Dios también habla hoy: Viernes de la 5 a. Semana de Cuaresma – Ciclo B

Medita el Vía Crucis aquí: http://bit.ly/_ViaCrucis

“Los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús. El les replicó: “Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre, ¿por cuál de ellas me apedreáis? Si no hago las obras de mi padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre”. (Jn 10,31-42)

Las piedras sirven para muchas cosas.
Sirven para pavimentar los caminos.
Sirven para levantar edificios.
Sirven para construir puentes.

Sin embargo, las piedras también sirven:
Para espantar los perros.
Para tirar a la cabeza de los demás.
Para apedrear a los demás.

Jesús tiene mucha experiencia de las piedras, porque, muchas veces quisieron apedrearle, aunque él siempre logró librarse de ellas.
El sabe lo que nos encanta a los hombres apedrear a los demás.
¡Cuánto disfrutó defendiendo a la adúltera a la que aquellos viejos querían apedrear!

Nos cuesta reconocer lo bueno de los demás, y preferimos apedrearlos.
Por eso, él mismo pregunta ¿por cuál de sus obras buenas quieren apedrearle?
¿No nos sucede algo parecido a nosotros mismos?
Piedras las hay de todo estilo y tamaño.
Hay piedras que son piedras de verdad.
Hay piedras que se llaman “crítica de los demás”.
Hay piedras que se llaman “murmuración de los demás”.
Hay piedras que se llaman “calumnias sobre los demás”.
Hay piedras que se llaman “difamación de los demás”.

Nos cuesta reconocer lo bueno que tienen los demás.
Y preferimos apedrearles con nuestras críticas y murmuraciones.
Preferimos difamarlos ante los demás.
Preferimos hacerles perder su reputación ante los demás.
Preferimos denigrarles ante los demás.

Tal vez no se trata tanto de esas piedras que tiramos con nuestras manos.
Sino de esas piedras que vomitamos con nuestra lengua.
Son peores las piedras de la lengua que las piedras del camino.

Lo importante es desacreditar a los otros.
Lo importante es que los otros queden mal ante la gente.
Lo importante es privar a los otros de su propio nombre y dignidad.
Es posible que nos confesemos apedreamos con piedras de verdad.
Y sin embargo nos sentimos felices de todas esas críticas y murmuraciones y chismografías con las que desnudamos al vecino y lo apedreamos.

Jesús no pide que le crean a él sino que crean a sus obras.
Muchos hermanos nuestros no nos piden que les creamos a ellos sino que creamos al testimonio de sus vidas.
Porque, al fin y al cabo, cada uno expresamos la verdad de lo que somos con nuestra conducta, con nuestros comportamientos.
Pero nosotros preferimos ver a la persona que rechazamos y no lo que hace.
Son nuestras obras las que hablan por nosotros.
Son nuestras obras las que hablan de nosotros.
Son nuestras obras las que nos acreditan en nuestra verdad.

Pero ¡qué difícil ver lo bueno que hay en los demás!
Preferimos ver sus fallos y errores, a ver todo lo que hay de bondad y luminosidad en ellos.
Preferimos ver sus zonas oscuras a ver sus zonas iluminadas de bondad y de verdad.
El gran problema de Jesús fue, sin duda alguna, que no supieron ver su verdad.
No supieron ver lo que hacía.
No supieron ver la bondad de su corazón.
No supieron ver a Dios en él.
Sólo veían aquello que ellos no querían aceptar.
Sólo veían aquello que a ellos no les interesaba ver porque les molestaba.
Por eso mismo, su respuesta no fue de aceptación de él sino su voluntad de apedrearlo.
Son peores las piedras de la lengua que las piedras que tiramos con la mano.

Clemente Sobrado cp.

