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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 21 a. Semana – Ciclo B

“Habló Jesús diciendo: “¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros encalados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crímenes. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas..!” (Mt 23, 27-32)

Acostumbrados a la mansedumbre y comprensión de Jesús, resulta un tanto extraño este discurso lleno de violencia.
Sin embargo el Evangelio no lo suprime sino que le da gran importancia, sobre todo en el Evangelio de Mateo.

Es fácil ser duros con los débiles.
Es fácil ser claro con los pobres.
Es fácil ser valiente con los marginados.
Es fácil decir la verdad a los débiles.
Es fácil decir en cara la verdad a los pobres.
Lo difícil es:
Decir la verdad a los de arriba.
Decir la verdad de los grandes.
Decir la verdad de los que ocupan altos puestos.
Decir la verdad a los que mandan.
A estos preferimos el silencio.
A estos preferimos la mentira.
A estos preferimos la adulación.
Con estos preferimos no hacernos problemas.
Por eso la alabanza a los de arriba suele tener mucho de mentira.

Hay que tener mucha libertad de espíritu para decir la verdad a los que mandan.
Hay que tener mucho coraje para corregir a los de arriba.
Hay que tener mucha la valentía para destapar la mentira de los grandes.

En cambio Jesús:
Tenía suficiente libertad para decir la verdad también a los jefes.
Tenía suficiente libertad para decir la verdad a los responsables.
Tenía suficiente libertad para decir la verdad a los que mandaban.
Tenía suficiente libertad para decir la verdad a los poderosos.

¿Se atreven los hijos a decir la verdad a sus padres?
El miedo y los intereses los hace muchos.
No los alabarán pero tampoco se atreverán a criticarlos.

¿Quiénes se atreven en la Iglesia a decir ciertas verdades a los de arriba?
El título no es garantía alguna de vivir en la verdad.
Todos somos testigos de que en las alturas de la Iglesia tampoco todo es santidad.
Pero todos nos callamos:
Unos por miedo.
Otros por intereses.
Otros por no hacernos problemas.

No tenemos la suficiente libertad para decir la verdad.
Ni tenemos la suficiente libertad para destapar la mentira.
Preferimos refugiarnos en el silencio.
Y lo peor es refugiarse en la adulación.
Pablo no tuvo reparo en enfrentarse con Pedro.
Pero nosotros sí tenemos miedo descubrir la mentira.

Clemente Sobrado C. P.

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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 20 a. Semana – Ciclo B

“En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente…” (Mt 23, 1-12)

¿Crítica a la autoridad?
¿Crítica al ejercicio de la autoridad?

Uno de los problemas hoy más comunes en las grandes asambleas eclesiales suele ser: La falta de coherencia entre lo que somos y lo que hacemos.
La falta de coherencia entre lo que decimos y lo que vivimos.
Y esta es la crítica de Jesús a las autoridades religiosas que dicen actuar en nombre de Moisés.
Tres rasgos fundamentales:
“Hagan lo que dicen”.
“No hagan lo que hacen”.
“Buscan ser vistos y admirados por la gente”.
“Cargan fardos pesados sobre los demás, sin que ellos muevan un dedo”.

Documentos estupendos.
Homilías bien armadas.
Grandes maestros.
Lo cual está bien. Jesús no cuestiona el magisterio.
“Hagan lo que dicen”.
Muchos títulos académicos.
Muchos diplomas de intelectualidad.

¿Serán suficientes los títulos académicos para ejercer la autoridad?
¿Serán suficientes los diplomas para elegir a los responsables de las comunidades?
No dudamos de la necesidad de conservar la ortodoxia.
No ponemos en duda la necesidad de defender la verdad.
Pero ¿lo es todo la ortodoxia en la vida de la Iglesia?
La verdad es necesaria, pero Jesús dirá luego “no dejéis que la gente os llame Maestros”.

