Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 8 a. Semana – Ciclo B

“Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?… Todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”. (Mc 10,17-27)

El chico parecía bueno. Pero tenía tres defectos:
Era demasiado rico.
Y no había descubierto todavía la Buena Noticia de Jesús.
Y era demasiado pegado a la ley. Todo lo solucionaba con la ley.
Aún siendo muy ricos, siempre nos “falta algo”.
Aún siendo muy buenos, siempre nos “falta algo”.
Aún cumpliendo la ley, siempre nos “falta algo”.

Y es eso que “nos falta”, lo que puede hacer luego inútiles todos nuestros sueños.
Es eso que “nos falta” lo que impide nuestro crecimiento como personas.
Es eso que “nos falta” lo que nos impide amar de verdad a los hermanos.
Es eso que “nos falta” lo que nos impide crear la verdadera comunidad humana.
Es eso que “nos falta” lo que nos impide crecer en nuestro bautismo.

Hay muchos sueños que se mueren al despertarse.
Hay muchas ilusiones que se apagan por falta de riego.
Hay muchas esperanzas que se mueren al nacer.
Hay muchas posibilidades que se hacen imposibles.

La vida es un constante “éxodo”.
Es el “éxodo” de lo que tenemos.
Es el “éxodo” de lo que creemos ser.
Es el “éxodo” de nuestros planes y proyectos.
Es el “éxodo” de nuestro situarnos en el ayer.
Es el “éxodo” de nuestros criterios y mentalidades.
Es el “éxodo” de nuestros intereses personales.

Y la vida no es quedarnos donde estamos.
Ni es quedarnos en lo que somos.
Ni es quedarnos con el Dios de nuestras ideas.
Ni es quedarnos con lo que siempre fue.

La vida es una constante invitación a “salir de nuestra tierra”.
“Salir de nuestra tierra” a la búsqueda de otras nuevas.
“Salir de nuestra tierra” a corrernos la nueva aventura.
“Salir de nuestra tierra” arrancados de ella por “una llamada”.

El chico era bueno. No hay que quitarle méritos.
“Desde pequeño lo cumplía todo”.
Pero le faltaba la llamada a la vida.
Le faltaba la llamada a la aventura de lo desconocido.
Le faltaba conocer que siempre hay algo nuevo y distinto.
Le faltaba conocer el ideal de la Buena Noticia de Dios.
Le faltaba conocer el ideal del Reino.
Le faltaba conocer que había “un tesoro escondido”.
Le faltaba conocer que había “una perla más preciosa”.

Y que para conseguirlo había que venderlo todo, dejarlo todo.
Y que para comprarla había que sentir no la “tristeza del dejar”.
Sino sentir en su corazón “la alegría de venderlo todo”.

El Evangelio no es invitación a dejarlo todo.
El Evangelio es invitación a seguir “con las alforjas vacías”.
El Evangelio es invitación a seguir “ligeros de peso para el camino”.
No se escalan las montañas llevándonos nuestra casa a cuestas.
A lo más una ligera tienda de campaña.
No se logran los récords mundiales con traje de etiqueta.
No es renunciar. Es hacer más posible el éxito.
No es dejar. Es soñar con lo que vamos a encontrar.

Puede que la vida te asuste. No le des las espaldas.
Puede que el riesgo te asuste. No le des las espaldas.
Puede que el futuro te asuste. No le des las espaldas.
Porque cada día sentirás más miedo.
Y cada día te quedarás más solo contigo mismo.
No se puede seguir a Jesús llevando a cuesta su casa y cuanto tiene.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Pentecostés – Ciclo B

“Vieron aparecer unas lenguas como lenguas de fuego, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería”. (Hch 2,1-11)

