Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 19 – Ciclo A

“Inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús ordenó a sus discípulos que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar”. (Mt 14,22-33)

Luego de la multiplicación de los panes, como era lógico, se creó un clima y un ambiente triunfalista.
Jesús no busca los triunfalismos.
Jesús quiere evitar que los discípulos caigan en ese triunfalismo.
Y les ordena embarcarse e irse a la otra orilla.
Mientras tanto, también se escapa de ese ambiente y se retira solo a orar.

Todos vivimos de ese tufillo de la vanidad y del orgullo.
A todos nos encantan los aplausos.
A todos nos fascinan las manifestaciones clamorosas.
Pero ese no es el estilo de Jesús.
Y saca a sus discípulos de ese clima para que huyan del aplauso.
Mientras tanto, él mismo se retira a orar.

Frente a ese triunfalismo:
Jesús lo somete a la experiencia del miedo y la inseguridad.
La barca se siente sacudida por las olas.
Se sienten solos y con el alma hecha un nudo de miedo.
Y él mismo se vuelve a juntar con ellos.
Pero ya no lo ven como el que hace milagros.
Lo ven como un fantasma.

Los triunfalismos humanos tienen poco de Evangelio.
Los triunfalismos humanos tienen mucho de autosatisfacción.
Pero tienen poco del sentido de la simplicidad y sencillez del Evangelio.
Los triunfalismos ayudan a llenar el corazón de vanidad.
Pero ayudan poco a acercarnos a la gente en actitud de servicio.
Más bien se prestan al orgullo del poder hacer milagros.
Los triunfalismos inflan el corazón.
Pero no ayudan a las actitudes de compasión y servicio.
Ayudan a sentirse más que los demás.
Y eso no es lo que Jesús quiere.
Jesús se “rebaja”, “no se exalta”.
El camino del evangelio es hacernos como los demás, no superiores a nadie.

La verdad de la Iglesia:
No está en las grandes manifestaciones.
No está en los grandes aplausos.
No está en los grandes reconocimientos.

El que quiera seguir a Jesús:
Está llamado a hacer el bien, sin necesidad de que aplaudan.
Está llamado a hacer el bien, sin necesidad de que se lo reconozcan.
Está llamado a hacer el bien, y luego desaparecer.
Está llamado a hacer el bien, y luego huir de los aplausos.

El que quiera seguir a Jesús:
Está llamado a servir a los demás, y luego vivir esta experiencia en oración.
Está llamado a servir a los demás, y luego retirarse a rumiar el hambre de la gente en la oración.
Está llamado a servir a los demás, y luego retirarse a vivir la comunión con el Padre.
Hacer el bien, y luego ponernos en oración.
Hacer el bien, y luego entrar en comunión con el amor del Padre.
Hacer el bien, y luego entrar en comunión con la voluntad del Padre.

En vez de los grandes aplausos, los discípulos:
Sienten su debilidad frente a las olas del mar.
Sienten que se hunden en la furia del mar.
Un momento especial.
Ni siquiera reconocen a Jesús.
Lo ven como un fantasma.
Y Pedro siente su propia flaqueza viendo cómo se hunde en el mar.

Es el misterio del cristiano.
Es el misterio de la Iglesia.
Hacer el bien, aunque luego tenga que soportar el miedo de su propia cobardía.
Hacer el bien, aunque luego tengan que pasar por la humillación de su propia flaqueza.
Hacer el bien, no da derecho a que luego todo nos salga bien.
Quiero una Iglesia que haga el bien.
Pero que luego tenga que pasar por la humillación de sus debilidades.
Quiero una Iglesia que no busque el aplauso y sabe ocultarse.
Quiero una Iglesia que no busque el reconocimiento, sino que viva la experiencia de ser el testigo de Dios en medio de los hombres.

