Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 28 – Ciclo A

“El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Vayan ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encuentren invítenlos a la boda Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos”. (Mt 22,1-14)

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Dios no invita a velorios.
Dios invita siempre a la fiesta.
Dios no invita a una vida sin alegría.
Dios invita siempre a la celebración de bodas.
Dios invita siempre al banquete de la vida.

Yo me pregunto:
¿Por qué los hombres aceptamos ir a cualquier boda?
¿Por qué nos resistimos a aceptar la invitación de Dios?
¿Por qué tenemos miedo tanto miedo a las invitaciones de Dios?
Nos invita a ser sus hijos y nosotros nos resistimos.
Nos invita a compartir su propia vida y nos resistimos.
Nos invita a la vida de la gracia, y nosotros preferimos el otro camino.
Nos invita a la comunidad eclesial, y nosotros preferimos nuestro individualismo.
Nos invita a vivir la fiesta de la fe, y nosotros ponemos todas las dificultades.
Nos invita a vivir la alegría de ser hermanos, y nosotros preferimos sentirnos como extraños.

Creo que los cristianos tenemos una gran deuda con Dios:
El quiere que vivamos la fiesta, y nosotros pensamos que eso debe ser aburrido.
El quiere un cristianismo alegre, y nosotros se lo ponemos tan serio que no anima a nadie.
El quiere ser un padre, y nosotros lo hemos declarado un suegro amargado.
Dios quiere vernos sonreír, y nosotros ponemos cara de pocos amigos.
El habla de boda y nosotros empeñados en velorios.
Creo que estamos en deuda de devolverle a Dios:
la sonrisa.
la fiesta de la alegría.
su verdadero rostro.
En deuda de devolverle su verdad a Dios deformada por nosotros.
Alguien escribió con humor negro: “En el cristianismo, todo aquello que nos agrada, o es pecado o engorda”.
Hemos hablado más del pecado que de la gracia.
Hemos hablado más del infierno que del cielo.
Hemos hablado más de la muerte que de la vida.
Hemos hablado más de la condenación que de la salvación.
Hemos hablado más del juicio que del abrazo comprensivo de Padre.

¿No seremos nosotros los culpables:
De que muchos se resistan a asistir a la boda?
De que muchos pongan excusas de participar en el banquete de bodas?
De que muchos hayan perdido el apetito de la boda de Dios con nosotros?
De que muchos hayan perdido el apetito de la fiesta dominical?
De que muchos hayan perdido el gusto de la vida de gracia y se sientan mejor viviendo de espaldas?

Es preciso devolverle a Dios el sentido de boda.
Es preciso devolverle al cristianismo el sentido de fiesta.
Hagamos apetecible la llamada de Dios.

Digamos como Isaías:
“Tú multiplicaste la alegría, acrecentaste el gozo” (9,2)
“Dad gritos de gozo y júbilo”. (12,9)

O con Zacarías:
“¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén, que viene a ti tu Rey, justo y victorioso!” (9,9)

O como dice el Papa Francisco:
“Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos, para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e iniciar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años”.

La nueva evangelización tendrá que ser la evangelización de la boda, que atraiga a todos y no espante a nadie; donde todos quieran entrar y ninguno quiera salir.

Clemente Sobrado cp.

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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 27 a. Semana – Ciclo A

“Estaba expulsando un demonio que era mudo; cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: “Por Belzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios. Otros para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo”. (Lc 11,15-26)

¡Cuánto nos cuesta reconocer los dones y cualidades de los demás!
¡Cuánto nos cuesta reconocer los éxitos de los demás!
¡Cuánto nos cuesta reconocer los triunfos de los demás!
¡Cuánto nos cuesta alegrarnos de los éxitos de los demás!
¡Cuánto les costaba aceptar los triunfos de Jesús sobre el mal!

Si hacía milagros era porque lo hacía en nombre del diablo.
Si echaba demonios era porque lo hacía por arte del príncipe de los demonios.
Si hablaba cosas nuevas, “era el hijo del carpintero”.
Si cuando entraba en Jerusalén y la gente le aplaudía y entonaba himnos, le ordenan que la mande callar.