Lo que Jesús cuestiona es la vida de los que ocupan la cátedra de Moisés.
“Porque ellos no hacen lo que dicen”.
Jesús es la verdad. ¿De que sirve la verdad sin vida?
Jesús es el camino. ¿De qué sirven los caminos si luego no andamos por ellos?
Por eso Jesús es la vida.
Y la vida es el mejor magisterio y el mejor camino.
Puede haber mucha vida, aunque no haya mucha teología.

El saber mucho puede ser una manera de lograr prestigio. “¡Cuánto sabe!”
La verdad si no va acompañada:
Del respeto a los demás.
De la valoración de los demás.
De la ayuda al servicio de los demás.
Puede convertirse más en valoración de sí mismo que en caridad para con los otros.

Uno de los signos de la coherencia entre autoridad y comunidad.
Uno de los signos de coherencia entre el servicio a la verdad y la comunidad.
Es sin duda alguna:
“No cargar fardos pesados sobre los demás”.
“No hacer más difícil el camino de los demás”.
“Ayudar a los demás a llevar sus propios problemas”.
“Aliviar a los demás sus propias dificultades”.
Cuando hay demasiadas “prohibiciones”.
Cuando hay demasiadas “leyes”.
Cuando hay demasiadas “obediencias”.
Estamos creando comunidades esclavas y que caminan, más bajo el miedo, que con la alegría del corazón.
Creamos comunidades tristes y sin alegría.
Comunidades que viven más de “la prohibición” que de la “alegría de la libertad de los hijos de Dios”.
“Solo uno es vuestro Padre, el del cielo”.
Por tanto somos comunidades de hijos. “Y el que se enaltece será humillado, y el que se humilla, será enaltecido”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 15 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus apóstoles: “No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz; no he venido a sembrar paz, sino espadas. He venido a enemistar el hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con la suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa”. (Mt 10,14-11,1)

¡Vaya lío!
Uno esperaría que siguiendo a Jesús se solucionarían todos los problemas.
Y resulta que, fruto del seguimiento, todo se complica.

Todos empeñados en que en la familia haya paz, haya armonía, haya comprensión.
Y ahora, Jesús pareciera que viene a echarlo todo por tierra.
Seguirle a él crea tensiones, divisiones, enemistades.
El hijo con su padre.
La hija con su madre.
Y claro, no podía faltar, la nuera con la suegra.

El Evangelio une a los hombres.
Pero el Evangelio también crea divisiones.
El Evangelio crea armonía entre los hombres.
Pero el Evangelio también crea desacuerdos.
El Evangelio crea amistad entre los hombres.
Pero el Evangelio también crea enemistades.

¿Difícil de entender?
¿Será el Evangelio el problema?
¿No será más bien el corazón humano que no se deja cambiar por el Evangelio?
Porque el Evangelio:
Marca un estilo de vida, que no todos quieren compartir.
Marca un estilo de pensamiento, que no todos aceptan.
Marca un estilo de amar, que muchos ven imposible.
Marca unos valores, que muchos rechazan.
Marca unos ideales, que muchos quieren ignorar.
Marca unos valores absolutos y fundamentales que relativizan los mismos valores elementales de la vida.

Y cuando no se acepta esa radicalidad del Evangelio, comienzan los conflictos.
Hoy hablamos mucho de los “conflictos generacionales”:
Los padres que no entienden a los hijos.
Los hijos que no aceptan el modo de pensar de los padres.
Los padres que viven en “ayer”.
Los hijos que quieren vivir del “mañana”.
Sin embargo, el mayor “conflicto generacional” lo crea el mismo Evangelio:
Quien no acepta el Evangelio choca radicalmente con quien decide seguirlo.
Quien no cree en el Evangelio choca con quien sí cree y lo hace vida.
No entendemos el comportamiento de quien hace del Evangelio norma de vida.
No entendemos el comportamiento de quien no acepta nuestros valores.
No entendemos el comportamiento de quien decide vivir en otra clave de valores.
No entendemos el comportamiento de quien decide renunciar a ciertos intereses.

