Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 15 a. Semana – Ciclo C

“Exclamó Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor”. (Mt 11, 15-27)

Evangelio de contrastes.
Ayer recriminaba a dos ciudades.
Hoy la alegría ha vuelto a su corazón.
Es “el Evangelio de “las pequeñas o grandes alegrías de Dios”.
Jesús debió de tener muchos momentos de gran tristeza.
Sobre todo viendo la resistencia de los corazones humanos.
Pero Jesús también debió de tener grandes alegrías.

Hoy es la alegría que le da la gente sencilla.
Hoy es la alegría que le regala esa gente sencilla del campo.

Muchas veces Jesús habla de la necesidad de la oración.
Y otras tantas se nos dice que Jesús oraba.
Pero no se nos decía:
Ni cómo oraba.
Ni qué le decía al Padre.
Ni cómo expresaba sus sentimientos ante el Padre.

Hoy, el Evangelista le sorprende orando.
Le sorprende hablando con el Padre.
Y la sorprende hablando de sus alegrías.
De esas alegrías sencillas que le proporcionaban las gentes sencillas.

Ve cómo los grandes se resisten al Evangelio.
Pero también ve cómo los pequeños le abren su corazón.
Ve como los grandes intelectuales se cierran a la Buena Noticia.
Pero también ve cómo la gente sencilla, que no sabe leer ni escribir, recibe con gozo la Buena Noticia del Reino.
Se puede saber mucho y ser esclavo de sus propias ideas.
Se puede saber muy poco y sentirse libre frente al Evangelio.
Se puede saber mucho y saber muy poco de Dios.
Se puede ser ignorante y ser un sabio sobre Dios.
¿Recuerdan aquella frase que se repite con frecuencia?
Juan no sabía leer ni escribir. Se ponía delante del Sagrario y simplemente le decía: “Señor, aquí está Juan”.

Siempre me han llamado la atención las pequeñas alegrías de Dios.
No las alegrías de las cosas grandes.
Sino la alegría de las cosas pequeñas.
La alegría que los pequeños pueden regalar a Dios.
La mayor alegría que podemos ofrecer a Dios es un corazón siempre disponible.
La mayor alegría que podemos ofrecerle a Dios la simplicidad del corazón de los sencillos.

Una oración sencilla.
Un hablar con el Padre de corazón a corazón.
Un hablar con el Padre de las cosas sencillas del Reino.
Un hablar con el Padre del corazón de los sencillos.
Lucas, más detallista, añade a esta oración de Jesús: “se estremeció de gozo”.

¡Pensar que, desde la simplicidad de nuestro corazón, podemos “estremecer de gozo el corazón de Jesús”!
¡Pensar que, cada vez que abrimos nuestro corazón al Evangelio, “se estremece de gozo el corazón de Jesús”!
¡Pensar que Jesús ora “dando gracias por la experiencia de ver cómo los corazones sencillos se abren al anuncio del Reino”!

Señor: dame inteligencia para comprender.
Señor: dame un corazón sencillo para recibirte.
Señor: hazme sabio en la sencillez de mi ignorancia.
Señor: hazme sabio en la simplicidad de mi corazón siempre disponible.
Señor: que mi vida abierta al Evangelio, “te haga estremecer de gozo” ante el Padre.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 15 a. Semana – Ciclo C

“Se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos los milagros, porque no se habían convertido: “¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y Sidón se hubieran hecho lo milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y Sidón que a vosotras”. (Mt 11,20-24)

Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida

Es la primera vez que Jesús recrimina a dos ciudades.
Esta vez a Corozaín y Betsaida.
Más tarde, no recriminará, pero sí llorará sobre Jerusalén.
Y todo ¿por qué?
Por no tener ojos para ver los signos del Reino.
Por no ver las pobres gentes que le buscaban y seguían.
Por no ver los milagros que hacía sanando enfermos.
Por no tener oídos para escuchar el anuncio del Reino.
Por tener cerrado el corazón al cambio y a lo nuevo.
Por cerrarse a la gracia que se les ofrece.
Por no aprovechar las posibilidades que Dios les ofrece.

Y en cambio, demuestra una mayor comprensión hacia Tiro y Sidón, ciudades paganas.
Pero que no han tenido las mismas oportunidades.
Porque no han tenido las misma posibilidades.

