San Martín de Porres

“Exclamó Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”. (Mt 11,25-30)

San Martín de Porres

Flickr: eltb

En el Perú celebramos hoy la solemnidad de San Martín de Porres.
Todos le conocemos como:
El Santo de la escoba.
El que unió perro, gato y pericote comiendo amistosamente en el mismo plato.
El Santo barbero.
Todo eso puede ser una realidad.
Pero el mejor título que se le ha dado es:
“Hermano Martín de la caridad”.
“El portero de los pobres”.

En el Perú leeremos el Evangelio de Mateo 11,25-30.
“Dios se revela a los sencillos”.
“Los sencillos se abren a la palabra de Dios”.
En la Iglesia universal leemos Lc 14,12-14.
Ambos revelan y manifiestan la espiritualidad de Martín.

Porque Martín fue:
de esas almas sencillas siempre abiertas a las llamadas de Dios.
el enamorado del amor de Dios que se revelaba y manifestaba en él.
Pero también el enamorado de los pobres, lisiados, cojos y ciegos.
El enamorado del servicio a todos los necesitados.
La portería del Convento dominico estaba siempre llena de pobres, indigentes y necesitados.

Martín fue el Evangelio de los pobres que todos podían leer.
Más que un Evangelio escrito en el papel, fue un evangelio escrito en la vida.
Juan XXIII que lo canonizó, lo llamó en su homilía “Martín de la caridad”.
Yo le llamaría “Evangelio vivo”.
O si prefieren, “el Santo de las preferencias de Dios”.
El Santo de los sencillos siempre abiertos al amor de Dios.
El Santo de los pobres, preferidos por Dios.
Que da de comer a los pobres.
Que sirve y atiende a los que sufren.
Que invita no a los que no pueden retribuirle.

Es posible que más de uno se molestase al ver tanto pobre tocando a la puerta del Convento.
Y hasta es posible que Martín recibiese más de una reprimenda, por la mala impresión que daba la portería.
Pero los sencillos y los enamorados de Dios se fijan poco en la estética de la puerta.
Más bien viven la alegría de descubrir el rostro de Jesús escrito en la puerta.

Es que los santos piensan, ven y siente de otra manera.
No invitar a quien puede invitarte.
Sino vivir del amor de la gratuidad.

Pese a que han pasado tantos siglos también Jesús puede orar al Padre:
“Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños”.
“Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos, dichoso tú, porque no pueden pagarte”.

Es posible que en el Convento dominico hubiese grandes intelectuales.
Pero solo nos ha quedado la memoria del “del santo del amor y de los pobres”.
Es posible que aquellas ideas se las haya llevado el viento.
Pero la sencillez con los sencillos, sigue teniendo actualidad.
¿Acaso el problema de hoy y el testimonio más claro del Evangelio no es entregarnos al servicio de los pobres?

Clemente Sobrado cp.

Anuncios

Los Fieles Difuntos

“Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Y dijo María a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano, Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Jesús le dice: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. (Jn 11,17-27)

Celebramos la “Conmemoración de los fieles difuntos”.
La Liturgia permite distintos textos. Yo me elegido este.
La Iglesia recuerda y pide hoy por todos aquellos que han pasado a la casa del Padre.
Si hay algo en lo que todos coincidimos es en el hecho de la muerte.
La muerte es el paso de esta vida a la otra.
La muerte es el paso necesario para que la nueva vida brote primaveral.
La muerte no es un morir y desaparecer y luego volver a nacer.
La muerte es la continuación de la vida que ya llevamos dentro.

Jesús lo dijo:
Es necesario que el grano muera para que esa semillita de vida que lleva dentro pueda brotar.
Si el grano no muere, se pudre, no puede brotar el tallo y no puede haber espiga.
“El que come mi carne tiene vida eterna”.
No dice que tendrá, sino que, desde ya somos portadores de la vida eterna, como el grano es portador de la espiga.