Pentecostés es un día especial para la Iglesia y para cada creyente. Es la celebración de la presencia del Espíritu Santo en la cada uno de nosotros y en la Iglesia. Un periodista me preguntaba qué título le pondría yo a la fiesta de Pentecostés. Le ofrecí una serie de sugerencias:
El Espíritu Santo los puso en pie.
Hay que hablar la lengua de los hombres.
Hay que salvar al mundo.
El Espíritu de la diversidad.
Los puso en pie. Los Hechos nos dicen que estaban en oración junto con María, la madre. La verdad que no sé si en ese momento estaban de rodillas, o levantando las manos o simplemente sentados.
Pero el Espíritu Santo los puso a todos en pie y los puso a caminar por los caminos del mundo. Ya no es el momento de seguir encerrados y con miedo en el alma. Es necesaria la oración. Pero la oración que no nos pone en camino es una oración individualista. El Papa Francisco nos habla de una Iglesia que tiene prohibido “balconear” y mandado “salir, irse a las periferias”.

Hay que salvar al mundo. El Evangelio no es para que lo hagamos propiedad nuestra sino para que lo anunciemos. “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a todos los pueblos”. Y el Espíritu Santo no viene para detener la corriente del Evangelio sino a darle cauce. Jesús vino a salvar al mundo. “Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por El”.
El día de Pentecostés, quienes estaban mudos de miedo y sólo se atrevían a hablar con Dios, el Espíritu Santo los lanzó al ruedo a hablar al mundo. Fue el primer anuncio oficial de la Iglesia. La Iglesia se presenta por vez primera hablando, anunciando el Evangelio de la salvación.
El Espíritu Santo habita en cada uno de nosotros, pero no para instalarse cómodamente al calorcillo de nuestra experiencia de fe, sino para hacernos salir al balcón y a los caminos, y proclamar la salvación.
Habita en nosotros pero no para dejarnos ensimismados con nosotros mismos, sino para ponernos como a María que “a prisa fue a servir a su parienta Isabel”.

Hay que hablar la lengua de los hombres. No es el momento de preparar grandes discursos ni de decir cosas bonitas. Ni de hacer grandes teologías. La Iglesia está llamada a hablar la lengua de los hombres. “Los discípulos comenzaron a hablar en lenguas extranjeras”. No tenían preparado el sermón.
No es suficiente proclamar el Evangelio. Hay que proclamarlo de modo que los hombres lo entiendan, cada uno en su propia lengua, cada uno desde su propia realidad, cada uno desde sus propios problemas e inquietudes.
La Espíritu Santo nos regala el don de lenguas no para hacernos políglotas, sino para que cada uno hablemos desde el hombre y desde cada hombre.

Hablar la lengua de los hombres es hablar desde las distintas culturas. Es encarnar el Evangelio no en la cultura de las oficinas romanas o episcopales o clericales, sino encarnarlo en los sentimientos culturales de las personas. Ese es el misterio de las lenguas el día de Pentecostés, “porque cada uno los oía hablar en su propio idioma”. El idioma del hombre de la calle, del hombre que no tiene trabajo, del hombre que vive marginado, del hombre que sufre, llora o se ríe. ¿Entienden nuestros fieles nuestras homilías dominicales como entienden las del Papa Francisco?

El Espíritu de la diversidad. Es el Espíritu de la comunión. Pero de la comunión en la diversidad. Es el Espíritu de la unidad. Pero de la unidad en la pluralidad y la diversidad.
En la diversidad de carismas.
En la diversidad de caminos.
En la diversidad de pensamiento.
En la diversidad de inquietudes.
En la diversidad de expresiones.
En la diversidad de espiritualidades.

El mismo Espíritu que crea la unidad es el mismo que crea la diversidad.
El mismo Espíritu que crea la comunión es el mismo que crea las diferencias.
El mismo Espíritu que crea una misma Iglesia, la quiere en la pluralidad.
Unidad no es uniformidad.
Unidad no es ser todos iguales.
La uniformidad empobrece a la Iglesia.
La diversidad la enriquece.
Dios es la unidad en la Trinidad de personas.

Que también hoy entiendan nuestro Evangelio todas las culturas. Y las oigan en sus propias lenguas y costumbres.

