Dios también habla hoy: Sábado de la 3 a. Semana – Ciclo B

“El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. El duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano”. (Mc 4,26-34)

Es el misterio de cada grano sembrado en la tierra.
Y es el misterio del reino de Dios sembrado en la tierra de nuestro corazón. Es el misterio de la vida.
Es el misterio de la vida en el seno materno. Comienza sin enterarnos, hasta que da señales y avisos de que ya está germinando dentro.
Es el misterio de las flores que, te levantas y te encuentras que ha brotado un capullo o se ha abierto ese capullo que ayer dejaste acurrucadito sobre sí mismo.

Y es el misterio de la gracia.
Tú sigues viviendo tu vida, pero la gracia va haciendo su obra dentro de ti.
Es el misterio de tu vocación que comienza, tal vez por un simple deseo o una simple moción dentro de ti hasta que florece en una gzosa decisión.

Es el misterio de toda vida que, silenciosa y calladamente va creciendo por dentro hasta que descubres unos brotes en las ramas.

Y es el misterio de Dios dentro de tu corazón.
Escuchaste su palabra y como que no te dijo nada o casi nada.
Pero, poco a poco, esa palabra va tomando vida en ti y, cuando menos lo piensas, sientes que ha brotado y tú sientes que algo ha cambiado dentro de ti.
Como que hay una nueva luz que comienza a amanecer.
Como que hay una nueva actitud que comienza a cambiar tu modo de pensar y de actuar.

Dios comienza como una semilla en tu corazón.
Al principio puede parecer algo imperceptible.
Luego poco a poco tú vas sintiendo que algo está cambiando en tu corazón.
Hasta puede que tú mismo te sientas indiferente, y de repelente como que algo ha sucedido dentro.

Dios no suele sacar mucho ruido.
La vida tampoco saca ruido.
Lo esencial no hace ruido.

Con frecuencia, los padres, siente que han sembrado buenas semillas en el corazón de los hijos y se sienten defraudados porque no ven los frutos.
No es el momento de la desesperación ni de la desilusión.
Es el momento de la espera.
No todas las semillas crecen al mismo ritmo, y menos aún, al ritmo de nuestras prisas.

La parábola de Jesús es clara:
Sembramos y nos dormimos.
Pero ahora es la tierra la que trabaja por nosotros.
Es la tierra la que fecunda el grano y le hace crecer.
Es la energía secreta del Evangelio.

Dios actúa en silencio.
Dios actúa callado.
Dios no hace ruidos.
Pero, por más que tú creas que Dios está lejos o no te hace caso o te tiene olvidado, Dios sigue ahí en tu corazón a la espera del momento.

No me gustan las cosas que hacen mucho ruido.
Una sonrisa no hace ruido y puede ser mucho más sincera y eficaz que una gran carcajada que puede estar vacía.

Una convertida que Dios puso en mi camino, tuvo un proceso lento.
Primero se sintió sorprendida por mi alegría.
Luego le fue tomando gusto a las explicaciones que le daba de las parábolas.
Luego se fue sintiendo cautivada por las explicaciones que yo hacía de ciertas conversiones.
Aparentemente no pasaba nada. Hasta que un día se rompió la cáscara del trigo y me sorprende con una pregunta: “¿Y yo puedo ser también como alguno de ellos?” Y brotó el primer tallo de su conversión hasta florecer en una maravillosa espiga.

No lo olvides, Dios es una semilla sembrada en el corazón.
Primero En silencio, de noche. Luego Dios se hace espiga en nosotros.
No vemos lo que hace ni como lo hace.
Solo nos enteramos cuando ya ha brotado.

Clemente Sobrado cp.

Anuncios

Dios también habla hoy: Santos Timoteo y Tito

“¿Se trae un candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero?” (Mc 4,21-25)

Santos Timoteo y Tito

Yo tengo la manía de encender las luces.
Claro que mi administrador no está muy conforme, porque luego llegan las cuentas.
Además, ¿para qué instalar tanta luz si luego las vamos a apagar?
¿Alguien instala la luz eléctrica para luego tenerla apagada?
¿Alguien se compra un candil para tenerlo escondido en el armario?
¿Alguien enciende una vela para luego esconderla?
¿Alguien se viste de terno y corbata para esconderse luego en el ropero?

