Bocadillos espirituales para vivir la Navidad: Lunes después de la Octava de Navidad

“No lo soy” Y le dijeron: “¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han envidado, ¿qué dices de ti mismo?” El contestó: “Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”. (Jn 1, 19-28)

Comenzamos el año con dos retos y desafíos:
¿Quiénes somos?
¿Qué decimos de nosotros mismos?
Somos la voz que grita los caminos del que viene.

Interesante que cada uno sepamos lo que somos.
Porque, con frecuencia somos unos desconocidos para nosotros mismos.
Interesante que cada uno tengamos conciencia de nuestra identidad.
Porque, de ordinario apenas sabemos identificarnos.
Interesante que cada uno tengamos conciencia de nuestra dignidad.
Porque, de ordinario, tenemos una muy baja estima personal.
Interesante que cada uno tengamos conciencia de nuestra verdad.
Porque no va mejor lo que dicen los otros adulándonos.

Hoy el mundo tiene más preguntas que respuestas:
Iglesia ¿tú quién eres?
Iglesia, ¿qué dices de ti misma?
Creyente, ¿qué dices de ti mismo?

Lo malo es que nadie pregunte:
Porque somos como todos.
Porque todos creen conocernos.
Porque nuestras vidas son anodinas y no crean preguntas.

Juan no es de los que vive de Ave Marías ajenas.
Juan no es de los que revisten de lo ajeno.
Juan no es de los que pretende engañar a los demás.
Juan tiene la sinceridad de no ser considerado el Mesías.
Juan tiene la honestidad de confesar su verdad.
Juan no es de los que se hace cirugía estética espiritual.

Juan no es de los que se señala a sí mismo.
Juan es de los que señala siempre al “otro”.
Juan es de los que no quiere robar las miradas de los demás.
Juan es de los que enseña a mirar al otro lado, al “otro”.
Juan no es la fiesta, sino el que prepara la fiesta del otro.

Nunca me han gustado esos atuendos que captan nuestra atención y nos impiden fijarnos en la verdad.
No me gustan esas solemnidades que nos impiden ver lo que realmente celebramos.
No me gustan esas grandes manifestaciones y aplausos que impiden ver la realidad.
¡Qué celebración más bonita!
¡Qué coro tan maravilloso!
¡Qué concentración tan numerosa!
¡Qué vestidos más solemnes!

El follaje nos impide ver el tronco.
Y en la Iglesia, con frecuencia la solemnidad nos impide reconocerla como tal.
Y la Iglesia, como Juan, debiera ser como el dedo que apunta a El.
La Iglesia, como Juan, debiera ser como la voz de anuncia a otro.

Juan es la voz que grita.
La verdad es el que está ya ahí y nadie lo reconoce.
El cristiano está llamado a ser la voz que anuncia y denuncia.
El cristiano debe definirse como la “voz que grita en el desierto”, incluso si nadie le hace caso.
El cristiano debe definirse, no como el que calla y guarda silencio, sino como el que grita: “allanad los caminos del Señor”.
El cristiano debe definirse como la “voz que anuncia el Evangelio”.
El cristiano debe definirse como “la voz de los que sufren”.
El cristiano debe definirse como “la voz de los que no tienen voz”.
El cristiano debe definirse como “la voz de los oprimidos que buscan la libertad”.
El cristiano debe definirse como “la voz de los que nadie oye”.
El cristiano debe definirse como “la voz que anuncia la presencia de Dios en la historia”.

El cristiano es siempre la voz de los otros.
El cristiano es siempre la voz de Dios hoy.
El cristiano es siempre la voz de Dios que los otros no escuchan.
El cristiano es la voz de Dios que hoy parece está silencio.
El cristiano es la voz de Dios que está ahí y nadie lo quiere ver.

Clemente Sobrado cp.

Feliz Año Nuevo 2017

año nuevo 2017

Que esto sea más que un simple saludo.
Que sea una esperanza para todos.
La felicidad del Nuevo Año 2017 no depende del Calendario.
Depende exclusivamente de nosotros.