Y sin embargo, la muerte siempre será para nosotros un misterio.
Todos sabemos que hemos de morir.
No obstante, cuando llega el momento de algún ser querido, inmediatamente “nos lamentamos”, quejándonos a Dios de que ha “permitido su muerte”.
Es lo mismo que le sucedió a María:
“Si hubieses estado aquí, mi hermano no hubiera muerto”.
Es como decirle: tú eres el culpable de la muerte de mi hermano.
¿No es esto lo que nosotros le decimos a Dios cuando perdemos a un ser querido?
Mientras Dios lo está llamando a la vida, nosotros pensamos en Dios que permite la muerte.
Dios permite la muerte como paso a la vida, no como paso a la más muerte.
Por eso es entonces que Jesús acude a la fe.
“Pero aun ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”.
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muero vivirá; y el que cree en mí, no morirá para siempre”.

Nos movemos en el campo de los sentimientos humanos.
Pero también en el campo de las iluminaciones de la fe.
Para el que cree en Jesús, la muerte nunca es muerte.
Para el que cree en Jesús, la muerte termina en vida.

Por eso, la muerte es un nuevo nacimiento.
Mientras el niño está en el vientre materno se siente bien, en su propio clima.
Para él “nacer” es como un “morir”.
Mientras él se siente amenazado de muerte, se siente también amenazado de vida.
Mientras para él nacer es morir, los que lo esperan, están pensando en un nacimiento.

La muerte, vista desde la fe, no es muerte, sino vida.
La muerte, vista desde la fe, no es sino el paso a la vida plena de Dios.
Por eso me gusta la oración de Jesús en la Ultima Cena: “Padre, este es mi deseo, que aquellos que me diste, están junto a mí donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste antes de la creación del mundo”.

Jesús contempló su muerte, no como un desaparecer, sino como una glorificación: “Ahora el Hijo del hombre será glorificado”.
Y esto es lo que tendríamos que decir nosotros ante nuestra muerte y la muerte de los seres queridos: “Ahora somos glorificados y Dios es glorificado en nosotros”.

Clemente Sobrado cp.

Todos los Santos

“Al ver al gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar; enseñándoles: “Dichos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. (Mt 5,1-12)

Comenzamos el mes de noviembre con la festividad de Todos los Santos.
Por eso, permitidme que hoy os salude a todos con un:
“¡Muy feliz día, porque también vosotros sois santos!”

No. No es una tomadura de pelo, aunque sé que la mayoría esto no me lo vais a creer.
Porque tenemos más fe en que somos pecadores que santos.
Porque tenemos más fe en que somos malos que buenos.
Porque aún no nos hemos convencido de que nuestra vocación es la santidad.
Porque aún no nos hemos convencido de que nuestra meta última es ser santos.

Nuestra vocación no es la de ser pecadores. Un amigo decía:
“No es obligatorio de ser pecadores”.
“Pero sí es obligatorio ser santos”.
La culpa la tiene el mismo Jesús que se atrevió a decir: “Sed santos como vuestro Padre celestial es santo”.
Estamos acostumbrados, a que nos hablen de que no pequemos. Y está bien.
Pero aún no nos hemos hecho a la idea de que tenemos que ser santos.
Y que Dios, no nos quiere cristianos vulgares, sino santos.
Tanto nos han convencido de que “no pequemos porque nos condenamos”, que ahora nos resulta raro y extraño que alguien nos diga que “hay que ser santos”.

También es cierto que hemos deformados a los santos.
Porque hacían tantos milagros.
Porque eran tan extraordinarios, que la verdad nos quitaban las ganas de serlo.
Y todos, en algún momento, hemos pensado: “Yo no estoy para eso”.
Nos han convencido de que para ser santos:
Hay que ser Papa.
Hay que ser Obispo.
Hay que ser Sacerdote.
Hay que ser religioso o religiosa.
Que los seglares bastaba que “fuésemos buena gente”, “cristianos amateurs”, “de segunda división”.

