fe verdadera.
Y una religiosidad sin fe puede quedarse vacía.

El ejemplo más claro es lo que nos dice el Evangelio de hoy:
Podemos tener las manos muy limpias, pero el corazón muy sucio.
Podemos hablar mucho con Dios, pero nuestro corazón puede estar vacío de Dios.
Podemos oler al mejor perfume, pero el corazón puede oler a podrido, a resentimiento, a odio, a venganza.

Jesús no es enemigo de la higiene del cuerpo.
Pero él no vino a instalar ni saunas, ni masajes, ni salas de belleza.
Jesús vino a limpiar nuestro corazón.
Jesús vino a purificar nuestro corazón.
Ya el profeta lo había anunciado: “Os daré un corazón nuevo”.
Y nosotros mismos recitamos en el Salmo 50 (51):
“Tú amas la verdad en lo íntimo del ser;
En mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con hisopo hasta quedar limpio,
Lávame hasta blanquear más que la nieve”.
“Crea en mi, oh Dios, un corazón puro,
Renueva en mi interior un espíritu firme”.

“Los escribas vieron que sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavarse las manos”.
Se puede uno lavar mucho las manos y llevar un corazón sucio.
Que se lo pegunten a Pilato que se lavó muy bien las manos para firmar la sentencia de muerte de quien creía inocente.

No todo lo que nosotros vemos como religioso responde a lo que Dios espera de nosotros. Y Jesús es bien claro. No todo lo que nosotros llamamos tradición expresa el querer y la voluntad de Dios:
“Dejáis a un lado el mandamiento de Dios, para aferraros a la tradición de los hombres”.
No todo lo que llamamos tradición es voluntad de Dios.
Hay muchas cosas que son tradiciones culturales.
Hay muchas cosas que son tradiciones de tiempos determinados.

La tradición es importante, porque muestra el camino histórico de cómo los hombres han ido concibiendo culturalmente su fe.
Pero lo esencial es el Evangelio, como expresión de la voluntad de Dios.
El Evangelio como experiencia y expresión de fe.

Tradición, sí.
Pero, primero el Evangelio.
La tradición no puede oscurecer al Evangelio.
Es preciso saber discernir lo que es “el mandamiento de Dios” y lo que es “la tradición de los hombres”.

Jesús es bien claro:
Dios manda amar y atender y cuidar de los padres.
Pero si he ofrecido mis bienes al Templo, ya quedo dispensado de la ayuda que debo a mis padres.
Dios prefiere que ayudemos a nuestros padres y necesitados, y no disculparnos, ofreciéndolos a Dios en el Templo.
Dios no quiere para sí lo que necesitan nuestros padres o nuestros necesitados que sufren hambre.

¿Sería ir contra Dios si digo que: “En vez de la limosna en la Misa mejor demos de comer a un pobre ese domingo?” ¡que me perdone mi párroco si este domingo le baja la Colecta!

Clemente Sobrado cp.

Pensamientos para caminar: Los hijos (3ra parte)

Lee la 2da parte de este post aquí: https://goo.gl/G5GyBG.

11.- Yo conozco muy bien a mis hijos. ¿Estás seguro que los conoces? ¿Sabes lo que piensan? ¿Sabes lo que sienten? ¿Sabes lo que hacen? No es cuestión de que lo adivines. Quien tiene que adivinar no conoce. El corazón humano es misterioso y el corazón de los hijos más todavía. Solo cuando hayas entrado dentro de ellos podrás decir que conoces a tus hijos. Mientras tanto estás haciendo de adivino.

Hijo

12.- Dios, nos dice la Escritura, nos hizo a su imagen y semejanza. Fíjate que dice a imagen y semejanza. No dice que nos hizo iguales, idénticos a él. Los hijos, amigos, han de ser imagen y semejanza de sus padres, pero no pretendas que sean idénticos e igualitos a ti. Tú sabes que las copias nunca son como el original. Y tus hijos tienen derecho a ser originales y no copias. Respeta su originalidad.

13.- Eres una persona importante. Todos lo sabemos. Por eso, eres un hombre sin tiempo. No tienes tiempo para nada ni para nadie. ¿Tampoco para tus hijos? Entonces, amigo, tus hijos están condenados a crecer sin ti, sin su padre. Serán hijos sin padre y tú serás un padre sin hijos. ¿No te parece algo raro?