Clemente Sobrado C.P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Sábado de la 7 a. Semana – Ciclo B

“Pedro, volviéndose, vio que los seguí el discípulo a quien Jesús tanto amaba el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: “Señor, ¿Quién es el que te va a entregar?” Al verlo, Pedro dice a Jesús: “Señor, y éste ¿qué? Jesús le contesta: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, a ti ¿qué? Tú, sígueme”. (Jn 21,20-25)

Así termina Juan su Evangelio, con una escena que manifiesta en primer lugar una cierta relación particular entre Pedro y Juan, y en segundo lugar, recuerda la escena de la Ultima Cena cuando Pedro pide a Juan le revele quién de ellos es el traidor.

Luego de las tres confesiones de amor de Pedro y la misión de Jesús como pastor de sus corderos y ovejas, Jesús le dice a Pedro: “Sígueme”. Y viene el interés o la curiosidad de Pedro: “Bueno, y con éste ¿qué va a pasar?”
La respuesta de Jesús es bien curiosa:
¿A ti qué te importa lo que yo voy a hacer con Juan?
Tú preocúpate de ti.
Tú sígueme.
Tú sé tú mismo y deja que él sea él mismo.

La idea de Jesús es suficientemente clara.
Todos somos discípulos suyos.
Pero cada uno tenemos nuestro propio camino.
Cada uno tenemos nuestra propia misión.
Pedro será el testigo de lo que tiene que ser el nuevo pastor en la Iglesia.
Juan tendrá como misión ser el testigo del amor
Hasta este momento todos le seguían en grupo
Desde ahora tendrán que dispersarse por caminos distintos.
Todos serán testigos suyos.
Pero todos por caminos distintos y misiones diferentes.

Todos hemos recibido un mismo bautismo.
Todos formamos una misma Iglesia.
Todos compartimos la mis fe.
Y todos compartimos la misma misión.
Pero todos por caminos distintos.
La unidad no impide la diversidad de caminos y misiones.
Como tampoco la diversidad ha de ser un impedimento y un obstáculo para la unidad.

Como cantamos en nuestras misas dominicales:
“¡Un solo Señor, una sola fe,
Un solo bautismo, un solo Dios y Padre.
Llamados a guardar la unidad del Espíritu, por el vínculo de la paz.
Llamados a formar un solo cuerpo, en un mismo Espíritu.
Llamados a compartir una misma esperanza en Cristo”.

La Constitución sobre la Iglesia del Vaticano II, luego de describir todo aquello que nos une y es común a todos añade:
“Porque hay diversidad entre sus miembros, ya según los ministerios, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien de sus hermanos; ya según la condición y ordenación de vida, pues muchos en el estado religioso, tendiendo a la santidad por el camino más arduo, estimulan con su ejemplo a los hermanos”. (LG n.13)

Y describe luego esas diversas condiciones de vida: solteros, casados, viudez, trabajo, salud etc.
La Iglesia es una: los caminos muchos.
La santidad es una: los caminos muchos.
El Evangelio es uno: los caminos muchos.
El Padre es uno: los caminos muchos.
Jesús es uno: los caminos muchos.
El Espíritu Santo es uno: los caminos muchos.
El camino de los casados es distinto: pero su vocación en la Iglesia es la misma.
El camino de los trabajadores es distinto: pero su vocación en la Iglesia es la misma.
El camino del sacerdote es distinto: pero su vocación ante el Evangelio es la misma.
Ni mi camino es tu camino.
Ni el tuyo es el mío.
Pero tú y yo estamos llamados a ser la misma Iglesia y a vivir y testimoniar el mismo Evangelio. “Tú sígueme”.
Si todos los caminos conducen a Roma, también conducen a la santidad. No cambies el tuyo por el de tu vecino. Lo importante es encontraros al final.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Viernes de la 7 a. Semana – Ciclo B

“Después de comer con ellos, dice a Simón, hijo de Juan, “¿me amas más que estos?” El le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que re quiero”. Jesús le dice: “Apacienta mis corderos”. Por segunda vez le pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” El le contesta: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. El le dice: “Pastorea mis ovejas”. Por tercera vez le pregunta: “Simón, hijo de Juan ¿me quieres?” Se entristeció Pedro de que e preguntara por tercera vez si lo quería… (Jn 21,15-19)