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Dios también habla hoy: Jueves de la 5 a. Semana de Cuaresma – Ciclo B

“Dice Jesús a los judíos: “Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre” Los judíos le dijeron: “Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: Quien guarda mi palabra no conocerá lo que es morir para siempre?” (Jn 8,51-59)

Christ

Flcikr: Christian Köberl

Siguen las peleas de Jesús con los judíos, o mejor, de los judíos con Jesús. Esta vez, el problema está, en si vamos a vivir para siempre o nos contentamos con eso que, vulgarmente llamamos “estirar la pata” y que nos entierren. O como dice el refrán: “muerto el perro se acabó la rabia”.
Jesús anuncia vida, y nosotros preferimos anunciar la muerte.
Jesús anuncia una vida que no muere, y nosotros nos aferramos a la vida que muere.

Y hasta resulta curioso:
Todos tenemos miedo a morir.
Y cuando se nos habla de una vida sin muerte, no lo creemos.
Todos hacemos lo posible para alargar nuestra vida.
Y cuando Jesús nos la alarga para siempre, nos resistimos a aceptar su palabra.
La medicina ha logrado prolongar nuestras vidas.
Hay una medicina que la prolonga para siempre y nos negamos a tomarla.
Y hasta se atreven a llamarle “endemoniado”.

Los judíos se aferran a la temporalidad de la vida, en base a su experiencia. “¿Eres más que nuestro padre Abrahán, que murió?” “También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?”
Hablamos mucho sobre la vida eterna que nos regala la fe en Jesús.
Pero pesa más en nosotros la experiencia de los que a diario nos dejan.
Tenemos ojos para ver la muerte de cada día y lo limitado de nuestras vidas.
Pero nos falta esa fe en la Palabra de Jesús que nos promete una vida que, ya la llevamos dentro de nosotros, y estamos ciegos para verla.
Porque, en realidad, solo creemos en esta vida material, y no aceptamos que dentro de nosotros somos portadores de la vida eterna.
“Os aseguro que quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre”.
Y en otra parte nos dijo que “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”. “El que cree en mí posee la vida eterna”.
Una vida que llevamos como en germen dentro del grano de nuestras vidas.
Una vida que, eso que nosotros llamamos “muerte”, hará brotar como el grano sembrado brota de la tierra.
Pero ese tallo y esa espiga ya están en semilla, en blanco germen dentro del grano de nuestra vida.

Comulgar sacramentalmente es comer la “vida para siempre”.
Creer en Jesús es ganarnos esa “vida para siempre”.
Cumplir la palabra de Dios, es asegurarnos la “vida para siempre”.

Jesús nos vino a traer la buena noticia de la vida.
La vida que no muere.
La vida que no termina en la muerte.
La vida que brota y crece en la muerte.
La vida que, como la suya, no termina en la muerte de la cruz sino que resucita en la mañana de pascua.

Señor, tengo miedo a la muerte.
Pero sé que tú me regalas la vida “para siempre”.
Señor, sé que tengo que pasar por esa experiencia del morir humano.
Pero también sé que mi muerte posibilita la “vida para siempre”.
Señor, tengo miedo a ese momento final de mi vida humana.
También tú pasaste por esa experiencia.
Dame la gracia de creer en tu palabra que me da vida eterna.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Miércoles de la 5 a. Semana de Cuaresma – Ciclo B

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Libertad - Freedom

Flickr: Josef Grunig

“Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Le replicaron: “Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres?” (Jn 8,31-42)

Todos queremos ser libres.
Uno de los mayores avances en la psicología y filosofía modernas ha sido, sin duda, el descubrimiento de la libertad humana.
La libertad se ha convertido en todos nosotros en una especie de obsesión.
Hasta pudiéramos decir que hemos caído en la esclavitud de la libertad.
Se da una gran contradicción. Queremos ser libres y la mayoría vivimos esclavizados de nosotros mismos.

El gran regalo de Dios al hombre es, sin duda alguna, el ser libre.
Y la gran misión de Jesús es hacernos libres.
Escuchar su palabra nos hace libres.
El cumplir su palabra nos da el conocimiento de la libertad.
Los títulos no nos hacen libres.
La herencia de pertenecer al linaje de Abrahán no nos hace libres.
Solo la palabra de Jesús es capaz de hacernos libres.
Solo la fidelidad a la palabra de Jesús nos hace libres.

