Dios también habla hoy: Martes de la 7 a. Semana de Pascua – Ciclo B

Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti

Jesús levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre la carne, dé vida eterna a los que le confiaste. Esa es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo”. (Jn 17,1-11)

Comenzamos la llamada “Oración Sacerdotal de Jesús”.
Una oración en la que de su corazón brota como un manantial, el agua de la experiencia de su Padre y la experiencia de su vida.
Una oración que debiera servirnos a nosotros para orar.
Una oración en la que debiéramos vernos a nosotros mismos delante del Padre.

Jesús comienza por algo fundamental.
Por expresar ante el Padre su actitud ante su “hora”, es decir ante su muerte.
Resulta maravilloso ver con qué gozo y con qué naturalidad habla Jesús de su muerte.
No como un fracaso.
No como una derrota.
No como un final que termina en el vacío.
Sino como una doble glorificación:
Como la glorificación del Hijo.
Como la glorificación del Padre.

¡Con el miedo que nosotros tenemos de hablar sobre la muerte!
Cuando hablamos de la muerte como que lo decimos bajito para que nadie se entere.
Teníamos en la comunidad a un Obispo retirado.
Tenía un rechazo visceral a hablar de la muerte. Ignoro la causa.
Cada vez que en la comunidad hablábamos de la muerte, solía interrumpirnos diciendo: “¡Y no podían hablar de otra cosa?”
En una ocasión me llamaron para administrar el Sacramento de los Enfermos a un amigo mío, cuya vida estaba en el atardecer.
Mientras subíamos las escaleras, se me ocurre preguntar a sus hijos: “¿cómo estaba y si todavía tenía la mente suficientemente lúcida”. Yo tengo la manía de hablar siempre alto.
En esto, uno de los hijos me dice: “¡Por favor, Padre, hable bajito porque todavía oye!”
En esto, escuchamos que el viejo desde su cama nos dice: “Sube, Clemente, sube, nos les hagas caso”.

Estoy convencido de que somos los sanos los que tenemos más miedo que los enfermos.
Somos los sanos los que tenemos más miedo a la muerte que los que se están despidiendo.
Una vez ya con él, yo pensaba pedir que me dejasen solo para tener más libertad de hablar. Pero él se me anticipa y les dice a los hijos: “podéis quedaros, quiero recibir el Sacramento en vuestra compañía. Lo único que siento es que no habéis puesto un florero bonito ni unas velas encendidas”.

Hablamos mucho del sentido cristiano de la vida.
Pero nos atrevemos a hablar del sentido cristiano de la muerte.
Todos nos enseñan a cómo tenemos que vivir.
Pero ¿quién se atreve a enseñarnos desde niños a cómo aprender a morir?

Nunca olvidaré a aquel ingeniero que me decía la víspera de su muerte:
“Mire, Padre, cuando vino el médico le dije:
“Doctor, yo no quiero morir como los fusilados de madrugada que les vendan los ojos. Dígame la verdad, soy creyente y quiero morir con los ojos abiertos”.

Es lo que hace Jesús en su Oración al Padre:
Muere con los ojos abiertos.
Muere consciente de que ha llegado su hora.
El ama, más que nadie la vida, por eso ama también la muerte.
Porque para él la muerte inminente “es precisamente” su “hora”.
La hora más importante de su vida.
La hora más dolorosa y más bella de su vida.
La hora en la que él siente que los hombres tratan de humillarlo.
Pero sabe que es la hora en la que el Padre le va a glorificar.
Y sabe que también con su muerte él va a glorificar al Padre.
No es el momento de ver que todo termina, sino que todo comienza.
Sabe que su muerte no es sino un regreso.
“Glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes de que el mundo existiese”.

La fe tiene que iluminar nuestra vida.
Y la fe tiene que iluminar también nuestra muerte.
No como algo que pone fin a la vida, sino como algo que nos abre a la vida plena.
Vivimos muriendo cada día, y morimos para vivir el día eterno.

Clemente Sobrado cp.

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Dios también habla hoy: Lunes de la 7 a. Semana de Pascua – Ciclo B

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace sus señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure”. (Jn 15,9-17)

Esta mañana, el periódico de Dios que es el Evangelio me despierta con una maravillosa noticia. Mejor dicho con varias noticias estupendas. Pero yo voy a disfrutar de unas cuatro, que no están mal para comenzar el día. ¡Yo quisiera que cada mañana los periódicos nos sorprendiesen con unas cuantas noticias capaces de despertar ilusiones y vida en nosotros.