14. Eres un hombre sin tiempo. La oficina te absorbe durante la semana. Tus compromisos sociales te roban todo tu tiempo libre. ¿Y cuándo tendrás tiempo para los tuyos… para tu hogar… para tu familia…? ¿Ni siquiera en los fines de semana ellos son lo suficientemente importantes para que les dediques tu tiempo? Ya que durante la semana somos los hombres de la oficina, seamos, al menos los fines de semana, los hombres de la familia.

15. Estimado amigo: ¿sabía usted que para engendrar a un hijo se necesita de dos: un hombre y una mujer? ¿Y sabía que el hijo solo ha sido debidamente engendrado, no cuando es concebido o cuando nace sino cuando se ha formado en él una verdadera persona? Dígame, ¿sigue usted engendrando a su hijo al lado de su esposa o es de los que cree que eso de educar y formar al hijo es obligación de la madre? Por favor, amigo, solo llega usted a ser plenamente padre cuando ha formado como hombre a su hijo. No sea padre a medias.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 5 a. Semana – Ciclo A

Escucha aquí la homilía dominical: http://bit.ly/homilias.

“Apenas desembarcaron, algunos reconocieron enseguida a Jesús, y se pusieron a recorrer toda la región; cuando se enteraba la gente donde estaba Jesús le llevaban los enfermos en camillas. En todas partes donde entraba, pueblos, ciudades y aldeas, colocaban a los enfermos en la plaza y la rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban quedaban sanos”. (Mc 6,53-56)

Jesús atrae, arrastra.
Nada más enterarse donde está, cargan con todos los enfermos.
Aquí no se habla de espíritu inmundo.
Se habla sencillamente de “enfermos”.
Los colocan en la plaza, como en un hospital al aire libre.

¡Qué pena que en aquel entonces hubiese cámaras fotográficas ni filmadoras!
Jesús siente un cariño especial para con los enfermos.
Y los enfermos sienten una confianza particular con Jesús.
Saben que de su persona sale una fuerza especial.
Saben que de su persona sale salud sin ese consabido “su fecha será el mes próximo.
Ni siquiera piden que los sane.
Sencillamente se los presentan.
Sencillamente piden tocar su manto

Diera la impresión de que el Evangelio está escrito en su mayor parte en base a la relación de Jesús con los enfermos.
Los enfermos se convierten el gran sacramento de su amor.
¿No sería razón para que:
Valorásemos más a nuestros enfermos?
Hubiese una pastoral parroquial de enfermos más seria?
Destacásemos más a los enfermos de la comunidad parroquial?
Organizásemos mejor la atención a los enfermos?
Darles una mayor presencia en la vida parroquial?
Ofrecerles una mayor compañía en su soledad?

Es cierto que existe la pastoral de enfermos.
Pero la vemos como una pastoral un tanto marginal.
Como una pastoral de segundo plano.

El enfermo es un predilecto de Jesús.
El enfermo gana el corazón de Jesús.
El enfermo tiene una amistad especial con Jesús.
Para Jesús, los enfermos son como el centro de su quehacer.
Como también los enfermos acuden a él con gran confianza y esperanza.

Es que el enfermo:
Es uno de los pobres a quien Jesús anuncia la Buena Noticia del Reino.
Es uno de los que Jesús ha venido a liberar de la esclavitud de la enfermedad.
Es uno de los que más necesita del amor y predilección de la comunidad cristiana.
Es uno de los que más necesita del cariño de la comunidad.
Es uno de los que más necesita de la compañía de la comunidad.

Tal vez no tengamos esa fuerza que sana.
Pero tenemos esa otra fuerza que le haga sentir al enfermo que es importante.
Tenemos esa fuerza capaz de devolver el ánimo, la alegría que ya es mucho.
Y se me ocurren dos ideas:
¿No necesitaríamos crear una espiritualidad de los médicos?
¿No necesitaríamos hacerles ver en el enfermo algo más que la enfermedad?
¿No necesitaríamos crear la espiritualidad del enfermo y la enfermedad?

No. Dios no ama la enfermedad, pero Dios sí ama al enfermo.
Y así como seguían a Jesús tan pronto sabían donde estaba, qué bueno que nuestros enfermos buscase más a la Iglesia.
No podemos esperar a tener que llevarle el Sacramento de la Unción.
El problema está en curarle su espíritu durante el curso de la enfermedad.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 5 – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Alumbre su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en el cielo”. (Mt 5,13-16)

Sal y luz.
Sal que nos habla de cocina y alimentos.
Luz que nos habla del ambiente y de los caminos.
Yo no sé si Jesús insistiría hoy en que somos sal.
Tengo un médico que cada vez que me llama o escribe algo siempre añade “sal nada”.
Sin embargo, debo confesar mi desobediencia.
Porque, no es que me guste la comida con mucha sal.
Pero tampoco me va la comida sin sal.
Una comida sin sal es sosa, insípida.