Una de las cosas que siempre he admirado en las personas es:
Cuando los demás saben reconocer los triunfos de los otros.
Cuando los demás saben aplaudir los éxitos de los de los otros.
Cuando los demás saben reconocer las cualidades de los otros.
Cuando los demás saben reconocer la bondad de los otros.

Porque revela la bondad de sus corazones.
Porque revela la honestidad de sus corazones.
Porque revela la sinceridad de sus corazones.
Porque revela la generosidad de sus corazones.

En cambio cuando no somos capaces de ver lo bueno de los demás, es posible que estemos revelando:
Lo raquítico que es nuestro corazón.
Lo pequeño que es nuestro corazón.
La envidia que llevamos dentro.
El fastidio que nos causa ver que los otros son importantes.

Conozco a una persona, cuyo nombre me reservo, que vive en constante angustia.
¿Razones?
Ella se siente fea…. Bueno, ¡tampoco tiene mucho que exhibir!
Mientras que su hermana, a quien no tengo el gusto de conocer, dice que es guapísima.
La verdad que no sé si es para tanto.
Pero ella se muere de angustia y desesperación.
Hasta llega a decir que la odia.

¡Que grande es nuestro corazón!
¡Qué pequeño es nuestro corazón!
¡Cuánta grandeza hay en nuestro corazón!
¡Y cuánta pobreza llevamos dentro!

Pienso que una manera de conocer el corazón propio y el de los demás, pudiera ser:
Ver cómo reacciona frente a los demás.
Ver qué siente cuando a alguien le aplauden.
Es linda la anécdota que cuentan de aquel chiquillo que, pobrecito no tenía demasiadas cualidades. En el Colegio habían organizado un teatro. A él no le escogieron. Y la profesora se dio cuenta de que estaba triste por no participar. Hasta que un día, llegó a casa feliz.
– ¡Mami, mami, mañana vamos a actuar en el Colegio! La mamá le preguntó:
– ¿Y tú vas a tomar parte?
– ¡Claro que sí! ¿Y cuál es tu papel?
– A mí me han pedido que me siente en la primera silla y aplauda aunque vea que alguien se equivoca.

Es posible que el cuento parezca demasiado simple. Sin embargo, pienso cuánta más alegría llevaríamos dentro si nuestro papel fuese el de aplaudir, incluso cuando alguien se equivoca.

A Jesús le admiraban los sencillos de corazón.
A Jesús le aplaudía la gente sencilla: “cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron”.
Y mientras los sencillos le admiraban, los sabios, se dedicaban a desinflar el entusiasmo, diciendo que no era él quien actuaba, sino el demonio que había en él. ¡Puestos a ser raquíticos, lo somos de verdad!

Clemente Sobrado cp.

Nuestra Señora del Pilar

“Mientras Jesús hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron: Pero él repuso: “Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.(Lc 11,27-28)

Virgen del Pilar

La gente sencilla del pueblo es maravillosa.
No es habla tanto con la cabeza cuanto con el corazón.
Tiene una gran sensibilidad y por eso admira la predicación y la enseñanza de Jesús.
Y no se podía esperar de una mujer del pueblo.
Como madre también ella piensa en la grandeza de la Madre que engendró, llevó en su vientre y amamanto a Jesús.
Resulta curioso el piropo:
No es un piropo directamente dicho a Jesús.
Es un piropo dicho a su madre.
La grandeza y la belleza de la predicación del hijo la admiran.
Pero su corazón piensa en la grandeza de la madre que tiene un hijo como él.

La mayor grandeza de los padres son los hijos.
La grandeza de los padres se manifiesta en la grandeza de los hijos.
Son los hijos los que nos hacen padres.
Pero son también ellos los que nos dan las grandes satisfacciones, como también los grandes disgustos.
El mayor monumento que podemos levantar a la maternidad y paternidad es, sin duda, el hijo.
Y los monumentos no son tanto para ser admirados como tales.
Sino para hablarnos de alguien a quien queremos recordar.
La grandeza de la maternidad la descubrimos en la grandeza del hijo.
Son los hijos los que nos hacen admirar y recordar a los padres.

