Dios también habla hoy: Lunes de la 2 a. Semana – Ciclo B

“Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: “Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. Por qué los tuyo no?” Jesús les contestó: “¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos?” Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar. ” (Mc 2,18-22)

Tengo la impresión de que Jesús debió de tener un gran humor. Y que muchas cosas las debió de tomar con mucho humor, porque de lo contrario, tenía que estar hasta la coronilla de tantas sonseras.

Esa CIA que le seguía por todas partes a Jesús hoy la pasaría muy mal, porque es precisamente los domingos cuando mejor comemos. Bueno, los que comemos, porque en el mundo hay muchos que no comen ni en domingo ni en días de semana.
Jesús no ayunaba.
Sus discípulos tampoco.
Y que conste que tenían buen apetito.

Para muchos pareciera que a Dios le encantan los estómagos vacíos.
Que a Dios le encantan los estómagos con hambre.
Pareciera que a Dios le encanta vernos sufrir frente unos ricos platos.
Me pregunto ¿para qué nos habrá dado el estómago? ¿Sólo para los días de semana y para los días de ayuno?

Personalmente me siento mejor con Jesús que ve las cosas de otra manera, porque a Jesús:
le gustan las fiestas.
le gustan los banquetes.
le gustan las bodas donde abunde el vino y el resto.
Jesús nos quiere ver siempre celebrantes, festivos, de boda.
¿No comenzó haciendo su primer signo en una Boda?
Él mismo se declara novio, incluso para todos aquellos que no tienen novio.

A Jesús no le va el hambre.
A Jesús no le va ver a esa gente que no tiene que comer.
A Jesús no le va ver a esa gente, ese mundo y esa sociedad donde la gente preferimos viva de Ave Marías, pero no tiene pan en casa.

El ayuno puede ser un proceso de ascesis para disciplinar el cuerpo.
Algunos dicen que lo hacen para agradar a Dios.
Yo confieso que me siento mejor con Dios con un estómago suficientemente satisfecho que con un estómago que me hace bostezar. Porque, incluso, cuando tengo hambre, más que pensar en la oración pienso en el estómago.

Estoy seguro de que Jesús piensa como yo. ¿Acaso no sintió lástima cuando vio que la gente le seguía y tenía hambre? Hasta se permitió el lujo de multiplicar los panes y los peces.

Jesús prefiere la fiesta.
Jesús no quiere una religión de estómagos vacíos.
Jesús prefiere que vivamos en ambiente y clima de boda. Por eso, estoy seguro de que no nos pedirá cuentas de si hemos ayunado o no, pero sí nos pedirá cuentas:
De si hemos sido felices.
Si hemos amado a los demás.
Si hemos hecho felices a los otros.
Si hemos vivido la fiesta del Evangelio.
Si hemos sonreído hoy a los demás.
Si hemos sacrificado lo nuestro para que los otros se lo pasen mejor.

A Jesús le importa más:
La alegría de su compañía.
La alegría de la novedad del Evangelio.
La alegría de sentirlo a El mismo como la razón de nuestra alegría.
La alegría de ser nuestro novio y no nuestro cuñado.

Es posible que también hoy no falten quienes se escandalizan de que no ayunemos.
Pero no se escandalizan de vernos tristes.
No se escandalizan de que ofrezcamos una imagen gruñona de Dios.
No se escandalizan de vernos cristianos, siempre con dolor de estómago.
Personalmente, prefiero ser testigo de la alegría, que ser testigo de un estómago con hambre. Porque estoy seguro de que a Dios le encanta más mi sonrisa que mis ayunos.

Clemente Sobrado cp.

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Dios también habla hoy: Domingo 2 – Ciclo B

“Estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: “Este es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les pregunta: “¿Qué buscáis?” Ellos le contestaron: “Maestro, ¿dónde vives?” “Venid y lo veréis”. (Jn 1,35-42)

Un camino curioso que aún sigue y que nos espera a todos.
Todo comienza porque alguien miró y vio.
Todo comienza porque un dedo señaló al que pasaba.
Todo comienza porque dos decidieron seguirle por curiosidad.
Todo comienza porque uno pregunta: “¿Qué buscáis?”
Todo comienza porque alguien pregunta: “Maestro, ¿Dónde vives?”
Todo comienza porque los dos pasan el día con El.
Todo comienza porque Andrés se encuentra con su hermano Simón.
Todo comienza porque le ha mirado y le cambia de nombre:
“Tú eres Simón, pero te llamarás Cefas, es decir, Pedro”.

