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Palabras para caminar: Atrévete a creer

1.- Atrévete a creer. Atrévete a fiarte de Dios aunque te falle el piso entero bajo tus pies. Tu mayor acto de fe lo harás el día en que no tengas nada en qué apoyarte y te agarres única y exclusivamente de las manos de Dios, sin miedo a que te suelte. ¿Te atreves a creer así?

Flickr: José Manuel Ríos Valiente

2.- Atrévete a creer. Atrévete a renunciar a tu manera de pensar y ver las cosas y arriésgate a verlas siempre desde Dios y de cómo las ve Dios. Cuando sea noche total en tu vida, tú sigue adelante sin más luz que tu confianza en que Dios no te engaña. ¿Te atreves a creer así?

3.- Atrévete a creer. No sólo con la cabeza. Es muy fácil creer con la cabeza. La verdadera fe es creer con la vida. Que tu misma vida sea una confesión clara y nítida de fe. Quien cree con la vida vive de la fe y la fe se hace vida y la vida se hace fe. ¿Te atreves a creer así?

4.- Atrévete a creer. No sólo cuando todos creen. Sería posiblemente una fe social. Tú estás llamado a creer precisamente cuando los demás se cierran a la fe y aún te dicen que creer es una tontería. Llamado a creer, aunque por ahí te cuenten el cuento de que la fe te da la respuesta a todo. ¿Te atreves a creer así?

5.- Atrévete a creer. No cuando todos te aplauden sino cuando todos te critican y aún se ríen de ti. Ahí es donde Dios está necesitando testigos. Dios no necesita tanto de testigos entre los que ya tienen fe, sino precisamente allí donde no hay fe. ¿Te atreves a creer así?

6.- Atrévete a creer. Incluso cuando tengas que confesar tu fe con el testimonio de tu propia vida. Los mártires murieron por su fe. Su único delito fue creer. Cuando tu fe sea rubricada con tu propia vida, sentirás que valió la pena creer de verdad. ¿Te atreves a creer así?

7. – Atrévete a creer. Que tu fe llegue a fastidiar a los dormidos, a los que viven anestesiados. El mejor signo de tu fe es que donde tú estás los demás se sienten incómodos. Es señal de que estás emitiendo mensajes que cuestionan sus vidas. Y una fe que cuestiona a otros es verdadera. ¿Te atreves a creer así?

Clemente Sobrado, C. P.

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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 18 a. Semana – Ciclo B

“Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: “¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?” Les contestó: “Por vuestra poca fe. Os aseguro que si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible”. (Mt 17,14-20)

Soy de los que estaba convencido de que tenia fe.
Luego de leer este Evangelio, confieso que ya me entran serias dudas.
Y no es que me cueste recitar el Credo.
Ni es que me cueste decir que tengo fe en Dios.

Primero Jesús nos dijo que el Reino de Dios se parecía a “un grano de mostaza”.
Yo tengo un puñadito de estos granos, traídos de Tierra Santa.
Los veo tan diminutos que, uno por uno, casi me parecen invisibles.
Y ahora, Jesús les dice a los suyos que su fe es tan pequeña que no llega ni siquiera a un grano de mostaza.
Y para colmo le dice que:
Con una fe tan diminuta hubiesen podido curar de epilepsia a este muchacho.
Con una fe tan diminuta serían capaces de trasladar una montaña.
¡Cuánto ahorrarían los tratan de allanar montañas, maquinarias tan sofisticas!
Personalmente no me arriesgaría a cambiar de lugar a una montaña.
Pero ¡cuánto me gustaría poder sanar a mi hermano enfermo!
Yo que llevo tantos años de sacerdote:
hablando de la fe,
promoviendo la fe,
y celebrando los misterios de la fe,
¿tampoco mi fe llegará a un simple grano de mostaza?

Siempre resulta peligroso:
Dar “supuesto que creemos”.
Dar “supuesto que creemos en Dios”.
Dar por supuesto que “creemos en el Evangelio”.