El Señor nos ha convertido en luz, en candil.
Porque quiere, a través de cada uno de nosotros, ser luz para los demás:
Hay quienes todavía están en la oscuridad.
Y nosotros estamos llamados a alumbrarles.
Hay muchos que todavía no han recibido la luz.
Pero nosotros tenemos el encargo de iluminarles el camino.
Hay quienes todavía viven en la noche de sus vidas.
¿Y para qué estamos tú y yo si no es para ser una rayito de luz y de amanecer?

Dejémonos de falsas humildades.
No es humilde el candil por estar escondido.
No es humilde el candil por estar bajo la mesa.

Si soy luz, mi humildad será alumbrar generosamente.
Si soy luz, mi humildad es hacer que otros vean.
Si soy luz, mi humildad es alumbrar para que otros no tropiecen en la oscuridad.
Si soy luz, mi humildad es hacer que otros acierten el camino.

Jesús no quiere candiles apagados.
Jesús no quiere candiles escondidos.
Jesús no quiere candiles que no alumbren.
“Se trae o pone el candil… es para que salga a la luz”.

Soy candil encendido cuando los demás son testigos de mi bondad.
Soy candil encendido cuando los demás son testigos de mi comprensión.
Soy candil encendido cuando los demás son testigos de mi alegría.
Soy candil encendido cuando los demás son testigos de mi generosidad.
Soy candil encendido cuando los demás son testigos de mi sonrisa.
Soy candil encendido cuando los demás son testigos de mi servicialidad.
Soy candil encendido cuando los demás son testigos de mi fidelidad al Evangelio.
Soy candil encendido cuando los demás son testigos de mi coherencia con el Evangelio.

¿Recuerdan aquel ciego que caminaba por la noche con la linterna encendida?
Alguien que pasó a su lado le dice: “¿y para qué llevas la linterna encendida, si tú eres ciego y no ves?”
El ciego respondió: “yo no veo pero la llevo la luz encendida para que tú veas”.

¿Por qué nos quejamos de que el mundo camina a oscuras?
Mejor si nos preguntásemos: cuánto alumbra mi vida.
¿Por qué quejarse de que la gente no se ama?
Mejor si nos preguntamos: ¿y cuánto la amo yo?
¿Por qué quejarnos de que hay demasiado egoísmo?
Mejor si nos preguntamos: ¿y qué testimonio doy yo de servicialidad?

No escondamos nuestra luz.
Pongámosla allí donde pueda alumbrar a otros.
Jesús dijo un día que él era “la luz del mundo”.
Y ahora nos dice a nosotros: “sois candiles, alumbrad”.

Es preciso que alumbremos e iluminemos, porque de lo contrario, es posible que Dios apague el candil de nuestras vidas.
“Al que alumbra e ilumina” Dios lo encenderá en llamarada.
“Al que no alumbra ni ilumina”, Dios lo apagará del todo.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: La Conversión de San Pablo

Hola Pablo:

En el día de tu conversión no quiero olvidarme a ti, ni pienses que voy a pasar por alto este día. Sé que fue importante para ti y no deja de serlo para nosotros.

Hablando entre nosotros, tú fuiste bravo. Te creías dueño del mundo, dueño de la verdad, dueño de la ley. Pero te metiste con alguien que te pudo. Cuando pediste cartas para Damasco, no sabías en que lío te metías.

Eras un buen israelita y un buen fariseo. De eso no hay duda.
Pero, hermano, eras muy mal jinete. A propósito, ¿qué pasó con tu caballo? ¿Quién se quedó con él? Porque, a partir de entonces, nunca más te hemos visto a caballo.

