Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 33 a. Semana – Ciclo C

Zaqueo

Escucha aquí la homilía dominical: http://bit.ly/homilias.

“Entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera para poder verlo, porque tenía que pasar por allí.” (Lc 19, 10)

“¿Cristianos de corazón? Sí, todos,
¿Cristianos de alma? Todos.
Pero cristianos de bolsillos, pocos ¿eh? Pero la conversión… y aquí, llegó enseguida: la palabra auténtica. Se ha convertido”.
“Pero ante esta palabra, la otra palabra, la de los que no querían la conversión, que no querían convertirse: “viendo esto, murmuraban: ¡ha entrado en casa de un pecador!”, se ha ensuciado, ha perdido la pureza. Debe purificarse porque ha entrado en casa de un pecador”. (Papa Francisco, Homilía)

Se puede ser jefe de todos.
Pero no por eso tener garantizada la felicidad.
Se puede ser rico.
Pero no por eso haber asegurado la felicidad del corazón.
Se puede tenerlo todo.
Y no tener nada cuando falta Dios para llenar el corazón.

Y, por más que hagamos, no es fácil acallar el corazón.
No es fácil engañar nuestro corazón llenándolo de cosas.
No es fácil engañar nuestro corazón llenándolo de poder.
No es fácil engañar nuestro corazón llenándolo de riquezas.
Esto lo entendió muy bien San Agustín cuando escribió: “Señor, nos hiciste para ti y mi corazón estará inquieto en tanto no descanse en ti”.

Podemos reírnos a carcajadas, y no ser felices.
Podemos tener llena la casa de cosas y vacío el corazón.
Podemos ser jefes y ser ricos, y llevar dentro un corazón que aspira a más.
Las cosas pueden distraernos, pero solo Dios es capaz de llenarnos.
Las cosas pueden ocuparnos por dentro, y sin embargo vivir vacíos sin Dios.
Zaqueo era de los que estaba arriba, pero le faltaba algo.
Zaqueo era rico, pero le faltaba lo esencial.
Zaqueo lo tenía todo, pero era más pequeño que el resto de la gente.
Sentía necesidad de Dios, tal vez sin tener conciencia de ello.
Sentía necesidad de conocer a Jesús, tal vez por curiosidad.
Sentía necesidad de experimentar a Jesús.
No le bastaba tener ideas sobre Jesús.
Necesitaba verlo, sentirlo, experimentarlo.
No basta conocer a Dios de segunda mano, por lo que nos dicen de él.
Necesitamos verlo.
Echó a correr. Se subió a un árbol. Escuchó la llamada e invitación.

Los deseos pueden aparecer como ilusiones.
Pero sin deseos en el corazón no buscaremos.
Sin deseos en el corazón no nos arriesgaremos.
Sin deseos en el corazón no tendremos el coraje de subirnos a una higuera.
Sin deseos en el corazón no seremos capaces de hacer el ridículo ante los demás.
Al fin y al cabo:
Los deseos nos dan la medida de las necesidades del corazón.
Los deseos nos dan la fuerza suficiente para arriesgarnos en la vida.
Los deseos son la fuerza que hacen capaces de tomar decisiones, aunque los demás no nos comprendan, como tampoco la gente comprendió a Zaqueo.
Los deseos son el camino para encontrarnos con Dios.
Los deseos son el camino que nos lleva a ver a Dios.
Los deseos son el camino que llevan a Dios a “hospedarse en nuestra casa”.

Todo empieza por un vacío.
Todo empieza por una necesidad.
Todo empieza siendo pequeño.
Todo empieza cuando los otros son para nosotros un estorbo.
Todo empieza con un corazón que quiere ver y no le dejan ver.
Todo empieza por un Jesús que “levanta los ojos, y nos dirige la palabra”.
Y todo termina:
Con Jesús cenando en nuestra casa.
Con Jesús anunciando la salvación a nuestra casa.
Con un corazón que se vacía de los bienes.
Con un corazón capaz de compartir lo que se tiene con los pobres.
Con un corazón capaz de sincerarse con la vida y devolver lo que se ha robado a los demás.