También la Iglesia tendrá momentos en los que:
Le cuesta reconocer la presencia de Jesús.
Y más bien verá fantasmas en su camino.
La Iglesia tendrá momentos en los que podrá andar sobre las aguas del reconocimiento.
Pero también tendrá que pasar por esos momentos en los que se siente hundir.
Y que sólo Jesús será capaz de devolverle la paz.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 18 a. Semana – Ciclo A

“Un hombre se acercó a Jesús, y arrodillándose ante él le dijo: “Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques; muchas veces cae en el fuego, Traédmelo aquí. Jesús increpó al demonio, y este salió del niño, que desde aquel momento quedó curado. Los discípulos se le acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: “Y por qué no pudimos expulsarlo nosotros?” “Porque ustedes tiene poca fe. Si tuvieran fe como un grano de mostaza le dirían a aquella montaña que venga aquí y vendría. Nada les sería imposible”. (Mt 17,14-20)

¡Cuántas veces nos hemos quejado de que Dios no nos escucha!
Dios no hace milagros para demostrar su poder.
Tampoco los hace para llamar la atención.
Lo único que hace milagros es nuestra fe en Él.

Y esto es lo que, de ordinario no pensamos.
Pensamos que pedir a Dios es como tocar el timbre y que alguien responda.
Pensamos que pedir a Dios es decirle palabras.
Pensamos que pedir a Dios es expresarle nuestros deseos y necesidades.

Y Dios no es de los que nos escucha:
porque le gritamos mucho.
porque le hablamos mucho.
porque le hacemos muchas promesas.

Dios no se deja convencer por nuestras palabras.
Ni se deja ganar por nuestras promesas.
Ni por nuestras insistencias.
Ni nuestros buenos deseos.
Dios no se deja comprar.

Lo único que mueve el corazón de Dios es nuestra fe.
Este hombre se puso de rodillas.
De alguna manera quiso expresar su fe en Él.
En cambio, los discípulos no pudieron hacer nada.
Y se extrañan de su impotencia.
Pero sanar a alguien no es cuestión de poder.
Jesús se lo dice claramente: “Porque ustedes tienen poca fe”.

Cuando nos quejamos de que Dios no nos hace caso tendremos que preguntarnos:
No por qué no nos escucha.
Sino cuánta es nuestra fe en él.
Rezamos con deseo, sí.
Pero ¿rezamos con verdadera fe?
Rezamos con ganas de que ayude.
Pero ¿cuál es la fe que da fuerza a nuestra oración?
Una oración simple deseo puede ser una oración sin fe.
Y una oración sin fe carece de fuerza ante Dios.
A Dios solo le ganamos el corazón cuando ve nuestra fe, no nuestras lágrimas.

La oración tiene que nacer de la fe.
Y la fe se alimenta en la oración.
La oración tiene que expresar nuestra fe.
Solo entonces esa fe es capaz de hacer milagros en nuestra vida.
Y no digamos fácilmente que oramos con fe.
Pensemos cómo es nuestra fe antes de orar.
Pensemos cómo es nuestra fe cuando sentimos que no conseguimos lo que pedimos.

La verdadera oración de fe es la de Jesús:
“Padre que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.
“Padre nuestro” “hágase tu voluntad”.
La fe es confianza.
La fe es abandono en Él.
La fe es fiarnos de Él.
La fe es creer en Él, a pesar de todo.

No preguntemos ¿por qué nosotros no lo hemos podido echar?
Preguntémonos con qué fe lo queríamos echar.
Es posible tengamos la idea que somos grandes creyentes.
Es posible que tampoco nuestra fe llegue a un grano de mostaza.
La verdadera fe hace “los imposibles”.
Entonces no nos quejemos de Dios.
Lamentemos nuestra poca fe.

Señor: no te pido hagas el milagro que te pido.
Señor: te pido una fe capaz de hacer milagros.
Señor: si hasta ahora mi oración tenía poco de fe, te pido que “aumentes mi fe”.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 18 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. Si uno se pone de parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo”. (Mt 16,24-28)

Pareciera lógico sentir miedo ante el peligro.
Incluso ante los peligros del cuerpo.
El miedo, en el plano de lo humano, es como una especie de defensa.
Sin embargo, Jesús una de las recomendaciones que nos da a través de sus discípulos, es “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”.

Jesús no está hablando de memoria.
Es consciente de que ser creyente no es una broma y que confesar la fe, con frecuencia, implica a tener que afrontar el reto de muchos rechazos, sufrimientos e incluso del martirio.