Y ahí está la clave de la desarmonía y ruptura entre las personas.
Podemos ser radicales en política.
Pero no radicales en nuestra fe.
Podemos ser radicales en nuestra increencia.
Pero no radicales en lo que creemos.
A la radicalidad la llamamos fundamentalismo.
A la radicalidad la llamamos fanatismo.
Podemos llamarnos y vivir como ateos.
Pero no se nos permite llamarnos y vivir como creyentes.

Clemente Sobrado C. P.

Palabras para caminar: Sé coherente con lo que eres

1.- Si realmente eres cristiano, sé coherente con tu cristianismo. No sea que te declares cristiano y luego rechaces tu cristianismo a la hora de vivir. El cristianismo no es un sistema de pensamiento, sino un estilo de vivir. La coherencia es la verdad de ti mismo.

Flickr: tim Schmitt

2.- Si realmente crees en Dios, sé coherente con tu creencia. No sea que digas que crees en Él y luego lo niegas a la hora de vivir. A Dios se le confiesa más con la vida que rezando el Credo. Tu mejor Credo es que rezas con la verdad y coherencia de tu vivir diario. La coherencia es la verdad de ti mismo.

3.- Si realmente crees en tu Bautismo, sé coherente con tu condición de bautizado. No lo niegues en la vida. No prescindas de tu Bautismo cuando tienes que expresarte a ti mismo en la vida. El Bautismo no es una tarjeta de crédito sino una manera de vida. Un estilo de vivir. Tu mejor profesión bautismal es vivir como bautizado. La coherencia es la verdad de ti mismo.

4.- Si realmente crees en la Iglesia, sé coherente con tu condición eclesial. No digas que eres Iglesia y luego rechazas, criticas, murmuras de la Iglesia. Que tu vida no sea una especie de ateísmo eclesial, donde inviertes más energías criticando a la Iglesia que en hacer brillar el rostro de la Iglesia. La coherencia es la verdad de ti mismo.

5.- Si eres ciudadano, sé coherente con tu ciudadanía. Los demás creerán en tu patria no mirando el mapa de su geografía sino por los hombres que la habitan. Vive de tal modo que seas el mejor rostro de tu pueblo, de tu país, de tu nación. La coherencia es la verdad de ti mismo.

6.- Si eres padre de familia, sé coherente con tus hijos. Que te vean como padre no sólo en casa para exigirles, sino también cuando estés fuera de ella. También en la calle sigues siendo padre, con deberes de padre, con responsabilidades de padre. La coherencia es la verdad de ti mismo.

7.- Si eres esposo, sé coherente como esposo. Esposo dentro y esposo fuera. La fidelidad es la coherencia contigo mismo como marido y mujer. ¿Por qué negar en la calle lo que confesamos en el hogar? La coherencia es la verdad de ti mismo.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 12 a. Semana – Ciclo B

“El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca…” (Mt 7,21-29)

Suele ser costumbre llamar al sacerdote para “bendecir la primera piedra”, cuando se comenzaba a construir un edificio. No sé a quién le vino la idea de que, mejor dábamos la bendición, terminado el edificio. Lo cual, siempre me pareció más acertado. Porque:
Son muchos los que comienzan.
Y no terminan.
Son muchos los que ponen la primera piedra.
Y nunca llegan a poner la última.
Son muchos los que comienzan el camino.
Pero luego se cansan y se quedan.
Son muchos los que dicen “un sí generoso” el día de la boda.
Y luego, ante las primeras dificultades, terminan en “divorcio”.
Son muchos los que dicen “un sí generoso” el día de su primera Profesión Religiosa.
Y luego, en el camino, tienen que pedir “dispensa de sus votos”.
Son muchos los que se “bautizan”.
Y luego terminan que ni recuerdan la fecha en que fueron bautizados.
Hay muchos “comienzos”, y demasiados “fracasos” en el camino.

¿Qué ha pasado en el camino?
En el camino, nada.
Mejor nos preguntamos ¿qué pasó al comenzar el camino?
Muchos no han medido sus fuerzas.
Muchos no han pensado suficientemente en sus posibilidades.
Muchos comenzaron con más ilusiones que realidades.