Señor, ¿no viviré demasiado esclavo de las cosas?
Señor, ¿no me resignaré a mi pequeña estatura?
Señor, ¿no seré capaz de romper con mis sentimientos de orgullo por ti?
Señor, ¿no seré de los que no me contento con conocerte de segundo mano?
Señor: ¿no seré de los que quieren convertirse pero sin meter mano a la billetera?

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 33 a. Semana – Ciclo C

Y le replicaron: “Pasa Jesús Nazareno” Entonces grito: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!” Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David ten compasión de mí!” Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” El dijo: “Señor, que vea”. “Recobra tu vista, tu fe te ha salvado”. (Lc 18,35-43)

¡Hijo de David, ten compasión de mí!

“Rezar con insistencia y con la seguridad de que Dios escuchará nuestra oración”. La oración, afirmó el Papa, tiene dos actitudes: de “necesidad” y al mismo tiempo de “seguridad” de que Dios, en sus tiempos y en sus formas, atenderá la necesidad.
“La oración, cuando es cristiana de verdad, oscila entre la necesidad que siempre contiene y la certeza de ser atendida, aunque no se sepa con exactitud cuándo. Esto porque quien reza no tiene miedo de molestar, como los dos invidentes del pasaje del Evangelio, que gritan detrás de Jesús su necesidad de ser curados. O como el ciego de Jericó, que invoca la intervención del Maestro con una voz más alta que quienes quieren callarle. Porque Jesús mismo nos enseñó a rezar como “el amigo inoportuno” que mendiga el alimento a medianoche, o como “la viuda con el juez injusto”. (Homilía, Papa Francisco).

Las desgracias llegan todas juntas.
El hombre era ciego, que ya es bastante desgracia.
Y además era pobre.
Cada día vivía de limosna.
Cada día vivía junto a los caminos.
Cada día vivía con la mano tendida.
Pendiente siempre de la generosidad de los que pasaban.
Es la suerte de lo pobres.
Depender siempre de los otros.
Y además depender de de las propias limitaciones.
La ceguera le hace depender de todos porque sus limitaciones son grandes.

Esta mañana había algo flotando en el ambiente.
Sintió curiosidad y rompiendo todas las normas, se decidió a preguntar: “¿qué era aquello?”
La noticia de que Jesús pasaba le estremeció.
Sintió como si algo nuevo comenzase a brotar.
Y acudió al único recurso que tienen los pobres: “orar”, “gritar”.
Pero los gritos de los pobres, como los gritos de los ciegos, molestan.
Los que no tienen problemas, les duele poco hacer más pobres a los pobres.
Que no tienen nada y aún se les quiere quitar lo poco que tienen.
“Los que iban delante le regañaban para que se callara”.
Tan pobre que ni derecho tiene a gritar.
Pero la necesidad nos suele hacer más fuertes que tenerlo todo.
Por eso él “gritaba más fuerte”.

Siempre es más fácil hacer callar los gritos del necesitado, que solucionar sus problemas.
Siempre es más fácil ahogar los gritos del pobre, que responder a sus necesidades.
El grito, el llanto son el arma del pobre.
El grito del corazón del pobre siempre llega al corazón de Dios.
Como dice el Salmo “a Ti clamé y me escuchaste”.

¿Gritaba de pobreza?
¿Gritaba de esperanza?
Al enterarse que era Jesús, el ciego mendigo, gritaba de esperanza.
No podía perder aquella oportunidad.
No podía dejar marchitarse aquella esperanza.
Jesús escuchó sus gritos.
Y Jesús no se molestó, ni le mandó callar.
Al contrario, Jesús mandó que lo trabajasen.
Jesús no tiene prisas mientras alguien le esté necesitando.
Se detiene y le devuelve la vista.

La pobreza molesta a quien no tiene interés en devolver a la vida al que está muriendo.
Los gritos de la pobreza molestan a quienes lo tenemos todo.
Los gritos del hambre molestan a los que siempre tenemos el estómago lleno.
Los gritos del ciego molestan a los que tenemos buena vista.
Los gritos del sufrimiento solo molestan a los que lo pasan siempre cañón.
Y todavía reclamamos la tranquilidad de la vida y que nadie nos moleste.
Como si tuviésemos derecho a que los necesitados renuncien a lo único de que disponen para que no molesten nuestra tranquilidad.
Al único a quien no molesta el grito de nuestra oración es Dios.