¡Qué difícil resulta juzgar a los demás!
Cada uno conocemos nuestro corazón.
¿Alguien conoce el corazón de los otros?
Cada uno sabe los dones que ha recibido.
¿Alguien sabe los dones recibidos por los demás?
Cada uno sabe las posibilidades que ha tenido.
¿Alguien conoce las posibilidades de los demás?

Cada uno tenemos nuestra propia medida según el corazón de Dios.
Y cada uno tendremos que dar nuestra propia talla delante de él.
Ante Dios no somos masas anónimas.
Ante Dios cada uno somos nosotros mismos con nuestra propia identidad.
Cada uno llevamos nuestro propio nombre y apellido.
Y nadie puede revestirse del apellido y nombre del otro.

Ante Dios todos somos iguales: hijos.
Pero ante Dios todos somos distintos.
Como son distintos los hijos en la familia.

En Corazón y Betsaida, Jesús había hecho la mayoría de sus milagros.
Por tanto, les había ofrecido la mayoría de las señales o signos de la fuerza del Evangelio.
Signos que no hizo en Tiro y Sidón.
Por eso Tiro y Sidón merecen un mejor trato y una mejor consideración a la hora de juzgarlos.

Jesús nos plantea un tema de responsabilidad.
Cada uno somos responsables de los dones que hemos recibido.
Tanto humanos como espirituales.
¿Le vamos a pedir a quienes tienen que vivir en unas esteras amontonados, lo mismo que a quienes viven en casas holgadas y con todas facilidades?
¿Le vamos a pedir lo mismo a quienes carecen de sacerdote más que en las fiestas del pueblo, que a quienes tienen sacerdotes hasta en la sopa?
¿Le vamos a pedir lo mismo a quienes no tienen sino una misa al año, que a quienes tienen misas a todas las horas?
¿Les vamos a pedir lo mismo a quienes ha tenido todos los medios de formación humana y religiosa que a quienes no tienen ni escuela ni catequesis?
¿Les vamos a pedir lo mismo a quienes han tenido una familia unida, estable y unos padres religiosos, que a quienes carecen de familia y viven en la calle?

¿Tendrán todos la misma responsabilidad?
¿Se les exigirá a todos con la misma medida?
Y ahora, me pregunto a mí mismo: ¿Y yo que he recibido tanto de Dios y he tenido tantas posibilidades daré la medida y la talla que Dios espera de mí?
No vivamos de ilusiones.
La realidad se nos impone.
También la realidad de los signos que Dios hace en nosotros.
Se nos juzgará por nuestra respuesta a los dones que hemos recido.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 15 a. Semana – Ciclo C

“No penséis que venido a la tierra a sembrar paz; no he venido a sembrar la paz, sino espadas. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra, a los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. El que quiera a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiera a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí”. (Mt 10,34-11,1)

¡Vaya lío el que nos está armando hoy Jesús!
Bueno, para crear enemistad y problemas entre la nuera y la suegra, no hacía falta que lo dijese.
Eso lo estamos viendo con mucha frecuencia.
No sé si por culpa de las suegras o de las nueras.
Porque todo hay en la viña del Señor.
Aunque también entre suegras y nueras suele haber buenos entendimientos.
¿Por qué le hemos de hacer tan mal ambiente a las suegras?
Las hay estupendas.
Y las nueras tampoco son siempre “miel sobre hojuelas”.

Lo que sí llama la atención es el lío que crea en casa entre padres e hijos, madres e hijas.
Ya teníamos bastante con eso de “crisis generacionales” y ahora viene Jesús a armar más problemas.
¿Será que Jesús trata de dividir y destruir la unidad y la comunión familiar?
Entonces tendríamos que suprimir el cuarto mandamiento.

La cosa va por otros caminos.
Jesús defiende el amor a Dios por encima de todo.
En el Catecismo que estudié decía: “Amar a Dios sobre todas las cosas”.
Pero también decía que había que “amar y honrar a padre y madre”.