Fuiste por lana, y como dicen en mi tierra, volviste trasquilado.
Ibas con rabia en tu corazón.
Ibas con orgullo de raza y de religión en tu cabeza.
Y ya ves. Bastó un rayo de luz y te viniste a tierra.
Y te quedaste ciego sin saber donde estabas ni ver el camino.
Te tuvieron que llevar como en silla de ruedas.
Ahí aprendiste que para ver de nuevo y ver bien, antes hay que quedar ciego.

Perseguías a los discípulos y te encontraste con el Maestro.
Perseguías a sus seguidores y te atraparon a ti en el camino.
Nos perseguías a nosotros, y resulta que le estabas persiguiendo a El.
En un instante, descubriste lo más maravilloso de tu vida.
Descubriste que el que tú creías muerto estaba bien vivo.
Descubriste que él estaba en cada uno de los que tú perseguías.

Terminaste sin conocerte a ti mismo.
Sabías muy bien lo que eras hasta entonces.
Y ahora terminas sin saber quien es el nuevo Saulo.
Porque sentías que por dentro eras otro.
Porque sentías que, el fariseo se había hecho también discípulo.
Porque sentías que el pequeño mundo de tu raza ya quedaba corto para tu corazón.
Porque sentías que lo que para ti había sido siempre título de orgullo y vanidad, ya no te decía nada.
Todo tu pasado te parecía tiempo perdido.

Y volviste a enamorarte, pero esta vez, no de la ley, sino de aquel mismo por el que sentías tanta rabia y por el que ahora estabas dispuesto a todo, incluso a dar tu propia vida.

¿Verdad que nunca te imaginaste que, en un instante, tu vida podía cambiar?
¿Verdad que nunca te imaginaste que, algún día, también tú podías ser uno de los suyos?
¿Verdad que nunca te imaginaste que tu vida pudiera cambiar tan radicalmente?

Tú eres el mejor ejemplo de lo que la gracia puede hacer en el corazón humano.
Claro que tú te creías un imposible para Dios.
Claro que tú te creías un imposible para la gracia.
Claro que tú te creías que era imposible cambiar.
Claro que tú te creías un imposible para el Evangelio.
Y ya lo ves.
Cuando menos lo pensabas, la gracia te tiró del caballo.
Te dejó como un niño perdido en el camino.
Y tu bravura se hizo docilidad para dejarte llevar.
Ibas a Damasco para traer presos a todo el mundo.
Y terminaste quedándote preso tú mismo de aquel a quien perseguías.

Antes tu mundo era pequeño.
Ahora tu mundo es enorme.
Antes, en tu corazón, sólo cabían los tuyos.
Ahora, tu corazón se ha agrandado tanto, que a todos los ves como hermanos.
Antes vivías esclavo de la Ley.
Ahora vives libre en la libertad del amor.
Antes tú, el Saulo orgulloso de ti mismo.
Ahora ya no eres tú mismo. “Ya no soy yo sino que es Cristo quien vive en mí”.

Bueno, Pablo, no te voy a pedir que me regales tu caballo.
Pero sí te pido que también yo caiga del mío, me quede, como tú, ciego.
Pero para que pueda ver lo que tú viste cuando se te volvieron a abrir los ojos,

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Miércoles de la 3 a. Semana – Ciclo B

“Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron… Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento”. (Mc 4,1-20)

Papa Francisco en Perú

Papa Francisco en Puerto Maldonado

El Papa Francisco, comentando esta parábola nos sugiere dos ideas fundamentales:
En primer lugar, nosotros somos esa tierra en la que es sembrada la semilla. Dice: “Esta parábola nos habla hoy a cada uno de nosotros, como hablaba a los que escuchaban a Jesús hace dos mil años. Nos recuerda que somos el terreno donde el Señor deja caer la semilla de su Palabra y de su amor.
¿Con qué disposición lo acogemos? Y podemos hacer preguntas:
¿cómo es nuestro corazón?
¿A qué terreno se asemeja: a la calzada, a las piedras, a un arbusto? Depende de nosotros ser un terreno bueno sin espinas ni piedras, labrado y cultivado con mimo, para que pueda dar frutos buenos para nosotros y para nuestros hermanos”.