Felizmente el Concilio Vaticano II nos dijo que “todos estamos llamados a la santidad”.
No dijo nada nuevo, pero nos recordó algo que habíamos olvidado.
No haremos una pastoral de verdad predicando que seamos buenos.
No haremos una pastoral de verdad pidiéndonos que “basta salvarnos aunque sea en la tribuna norte o sur del Estadio”.
Haremos una pastoral de Evangelio:
Creándonos conciencia de que tenemos que ser “santos como vuestro Padre celestial es Santo”.
Creándonos conciencia que nuestro camino de Pueblo de Dios es la santidad.
Nadie nace para quedarse siempre niño.
Todos nacemos para llegar a adultos.
Todos nacemos en el Bautismo para llevarlo a su plenitud.

Y el camino nos lo marca Jesús con sus Bienaventuranzas:
“Sed pobres de espíritu”.
“Llorad con los que lloran”.
“Sufrid con los que sufren”
“Tened hambre y sed de justicia”.
“Sed misericordiosos con los demás”.
“Sed limpios de corazón”
“Trabajad por la paz”.
“Y sentíos felices si sois perseguidos por mi nombre”.

Y nadie me venga con eso de que “yo no tengo cara de santo”.
¿Acaso crees que con la mía, yo tengo cara de santo?
Los santos tuvieron la misma cara que tú y yo.
Unos más guapos.
Otros no tanto.
La santidad no está en la cara sino en el corazón.

La culpa la tienen los pintores y escultores que le han puesto una cara distinta.
Por eso, no me gustan los santos de altar, porque me parecen demasiado serios, nunca enseñan sus dientes con una sonrisa. ¡Viva la Madre Teresa siempre sonriente!
Y Dios nos quiere santos, pero sonrientes, alegres felices: “Dichosos vosotros”.
Y Dios nos quiere santos que nos encantan las fiestas, porque a él le encantan.
Y Dios nos quiere santos que pasan por la vida cantando la alegría de vivir.
Y Dios nos quiere santos gozosos que bailamos el gozo de la vida.
Porque Dios es amor, Dios es fiesta, Dios es alegría.

Por eso ¡feliz día a todos vosotros, los santos de a pie, que nunca tendremos que quitaros el polvo en los altares, pero brillaréis radiantes en el cielo!

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 30 a. Semana – Ciclo A

“¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y lo siembra en su huerto, crece, se hace árbol y los pájaros anidan en sus ramas”. Y añadió: ¿A qué compararé el Reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de haría, hasta que todo fermenta”. (Lc 13,18-21)

Si ustedes le preguntasen a un teólogo sobre el Reino de Dios, estén seguros que les regala el último libro que publicado sobre el tema y ustedes terminan sin entender nada. ¡Y esos libros de teología y escritura son caros!
Si le preguntan al párroco, estoy seguro que les ofrece una homilía kilométrica y se quedan ustedes en la luna de Paita.

En cambio Jesús:
O nos invita a la chacra y nos muestra al chacarero sembrando la semilla de la mostaza que es chiquita y apenas si se la ve. Y luego les muestra unos arbustos y arbolitos con un nido de pájaros en una de sus ramas.
O si no, nos lleva a la casa de su madre el día que va hacer el pan y nos dice: “Fíjense en mamá. Ahí tiene la masa en la artesa, pero vean cómo ahora toma una pizca de levadura y espera un rato a que toda la masa fermente. Ahora ya puede meter el pan en el horno”.

Así de simple y sencillo es Jesús.
Es que Jesús no habla para lucir su título en teología.
Jesús habla para que la gente entienda.
Y no habla de teorías o ideas que no entendemos.
Jesús habla desde la realidad de la vida, esa que vemos todos los días y todos entendemos.

Pero fíjense en un detalle, que espero no lo pasen por alto.
Primero es un “hombre” sembrando semillas de mostaza.
Segundo es una “mujer” echando levadura a la masa.
Sí, porque el Reino de Dios no depende solo de los hombres.
También las mujeres están llamadas a fermentar de Evangelio la vida.
Los hombres siembran.
Las mujeres amasan.
Hacen cosas distintas, pero ambos construyen el Reino.
Ninguno de los dos tiene la exclusiva. Los dos son importantes.

¿Y qué nos dicen la mostaza y el fermento?
Nos revelan el misterio del Reino de Dios.
Dios siempre comienza por lo pequeño: un grano casi invisible de mostaza.
Dios siempre comienza por lo pequeño: una pizca de levadura.
Pero ambos nos hablan de que:
El Reino es una energía vital y transformadora.
El Reino es una sabia que trabaja callada y desde dentro.