Los judíos sea creían libres por obedecer a la ley.
Se creían libres por descender de Abrahán.

Muchos de nosotros nos creemos libres porque hablamos mucho de libertad.
Nos creemos libres por hacer lo que nos viene en ganas.
Nos creemos libres porque nadie nos manda.
Nos creemos libres porque no hacemos caso a nadie.
La libertad es algo que tiene que nacer desde dentro.
La libertad es algo más que ser independientes de los otros.
La libertad es mucho más que decir “no” a lo que está mandado.
La libertad es una actitud interna que nos libera de nuestras propias dependencias.
La libertad no depende tanto de nuestras relaciones con los otros cuanto de nuestra relación con nosotros mismos.

Es posible que a nosotros nos suceda lo mismo que a los judíos.
No necesitaban la libertad que les ofrecía Jesús.
No necesitaban la libertad que provenía de su palabra.
No necesitaban la libertad que brotaba de ser discípulos de Jesús.

Ellos no se sentían esclavos.
Como tampoco nosotros nos sentimos esclavos.
Su libertad era fruto de pertenecer al linaje de Abrahán.
“Y sin embargo tratáis de matarme a mí, que os he hablado de la verdad que le escuché a Dios”.
Nosotros nos sentimos libres por no depender de nadie.
Para Jesús, quien vive en pecado es esclavo del pecado.
Igual que ellos, nosotros queremos ser libres:
Sin Dios.
Al margen de Dios.
Tampoco nosotros entendemos la libertad en dependencia de Dios.

Una de las razones de “la muerte de Dios”, en la filosofía moderna y contemporánea, ha sido y sigue siendo Dios el problema de la libertad. Es preciso eliminar de nuestras vidas a Dios, porque solo así seremos libres y nuestra conducta no dependerá de nadie, sino de nuestros caprichos y nuestros intereses.

Para Jesús, los judíos se creían libres y eran esclavos y rechazaban la libertad que él les ofrecía. La libertad en la verdad.
¿Seremos nosotros hoy más libres que ellos?
Es fácil confundir libertad con engaño.
Es fácil confundir libertad con mentira.
Es fácil confundir libertad con pecado.
Sólo seremos libres en la verdad.
Y sólo viviremos en la verdad, viviendo su palabra.
Hay libertades que son esclavitudes.
La verdadera libertad está en el corazón que vive en la verdad.
La verdadera libertad está en ser “hijos”, no de Abrahán, sino en ser “hijos de Dios”.
Jesús es el hombre libre por excelencia. Y es el que “salió de Dios” y “no ha venido por su cuenta sino que él me envió”. Es la libertad en la dependencia de Dios.
Hay independencias que son esclavitudes.
Y hay dependencias que son libertades.
¿Somos realmente libres? ¿Dónde radica nuestra libertad?
Soy tanto más libre cuanto más abierto vivo hacia Dios.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Martes de la 5 a. Semana de Cuaresma – Ciclo B

“Y entonces dijo Jesús: “Cuando levantéis al Hijo del Hombre, sabréis que soy yo, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada.” Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él”. (Jn 8,21-30)

De las incongruencias humanas a las lógicas divinas.
A Jesús no le conocieron cuando hacía milagros.
No le conocieron cuando curaba enfermos.
No le conocieron cuando limpiaba leprosos.
No le conocieron cuando abría los ojos a los ciegos.
Es decir:
No le conocieron cuando más parecía resplandecer su persona.
No le conocieron cuando su figura emitía más luz.
No le conocieron cuando su figura brillaba más.
Serán testigos de sus milagros y de sus anuncios y sin embargo, seguirán preguntando: “¿Quién eres tú?

Pareciera que Dios se revela y manifiesta más luminosamente en aquello que más le oscurece.
Tendrán que esperar a la humillación de la Cruz para “saber que yo soy”.
Tendrán que esperar a desfigurarle humana y divinamente en la Cruz, para saber quién es realmente él.
Tendrán que “levantarlo en alto”, colgarlo de la Cruz, para poder reconocerle.
Dios se hace luz en la oscuridad.
Dios se hace luz en la tiniebla.
Dios se hace luz en la noche de la Cruz.