Pero Jesús no creo esté pensando en los pucheros.
Por más que cada día vería a “Mamá María” echarle su puñadito de sal al puchero.
Jesús no nos dice que comamos comida con sal.
Nos dice que “somos sal del mundo”.
Y no creo que los médicos prohíban echarle sal al mundo.
Nosotros somos la sal del Evangelio con la que estamos llamados a darle al mundo el saber del reino de Dios.
Un mundo sin la sal del Evangelio huele a hombre.
Un mundo sin la sal del Evangelio sabe a materialismo.
Un mundo sin la sal del Evangelios sabe a intereses personales.
En cambio un mundo con la sal del Evangelio sabe a Dios.
Un mundo con la sal del Evangelio sabe a amor.
Un mundo con la sal del Evangelio sabe a gratuidad, solidaridad, fraternidad.

Ser luz:
Un mundo sin luz, no existe.
Un jardín sin luz, no existe.
Una casa sin luz, es triste.
Tu rostro, por bello que sea, sin luz no se ve.
La luz da vida porque además da calor.
Y Jesús nos dice que somos luz del mundo.
No dice que tenemos sino que “somos”.

¿Recuerdan a aquel ciego que iba de noche por el camino y levaba una linterna encendida?
Se encuentra con un amigo que le dice: ¿Para que llevas la linterna encendida si tú eres ciego?
No la lleva para mí sino para ti, para que tú no tropieces.
Estamos llamados a ser luz:
Que alumbra a los demás.
Que alumbra para que puedan ver los demás.
Que alumbra para que los demás vean el camino incluso de noche.

Pero además somos una luz:
Que no solo alumbra a los hombres para que no tropiecen.
Sino que alumbramos al mismo Dios.
Sino que alumbramos para que los demás puedan ver a Dios.
Sino que alumbramos para que los demás puedan alabar y glorificar a Dios.
Y esa luz se llama “nuestra vida y todo lo bueno que revela el Evangelio”.
¡Y cuidado, que nadie os venga con el cuento de que humildad es esconder lo bueno que hacéis!
Jesús nunca escondió lo bueno que hizo.
Al contrario, si queremos ser luz tenemos que hacer lo bueno que hay en nuestras vidas.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 4 a. Semana – Ciclo A

“El les dijo: “Vengan ustedes solos a un sitio tranquilo a descansar un poco. Porque eran tanto los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y sintió compasión de ellos, porque andaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas”. (Mc 6,30-34)

¡Qué bien que nos viene este Evangelio!
Porque todos estamos perdiendo la paz y la tranquilidad.
Porque todos andamos esclavos del reloj.
Todos andamos esclavos de la hora.
Y para colmo, muchos tienen que marcar tarjeta.

La gente le seguía por todas partes.
También habría que decir de él que no daba abasto.
Hasta el punto de no tener tiempo ni para comer.
Por eso invita a los discípulos a irse a un lugar solitario y tranquilo.
“A descansar por un poco”.

Hemos convertido todos los días en laborables.
Incluso los días festivos tenemos que trabajar.
Y si no vamos a trabajar, ahí está el campo de fútbol o de deportes.
Que al fin, terminaos todos bien cansados.
¿Cuándo descansamos?
¿Se han dado cuenta de la pinta que tenemos los lunes?
Tenemos una cara que parece como apagada.
Incluso no vamos a misa porque “tenía que trabajar”.
Nos hemos olvidado de que el descanso es tan importante como el trabajo.
Nos hemos olvidado de que un poco de descanso nos haría rendir más en el trabajo.
Pero sobre todo, el descanso es necesario para el cuerpo.
Es necesario para el espíritu.
Y esto lo vemos cada día por lo tensos y nerviosos como andamos.

Resulta curioso que en el Génesis hablando de la creación se nos diga “y Dios descansó”.
¿Será que también Dios necesita del descanso o no será más bien una manera de decirnos que, al menos un día a la mesa, hay que descansar.

Jesús y los suyos vivían agobiados, no por el trabajo como tal, sino porque la gente no les dejaba descansar.
El atender a la gente también fatiga.
El atender constantemente a la gente, también nos impide dedicarnos un tiempo a nosotros.
Ellos “no tenía tiempo ni para comer”.