Recuerdo cuando el filósofo Jean Guitton soltó aquella frase tan gráfica: “Si quieres conocer las crisis de cada época, fíjate en las palabras que más se repiten. Si se habla mucho de libertad, es señal de que la libertad está en crisis. Si hablas mucho de amor es que el amor está en crisis”.
¿No estaremos en crisis de amor?
Todas las canciones son sobre el amor.
Las películas están cargadas de amor.
Los enamorados no se cansan de confesar su amor.
Diera la impresión de que todo nos amamos.
Y mientras tanto, el poder y el egoísmo sacrifican el amor por todas partes.
Muchas frases de amor no son sino expresiones de nuestros deseos y egoísmo.
Bastaría preguntar a los casados ¿qué pasó con aquel amor de adoración de cuando estaban solteros?
Como decía aquel mi amigo de Marsella: “María, María, el amor que te tenía era poco y se acabó”. Y los dos viejos se querían a rabiar.

Un mundo sin amor es un mundo sin amor es un mundo muerto.
Una Iglesia sin amor es una Iglesia sin vida.
Una Iglesia sin amor es una Iglesia en estación invernal.
Una familia sin amor es una familia en invierno.
Una Diócesis sin amor es una diócesis invernal.
Una Parroquia sin amor es una parroquia con frío invernal.
Un corazón sin amor es un corazón con fío invernal.

La Iglesia que pensó Jesús es una Iglesia rebaño y pastor.
Es una Iglesia en la que pastor y ovejas se conocen.
Es una Iglesia en la que pastor y vejas se conocen por su nombre.
Es una Iglesia en la que el pastor de su vida por las ovejas.
Es una Iglesia en la que las ovejas siguen a su pastor.

Por eso Jesús no examina a Pedro, el Pastor de las Iglesias de teología ni de derecho canónico. Le examina del amor.
Y como pastor, no de un amor cualquiera.
“Simón ¿me amas más que éstos?”
Y se lo pregunta por tres veces.
Su misión será de magisterio.
Pero fundamentalmente será una misión de amor y de servicio.
Será necesario el magisterio.
Pero es fundamental el amor y el servicio.

El Papa Francisco hizo esta confesión al comienzo de su pontificado:
“también el Papa, para ejercer su poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de San José, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad especialmente a los pobres, a los más débiles”.

La Iglesia no puede ser testigo del poder.
Sino testigo del amor.
No testigo del ser más.
Sino de ser la servidora de todos.
Pero no ese “servicio” que se hace poder.
Sino el servicio que se convierte en ternura, amabilidad, comprensión.
No en ese “seudo servicio” que crea prestigio.
Sino en el servicio que se traduce en “dar la vida por las ovejas”.
Ese fue el testamento de Jesús a Pedro.
No de ser “maestro” sino “Pastor”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Jueves de la 7 a. Semana – Ciclo B

“También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me han enviado y los has amado como me has amado a mí”. (Jn 17, 20-26)

Jesús no sabe hablar con el Padre si no es hablándole de nosotros.
Se siente tan unido y tan “uno” con nosotros que cuando habla de sí con el Padre tiene que hablarle también de nosotros.
En esta oración de Jesús diera la impresión de que:
Jesús no es nada sin el Padre.
Jesús no es nada sin nosotros.
Y nosotros no somos nada sin Jesús y el Padre.
Nadie le ha hablado tanto al Padre nosotros como Jesús.
Desde que se encarnó y se hizo uno de nosotros, Jesús no se entiende a sí mismo sin nosotros:
“para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí,
Y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”.

Jesús no se entiende a sí mismo sin nosotros aquí en la tierra.
Se ha identificado tanto con nosotros que se ve a sí mismo como uno de de nosotros.
Incluso le pide al Padre, que en el cielo:
estemos donde él está,
contemplemos su gloria, “la que me diste , porque me amabas, antes de la creación del mundo”.
No se entiende a sí mismo sin nosotros, aquí en la tierra.
Pero tampoco en el cielo.
Como si no le bastara la gloria que recibe del Padre, si no es compartiéndola con nosotros.