¿Sabéis cuáles son estas buenas noticias suficientes como para poder gritar desde la mañana: “¡vale la pena vivir un día más!
La primera: que nosotros somos amigos de Jesús.
La segunda: que nosotros no somos siervos ni nos quiere ver como siervos.
La tercera: que no hemos sido nosotros quienes le hemos elegido a El como amigo sino que es El quien nos ha elegido como amigos a nosotros.
La cuarta: podemos añadirla porque tiene su miga: Jesús no tiene secretos con nosotros. Porque todo lo que le ha revelado el Padre nos lo cuenta y nos lo dice.

¿Nos parece estupendo despertarnos con estas noticias?
A mí me llena de gozo y de alegría. ¿Y a vosotros? No echéis esta página del Evangelio a la papelera como hacemos con los periódicos. Guardémosla con nuestro tesoro.

El verdadero amigo es como una especie de segundo yo.
Y en las relaciones sociales la primera relación que se va creando es la de la amistad.
Carecer de un amigo es como sentirse nadando en el vacío, una especie de marginado y excluido.

Y ahora resulta que:
Jesús nos tiene por amigos suyos.
Y nosotros tenemos por amigo a Dios.
Y nuestra relación es una relación de amistad.
Es una relación de aprecio, de estima y valoración.
¿Creéis que podéis encontrar un mejor amigo?

Pero además lo maravilloso es que:
No somos nosotros quienes hemos buscado su amistad.
Es El quien nos ha buscado como amigos.
Es El quien necesita de nuestra amistad.
Es El quien necesita de nuestra compañía.

Y con ello nos está diciendo algo importante:
Nos quiere como “amigos”.
No nos quiere como “siervos”.
No nos quiere como esclavos, sino como libres.
No quiere que nadie nos haga esclavos.
Nos quiere ver libres con su misma libertad de Dios.
¿Quién ha dicho que el cristianismo esclaviza?
¿Quién ha dicho que la Iglesia esclaviza?
Los que nos esclavizan no tienen el espíritu de Jesús.
Los que nos recortan la libertad no tienen el espíritu de Jesús.

Y así como nos quiere libres:
A Jesús le encanta abrirnos los secretos de su corazón.
A Jesús le encanta abrirnos los secretos que El conoce del Padre.
Entre Jesús y nosotros no puede haber secretos.
El conoce los secretos de nuestro corazón.
Y nosotros conocemos los secretos del suyo.
Entre amigos no existen secretos.
Entre Jesús y nosotros tampoco.

Y estamos llamados:
A ser los testigos de Jesús ante el mundo.
A dar frutos de amistad en el mundo.
A dar frutos de amor y amistad ante el mundo.

Bueno, hermanos, me quedo con el refrán: “El amigo de mi amigo, mi amigo es”.
Así que déjeme que desde hoy todos ustedes sean mis amigos. ¡Feliz día, amigos!

Clemente Sobrado c.p.

La Ascensión del Señor

“Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban”. (Mc 16,15-20)

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Fiesta de la Ascensión ¿qué nos dice hoy a nosotros?
Yo la veo como la fiesta del regreso.
Como la fiesta de los que se van y vuelven.
El, que se va al Padre.
El, que regresa de nuevo a nosotros.
Los que se van por el mundo con la Buena Noticia de Dios.
La fiesta de los que continúan la misión de Jesús.
La fiesta de los que comienzan sintiéndose acompañados.

¿Recuerdan la canción de “Id y enseñad”? Les recuerdo solo algunas ideas:
“Sois la semilla que ha de crecer, sois la estrella que ha de brillar.
Sois levadura, sois grano de sal, antorcha que ha de alumbrar.
Sois la mañana que vuelve a nacer, sois la espiga que ha de granar.
Sois aguijón y caricia a la vez, testigos que voy a enviar…
Id, amigos por el mundo, anunciando el amor,
Mensajeros de la vida, de la paz y el perdón,
Sed amigos, los testigos de mi resurrección.
Id llevando mi presencia con vosotros estoy”.

La Ascensión es la fiesta de Jesús camino del cielo.
Y de los creyentes, camino de los hombres.
Jesús la alegría y satisfacción de la misión cumplida.
Los discípulos como semilla que empieza a crecer.
Jesús que pone fin a su misión de Dios encarnado.
Los discípulos que dan comienzo a su peregrinar por el mundo:
“anunciando el amor,
mensajeros de la vida, de la paz y el perdón,
testigos de la resurrección,
llevando en sus corazones la presencia de quien sigue estando con ellos”.