Es decir:
Nadie tiene obligación de creer en Jesús.
Será siempre una opción de su libertad.
Pero si decido “creer en El” tengo que pensar si soy capaz de ser consecuente.
Nadie nos obliga a “bautizarnos”.
Pero si nos bautizados ¿estamos convencidos de vivir con seriedad nuestro bautismo?
Nadie nos obliga a “casarnos por la Iglesia”.
Pero si nos casamos, ¿estamos seriamente dispuestos a asumir las consecuencias de nuestro sí “hasta que la muerte nos separe”, el día de la Boda?
Nadie nos obliga a hacer nuestra profesión de consagrados.
Pero si lo hacemos, ¿estamos seguros de asumir nuestro compromiso definitivo?

No se puede construir la vida sobre buenas intenciones.
No se puede comenzar algo, movidos por simples sentimientos.
No se puede comenzar algo, movidos por puras ilusiones.
Para construir es preciso hacerlo sobre algo serio.
Para construir es preciso hacerlo sobre buenos cimientos.
Para construir es preciso hacerlo sobre serios convencimientos.
Para construir es preciso hacerlo sobre decisiones motivadas.
Para construir es preciso hacerlo sobre compromisos definitivos.
Eso es construir sobre roca.
Porque quien construye sobre lo “provisional” construye sobre “arena”.
Porque quien construye sobre “sentimientos” sabe que los sentimientos cambian cada momento.
Porque quien construye sobre “ilusiones” sabe que la experiencia pronto acaba con ellas.
Porque quien construye “hasta que me sienta bien”, ya está poniendo límites a lo que construye.

Seguir a Jesús siempre será una opción de nuestra libertad.
Creer en Jesús siempre será una opción de nuestra libertad.
Se trata de decisiones demasiado serias, como para tomarlas a bromas.
Se trata de decisiones que comprometen hasta el final, como para hacer pruebas.
Si construimos tenemos que hacerlo sobre roca, es decir, sobre motivaciones serias.
Si construimos tenemos que hacerlo sobre roca, es decir, sobre convencimientos profundos.

La vida no es un juego de la “ruleta de la suerte”.
La vida no es un juego de “a ver si me toca”.
La vida no es un juego de la “lotería”.
La vida es demasiado seria para convertirla en un juego de “azar”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 12 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no te reparas en la vida que llevas en tuyo?” (Mt 7,1-5)

Todos tenemos vocación de jueces.
Pero jueces de los demás.
Todos vemos mejor los defectos de los otros, que los propios.
Todos tenemos buena vista para ver los defectos de los demás.
Todos somos bastante miopes en ver los nuestros.
Con frecuencia las virtudes de los otros son defectos.
En tanto que los defectos personales son virtudes.
Condenamos los defectos de los otros.
Perdonamos y absolvemos los propios.

Jesús nos pide:
No juzgar a los demás.
No hacernos jueces de los demás.
Para juzgar a los demás necesitamos conocer el corazón de los otros.
¿Quién puede decir que conoce la verdad de corazón de los demás?
¿A caso conocemos la verdad del nuestro?
El mismo nos dice que “no he venido a juzgar y condenar sino a salvar”.

Juzgar a los demás es no amarles.
Juzgar a los demás es hacer jueces de los mismos.
La murmuración es una manera vulgar de juzgar a los otros.
La chismografía es una manera vulgar de esparcir los defectos de los demás.
La murmuración es la manera más vulgar de desacreditar al otro.
La murmuración es la manera de destruir la imagen de los demás.
La murmuración más revela la pobreza de nuestro corazón que el corazón del otro.

Solo Dios puede juzgarnos.
Y en cambio Dios no envió a su Hijo a juzgarnos sino a salvarnos.
La murmuración mata al otro.
El pensar bien del otro lo salva.
El hablar más del otro lo destruye.
El hablar bien del otro lo construye.