Quien quiera segar el trigo, antes deberá sembrarlo.
Quien quiera un Año Nuevo mejor, tendrá que sembrar también semillas
Semillas de paz.
Semillas de amor.
Semillas de comprensión.
Semillas de perdón.
Semillas de ilusiones.
Semillas de unión de esfuerzos.
Semillas de colaboración de todos.
Semillas de sensibilidad para con los más débiles.

Quien no siembra semillas, no podrá segar el trigo.
Quien no siembra esperanzas, recogerá desesperanzas.
Quien no siembra paz, recoge guerras.
Quien no siembra amor, recogerá odios.

El Nuevo Año 2017 será lo que nosotros decidamos que sea.
Depende de todos.
¡Felicidades a cuantos comienzan a sembrar esta misma madrugada!

¡¡¡Feliz 2017!!!

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir la Navidad: Santa María, Madre de Dios


“El Señor te bendiga y proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor, El Señor se fije en ti y te conceda la paz”.
(Núm 6,22-27)

Madre de Dios

Comenzamos este nuevo año 2017 recordando a María, la Madre de Dios.
Ella fue la madre silenciosa durante toda la Navidad.
No hubo felicitaciones.
No hubo ramos de flores para ella.
Fue la madre de la Palabra en silencio.
La Liturgia quiere comenzar el año sacándola del silencio y revelando el misterio de su maternidad.
Un hijo que parecía cualquier hijo.
Una madre que parecía cualquier madre.
Y un hijo que era Dios.
Y una madre que era la más grande de las madres.

Y comenzamos este nuevo año con una primera lectura que nos habla de bendición:
De que tenemos que ser bendición.
De que tenemos que bendecir.

Si terminé el año 2016 con una oración, quisiera comenzar el nuevo año 2017, con otra oración:
porque es la oración la mejor palabra.
porque es la oración la que mejor expresa los sentimientos del corazón.
porque es la oración la que mejor nos dice a nosotros mismos y la que mejor expresa el misterio.

Señor:
¿Sabías que hemos comenzado un Nuevo Año?
Es casi tan joven como tú. Le llevas una semana.
Los dos habéis nacido casi al mismo tiempo.
Y es como tu primer regalo de Navidad.

Es nuevo, porque todavía no lo hemos desgastado.
Es nuevo, porque todavía lo estamos estrenando.
Es nuevo, porque son doce meses que son todo un regalo de vida.
Lo comenzamos todos ilusionados.
Cuando tú naciste nadie echó cohetes, todo era silencio.
¿Te has dado cuenta del ruido que nosotros hemos hecho esta media noche?
Contábamos los segundos para comernos las doce uvas.
A ti nadie te esperaba, menos María y José.
¿Has escuchado nuestros cohetes explosionar en los aires?
Bueno, cuando tú naciste, solo escuchamos el canto de los ángeles
A ti no te gusta nada que huela a pólvora, prefieres la música que canta el “Gloria de Dios en los cielos y la paz a los hombres a quienes tu amas”.

Mira con qué ilusiones lo comenzamos. ¿Cuánto durarán estas ilusiones?
Mira cuántas esperanzas florecidas esta noche. ¿Cuánto durarán estas esperanzas?

Tú comienzas este Nuevo Año bendiciéndonos.
Yo quisiera comenzarlo recibiendo tu bendición.
Yo quisiera comenzarlo siendo bendición para todos.
Quisiera, a lo largo de este año, ser bendición:
Para los que me bendicen y los que no me bendicen.
Para los que me acompañarán en el camino y para los que me abandonarán el camino.
Para los que me aman y para los que no me requieren o les caigo mal.
Para los que quitarán las piedras de mi camino y para los que me pondrán piedras para que tropiece.
Para los que me sonrían y para los que me pongan cara seria.
Para los que me tiendan la mano y para los que me la nieguen.

Yo sé, Señor, que al comienzo, todos soñamos mucho. Sé que tampoco este año será fácil, y habrá muchos cansancios, habrá muchas desilusiones, habrá muchos que se echen atrás. Para todos ellos permíteme citarles aquel poema de aliento y esperanza:
“No te rindas, aún estás a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras, enterrar tus miedos, liberar el lastre, retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme, aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda, y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños.
Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo,
porque lo has querido y porque te quiero.
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.
Abrir las puertas, quitar los cerrojos,
abandonar las murallas que te protegieron.
vivir la vida y aceptar el reto, recuperar la risa, ensayar el canto,
bajar la guardia y extender las manos, desplegar las alas e intentar de nuevo, celebrar la vida y retomar los cielos.
No te rindas, por favor, no cedas,
Aunque el frío queme, aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños
Porque cada día es un comienzo nuevo.
Porque ésta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás solo. Porque yo te quiero. (Mario Benedetti)

Estos quieren ser mis mejores deseos para este nuevo año que comenzamos.