No siempre será el miedo al martirio.
Puede ser el miedo y la falta de convicción ante las actitudes de la vida.
Puede ser el miedo:
A tener que renunciar a unas riquezas mal adquiridas.
A tener que renunciar a unos puestos a expensas de otros.
A tener que renunciar a un enamorado con el que no puedo vivir mi fe.
A tener que renunciar a un matrimonio con un divorciado pero casado por la Iglesia y que no tiene la declaración e nulidad de la primera unión.
A tener que renunciar a quedarnos solteros porque queremos ser fieles a nuestra fe.
A tener que renunciar a un compromiso que nos condena a la soledad, cuando nosotros sentimos que tenemos derecho a una compañía.
A tener que renunciar a una unión “irregular” que carece de la bendición de Dios.

Jesús es bien claro cuando habla de los riesgos de seguirle a El.
Y puede hacerlo porque, al fin y al cabo, es la misma suerte que le tocó vivir a El.
Porque su Pasión y Muerte tampoco fue una broma de mal gusto.
El fue el primero en dar cara por nosotros pasando por la Pasión y la cruz.

Algo hay en el seguimiento de Jesús:
Que despierta las pasiones de los demás.
Que despierta las violencias del corazón de los demás.
Que despierta las burlas de ser considerados “fundamentalistas” porque hemos decidido ser “radicalistas”.
Que despierta tanto rechazo que somos capaces de matar por causa de la fe.

Claro que solo pueden matar el cuerpo, porque ahí mismo florece el alma.
Sólo pueden matar el cuerpo, porque es en esa muerte donde el alma crece.
Solo pueden matar el cuerpo, porque es ahí donde nuestra alma se inmortaliza.

No tengáis miedo”.
El cristiano que tiene miedo a perder algo por su fe, es un cristiano a medias.
El cristiano que tiene miedo a perder sus amistades por su fe, su fe es muy débil.
El cristiano que tiene miedo a perder su situación social por su fe, la cobardía le gana.
El cristiano que tiene miedo a perder su vida por la fe, tiene una fe lánguida.
El cristiano que tiene miedo a ser diferente al resto, es un cristiano no convencido.

Jesús es claro:
El cristiano demasiado aplaudido, no es cristiano de verdad.
El cristiano que busca el aplauso, no ha entendido su fe.
El cristiano que busca ascensos y triunfos, no vive su fe.

Según Jesús:
El cristiano, no es el que se siente fuerte en el poder.
El cristiano, no apuesta por los triunfos.
El cristiano, apuesta por no tener miedo a nada ni a nadie.
El cristiano, apuesta por entregar su vida por el Evangelio.
El cristiano, es valiente, no arrogante.
El cristiano, tiene coraje ante los riesgos, sin presumir de sí mismo.
El cristiano, encuentra la fortaleza en Dios, incluso para dejarse matar.
El cristiano es el que da cara por Jesús, incluso con el riesgo de que lo eliminen.
El cristiano es el que da cara por el Evangelio, por más que sepa el peligro que le espera.

Esa valentía y ese coraje son su mejor garantía que tenemos delante del Padre.
Porque nuestro mejor testigo será sin duda el mismo Jesús.
Nosotros testigos de Jesús ante los hombres.
Jesús testigo nuestro delante del Padre.
El cristiano no tiene razón alguna para negar su fe y el Evangelio por nada.

¿Quién dijo que ser cristiano era fácil y era de débiles?
El que quiera puede hacer la prueba y luego que nos lo cuente.
No busquemos el camino de lo fácil que no lleva a ninguna parte.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: San Lorenzo

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la ida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva el Padre lo premiará”. (Jn 12,24-26)

Advierto que unos utilizan la Liturgia del tiempo ordinario. Y otros la Liturgia propia de San Lorenzo. Luego de consultar varios Calendarios he visto que litúrgicamente es fiesta. Y por tanto tiene lecturas propias que son las que nosotros utilizamos aquí.

El capítulo 12 de Juan diera la impresión de ser como una lectura de la escena del Huerto de los Olivos, que luego Juan omite, y una lectura que Jesús hace de su muerte.
Sentir miedo a la muerte parece algo natural.
Hasta Jesús tuvo esos sentimientos humanos.