La Cruz es la mayor negación de la divinidad de Jesús.
La Cruz es la mayor prueba de que Dios no está con él.
Y sin embargo, Jesús dirá: “El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada”.
Donde los demás ven la negación de Dios, “maldito el que pende del madero”, Jesús ve la presencia de Dios.
Donde los demás ven el abandono de Dios, Jesús siente la compañía del Padre.
Donde los demás ven el “no” de Dios a su obra, Jesús descubre la afirmación de Dios a su identidad y a su enseñanza.
Donde los demás ven el “fracaso de su proyecto”, Dios lo afirma y confirma.

A aquellos griegos que “querían ver al Señor”, Jesús los remite precisamente a “cuando el Hijo del Hombre sea levantado en alto”.
Será entonces que “atraeré a todos hacia mí”.
Y ahora lo repite Jesús a los fariseos que siguen sin reconocerle. “Cuando levantéis el Hijo del Hombre, sabréis que yo soy”.

¿Por qué la cruz, siendo la mayor oscuridad de su vida y la mayor negación de su persona y de su obra se convierte precisamente en su mayor centro de atracción, en su mayor centro de revelación y manifestación?
El dolor y el sufrimiento oscurecen y clarifican poco.
La muerte es como si se apagasen todas las luces de la casa.
Y sin embargo, la Cruz, lo ilumina todo y lo clarifica todo.
La Cruz como principio de conocimiento, “sabréis que yo soy”.

Es que la Cruz más que expresión de lo trágico de la vida, se convierte en el sacramento del amor, en la revelación del amor.
No conoceremos a Jesús por sus sufrimientos.
Le conoceremos cuando lo veamos como expresión del amor que Dios nos tiene.
Le reconoceremos cuando podamos decir: “así ama Dios”.
Si Dios es amor, solo será posible reconocerle en el amor.
Si Dios es amor, solo será posible reconocerle en el mayor gesto de amor, que es, sin duda el dar la vida por nosotros.
Si quieres conocer de verdad a Jesús levanta los ojos y contempla al que está colgado por ti.

Clemente Sobrado cp.

San José

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

San José

“María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla… “José no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”. (Mt 1,16.18-21.24)

Como una especie de oasis en el desierto de la Cuaresma, aparece la figura de José.
El hombre del silencio. No tenemos ni una sola palabra suya.
El hombre de una gran nobleza de corazón.
El hombre que, en el silencio de la fe, acepta el misterio que no entiende.
El hombre respetuoso con el misterio.
El hombre respetuoso con la persona de María.
El hombre que cree sin entender, se fía de la Palabra.

José el hombre del silencio.
Nosotros hablamos mucho y decimos poco.
Nosotros hablamos mucho y nuestras vidas hablan poco.
Somos palabras. Como comentaba un amigo mío sobre un predicador: “Naufragio de ideas en un mar de palabras”.
Carecemos de ese silencio que escucha.
Cuando callamos y hacemos silencio en nosotros comenzamos a escucharnos a nosotros mismos y a Dios que habla silenciosamente “en sueños”.

Los caminos del silencio de Dios:
Uno se pregunta si María también guardó silencio y no le dijo nada a José, a la espera de que el mismo Dios que crecía en sus entrañas se hiciese palabra también en el silencio.
¿No sería porque ella estaba segura de que también José tuviese su propia anunciación?
¿Y que también José tuviese que dar su “sí” a Dios en el misterio de lo desconocido?

La nobleza de un corazón:
Nada de escándalos.
Nada de alborotos y problemas.
También él vive ese silencio respetuoso y misterioso.
¿Por qué dejarla en mal lugar ante el resto de vecinos?
Cumplir la ley, sí, pero en secreto, sin publicidad alguna.

Bella imagen para cuantos:
Nos encanta el escándalo.
Nos encanta sacar ruido con la noticia.
Nos encanta la crítica, el desprestigio y la publicidad.
Nos encanta el escándalo, por encima del respeto a la dignidad de las personas.