En segundo lugar: “También viene bien no olvidar que nosotros también somos los sembradores. Dios siembra la buena semilla, y también podemos hacernos la pregunta: ¿Qué tipo de semillas sale de nuestro corazón y de nuestra boca? Nuestras palabras pueden hacer tanto bien y tanto mal, pueden sanar y pueden herir, pueden dar fuerzas y pueden deprimir”.

Resulta curioso que, algo tan pequeño como las semillas sea tan importante en nuestras vidas.
Cada semilla encierra una fuerza dentro de sí misma, por eso siempre es esperanza.
Aunque también puede terminar en fracaso.
El sembrador suele elegir buena semilla.
El futuro de la semilla, no está en la semilla misma.
El futuro de la semilla está en qué tierra es sembrada.

El sembrador disfruta contemplando el campo florecido y maduro.
De aquellas pequeñas semillas estos maravillosos campos.
De aquellas pequeñas semillas, todos estos montones de trigo y de fruto.
Lo pequeño, cuando tiene vida dentro, es capaz de multiplicarse.
No siempre necesitamos de grandes cosas. Lo que se necesitan son semillas.

Jesús no nos habla:
De la bondad de la semilla.
Sino la tierra del corazón humano.
Dios a todos nos ofrece la semilla de su gracia.
De nosotros depende que esa gracia crezca.
De nosotros depende que el Bautismo crezca y de frutos abundantes.
De nosotros depende que esa pequeña hostia que comulgamos de frutos de amor y comunión.
De nosotros depende que esa semilla de amor, crezca en nuestros corazones y podamos ser una familia feliz.
De nosotros depende que esa gracia que se llama Iglesia, crezca y tengamos una Iglesia luz del mundo.
De nosotros depende que esa semilla del perdón crezca y podamos vivir en gracia todos los días.
De nosotros depende que esa semilla del Evangelio, crezca y dé buenos frutos de vida.
De nosotros depende que esa semilla del amor de Dios, crezca y llene el mundo de bondad.
¿Y qué semilla somos nosotros?
Porque querámoslo o no también nosotros terminamos siendo semillas sembradas en el corazón de los demás.
Semillas de bondad y generosidad.
Semillas de alegría o de tristeza.
Semillas de paz o resentimientos.
Semillas de odio o reconciliación.
Semillas de gracia o de pecado.
Semillas de vulgaridad o santidad.
Semillas de desilusión o esperanza.

Estamos llamados a ser esa buena tierra donde maduren y no se pierdan las semillas sembradas por Dios en nuestros corazones.
Pero también estamos llamados a ser sembradores de buenas semillas que maduren en el corazón de los demás.
Dios florece en nuestros corazones según sea la tierra que llevamos dentro.
Y nosotros florecemos en los demás según sean las semillas que sembramos.
De nosotros depende que el mundo sea un jardín.
O que termine siendo un desierto.
Tu hogar puede florecer en la felicidad de la convivencia.
O se puede marchitar con nuestras actitudes.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Martes de la 3 a. Semana – Ciclo B

“Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. Les contestó: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” Y paseando su mirada por el corro, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”. (Mc 3,31-35)

Papa Francisco en Perú

Primero fue la familia de mis padres en la que recibí el don de la vida.
A los dos días de nacer me regalaron la familia de la Iglesia.
A mis dieciocho años me acogió la familia de mi Congregación Pasionista.
No hubo competencia de familias.
Tampoco yo me he sentido al margen de ninguna de ellas. Y todas siguen siendo mi familia.

No hubo competencia de madres ni de padres ni de hermanos.
Ni mi madre biológica entró en conflicto con mi madre la Iglesia.
Algún problema sí tuve con mi padre según la carne.
Tampoco he tenido problemas con mi madre la Congregación y mi madre la Iglesia.