La Navidad es la fiesta del Dios que “baja y se rebaja”.
La Ascensión es la fiesta del Dios que “regresa a su glorificación”.
La Navidad, la fiesta de la sorpresa de los hombres en un “niño que parece una semilla”.
La Ascensión, la fiesta de los hombres que se hacen semilla de Dios entre los hombres.

Por eso, la Ascensión no solo es la fiesta de una misión que termina.
También es la fiesta de una misión que comienza.
La fiesta de Dios que termina su misión como hombre.
La fiesta de los hombres que continúan su misión como seguidores.
Por la Navidad, Dios entraba en los caminos de los hombres.
Por la Ascensión, los hombres se hacen camino de los hombres hacia Dios.
“Sois una llama que ha de encender, resplandores de fe y caridad.
Sois los pastores que han de guiar al mundo por sendas de paz.
Sois los amigos que quise escoger, sois palabra que intento gritar.
Sois reino nuevo que empieza a engendrar, justicia, amor y verdad”.

Fiesta del triunfo y glorificación de Jesús.
Fiesta del envío de los suyos a los hombres.
Fiesta de Jesús y fiesta nuestra.
Fiesta del Jesús que se va, pero que sigue “acompañando” a los que deja.
Fiesta de los que se quedan para ser los continuadores de su encarnación.

Dios pone siempre los comienzos.
Somos los hombres los que ponemos la continuidad.
Dios siembra solo semillas.
Somos los hombres los que las hacemos crecer.
Jesús fue la gran noticia de Dios a los hombres.
Ahora los hombres somos los periódicos que llevamos cada mañana esa noticia al mundo.
¡Alegría porque has cumplido tu misión!
¡Alegría porque nos la has puesto ahora en nuestras manos!

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Sábado de la 6 a. Semana de Pascua – Ciclo B

“Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre”. (Jn 16,23-28)

Aquí en la vida solemos necesitar en enchufes, de intermediarios, de alguien que nos ayude a abrir las puertas de los de arriba, a donde nosotros no podemos llegar.
Eso que llamamos “recomendaciones”.

Con frecuencia, a nosotros nos sucede algo parecido con Dios.
Buscamos a todos los intercesores posibles para que nos escuche.
Por eso hay tanto Santo por ahí cuya misión es hacer milagros cada día.
Algunos dicen que son eficacísimos.
Y hasta nos hemos inventado esas “cadenas de oraciones” a este o aquel Santo, como garantía infalible de que Dios nos hará caso.

Me encanta lo que Jesús dice a sus discípulos: “y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros”. Y nos da la mejor de las razones y esperanzas: “Pues el Padre mismo os quiere”.
Ante Dios no necesitamos de enchufes.
Ante Dios no necesitamos de recomendaciones.
Ante Dios no necesitamos de influencias.
Nos basta una sola cosa: “Dios nos quiere”. “Dios nos ama”.
Y nos basta nuestra fe y confianza en él.

El amor no necesita de influencias o recomendaciones.
El amor es suficiente para escucharnos, para oír nuestros sufrimientos y nuestras necesidades.
No hace falta que nadie se lo vaya a contar a Dios para que se compadezca de nosotros.
El amor del Padre tiene ojos suficientemente abiertos como para ver nuestra realidad.
El amor del Padre tiene ojos suficientemente claros para ver nuestras necesidades.
El amor del Padre tiene ojos suficientemente vivos como para atendernos, incluso antes de que se lo pidamos.

Nuestra mejor recomendación para que el Padre nos escuche y atienda será siempre:
Nuestro amor a su Hijo Jesús.
Nuestra fe en su Hijo Jesús.
Nuestro amor a aquellos necesitados en los que Jesús se encarna.
Nuestro amor a aquellos que tienen hambre y sed y les damos de comer y beber.
Nuestro amor a aquellos que están desnudos y nosotros vestimos.
Nuestro amor a aquellos que están enfermos y nosotros acompañamos.
Nuestro amor a aquellos que están en la cárcel y nosotros visitamos.

El Padre no necesita que le enviemos recomendaciones.
Le basta el amor de su corazón.
Nosotros no necesitamos enviarle recomendaciones.
Basta que amemos de verdad a Jesús, su Hijo, y todo lo que su Hijo ama.

La base y fundamento de nuestra oración no puede ser otra que nuestra fe y nuestro amor.
El que ama escucha.
Al que ama el Padre le escucha.
La mejor voz de nuestra oración será siempre la fe y el amor.