Dios no cierra los ojos a nuestras debilidades.
Pero las mira con amor.
Porque al otro no lo sacamos del pozo de sus defectos criticándolo sino amándolo.
Cuando murmuramos y criticamos a los demás, debiéramos primero mirar nuestro corazón.
Porque el que murmura no ama.
Porque el que critica no ama.
Porque el que juzga al otro no ama.
Porque el que condena al otro no ama.
Y quien no ama no está en condición de salvar al otro.
Quien no ama no está en condición de levantar al otro.
La murmuración destruye.
El amor construye.
Con frecuencia escucho decir: “siento gusto en hablar mal de demás”.
Todavía no sé qué sabor tiene.
La murmuración ¿no será una manera de justificarnos a nosotros mismos en aquello que criticamos?
El que juzga al hermano tiene un corazón seco y vacío de amor.

¿Recuerdan a San Francisco de Sales? Una señora se confesaba cada semana de que murmuraba. Un día le dio por penitencia que le trajese una gallina. Ahora, le dice, vuelva a su casa desplumando la gallina y vuelva. Al volver le da una nueva penitencia: Ahora vaya y recoja todas las plumas. Imposible dice la señora. Las ha llevado el viento. Exacto, así pasa con sus palabras de murmuración, imposible recogerlas porque las ha esparcido el viento.

¿Por qué seremos tan propensos a juzgar, criticar y murmurar de los demás?
¿No sería más bello hablar siempre bien de los otros?
¿No será preferible dejar que sea el Señor el que nos juzgue a todos?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 11 a. Semana – Ciclo B

“Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. Vosotros rezar así: “Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno”. Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre os perdonará a vosotros”. (Mt 6,7-15)

Rezamos mucho y es posible que oremos poco.
Rezar es decirle nosotros cosas a Dios.
Orar es hacer silencio en el corazón y escuchar a Dios.

Está bien que “recemos”, pero es posible que al rezar, expresemos los sentimientos otros.
Rezamos oraciones hechas por otros.
Rezamos oraciones que expresan los sentimientos de otros.
Rezamos oraciones hechas por otros.

Yo prefiero hablar de “orar”.
Orar es callar y dejar que hable el corazón.
Orar es calar y escuchar a Dios que nos habla.
Es el silencio humano de las cosas.
Pero es la Palabra de Dios resonando dentro de nosotros.

Para Jesús el Padre nuestro expresa la verdad de nuestra oración.
Primero, orar es meternos en ese ambiente de la paternidad de Dios.
Segundo, orar es meternos en ese ambiente o clima de nuestra filiación.
Tercero, orar es meternos en ese clima de sentir nuestra fraternidad universal

Orar es vivir inmersos en esas tres realidades esenciales de nuestra fe:
Paternidad. Es dejar que nuestro corazón se empape de la experiencia de la paternidad de Dios. No hables. Siente.
Filiación. Es dejar que nuestro corazón se empape como esponja de nuestra condición de hijos. No hables. Siente.
Fraternidad. Es dejar que nuestro corazón se sensibilice de la experiencia de sentir a todos como hermanos. No hables. Siente.
Ese es el ambiente en el que ha de desenvolverse nuestra oración.
De tal modo que salgamos de la oración:
Con una experiencia más tierna de Dios.
Con una experiencia más rica de nosotros mismos.
Con una experiencia más gozosa de los demás.
Con una experiencia de cariño para con Dios.
Con una experiencia feliz de nosotros mismos.
Con una experiencia alegre de fraternidad.

No es cuestión de hablar mucho.
Jesús ya lo dice: “Dios ya sabe lo que necesitamos antes de pedírselo”.
Más bien debiéramos aplicar aquello de Pablo: “Sentid en vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”.
¿Cómo siente Dios su paternidad sobre Jesús?
¿Cómo siente Dios su paternidad sobre cada uno de nosotros?
¿Cómo siente Dios nuestra condición de hijos?
¿Cómo siente Dios vernos a todos como hermanos, familia suya?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 10 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en la cima de un monte”. (Mt 5, 13-16)

Todos conocemos los efectos de la sal.
Sobre todo hoy, los médicos nos racionan mucho la sal.
Pero, confieso que a mí una comida sin sal no me sabe a nada.