Resulta curioso este itinerario en cadena: Juan-Jesús-Andrés-Simón o Pedro.
Con frecuencia, los grandes acontecimientos comienzan por algo tan sencillo como un dedo que señala a alguien que pasa.
Es algo parecido a la gran cosecha.
Todo comienza por unos granos tirados por la mano en los surcos de la tierra y terminan en la gran cosecha de trigo, que abre otra nueva cadena: trigo-siega-molino-harina-pan-eucaristía.
Y hasta pienso que los caminos de Dios se parecen a esas tuberías que por debajo de las casas nos traen el agua a casa.
Si se rompe la cadena en alguna parte, se pierde la continuidad.
Si se rompe la tubería nos quedamos sin agua en casa.

Dios siempre cuenta con los hombres para revelarse y manifestarse.
En la vida siempre se necesita:
De alguien que vea primero.
De alguien que señale primero el camino.
De alguien que se decida a aventurarse hacia lo desconocido.
De alguien que pregunte primero.

Es ahí donde comienza la cadena.
Luego vendrán los siguientes eslabones.
Por eso, de alguna manera, todos vamos dependiendo unos de otros.
Nadie cree solo para sí mismo.
De nuestra fe depende la fe de los demás.
Alguien tiene que ser el primero.
Alguien tiene que abrir el camino.

Y ese puede ser el problema de la fe hoy.
Todos hemos recibido la corriente de la fe de nuestros padres.
Pero ¿qué sucede cuando la familia comienza a perder la fe?
¿Cómo retransmitirla a los hijos si nosotros ya no creemos?
Alguien habla ya de que se “ha roto la cadena de retransmisión”.

Yo quisiera ser más optimista y pensar:
Que aún queda mucho de fe en los hogares.
Tal vez la estemos viviendo en el túnel de la crisis.
Pero el túnel no es algo definitivo, siempre tiene una salida donde de nuevo aparece la luz.
El invierno da la impresión de que los árboles se han muerto, porque quedan sin hojas.
Y sin embargo es el tiempo en el que se fortalecen las raíces.
La fe, tanto personal como de la misma Iglesia, está hecha a “golpes de inviernos”, pero también a “golpes de primaveras del Espíritu”.

Es posible, como escribe Benedicto XVI, que tantos siglos de historia hayan dejado demasiada ceniza encima, pero que debajo de esa ceniza, todavía tienen vida y arden unas brasas. Basta un poco de viento del Espíritu para que se lleve las cenizas y el mismo viento que las avienta, sople y encienda una nueva llama en las escondidas brasas.

Y por ahí, tal vez entre tanta hojarasca de incredulidad, suene también hoy la voz de Dios: “Hombre, ¿qué buscas?” Y querámoslo o no, en el fondo del corazón humano, sigue viva la pregunta: “Dios, ¿dónde vives?”

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Sábado de la 1 a. Semana – Ciclo B

“Sentado a la mesa en su casa, de entre los muchos que le seguían, un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos. Algunos escribas fariseos, al ver que comía con publicanos y pecadores, les dijeron a los discípulos: “De modo que como con publicanos y pecadores”. (Mc 2,13-17)

Primero fue la casa de Jesús abierta a todos, con puertas incluso en el tejado. Ahora es a orillas del Lago. A Jesús le encantan los espacios abiertos desde donde se puede ver todo y donde todos puedan entrar.

Ahora es la hora del llamamiento del quinto discípulo.
Ya no es un pescador del Lago sino uno de esos marginados por la Ley, de esos excluidos por la religión de la Ley. Un tipo de pocas simpatías: “recaudador de impuestos”. Diera la impresión de que a Jesús le resultan más importantes e interesantes, precisamente aquellos a quienes los “buenos” excluyen de la mesa de la comunidad religiosa.