Solo el pobre sabe lo que duele la pobreza.
Solo el ciego sabe lo que es no poder ver.
Por eso no podemos negarnos a los gritos del que no ve.
No podemos ser insensibles a la oscuridad del que no ve.
Nuestro problema ¿no será nuestra falta de sensibilidad?
Nuestro problema ¿no será que estamos demasiado acostumbrados a pasar de largo sin prestar atención a los que viven encerrados en sus oscuridades?

Señor, que yo pueda ver.
Señor, que yo pueda ayudar a ver al que está ciego.
Señor, que el grito de los que no ven, mueva mi corazón.
Señor, que mi atención para con los necesitados sea más importante que mis prisas y sepa detenerme para escucharles.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 33 – Ciclo C

“Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio, Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os dará palabras y sabidurías a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá con vuestra; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. (Lc 21,5-19)

Dice el Papa Francisco:
“Queridos hermanos y hermanas, ¡no hay cristianismo sin persecución! Recuerden la última de las Bienaventuranzas: cuando los llevarán a las sinagogas, los perseguirán, los insultarán: éste es el destino del cristiano. Y hoy, ante este hecho que sucede en el mundo, con el silencio cómplice de tantas potencias que podían detenerlo, estamos ante este destino cristiano. Ir por el mismo camino de Jesús”. (Homilía)

La última venida de Jesús estará marcada por toda una serie de acontecimientos.
Entre ellos, la persecución, que es una de las bienaventuranzas del cristiano.
La mejor señal del cristiano serán las persecuciones que sufrirán los creyentes en El.
¿Qué tiene el ser cristiano para que esté marcado y señalado por la persecución?
Hay algo en la vida del cristiano que molesta al mundo.
Hay algo en la vida del creyente en el Evangelio que incomoda al mundo.
Hay algo en la vida del seguidor de Jesús que molesta al mundo.

Lo cual nos está diciendo que:
Creer.
Ser cristiano.
Seguir a Jesús.
Tiene que ser importante y todo un peligro para quienes quieren seguir viviendo con los criterios del mundo.

Nadie quiere sufrir persecuciones y cárceles.
Pero a la vez, es nuestra mayor grandeza.
Yo tengo miedo a una Iglesia aplaudida por el mundo.
Yo tengo miedo a una Iglesia reconocida y admirada y acogida con el aplauso.
Yo tengo miedo a una Iglesia aplaudido por el Estado

Porque un cristiano que es como todos, no preocupa a nadie.
Un cristiano que es como todo el mundo, no molesta a nadie.
Un cristiano que es alabado y aplaudido, es un cristiano que crea problemas a nadie.

Ser como todos es masificarse en el anonimato de todos.
Ser distinto es la gran fuerza del cristiano.
Ser diferente es el mejor título que identifica al seguidor de Jesús.
Ser diferente es algo que cuestiona, molesta y preocupa.
Y ahí está el gran problema del cristiano.
Querer ser como todos, vivir como todos, para que no tener problemas con nadie.

Y un cristiano:
Que nadie persigue es poco cristiano.
Quien no crea problemas vive el anonimato.

Personalmente me gusta una Iglesia que molesta.
Una Iglesia que es perseguida.
Una Iglesia que es como el sol en medio de las tinieblas.
No somos masoquistas, pero tampoco rehuimos los rechazos que sufrió el mismo Jesús.
Prefiero que nos rechacen por causa de Jesús, a que nos alaben y acojan por ser como los demás.
El mejor signo que define al cristiano es la persecución.
El mejor signo que nos define como creyentes es que nos rechacen.
El mejor signo del cristiano es que molestamos.
No buscamos el aplauso sino la fidelidad.
No buscamos la persecución, pero sí buscamos la fidelidad por la que nos persiguen.
No quiero una Iglesia aplaudida.
Quiero una Iglesia que corra la suerte del mismo Jesús.
Nadie nos persigue por ser como todos.
Todos nos pueden perseguir por ser diferentes a todos.
Prefiero ser diferente al anonimato de todo el mundo.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 32 a. Semana – Ciclo C