Jesús comenzó teniendo problemas con sus familiares que, en algún momento, pensaron que había perdido la cabeza.
Ahora, es la madre y sus hermanos que le esperan fuera.
Pero Jesús, que no fundó ninguna familia biológica, habla ahora de esa otra familia nacida, no de la carne y de la sangre, sino del Espíritu.

No hay aquí ningún desplante para con su madre ni sus hermanos, hay simplemente el anuncio de que:
La maternidad no termina en dar la vida biológicamente.
La maternidad y la paternidad se prolongan y se crecen en la nueva relación de la vida de la gracia.
La fraternidad no queda limitada a ser hijos de la misma madre y del mismo padre.
Que existe una fraternidad nacida de un nuevo nacimiento en el Bautismo.

Jesús está pensando en un nuevo tipo y estilo de familia, más allá de los vínculos de la carne y la sangre que siempre será una familia pequeña.
Está pensando en esa familia del Reino:
Donde todos somos portadores de los mismos genes de Dios.
Donde todos somos hijos de un mismo Padre Dios.
Donde todos compartimos la misma filiación que El.
Donde todos compartimos la misma fraternidad en El.

Una nueva familia donde los apellidos no dividen.
Una nueva familia donde todos habitamos la misma casa que es la Iglesia.
Una nueva familia donde el único primogénito es El, Jesús.
Una nueva familia donde todos somos coherederos y donde no habrá peleas ni divisiones entre hermanos por competencia de herencias.

Seguirá habiendo familias biológicas, pero donde todos están llamados a superarse en la gran familia del Reino.
Esa familia donde todos vivimos unidos en la misma escucha de la Palabra y donde todos vivimos la misma voluntad de “papá Dios”, o como dice la canción que todos conocemos y cantamos:

“Iglesia soy y tú también,
en el Bautismo renacimos
a una vida singular
y al confirmar hoy nuestra fe,
lo proclamamos compartiendo el mismo pan.
No vayas triste en soledad
ven con nosotros y verás
a los hermanos caminando en el amor.
Ven con nosotros y serás
en la familia un hijo más,
iremos juntos caminando en el amor.
Yo la veré envejecer,
pero a mi madre aún con arrugas
y defectos la querré.
La quiero más, pues sé muy bien,
que ha envejecido sin dejarme de querer.
La Iglesia es tan maternal
que me ha engendrado,
me alimenta y acompaña sin cesar”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Lunes de la 3 a. Semana – Ciclo B

“Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”. (Mc 3,22-30)

Papa Francisco en Perú

Papa Francisco en Trujillo

Un texto complicado para muchos y que incluso se presta a dudas y malas interpretaciones.
Sus familiares le acusan de haber perdido la cabeza.
Ahora estos escribas, bajados de Jerusalén, van todavía más lejos.
Lo califican de endemoniado.
De ser nada menos que un agente del diablo.

Bueno, a Jesús se las dijeron de todo tamaño y de todo estilo.
Que le dijeran que había perdido la cabeza, aún podía soportarlo.
Pero decirle que en él no actuaba el Espíritu Santo sino “Don Sata”, eso ya era más gordo.
No reconocer al Espíritu que actuaba en él, era negar su propia identidad y la fuerza que le movía.
No reconocer que llevamos dentro el don del Espíritu Santo es vaciarnos de todo y quedarnos en pura cáscara.
No reconocernos habitados por el Espíritu Santo, es sentirnos como una casa en ruinas y deshabitada.
No reconocer que el Espíritu Santo mora en nosotros es como negar que la savia corre por el tronco del árbol y por tanto sentirnos secos y sin vida.
Podrán decir que nuestras paredes son viejas, pero nadie podrá decir que, a pesar de todo, él habita dentro,

¿Por qué se pueden perdonar todos los pecados, incluso la misma blasfemia, y en cambio no se puede perdonar el pecado contra el Espíritu Santo? Es negar el principio del amor. Es negar el amor mismo. Y negar al Espíritu Santo es negarnos a amar. Porque negar al Espíritu Santo es negarnos a dejarnos amar.