El hombre que cree sin ver:
También José tiene su anunciación en un momento sumamente doloroso.
Como María tampoco él pudo entender lo que estaba sucediendo.
Pero, allí estaba la palabra de Dios.
Una palabra aceptada sin comprenderla.
Una que le devuelve la paz “haciendo lo que Dios le había dicho por el ángel”.
¿De qué hablarían luego María y José, al ver descubierto el misterio de la encarnación?
Es posible que los dos siguiesen guardando en silencio el misterio.
Es posible que los dos renovasen el “hágase en nosotros según tu palabra”.

No pretendamos comprender los caminos de Dios.
No pidamos explicaciones a Dios.
No pidamos “porqués” a Dios.
A Dios se le cree por lo que nos dice.
A Dios le damos la confianza de nuestro corazón.
Nuestras vidas están llenas de preguntas.
Sólo Dios tiene respuestas.
Dios nos pide cosas que, hasta pueden parecer absurdas.
José no pidió explicaciones a Dios. Obedeció.
Más entiende el corazón en silencio, que la mente alborotada de teologías.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Domingo 5 de Cuaresma – Ciclo B

“Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? Padre, líbrame de esta hora. Pero, si para esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre”. Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.” (Jn 12,20-33)

En este quinto domingo de cuaresma Jesús nos habla de su enfrentamiento con la muerte que ya parece inminente.
La interpreta a la luz del grano que muere para dar fruto.
La interpreta como glorificación del Padre.
La interpreta como glorificación del Hijo.
Y la interpreta como el lugar a donde todos tenemos una cita, porque es en ella donde atraerá a todos hacia él.

No pide al Padre que le evite ese trago amargo de la Cruz.
Al contrario, reconoce que ese es su destino y que para eso ha venido.
Y que es precisamente convirtiéndose en grano trigo que el Espíritu podrá segar la cosecha.

Todos vemos el morir como el desaparecer.
Jesús lo ve como una manera de triunfar sobre la misma muerte.
No es que Jesús ame el morir. Por eso, no le pide al Padre que impida ese momento tan duro y difícil.
Pero ilumina ese momento, dándole sentido.
Mira a la muerte por detrás.
Mira a la muerte por su reverso.
Mira a la muerte por los valores que encierra.

Y ahora la pregunta que todos estamos llamados a hacernos es: ¿Y nosotros estamos dispuestos a morir? Como Jesús, ¿nos atrevemos a ser grano que muere para que demos nuestro verdadero fruto, y glorifiquemos al Padre y seamos glorificados por él?

Atrévete hoy a morir. Atrévete a renunciar a ti mismo para preocuparte de los demás. Nadie celebrará ni llorará esa tu muerte. Pero no deja de ser muerte. Bueno, es una muerte que en realidad te da más vida. Para seguir a Jesús, los mejores son aquellos que “se niegan a sí mismos”.

Atrévete hoy a morir. Muy fácil. Cuando en casa te acusen de todo, te hagan responsable de todo. Porque tú fuiste el causante de esto y lo otro. Tú calla. No respondas. Sí, ya sé que tus hígados te arderán… es que la muerte siempre quema por dentro, cuando a Jesús le acusaron, el Evangelio dice que “Él callaba“. El silencio también es muerte.

Atrévete hoy a morir. Si te acusan, si sientes que hablan mal de ti, que murmuran de ti. No hagas caso. No te defiendas. ¿Que tú tienes la razón? ¿Y crees que Cristo no tenía razón cuando le acusaban? Pero no se defendió. Prefirió callarse. Deja que sea tu vida tu mejor defensa.

Atrévete hoy a morir. Olvídate de tus intereses y dedícate a satisfacer las preocupaciones de los demás. El tiempo que inviertes dedicándoselo a los demás, es tu mejor inversión. Duele dejar lo tuyo por los demás. Pero eso te hace revivir por dentro.