Y es en esta comunión del Padre con El, de El con nosotros y nosotros con El, donde Jesús quiere hacer creíble su encarnación. “Para que el mundo crea que tú me has enviado”.
No haremos creíble la encarnación con nuestras grandes estructuras eclesiales.
No haremos creíble la encarnación con los grandes títulos eclesiales.
No haremos creíble la encarnación de Jesús con nuestras grandes Catedrales.
No haremos creíble la encarnación de Jesús con todas nuestras teologías.

Lo único que hace creíble la encarnación es:
Nuestra comunión con él,
Pero sobre todo, la comunión de amor entre nosotros mismos.
El gran argumento que hace creíble la encarnación de Jesús es “el amor, la unidad, la comunión y la fraternidad”.

El amor no es solo una exigencia del corazón humano.
El amor es una exigencia de la fe.
El amor es una exigencia del amor del Padre que nos envió a Jesús.
El amor es una exigencia de la credibilidad de su encarnación y su presencia en medio de nosotros.

La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la humanización de Jesús.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la encarnación de Jesús en el vientre virginal de María.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la Navidad.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad del Evangelio.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la vida eterna.
Pero sólo a través del amor.
Sin amor la Iglesia no es creíble en sí misma.
Sin amor la Iglesia no es creíble en su predicación.

El amor es el principio del conocimiento.
“Padre Santo, el mundo no te ha conocido, yo te he conocido,
Y estos han conocido que tú me enviaste.
Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos”.
Las grandes crisis de la Iglesia no son doctrinales.
Las grandes crisis de la Iglesia no son estructurales.
Las grandes crisis de la Iglesia son “crisis de amor”.

Pensamiento: De nuestro amor depende la credibilidad del Evangelio.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Miércoles de la 7 a. Semana – Ciclo B

“Jesús levantando los ojos al cielo oró diciendo: “Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros”. (Jn 17,11.19)

Tiene que ser maravilloso estar frente a la muerte y olvidarse uno de sí mismo para pensar en los demás.
Jesús contempla su próxima muerte pensando en nosotros.
Jesús mira a su muerte mirándonos a nosotros.
Jesús mira a su muerte preocupado de nosotros.
Jesús mira a su muerte hablándole al Padre nosotros.

Y no le pide cosas para nosotros.
No le pide que nunca nos enfermemos.
No le pide que todos los días sean festivos.
Le pide algo para él y para la Iglesia fundamental: “que sean uno”.
Le pide la unidad que supere toda división.
Le pide la unidad que supere todo resentimiento.
Le pide la unidad que supere todo individualismo.

Por eso le pide “que todos sean uno”, pero “como nosotros”.
Le pide para su Iglesia la unidad trinitaria.
Le pide para su Iglesia la unidad que nace de la unidad de Dios con Jesús.
Le pide para su Iglesia la unidad que es comunión de Dios con nosotros.
Unidad de vida.
Unidad de verdad.
Unidad de amor.
Unidad en mismo Espíritu.

No le pide esa unidad externa que nace de pertenecer a unas mismas estructuras.
No le pide esa unidad externa que nace de la obediencia a los Jefes.
No le pide esa unidad externa y aparente y vacía por dentro.
Sino la unidad de “creer todos el mismo amor”.
La unidad de “vivir todos del mismo amor”.
La unidad de “vivir todos la misma vida divina”.
La unidad de “vivir todos la misma verdad del Evangelio”.
La unidad de “vivir todos una misma filiación”.
La unidad de “vivir todos una misma fraternidad”.
La unidad de “vivir todos una misma comunión”.

El único modelo de unidad de la Iglesia es la del Padre con Jesús.
El único modelo de unidad de la Iglesia es la de su comunión con Jesús.
El único modelo de unidad de la Iglesia es la de la comunión en un mismo Espíritu.