Pero Jesús tiene la finura de darle la vuelta siempre a las cosas.
La mujer sencilla del pueblo expresa su admiración a través de su madre.
De la grandeza del hijo ella admira la grandeza de su madre.
En tanto que Jesús valora a su madre de otra manera.
Su madre, es ciertamente grande por tener un hijo así.
Pero la verdadera grandeza de su “Madre” está:
En que escuchó la palabra de Dios.
En que dijo sí a la palabra de Dios.
En que se dejó fecundar por la palabra de Dios.

En el plano de lo humano la verdadera grandeza de una madre es su hijo.
En el plano del Evangelio la verdadera grandeza de una mujer está:
En haber abierto su corazón a la palabra de Dios.
En haber creído a la palabra de Dios, aún sin comprenderla.
En haberse hecho disponible a la palabra de Dios.
La verdadera grandeza de “mamá María” está en haber dicho “hágase en mí según tu palabra”.
La misma Isabel la felicitó: “Dichosa tú porque has creído lo que se te ha dicho, porque se cumplirá”.
Ella es “la mujer de la palabra”.
Ella es “la madre de la palabra”.

Dios se rebajó a la condición humana haciéndose Palabra.
El hombre se engrandece a la condición divina escuchando la Palabra.
El creyente es grande porque se fía de la Palabra.
El creyente es grande porque se deja fecundar por la Palabra.
El creyente es grande porque escucha y pone por obra la Palabra.
El creyente es grande porque anuncia la Palabra.
El creyente es grande cuando es capaz de decir “Hágase en mí según tu Palabra”.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 27 a. Semana – Ciclo A

“Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigos suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre”. (Lc 11, 5-13)

Volvemos al tema de la oración.
Una oración que, con frecuencia, por falta de constancia y perseverancia, silenciamos.
Tocamos el timbre, si nadie responde nos vamos.
Llamamos por teléfono, si nadie nos responde dejamos de llamar.
Llamamos a Dios, si no nos responde de inmediato, dejamos de orar.

Cuentan que a alguien le ofrecieron un millón de dólares. Pero tenía que acertar con el número. Y eran un montón de números. Empezó ansioso a buscar número por número. Cuando había contado hasta 999.998 se hartó y los tiró todos pensando que todo era un engaño. Y ¡qué curioso! El número premiado era el único que faltaba. El 999.999.
Con frecuencia la oportunidad y la respuesta están en la siguiente puerta. Solo faltaba dar unos pasos más y la puerta se abriría.
Lo mismo sucede con la oración. Oramos y si no tenemos respuesta lo mandamos todo a paseo.
Dios me ha engañado diciendo que pida y se me concederá.
Y la oración no es cuestión de cuántas veces le pedimos, sino de esa actitud orante de nuestro corazón.

Siempre he admirado a Santa Mónica que se pasó treinta años orando por su hijo Agustín.
¿Alguien esperaría treinta años?
Claro que con Dios no hace falta esperar ni se hace rogar.
Dios siempre escucha y siempre abre la puerta.
Somos nosotros los que necesitamos esa disposición de la constancia en la oración.
La oración primero tiene que cambiar nuestros corazones.
La oración primero tiene que avivar la fe en nuestros corazones.
La oración primero tiene que despertar en nosotros la esperanza.

Y sobre todo:
La oración tiene que abrir nuestros corazones a la confianza.
La oración tiene que abrir nuestros corazones a la amistad con El.
La oración tiene que abrir nuestros corazones a la esperanza.

Porque la oración es:
Una actitud de amistad.
Una actitud de abandono.
Una actitud de intimidad.
Un encuentro de amigos.