Atrévete hoy a morir. Hoy decídete a ser tú mismo, aunque te traiga consecuencias con los amigos. Decídete a ser coherente contigo mismo, aunque todos te digan que no sabes vivir la vida. Decídete a ser fiel, por más que te digan que “no sabes lo que te pierdes”…. También los amigos te van ayudando a morir a poquitos, esa muerte lenta y dolorosa.

Atrévete hoy a morir. Es muy simple. Di la verdad, aunque te traiga complicaciones. Di la verdad, aunque te descubran culpable. Di la verdad, aunque con ello dejes de ganar más dinero. Habrás muerto por la verdad en vez de vivir con la mentira metida dentro de ti. Tu vida ya perdería mucho de vida….

Atrévete hoy a morir. No elijas ni escojas tu muerte. Acepta la que te toca. Acepta el sufrimiento tal y como viene. Acepta la enfermedad tal y como viene. Si te duele el pie, no prefieras que sea la mano. No escojas tus sufrimientos. Te son suficientes los de turno. Quien hace selección en los sufrimientos termina eligiendo los peores.

No busques muertes espectaculares. Conténtate con esas muertes vulgares de cada día pero que duelen como todas las muertes.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Sábado de la 4 a. Semana de Cuaresma – Ciclo B

“Los guardias respondieron: “Jamás ha hablado nadie como ese hombre”. Los fariseos les replicaron: “¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la Ley son unos malditos”. (Jn 7,40-53)

Jesús sigue siendo una señal de contradicción.
Para unos es un santo. “Este es de verdad el profeta”.
Para otros es un engañabobos: “¿Es que de Galilea puede venir el Mesías?
Para otros es un maldito: “¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él?”

Dios sigue siendo un problema para el hombre. Por eso mismo, buscamos tantas razones y motivos para no creer en él.
No buscamos razones para creer, pero sí para no creer.
No aceptamos las razones que nos inducen a creer, pero buscamos motivos que justifiquen nuestra incredulidad.

Pero el verdadero problema no está en la base, sino en la cúpula.
En la base reconocen que en Jesús hay algo que no encuentran en ningún otro.
En la base, hasta los guardias del Templo se sienten sorprendidos: “Jamás nadie ha hablado como ese hombre”.
Pero en la cúpula están los “jefes y fariseos”.
Ellos tienen las cosas muy claras, Jesús no pasa de un simple embaucador.
Ellos tienen las ideas muy claras: “Jesús no cumple con la Ley”.
Y quienes viven de la ley la tienen imposible creer en quien vive libre de la Ley y vive del amor. “¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él”.

Cuanto más arriba se está:
es más difícil abrirse a la sencillez de la verdad.
es más difícil abrirse a la verdad de los de abajo.
es más difícil aceptar que uno puede estar equivocado.
es más difícil abrir el corazón al cambio.
es más difícil reconocer los propios errores.

Es que, cuando se está arriba, nos convertimos en hombres de la ley.
Y cuando nos hacemos hombres de la ley, preferimos la esclavitud de la ley a la libertad del amor.
Porque cuando se está arriba rehuimos cualquier cambio que pueda poner en peligro nuestra dignidad y prestigio.
Además de vivir esclavos de la ley, es el modo más fácil de esclavizar a los de abajo.
Prestigio, tener, poder:
Nos hacen sentirnos dueños de la verdad.
Nos hacen sentirnos impermeables a la verdad que no venga de nosotros mismos.

Tenemos la idea de que estar en las alturas es como una especie de carné de la verdad, de la autenticidad, de la infalibilidad.
¿Un simple nombramiento nos otorga la infalibilidad?
¿Un simple nombramiento nos hace dueños de la verdad?
¿Un simple nombramiento nos da derecho a impedir que otros piensen?
¿Un simple nombramiento nos da derecho a pensar por los demás o a imponer nuestro modo de pensar?

