Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 10 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. (Mt 5,17-19)

Lo que Dios hace, no lo destruye luego.
La Ley que Dios dio a su Pueblo, no la va a eliminar ahora.
Por eso es preciso saber diferenciar:
Entre el sentido que Dios da a la Ley.
Entre la interpretación que los hombres dan luego a la Ley.
Una cosa es la Ley que revela el plan de Dios.
Otra es la aplicación que hacemos de ella los hombres.
Dios regaló a su Pueblo una Ley de libertad.
Los hombres la convirtieron en Ley de esclavitud.
Jesús lo dirá más tarde:
“No es el hombre para la Ley, sino la ley para el hombre”.
“No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre”.

La ley de Dios no es algo estático.
La Ley de Dios es algo que acompaña al hombre en su caminar.
La Ley de Dios seguirá siendo la misma, pero también ella ira madurando con el hombre.

Por eso Jesús les dice claramente:
“No he venido a abolir ni la Ley ni a los profetas”.
He venido “a darle plenitud”.

En primer lugar:
La Ley no puede ser una camisa de fuerza.
La Ley no puede ser un mandato externo que actúa desde fuera.
La Ley no puede ser una exigencia exterior al hombre que se convierte en obligación.

Por eso, no cumplimos con la Ley cuando solo cumplimos la “obligación”.
La Ley está llamada ser escrita no en papel, sino en el corazón del hombre.
La Ley está llamada a ser leída no en el libro, sino a ser escuchada en el corazón.
Es desde dentro, que el hombre siente la necesidad de cumplir la voluntad de Dios.
No voy a Misa “porque está mandado”.
No voy a Misa “porque si no me condeno”.
No voy a Misa “para no pecar”.
Voy a Misa porque quiero vivir y experimentar el misterio pascual de Jesús.
Voy a Misa porque necesito compartir mi fe con mis hermanos como familia de Dios.
Voy a Misa porque quiero celebrar el misterio pascual de Jesús.
Voy a Misa porque mi corazón siente necesidad de encontrarme Jesús.
Voy a Misa porque mi corazón siente necesidad de escuchar la Palabra de Dios.
Voy a Misa porque mi corazón siente necesidad de comulgar a Jesús.
Voy a Misa porque mi corazón siente necesidad de sentir el amor de mis hermanos.

En segundo lugar, Jesús “dio plenitud a la ley”:
Mediante el espíritu de las Bienaventuranzas.
Y de manera especial, sintetizándola o expresándola en el mandamiento del amor:
Amar a Dios.
Amar al prójimo.
Amar al prójimo como a nosotros mismos.
Amar al prójimo como él nos amó.
Estos dos mandamientos son la plenitud de la Ley.

“Dio plenitud a la Ley” con su propia vida:
Vida toda del Padre.
Vida toda al servicio del hombre.
Lo que da plenitud a la ley es el amor a Dios.
Lo que da plenitud a la ley es nuestro amor al hermano.

Por eso la Ley de Jesús es el amor.
Por eso la Ley de la Iglesia es el amor.
Por eso la Ley de cada creyente es el amor.
El amor no suprime la Ley sino que la realiza dándole plenitud.
“En la tarde de la vida nos examinarán del amor”.
Y Pablo lo entendió muy bien: “Si no tengo amor nada soy”.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 10 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la gente la pise. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino para ponerla en el candelero y así alumbre a todos los de casa. Alumbre la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que esta en el cielo”. (Mt 5,13-16)

¿Recuerdan la película “El hombre invisible”?
Bueno personalmente yo no la he visto. Y además si era invisible…
A veces pienso si no tendremos que hablar también de “cristianos invisibles”.
Que se dicen cristianos, pero no se les ve su cristianismo.
Que se dicen cristianos, pero donde están todo sigue igual.
Que se dicen cristianos, pero donde están hacen invisible su fe.

Jesús no pensó en cristianos invisibles.
Tampoco en cristianos cuya presencia no se nota.
Jesús pensó en cristianos “que somos sal”.
Cristianos llamados a cambiar la realidad.
Cristianos llamados a crear un mundo:
Con sabor a hermanos.
Con sabor a fraternidad.
Con sabor a justicia.
Con sabor a igualdad.
Con sabor a pan en todas las mesas.
Familias con saber a “hogar”.
Con sabor a paz y armonía.