Resulta curioso el ver cómo la religión tiene siempre su CIA. Siempre que Jesús decide saltarse las normas legales, allí está la CIA de los escribas, para criticar y llevar los chismes y denuncias a los de arriba.
“De modo que come con publicanos y pecadores”.

Pareciera que los “buenos” necesitan de los malos:
¿Será para sentirse ellos mejor?
¿Será para poner a los malos como pedestal y así subir ellos su talla?
¿Será para ganarse “alguito” con sus celos y chismes ante los que están más altos?

Les interesan los “los malos”:
¿Será para acercarse a ellos?
¿Será para ayudarles a ser mejores?
¿Será para ayudarles a salir de su situación?
¿Será para rezar por ellos y con ellos?
¿Será para tenderles una mano y atraerlos?

Mientras tanto, a Jesús le encanta esa gente que la CIA religiosa excluye y hasta persigue y condena.
Se siente mucho mejor y más a gusto charlando amablemente con ellos.
Se siente con mucho mejor apetito comiendo con ellos.
Le sabe mucho mejor la comida compartiéndola con ellos.
Porque es una comida que sabe más a amistad, a amor, a caridad, que es el mejor condimento de los alimentos.
Y hasta diría, que hace mucho mejor la digestión.
Porque sabe que, son ellos los que más le necesitan.
Porque sabe que, son ellos “los enfermos que necesitan de médico”.
Porque sabe que, son ellos los que a la hora de la verdad están más abiertos a la buena noticia del Evangelio.
Porque sabe que, son ellos los que tienen menos trabas para seguirle.

El celo religioso está muy bien.
Pero cuando es un celo que nace de la caridad y no de prejuicios para con los demás o de la sospecha.
El celo religioso está muy bien.
Pero cuando es un celo que nace del corazón y busca, no el propio prestigio, sino el bien, el cambio de los demás.
El celo religioso tiene que brotar de una experiencia como la de Pablo, quien se atreve a decir de sí mismo: “me hice todo para todos, para ganarlos a todos”.

A Jesús le va mucho mejor, se siente en su propia salsa:
Cuando habla con los marginados: como la Samaritana.
Cuando tiene que defender a los malos: como la pecadora de Betania.
Cuando es invitado a la mesa por los publicanos: como Leví, el recaudador de impuestos y publicano.
Cuando es invitado por mí: aunque no esté de acuerdo con mi segundo matrimonio.
Cuando es invitado a mi mesa: aunque sepa que yo no suelo participar con frecuencia en la suya los domingos.
Y le importa un comino las críticas y murmuraciones de los buenos.
Porque él ama a todos.
Porque sabe que su cercanía y su amor son el mejor camino para ganarlos para su Padre, que para eso lo envió.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Viernes de la 1 a. Semana – Ciclo B

“Llegaron cuatro llevando a un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla del paralítico”. (Mc 2,1-12)

Por ponerle algún título, le pondré: “el Evangelio de los camilleros”.
Tampoco me desagrada el titularle: “La fe que baja por el tejado”.
Tampoco me parecería mal: “La fe de unos desconocidos”.

Tengo mis dudas de que Jesús tuviese una casa propia en Cafarnaún.
También tengo mis dudas de que las casas de aquel entonces tuviesen tejas.
Tampoco sé cómo pudieron subir una camilla al tejado. ¿Alguien les prestó unas escaleras?
Ni estoy muy seguro de que los que llevaron al paralítico hubiesen retejado el techo que destruyeron.
Como no entiendo el por qué aquí nadie tiene nombre propio, menos Jesús. Aquí todos son anónimos. Lo cual ya nos está diciendo, de alguna manera que, posiblemente se trate más de un relato pedagógico que propiamente histórico. Veamos:

La casa de Jesús:
¿No estará pensando en la Iglesia?
¿No estará pensando en las casas de todos los seguidores de Jesús?

Casas que tienen que tener las puertas abiertas a todos los que sufren y que incluso deben ser casas sin tejado, con el tejado al descubierto para que puedan entrar en ella todos los que buscan a Jesús.

Una Iglesia abierta siempre para que cada día la ventile el viento del Espíritu y el viento de la caridad para con todos, y donde todos se sientan en su propia casa y no “en la casa de los curas”.