El juez injusto“Para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: “Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no me vaya a acabar pegándome en la cara”. (Lc 18,1-8)

El Papa Francisco nos dice hablando de la justicia:
“Esta visión, sin embargo, ha conducido no pocas veces a caer en el legalismo, falsificando su sentido originario y oscureciendo el profundo valor que la justicia tiene. Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios”.
“No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No como dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor”. (Bula n. 20)

Cuando no se cree en nada ni en nadie, solo se cree en sí mismo.
Un juez que se cree dueño de la justicia.
Un juez que se cree dueño del mundo.
Ni teme a Dios ni le importan los hombres.
Y menos le va a importar una pobre viuda.
Y por eso se niega a hacerle justicia.
Donde no hay justicia no hay misericordia.
Y donde no hay misericordia no hay justicia.

Pero también los pobres tienen su capacidad de convencimiento.
No tienen nada, por eso no pueden comprar la justicia.
Pero tienen voz.
Y tienen constancia.
Y la voz de los pobres es capaz de vencer el poder de los poderosos.
La constancia tiene fuerza para doblegar a los poderosos.
Y los poderosos no son tan poderosos como se imaginan.
No siempre lo pobre y lo pequeño es tan débil como pensamos.

La constancia pone de manifiesto:
El convencimiento de la persona.
La capacidad de creer aunque no vea el futuro.
La capacidad de creer aunque no sienta la respuesta.
La capacidad de creer por más que solo sienta el silencio.
La capacidad de creer por más que tenga la impresión de que nadie le hace caso.
La capacidad de creer aunque se sienta abandonado.

La constancia es esperanza.
La constancia es señal de confianza.
La constancia es señal de fortaleza.

La constancia de la pobre viuda fue capaz de doblegar la voluntad del juez.
La constancia de la pobre viuda la hizo más fuerte que la indiferencia del juez.
La constancia de la pobre viuda la hizo más fuerte que la incredulidad del juez.

Dios no es el juez indiferente.
Dios no es el juez insensible ante las necesidades de los demás.
Y sin embargo nos pide orar incesantemente.
Nos pide una oración constante, sin cansarnos.
Nos pide una oración que no nos desaliente por más que las cosas no salgan a nuestro gusto.

No es que Dios se resista a nuestras peticiones.
No es que Dios quiera hacerse rogar.
Más bien:
Dios quiere fortalecer nuestra fe en él.
Dios quiere fortalecer nuestra fe, aunque todo lo veamos oscuro.
Dios quiere fortalecer nuestra confianza.
Dios quiere que nuestra oración no sea un simple oportunismo.

Por eso la frase tan conocida: “La oración es la fortaleza del cristiano y la debilidad de Dios”.
Es que Dios no se resiste a nuestra oración.
Es que Dios no se resiste a nuestras necesidades.
Lo que gana el corazón de Dios es nuestra perseverancia.
Lo que gana el corazón de Dios es nuestra constancia.
Porque perseverancia y constancia son la mejor señal de la autenticidad de nuestra oración.
Porque perseverancia y constancia son la mejor señal de la verdad de nuestra fe.
Porque perseverancia y constancia son la mejor señal de nuestra confianza en él.

No se trata de querer convencerte a base de insistir.
No se trata de querer cambiar tu voluntad para quitárnosla de encima.
Se trata de revelar y fortalecer nuestra fe y nuestro abandono en sus manos.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 32 a. Semana – Ciclo C

“Como sucedió en tiempos de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos”. (Lc 17,26-37)

Jesús recuerda personajes significativos del pasado.
Noé, que tuvo fe en el Señor, y quienes lo tomaron a chacota.
Y sobre todo destaca la figura de Lot, símbolo de los que han de mirar adelante.
A quien Dios le prohíbe “mirar atrás”.
El mejor símbolo de caminar “mirando atrás” es la esposa de Lot que queda convertida en sal.
Espero que no se repite el castigo de Dios sobre cuantos “miran atrás”, porque tendríamos demasiada sal.