Jesús pensó en cristianos “que somos sal”:
Metidos en medio del mundo.
Metidos en medio de la Iglesia.
Metidos en medio de los hombres.
Que como la sal nos hacemos uno más entre ellos.

Jesús nos pensó como “luz”.
La fe será siempre algo personal.
Pero la fe no es para esconderla.
La fe es para iluminarnos por dentro.
Pero la fe no es para apagarla para los demás.
La fe es para vivirla y que los demás la vean.
La fe es para alumbrar nuestras vidas.
Pero para que nosotros iluminemos las vidas de los demás.
La fe no consiste en una serie de ideas.
La fe es una vida.
Y la vida es para ser vista.
Nadie vive a ocultas, salvo que huya de la policía.
Una vida que no se ve, no existe como vida.

Siempre me ha llamado la atención:
Con que libertad se proclaman los incrédulos o ateos.
Y el miedo y la cobardía con que nosotros nos declaramos creyentes.
Como si estuviésemos acomplejados.
Hoy se habla mucho del “orgulo gay”.
¿Seríamos capaces de hablar del “orgullo de cristianos”?

Jesús no tuvo reparo en hablar siempre en público.
Jesús no tuvo complejo de declararse “el Hijo del hombre”.
Jesús no nos dice:
Que seamos cristianos a escondidas.
Que seamos cristianos allí donde huele a cera, la Iglesia.
Sino que “se vean nuestras buenas obras”.
Sino que “se nos vea, seamos testigos, enseñemos”.
Sino que seamos luz que alumbra a los que están en casa.
Sino que “vean nuestras buenas obras y den gloria al Padre”.

Cristianos que “como la sal” nos disolvemos en la sociedad para darle un nuevo sabor.
Cristianos que “como la luz” tenemos que estar en el candelero para alumbrar al resto.
Que sientan que el mundo tiene otro gusto.
Que sientan que el mundo es más bello y hermoso.
Que sientan que todavía hay luz para ver el camino.

Pienso en el Papa Francisco:
¿Verdad que la Iglesia parece que comienza a tener un nuevo sabor a Evangelio?
¿Verdad que la Iglesia parece que comienza a tener una nueva iluminación?
¿No estaremos llamados a ser todos “Panchitos sal”, “Panchitos luz”?

Y nos quedamos con lo que dice el la Exhortación “La alegría del Evangelio”:
“Quiero dirigirme a todos los fieles para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años”.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 10 a. Semana – Ciclo A

Escucha aquí la homilía dominical: http://bit.ly/homilias.

“Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran porque ellos serán consolados. Dichos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios… (Mt 5,1-12)

Ayer terminaba el tiempo pascual con la explosión del Espíritu Santo.
Hoy ya comienza el tiempo ordinario.
¡Y vaya si comienza bien! Nada menos que con las Bienaventuranzas.

No quiero juzgar a nadie.
Pero sí tengo derecho a juzgarme a mí.
Por eso me pregunto:
¿Qué importancia hemos les hemos dado en nuestras vidas?
¿Cuántos han tomado las bienaventuranzas como criterio e ideal de sus vidas?
Todos solemos confesarnos tomando como esquema los Diez Mandamientos.
Es decir, seguimos confesándonos por el Antiguo Testamento.
¿Alguien se confiesa por las bienaventuranzas?
En una ocasión daba Ejercicios Espirituales a Religiosos y se me ocurrió preguntar: “¿Alguno se confiesa en base a las bienaventuranzas?”
La respuesta fue un gran silencio. Y aquí el que calla consiente.
Para no sentirme raro, tuve que decir: perdonen, pero yo tampoco, todavía estoy con Moisés y no he llegado a Jesús.

Son los ocho criterios que Jesús propone como la gran novedad del Reino.
Son los ocho criterios que Jesús propone como caminos para lograr el ideal del Reino.
Son los ocho criterios que Jesús propone como caminos de felicidad.
Pueden parecer caminos extraños.
Y lo son.
Pero si somos sinceros preguntémonos:
¿Nos hacen felices las riquezas que esclavizan nuestros corazones?
¿No habrá felicidad en el desprendimiento del corazón, que en el corazón blindado por el ansia de tener y el miedo a la devaluación de la moneda o a la caída de la Bolsa de Valores?
No es la pobreza la que nos hace felices, porque entonces el mundo sería muy feliz.
Es la pobreza del corazón que vive libre y puede volar sin cargar con todo lo que tiene.