Unos camilleros anónimos:
Porque todos estamos llamados a ser camilleros de los cojos, los paralíticos, inválidos, ancianos, enfermos.
Porque nadie puede poner la excusa de que no podemos hacer nada por ellos. El verdadero amor es creativo y atrevido.
“Creativo”, porque ¿a alguien se le ocurre subirse al tejado con un paralítico?
“Atrevido”, porque ¿a alguien se le viene a la cabeza destejar una casa para meter a alguien dentro?

El amor es creativo, es atrevido.
El amor al hermano necesitado no mira los obstáculos.
El amor al hermano no se detiene ante las dificultades.
El amor al hermano ve posible donde el egoísmo ve imposibles.
El amor al hermano ve oportunidades donde el egoísmo ve solo estorbos.
Así lo entendió San Pablo cuando escribe: “El amor todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta”. Digámoslo más simplemente: “El amor todo lo puede”. (1 Co 13,7)

El cristiano está llamado, a no refugiarse en las dificultades, sino a buscar siempre las posibilidades.
El cristiano tiene que ser de los que nunca se echa atrás cuando se trata de tender una mano al pobre, al necesitado, al enfermo, al que sufre.
Para él siempre hay caminos.

Aún recuerdo cuando allá por los años noventa motivé a un grupo de jóvenes para que sus vacaciones no fuesen solo playa y diversión y que había muchos ancianos que posiblemente ya se había olvidado de que existían las playas. Y como los jóvenes cuando se les prende la chispa de la generosidad son capaces de hacer milagros, lograron que la Seguridad Social y otros Centros de Salud les prestasen sillas de ruedas. El papá de uno de ellos tenía un autobús, se organizaron de tal modo que lograron llevar un día a la playa a cuarenta y nueve ancianos de un Asilo. Lleno de gozo les llamé “los camilleros del Evangelio”.

Las necesidades son muchas.
Los paralíticos de la soledad son muchos.
Los que sufren necesidad son muchos.
Y las respuestas frecuentemente suelen ser “no se puede y además es imposible”.
Nada había imposible para Jesús.
Nada puede ser imposible para el que ama, para el que quiere.
La excusa del “no se puede” o del “no puedo”, no son sino cortinas que ocultan y esconden nuestras perezas y nuestras faltas de amor.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Jueves de la 1 a. Semana – Ciclo B

“Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres puedes limpiarme”. Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero, queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente”. (Mc 1,40-45)

Dos que deciden actuar contra la Ley.
El leproso que se acerca a Jesús.
Jesús que extiende su mano y le toca y lo limpia. Algunos comentaristas traducen el “sintió lástima”, por “se enfadó”, se le “subió el indio” diríamos nosotros en el Perú. Creo que ambas versiones pueden ser válidas:
“Sintió lástima” de la condición de leproso.
“Sintió lástima” de ver la soledad y marginalidad en la que vivía.
“Se enfadó” por la intransigencia de quienes en nombre de Dios, le excluían, le marginaban, le consideraban como un apestado, condenado a vivir lejos de la sociedad, lejos del templo, lejos de todo y de todos.

A Dios le duele que le utilicen para excluir y marginar en su nombre a los que sufren.
A Dios le duele que le utilicen para justificar una religión rigorista que excluye y margina a aquellos que nos estorban.

Hoy, que tanto hablamos de derechos humanos y de la dignidad de la persona humana:
¡Cuantos marginados existen en nuestras ciudades!
¡Cuántos marginados existen en nuestras familias!
¡Cuántos marginados existen en la misma Iglesia!
¡Marginados por la lepra de la pobreza y la miseria!
¡Marginados por la lepra de la ancianidad y de la vejez!
¡Marginados por la lepra de no pensar como uno!
Marginados por la lepra de la libertad de decir lo que otros también piensan pero por miedo callan!