La insistencia del amigo trata de convencer al amigo y arrancarle el favor.
La insistencia ha de revelar nuestra confianza.
Porque a Dios no tenemos por qué convencerle.
Porque a Dios no tenemos por qué arrancarle el que se levante de la cama.
Porque a Dios no tenemos por qué despertarle para que nos dé unos panes.
La oración no cambia a Dios.
La oración tiene que cambiarnos a nosotros.
La oración es perseverante como la amistad.
La oración es perseverante como el amor.
La oración es perseverante como la esperanza.

¿Alguien se cansa cuando está con el amigo?
¿Alguien se cansa cuando está enamorado?
La insistencia nace de la profundidad del amor.
La perseverancia nace de la hondura de la amistad.
Nadie ama de verdad mirando al reloj.
El amor no tiene reloj, tiene todo el tiempo.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 27 a. Semana – Ciclo A

Jesús orando“Una vez que estaba Jesús orando, en cierto lugar, cuando terminó, uno de los discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. El les dijo: “Cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu nombre”. (Lc 11,1-4)

Muy en los comienzos de mi vida sacerdotal, tuve una linda experiencia, que luego me ha servido mucho. Una familia amiga me invitó a su casa. Tenían la costumbre de que, antes de sentarse a la mesa, leían unos versículos del Evangelio y hacían unas pequeñas oraciones. Los niños participaban en todo, incluso por turno solían bendecir la mesa. En esto me doy cuenta de que la más chiquita, que solo hablaba algunas palabras, nos miraba a todos con sus grandes ojos. Y como no hablaba yo veía que ella unía sus manitos y movía los labios. ¿Qué pensaba y que decía no lo sé? De lo que sí estoy seguro es cómo “el ejemplo, más que las palabras arrastra”.

Algo parecido le sucedió a Jesús con los suyos.
El oraba, pero no les obligaba a ellos a orar.
Pero su costumbre de orar despertó en ellos también la “curiosidad”, no sé si decir “necesidad” de orar.
No les mandó orar, esperó que ellos mismos sintiesen necesidad de hacerlo.
Porque una oración impuesta, puede parecer hasta un castigo.
Y la oración tiene que salir y brotar del corazón.
No hablamos con el amigo porque nos obligan.
Hablamos con el amigo por la misma amistad que nos une.
No hablamos con Dios porque nos lo exigen.
Hablamos con Dios porque nuestro corazón siente necesidad.

Para orar cristianamente, hay que tener ganas de orar.
Para orar cristianamente, hay que sentir deseos de hablar con Dios.
Para orar cristianamente, hay que sentir necesidad de compartir nuestros sentimientos con El.

Por eso no enseñamos a orar imponiendo el aprender de memoria ciertas oraciones.
Enseñamos a orar, cuando nosotros oramos sin exigírselo a nadie.
Enseñamos a orar, cuando orando nosotros despertamos deseos en los demás.
Enseñamos a orar, cuando los hijos nos ven a nosotros los grandes orando.
Enseñamos a orar, no con imposiciones, sino con el ejemplo.
Enseñamos a orar a nuestros fieles, cuando ellos ven en nosotros hombres de oración.
Enseñamos a orar a nuestros aspirantes a la vida consagrada, no cuando acudimos a las exigencias de las Reglas y Reglamentos, sino cuando ven una comunidad en oración.

Están bien los libros que hablen de la oración.
Pero los libros no suplen a los que oran.
¿Recuerdan al Peregrino Ruso?
Quería aprender a orar y todo el mundo a quien consultaba, le recomendaba libros.
Hasta que un día encontró un hombre de oración y comenzó a orar con él.
Es que la oración no puede nacer de la simple voluntad.
La oración tiene que nacer del deseo.
La oración tiene que nacer de la necesidad del corazón.

Por eso, cuando Jesús les enseñó la primera oración comienza por la experiencia de la paternidad divina y de nuestra filiación. “Padre”.
La primera oración, no comienza pidiendo cosas, sino sintiendo la admiración de Dios como Padre.
La primera oración, no comienza como mendigos que necesitan algo, sino metiéndonos en la experiencia de la paternidad de Dios.
La primera oración, no comienza como pedigüeños, sino como una actitud de admiración, de pasmo ante el misterio de Dios. “Santificado sea tu nombre”.
La primera oración, no comienza por nuestros intereses, sino por ese meternos en el misterio de los planes de Dios que quiere un mundo nuevo. “Venga tu Reino”.