¿Alguien puede decir que la injusticia hace felices a los hombres?
¿No habrá más felicidad en luchar por la justicia, en tener hambre y sed de que en el mundo haya más justicia?
Incluso, ¿no serán más felices aquellos que son perseguidos y maltratados porque consagran sus vidas a anunciar y luchar por la justicia para todos?
¿Serán más felices quienes venden la justicia por unos billetes bajo los papeles?

El papa Francisco hizo una denuncia sobre la cultura del soborno y la corrupción que impera tanto a nivel público como privado. Y se atrevió a llamarle: “un dinero sucio” que se convierte en “pan sucio para los hijos”.
“Se comienza con un sobre y después es como la droga”, clamó ante el pequeño grupo de personas que asistían.
“Dios recomendó llevar el pan a la casa con nuestro trabajo honesto” y “no dar de comer a los hijos con pan sucio”.
“Hijos, quizás educados en colegios caros, quizás crecidos en ambientes cultos, que han recibido de su papá como alimento la suciedad, porque su padre, llevando pan sucio a casa ha perdido la dignidad. ¡Y esto es un pecado grave!”, dijo.

¿Y serán más felices los que llevan el corazón sucio que impide ver a Dios, que aquellos de corazón limpio que sí pueden verle?
¿Y será más felices esos intransigentes que se convierten en jueces de todo el mundo, que los “misericordiosos” que saben comprender las debilidades humanas y saben amar a pesar de todo?
¿Y serán más felices los que prefieren esconder o disimular su fe para evitar les insulten y persigan y calumnien por causa de Jesús y el Evangelio?

¿No será que la felicidad de las Bienaventuranzas es una felicidad al revés?
Al revés de la felicidad del mundo, ciertamente.
Desde niño sé que aprendiste los Diez Mandamientos.
Perdona, pero me atrevería a hacer un concurso sobre cuántos saben de memoria las ocho Bienaventuranzas. ¿No creen que debiéramos aprenderlas y tomarlas como luz que ilumine los caminos de nuestra vida?

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: La Santísima Trinidad

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en el, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”. ( Jn 3, 16-18)

Santísima Trinidad

Hoy celebramos la festividad de Dios.
Celebramos la festividad de nuestro Padre Dios.
Celebramos la festividad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Si decimos “Trinidad” ya nos complicamos la vida.
Porque, aunque sea verdad, en nuestra razón no entra eso de que “tres son uno y que uno son tres”.
Me parece una visión matemática de Dios.
Yo prefiero llamarle “Dios” o simplemente, “Padre de nuestro”.

Lo que siento es pena de que hayamos vivido toda nuestra vida sin tomar conciencia de una serie de realidades esenciales. Pongo algunos ejemplos:
La mayoría de nosotros hemos nacido con la idea de Dios.
Dios nació en nosotros con nosotros.
Mientras tomábamos el pecho de mamá se nos iba descubriendo la imagen de Dios.
Mientras íbamos descubriendo la imagen de “papá”, se nos iba regalando la imagen de “Dios Padre”.
Casi hemos descubierto a Dios al mismo tiempo que a nuestros padres.
Hemos crecido con la imagen de Dios creciendo en nosotros.
Crecíamos nosotros y Dios crecía en nosotros.
Y lo primero que nos enseñaron y aprendimos fue el “Padre nuestro”.
Y nuestra primera conversación con Dios fue “llamarle Padre nuestro”.
¿Somos conscientes de que Dios es como parte de nuestra familia, aún sin verlo?
Me encanta ver cómo, cuando los padres traen a sus hijitos chiquitos a la Iglesia, y no aciertan a santiguarse, le toman la manito y lo marcan con la señal de “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Me gustó la historieta que leí: El discípulo pregunta al Maestro:
“Maestro, donde está Dios”.
“Dios, hijo, está en aquel que le abre el corazón”.