Olvídate de tantas “cadenas milagrosas” y pon un poco más de amor en tu corazón. Ahí está la eficacia de tu oración.

Clemente Sobrado cp.

En el día de la Madre

Día de la Madre

Flickr: Marco Taddia

Mami, sé que hoy todo el mundo te felicitará.
Yo también.
Pero, yo quisiera felicitarte mañana,
cuando nadie te felicitará.
Quisiera regalarte flores mañana,
porque las de hoy ya se estarán marchitando.
Quisiera regalarte besos mañana,
porque los de hoy ya se habrán secado.
Quisiera regalarte abrazos mañana,
porque los de hoy ya los habremos olvidado.

Me gusta celebrar “El Día de la Madre”.
Pero prefiero celebrarte a ti misma.
El “Día de la Madre” pasa y nos olvidamos.
Pero tú sigues siendo la misma madre que fuiste ayer.
Tus atenciones siguen siendo cada día las mismas.
Tus cariños siguen siendo cada día los mismos.
Tus cuidados siguen siendo cada día los mismos.

El “Día de la Madre” pasa.
Pero tú no pasas.
Tu maternidad no es de un día sino de todos los días.
Tu cariño y tu amor son de todos los días.
Tus desvelos son de toda la vida.
Fuiste madre, cuando me diste a luz.
Fuiste madre, cuando era niño.
Fuiste madre, cuando era adolescente.
Y sigues siendo madre ahora que soy adulto.
Y sigues siendo madre ahora que tú eres anciana y yo también.

Quiero ser hijo tuyo como niño.
Quiero ser hijo tuyo como adolescente.
Quiero ser hijo tuyo como adulto.
Quiero ser hijo tuyo cuando la vida ya me pese
encima de los hombros.
Cuando ya mis piernas me fallen.
Cuando ya mis pies tropiecen.
Cuando ya mis ilusiones se vayan apagando.

¡Tú, madre de por vida!
¡Yo, hijo de por vida!

Por eso, madre, ¡felicidades hoy en tu Día!
Pero ¡felicidades mañana y todos los días!

Lima 2018

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Viernes de la 6 a. Semana de Pascua – Ciclo B

Felicidad

Flickr: rnw

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Os aseguro que lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría”. (Jn 16,20-23)

Jesús no vale para político.
No es de los que gana nuestros votos con falsas promesas.
Jesús no oculta la realidad y las consecuencias de seguirle, de ser cristiano, de creer.
La fe no es garantía alguna de que nuestra vida será toda ella una fiesta.
Más bien, nos dice que la fe:
Tiene momentos difíciles.
Tiene momentos de oscuridad.
Tiene momentos de tristeza.
Y que incluso, mientras nuestra fe nos hace sufrir y nos lleva por caminos de tristeza, el mundo, los que no creen, viven felices y alegres. No se hacen problema de nada. Y disfrutan de todo lo que les apetece.

Pero Jesús también es claro en las consecuencias:
Hay tristezas que terminan en alegría.
Hay tristezas que son fuente de alegría.
Mientras que hay alegrías que terminan en tristeza.
Digamos que un día de parranda suele terminar luego en un día de vacío.
Digamos que un fin de semana de borrachera y algo más, termina en un lunes de cara de velorio.
Digamos que un momento de placer puede terminar luego en un tremendo disgusto y desilusión y sensación de vacío.

Esto lo vemos cada día.
Jesús no está justificando la tristeza del cristiano que ha optado por seguirle.
Jesús no es de los que justifica el sufrimiento y el dolor.
Jesús es de los que parte de la realidad de la vida.
Y también de la realidad de la fe y del seguimiento de él.

Sencillamente quiere manifestar que:
El que le sigue tendrá que pasar por su mismo camino.
El que le sigue tendrá que pasar por sus horas de pasión.
El que le sigue tendrá que pasar por sus momentos de cruz.
Pero también:
Por sus momentos de pascua.
Por sus momentos de resurrección.
Por sus momentos de una vida nueva.
Y que lo que en un momento fue motivo de tristeza:
Terminará en la alegría pascual.
Terminará en la alegría de volver a encontrarse con él resucitado.
Terminará en la alegría de volver a compartir la vida con el resucitado.