Solo después es posible pedirle:
El pan del mañana dánoslo hoy, para que no estemos preocupados.
Perdónanos como perdonamos porque es la mejor manera de crear esa nueva comunidad fraterna de amor.
Y no nos dejes caer en la tentación, porque reconocemos que nosotros somos débiles y queremos ser fieles a tu amor y nos tenemos miedo a nosotros mismos. Y queremos ser fuertes, porque queremos ser fieles a tu amor.

Necesitamos “maestros de oración”, pero primero necesitamos “hombres de oración, padres de oración, sacerdotes de oración, comunidades de oración”.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 27 a. Semana – Ciclo A

MARTA, MARTA: ANDAS INQUIETA Y NERVIOSA CON TANTAS COSAS“Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano. Pero el Señor le contestó: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas, solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se le quitará”. (Lc 10,38-42)

Jesús en una casa de familia amiga.
Dos hermanas que le abren las puertas.
Dos actitudes distintas, pero complementarias.
Marta, la mujer del servicio.
María, la mujer de la escucha.
Marta, la mujer del almuerzo.
María, la mujer de la palabra.

Marta, la mujer inquieta y nerviosa queriendo que todo salga bien.
María, la mujer tranquila que prefiere sentarse a escuchar la palabra de Jesús.
Marta, la mujer que se queja de que la dejen sola con el servicio.
María, la que no dice ni palabra, prefiere la tranquilidad de la conversación y compartir la amistad con Jesús.

Y Jesús en medio.
Jesús no recrimina a Marta, sencillamente le hace ver:
Que en la vida hay cosas necesarias, pero también prioridades.
La primera actitud del cristiano debe comenzar por escuchar a Dios en el corazón.
Luego la palabra ser hará servicio.
Ni la palabra sola ni solo el servicio.
Sabemos que el almuerzo es necesario, porque con el estómago vacío tampoco se escucha.
Pero el almuerzo solo tampoco es suficiente.
Somos algo más que estómago.
También el alma necesita ser alimentada por la compañía y la palabra de Dios.
Jesús no menosprecia el buen almuerzo.
Pero destaca que el mejor alimento será siempre la palabra de la amistad.

Lo que Jesús dice a Marta es que anda “inquieta y nerviosa”.
Con frecuencia estamos tan ocupados que no disponemos de tiempo para la escucha de Dios.
Con frecuencia tenemos tantas cosas que hacer, que no nos llega el tiempo para descansar y escucharnos a nosotros mismos y escuchar a Dios en nuestro corazón.
No es que no queramos orar.
Sencillamente no disponemos de tiempo.
O lo hacemos a última hora cuando ya nos morimos de sueño.
Y lo hacemos sencillamente por cumplir.

La oración, como encuentro personal con Dios es esencial en nuestras vidas.
El tiempo que dedicamos a la oración puede decirnos qué lugar ocupa Dios en nuestras vidas.
Cuando dejamos la oración para la última hora y cuando estamos que ya no damos para más, significa que Dios:
No ocupa el primer lugar en nuestras vidas.
Sino que le damos el tiempo que nos sobra.
El problema no es si creemos o no en Dios.
Sino, qué lugar ocupa y qué importancia le damos
Cuando le damos solo las sobras, no es nuestro verdadero comensal.
Seglares que oran “si tienen tiempo” y normalmente, todos carecemos de tiempo.
Sacerdotes que oran, “si tienen tiempo”, pero de ordinario, tampoco tienen tiempo.
Religiosos que oran, “si tienen tiempo”, pero tenemos muchas cosas menos tiempo. Todos vamos llenando nuestras vidas de “hacer cosas” y no queda espacio para El.
Alguien decía a los sacerdotes que, “el día que no tengan media hora para dedicarse a la meditación, ese día dedíquenle tres cuartos de hora”.
La escena de Marta y María pudiera prestarse a hacernos muchas preguntas:
¿Cuál es lo primario y esencial en nuestras vidas?
¿Qué lugar ocupa Dios en nuestras vidas?
¿Cuánto tiempo le dedicamos cada día a los amigos, a la TV, a los periódicos?
¿Y cuánto le dedicamos a El?
Me parece linda la respuesta de aquellos nativos que decían al misionero: “Ustedes tienen reloj, pero nosotros tenemos el tiempo”. Tenemos relojes de precisión, pero carecemos de tiempo para todo, por eso andamos todos “inquietos y nerviosos”.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 27 a. Semana – Ciclo A