Lo que, a veces, no ha complicado la vida es cuando decimos “que estás en los cielos”.
Se nos ha ido metiendo la idea de un Dios lejano.
La idea de un Dios que hay que tomar el avión para llegar a él.
Cuando en realidad, Dios es lo más cercano que tenemos de nosotros.
Tan cercano como nosotros mismos.
Porque el cielo de Dios es nuestro corazón.

Claro que Dios siempre será “el otro”.
Pero a la vez, ese otro, se nos revela como “amor”.
Y el amor solo lo comprendemos con el corazón.
Por eso Juan nos dice hoy: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”.
Y que el camino para encontrarnos con él es “creer en él para que tengamos vida eterna”.
No es un Dios policía.
No es un Dios juez.
“no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.
Es linda la frase que el Papa Francisco dijo a los neo-sacerdotes: “no os canséis de ser comprensivos”, que es como decirles: “no os canséis de amar a vuestros fieles”.

Nuestra mayor grandeza está:
En ser familia de Dios.
En que Dios es familia nuestra.
En que estamos habitados por él.
En que somos la casa de Dios.

Por eso hoy, es la Fiesta de Dios.
Pero es nuestra fiesta.
Dios celebra hoy su fiesta en el salón de nuestro corazón.
¿Nos damos un bailecito con él?

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 9 a. Semana – Ciclo A

“¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza. Buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes y devoran los vienes de las viudas, con pretexto de largos rezos”. (Mc 12,38-44)

Nos encanta el exhibicionismo.
Nos encanta llamar la atención.
Nos encanta ser distintos y que se fijen en nosotros.

Me van a perdonar todos esos que hoy:
Les encanta llevar esos tatuajes que tienen bien poco de bonitos, pero llaman la atención.
Les encanta llevar esos aros en las orejas, porque los hace distintos, dicen que modernos.
Les encanta llevar esos blue jeans rotos que dan pena.
La verdad que no sé si son de protesta o de moda.
Nunca entendí que los rotos sean signo de modernidad.

Pero, tampoco quiero tirar piedras en tejado ajeno, porque también en casa hay demasiados escribas.
Y no quiero excluirme, porque también es posible que en mi vida haya exhibicionismos camuflados.
Siempre resulta más fácil ver las rarezas de los otros que las propias.
Siempre resulta más fácil apuntar con el dedo a los “escribas de enfrente” que a los que tenemos en casa.
Siempre resulta más fácil condenar a los demás, que reconocernos a nosotros mismos.

En mi larga vida he visto de todo.
Felizmente, también he sido testigo de muchos cambios.
He sido testigo de “las sillas gestatorias”.
He sido testigo de las grandes “tiaras pontificias”.
He sido testigo de las grandes “colas cardenalicias”.
He sido testigo de muchas cosas que nos hacían distintos a los demás.

Tengo que reconocer y dar gracias a Dios:
De que muchas cosas han cambiado.
De que se ha recuperado la sencillez.
De que se ha recuperado aquello que somos sin necesidad de ese barroco que nos ha distinguido.

Sin embargo, debo reconocer que, de alguna manera, muchos llevamos en el corazón ese tufillo de vanidad que pretende hacernos distintos.
Siempre se ha dicho que “el hábito no hace al monje”.
Pero también debo reconocer que le ayuda a serlo.

Lo más fácil es revestirse de apariencias.
Lo difícil es ser lo que uno es.
Lo más fácil es llamar la atención.
Lo difícil es ser uno más.
No ser uno más del montón.
Sino que podamos ser distintos al resto:
Por nuestra verdad.
Por nuestra coherencia de vida.
Por nuestra sencillez de vida.
Por la autenticidad de la vida.

Me gustan las flores porque son lo que son y no tratan de imitar a las demás.
Me gustan las rosas porque cada rosal tiene las suyas y no imita al que tiene al lado.
Me gustan las margaritas, porque aunque sean chiquitas, siguen embelleciendo los prados y jardines.
Me gustan las violetas, porque no cambian de vestido.
Siguen siendo siempre ellas mismas.
Y siguen siendo bellas y hermosas.
Y siguen siendo sencillas y admiradas en la simplicidad de sus colores.

Siempre me he preguntado el por qué de esa proliferación de tantos centros de maquillaje. Nos hacen guapos siendo feos. Nos hacen llamativos hasta lograr que nadie nos reconozca.