Y son precisamente esos excluidos y marginados los que nos piden a gritos:
Una mano amiga que los toque, que se pose bondadosa en su cabeza, que les regale una palmadita en la espalda.
Una mano amiga que agarre cariñosamente la suya y los levante.
Una mano amiga que se extienda amablemente para dialogar fraternalmente con ellos.
Personalmente nunca he visto a un leproso del cuerpo.
Sí me ha tocado ver y tocar a muchos leprosos del alma.
Recuerdo aquella viejecita que vivía sola porque los hijos solo venían a verla por el “Día de la Madre” y unos vecinos me pidieron la visitase. Al llegar, lo primero que se me ocurrió espontáneamente fue saludarla con un beso diciéndole: “¡Cómo está esta preciosura!”
Sonriendo, me miró fijamente y me dice: “¡Cuánto tiempo que nadie me saluda con un beso y me llama preciosura!” “Usted es un santo”. Le agradecí el piropo de Santo diciéndole “ojala que Dios piense como usted”.
Aquel día la viejecita creo que disfrutó lo que solo Dios sabe.

“Tocar”, “tomar de la mano”, una “palmadita” cuánto bien nos hace a todos, pero sobre todo a los excluidos y marginados. Por eso se dice de Jesús que, con frecuencia “tocaba a los enfermos”, los “tomaba de la mano y los levantaba”.

Dios no excluye a nadie.
Dios no margina a nadie.
Dios no teme el contagiarse ni del sida ni de la lepra.
Dios es el que siempre tiende la mano.
Jesús mismo no tuvo ascos de convertirse legalmente en un leproso, hasta el punto de que, desde entonces, “ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado”.
Dios es el que siempre tiene sus brazos abiertos a los que sufren y a los pecadores.

“Excomulgar” es una de las palabras que nunca me gustaron en la Iglesia.
Por una “excomunión” se dio el cisma del Oriente.
Por una “excomunión” se dio la ruptura protestante.
¿No se hubiesen podido evitar con un apretón de manos o con un abrazo de invitación en la comunión?
¿No es la Iglesia “sacramento de comunión”?
¿No es la Iglesia “sacramento del pan y del vino”?
¿No es la Iglesia “sacramento del abrazo”?
¿No es la Iglesia el “sacramento de Padre del hijo pródigo”?

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Miércoles de la 1 a. Semana – Ciclo B

“Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. Curó a muchos enfermos de diversos males…” (Mc 1,29-39)

Primero Jesús deja en mal lugar a los escribas por haber perdido autoridad ante el pueblo.
Ahora es la institución religiosa la que Jesús cuestiona.
Es sábado, día de sinagoga.
Como sábado los enfermos están prohibidos de buscar la salud de sus cuerpos. Por eso tienen que esperar a que pase el sábado, se ponga el sol para acudir a Jesús que acaba de curar al enfermo en la misma sinagoga y luego se va a la casa de Pedro a sanar a su suegra que tiene fiebre. Y ahora los que esperaban terminase el día, acuden todos a que los cure.

Resulta chocante:
Que la institución religiosa sea un atentado contra la persona.
El sábado, dedicado a Dios, se olvida del hombre.

Y resulta chocante porque:
La persona está por encima de cualquier institución, incluso la religiosa.
La persona es para Dios más importante que la religión, al menos la religión que rechaza al hombre, a título de fidelidad a Dios.
Dios deja de ir a Misa con tal de sanar al que sufre.
¿Jesús mismo no renunció a su “condición divina” para hacerse, un hombre cualquiera, para salvar al hombre?

Si Jesús deja su condición divina para salvarnos ¿qué mucho que nosotros dejemos nuestras obras de piedad para aliviar el sufrimiento de los demás?
Recordemos lo que San Vicente Paúl decía a sus religiosas de abandonar la oración si algún pobre o enfermo las necesitaba.
No se deja a Dios cuando alguien sufre, sino que se deja a Dios por Dios que sufre en el necesitado.

Dios pareciera dar más importancia al hombre que a sí mismo.
Y qué difícil nos resulta a todos entrar por este Evangelio del sufrimiento y del dolor.
Dios no hace sufrir a nadie y, quien diga lo contrario, miente.
La sufrimiento no le hace favor alguno ni a Dios ni a la religión o a la Iglesia.
Dios prefiere la vida del hombre a la vida de su propio Hijo, el cual que no baja de la cruz.
Para Dios el centro es siempre el hombre, sobre todo, el hombre que sufre, que llora, que pasa por necesidad.