En alguna ocasión leí.
“no des nada por supuesto”.
“mejor que te cuestiones cada día”.
“mejor que te preguntas cada día”.
“mejor que te fijas como vives cada día”.

Porque la fe no es cuestión de saber sobre Dios, ni saber sobre el Evangelio.
Sino que la fe:
Es una actitud de vida.
Es una vida.
Es una relación personal con Dios.
Es un fiarse totalmente de Él.

Se cree con la cabeza, pero más se cree con el corazón.
Se cree con la cabeza, pero más se cree con la vida.
Fe y vida no son algo paralelo.
Fe y vida son algo que se funden en un mismo pensar.
Fe y vida son algo que se funden en unos mismos criterios.
Fe y vida son algo que se funden en un mismo actuar.
No podemos hablar de fe sino podemos hablar de vida.
La medida de nuestra fe nos la dará siempre la confianza, el abandono en Dios.
La medida de nuestra fe la medimos por nuestra coherencia de nuestra vida.
Dime cómo vives y te diré cómo es tu fe.
Cuanto más plena sea tu vida, mayor será tu fe.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 18 a. Semana – Ciclo B

“Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón, Una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.”Atiéndela, que viene detrás gritando”. “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Irreal”. “No está bien echar a los perritos el pan de los hijos”. “Mujer qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas”. (Mt 15, 21-28)

Un Evangelio un tanto extraño.
Un Jesús desconocido.
Un Jesús aparentemente encerrado en Israel.
Un Jesús aparentemente excluyente de los que no son de Israel.
Un Jesús que aparentemente rebaja y hasta desprecia a los que no son del Pueblo de Israel.

A veces Jesús toma actitudes un tanto extrañas.
¿Por qué a sí las siente?
¿O porque quiere llamar la atención de sus discípulos?
Nos inclinamos por esta versión.
Llamar la atención y hasta un cierto escándalo.
Hasta ellos tiene que hacer de intercesores. “Atiéndela”.
Y un Jesús que prácticamente la llama perra a esta pobre mujer.
Quiere demostrarles que también fuera de Israel puede haber mucha fe.
Que Israel no es el único que tiene fe.
Al contrario que también entre los extraños puede haber más fe que entre los propios.

Saber reconocer que también entre los que no son de los nuestros puede haber una gran fe. “Mujer, qué grande es tu fe!”
Con frecuencia pensamos que solo en la Iglesia está toda la verdad.
Que fuera de la Iglesia todo es mentira.
Y también fuera de la Iglesia puede haber mucha fe, aún sin reconocerla.
También fuera de la Iglesia puede haber mucha bondad.
También otras Iglesias tienen mucha fe.
También en aquellos que decimos paganos puede haber mucha verdad.
También en ellos puede haber mucha bondad.
Se dice que Uruguay es el país más secularizado y menos creyente.
Y sin embargo con los problemas del medo oriente, fue el primer país en ofrecer acogida a ciento cincuenta personas expatriadas, dándoles posibilidades de una vida digna.

Llama la atención la actitud del Papa Francisco siempre abierto a las demás Iglesias y religiones.
Estar abiertos e incluso dar acogida no significa que todo sea igual.
Es simplemente estar abiertos a lo bueno que hay en otras partes.
Es comprender lo bueno que hay en los que no son como nosotros.
Es respetar a los que no piensan como nosotros.
No todos pensamos lo mismo.
Ni siquiera dentro de la misma Iglesia.
Incluso en el matrimonio y la familia.
Respetar el pensamiento de los notros no significa que cambiemos el nuestro.
Estoy convencido que en las distintas religiones hay muchas cosas buenas, que incluso debiéramos imitar.
No es que debemos renunciar a la Iglesia sino reconocer que no tenemos la exclusiva de la verdad ni de la bondad.
Jesús se admira de la fe de esta pagana.
Tal vez debiéramos tener la capacidad de admirar todo lo bueno que al otro lado de nuestras fronteras humanas y religiosas.