El Reino de Dios no comienza ni crece por grandes estructuras.
El Reino de Dios no comienza ni crece con grandes leyes.
El Reino de Dios no comienza ni crece con grandes figuras.
El Reino de Dios no comienza ni crece con grandes manifestaciones.
El Reino de Dios no comienza ni crece con grandes organizaciones.
El Reino de Dios comienza por una semilla.
El Reino de Dios comienza por una pizquita de levadura.

Es lo pequeño que puede hacerse grande.
Es lo poco que puede transformar lo mucho.
Es lo pequeño que podemos hacer todos.
Es lo poco que podemos hacer todos.

¿Quién no puede sembrar una semilla de Evangelio?
¿Quién no puede aportar un poquito de levadura?
¿Quién no puede sembrar una semilla de vida?
Puede que hoy no puedas cambiar el mundo.
Pero hoy todos podemos estrecharnos las manos en la amistad.
Puede que hoy no puedas dar de comer a todos los pobres.
Pero hoy todo podemos compartir nuestro pan.
Puede que hoy no puedas solucionar el problema de la tristeza de todos.
Pero hoy puedes regalar una sonrisa.
Puede que hoy no puedas solucionar el problema de la soledad de tantos ancianos.
Pero hoy sí puedes dedicar unos minutos al vecino que está solo.
Hoy todo podemos sembrar una semilla.
Hoy todos podemos echar una pizca de levadura.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 30 a. Semana – Ciclo A

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

Mujer, ya estás libre de tu enfermedad“Enseñaba Jesús en una sinagoga. Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poder enderezarse enderezar. Al verla, Jesús la llama y le dice; “Mujer quedas libre de tu enfermedad”. Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha”. (Lc 13,10-17)

Cuando se trata de salvar a la persona, para Jesús no hay lugares y tiempos sagrados.
Porque, para Dios, lo más sagrado y valioso es el hombre y la mujer, la persona.
Jesús está en la Sinagoga. Lugar de especial consideración.
Pero también está una mujer “encorvada durante dieciocho años”.
Toda una vida mirando al suelo.
Toda una vida mirándose a los pies.
Toda una vida sin poder ver el cielo.
Toda una vida sin poder mirar de frente y hacia delante.
Toda una vida sin poder mirar a los ojos ni de sus hijos.

Dios creo al hombre para que viva de pie.
Dios creó al hombre con dos pies y enderezado.
Dios creó al hombre enderezado que pueda mirar hacia delante.
Dios creó al hombre enderezado que puede mirar lejos.
Dios creó al hombre enderezado:
Para que pise la tierra.
Pero para que mire hacia arriba y hacia delante.
Para que camine por los caminos, pero mirando siempre al horizonte.
Para que camine por las calles, pero mirando a las personas.
Para que camine por el jardín, pero contemplando la belleza de las flores.

Vivir dieciocho años encorvada, doblada sobre sí misma.
Y todos contentos, ya todos se habían acostumbrado a verla así.
Ya no llamaba la atención a nadie.
Bueno, hasta que llegó Jesús y la miró.
Se olvidó que estaba en la Sinagoga y que había “ropa tendida”.
Se olvidó que era un día de sábado, que estaba prohibido “hacer nada”.
Nadie se la presentó.
Es El quien se acerca, le impone las manos y le da la gran noticia:
“Mujer, quedas libre de tu enfermedad”.

¿Consecuencia? Lo de siempre.
Antes es el lugar sagrado que la salud de las personas.
Antes es el día sagrado que la recuperación de las personas.
Cuando la religión da más importancia a los lugares y a los tiempos que a las personas, no es la religión del Evangelio.
¡Cuántas veces damos más importancia a las cosas que a las personas!
¡Cuántas veces damos más importancia a las leyes que a las personas!
Y para Dios lo más importante son las personas.
Para Dios lo que vale son el hombre y la mujer.
Jesús lo dice claramente: “En sábado dais de comer y beber a vuestro burro, pero no permitís se sane una persona”.
¡Son esas incoherencias cuando lo único sagrado son los locales y espacios y los tiempos, por encima de las personas!