Sin embargo, todo depende desde que lado miremos la muerte.
Si la miramos desde aquí, la muerte es el final.
Si la miramos desde el otro lado, la muerte es el comienzo de la vida.
La vida es como un grano de trigo.
Si lo miramos al sembrarlo es perderlo.
Si lo miramos cuando muere en la tierra, es ver brotar el germen que lleva dentro y se convierte en tallo y espiga.
Si lo miramos como grano que muere todo nos habla de invierno.
Si lo miramos como el grano que brota y echa tallo y echa espiga, nos habla de primavera y verano.

San Lorenzo nos habla de martirio.
Nos habla de grano quemado en la parrilla.
Pero a la vez, nos habla de nueva vida florecida en la primavera del martirio.

Nuestras vidas son como granos de trigo.
Si queremos conservarlas en el granero, quedan infecundas.
Si queremos sembrarlas y entregarlas por el Evangelio, florecen en la fecundidad de nueva vida.

Todos tenemos miedo a morir.
Porque no hemos descubierto que morir es nacer.
El niño que está en el vientre de la madre se siente feliz y contento.
Para él nacer es una especie de muerte.
Salir de aquel calor del útero materno, para hospedarse en este frío mundo, para él como un morir.
Y mientras tanto, nosotros estamos a este otro, lado esperando a que nazca una nueva vida.
Que la madre dé a luz una nueva vida.
Mientras el niño llora, nosotros aplaudimos y nos alegramos.
Morir no es morir, sino comenzar a vivir de verdad.

Somos granos de trigo que, si nos quedamos en el granero nos quedamos solos.
Somos granos de trigo que, si nos damos a los demás nos convertimos en vida.
Sembrados en la tierra del servicio a los demás.
Sembrados en la tierra de la entrega a los demás.
Sembrados en la tierra de la fidelidad al Evangelio.
Sembrados en la tierra de nuestra fidelidad a la Iglesia.
Sembrados en la tierra de nuestra fidelidad bautismal.

Llamados a morir, para que otros vivan.
Llamados a morir, para que haya buena cosecha.
Llamados a morir, para que haya pan en las mesas de los hombres.
Llamados a morir, para resucitar.
La vida está llena de pequeñas muertes que se hacen vida en los demás.
Morir a nosotros mismos para que nazca en nosotros el hombre nuevo pascual.
Morir a nosotros mismos para que otros puedan tener vida.
Morir a nuestras comodidades para que otros puedan descansar.
Morir a nuestros intereses para que otros puedan sentirse más libres.
Morir a nuestra vida mortal para que amanezca en nosotros la vida inmortal.
Morir en Viernes Santo para resucitar en el Domingo de Pascua.

No tiene miedo a morir quien tiene fe en la vida.
No tiene miedo a morir quien sabe que el morir es hacer posible la vida.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 18 a. Semana – Ciclo A

“El le contestó: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”. Ella los alcanzó y se puso ante él, y le pidió de rodillas: “Señor socórreme”. El le contestó: “No está bien echar a los perritos el pan de los hijos”. Pero ella repuso: “Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Jesús le respondió; “Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas”. En aquel momento quedó curada su hija”. (Mt 15,21-28)

Si esto fuese un partido de fútbol ya estoy escuchando ese grito estentóreo del locutor: “¡Gooooool!”
Es que esta mujer cananea, digamos pagana, le metió a Jesús un gol de media cancha.
Jesús como que la margina:
“Solo he venido para las ovejas descarriadas de Israel”.
La llama pagana.
“No está bien echar a los perritos el pan de los hijos”.
La llama perrita.
En el fondo diera la impresión de excluir del reino.

Pero ¡oh maravilla de la fe!
La mujer no se da por vencida.
Acepta lo de pagana.
Acepta que es una perrita.
Pero, cuando menos lo piensa: mete gol.
“No te pido el pan de la mesa, pero sí las migajas que comen los perritos”.

Y es aquí donde Jesús se siente como vencido:
A Jesús no le vencemos con muchas palabras.
A Jesús no le vencemos con muchas promesas.
A Jesús no le vencemos con muchos títulos.
A Jesús se le vence y convence con la fe.
A Jesús se le gana con la fe.
A Jesús se le conquista con la fe.
“Mujer, qué grande es tu fe”
¡Gooool! “que se cumpla lo que deseas”.