¡FELIZ 2017 A TODOS!

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir la Navidad: Sábado de la Octava de Navidad

“Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cual no nacieron de sangre, ni de deseo de la carne, ni de deseo del hombre sino que nacieron de Dios”. (Jn 1,1-18)

Calendarìo

Flickr: Jenn Vargas

Oración de un fin de año

Señor, comenzamos este año que hoy termina con grandes ilusiones y esperanzas.
En el camino de estos doce meses, muchas de estas ilusiones y esperanzas se han ido deshojando y marchitando porque el frío del invierno de los corazones no les han dado vida.

Otras muchas han florecido y han dado hermosos frutos de vida:
Flores y frutos de bondad callada y silenciosa.
Flores y frutos de generosidad.
Flores y frutos de amabilidad.
Flores y frutos de alegría.
Flores y frutos de sonrisas que han despertado muchas vidas,
Flores y frutos de reconciliación.

¡Cuántos comenzaron este año separados y divididos y hoy están viviendo en la armonía de los corazones!
Flores y frutos de nuevas vidas que hoy que pueblan nuestros hogares con sus sonrisas.
Flores y frutos de una mayor sensibilidad para con aquellos marginados que hoy se sienten más acogidos y con más calor humano,
Flores y frutos de gracia, porque hoy somos un poco más buenos que cuando comenzamos.
Flores y frutos de santidad porque hoy estamos más cerca de Ti y más cerca de nuestros hermanos,
Flores y frutos porque “nos hemos abiertos a ti y nos sentimos más hijos tuyos, no nacidos de la carne y la sangre sino de Ti”.

También es posible, Señor, que muchas de nuestras huellas se hayan borrado y nadie pueda seguirlas y que otras muchas queden como heridas en el corazón de los hermanos.
Porque no siempre hemos sembrado amor.
Porque no siempre hemos sembrado comprensión.
Porque no siempre hemos sido fieles a nosotros mismos.

Por lo bueno que hemos vivido: gracias.
Por lo bueno que hemos hecho: gracias.
Por lo que hemos amado a los demás: gracias.
Por lo que Tú has hecho en nosotros: gracias.
Por lo bueno que hemos hecho por Ti: gracias.
Por cada mañana que nos has regalado: gracias.
Por cada sol que hemos visto amanecer: gracias.
Por las flores que hemos sembrado y siguen floreciendo: gracias.
Por los trigos que hemos sembrado y cuyo pan comerán otros: gracias.
Por aquellos a quienes les hemos devuelto la alegría y la felicidad: gracias.

Al terminar este año que ya se nos va, ábrenos a nuevas ilusiones y esperazas.
Y haznos comprender que la vida no depende de las hojas del almanaque que cada día deshojamos, sino de la vida que vivimos en plenitud, de la vida que te entregamos a Ti y a los hermanos.

Y si no es mucho pedirte: ¿podías regalarnos un Año Nuevo mejor?

¡FELIZ AÑO QUE TERMINA!
¡FELIZ EL AÑO NUEVO QUE COMIENZA!

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir la Navidad: La Sagrada Familia

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto”. (Mt 2,13-15.19-23)

sagrada familia

Con frecuencia mistificamos a la Sagrada Familia.
Claro, pensamos en las tres personas que la componen y todos nos imaginamos que aquello debió ser “vida y dulzura y esperanza nuestra”.
Y no cabe duda alguna que, hacia dentro, la Familia de María y José y Jesús debió vivir una riqueza de vida.

Pero olvidamos que la Sagrada Familia:
fue una familia normal como cualquier otra familia.
Que para comer había que trabajar. Y no siempre había trabajo en la carpintería.
Y que María iba al mercado y tenía que pagar como el resto de las vecinas.
Y que cada día tenía que cocinar, barrer, lavar la ropa, los platos y encender el fuego.