Jesús sigue el discurso sobre la última venida y que nosotros llamamos “parusía”.
Todos llevamos dentro una curiosidad.
La curiosidad del pasado.
Y la curiosidad del futuro.
¡Saber el cuándo será eso!

Miremos a nuestra experiencia.
Todos quisiéramos conocer el día y la hora de nuestra muerte.
Todos quisiéramos conocer el día en que vendrá Jesús.
Como curiosidad es normal.
A todos nos gustaría saber y conocer el futuro.
Todos quisiéramos saber qué nos va a suceder en el futuro.
Todos quisiéramos saber qué suerte vamos a tener.

¿Y qué sacamos con saber cuando vendrá El?
¿Y qué sacamos con saber cuando será nuestro final?
Todo eso no pasa de una simple curiosidad.
Por eso Jesús nunca habla del “cuándo”.
Sabemos que vamos a morir.
Pero Jesús no nos dice el cuándo.
Todos sabemos que habrá un final.
Pero Jesús no nos dice el cuándo.
Todos sabemos que Jesús vendrá glorioso.
Pero Jesús no nos dice el cuándo.

Lo importante no es saber el cuándo.
Es más, yo personalmente no quisiera saber cuándo voy a morir.
Apuesto que viviría contando los días y con miedo en el corazón.
Me basta saber que algún día moriré.

A Jesús no le interesa revelarnos el cuándo.
A Jesús le interesa saber que eso sucederá.
A Jesús le interesa que vivamos como quien lo espera.
A Jesús le interesa que vivamos como quien sabe el día de su muerte.
Poco interesa saber el final.
Lo que interesa es que vivamos como si lo supiésemos.

Todos sabían que vendría el diluvio.
Pero la gente seguía comiendo y bebiendo.
Sólo Noé tomó en serio ese anuncio y se preparó.
El resto también lo sabía, pero siguió viviendo igual.

¿Alguien duda de su muerte?
El día es lo de menos, puede ser hoy o mañana o pasado mañana.
¿Y acaso esa certeza nos aviva la conciencia para vivir mejor?
¿Acaso somos más santos?
¿Acaso vivimos con mayor fidelidad a nuestro Bautismo?
¿Acaso vivimos con mayor fidelidad a nuestro matrimonio?
¿Acaso vivimos con mayor fidelidad a lo que Dios espera de nosotros?

Lo importante es saber que ese final del camino existe.
El cuándo no nos hace ser mejores.
En cambio el no saberlo, nos exige estar preparados cada día.
Yo ya he vivido muchos años.
¿Cuántos más me quedarán?
Francamente no lo sé ni tampoco lo averiguo; no se me ocurre ir a que me lean las cartas o el tarot.
Porque lo importante es cómo vivo el presente preparándonos.
Lo importante es vivir sabiendo que ese final llegará.
Pero más importante es vivir preparándonos para él.
Es importante la cosecha.
Pero para ello es necesario la siembra y el cuidado del tallo y la espiga.
Es importante el juicio de Dios sobre nuestras vidas.
Pero más importante es prepararnos para ese juicio.

Lo importante no es saber cuándo vendrá el diluvio.
Lo importante es tomarlo en serio y construir a tiempo nuestra arca.

Clemente Sobrado cp,

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 32 a. Semana – Ciclo C

“A unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el reino de Dios, Jesús les contestó: “El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros”. (Lc 17,20-25)

Muchos tenemos la curiosidad de saber qué va a suceder.
Pero no hacemos nada para que suceda.
Confieso que, cada mañana enciendo la radio para escuchar el parte metereológico.
Qué tiempo va a hacer.
Qué temperatura tendremos.
Claro que, aquí no puedo hacer nada.
Pero la curiosidad nadie me la quita.

A nosotros nos encanta el ruido.
A Dios le fascina el silencio.
A nosotros nos encanta llamar la atención.
A Dios le encanta entrar callandito.
Callandito se encarnó en el seno de María.
Callandito nació en Belén.
Callandito se pasó los años de Nazaret que no sabemos nada de lo que hizo.