Personalmente me impresionó la frase de Martini cuando escribió “No hagamos católico a Dios”. Porque Dios no tiene apellido y es un Dios para todos.
Por eso, leyendo este relato del Evangelio de Mateo me viene la idea: “No reduzcamos la fe a solo los católicos”.
También puede haber mucha fe en los paganos, aunque no la sientan.
También puede haber mucha fe en los no creyentes, aunque se sientan gnósticos.
También puede haber mucha fe en aquellos que no son de la Iglesia.
También puede haber mucha fe en aquellos que no celebran dominicalmente con nosotros.

Esta mujer no era judía.
Era cananea, pagana.
Y sin embargo, mientras los judíos no le creen, esta no se detiene y persiste en su confianza en Jesús.
Y el mismo Jesús termina alabándola por “su gran fe”.
Y el mismo Jesús termina escuchando su dolor de madre.

No excluyamos a nadie.
No excluyamos a los que dicen que no tienen fe.
No excluyamos a los que dicen que “ya no creen”.
Solo Dios conoce la verdad del corazón de todos.
Solo Dios conoce la verdad del corazón del otro.
Solo Dios conoce la verdad de aquellos a quienes nosotros excluimos.
Solo Dios conoce la verdad de aquellos bautizados que un día abandonaron su fe.
Solo Dios conoce la verdad de aquellos que, por las mil una razones de la vida, han dejado de practicar.
Solo Dios conoce la verdad de aquellos que, no sabemos por qué, dicen haber abandonado la Iglesia.

El corazón humano es muy misterioso.
El corazón humano solo Dios lo conoce.
Aprendamos a aceptar a los que no piensan como nosotros.
Aprendamos a aceptar a los que no creen como nosotros.
Es posible que, a más de uno, también Dios le diga hoy: “qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas”.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 18 a. Semana – Ciclo A

“Los discípulos, viéndole andar sobre las agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: “¡Animo, soy yo, no tengan miedo!” Pedro le contestó: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. El le dijo: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua, acercándose a Jesús, pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: “Señor, sálvame” En seguida Jesús extendió la mando, lo agarró y le dijo: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?” (Mt 14, 22-36)

¿Algo que sucedió?
Algo que puede acontecer cada día.
Tanto en la vida personal de las comunidades como en la vida de la Iglesia.
El mar no siempre está en calma.
Allá por el mes de febrero el Atlántico y el Cantábrico se encabritaron con olas de has veintitantos metros.
Algunas embarcaciones se fueron al garete.
Las costas sintieron el furor del oleaje y sufrieron grandes estropicios.

Bella descripción de la realidad de la Iglesia.
Tiene momentos en los que navega tranquila.
Tiene momentos en los que los problemas en los que se ve envuelta, dan la impresión de hundirla.
Todos nos sentimos bien cuando la Iglesia está tranquila.
Todos comenzamos a tener miedo cuando la Iglesia se ve golpeada por las olas:
Las olas del ansia de poder.
Las olas de la lucha por el poder.
Las olas del pecado que pone al descubierto sus miserias espirituales.
Las olas que destapan ese oleaje interno que nadie veía hasta que se despierta.

En esos momentos:
Aparece lo humano de la Iglesia.
una Iglesia guiada exclusivamente por los hombres.
una Iglesia en la que todos comenzamos a dudar.
una Iglesia en la que todos comenzamos a dejar de creer.

Es el momento:
En que no vemos la “Iglesia de Jesús”.
En que no vemos a Jesús en la Iglesia.
En que solo vemos nuestra condición humana.
Y comenzamos a tener miedo.
Y es cuando Jesús se hace presente.
Pero nuestra falta de fe y nuestros miedos no lo reconocen.
Y lo vemos como un fantasma.
Y no le creemos por más que nos diga que “es Él”.
Y deformamos su presencia en medio de nosotros.

Y hasta nos atrevemos a pedirle pruebas de que realmente Él está ahí.
Que es Él y no un fantasma.
Pero nosotros, como siempre, le exigimos pruebas.
Pruebas que no son propias del hombre sino de Dios.
El hombre no está hecho para caminar sobre las aguas.
Ya le basta poder caminar por los caminos de la vida.
Y le pedimos pruebas en las que terminamos también nosotros hundiéndonos.