Suponemos que la leña la sacaría del taller.
¿Estaría José del mismo humor todos los días?
¿Alguien se imagina que algún día le diese un grito al niño por agarrar la garlopa o el cepillo o el martillo que luego dejaba tirado en cualquier lugar?

La Sagrada Familia vivió una vida normal,
la de cualquier familia del pueblo.
Pero hay algo más todavía.
La Familia de Jesús sabe mucho de lo que es vivir en la inestabilidad.
De Nazaret a Belén.
De Belén a Egipto.
De Egipto a Nazaret.
Y que conste que entonces no había carros ni trenes.
Que todo eso había que hacerlo a pie.
Una familia “de emigrantes”.
Pero de emigrantes que tienen que huir con lo puesto.
Y que como toda familia de emigrantes es mal vista y tiene que sentirse extraña y marginada.
En Belén nadie la esperaba.
En Egipto tampoco.
Y no es nada fácil abrirse camino en tierra extraña y entre extraños.

Para nadie es un secreto la cantidad de familias que hoy se ven desarraigadas de su propio terruño y obligadas a emigrar.
Unas porque también corren peligro donde están.
Y otras porque la vida les exige salir a la aventura de buscar fuera y lejos lo que no encuentran en su propia tierra.

Durante el terrorismo:
¿cuántas familias hay llegado has Lima?
¿Y quién salió a recibirlas?
¿El Estado?
¿La Iglesia?
Al contrario, las ciudades tienen poca acogida para los que vienen de fuera.
Los escupe a los arenales bajo unas esteras.
¿Y dónde están los derechos humanos de las familias que, movidas por su pobreza emigran hoy a los países ricos?

Familias indocumentadas, que tienen que vivir a salto de mata, para que la policía no dé con ellas.
¡Cuántas vidas se han quedado en el mar, queriendo pasar de Africa a Europa!
¡Y cuantos han sido atrapados por la policía cuando se arriesgaban a ingresar como informales en Estados Unidos!
En el día de la Sagrada Familia, no podemos ser insensibles a estas realidades que están ahí.
Y que tienen que ser algo más que una simple noticia periodística.

Clemente Sobrado cp.

Felicitaciones de María

Queridos hijos: Ya sé que José os ha escrito. Pero tampoco yo quiero dejar pasar estas Navidades sin deciros algo. La palabra de una madre siempre hace bien a los hijos. Incluso en Navidad. La madre siempre tiene mucho que decir.

Sé que en la Navidad todos os hacéis un poco más niños, un poco más buenos y hasta más tiernos. Es que la Navidad tiene eso de misterio: que aún sin darnos cuenta nos cambia y nos hace ser diferentes. ¡Si lo sabré yo, que soy la Madre de la Navidad!
He mirado a muchos de vuestros Belenes, y al verlos he pensado en el verdadero Belén, aquel donde yo di a luz a mi Jesús. En vuestros belenes hay figuras bonitas…todo está muy limpio… Si hubierais conocido mi Belén, sí, el Belén de Judá…

Primero os diré que el camino de Nazaret a Belén me pareció muy largo y a la vez muy corto.
Largo, porque mis condiciones de maternidad lo hacían cada vez más difícil y pesado. Yo veía al pobre José preocupado por mí, aunque cada vez que nos mirábamos el uno al otro nuestras sonrisas se unían en el mismo abrazo de la fe.
Largo, porque mi corazón ansiaba contemplar entre mis brazos al Hijo de Dios, al Mesías que mi Pueblo había esperado durante siglos. No veía la hora de llegar a Belén y estrenar mi maternidad humano-divina.
Pero a la vez me pareció corto. Muy corto. Mi ensimismamiento en el misterio que encerraban mis entrañas me hacía sentir la felicidad del mismo Dios ansioso de decir su verdadera Palabra de amor a los hombres.
Mis pies y mi corazón caminaban como sobre una alfombra de fe, de esperanza y de un profundo amor y profunda admiración y asombro.