Mientras la gente del pueblo siente que algo nuevo se vislumbra en el horizonte: “ningún jefe creyó en él”.
Mientras los simples guardias se sienten conmovidos: “ningún jefe creyó en él”.
Por eso, lo más fácil para los que están arriba es “condenar a los de abajo”: “Esa gente que no entiende de la Ley son unos malditos”.
En este caminar cuaresmal todos tendremos que cuestionarnos en nuestra relación con Jesús y con los que no piensan como nosotros.
En este caminar cuaresmal también los de arriba tendrán que examinarse si ellos creen de verdad en el Evangelio o siguen también ellos esclavos de la ley.

Los de abajo no somos infalibles, pero ¿lo serán los que están arriba en la cima?

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Viernes de la 4 a. Semana de Cuaresma – Ciclo B

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“A mí me conocéis, y conocéis de donde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ese vosotros no le conocéis; yo sí le conozco porque procedo de él; y él me ha enviado”. (Jn 7,1-2.10.25-30)

Si hay algo triste en la vida es “pasar como un desconocido”, un “ignorado y olvidado”.
¿Y Dios tendrá que pasar como un desconocido?

¿Y nosotros le conocemos?
¿Con qué facilidad decimos que yo conozco a fulano.
Incluso esa frase popular “le conozco como si le hubiese parido”.
Es posible que le hayas parido, y sin embargo no le conozcas.
No es fácil conocer a los demás.
Cuando ni siquiera nos conocemos de verdad a nosotros mismos.

¿Y conoceremos realmente a Jesús?
Decimos que le conocemos porque sabemos “de donde vengo”.
Y ¡qué equivocados estamos!
Yo soy católico porque mis abuelos eran profundamente creyentes.
¡Claro, los abuelos, pero vete a ver cómo es el nieto!

Podemos saber que Jesús viene de Nazaret.
Y hasta pueden conocer su genealogía.
Pero uno es mi pueblo y otra soy yo.
Mi pueblo en concreto apenas aparece en el mapa.
Y ciertamente que yo figuro mucho más que mi pueblo.

Además, una cosa es donde nació o vivió.
Pero sus raíces son otras.
Sabemos donde vive, y eso no es conocerle.
Porque, Jesús es “un enviado”.
Un enviado de alguien a quien conocemos.
A Jesús solo podremos conocerle “como el enviado”.
A Jesús solo podremos conocerle “si conocemos al que le envía”.

Y aquí su misterio:
Nadie le conoce si no conoce el Padre que lo envió.
Y nadie conoce al Padre si no es a través del enviado.
No es fácil entrar en el misterio íntimo de Jesús.

Todos corremos el peligro de quedarnos en sus apariencias.
Por eso, ¡cuántos engaños cuando decimos que conocemos a alguien?
Cada vez que trato a la gente, a través de mi ministerio sacerdotal, más me convenzo de lo difícil que es conocer a las personas.
Cada vez me arrodillo más ante el misterio de las personas.
¡Es tan poco lo que sabemos de ellas!
¡Es tanto lo que cada uno esconde en su corazón!

La mayoría de nosotros moriremos sin conocer de verdad a Jesús más que por referencias.
La mayoría moriremos hablando de Dios, sin conocerle de verdad.
La mayoría:
Moriremos sin que los demás nos conozcan realmente.
Moriremos sin saber nosotros mismos quienes somos.
Moriremos sin saber quienes son realmente aquellos a quienes hemos tratado toda la vida.

Para conocer a Jesús hay que conocer primero al que le envió.
Para conocer al que le envió hay que conocer primero al enviado.
Para conocer a los demás primero tendré que conocerme a mí.
Para conocerme a mí tendré que tratar de conocer a los demás.
Y aún así será más lo secreto que hay en nosotros que lo que todos conocen.

La verdad de Jesús no es lo que vemos de El, sino lo que no vemos.
La verdad de cada uno no es lo que se ve de nosotros, sino lo que no se ve.
Por eso en vez de decir me conozco, mejor si digo quiero conocerme.
En vez de decir yo conozco a Dios, mejor si decimos estoy en camino de conocerle.
En vez de creer que conocemos a la gente, mejor si decimos quisiera saber la verdad de su corazón. Y mientras no la conozca, solo me queda respetar su propio misterio.

Clemente Sobrado cp.