Estoy pensando: En cuántas mujeres siguen también hoy encorvadas.
Encorvadas porque son consideradas menos que los hombres.
Encorvadas porque son discriminadas política y religiosamente.
Encorvadas porque son discriminadas en sus salarios.
Encorvadas porque no son reconocidas en su igual dignidad con el hombre.
Encorvadas porque se les cierran muchos caminos, que son permitidos a los hombres.
Encorvadas por el autoritarismo y machismo conyugal.
Encorvadas porque se ven obligadas a ser vendidas y compradas para satisfacción del hombre, con el beneplácito de todo el mundo.

Y lo peor es “ver a una mujer encorvada en el Sinagoga”.
Lo peor es “ver a una mujer encorvada en la Iglesia”.
Y hacerlo además como expresión de la voluntad de Dios.
¿No necesitaremos de un Jesús que venga de nuevo e imponga sus manos sobre esas mujeres excluidas y encorvadas y las ponga en pie también en la Iglesia?
Mujeres encorvadas, Dios os quiere de pie, mirando libremente hacia delante.
Por eso, ¡perdonad nuestra insensibilidad!

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 30 – Ciclo A

Amor al prójimo“Y uno de ellos que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? El le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
Estos dos mandamientos sostienen la Ley y los profetas”
. (Mt 22,34-40)

No sé cuál le ha impresionada más a este letrado de la respuesta de Jesús:
Si lo principal era amar a Dios,
O amar de igual manera al prójimo.
A nosotros nos va relativamente bien eso de que lo esencial sea amar a Dios.
Lo que ya no nos suena tan musical es eso de que debo amar a “mi prójimo como a mí mismo”.

Porque, a parte de amar a los demás como a nosotros, nos plantea otro problema: ¿Y cómo nos amamos a nosotros mismos?
Amarme a mi mismo, como Dios me ama.
Valorarme a mi mismo, como Dios me valora.
Estimarme a mi mismo, como Dios me estima.
Aceptarme a mi mismo, como Dios me acepta.
Confiar en mi mismo, como Dios confía en mí.
Esperar en mi mismo, como Dios espera en mí.
Pensar bien de mi mismo, como Dios piensa de mí.
Hablara bien de mi mismo, como Dios habla de mí.
Tener fe en mi mismo, como Dios tiene fe en mí.
Soñar conmigo mismo, como Dios sueña en mí.

¿Qué esto es orgullo o vanidad?
Pues yo no tengo la culpa.
La culpa será de Dios que me hizo tan importante.

Además:
Si no nos revalorizamos a nosotros mismos, ¿cómo hemos de revalorizar a los demás?
¿No dice, acaso Jesús, que “amemos al prójimo como a nosotros mismos”
Si nos amamos mal a nosotros mismos, también amaremos mal a los demás.
Dios nos ha hecho demasiado grandes para lo pequeños que somos.
Y desde nuestra pequeñez es preciso descubramos nuestra verdadera talla y medida.

Quien no se valora a sí mismo está desconociendo la grandeza que Dios ha sembrado en nosotros.
Quien no se valora a sí mismo, hasta es posible que tampoco valore demasiado bien a Dios.

Nuestra medida no somos nosotros mismos, ni los demás.
Nuestra verdadera medida es El. El ha puesto en nosotros una exigencia de crecimiento y maduración hasta “llegar a la estatura de su mismo Hijo, Jesús”.
El orgullo no está en reconocer lo que somos, sino en sentirnos más de lo que somos.
La verdadera humildad es sentirnos en nuestra propia verdad.

Dime ¿cómo te amas a ti mismo?
Y entonces sabré cómo me amas a mí y a los demás.
Dime cómo me amas y sabré como te amas a ti.
Es más, dudo ames a Dios si no te amas a ti mismo.
¿Sabes cuánto te ama Dios?
Pregúntale a Juan: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”.