Una de mis experiencias de niño es cuando se mataban los cerdos y la carne, sobre todo los jamones, se guardaban en una artesa toda llena de sal.
En aquel entonces no entendía el por qué de tanta sal.
Más tarde comprendí que era para conservar en buenas condiciones la carne.

Hoy, con este Papa Panchito, recién descubro esas vidas-sal, esas vidas-luz.
Con él diera la impresión de que la Iglesia tiene otra luz.
Que las cosas se ven de una manera diferente.
Que una Cruz pectoral sencilla brilla más que esas cargadas de perlas.
Que el buen humor y el meterse con la gente como uno más le da más brillo a la Iglesia.
Un Papa con zapatos como el resto de la gente, como que tiene otro sabor.
Un Papa con camiseta de fútbol, sabe a pueblo.
Un Papa con capisayos ordinarios y sencillos, tiene otro gusto.
Un Papa que ha dejado vacío los grandes escritorios, sabe a otra cosa.
Un Papa hablando el lenguaje sencillo del pueblo, sabe a otra cosa.
Un Papa que en Corea utiliza el auto compacto Kía.
O el que regaló un sacerdote de Verona con 300.000 kilómetros.
Una brisa corre por la Iglesia.
¿Se terminará el tiempo de los lujosos Mecedes?
La Iglesia tiene otra luz. Las bombillas son antiguas pero alumbran con luz nueva.

Antes, al bautizar a los niños se les ponía sal en la lengua, se sentían incómodos.
Claro que preferían un turrón de azúcar a la sal.
Y sin embargo, era el bello símbolo del cristiano:
Del cristiano que no solo deba gusto y sabor a la vida.
Del cristiano que no solo daba un nuevo gusto y un nuevo sabor al mundo.
Sino del cristiano que sellaba su amistad con Dios.
Sino del cristiano que sellaba su alianza con Dios.
Sino del cristiano que sellaba su condición de cristiano para toda la vida.
Sino del cristiano que sellaba su fidelidad bautismal, aunque tuviese que vivir en un mundo de mayores condescendencias y facilidades.

Ahora entiendo por qué Jesús lo primero que nos pide a los cristianos es ser “sal de la tierra”.
Sal para el paladar de la vida.
Sal para confirmar nuestra fidelidad, por más que “nos persigan y nos calumnien de cualquier modo por su causa”.
Sal que, que por encima de las persecuciones nos hace “estar alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.

Y por eso, Jesús nos pone de sobre aviso: “no perder nuestra condición de sal”.
Porque si sus seguidores perdemos esa condición de “sal” hemos perdido el sentido de nuestras vidas en el mundo. Ya solo servimos “para que se nos tire fuere y que la pise la gente”.

Lo que sí siempre me ha gustado es la luz.
Pero no esa luz de las lámparas a pilas.
No esa luz de candil a petróleo.
No esa luz de candil a carburo.
Sino esa luz que tiene como central de energía a Jesús mismos.
Somos luz en la medida en que estamos conectados vitalmente con Jesús.
Somos luz en la medida en que Jesús resplandece en nuestras vidas.
Somos luz en la medida en que Jesús nos ilumine para que iluminemos.

Y ya es hora de que superemos esas falsas humildades de “que no vean lo buenos que somos y lo bueno que hacemos”.
Las ciudades construidas en la cima del monte no son para ocultarse por la niebla.
Las lámparas metidas debajo de una mesa tampoco iluminan.
“Que vean la bondad de nuestras vidas.
Que vean lo bueno que hacemos”.
No para que nos alaben, sino para que a nuestro alrededor hay más luz de Evangelio y la gente “glorifique al Padre que está en el cielo”.

Está bien amigos, que no seamos exhibicionistas de lo que hacemos.
Pero tampoco nos consideremos tan poca cosa que nos escondamos.
Que los demás nos vean.
Que los demás tengan más luz en su camino.
Que los demás nos alaban, pues bendito sea Dios.
Que los demás nos tengan por santos, ¿a caso preferís que nos tengan por pecadores?

Clemente Sobrado C. P.