Los problemas no se solucionan confrontándonos sino respetándonos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 9 a. Semana – Ciclo B

“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”. Intentaron echarle mano, porque veían que la parábola iba para ellos; pero temieron a la gente, y dejándolo allí, se marcharon”. (Mc 12,1-12)

Con frecuencia, lo esencial pasa a un segundo lugar.
Incluso, es frecuente que, a lo esencial no le demos importancia.
Y nos quedemos siempre con la hojarasca.
Secamos las raíces y luego queremos que el tronco crezca.
Cortamos el tronco y les pedimos frutos a las ramas.

En la vida religiosa nos puede suceder algo parecido.
La misma Iglesia no está exenta de esta tentación:
Todo es importante, menos Jesús.
Valoramos la estructuras, y nos olvidamos de la vida.
Valoramos las grandes manifestaciones, y nos olvidamos de la vida personal de cada uno.
Valoramos el pasado, y nos olvidamos de situarnos en el presente y de mirar al futuro.
Valoramos el pasado, y no vemos las urgencias y necesidades actuales.

Hay un ateísmo del cual hablamos poco y le damos poca importancia.
Es el ateísmo, no de los que dicen que no creen, sino de los que dicen creer.
Porque el problema no está en aceptar y creer en Dios.
El verdadero problema está en qué lugar ocupa Dios en nuestras vidas.
Porque, con frecuencia, Dios no pasa de ser “un Dios de emergencia como los bomberos”
Con frecuencia, Dios no pasa de ser una simple “Post Data” para aprovechar el pequeño espacio que nos queda en la carta para dar la última noticia.

Jesús se aplica a sí mismo el texto de la Escritura “la piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular”.
Jesús es la piedra que sostiene todo el arco.
Sin esa piedra el arco se viene abajo.
Sin Jesús la “viña del Señor que es la Iglesia, el Pueblo de Dios” no es nada más que apariencia.
Cuidamos mucho de la “verdad”, que con frecuencia no pasa de ser “nuestra verdad, nuestra teología o nuestra ideología” y nos olvidamos de lo esencial que es “el amor”.
Es cierto que no puede haber amor sin la verdad.
Pero tampoco vale la verdad sin el amor.
Tenemos nada menos que una Congregación para la verdad de la fe, y me parece bien.
¿Y no necesitaremos una Congregación que esté atenta a la caridad de la Iglesia y del Pueblo de Dios?

Es curioso lo que dice el texto de que los “sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos” se dieron por aludidos con la parábola de los viñadores que mataron a los enviados e incluso al Hijo. “Porque veían que la parábola iba para ellos”.
No es fácil que los de arriba reconozcan sus equivocaciones.
No es fácil que los que detectan el poder reconozcan que no tienen la exclusiva de la verdad.

Y lo de siempre: “Intentaron echarle mano”.
Pero los de arriba también saben guardar sus apariencias: “temieron a la gente y dejándolo allí, se marcharon”.
La parábola no culpa a la viña, sino a los viñadores.
Son los viñadores, como responsables de la viña, quienes eliminaron a todos, incluido el Hijo.
Y los “sumos sacerdotes, escribas y ancianos” se sienten señalados.
Y lo de siempre, “intentaron echarle mano”.
Tapar la boca a quien dice verdades que no nos gustan, siempre resulta más fácil que revisar nuestra propia verdad.

Es preciso recuperar el centro de la fe y no quedarnos en la periferia.
Es preciso recuperar la vida del tronco y no quedarnos con la cáscara.
Es preciso recuperar la piedra angular y no construir sobre falsos cimientos.
Es preciso recuperar a Jesús, como único dueño de la Iglesia, de la que todos los demás somos “viñadores”, servidores.
Es preciso recuperar a Jesús, como eje de nuestra fe y de nuestro quehacer cristiano.
Es preciso, no quedarnos en la apariencia de las ramas, y regresar a las raíces.
Es preciso que al arco de nuestro fe no le falte “la piedra angular”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para la Pascua: Martes de la 4ta Semana – Ciclo B

“Los judíos, rodeándolo le preguntaban: “¿Hasta cuando nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente”. Jesús les respondió; “Os lo he dicho, y no creéis; las obras que hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías”. (Jn 10, 22-30)

Cuando el corazón está cerrado, todo es inútil.
Ni los ojos ven.
Ni la cabeza entiende.
Ni el corazón abre la puerta.
Con frecuencia el corazón tiene demasiadas llaves.