Y quien niega el amor es imposible que crea en el perdón.
Y quien niega el amor es imposible que crea puede ser perdonado.
Y quien niega el amor es imposible se deje perdonar.
Y quien niega el amor jamás sabrá perdonar.
¿Y cómo ser perdonado sin perdonar?

No es que Dios no pueda perdonar todos los pecados.
Su amor no tiene límites, ni siquiera perdonando.
El problema somos nosotros mismos que no creemos en el amor que perdona.
El problema somos nosotros mismos que no nos dejamos amar y por tanto no nos dejamos perdonar.
No es Dios que no nos perdone.
Somos nosotros que ponemos barreras al perdón.
El Papa Francisco escribe: “Nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perdón… ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia”. (Mm 2)

Mientras creamos en el amor, por más pecados que tengamos siempre tendremos la esperanza del perdón.
Mientras creamos en el Espíritu del amor que nos habita siempre habrá la posibilidad del perdón.
Mientras ames, mientras creas en el amor, mientras te fíes del amor, siempre habrá una luz y una esperanza de perdón.
Jesús lo dirá más tarde: “mucho se le ha perdonado, porque ha amado mucho”.
“Poco se le perdona al que ama poco”.

Por eso, el peor pecado será siempre pecar contra el amor.
El peor pecado será siempre “no amar”.
El peor pecado será siempre “no dejarse amar”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Domingo 3 – Ciclo B

Sigue las actividades del Papa Francisco en Perú haciendo clic aquí: https://www.facebook.com/PapaFranciscoPeru/

Papa Francisco en Perú

Papa Francisco en Perú

“Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca reparando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornalero y se marcharon con él”. (Mc 1,14-20)

Dios es sorpresivo.
No avisa ni cuando llega ni cuando llama a la puerta.
A mí siempre me han gustado las sorpresas.
Pienso que los que tienen tarjeta de visita nos y hacen esperar y desesperar.
Que si el tráfico estaba pesado.
Que si se nos bajó la llanta.
Que si no llegó el taxi a tiempo.
Y mientras tanto, uno comiéndose los hígados de rabia.

Dios no tiene problemas de tráfico, ni de llantas ni de taxi.
Porque él llega y llama:
Cuando menos lo esperamos.
Cuando menos preparados estamos.
Cuando estamos ocupados en otras cosas.
Cuando estamos pensando en lo nuestro.
Cuando incluso estamos despistados o haciendo nuestros planes.

Dios tampoco se fija en lo que estamos haciendo, ni qué prisas tenemos, o cuan despistados estamos.
Simón y su hermano Andrés están echando ya las redes.
Santiago y Juan están en la barca preparando todavía las redes.
Por eso me gusta Dios.
Nada hay más sabroso que aquello que no se espera.
Nada hay más gozoso que lo sorpresivo.

Además lo sorpresivo de Dios:
Revela su gratuidad, y su amor.
Revela su libre elección.
Revela su plan y su proyecto sobre cada uno de nosotros.
Revela que para fijarse en nosotros no necesita carta alguna de recomendación.
Revela que no nos llama porque lo merecemos.
Revela que nos llama libremente, sin presiones, simplemente porque nos ama y tiene planes sobre nosotros.

Esta primera llamada a los primeros discípulos tiene su encanto y su misterio:
¿Por qué llamó a los hijos y no llamó a sus padres?
¿Por qué llamó a Santiago y a Juan y dejó en la barca a su padre y a los jornaleros?
¿Acaso no tenían los mismos títulos y los mismos trabajos?

Aún hoy, después tantos años, me sigo preguntando ¿por qué me llamó a mí que no tenía donde caerme muerto y no llamó a otros que sí tenían un futuro asegurado? ¿Por ser mejor que el resto de compañeros? Todos los que me conocían sabían perfectamente que yo “era la piel del diablo”.
Dios es misterioso como misterioso es el amor.
Dios es misterioso como misteriosa es su gratuidad.
A mí me llamó todavía muy joven, pero a Simón lo llamó estando ya casado y, según cuenta la tradición, con dos hijas.
Es posible que Santiago también tuviese familia. Dicen que Juan era más jovencito. ¡Vaya usted a saberlo!