Sin embargo, ambos amores pudiera encontrarse y chocar.
Lo que Jesús sigue afirmando es que amemos a nuestros padres.
Lo que Jesús sigue afirmando:
Es que las suegras amen como a “hijas políticas” a las nueras.
Y que las nueras amen a sus suegras como “madres políticas”.
Es que la unión de la pareja depende también, en gran parte, de la relación que exista entre “nueras y suegras”.
Malo es cuando la suegra se mete en el matrimonio del hijo.
Pero tampoco es mejor cuando la nuera impide al marido seguir amando a su madre.

Lo que sucede es que:
Ambos amores pueden chocar con el Evangelio.
El amor de los padres es normal y sería una anormalidad que no se amasen.
Pero no siempre el amor de los padres coincide con el amor y los planes de Dios.

Lo sé por experiencia personal:
Mi padre nunca aceptó mi vocación religiosa y sacerdotal.
Y yo me encontré en una lucha interior:
Entre ser fiel a Dios que llamaba.
Entre mi padre que no entendía mi vocación.
Fue toda una lucha de sentimientos y fidelidades.
La cuerda se rompió por mi padre que se atrevió a decirme “que me olvidase de él”.
Claro que yo nunca me olvidé a él, pero no volvió a escribirme.

El Evangelio crea, a veces estas situaciones de conflicto de fidelidades.
A mí me sangró mucho el alma.
Pero por más que sentía el amor a mi padre, también sentía la voz de Dios que me decía sigue adelante.

Es que aquí se da aquello que escribía Unamuno:
“Los santos y los héroes son unos solitarios, porque lo que ellos escuchan en su corazón, nadie demás no escuchan esas mismas voces, y por eso son incomprendido”.

No me tengo ni por santo ni por héroe.
Pero la voz de Dios la sentía muy dentro de mí.
Y no podía fallarle a Dios que me llamaba en el silencio del alma.
Entiendo que mi padre no escuchaba esa misma voz.
Solo escuchaba la voz de sus sentimientos de padre.

Por eso siempre le comprendí, incluso en sus decisiones tan radicales.
La suerte de quienes saben que el amor de Dios no sacrifica el amor a los padres, pero sí puede dividir a padres a hijos.

Tengo que amar a mi enamorado o novio.
Pero sin que sacrifique el amor y la fidelidad al amor de Dios.
Tengo que amar a mis hermanos.
Pero sin sacrificar la fidelidad a Dios.
Tengo que amar a mi suegra.
Pero sin sacrificar el amor de mi esposo e hijos.
Tengo que amar a mi nuera.
Pero sin sacrificar mi fidelidad al amor a Dios.
Divisiones, que no deben ser rupturas.
Divisiones, que no deben sacrificar el amor sino buscar prioridades.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 15 – Ciclo C

“Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó”. (Lc 10,25-37)

El buen samaritano

¿Quién es mi prójimo?”
Pregunta para “justificarse”.
Es preferible pasarnos el tiempo discutiendo que no abrir los ojos y comprometernos.

El Sacerdote y el Levita que pasan por allí dan un rodeo.
Tuercen la cabeza.
La religión de la Ley les prohibía acercarse a él.
La religión de la Ley les impide ver al prójimo herido.

“En cambio el samaritano, cuando vio a ese hombre, “sintió compasión” dice el Evangelio. Se acercó, le vendó las heridas, poniendo sobre ellas un poco de aceite y de vino; luego lo cargó sobre su cabalgadura, lo llevó a un albergue y pagó el hospedaje por él… En definitiva, se hizo cargo de él: es el ejemplo del amor al prójimo. Pero, ¿por qué Jesús elige a un samaritano como protagonista de la parábola? Porque los samaritanos eran despreciados por los judíos, por las diversas tradiciones religiosas. Sin embargo, Jesús muestra que el corazón de ese samaritano es bueno y generoso y que —a diferencia del sacerdote y del levita— él pone en práctica la voluntad de Dios, que quiere la misericordia más que los sacrificios. Dios siempre quiere la misericordia y no la condena hacia todos. Quiere la misericordia del corazón, porque Él es misericordioso y sabe comprender bien nuestras miserias, nuestras dificultades y también nuestros pecados. A todos nos da este corazón misericordioso. El Samaritano hace precisamente esto: imita la misericordia de Dios, la misericordia hacia quien está necesitado.» (S.S. Francisco, 14 de julio de 2013)

Pasa un samaritano.
Un pagano sin religión posiblemente.
Y él se baja del caballo, se acerca, lo cura, lo toca y se carga con él.
El samaritano no tiene una Ley que limite su relación con nadie.
El samaritano:
No tiene una Ley que le impida acercarse “al hombre herido”.
No tiene una Ley que le impida tocar “al hombre herido”.
No tiene una Ley que le impida sanar las heridas del “hombre herido”.
No tiene una Ley que le impida subirlo a su caballo y dejarlo en una posada.