A Jesús le piden hable claro.
Son ellos los que preguntan con demasiadas oscuridades.
Jesús siempre habla claro.
El él, Palabra de Dios, no engaño, ni mentira, ni trampa.
El es la verdad de Dios y sus palabras son verdad.
Pero muchos preferimos seguir haciendo preguntas para justificar nuestra incredulidad.
Por eso, como decía alguien: “Me repugnan los ateos, porque no hacen más que hablar de Dios”. “Se pasan la vida hablando de Dios como una manera de justificar su ateísmo”. Esconden su incredulidad tras sus preguntas y palabras.
El que habla mucho de amor no es el que más ama.
Queremos suplirlo con palabras vacías y maliciosas.
“Os lo he dicho, y no creéis”.

Y como no creen en sus palabras, Jesús acude a sus obras.
“las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías”.
Cuando no entendemos sus palabras, mejor acudimos a las “obras” que son la mejor palabra.
Tenemos las mismas resistencias a las palabras y a las obras.

Esto lo vemos cada día:
Si la Iglesia habla de Dios nos quejamos de que es “espiritualista”.
Si habla del hombre, decimos que es secularista.
Si calla, nos quejamos de una Iglesia muda.
Si habla, decimos que todo es pura palabra y que lo que se necesitan son obras.
Si el sacerdote habla de compromiso social, lo llamamos comunista.
Si habla de la oración, le acusamos de estar fuera de la realidad.
Si hablamos de justicia social, nos metemos en política
Si hablamos de vida espiritual, decimos que no somos comprometidos.
Jesús nunca bailó a gusto de todos.
Y nosotros tampoco.

Es decir:
Nunca bailamos al ritmo de la música.
O nunca tocamos una música de actualidad.
Siempre a la defensiva y siempre escapándonos de la realidad.
De todos modos nuestra mejor palabra será siempre nuestra vida.
“las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí”.
“Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías”.
Hagamos lo que hagamos nunca acertaremos si nuestro corazón estás blindado.

Y esa es la diferencia entre ser o no ser “ovejas de Jesús”.
Los que pertenecen a Jesús:
“escuchan mi voz”
“Y yo las conozco y ellas me siguen”,
“y yo les doy la vida eterna y no perecerán para siempre”,
“y nadie las arrebatará de mi mano”.

El que tiene un corazón limpio ve todo lo con claridad.
El que tiene un corazón sucio no ve ni que tropiece con El.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para la Pascua: 2do Domingo de Pascua – Ciclo B

El Señor de la Misericordia

“Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decía: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo” A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos… Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, y aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente” (Jn 20,19-31)

Dos apariciones una sin Tomás y la otra estando Tomás presente en la comunidad.
En la primera aparición, Jesús:
Se reconcilia con los Discípulos.
Los recrea de nuevo dándoles el Espíritu Santo.
Les confía su propia misión.
Les confía el perdonar los pecados.

En la segunda aparición el personaje central es Tomás.
Los discípulos le anuncian a Tomás que “han visto al Señor”.
Pero Tomás es de los que no quiere noticias de segunda mano.
Tomás no quiere ser menos que ellos y se niega a cree si “no ve y toca sus llagas”.

Hemos dicho muchas cosas contra ti, Tomás.
Te hemos llamado el “incrédulo”.
Te hemos dicho prácticamente el “agnóstico”.
Nos vas a perdonar por no saber entenderte.
Nos vas a perdonar por no saber comprenderte.

Hay algo que no estoy de acuerdo contigo.
Te has equivocado por ser tan personalista.
Te has equivocado por ser tan individualista.
Porque tú sabes que:
Jesús se revela en la comunidad.
Jesús se manifiesta en el testimonio de la comunidad.