Me gustó un chiste que alguien me envió de un cubano. El pobre hombre había tenido un accidente y los médicos los reconstruyeron lo mejor posible. Pero él no se sentía a gusto. Y un día se acercó al malecón y comenzó a desprenderse de todos los ortopédicos que llevaba encima:
Sacó su pierna artificial y la tiró al mar.
Sacó su mano artificial y la tiró al mar.
Sacó una oreja artificial y la tiró al mar.
Y así se fue desprendiendo de todo.
Un borrachito que lo estaba observando gritó: “Oye, tú eres bien listo, te estás yendo a Miami a pedacitos”.

Creo que somos muchos los que nos vamos a Miami a pedacitos.
Si nos quitan todo lo que llevamos postizo ¿qué nos quedaría?
Posiblemente no saldríamos tanto a la plaza para que nos vean y nos hagan reverencias.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 9 a. Semana – Ciclo A

“Mientras enseñaba en el templo Jesús preguntó: “¿Cómo es que dicen los escribas que el Mesías es Hijo de David? El mismo David, inspirado por el Espíritu Santo, dice: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha…” (Mc 12,35-37)

Ahora es Jesús quien hace preguntas.
Pero no capciosas.
Son preguntas a la gente, para clarificar su propia identidad como descendiente de David.
Es el “Hijo” que termina siendo más que el “padre”.
Es el “Señor” que termina siendo “Señor de su Señor”.

Es un diálogo sencillo pero que nos pudiera sugerir muchas cosas en nuestras vidas.
¿No os parece maravilloso que los hijos terminen siendo más que los padres?
¿Acaso la espiga no termina siendo más que el grano de donde nació?
¿No os parece maravilloso que tantos padres se rompen el alma para que sus hijos sean lo que ellos no han logrado ser?
Los hijos terminan siendo el mejor monumento de esos padres.

Me encanta una especie de parábola que escribe José Luis Descalzo en un artículo titulado: “El hombre que gastaba bien su dinero”.
“Charlaban dos amigos sobre el dinero que ganaban, y uno le decía al otro: “Pues chico, con lo que tú estás ganando deberías vivir como un príncipe. No entiendo en qué se te va el dinero”.
Y el segundo amigo le respondió: “La cosa es muy simple: de todo lo que gano invierto un tercio en pagar deudas; otro tercio lo coloco a buen interés para el futuro, y con el otro tercio vivo”.
“Te lo explicaré: Tengo una deuda enorme con mis padres, a quienes costé un dineral para pagarme la carrera y mantenerme mientras preparé mis oposiciones. Ahora ellos están mal y soy yo quien les sostiene”.
“¿Los intereses? “Es lo que invierto en la formación de mis hijos, Este es un capital un tanto arriesgado, como cuando juegas a la bolsa: puede que sea un fracaso y que a la larga no te produzca nada. Pero si tienes un poco de suerte, te aseguro que no hay dinero mejor invertido, por el hecho de hacer a unos hombres, porque esos hombres son mis hijos y porque, incluso, puede que me lo devuelvan dándome mucha alegría el día de mañana”.

No es que Jesús tenga deuda alguna con “David su padre”. Se trata simplemente de nacer en la línea genealógica de David. Por eso le llaman “Hijo de David”. Pero lo bueno es que David hace grande genealógicamente a Jesús. Pero hace grande a David por figurar en su sus raíces genealógicas.

Los padres están llamados a hacer grandes a los hijos.
Por eso para ellos, la mejor inversión, es lo que gastan en su formación, en su desarrollo.
Claro que es una inversión siempre “riesgosa como la de la bolsa”.
Por eso luego los hijos están llamados:
No a olvidar a sus padres.
No a ser desagradecidos.
No a dejarlos abandonados.
Sino que cada hijo ha de vivir con la conciencia de “tener que pagar una deuda”.
Podrá ser que la tengan que pagar en dinero.
Pero siempre tendrán que pagarla con cariño, con afecto, con agradecimiento.

Si la mejor inversión es la que hacemos en los hijos, también la mejor deuda que todos tenemos es con nuestros padres. “Dijo el Señor a mi señor: siéntate a mi derecha”.