¿Cuándo los demás serán el centro de nuestra vida?
Por encima de nuestros títulos y pergaminos.
Por encima de nuestros intereses.
Por encima de nuestras riquezas.
¿Cuándo será que, nuestra espiritualidad pase por la experiencia del hombre, la mujer, el niño o el anciano que nos necesitan?
¿Cuándo será que, nuestra mejor devoción sea el amor y el servicio de los que sufren?
¿Cuándo será que, nuestra mejor misa será el compartir el sufrimiento del hermano y el ayudarle a recuperar el gozo de la esperanza?
¿Tendremos que esperar también nosotros a que se ponga el sol cada domingo para acercarnos a ellos?
¿Tendremos que dejarlos abandonados hasta que regresemos de hacer nuestras oraciones?
¿Tendremos que dejarlos solos, sorbiendo su propia soledad y abandono hasta que regresemos de encontrarnos con Dios para contarle nuestras cuitas?

El mundo cambiará y también nosotros los creyentes.
Cuando las leyes, también las religiosas estén al servicio de la dignidad de la persona.
Cuando la riqueza esté al servicio de todos, también los necesitados.
Cuando cada uno vivamos y estemos al servicio de los demás.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Martes de la 1 a. Semana – Ciclo B

“… y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad…. Este enseñar es nuevo. Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea”. (Mc 1,21-28)

¿Por qué la gente se aburre con la predicación de la Iglesia?
¿Por qué la gente tiene tan pocas ganas de escucharnos?
¿Por qué la gente tiene ganas de que terminemos nuestras homilías?
¿Por qué nuestras homilías dicen tan poco a los fieles?
No creo que todo esto sea un misterio para nadie.
Ni creo que con ello esté ofendiendo a nadie.
Me estoy preguntando y cuestionando a mí mismo.
Y estoy preguntando y cuestionando filialmente a mi Iglesia.

Cuando Jesús comenzó su predicación en Cafarnaún, todos “quedaron asombrados de su doctrina”. ¿Razones? “Porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad”.

El Evangelio tiene que se una buen y nueva noticia.
¿Quién lee los periódicos de la semana anterior?
¿Quién presta atención e interés por las noticias de hace ocho días?
Eso era lo que enseñaban los escribas.
Mientras que Jesús enseñaba cosas nuevas. No era de los que repetía el sermón, como aquel amigo mío que iba poniendo la fecha y el lugar donde lo había predicado ya. Un tío mío me decía un día: ¿para qué voy a ir a Misa si ya me sé de memoria los sermones del cura? No le doy la razón, pero tampoco me extraña su reacción.

Hay que decir algo nuevo, no repetir de memoria lo de siempre, porque el Evangelio, siendo el mismo, es diferente cada día.
Solo actualizando el Evangelio seremos capaces de despertar la atención y la “admiración” de la gente.
Sólo así podremos atraer a la gente.

Así como Jesús se fue por otros caminos distintos a los de los escribas, ahora también Dios va por otros caminos.
Digamos que ahora Dios va por los caminos de los hombres, sanando y curando a los hombres.
Ya no enseñar con explicaciones, que harán falta, sino enseñar sanando las heridas de los hombres.
“Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo… Cállate y sal de él. Y el espíritu lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió”.

Con Jesús, la gente siente que una nueva primavera está floreciendo. Y como sucede con toda primavera, todos comenzamos a salir de nuestros gélidos inviernos.

¿Qué hay que hablar de Dios?
Jesús lo hacía. Pero hablaba del Dios comprometido con el hombre.
Hablaba de Dios al hombre, pero a través del hombre mismo.
Juan Pablo II en su primera Encíclica hablaba del “hombre como camino de Dios”.

Todos nos lamentamos de cómo, sobre todo los jóvenes, se alejan de la Iglesia.
Eso puede ser simplemente un dato sociológico, estadístico.
Pero ¿estará ahí el verdadero problema?
¿No sería mejor preguntarnos el por qué?
¿Y cómo atraerlos?
Durante mis vacaciones, uno de mis familiares me comentaba de un sacerdote, ya jubilado por problemas de salud y, cómo había logrado ganarse a la juventud que ahora le llenaba la Iglesia.
Es posible que sus métodos no fuesen muy ortodoxos para muchos.
Tampoco creo que lo que Jesús hizo en la sinagoga de Cafarnaún fuese demasiado ortodoxo para los escribas que se quedaban solos. Pero Jesús ganaba la admiración de la gente y hacía perder la credibilidad de los escribas: “Habla con autoridad y no como los escribas”.