Y tú no has creído a tus hermanos.
Te comprendo, aunque no te dé la razón.
Tal vez los viste demasiado débiles y poco creíbles.
Conocías demasiado sus debilidades y sus dudas e inseguridades.
No resultaba fácil creer en hombres como tus hermanos.
Sin embargo, esos son los caminos de la fe.
Dios se sirve de los débiles para comunicar el Evangelio.
Dios se sirve de los pobres para anunciar su resurrección.
Dios se sirve de la comunidad para anunciar al mundo que está vivo.
En adelante, que tu ejemplo sirva a todos los “Tomases” que la Iglesia puede ser pobre e incluso con pecado, y sin embargo, es el espacio donde el Resucitado vive y donde el Resucitado es anunciado al mundo.

Por otra parte, Tomás, en algo tiene razón y yo la comparto contigo.
Tenemos demasiados cristianos que nunca “han visto” por eso su fe es tan pobre.
Tenemos demasiados cristianos que nunca han “vivido la experiencia personal” de Dios.
Tenemos demasiados cristianos que de “segunda mano”.
Tenemos demasiados cristianos que creen sencillamente “porque otros creen”.
Tenemos demasiados cristianos que creen por simple tradición.

Y necesitamos cristianos:
Que en algún momento necesita de un encentro personal.
Que en algún momento también ellos vean.
Que en algún momento puedan ver tus llagas gloriosas.

Es cierto que Jesús “alaba a los que creen sin ver”.
Pero luego también nos pide dice “y vosotros sois testigos de esto”.
Tú has sido un privilegiado por poder meter tus dedos en sus llagas.
Nosotros tendremos que ver sus llagas en nuestros hermanos crucificados.
Concédenos la gracia que podamos meter nuestros dedos en las llagas del resucitado en las llagas de los crucificados de hoy.

. Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Miércoles de la 1 a. Semana – Ciclo B

“La gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a decirles: “Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación”. (Lc 11,29-32)

Dios constantemente nos está emitiendo: guiños de su presencia.
Dios constantemente nos está emitiendo: señales de su presencia.
Dios constantemente nos está emitiendo: signos de su presencia.

Y sin embargo, nosotros:
“seguimos pidiéndole señales para creer en él”.
Le pedimos nos sane de nuestras enfermedades.
Le pedimos nos conceda un buen trabajo.
Le pedimos nos conceda aprobar en los exámenes.
La pedimos nos conceda un buen marido.
Le pedimos nos conceda encontrar una buena esposa.
Hasta somos capaces de pedirle nos toque la lotería.
Hasta le pedimos que el marido deje el trago.
O que el hijo deje la droga.

En cambio los signos que Dios nos da suelen ser otros.
Nos envía a su propio Hijo:
“Y los suyos no le reconocieron”.
Nos regala el don de su Palabra.
Pero nosotros preferimos hechos a la Palabra.
Nos regala la muerte de su Hijo.
Pero nosotros seguimos sin mirar a la Cruz.
Nos regala con su presencia en la Eucaristía.
Pero nosotros seguimos sin reconocerle.
Nos regala el sacramento de la Iglesia.
Pero nosotros seguimos descontentos y solo vemos sus defectos.

Cada día pone en nuestro camino al pobre que pide limosna.
Pero nosotros no entendemos ese lenguaje.
Cada día nos trae noticias de asesinatos y muertes.
Pero nosotros no sabemos leer ese signo.
Cada día nos trae noticias de guerras entre los pueblos.
Pero nosotros seguimos sin entender lo que quiere decirnos.
Hablamos mucho de los “signos de los tiempos”.
Pero nosotros preferimos seguir atados al pasado.

Todo habla de Dios cuando tenemos ojos de fe.
Todo habla de Dios para quien quiere ver.
Todo habla de Dios para quien quiere entender.
Todo habla de Dios para quien tiene los ojos abiertos.