No podemos evitar las horas de Pasión y de Cruz.
No podemos evitar las horas de hundimiento y humillación.
Pero tampoco podremos evitar las alegrías del día de Pascua.
No podremos evitar las alegrías de reconocerle en la “fracción del pan”.
No podremos evitar las alegrías de reconocerle en medio de nosotros, mientras estamos muertos de miedo.
No podremos evitar las alegrías de sentirnos invitados a almorzar con él en la playa, con las brasas encendidas y unos peces ya a punto para comer.

Jesús no niega las durezas de la vida.
Pero tampoco oculta que el dolor no dura toda una vida.
Jesús no niega que tendremos que pasar por momentos difíciles.
Pero tampoco esconde que habrá momentos de gozo y alegría.
Jesús no niega que habrá momentos de oscuridad de la fe.
Pero tampoco dice que no tengamos momentos de felicidad por creer.
Sencillamente nos hace ver que la vida del cristiano:
No es como la vida del mundo.
Pero tampoco niega las verdaderas alegrías de no ser del mundo.
Al contrario, nos garantiza que los sufrimientos a consecuencia de la fe, tienen un final feliz.
La felicidad de un nuevo encuentro.
La felicidad de una manera nueva de ver el mundo.
Que no podremos evitar la Pasión y la Cruz.
Pero que tampoco podremos escaparnos a las alegrías pascuales.
Es decir, Jesús reconoce los momentos difíciles de la vida, pero nos anuncia que siempre tendrán que estar iluminados por la esperanza cristiana.

¿Sufres hoy? No te desesperes, la alegría te espera a la vuelta de la esquina.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Jueves de la 6 a. Semana de Pascua – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Dentro de poco ya no me veréis pero poco más tarde me volveréis a ver” Comentaron entonces algunos discípulos: “¿Qué significa eso de “dentro de poco ya no me veréis, pero poco más tarde me volveréis a ver, y eso de “me voy al Padre?” Y se preguntaban: “¿Qué significa ese “poco”? (Jn 16,16-20)

Hay momentos, en estos discursos de la Ultima Cena, que dan la impresión del diálogo de una madre con sus hijitos.
– “Hijitos, quedaos aquí un ratito que enseguida vuelvo”.
– “Portaos bonito”.
– Es un ratito no más.

Algo parecido hace Jesús con los suyos.
¿Sabéis? Me voy por poquito de tiempo.
Pero, estaos tranquilos, que vuelvo enseguida.
Por unas horas, no me vais a ver, porque voy al Padre.
Pero serán solo unas horas, porque volveré y me veréis de nuevo.
¡Con qué delicadeza les anuncia Jesús las horas de su Pasión y Muerte!

Pero los Discípulos hace tiempo dejaron de ser niños.
Ya su cabeza piensa las cosas, por eso no entienden nada.
Acostumbrados a que Jesús les dedicaba todo su tiempo, y apenas los dejaba solos, ahora no logran entender por qué los vaya a dejar por unas horas.
La verdad que uno siente como si fuesen niños pequeños que aún no saben estar ni caminar solos.
Aún no han madurado lo suficiente:
Como para ser ellos mismos.
Como para valerse por sí mismos.
Como para caminar por ellos mismos.
Incluso la tierna explicación que Jesús les da, no logran entenderla.

¿No es también esto lo que nos suele suceder a nosotros?
Fácilmente nos acostumbramos a sentir la presencia de Dios a nuestro lado.
Fácilmente nos acostumbramos a ese gozo espiritual de experimentar la cercanía de Dios.
Fácilmente nos acostumbramos a esos momentos de alegría de nuestra fe.
Fácilmente nos acostumbramos a esos momentos de sentir que todo nos sale bien.
Fácilmente nos acostumbramos a esos momentos en los que todo sale a nuestro gusto.

Pero, igualmente, pronto comenzamos a desconcertarnos:
Cuando sentimos que la fe se nos va, se nos apaga, porque sentimos frío el corazón.
Cuando sentimos que Dios, pareciera que ya no nos escucha, por más que le pedimos.
Cuando sentimos que Dios, diera la impresión de no hacernos caso.
Cuando sentimos que el sufrimiento nos tiene postrados y Dios ni se da por enterado.
Cuando sentimos que, a pesar de nuestras oraciones, nuestras Misas y comuniones, todo nos sale mal. No encontramos trabajo, se murió fulano, y hasta el agua escasea en los campos.