Nuestro primer deber es reconocer nuestra dignidad.
Nuestra primera obligación es amarnos como Dios nos ama.
Y quien quiera achatarnos y hacernos sentir que no somos nada y que no valemos nada, lo único que hace es achicar el corazón de Dios.
La verdadera pedagogía del crecimiento personal, no es hacernos sentir como una basura, sino enseñarnos a descubrir nuestra grandeza y nuestro verdadero valor.

¿Te das cuenta ahora de lo valioso que eres y lo valiosos que son todos los demás?
La cosa no está como para tratarnos como basura.
Lo que tú ves basura, Dios lo ve gracia.

Si te valoras, te sentirás mejor contigo mismo.
Si te valoras, te apreciarás mejor a ti mismo.
Si te valoras, estarás más a gusto contigo mismo.
Si te valoras, te amarás más a ti mismo.
Si te valoras, te sentirás mejor delante de los demás.
Si te valoras, podrás seguir soñando en la vida.
Te apuesto que, nunca te valorarás lo suficiente.
Porque tu verdadero valor lo pone Dios.

¿Qué son diez los Mandamientos?
Olvídate. Ama a Dios con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo.
Ahí tienes todo el Decálogo, todo lo esencial del cristiano.
Haz esto y vivirás.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 29 a. Semana – Ciclo A

Señor de los Milagros

Misa: 28/10/17 a las 7pm

Lee la reflexión sobre el Señor de los Milagros aquí:
http://wp.me/phJFX-2aw.

“Subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles”. (Lc 6,12-19)

En el Perú celebramos la festividad del Señor de los Milagros. En la liturgia universal recordamos a los apóstoles San Simón y San Judas.
Yo no ceo que el Señor de los Milagros se me enfade porque dé preferencia a los Apóstoles. Al fin y al cabo son apóstoles de Jesús.

Para Jesús se trata de un momento importante:
Va a elegir entre los discípulos que le seguían a sus Doce Apóstoles.
Las doce columnas sobre las que fundamentará la Iglesia.
Las doce columnas que darán inicio al proceso de evangelización.
Las doce semillas de que la brotará socialmente la Iglesia.

Se trata de un momento decisivo.
Jesús no improvisa a las cosas.
Tampoco actúa movido por preferencias personales.
Necesita hacer un discernimiento espiritual y evangélico.

Para ello se prepara con una noche de oración.
Con una noche de diálogo con el Padre.
Como si le preguntará “¿a quienes has elegido, Padre?”
¿Cuál es la voluntad del Padre?
Antes de los grandes momentos y decisiones, Jesús ora.
Jesús entra en intimidad con el Padre.
Quiere cumplir la voluntad del Padre.

El siempre se sintió como “el enviado del Padre”.
El no vive de su voluntad ni de sus caprichos.
Y la elección de alguien significa entrar primero en el corazón de Dios.
Toda elección nace en el corazón de Dios.
Primero existimos en el corazón de Dios.
“Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra”.
Y ahora cuando llama a alguien, primero nos llama en su corazón.
Son llamadas que no nacen de intereses particulares.
Son llamadas que nacen del amor y gratuidad del corazón de Dios.
Nuestro nombre sonó primero en el corazón de Dios.
Antes de hacernos sentir su voz que nos llama, Dios escuchó nuestro nombre en su corazón.
Y toda llamada es un “enviarnos también a nosotros”.
Toda llamada de Dios configura nuestra vida para siempre.
Antes de entrar en su Pasión, Jesús se pasa unos horas en oración.

Por eso Jesús se pasa la noche en oración escuchando al Padre.
Algo importante para todos nosotros.
Antes de tomar decisiones importantes: debiéramos orar.
Antes de responder a la llamada de Dios: debiéramos orar.
Antes de decidirnos: debiéramos orar.
Antes de decir casarnos: debiéramos orar.
Antes de engendrar a un hijo: debiéramos orar.
Antes de aceptar una responsabilidad: debiéramos orar.
Antes de anunciar el Evangelio: debiéramos orar.
Antes de sentarnos al confesionario: debiéramos orar.
Antes de celebrar la Misa: debiéramos orar.
Antes de confesarnos: debiéramos orar.