Creemos que Dios tiene que justificarse ante nosotros.
Y terminamos hundiéndonos más.
Y es entonces que se pone a prueba nuestra fe.
“¡Qué poca fe!” “¿Por qué has dudado?”

Las dificultades son las que someten a prueba nuestra fe.
Los momentos difíciles son los que prueban la verdad de nuestra fe.
¿Qué en la Iglesia nuestro pecado para hundirla?
Es entonces cuando hemos de avivar nuestra fe.
¿Qué en la Iglesia vemos demasiadas debilidades?
Es entonces cuando más hemos de creer en ella.
¿Qué a nosotros todo nos va mal?
Es entonces que tenemos que acudir a la verdad de nuestra fe.
¿Qué todo se nos parece hundir en nuestra vida?
“¿Por qué tenemos miedo? ¡Qué poca fe!”

Jesús no se nos manifiesta solo cuando todo es fiesta.
Jesús también se manifiesta cuando todo parece noche.
Jesús también se manifiesta cuando todo parece carecer de sentido.
Pero es entonces que:
En vez de ver fantasmas tenemos que abrir los ojos y reconocerle.
En vez de pedirle explicaciones a Dios tenemos que cerrar los ojos y que la fe lo ilumine todo.
Quiero una Iglesia santa.
Pero seguiré creyendo en mi Iglesia pecadora.
Quiero una Iglesia de santos.
Pero seguiré creyendo en la Iglesia de pecadores.
Que en vez de escandalizarme y tener miedo, se avive más mi fe.
Y que a pesar del pecado, pueda ver a Jesús que se acerca a nosotros.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 18 a. Semana – Ciclo A

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“Como se hizo tarde se acercaron los discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”. Jesús les replicó: “No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer”. Ellos replicaron: “Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces”. Les dijo: “Traédmelos”. (Mt 14,13-21)

Dos maneras de ver las cosas.
Dos maneras de solucionar las cosas.
“Despedir y que se vayan a comprar si quieren comer”.
“Dadles vosotros de comer”.
“Solo tenemos cinco panes y dos peces”.
“Traédmelos”.

Felizmente, al menos los discípulos, en el Evangelio de Mateo son ellos:
Los que ven el problema.
Al menos toman conciencia del hambre de la gente.
Claro que no es suficiente ver.
Porque se puede ver para quitarse de encima el problema.
No faltan quienes solucionan los problemas evitándolos y mandándolos lejos.

Los discípulos:
Ven el problema de la gente que tiene hambre y no tiene que comer.
Pero todavía no han cambiado de mentalidad.
Todavía siguen pensando como todo el mundo.
Todavía siguen metidos en el sistema del “vender y comprar”.
Todavía siguen pensando que cada uno ha de vérselas para buscar su propia solución.
Todavía no se sienten comprometidos con la solución del hambre de los demás.
Es su hambre, allá ellos, que se vayan.

Y es, precisamente entonces, que Jesús aprovecha la ocasión:
Para cambiarles de horizonte.
Para cambiarles de modo de pensar.
Para cambiarles de actitud.
Para anunciarles que es preciso cambiar de sistema.
Para hacerles ver que hay otras soluciones que no son el “despedirles” y que “vayan y compren”.
Que hay la solución de comprometerse ellos mismos.
Que hay la solución del compartir de lo que se tiene.
Que hay la solución de la “solidaridad”.

Que para que otros puedan comer:
No es preciso tener grandes riquezas.
No es preciso tener hasta sobrarnos.
No es preciso tener hasta ser millonarios.

Que para que otros coman:
Basta compartir lo poco que se tiene.
Que la caridad y el amor multiplican lo poco que tenemos.
Que lo poco puesto al servicio de los demás llega a muchos y sobra.
Que para que coman cinco mil hombres bastan cinco panes y dos peces.
Que cuando lo poco que tenemos lo bendecimos da para que coman todos y aún sobren un montón de cestos.

Lo poco con amor, llega a muchos.
Lo mucho sin amor, apenas llega para uno mismo.
Lo poco compartido da de comer a muchos.
Lo muchos acumulado da de comer a pocos.