El samaritano:
No se pregunta ¿quién es su prójimo?
No se pregunta si podrá hacer algo.
No pierde tiempo discutiendo o cuestionándose.
Le bastó ver a “alguien herido”.
Le bastó sentir lástima por alguien desconocido “herido”.
La bastó sentir misericordia.

Se trataba de “un hombre herido y abandonado”.
No importaba si era judío o samaritano.
Era un “hombre herido y abandonado” y eso era suficiente.
La misericordia no pide nombres.
La misericordia no pide documentos de identidad.
La misericordia no pide informes ni explicaciones.
La misericordia no pregunta si fue culpable o inocente.

Era un hombre sin nombre.
Era un hombre sin nacionalidad.
Era un hombre sin clase alguna de religión.
Era un hombre sencillamente “necesitado”.
Era un hombre sencillamente “apaleado, herido y maltratado”.

El resto son justificaciones inútiles.
No era el momento de hacer preguntas.
Era el momento de “hacer algo”.
Benedicto XVI lo definirá muy sencillamente: “Mi prójimo es aquel que me necesita y por el cual puedo hacer algo”.

El prójimo no tiene nombre ni apellido.
El prójimo es alguien que me necesita.
El prójimo es alguien por quien puedo hacer algo, aunque sea poco.
El prójimo es alguien al que puedo acercarme.
El prójimo es alguien a quien puedo vendar unas heridas.

Sacerdote y Levita vieron a “un herido”.
Sacerdote y Levita vieron a “alguien que les podía hacer legalmente impuros”.
La verdadera religión no divide a los hombres.
La verdadera religión no hace preguntas.
La verdadera religión no hace impuros a nadie.
¡Una verdadera pena que, utilicemos la religión como excusa para no reconocer la dignidad del otro!
¡Una verdadera pena que, utilicemos la religión, como excusa para no comprometernos con el “hombre necesitado”!
¡Una verdadera pena que utilicemos la fidelidad religiosa, para no detenernos, y comprometernos con los que nos necesitan!
Cierto que esa no es la religión que Dios quiere.
Cierto que esa no es la religión que nos lleva a Dios.
El mismo Isaías dirá, hablando de Jesús: “herido y maltratado”.

¿Cuántos heridos encontraré hoy en mi camino?
¿Cuántos heridos encontraré hoy camino de la Iglesia?
¿Daremos vuelta a la manzana para no ver lo que Dios sí está viendo?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 14 a. Semana – Ciclo C

“Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo”. (Mt 10,24-33)

El Papa Francisco hablando a los jóvenes les dijo:
“No tengáis miedo de ir contracorriente, cuando nos quieren robar la esperanza, cuando nos proponen valores deteriorados, valores como comida en mal estado, e igual que la comida en mal estado nos hace daño; estos valores nos hacen daño. ¡Debemos ir contracorriente! Y vosotros jóvenes, sed los primeros: Id contracorriente y estad orgullosos de ir precisamente contracorriente. ¡Adelante, sed valientes e id contracorriente! ¡Y estad orgullosos de hacerlo!”.

Una de las grandes insistencias de Jesús en el Evangelio, es sin duda: “no tengáis miedo”.
No tengáis miedo a Dios, porque es vuestro Padre.
No tengáis miedo a los hombres, que solo pueden matar el cuerpo, pero no el alma.
No tengáis miedo en proclamar el Evangelio, aunque les caiga mal a muchos.
No tengáis miedo a ser lo que sois.
No tengáis miedo a dar la cara por mí, porque yo también la daré por vosotros.
No tengáis miedo a confesar lo que sois.
No tengáis miedo a confesar vuestra fe.
No tengáis miedo a identificaros como creyentes.