Y lo que hace, Dios también lo hace sin hacer ruido alguno.
Por eso el reino de Dios se hace presente en silencio y sin palabras.
Dios no es de los que se acerca a nosotros “espectacularmente”.
Tampoco que otros alboroten el ambiente.

Dios está a nuestro lado y no le sentimos.
Dios habla a nuestro corazón y casi no le escuchamos.
Dios actúa en nosotros y no dice nada.
Alguien dijo muy bien:
“Más ruido hace el árbol podrido que se cae, que todo el bosque que crece”.
“Más ruido hace una bofetada que una caricia”.
“Más ruido en enfado que una sonrisa”.

Los fariseos le preguntan “cuándo iba a llegar el reino de Dios”.
¿Le preguntaban por interés de recibirlo?
¿Le preguntaban porque esperaban señales ruidosas?
Por eso, la respuesta de Jesús resulta de lo más curioso:
Preguntan cuando llegará.
Y resulta que lo tienen en sus propias narices.
Preguntan cuando llegará y qué signos le precederán.
Y resulta que el reino de Dios ya está dentro de nosotros.
Preguntan cuando llegará el mundo nuevo.
Y no se dan cuenta de que el mundo nuevo entra por el corazón.
Preguntamos ¿dónde está Dios?
Y lo llevamos dentro de nosotros sin enterarnos.
Preguntamos cuando llegará Dios.
Y resulta que ya llegó y camina con nosotros.

Dios no cambia el mundo con el ruido de la música rock.
Dios no cambia el mundo con grandes aplausos.
Dios no nos cambia en base a gritos y ruidos.
Dios se hace presente en nuestros corazones en silencio.
Dios está dentro de nosotros y no saca ruido alguno, por eso no le escuchamos.

Es que el reino de Dios no se hace con grandes algarabías.
Es que el reino de Dios entra por las rendijas del alma sin que lo sintamos tocar a la puerta.
Es que el reino de Dios no hace alborotos.
Dios está dentro sin decir nada.
El reino de Dios no lo lograremos con alborotos y grandes manifestaciones, sino con el silencio de la oración.
El reino de Dios no lo descubriremos echan cohetes.
El reino de Dios comenzará silenciosamente cambiando nuestros corazones.
El reino de Dios no se hará presente con toque de tambores.
El reino de Dios se hará presente descubriéndolo y experimentándolo dentro de nosotros.

El reino de Dios no “llegará”.
El reino de Dios “ya está”.
El reino de Dios “no serán grandes acontecimientos”.
El reino de Dios está presente en la vida misma de Jesús.
El reino de Dios está en tu corazón, callado, pero actuando un nuevo mundo.

No esperes a que Dios venga con grandes pregoneros.
El reino de Dios es presencia silenciosa.
El reino de Dios habla en tu corazón sin que los demás lo oigan y escuchen.
Los santos nos resultan extraños, porque nosotros no escuchamos lo que ellos escuchan silenciosamente dentro de su corazón.
Lo importante es que sepamos escuchar el silencio de su presencia.
Lo importante es que sepamos encontrarnos con Dios sin hacer ruido.

Buscaba a Dios y lo tenía a mi lado.
Buscaba a Dios y estaba dentro de mí.
El reino de Dios es como el perfume que lo sentimos sin que hable.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Dedicación de la Basílica de Letrán

“Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén, Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. (Jn 2,13-22)

San Juan de Letrán

Hoy, 9 de noviembre, celebramos la Dedicación de la Basílica de Letrán.
Por eso la liturgia nos presenta este Evangelio de Jesús en el Templo.
Uno de lo momentos en los que vemos a Jesús con cierta violencia.
No se enfada por encontrarse con un pecador.
No se enfada por encontrarse con un publicano.
Pero sí siente como un impulso de incomodidad y descontento cuando contempla el Templo convertido en un mercado, como una especie de feria de pueblo.

El Templo ha perdido su significado y sentido.
El Templo ya no aparece como “la casa de mi Padre” sino como “mercado”.
El templo ya no es lugar de encuentro con Dios.
El templo es lugar de encuentro con bueyes, ovejas, palomas y mesas de cambio.