Para ello, Jesús nos quiere en el mundo.
No al margen y fuera del mundo.
“No ruego los retires del mundo”.
Pero sí “que los guardes del mundo”.
Igual que él estuvo en el mundo, sin ser del mundo.
Igual que él estuvo en el mundo, pero siempre al margen de los criterios del mundo.
Es en el mundo donde estamos llamados a ser testigos de esa unidad.
Es en el mundo donde tenemos que demostrar que los hombres podemos entendernos.
Es en el mundo donde tenemos que demostrar que la fraternidad es posible.
Es en el mundo donde tenemos que demostrar que la fraternidad puede darse sin armas.

El Documento de Puebla lo expresó hasta poéticamente hablando de los seglares:
hombres de la Iglesia en el corazón del mundo,
Y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia” (DP 786)
O como dice Aparecida: “porque incentivan la comunión y la participación en la Iglesia su presencia en el mundo” (A 215)

Si hemos de ser “uno como el Padre y Jesús son uno”, estamos llamados en la Iglesia:
A ser uno con el Papa y él con nosotros.
A ser uno con los Obispos y ellos con nosotros.
A ser uno con todos los creyentes.
A ser uno con todos los hombres, aún con aquellos que no “sean de los nuestros”.
El gran pecado de en la Iglesia es la falta de unidad, de comunión.
Y aquí todos somos responsables. Fieles y Pastores.
Ni la autoridad debe dividir ni distanciar.
Ni la condición de seglares debe ser fuente de división.

Somos cristianos y somos humanidad cuando somos una sola familia y una sola comunión en la fraternidad.

Clemente Sobrado C. P.

Palabras para caminar: ¿Yo tengo un pasado?

1.- Sí. Pero no ese pasado de reencarnaciones. Tampoco ese pasado que tanto me fastidia recordarlo, porque es mi sombra, el lado negativo de mi vida que mejor… dejarlo ahí. ¿Cuál es entonces mi pasado que debo recordar con cariño? Es mi pasado escrito por Dios y vivido por Dios en mi vida y desde mi vida. Ese pasado tengo que recordarlo cada día.

Flickr: Daniel Lobo

 

2.- Yo tengo un pasado maravilloso. Antes de ser yo ya era. Era un pensamiento de Dios. Porque Dios me pensó. Pensó en mí. Fui uno de sus maravillosos pensamientos. ¡Qué estupendo recordar que antes de ser acogido en el seno de mi madre, yo estaba presente en la mente de Dios! ¿No es bello?

3.- Yo tengo un pasado estupendo. Antes de que yo fuese y existiese, yo existía en el corazón de Dios. Dios me amó antes de darme la vida, y me dio la vida precisamente porque me amaba, me quería. Antes de que mi madre me acunase con cariño al ron ron de una canción, Dios me mecía dentro de su corazón. ¿No es maravilloso haber nacido antes en el corazón de Dios que en el corazón de mis padres?

4.- Yo tengo un pasado. Antes de ser y existir, Dios decidió por mí. Y decidió mi existencia. La mía personal. Soy fruto y consecuencia de una decisión, de una opción personal de Dios. Pudo decidir tantas cosas. Y decidió que yo tuviese vida. ¿Y me voy a lamentar de la vida? ¿Una vida que es una decisión generosa de Dios?

5.- Yo tengo un pasado extraordinario. Antes de ser, antes de existir, yo ya era una preocupación para Dios. Pensando en mí, hizo todas las cosas. No quiso que naciese desamparado, ni en el vacío. Pensó el mundo pensando en mí. Por eso mismo, para Dios, yo soy más importante que todo el mundo. Si lo hizo para mí y por mí…

6.- Yo tengo un pasado que debo recordar siempre. Antes de que yo existiese, Él mismo decidió algo estupendo. Decidió hacerse hombre. Ver cómo era eso. Tener esa experiencia de lo humano. Y vio que valía la pena y se dijo: ahora sí quiero que exista y que viva. ¿No vale la pena recordarlo?

7.- Yo tengo un pasado muy antiguo. Si busco en mi historia del pasado me encuentro con cosas maravillosas. Por ejemplo, antes de que yo naciese, Dios ya quiso morir por mí en la Cruz, para que luego yo no tuviese miedo a morir. Quiso hacerse hombre, para que no tuviese miedo a la vida. ¿No te parece extraordinario?

Clemente Sobrado C. P.