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

“Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús dijo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de de unos bandidos que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Lo mismo hizo un Levita… Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y montándolo en su propia cabalgadura…” (Lc 10,25-37)

buen samaritano fano 16Pareciera que eso de amar a Dios no tiene mayores dudas.
Que lo amemos realmente como se nos pide ya es harina de otro costal.
Sin embargo, nos preocupa más lo del amor al prójimo.
Comenzando por no saber quién es mi prójimo.
No pregunta ¿Y quién es Dios?
Pero sí pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”
Si preguntamos a la sociología nos dirá que “prójimo es el que está cerca de mí”.
Pero si le preguntamos a Jesús, la respuesta sociológica hace agua.
Porque para Jesús prójimo no el que está a mi lado, sino aquel a quien yo me acerco.
Tenemos tantos prójimos como personas a las que nos acercamos.

Benedicto XVI en su primer Encíclica “Dios es caridad” nos da una definición, comentando precisamente este Evangelio, donde dice: “Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar”.
Prójimo es cualquiera que está triste y yo puedo llevarle un poco de alegría.
Prójimo es cualquiera que está solo y yo puedo hacerle compañía.
Prójimo es cualquiera que tiene hambre y yo puedo darle de comer.
Prójimo es cualquiera que está enfermo y yo puedo visitarlo.
Prójimo es cualquiera que está necesitado y yo puedo hacer algo por él.
Prójimo es cualquier extranjero que se siente solo y yo puedo acompañarle.
Prójimo es cualquier desconocido y a quien yo puedo saludarle cordialmente.
Prójimo es cualquiera que vive lejos y a quien yo puedo acercarme.

La idea de prójimo trasciendo lo geográfico, lo cultural, lo social, lo religioso.
Prójimo es “cualquiera” al que yo puedo tender una mano.
Esté cerca o esté lejos.
Sea de los míos o sea de los otros.
Sea creyente o sea pagano.
“Aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora. La Iglesia tiene siempre el deber de interpretar cada vez esta relación entre lejanía y proximidad, con vistas a la vida práctica de sus miembros”. (DC n 15)

Para Jesús: el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. “Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí; en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios”. (DC n.15)

“El amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios” (DC 16)
Amar a Dios sin amor al prójimo es no amar a nadie.
Amar a Dios dando un rodeo para no encontrarnos con el que nos necesita, es negar nuestro amor a Dios.
Dios se hace “prójimo” de los hombres en su encarnación.
Nosotros nos hacemos “prójimos” de Dios acercándonos al hombre.
El hombre es el “puente” por el cual Dios llega hasta nosotros.
El hombre es el “puente” por el cual nosotros llegamos a Dios.

El pagano samaritano que baja del caballo y se acerca al hombre herido, está mucho más cerca de Dios que el Sacerdote y el Levita que “dan un rodeo” para no verlo.
Se puede estar cerca del altar y estar muy lejos de los necesitados.
Se puede estar cerca del altar y estar muy lejos de Dios.
Se puede no acercarse nunca al altar y acercarse muy a Dios en el altar del hombre herido.

Amar a Dios no puede ser un simple acto o momento.
Es una actitud de todo nuestro ser para con él.
Amar al prójimo no puede reducirse a un simple gesto.
Es una actitud de todo nuestro ser para con los que nos necesitan.