Por eso anuncia el nuevo Templo.
Será levantado en tres días.
Será el nuevo templo pascual.
Esta vez el templo del encuentro con Dios será El mismo.
Y con El aparecerán los nuevos templos que somos nosotros mismos.

Nos cuesta convencernos de la verdad de estos nuevos templos.
Preferimos seguir con los templos de piedra y cemento.
Preferimos seguir con los templos hechura de nuestras manos.
Pero nos cuesta:
Vernos a nosotros mismos como templos de Dios.
Y Jesús dice: “Vendremos a él y moraremos en él”.
Nos cuesta ver en nuestros hermanos templos de Dios.
Tenemos veneración a los templos de piedra.
Y con qué frecuencia profanamos esos templos vivos que somos nosotros.
Muchas veces templos de mercaderes del vicio.

Si como Jesús, entro en el templo que soy mismo ¿con qué me encentro?
¿No habrá bueyes y ovejas?
Es posible que también dentro llevemos una feria donde se vende de todo.
Cada uno sabe lo que vende en el templo de su corazón.
Cada uno sabe cuantos bueyes lleva dentro.
Cada uno sabe cuántas ovejas lleva dentro.
Cada uno sabe cuantas mesas de cambio lleva dentro.

¿Será el templo de nuestro corazón una auténtica casa de oración?
¿Será el templo de nuestro corazón una auténtica “casa de mi Padre”?
¿Será el templo de nuestro corazón donde están los “verdaderos adoradores del Padre en espíritu y verdad?”

Señor: que descubra que soy templo tuyo.
Señor: que descubra que los demás son templo tuyo.
Señor: que descubra que esa chica bonita es templo tuyo.
Señor: que mi corazón sea verdadera “casa del Padre”.
Señor: que mi corazón sea verdadero templo de oración.
Señor: que cuando vea a los demás los reconozca como templos tuyos.
Señor: que cuando vea a esa chica bonita no vea ni bueyes ni ovejas ni palomas, y tampoco monedas con que comprarla, sino que la vea como el templo “donde los verdaderos del Padre en espíritu y verdad”.
Señor: que cuando entres en nuestros corazones también tú glorifiques al Padre.
Señor: que quienes nos vean, glorifiquen a tu Padre, que también es nuestro.
Señor: danos la gracia de ser como tú, esos templos nuevos levantados en los tres días de tu Resurrección.

Clemente Sobrado cp.

Vitaminas para caminar: El matrimonio no se improvisa

1.- Las cosas grandes no se improvisan. Son fruto de una larga gestación en el pensamiento y en el corazón. ¿Crees que se puede improvisar el matrimonio que es el largo camino de dos caminantes, marido y mujer?

boda

2. – La improvisación sólo da como resultado lo provisional, aquello que si no sirve se tira abajo. Lo que es para toda la vida no puede ser provisional. Si quieres un matrimonio firme, estable, que llene los anhelos de tu corazón, prepáralo con tiempo y a tiempo. Dedícale cabeza. Ponle alma.

3. – Al matrimonio no se puede ir con problemas. El matrimonio no soluciona los problemas que no solucionó el enamoramiento o el noviazgo. En el matrimonio los problemas se hacen más problemas.

4.- Un embarazo no es razón alguna para casarse. Un embarazo no se soluciona con un mal matrimonio, sino con un buen ginecólogo y un buen parto. En esos casos, el matrimonio puede solucionar los problemas del momento, pero también arruinar dos vidas para siempre.

5.- Todos se interesan en preparar la boda. ¿Quién se preocupa luego de que vivan lo que en la boda se prometieron el uno al otro? La boda dura un día. El matrimonio dura toda la vida. Un matrimonio feliz hace olvidar una boda sencilla. Pero una gran boda no compensa un matrimonio arrastrado.

6.- El matrimonio feliz requiere de una gran espera. Las semillas necesitan tiempo para crecer y desarrollarse. Si las arrancas antes de la espiga te quedarás sin tallo y sin espiga.

7. – El tiempo que esperas para que vuestras dos vidas estén maduras para el sí de vuestro matrimonio, no es tiempo perdido. Es tiempo de sementera.

Clemente Sobrado cp.