¿No nos sucede algo parecido a nosotros?
¿Cuándo podemos reunirnos en familia para comer tranquilos?
Cada uno cargamos con nuestra ponchera?
Hasta los chiquillos llevan su lonchera al colegio.
Tenemos un tiempo medido para poder almorzar.

Y sin embargo, Jesús no encuentra ese lugar tranquilo.
Porque las gentes se le adelantan.
Y él las ve “como ovejas descarriadas y sin pastor”.
Y cuando se trata de atender a los necesitados, no espacio para descansar.
No estoy seguro de que ese día almorzasen.
Porque se olvidó a la comida y atendió a la gente descarriada.

Tal vez aquí esté la diferencia entre Jesús y nosotros:
Nosotros no descansamos por causa del trabajo y ganarnos algo.
Jesús no encentra descanso por causa de la gente necesitada.
Tenemos que aprender a descansar del trabajo.
Pero ojalá no tuviésemos tiempo porque nos dedicamos a atender:
A los enfermos.
A los ancianos.
A los que viven solos.
A los que no tienen qué comer.

También los domingos y días festivos necesitan de nosotros.
Las personas están siempre por encima de nuestro descanso.
Las personas tienen prioridad a nuestro almuerzo.
Los enfermos, los ancianos, los que viven solos, los que no tienen que comer, pueden ser el mejor culto dominical y festivo.
“¿Sentimos, como Jesús, compasión?”
¿Cuánto tiempo dura ese culto?
¿Nos sentimos a gusto con él?

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 4 a. Semana – Ciclo A

“Como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él.
Herodes, al oírlo, decía: “Es Juan a quien yo mandé decapitar que ha resucitado”. Es que Herodes había manado prender a Juan y lo había metido la cárcel, encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Felipe y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano. Herodías aborrecía a Juan e intentaba matarlo; pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo y lo defendía”. (Mc 6,14-29)

Un Evangelio para leer en privado.
Un Evangelio para leer socialmente.
Un Evangelio hasta cierto punto macabro, pero real.
Un baile capaz de recibir como premio la cabeza de un profeta.
La contradicción entre la estima y el orgullo y la vanidad.
Un Evangelio que se presta a muchas contradicciones.

En primer lugar el poder sin ética ni moral.
El poder que no tiene reparo en robar la mujer a propio hermano.
El poder que no resiste se le diga la verdad.
El poder que prefiere quedar bien ante los demás a respetar la vida del profeta.
El poder que pone por precio la cabeza del profeta, el baile de una muchacha.
El poder que una madre aprovecha a realizar sus deseos de eliminar al que le dice la verdad.

La suerte de los profetas de la verdad.
Herodes oye hablar de Jesús a quien todavía no conoce más que de oídas.
Herodes que estimaba a Juan como hombre honesto, honrado y hasta santo.
Pero un Herodes que puede admirar la santidad del profeta, pero prefiere la inmoralidad de una mujer sin moral.
Un Herodes que puede reconocer la honradez y honestidad del profeta, pero no se deja cambiar por él.
Un Herodes que se niega a escuchar la verdad y encarcela al profeta.
Un Herodes que se siente dueño del profeta y lo degüella por el amor de una mujer.

¡Cuántas contradicciones en el corazón humano!
Lo tiene por profeta: pero prefiere seguir la ley de lo instintos.
Lo tiene por profeta y santo: pero él sigue cerrando su corazón a la verdad.
Lo tiene por profeta y honrado: pero no se deja cambiar.

Con frecuencia sabemos que nos dicen la verdad:
Pero preferimos seguir nuestra vida inmoral.
Conocemos que nos dicen la verdad y preferimos seguir en nuestra mentira.
Decir la verdad siempre es un riesgo.
Fácilmente te ganas enemigos.
Fácilmente te pierdes amigos.
Y peor cuando la verdad la decimos a los grandes.
Tienen poder para hacernos callar.
Tienen poder para llevarnos a la cárcel.
Tienen poder para acabar con nuestra vida.

El poder sin moral, aplasta.
El poder sin moral, mata.
El poder sin moral, puede privarnos de la vida.
El poder sin moral, carece de conciencia.

Es fácil decir la verdad a los débiles.
Son pocos los que se atreven decirla a los poderosos.
Porque poder atrofia la conciencia.
Porque el poder atrofia le sensibilidad por el hombre.

Clemente Sobrado cp.