Para Dios nunca es demasiado temprano.
Pero tampoco es nunca demasiado tarde.
David se quejaba de ser demasiado joven cuando lo nombró rey.
Sara se echó a reír cuando escuchó que iba a tener un hijo.
Zacarías puso en duda que iba a ser padre.
María no dudó de ser madre siendo virgen.

Pero eso a mí, me encanta Dios porque es sorpresivo.
Y porque llama cuando quiere y a quien quiere.
Y a la hora que quiere y a la edad que quiere
Y sin fijarse en el apellido. Sencillamente se deja llevar del corazón.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Sábado de la 2 a. Semana – Ciclo B

“Jesús fue a casa con sus discípulos y se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales”. (Mc 3,20-21)

Hay personas que, estén donde estén, tienen imán. La gente les sigue.
Y la gente tiene olfato y sabe a quién sigue.
Como dice por ahí el refrán. “La gente no es tan tonta como parece”.
Es que la gente tiene un olfato exquisito para saber diferenciar y saber a quien buscar y seguir, y dónde habla el Espíritu y donde no.

A Jesús le siguen dondequiera que esté.
La gente sencilla tiene una percepción especial.
Son tantos los que le buscan que ni Jesús ni sus discípulos “tienen tiempo para comer”.
A mí me sobra tiempo para comer.
Y hasta me sobra tiempo para echarme luego una siesta.

Pero, hay en todo esto algo curioso.
Si uno se aparte de la rutina de la vida.
“No está en sus cabales”.
Si uno decide tomar en serio el Evangelio.
“No está en sus cabales”.
Si uno decide entregarse entero a la gente.
“No está en sus cabales”.
Si uno decide escuchar a todos.
“No está en sus cabales”.
Si uno decide comprometerse con todos.
“No está en sus cabales”.

Si uno decide tomar con seriedad su bautismo y se santidad, es un ilusionista.
Y puede prepararse para lo que le espera:
A Jesús, sus mismos familiares fueron a buscarle, porque consideraban que no estaba “en sus cabales”.
Todo el que no entra en la rutina de todos, es un raro.
Todo el que no hace lo que hacen todos, es un raro.
Todo el que es justo y no roba en el trabajo: es un tonto.
Todo el que no piensa como todos, es un raro.
Todo el que no habla como todos, es un raro.
Para ser normal y estar “en sus cabales” hay que ser como todos.

¿Recuerdan la historia de aquel profeta loco que se pasaba el día entero gritando en la plaza sin que nadie le escuchase?
Alguien le preguntó: ¿por qué seguía predicando si nadie le hacía caso?
A lo que él respondió: “grito para que los demás no me convenzan de lo contrario”.

¿Conoces algo de ciclismo? Yo no mucho, pero algo conozco.
Por ejemplo, no es fácil escaparse en solitario en las carreras ciclistas.
Al fin, el pelotón termina por comérselo y absorberlo.
Tampoco es fácil entregarse en solitario a la causa del Evangelio.
Lo van a llamar un obsesionado, un fundamentalista.
Tampoco es fácil entregar todo tu tiempo a los demás, incluso si no tienes tiempo para comer.
Te dirán ¡qué manera de perder tu tiempo y tu vida!
Tampoco es fácil entregar tu vida al servicio de los necesitados.
Te dirán que nadie te lo agradecerá.
Si no quieres que te digan que “no estás en sus cabales” el remedio es fácil: sé como todos.
Los alpinistas que quieren subir a donde nadie ha subido, son unos locos arriesgando sus vidas.
Si quieres ser santo, terminarás por ser un insociable y un aguafiestas.
Solo los que se acomodan a la vulgaridad sn animadores de la fiesta.

Clemente Sobrado cp.