No es problema de cuánto tenemos.
Es problema del sistema de “vender y comprar”.
Es problema de ver pero no solidarizarnos.
Es problema de cambiar el sistema de comprar por el sistema “de dar de los nuestro”.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: La Transfiguración del Señor

Transfiguration bloch.jpg“Se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos blancos como la luz. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “Señor, es bueno quedarse aquí. Si quieres, haré tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa les cubrió, y salió de la nube una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escúchenlo”. (Mt 17,1-9)

Todos tenemos momentos maravillosos en nuestra vida.
Todos tenemos momentos en los que Dios se transfigura delante de nosotros.
Todos tenemos momentos en los que Dios se hace sensible en nosotros.
Todos tenemos momentos en los que Dios pareciera estar de nuestra parte.
Como todos tenemos momentos de oscuridad.
Todos tenemos momentos en los que nos preguntamos ¿dónde está Dios?
Todos tenemos momentos en los que pareciera que nos ha olvidado.

Y todos tenemos la tentación de Pedro:
¿Qué bien nos sentimos ahora que todo nos sale bien?
¿Qué bien estamos ahora que no tenemos dificultades?
¿Qué bueno es ser cristiano ahora cuando no tenemos problemas?
¡Qué bien se está en una Iglesia sin problemas!
¡Qué bien se está en un mundo sin problemas!
¡Qué bien se está en una familia sin problemas!
¡Qué bien se está en una sociedad sin problemas!
¡Qué bien se está en una comunidad sin problemas!
Porque todos tenemos la tentación de instalarnos en lo cómodo.
Porque todos tenemos la tentación de quedarnos en lo fácil.
Porque todos tenemos la tentación de quedarnos donde estamos sin compromiso.
Porque todos tenemos la tentación de un cristianismo sin complicaciones.
Porque todos tenemos la tentación de un cristianismo sin problemas.

La transfiguración:
Es una experiencia de la belleza de Jesús.
Es una experiencia de la belleza de Dios.
Es una experiencia de la belleza de nuestra fe.

Pero no es un motivo para quedarnos disfrutando de Dios olvidándonos de los demás.
No es un motivo para ser cristianos indiferentes.
No es un motivo para ser cristianos que solo se contentan con su propia felicidad.
No somos contemplativos inútiles de Dios.
No somos contemplativos que solo pensamos en nosotros.
No somos contemplativos que solo piensan en su felicidad.
No somos contemplativos que solo piensan en ellos mismos y se olvidan del resto.
No somos contemplativos que se olvidan de ver los problemas de los demás.
No somos contemplativos que se olvidan del sufrimiento de los demás.

Somos cristianos:
Que solo nos buscamos a nosotros mismos.
Que solo pensamos en instalarnos en las alegrías de nuestra fe.
Pero que no queremos complicaciones.

Por eso mismo:
Jesús no acepta ese criterio de instalarse en lo cómodo.
Jesús no acepta ese criterio de instalarlos olvidándonos de los otros.
Jesús no acepta ese criterio de disfrutar de él y quedarnos a disfrutar su experiencia.
Jesús sabe que abajo están el resto de los discípulos.
Jesús sabe que abajo están los hombres con sus problemas.
Jesús sabe que abajo están los hombres con sus sufrimientos.
El Papa Francisco dice: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades”. “Hemos de salir hasta las periferias”.

Es bella la transfiguración porque nos revela un Jesús distinto.
Es bella la transfiguración porque nos revela a un Jesús “Hijo amado del Padre”.
Es bella la transfiguración porque el Padre declara a Jesús como su única palabra.

Pero la transfiguración no es una invitación a quedarnos solo nosotros a disfrutar de Dios.
La transfiguración no es una invitación a olvidarnos de los que nos necesitan abajo en el llano.
La transfiguración no es una invitación al intimismo.
Es una invitación a hacer la experiencia íntima de Jesús.
Pero también una invitación a hacer la experiencia del sufrimiento humano.
Es la invitación a expresar nuestro gozo con los que no han visto.
Es la invitación a comprometernos con los que viven lejos.
Se sube a la contemplación de Jesús, no para quedarnos ensimismados.
Sino para sentir nuevas fuerzas para identificarnos con los hombres.

Clemente Sobrado cp.