La gente ya mira poco al cielo. A lo más, los astrónomos contemplando las estrellas.
La gente mira al cielo contemplando al hombre, devolviéndole esperanza e ilusión.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: El Bautismo del Señor

“Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán.
Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu Santo bajar sobre él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto” (Mc1,7-11)

De la Epifanía del pesebre, a la Epifanía del agua.
De la Epifanía al mundo pagano, a la Epifanía del desierto.De la Epifanía de la revelación de Dios, a la Epifanía del Dios compartiendo la condición pecadora de la humanidad.

En el pesebre, veíamos a un Niño en carne humana, que nos hablaba de Dios.
En el bautismo en el desierto, vemos a un Dios que nos habla de su rebajarse a la condición del hombre.
En el pesebre no hay más que una palabra silenciosa y callada. El Niño.
En el bautismo en el desierto habla el cielo.
En el pesebre es la fe la que tiene que ver lo divino.
En el Bautismo en el desierto, es el mismo Dios que confiesa oficialmente la condición de Padre y del Hijo: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”.

Uno no sabe hasta dónde se rebaja más la condición de Dios:
Si cuando se hace niño en un pesebre,
Si cuando se identifica con la condición pecadora del hombre.
Si cuando Dios participa en el bautismo mezclado con todos.
Si cuando Dios se deja bautizar.

En el Bautismo de Jesús “se rasga el cielo”.
En el Bautismo de Jesús, el cielo abre sus puertas y ventanas.
En el Bautismo de Jesús, el cielo entero se asoma a las ventanas para contemplar a Dios mezclado con el mundo de los pecadores.
En el Bautismo de Jesús Dios mira complacido el mundo.
La relación de Jesús con pecadores y publicanos no es exclusiva de su vida pública.
La relación de Jesús con pecadores y publicanos comienza ya desde el principio.
El Bautismo, marca, de alguna manera, lo que será el estilo de Jesús.
En el Bautismo, Jesús queda marcado, señalado en su identidad de “Hijo amado”.
Pero también como “amigo de los pecadores”
En el Bautismo, Dios se revela como voz, como palabra, como confesión.

Revelación del hijo.
Revelación de los hijos.
Si en su muerte todos hemos muerto.
En su Bautismo, de alguna manera, todos hemos sido bautizados.
Será el Bautismo de Jesús el que marcará luego nuestro bautismo.
Porque también en nuestro bautismo:
Se nos abren las puertas del cielo.
Se nos abren las puertas de la Iglesia.
Se nos abren las puertas a la vida de “hijos”.
Se nos abren las puertas a la voz del Padre.
Tal vez en nuestro bautismo no haya habido palomas.
Pero sí hay el Espíritu Santo que se posa también sobre nosotros.
Tal vez en nuestro bautismo no escuchemos más que la voz del sacerdote que nos bautiza.
Pero sí se escucha en silencio la voz del Padre que “nos reconoce y nos llama “hijos”.

Es posible que hayamos dado mucha importancia a nuestra pertenencia a la Iglesia por el bautismo. Y todo ello es verdad.
Sin embargo, lo más bello de nuestro bautismo, es algo que también a nosotros nos debiera marcar para toda la vida.
Dios nos reconoce como hijos.
Dios nos declara como “hijos amados y predilectos”.

Desde un comienzo quedamos marcos como “los predilectos” de Dios.
Y vivir nuestro bautismo es vivirnos a nosotros mismos “como los amados” de Dios.
Nuestra espiritualidad es la espiritualidad del amor.
Nuestra espiritualidad es la espiritualidad de “los predilectos”.
Pero también es la espiritualidad de nuestra solidaridad con los malos.
La espiritualidad de nuestra solidaridad con los pecadores.
La espiritualidad de la presencia del Espíritu en nuestros corazones.
Por tanto la espiritualidad de lo importantes que somos para Dios.
La espiritualidad de la verdadera dignidad de cada uno de nosotros.
La espiritualidad de cómo hemos de ver a los demás.

Clemente Sobrado cp.