Cuando llegamos a Belén me sentía como perdida en medio de la gente. Belén era mucho más grande que nuestro querido Nazaret. Además la gente me parecían tan extraña y a la vez tan conocida… Os confieso que no reconocía a casi nadie, y sin embargo, todos me parecían tan cercanos…
Incluso, cuando José recibía respuestas un tanto bruscas y algunas descorteses, mi corazón sentía paz, armonía y gozo. Pero tampoco voy a decir que no me dolía ver a mi pobre José insistir en un sitio y en otro y en todos recibir la misma respuesta. “Para vosotros no hay lugar aquí”. “Idos lejos”.
¡Cuánto admiro yo la fe de José! ¡Nunca me hubiera imaginado una fe tan honda y profunda! Incapaz de decir no a nada. Incapaz de quejarse. Incapaz de preguntarle a Dios porqué hacía las cosas de esa manera…

Queridos hijos, si lo hubieseis visto preparar el pesebre… Durante meses yo lo contemplaba haciendo la cuna para cuando llegase el Niño… Y en Belén no teníamos cuna alguna… El hombre se desvivía… Y todo quedó muy bien. Hasta yo me sentía muy a gusto sobre la paja del establo…Tal vez, porque la dulce vida que llevaba dentro me hacía sentirlo todo de otra manera.

Cuando, por fin, pude tener al Niño en mis brazos, a José le temblaban los suyos… quería tomarlo entre sus manos y absorto ante el misterio le temblaban como las espigas cargadas de trigo movidas por el viento.
Besó al niño con tanto cariño… Y luego me besó a mi con tanta ternura que me parecían sentir las caricias de los mismos labios de Dios.
Yo me sentía muy bien en medio de aquel silencio, sin más testigos del nacimiento del Hijo del Altísimo que José y yo y los dos animalitos que con su vaho daban un poco de calor al establo.

El Niño, se me quedó dormidito en el calor de mis brazos. Cuando de pronto, escucho la algarabía de los Pastores… ¡Pobre hijo mío, te van a despertar! Cuando llegaron lo miraban con unos ojos grandes que brillaban en la noche… Mi Jesús abrió por vez primera los suyos y les quedó mirando en una actitud de gratitud.

Aquella fue la primera Navidad. La Navidad de verdad. Por eso, ahora, cuando cada año vosotros volvéis a celebrarla yo siento que todo se me remueve por dentro.
Se me remueve el corazón agradecido a Dios, porque “ha mirado la humillación de su esclava”.
Se me remueven las entrañas que durante nueve meses cargaron con el dulce peso del Hijo de Dios, escondido de las miradas de todos.
Se me remueve mi fe y mi esperanza. ¿Cómo pudo Dios confiar tanto en una pequeña criatura como yo? Dios me resulta siempre maravilloso y misterioso. Nunca logro entender sus caminos, aunque siempre los acepto, precisamente porque son los suyos.

Como madre de tantos hijos, que sois todos vosotros, mis mejores deseos son: que viváis las Navidades con mucho gozo, con plena alegría. Pero que todo eso que hacéis en torno vuestro no os haga olvidar lo principal: a El. Al Niño.

Y claro, como madre y como mujer, quisiera dar un saludo muy especial a todas las madres y a todas las mujeres. Podemos ser débiles en nuestro físico. Pero, no olvidéis que somos muy fuertes a la hora de la fe. Por eso, Dios siempre cuenta con nosotras cuando quiere hacer cosas grandes.

En estas Navidades, la Madre de la Navidad os bendice a todos y os desea ¡Muy felices Navidades!.

María, la mujer de la Navidad.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir la Navidad: Jueves de la Octava de Navidad

“Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.
Cuando entraban con el Niño Jesús sus padres, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visito a tu Salvador a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel”. (Lc 2,22-35)

Simeón

Los viejos. ¿Para qué sirven hoy los viejos?
No es el mejor tiempo para los viejos.
Para muchos, solo son un estorbo.

Y sin embargo, el Nacimiento de Jesús está rodeado de viejos:
Zacarías, el viejo que pone en dudas la promesa de Dios.
Isabel, la que concibe cuando el tren ya se la ha ido.
José, el que no entiende nada, pero se fía de la palabra de Dios.
Simeón, el hombre que envejece con la esperanza de ver al Mesías antes de que la muerte cerrase sus ojos.
Ana, la profetisa, la que da gracias al Señor y proclama a todos el nacimiento del Mesías.