Y me viene a la mente otra idea para mí muy querida.
Con frecuencia nadie sabe quien es hijo de quien.
No porque seamos hijos de padre desconocido.
Sino porque, cuántas veces los mismos padres terminan siendo “hijos de sus hijos”.
Padres que han perdido la fe.
Y con motivo de la Primera Comunión del hijo, la vuelven a recuperar y comienzan una etapa de recién nacidos espiritualmente.
Los padres engendraron biológicamente a sus hijos.
Pero los hijos los han engendrado espiritualmente.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jesucristo, sumo y eterno sacerdote

“Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: “He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios”. (Lc 22,14-20)

Anualmente, el jueves después de Pentecostés la Liturgia celebra la fiesta de Jesucristo, Sumo y eterno sacerdote”. Una de las fiesta recientes aprobadas por la Santa Sede e incluida en el Calendario Litúrgico en 1974.
Para algunos tiene una intencionalidad. Es el momento en que comienza la crisis del abandono sacerdotal. Y pretendía de alguna manera revalorizar el “sacerdocio”. No es mi intención buscar aquí las motivaciones. Me interesa más el hecho mismo de Jesús compartiendo la Ultima Cena con sus discípulos.

Es la cena de despedida.
La hora de Jesús está ahí mismo esperando a la puerta.
No se trata de ninguna de esas cenas de restaurante donde cada uno pide a la Carta.
Se trata de un momento de gran intimidad de Jesús con los suyos.
Por eso mismo Jesús les dice que “He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer”.
Es un momento de intimidad.
Es un momento de desahogo de Jesús con los suyos.

Es posible que:
En el corazón de Jesús hubiese todo un mundo de sentimientos reprimidos.
En el corazón de Jesús hubiese todo un mundo de sentimientos que necesitaban brotar como brota el agua del manantial.
Los discípulos conocían a Jesús por fuera.
También muchos de sus sentimientos para con aquellos necesitados a los que curaba.
Pero, me imagino que Jesús fue muy poco expresivo sentimentalmente con ellos.
Dentro de su corazón había todo un volcán de sentimientos hacia ellos.
Dentro de su corazón había todo un mundo de afectos que querían expresarse.
Dentro de su corazón había un mundo de cariño, de ternura, que ellos no habían experimentado.
De ahí que Jesús “desease enormemente comer esta comida pascual con ellos, antes de que llegase el momento fatal”.

El texto de Lucas relata la institución de la Eucaristía en el sacramento del pan y del vino.
Y relata también la misión sacerdotal de que sean también ellos, los que luego sigan celebrando este momento “haced esto en memoria mía”.
Es lo que nosotros llamamos la “institución del sacerdocio”.
Pienso que fue Juan el que más impactado quedó de aquella Ultima Cena a la que le dedica como cinco o siete capítulos.

Digamos que es el momento:
En el que Jesús, por fin habla de sí mismo.
En el que Jesús, se expresa a sí mismo.
En el que Jesús, manifiesta sus sentimientos hacia ellos.
En el que Jesús, les abre su corazón.
En el que Jesús, les permite entrar dentro de su corazón.
En el que Jesús, les deja verlo por dentro.

Es la hora de perpetuar su memoria.
Es la hora de perpetuar su amor, como dice Juan muy gráficamente: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.
Es la hora del calor del corazón.
Es la hora de la ternura y del afecto de su corazón.
Ya no es tanto la hora del “maestro”, que sí lo es.
Sino la hora del enamorado de los suyos.
Sino la hora del enamorado de los hombres que creerán en él.
En Juan parece una Cena eterna que no acaba nunca.
Una Cena en la que solo habla El y todos escuchan en silencio.
Una Cena en la que como rocío nocturno sus corazones se van empapando de los sentimientos de Jesús.

Estoy pensando en mi sacerdocio.
Un sacerdocio que no puede quedar reducido solo al sacramento de la “memoria”.
Sino ese sacerdocio del amor a los fieles.
Sino ese sacerdocio de compartir nuestros sentimientos con nuestros fieles.
Sino ese sacerdocio de no solo entrar en los sentimientos de nuestros fieles sino en dejarles que ellos entren en nuestros corazones y sientan el calor de nuestro afecto y nuestro cariño y ternura.
El sacerdote no puede ser ese ser lejano distanciado del pueblo.
Sino el que día a día comparte los sentimientos del pueblo y comparte sus sentimientos con el pueblo.