El miedo es paralizante.
El miedo nos impide ser nosotros mismos.
El miedo nos acobarda ante los que no piensan como nosotros.
El miedo no impide afirmar nuestra identidad de seguidores de Jesús.
El miedo nos mimetiza como esos animales que ante el peligro cambian de color para no ser vistos y reconocidos.
El miedo nos impide confesar a Jesús delante de los hombres.

Jesús sabe por experiencia:
Que ser profeta de Dios que anuncia el Evangelio a los pobres y oprimidos significó para El un gran riesgo, incluso el de la muerte.
Que confesarse en su identidad como “Hijo de Dios” significaba el riesgo de una condena: “Ha blasfemado, reo es de muerte”.
Que ser fiel a su causa hasta el final, es escuchar “y se lo entregó para que lo crucificaran”.

Y Jesús es consciente de que esa es también la suerte de cuantos quieran seguirle.
Que ser cristiano no es nada fácil.
Que ser cristiano no es para recibir aplausos.
Que ser cristiano no es para recibir alabanzas.
Que ser cristiano implica rechazos.
Que ser cristiano implica críticas.
Que ser cristiano implica marginaciones.
Que ser cristiano implica “perder la vida por El”.
Que ser cristiano implica para muchos, persecución.
Que ser cristiano implica para muchos, cárcel y condenas.

De ahí la necesidad de “no tener miedo”.
Humanamente el miedo es natural.
Humanamente el miedo es una especie de defensa.

Pero como cristianos no podemos tener miedo.
Y no podemos tener miedo:
Porque el Padre cuida de nosotros.
Si se preocupa de los gorriones, mucho más nos cuidará de nosotros.
“No hay comparación entre vosotros y los gorriones”.
Porque, además, El mismo será nuestro testigo si damos cara por El.
Porque, El mismo dará cara ante el Padre, a favor de quienes han dado cara por El.

Nuestra valentía, no depende de nuestras fuerzas humanas.
Nuestra valentía, no depende de no tener miedo a la muerte ni al dolor.
Nuestra valentía depende de nuestra confianza en el Padre.
Nuestra valentía depende de nuestro abandono en manos del Padre.
Nuestra valentía depende del don de fortaleza que nos viene del Espíritu Santo.
Nuestra valentía depende de que él mismo nos hace partícipes de su propia fortaleza.
Nuestra valentía depende de que él mismo estará de nuestra parte.
Nuestra valentía depende de nuestra comunión con el Padre y el Hijo en la oración mediante el Espíritu Santo.

Señor: da coraje a nuestro corazón.
Señor: quita el miedo de nuestros corazones.
Señor: que no tengamos miedo en confesar lo que somos.
Señor: que no tengamos miedo en anunciar tu Evangelio.
Señor: que no tengamos miedo “ponernos de tu parte”.
Me olvidaba: “Gracias, Señor, porque valgo más que los gorriones”

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 14 a. Semana – Ciclo C

“Dijo Jesús a sus apóstoles: “Mirad que os mando como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. Pero no os fiéis de la gente, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles.” (Mt 10,16-23)

Llama la atención de cómo Jesús quiere presentar a los suyos y a su Iglesia su msión.
Nada de grandezas.
Nada de poder humano.
Nada de luchas de poder a poder.
Sino que nos presenta siempre:
En condición de pequeñez.
En condición de debilidad.

Nos habló de que su Reino se parecía a “un grano mostaza”.
Nos calificó de “pequeño rebaño”.
Y ahora nos llama “corderos” o “ovejas”.
También nos llamó “semilla”.
Y nos dijo que éramos “puñado de levadura”.

En tanto que al mundo lo califica de “lobos”.
En el mundo hay “tribunales”.
En el mundo hay “gobernadores”.
En el mundo hay “reyes”.
Es decir:
El Reino de Dios se manifiesta como lo pequeño.
En tanto que el mundo se manifiesta como el poder.

En realidad, lo que nos está diciendo es que estamos llamados a ser como El.
Porque también a El lo presentó Juan como “el cordero”.
Y también Jesús debió vivir entre los lobos de la Ley.
También Jesús debió vivir entre los lobos del poder religioso.
También Jesús debió vivir entre los lobos del poder político.
En su Pasión Jesús fue el “el cordero llevadora al matadero”.
Y seguirle a El es correr su misma condición.
Seguirle a El es correr su misma suerte.
Por eso, los que le siguen, “serán entregados a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes”.