Tampoco nosotros logramos comprender esas pocas horas de “pasión y de cruz” que con frecuencia suenan en el reloj de nuestras vidas.
Tampoco nosotros logramos comprender esas “aparentes ausencias” de Dios.
Porque también en nuestras vidas hay “nuestras horas de pasión”.
También en nuestras vidas hay “nuestras horas de cruz”.
Y el cielo de nuestro corazón aparece nublado.
Y surgen los ¿por qué?
Y no encontramos respuesta alguna.

Sin embargo, como dice Jesús: “lloraréis y os lamentaréis”.
Y mientras tanto, vemos como otros que ni creen, ni oran, ni van a Misa, ni comulgan, y dan la impresión de pasárselo “bomba”.
Y nos olvidamos que esas nubes que oscurecen nuestro espíritu, el viento las llevará.
Y volveremos a contemplar radiante el sol pascual que nos ilumina y nos devuelve la alegría de nuestra fe.
En la vida ni todos los días son de fiesta ni todos son laborables.
No todos los días son primaverales, pero tampoco todos son invernales.
Las nubes oscurecen el día. Pero el sol volverá a iluminarlo todo.

Los vacíos del espíritu duran un momento, alegría del Espíritu permanece para siempre.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Miércoles de la 6 a. Semana de Pascua – Ciclo B

“Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga El, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hale no será suyo; hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir” (Jn 16,12-15)

Nadie tiene la verdad plena.
Todos somos peregrinos buscadores de la verdad.
La misma Iglesia, como dice el Concilio Vaticano II “camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad”. (DV 9)
La misión del Espíritu Santo es triple:
Enseñar lo que Jesús mismo no pudo decirnos.
Enseñarnos a comprender lo que dijo mientras estaba con nosotros.
Enseñarnos lo que aún “está por venir”.

Dios se va revelando al hombre progresivamente, según el hombre va siendo capaz de comprenderle.
Los mismos Discípulos fueron incapaces de comprender muchas cosas de las que anunciaba Jesús.
¿Cómo entender las Bienaventuranzas con la simple razón y nuestra mentalidad?
¿Cómo entender el misterio de su Pasión y de su Muerte crucificado?
Pedro sufrió un buen escarmiento al sentir que Jesús lo comparaba con Satanás, porque no entendía ni quería entender que “el Hijo del Hombre tenía que sufrir mucho…” “Tú piensas como los hombres, no como Dios”.

Una de las acciones del Resucitado fue “abrirles la inteligencia” para que entendieran su Muerte desde lo que decían las Escrituras de él.
Tuvieron que ir poco a poco reconociéndole como resucitado, pues no cabía en su cabeza.
También Tomás tuvo su llamada de atención.

¿Y acaso las podemos entender hoy desde nuestro racionalismo?
La misión del Espíritu es actualizar el Evangelio de Jesús.
La misión del Espíritu es hacernos comprender la verdadera dimensión de las enseñanzas de Jesús para las que no estamos preparados, porque la mentalidad del mundo es más fuerte y viva y constante.

Como bien escribe Pagola:
“Sin el Espíritu, Dios se ausenta,
Cristo queda lejos como un personaje del pasado,
el Evangelio es letra muerta,
la Iglesia pura organización,
la esperanza es reemplazada por la institución,
la misión se reduce a propaganda,
la liturgia se congela,
la audacia evangélica desaparece”.

El Espíritu Santo es el que nos guía hacia esa verdad plena.
Una verdad que se fue sembrada en semillas por Jesús, pero que está llamada a crecer y a desarrollarse. Sin su acción nos quedamos en el pasado.
Por eso, una de las funciones del Espíritu Santo es comunicarnos “lo que está por venir”.

La verdad nunca estará plenamente hecha.
La verdad se va haciendo cada día al ritmo de lo acontecimientos, de los nuevos cambios, de la nueva cultura. Realidades que ni eran pensables en tiempos de Jesús.
Por eso el Espíritu es el que:
Dinamiza la Iglesia.
Actualiza a la Iglesia.
Hace peregrina a la Iglesia.
Pone al día a la Iglesia.
Inspira los cambios necesarios para entender hoy el Evangelio.

Quien tiene miedo a nuevas lecturas del Evangelio hoy, no tiene el Espíritu-
Quien tiene miedo a los cambios de la Iglesia hoy, no cree en el Espíritu.
Quien tiene miedo y se resiste a las actualizaciones de la Iglesia, no actúa bajo la acción del Espíritu.

Por eso, “El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará”.

Escuchar al Espíritu es escuchar lo que Jesús quiere decir “hoy” a su Iglesia y a cada uno de nosotros.

Clemente Sobrado cp.