Uno se pregunta ¿qué pinta tanto viejo en torno a la cuna de Jesús?
Y sin embargo son ellos:
Los testigos de la esperanza mesiánica.
Los testigos de las promesas del Espíritu Santo.
Los testigos del futuro y de lo nuevo.
Los testigos de la fe.
Los testigos de un cálido atardecer.

Simeón no tiene nada y lo tiene todo:
Tiene la promesa que alimentó su vida de esperanza hasta el final.
Tiene unos brazos calientes para acoger a Dios y estrecharlo.
Y tiene la alegría y el gozo de una ancianidad feliz, realizada y cumplida.

En una sociedad como la nuestra tensionada por eso que llamamos “lucha de generaciones”, la figura de Simeón resulta curiosa, y hasta simpática.
Sus brazos unen y abrazan lo viejo y lo nuevo.
Sus brazos estrechan el pasado y el presente.
Sus brazos son el encuentro entre el ayer y el hoy.
Sus brazos son, estrechando al niño, la armonía entre lo que se va y lo que viene.
Los ancianos mantienen viva la memoria de su pueblo.
Los ancianos mantienen viva la continuidad de la historia.
Los ancianos sostienen en sus brazos lo nuevo que comienza.
Los ancianos olvidan la nostalgia de pasado y sonríen y cantan el nacimiento de lo nuevo.
“Ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz”.
Los ancianos, cuando ya su visión es limitada, todavía son capaces de ver y reconocer las novedades y maravillas de Dios.

Uno de nuestros mayores compromisos es, sin duda alguna:
Hacer felices a los ancianos.
Ofrecerles un atardecer sereno y luminoso a la vez.
Hacerles felices por la historia que han vivido.
Regalarles con el amanecer de lo que está naciendo y caminado, los nietos.

Si son lindas las sonrisas del niño que nace, no son menos lindas las sonrisas de los que ya se van.
Cuando uno saca una foto del amanecer y otra del atardecer, no resulta fácil distinguirlas y saber cuál es el amanecer y cuál es el atardecer, porque el sol sigue luciendo los mismos colores.
Que nuestros ancianos puedan llegar a la tarde de su vida:
Y sientan que valió la pena vivir.
Y sientan que valió la pena esperar.
Y sientan que sus sueños no fueron una ilusión sino que se han hecho realidad.

Que también ellos, como Simeón, puedan cantar:
“Ahora, Señor, según tu promesa,
Puedes dejar a tu siervo irse en paz;
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
A quien has presentado ante todos los pueblos:
Y gloria de tu pueblo, Israel”.
Y así como bendijo a los tres, también nuestros viejos puedan regalarnos su última
bendición.

Clemente Sobrado cp.

Felicitaciones de San José

Queridos hombres y esposos del mundo:
Entre tantas felicitaciones como recibiréis en estos días, estoy seguro de que ninguno de vosotros espera un saludo mío.

En el fondo, os entiendo. Yo fui el gran mudo de la Navidad. Todos hablan de mí. Pero yo no hablaba nada. A mí sólo me correspondía ver, mirar, contemplar y luego dejar que mi corazón entendiese.
Es posible que muchos me sientan envidia. ¡Oh qué padre tan feliz! ¡Tener por hijo nada menos que al Hijo de Dios! Sí. Es una maravilla.
Pero todo eso es maravilloso en la fe.
Confieso que yo no entendía nada. Para mí todo era un misterio.
Esperaba el nacimiento del Hijo de Dios. Y veo a un niño como los demás.
Esperaba que Dios naciese radiante como nace brillante el sol cada mañana. Y el Niño no tenía brillo particular.
Olía como huelen los niños recién nacidos. Olía a vida recién estrenada.
Lloraba como lloran los niños cuando nacen.
Y con los ojitos cerrados como todo niño al nacer.
Y en mi corazón, tenía que decir: “y a pesar de todo es el Hijo de Dios”… “y es el Mesías esperado”…

Mi primera desilusión fue cuando, al llegar a Belén, todas las puertas se me cerraron.
Yo era consciente de que en cualquier instante María estaba para dar a luz. Ya no era el momento de andar pensando grandes cosas.
Y es terrible llamar a una puerta y que te den con ella en las narices como a gente indeseada. No estaba discutiendo el precio de una pequeña habitación, al contrario, sentía que en ese momento, los tres: María, el Niño y yo, éramos “parte de los excluidos, de las personas que no tienen cabida, con las que no se cuenta”.
Todos me pedían mis documentos. Y yo venía precisamente a buscarlos a Belén. Y como no los tenía, todos pensaban que pudiera ser gente de mal vivir.