Jesús es claro.
Los signos los ofrece Dios.
Y los signos de Dios son como el de Jonás.
Signos que nos hablan de conversión.
Signos que nos hablar de lo nuevo.
Signos que nos hablan de cambio.
Signos que nos cuestionan para que descubramos su voluntad.
Signos que nos cuestionan para que aprendamos a ver de otro modo al hermano.
Signos que nos cuestionan para que aprendamos que Dios nos quiere recrear en la Pascua.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 6 a. Semana – Ciclo B

“Se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo. Jesús dio un profundo suspiro y dijo: “¿Por qué esta generación reclama un signo? Les dejó y se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla”. (Mc 8,11-13)

Uno de nuestros mayores defectos es pedirle razones a Dios.
Es Dios quien tiene que justificarse ante nosotros para que podamos creerle.
La fe nunca nace de los razonamientos, ni de los argumentos.
La fe nace de la confianza.
La fe nace de fiarnos de él.
Y no de que se justifique ante nosotros.
Resulta curioso que cuando nosotros queremos que alguien nos crea digamos:
“Te lo juro por mi madre”.
“Te lo juro por mi hijo”.
“Te lo juro por Dios”.

El único argumento que Dios nos ofrece para creer en él es su Hijo encarnado.
Dios no se justifica por argumentos racionales.
Tampoco se justifica por milagros.
El único argumento válido de Dios es su amor.
Por eso la fe es “creer en el amor de Dios”.
Por eso creer no es “creer que Dios existe”.
Sino que Dios nos ama y nos dejamos amar por él.

Por otra parte “la discusión” no es el mejor camino para descubrir la fe.
La discusión suele ser más bien una pelea y una lucha para ver quien gana.
Y peor cuando la discusión es maliciosa.
“Para ponerlo a prueba”.
Pedirle milagros para creer no es el camino de la fe.
Más bien suele ser nuestra fe la que hace posible los milagros.
Jesús decía:
“¿Crees que puedo hacerlo?”
“Tu fe te ha curado”.

Para creer es preciso estar abierto a Dios.
Para creer es preciso quitarnos los prejuicios.
Para creer es preciso a sinceridad del corazón.
Y quienes pretenden “ponerlo a prueba” no preguntan con sinceridad sino con malicia.

El mismo Jesús, dice el texto, “dio un profundo suspiro”.
Una especie de dolor y de angustia ante la cerrazón de los fariseos.
No pedían signos para creer.
Más bien pedían signos para justificar su incredulidad.
Jesús sintió una profunda pena de que no supiesen ver los signos que hacían, y pedían los signos que a ellos les interesaba.
Y Dios no está para hacer de malabarista y titiritero para que crean en él.

A Dios no podemos ponerle condiciones.
A Dios no podemos pedirle razones.
A Dios no podemos pedirle milagros.
A Dios no podemos pedirle escuche nuestra oración y nos sane.
Quien pide razonamientos no cree.
Quien pide milagros no cree.
Quien pide escuche nuestra oración y nos conceda lo que pedimos no cree.

Tal vez no con la malicia de los fariseos.
Pero, con frecuencia, a Dios le exigimos muchas cosas para creer en él.
“Estoy perdiendo la fe porque le he pedido y no me ha escuchado”.
No te ha escuchado porque tu oración no nacía de la fe sino de tus intereses.
Tu oración era una manera de “utilizar a Dios” a tu servicio.

En todo caso sería Dios quien nos pida razones a nosotros y no nosotros a él.
Nuestra fe no nacerá discutiendo con Dios, ni poniéndolo a prueba.
Nuestra fe nacerá de nuestra confianza y abandono en él.
Nuestra fe nacerá y florecerá de sentirnos amados por él aunque las cosas nos salgan mal.
No nos irá peor que al mismo Jesús a quien crucificamos.
Y sin embargo morirá abandonándose en las manos del Padre.
“Padre, en tus manos pongo mi espíritu”.
No pidamos milagros para creer.
Tengamos tanta fe que todo en la vida sea un milagro.

Clemente Sobrado C. P.