Hacernos prójimos de nuestros prójimos.
Es acortar distancias.
Es interrumpir lo nuestro para dedicarnos al otro.
Es curar heridas con el aceite y vino de nuestro amor.
Es levantar al otro aunque yo tenga que ir a pie.
La pregunta es bien concreta:
¿Cuántos necesitan hoy de mí?
¿A cuántos puedo ayudar hoy?
¿A cuántos puedo hacer mis prójimos?
¿De cuántos me puedo hacer yo prójimo?

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 27 – Ciclo A

“Por último mandó a su Hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”. Pero los labradores se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con la herencia.” Y agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña lo mataron”. (Mt 21,33-43)

El ansia de tener, ciega nuestros criterios.
El ansia de hacernos dueños, ciega nuestra mentalidad.
El ansia de tener, rompe todos nuestros esquemas mentales y valores.
Es un anuncio más de la muerte de Jesús.
Pero también es una denuncia de lo que llevamos en el corazón.
El ansia de tener.
El ansia de poseer.
El ansia de de poseer a cualquier precio.
Donde las personas no son importantes.
Donde el tener y poseer vale más que las personas.

¿A cuántos hemos matado para quedarnos con su hacienda?
¿A cuántos hemos matado para quedarnos con sus bienes?
¿A cuántos hemos matado por nuestras ansias de ser dueños?
Hijos que asesinan a sus padres para hacerse dueños de su fortuna.
Madre que mueren en manos de sus hijos para quedarse con sus bienes.
Esta es una historia que aparece cada día en los periódicos.
Hijos para quienes los bienes de los padres son más importantes que los padres.
Hijo que hoy están en la cárcel por parricidio o marricidio por la ambición de tener.

Es triste, pero es la realidad:
Que las cosas sean más importantes que las personas.
Que las cosas sean más importantes que la paternidad y la maternidad.
Un mundo cuya enfermedad es el “ansia de tener”.
Un mundo cuya enfermedad es el “ansia de poseer”.
No sé lo que sucederá en otros lugares.
Pero esta es la realidad de nuestro país.

Pero hay muchas maneras de hacernos dueños.
Y hay muchas maneras de matar.
¿Acaso no sucede también esto en la Iglesia?
Sabemos que la Iglesia no es nuestra sino de Jesús.
Pero nosotros queremos hacernos los dueños de la Iglesia.
Sabemos que la Iglesia no es de los jerarcas ni de los pastores.
Pero nosotros queremos hacernos dueños de la Iglesia.
Y el camino es claro:
Eliminar al Pueblo de Dios como si no fuese Iglesia.
Prescindir del Pueblo de Dios como si él no significase nada en la Iglesia.

A Jesús lo matamos para hacernos dueños de la religión.
A los mártires los matamos para hacernos dueños de la Iglesia.
Hoy matamos a los seglares para adueñarnos de la Iglesia.
¿Dónde están los seglares en la Iglesia?
¿Dónde están los seglares en los centros de decisión?
¿Dónde están los seglares en la Curia romana?
¿Dónde están los seglares en las decisiones diocesanas?
¿Dónde están los seglares en las decisiones parroquiales?

No solo se mata apedreando.
No solo se mata echando fuera de la viña.
Se puede matar ignorando a los demás.
Se puede matar prescindiendo de los demás.
Se puede matar haciéndonos dueños de las decisiones de la Iglesia.
Se puede matar silenciando al Pueblo de Dios.

El Papa Francisco lo expresa con claridad:
“Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por el proselitismo sino por la “atracción”.
Pero ¿puede haber atracción allí donde uno es marginado y que carece de voz y decisión?”

La Iglesia no es del Papa. El es cabeza.
La Iglesia no es de los Obispos y sacerdotes. Ellos son pastores.
La Iglesia es el Pueblo de Dios entero.
Y nadie puede quedar excluido.
Primero matamos a Jesús crucificándolo.
Ahora podemos matar al Pueblo de Dios silenciándolo.
Y nos quedamos con una Iglesia clerical y sacerdotal.

Clemente Sobrado cp.