¿Qué tiene de nuevo la fe cristiana?
¿Qué tienen de nuevo los cristianos?
Son ellos los únicos perseguidos por su fe.
¿Alguien persigue a los miembros de otras religiones?
¿Alguna otra religión tiene la cantidad de mártires que tiene el cristianismo?
¿Alguna otra religión es perseguida como la cristiana, incluso en ambientes llamados cristianos?

Hay en el cristianismo un algo que lo hace peligroso para el poder.
Hay en el cristianismo un algo que lo hace peligroso para los “lobos”.
Hay en el cristianismo un algo que lo hace peligroso para el resto de religiones.
¿Será la nueva imagen de Dios amor y Padre?
¿Será el nuevo estilo de vida desde la debilidad y el amor?
¿Será el nuevo modo de vivir que se pone a favor del hombre y de todos los hombres?

Algo tenemos los cristianos que nos hace molestos al mundo.
Algo tenemos los cristianos que nos hace incómodos para el mundo.
Y que a pesar de nuestra condición de debilidad nos hace peligrosos para el sistema.
Y que a pesar de nuestra condición de “corderos y ovejas” se nos persigue.
Quiero recordar aquí dos citas:
“Olvidamos que la religión cristiana no es una religión más, nacida para proporcionar a los seguidores de Jesús las creencias, ritos y preceptos adecuados para vivir su relación con Dios. Es una religión profética, impulsada por el Profeta Jesús para promover un mundo más humano, orientado hacia su salvación definitiva en Dios”. (Pagola)

“Ya entre los suyos experimentó Jesús ser piedra de escándalo. También la Iglesia, Cristo místico, es piedra de escándalo capaz de suscitar entusiasmos y agresividades. Los profetas de conversión, los heraldos de la verdad clara sin concesiones en aras de fácil popularidad tienen el peligro de no ser escuchados o de ser perseguidos”. (G. Gutierrez)

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 14 a. Semana – Ciclo C

“Id y proclamad que el reino de Dios está cerca. Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios. De gracia lo recibisteis; dadlo de gracia”. (Mt 10,7-15)

“Dar gratis lo que gratis hemos recibido”.
Un amigo a quien lo pusimos de sobre nombre “Don tengo” porque todo lo creía suyo.
Se había olvidado de que todo lo hemos recibido gratis, y que gratis lo tendremos que dar.
No es fácil entender:
Que Dios todo nos lo da gratis.
Que Dios no nos cobra ni su amor ni su salvación.
Que Dios no cobra nada, y que es suficiente pedirle.

Acostumbrados a “comprarlo todo”, hasta el agua, no resulta fácil a nuestra mentalidad entender la gratuidad.
Y a Dios no podremos entenderle si no entendemos la gratuidad.
El amor que “se vende” no es amor.
Se hace “mercancía”.
La amistad que “se vende” no es amistad.
Se hace “mercancía”.
El cariño que “se vende” no es cariño.
Se hace “mercancía”.
La generosidad “que se vende” ya no es generosidad.
Se hace “mercancía”.
El perdón que “se vende” ya no es perdón.
Se hace “mercancía”.
La reconciliación que “se vende” no es reconciliación.
Se hace “mercancía”.
El Evangelio que “se vende” ya no es Evangelio.
Se hace mercancía.

Y Dios no es mercancía, por eso no está en venta.
El Reino de Dios no es mercancía, por eso no está en venta.
Dios es don gratuito.
El Reino de Dios no es mercancía, por eso no está en venta.
Se anuncia y se ofrece.
La gracia de Dios no es mercancía, por eso no está en venta.
El Bautismo no es mercancía, por eso no está en venta.

La vida sería otra cosa si, en vez de “mercado” la convirtiésemos en gratuidad.
La vida sería otra cosa si, los servicios que prestamos fuesen gratuitos y no vendidos.
La vida sería otra cosa si, supiésemos sonreír al que nos pone cara de tranca.
La vida sería otra cosa si, supiésemos dar la mano al que nos ha negado la suya.
La vida sería otra cosa si, supiésemos saludar al que tuerce la cara para no vernos.
La vida sería otra cosa si, supiésemos acompañar al que cree no nos necesita.