Porque la oración:
Es entrar en diálogo con Dios.
Es entrar en la búsqueda de la voluntad de Dios.
Es entrar en el plan de Dios.
Es decirle a Dios: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

Antes de tomar las grandes decisiones de nuestra vida, primero es preciso ponernos en sintonía con los planes y la voluntad de Dios.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 29 a. Semana – Ciclo A

Novena al Señor de los Milagros:
http://bit.ly/NovenaSrMilagros.

“Decía Jesús a la gente: “Cuando veis una nube por el poniente, decís enseguida: “Chaparrón tenemos” y así sucede. Cuando sopla el sur, decís: “Va a hacer bochorno” y lo hace. Hipócritas, si sabéis interpretar el aspecto del a tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer?” (Lc 12, 54-59)

Chaparrón tenemos

Flickr: Anztowa

Cada mañana, al despertarme suele escuchar por la radio el informe meteorológico.
Y ahora me doy cuenta de que, también Dios tiene su informe de meteorología.
“Nube al poniente” anuncio de “chaparrón”.
“Sol del sur”, anuncio de bochorno.
“Tiempo presente” anuncio de gracia de parte de Dios.
“Tiempo presente” anuncio de la voluntad de Dios.
“Tiempo presente” anuncio de las buenas noticias de Dios.

Siendo todavía niño viví esta experiencia.
Los aldeanos solían mirar al cielo para predecir el tiempo del día siguiente.
Y ¡curioso! solían acertar.
En mis últimas vacaciones en el pueblo, mi primo estaba preocupado porque no llovía y el campo se le secaba. Aparecían unas nubes y yo pensaba que ya vendría la lluvia, pero él más experimentado, decía: no son nubes de agua. Esas pasan y no dejan nada. Se llevan el agua a otra parte.

¿Qué nos está diciendo Jesús?
Algo muy sencillo. Me encanta su espíritu de observación y cómo lo aplica al Evangelio.
El cristiano es el que tiene que estar atento a las señales humanas que terminan siendo señales de Dios.
El cristiano es el que tiene que leer, a través de las realidades presentes, el futuro de Dios.
El cristiano es que tiene que leer a Dios a través de los acontecimientos humanos.
Hoy a esto le decimos “leer los signos de los tiempos”.

Como cristiano puede que haya también muchos analfabetos que no saben leer libros.
Pero no puede haber analfabetos que no sepan descubrir y leer las presencias de Dios en la historia.
No puede haber analfabetos que no sepan leer la voluntad de Dios, no desde Dios mismo, sino desde el acontecer diario.
Dios no escribe libros.
Pero Dios escribe su historia en lo que sucede cada día.
Pero Dios escribe su historia de gracia en los mismos acontecimientos de cada día.
Es posible que muchos no puedan leer la Biblia.
Pero todos son capaces de leer la Biblia que Dios escribe en la historia de los hombres.

El gran libro del cristiano es ciertamente la Palabra de Dios escrita en la Biblia.
Pero el cristiano tiene otro libro que no puede meter en el bolsillo ni guardar en la biblioteca y se llama “los signos de los tiempos”.
Jesús no se queja de los analfabetos que no pueden leer el libro de la Biblia.
Jesús se lamenta de los analfabetos que no somos capaces de leer la señales que cada día Dios nos envía en los hechos de cada día.

Decir que “a mí Dios no me habla” es una de nuestras grandes mentiras.
Porque Dios me habla:
A través de los hombres.
A través de los que sufren.
A través de los hijos.
A través de la pobreza de los que tienen hambre.
A través de los acontecimientos políticos.
A través de de los acontecimientos económicos.
A través de las guerras y de la paz.
A través de los avances de la ciencia.

El problema no está en que “Dios no me habla”, sino en que:
Nosotros no queremos escuchar la voz del acontecer diario.
Nosotros no queremos escuchar la voz de “los signos de los tiempos”.
Y nos quedamos en lo que ya pasó, pero no en lo que está pasando.
Sería triste escuchar que también hoy a nosotros creyentes y a la Iglesia, Jesús nos dice:
“¿Y cómo es que no sabéis juzgar vosotros el tiempo presente?”

Clemente Sobrado cp.