¡Y yo, con el parto de María a las puertas! No se imaginan el sufrimiento de aquellas horas. A ella le decía cariñosamente: “espera, María, un momento más…” Y la pobrecita me miraba con unos ojitos tan maternales que me rompían el alma.
Cuando encontramos el establo, “una cueva sin puerta, un refugio de animales”, sentí que el alma me volvía al cuerpo. No era gran cosa para la maravilla que esperaba. Pero era todo lo que yo le podía ofrecer. Yo pensaba para mis adentros: “por esta puerta que ya ni es puerta entra en el mundo el amor y la liberación de Dios”.
Por un momento, aquello me pareció un palacio. Al menos, tenía un ambiente templado por la presencia del borrico y una vaca tumbados sobre la hierba seca.

Permitidme, por un momento, pensar en cuantos también hoy, como nosotros entonces, se sienten excluidos, de los que están de más, esos que vosotros hoy llamáis “parásitos de la sociedad” y que otros califican de “ilegales”. Yo también me sentí ilegal en Belén.
Mi cabeza pensaba en la cuna que le había hecho al Niño y que tuvimos que dejarla en Nazaret. Naturalmente era imposible traerla con nosotros. Yo había puesto todo mi cariño haciéndola. Y total, para nada. Se había quedado en el taller a la espera de nuestro regreso.
Tampoco os voy a decir que para mí fue aquello algo tremendo.
Mi alma estaba muy en calma.
Mi espíritu muy sereno.
Al fin y al cabo, me daba cuenta de que ésos eran los caminos de Dios.
Por eso, en medio de mi sufrimiento humano, interiormente viví la gran fiesta del amor de Dios a los hombres.

Y esto me gustaría que lo aprendieseis también vosotros los esposos. Es posible que, en el fondo de vuestro corazón, soñéis con grandes cosas. Y luego la vida os hace aterrizar. La vida no siempre responde a los gritos del corazón.
Lo importante, en estos casos, es no dejar que la realidad se imponga a nuestros sentimientos y a nuestras ilusiones.
Además, esos sufrimientos por amor y fruto del amor, son sufrimientos que sanan y curan mucho nuestros corazones. Nos limpian por dentro para que podamos ver mejor con nuestros ojos.
Habrá cosas en vuestras vidas no siempre fáciles de entender. Lo mismo me sucedía a mí. Pero no siempre lo importante es entender. Lo fundamental es saber aceptar los caminos de Dios.

Por eso, en estas Navidades, en las que todos vosotros me volveréis a poner serio, apoyado en mi bastón junto al pesebre, yo os quiero felicitar.
Os debo decir que yo no estaba tan serio como me pintáis. En mi corazón había una gran fiesta. Además, ¿cómo podía yo causarle preocupaciones a María? Ella necesitaba también de mi apoyo moral.
Y verme preocupado sería para ella una pena más. Yo no podía hacerlo.
Yo tenía que ser el hombre firme en la fe.
Firme en la aceptación de aquel Hijo que no me pertenecía pero que yo quise y amé como si fuese mío propio.

Yo, que algo me sé de Navidad y de familia, quiero felicitar a todos los hogares en estas Navidades.
Quiero felicitar a todas las mamás que saben lo que es dar a luz un hijo, incluso no siempre en las debidas condiciones.
Quiero felicitar a todos los papás para quienes un hijo más implica un esfuerzo más en la vida.
Que en estas Navidades 2016 seáis todos muy felices. Que si tenéis problemas no os dejéis aplastar por ellos. Y que todos viváis el gozo y la alegría del gran regalo de Dios en estos días: El regalo de su Hijo Jesús.
San José, un esposo que sabe mucho de Navidad.

Clemente Sobrado cp.