¿Alguien se imagina un mundo en el que el “pan fuese gratuito”?
¿Alguien se imagina un mundo en el que el “el pescado y la carne fuesen gratuitos?
¿Alguien se imagina un mundo en el que “las medicinas” fuesen gratuitas?

Sí, ya sé que hoy por hoy todo esto es un sueño.
Y sin embargo, Dios todo nos lo da gratuitamente.
Entonces ¿por qué lo que hemos recibido gratis, no lo damos gratis?

Sí, ya sé que la gratuidad no hace ricos ni es tan rentable como el “vender y comprar”.
Pero también sé que con la gratuidad:
El hombre sería hombre y no “consumidor”.
El hombre sería persona y no “productor”.
El hombre sería persona y no “comprador”.

Como este es el mundo que nosotros hemos construido, estamos contentos con él.
¿Le preguntamos a Dios si no preferirá que lo volvamos a hacer?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 14 a. Semana – Ciclo C

“Jesús, llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Estos son los nombres de los doce apóstoles… A estos doce los envió Jesús: “Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca”. (Mt 10, 1-7)

Jesús organiza el primer grupo de sus discípulos.
Doce, posiblemente pensando, como buen judío, en las doce tribus.
Jesús no era extraño a la cultura en la que le toca vivir.

Y tres detalles importantes:
Primero les confiere su propia autoridad.
“Expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”.
He ahí el verdadero poder de la Iglesia.
He ahí el verdadero poder de los discípulos que le siguen.

No es una autoridad de mando.
No es una autoridad de poder sobre los demás.
Es la autoridad para purificar los corazones de los malos espíritus.
Es la autoridad para curar toda enfermedad.
Es la autoridad para curar toda dolencia.
A Dios le duelen nuestras enfermedades.
A Dios le duelen nuestras dolencias.
A Dios le duele que hagamos sufrir a los demás.

Dios no quiere corazones dominados por esos espíritus que esclavizan.
Dios no quiere corazones dominados por esos espíritus que ensucian el alma.
No se trata de eso que llamamos demonio.
Hay otros demonios sin nombre o mejor dicho llevarán el nombre que les puso Pablo:
“Fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, ira, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías, y cosas semejantes”. (Ga 5, 19-21

Segundo: les llama por su nombre, incluso alguno con su apodo.
Es que para Dios no existe el anonimato.
Es que para Dios no existe eso que llamamos S.A.
Para Dios existimos personas.
Para Dios cada uno llevamos nuestro propio nombre.
Para Dios cada uno llevamos hasta nuestro propio apodo.
Dios nos conoce por nuestro nombre.
Dios pronuncia nuestro nombre.
Dios nos ama por nuestro nombre.

Cuando Dios llama, pronuncia nuestro nombre.
Cuando Dios nos envía, pronuncia nuestro nombre.
Cuando Dios nos ama, pronuncia nuestro nombre.
¡Las veces que Dios habrá dicho tu nombre!
¡Las veces que Dios habrá pronunciado tu nombre!
Tu nombre está escrito en el pensamiento y en el corazón de Dios.
Por eso, tú no eres uno más, sino tú mismo.

Tercero: Son enviados a anuncia que el Reino de Dios está cerca.
Sanar los corazones que sufren.
Cambiar el corazón humano.
Anunciar la buena noticia del Reino.
Hacer sentir al hombre que Dios no está lejos sino cerca.
Hacer sentir al hombre que el Reino de Dios está cerca.
Hacer sentir al hombre que el Reino de Dios no quedó en el pasado, ni tampoco es un futuro lejano, sino una realidad que ya está germinando hoy.

Ser buena noticia cada día para los demás.
Ser un buen anuncio cada día para los demás.
Ser anuncio de lo nuevo de Dios cada mañana.
Ser anuncio de esperanza cada despertar.

El cristiano no está llamado a ser un aguafiestas cada día.
El cristiano no está llamado a nublar cada día los corazones de los demás.
El cristiano está llamado a encender el sol cada amanecer en el corazón de los demás.
El cristiano está llamado a despertarse cada mañana con una sonrisa en los labios.

Clemente Sobrado C. P.