Me encantaría que cada sacerdote pudiéramos tener los mismos sentimientos de Jesús y confesar a nuestros fieles antes de cada Eucaristía: “He deseado enormemente comer esta cena pascual con vosotros”.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 9 a. Semana – Ciclo A

“Cuando llegue la resurrección y vuelven a la vida, ¿de cual de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella” Jesús les respondió: “Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios. Cuando resuciten, ni los hombres ni las mujeres se casarán; serán como los ángeles del cielo”. (Mc 12,18-27)

Siguen las intrigas y las falacias.
Cuando uno se niega a aceptar la verdad busca todos los recovecos para defenderse.
Los saduceos que “dicen que no hay resurrección”, no se han extinguido.
Miopes siempre los ha habido y los sigue habiendo.
Son esos que incapaces de mirar más allá de su sombra.
Son aquellos incapaces de mirar más allá de su felicidad inmediata.
Son aquellos incapaces de mirar más allá de estas realidades mundanas.
Son aquellos que, con frecuencia escuchamos decir:
“El cielo está aquí en disfrutar de la vida”.
“El infierno está aquí en los sufrimientos de la vida”.

A lo más convierten el cielo en la prolongación de la felicidad terrena.
A lo más convierten el cielo en la prolongación de los placeres humanos.
Y no se dan cuenta que al otro lado de la tapia está la otra vida resucitad y nueva.
Es una pena pensar que la tapia de la muerte pone fin a una vida con ansias de eternidad.
Es una pena pensar que la tapia de la muerte nos impide ver que al otro lado, está el compartir la vida misma de Dios, “donde no hay dolor ni lágrimas”.
La fe es precisamente eso saber mirar al otro lado de la tapia de esta vida y ver que al otro lado de la montaña hay un valle espléndido de flores.

¿Recuerda a aquel leproso triste y pesaroso y que de un día a otro comenzó a sonreír a todo el mundo?
Todos tenían curiosidad de saber qué había pasado.
Veían que todas las mañanas y siempre a la misma hora se asomaba al muro se subía por una escalera, luego se baja sonriente y feliz.
Llevados de la curiosidad se dieron cuenta de que cada mañana, al otro lado del muro que encerraba tanto dolor, una joven venía mira al leproso, le hacía un gesto de saludo y la sonreía.
Todo tenemos mucho de leprosos que necesitamos subirnos al muro y ver que al otro lado nos sonríe Dios y nos hace unos guiños de saludo.
Hacia dentro había dolor.
Pero la verdadera alegría venía del otro lado.
Así es la resurrección. Pasarnos al otro lado y sentirnos nuevos en la novedad de Dios.
Con la resurrección no cargamos con nuestras cosas para disfrutarlas sino que las dejamos aquí. Allí “ni hombres ni mujeres se casan”.
La resurrección no es la prolongación del amor humano de esposos.
La resurrección es estrenar el amor esponsalicio de Dios.

Eso lo entendió muy bien aquel viejecito que se fue al cielo dejando desconsolada a su esposa.
Pero también a ella le llegó el turno.
Y cuando llegó al cielo, lo primero que hizo fue preguntar por su “Manuelito”.
Hasta que un día lo ve desde lejos y le grita: “¡Manuelito!”
El viejo cuando la ve le responde: “Un momento, que el negocio fue “hasta que la muerte nos separara”, así que aquí a otra cosa”.

Hay demasiados saduceos que todavía no creen que al otro lado de la montaña haya vida nueva.
Hay demasiados saduceos que todavía siguen creyendo que, la única vida es esta de aquí abajo.
Hay demasiados saduceos que, todavía siguen creyendo que si hay algo, no es sino la prolongación de lo de aquí.

Como el leproso, cada día tenemos que mirar por encima de la tapia de este mundo y regresar a él sonriendo por lo que se ve al otro lado.
Como Manuelito, cada día tenemos que gritar que el negocio de aquí fue “hasta que la muerte nos separe”, porque “allí seremos como los ángeles”.
¿Qué será eso?
Si alguno llega antes que, por favor, venga a contárnoslo, aunque a decir verdad, Jesús ya nos contó suficiente y no le creemos.

Clemente Sobrado cp.