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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 14 a. Semana – Ciclo B

“Echó al demonio y el mudo habló. La gente decía admirada: “Nunca se ha visto en Israel cosa igual”. En cambio, los fariseos decían: “Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios”. (Mt 9,32-38)

¡Qué difícil reconocer el bien que hacen los demás!
¡Qué difícil reconocer los dones y cualidades de los demás!
¡Con lo fácil que nos resulta ver sus defectos!
¡Con lo fácil que nos resulta ver lo malo que hacen!

En realidad, la respuesta la llevamos todos en el corazón.
Y en una pregunta:
¿qué son para nosotros los demás?
¿qué significan para nosotros los demás?
Porque, en realidad:
La cabeza piensa lo que llevamos en el corazón.
Los ojos ven lo que llevamos dentro en el corazón.

La gente sencilla, sin prejuicios, abierta a la esperanza, se deshace en “alabanzas”.
“Nunca se ha visto en Israel cosa igual”.
Pero ahí están los grandes, los buenos, los “santos fariseos” que siempre tratan de hacer de bomberos apagando el fuego del corazón de los sencillos.
Nos encanta ser “apaga incendios”.
O mejor aún: “nos encanta ser “apaga entusiasmos”.
Las mangueras de nuestro corazón siempre tienen agua suficiente como para apagar el fuego de la ilusión y la esperanza y de la alegría de la gente sin estorbos mentales.

Reconocer lo bueno de los demás:
No es ninguna alabanza.
Es reconocer la verdad de los demás.
No es ninguna adulación.
Es reconocer la verdad.
No es levantar artificialmente a los demás.
Es reconocer lo que son, sin necesidad de “falso pedestal”.

Se necesita nobleza.
Se necesita honestidad.
Se necesitad sinceridad.
Se necesita tener la capacidad para ver lo bueno, venga de donde venga.
Se necesita tener la capacidad para aceptar la verdad, la diga quien la diga.

Debiéramos admirarnos más de lo buenos que son los otros.
Debiéramos admirarnos más de lo bueno que hacen los otros.
Debiéramos tener más capacidad de admiración frente a los otros.

Aquí hay alguien:
Que se ve privado de algo esencial a la persona humana.
Que se ve privado de poder comunicarse con los demás.
Que se ve privado de poder comunicar sus sentimientos.

Y lo que hace Jesús es:
Abrirlo de nuevo a la comunicación.
Abrirlo de nuevo a la comunidad.
Abrirlo de nuevo a los otros.

Era mudo y ahora ya habla.
Vivía encerrado en sí mismo y ahora se abre a los demás.
“Echó al demonio y el mudo habló”.
Hay muchos que no tienen la oportunidad de hablar.
No son mudos, pero no les dejamos hablar.
Pueden hablar, pero les negamos la oportunidad de hacerlo.
Pueden hablar, pero preferimos no escucharles.
En la Iglesia hay demasiados creyentes que tienen buena voz.
Pero tampoco les damos la oportunidad de expresarse, decir lo que sienten, o incluso, expresar su descontento.
Porque nosotros lo sabemos todo o porque no queremos que alguien piense distinto.
Necesitamos de un Jesús, que “eche esos malos demonios” y que los “mudos hablen”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario:Jueves de la 13 a. Semana – Ciclo B

“Le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: “¡Animo, hijo! Tus pecados están perdonados”. Algunos escribas se dijeron: “Este blasfema”. Dijo al paralítico: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”. Se puso en pie, y se fue a su casa”. (Mt 9,1-8)

http://miscosas-y-yo.blogspot.com/2012/07/sobrecogidos-alabemos-dios-que-nos-sana.htmlTodos somos especialistas en acusar a los demás.
Todos somos especialistas en condenar a los demás.
Todos somos especialistas en responsabilizar de todo a los demás.

La escena del paralítico pareciera decirnos otra cosa.
Aquí nadie habla ni nadie tiene nombre.
Jesús, “viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: “Animo, hijo”.
Jesús no culpa al paralítico de su parálisis.
Jesús no culpa de sus pecados al paralítico.
Jesús no habla de la fe del paralítico.
Jesús lo que ve es “la fe que tenían los que traían al paralítico”.

No es la fe del paralítico lo que le llama la atención a Jesús.
A Jesús le llama la atención de “los que lo traían”.
Y Jesús le cura no por su fe sino por la fe de los otros.

Pensar que la Iglesia anda mal y está perdiendo su significado en la sociedad:
¿Será siempre culpa de la Iglesia misma?
¿No será culpa de los que nos llamamos Iglesia?
¿No será culpa de los que nos decimos Iglesia pero no tenemos fe en la Iglesia?
¿Qué la Iglesia hoy está paralítica?
Es posible que tenga muchos signos de parálisis.
Pero, ¿dónde estamos nosotros para devolverle su propia vitalidad?
¿Dónde está nuestra fe, para que Jesús devuelva su vigor a la Iglesia?
¿Dónde está nuestra fe para que Jesús sane a nuestra Iglesia enferma?

Pensar que el mundo anda mal, eso lo estamos viendo todos.
No necesitamos de estadísticas.
No necesitamos de declaraciones
Basta leer los periódicos de cada mañana.

Pero ¿seremos simples lectores de lo malo que hay en el mundo?
¿Dónde está nuestra fe capaz de cambiar el mundo?
¿Dónde está nuestro compromiso para que el mundo sea distinto?
¿Dónde estamos cada uno de nosotros para hacer algo por mejorarlo?
No basta ser como los escribas que se decían: “Este blasfema”.
No basta quejarnos de los que quieren hacer algo para mejorarlo.
No basta escandalizarnos de aquellos que hablan contra los que claman para que los creyentes nos compliquemos y nos mojemos un poco más para cambiar las cosas.

Jesús no sanó al paralítico por su fe, sino por la “fe de los que lo traían”.
Hay cosas que no funcionan, porque nosotros no funcionamos.
Hay cosas que no marchan, porque nosotros no hacemos nada.
Hay cosas que no cambian, porque nosotros no las cambiamos.
Hay cosas que no son como debieran ser, porque nosotros nos hacemos los que no vemos.

No nos lamentemos de lo mal que hay en la vida.
Preguntémonos si nosotros hacemos algo para que cambie.
No culpemos a los que hacen algo.
Culpemos a los que no hacemos nada.
No culpemos a los malos.
Culpemos a los buenos que no hacemos nada.
Siempre necesitaremos hombres y mujeres anónimos que aún tienen fe.
¡Cuántas cosas buenas hay en la vida, gracias a esos hombres y mujeres anónimos!
Siempre habrá gente que comience a andar, a vivir, porque todavía tienen fe en El.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 12 a. Semana – Ciclo B

“Al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: “Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”. Jesús le contestó: “Voy yo a curarlo”. Pero el centurión le replicó: “Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”. Al oírlo, Jesús se quedó admirado y dijo a los que le seguían: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”.Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído”. (Mt 8,5-17)

¿No les suena este evangelio?
Pues, aunque nos parezca extraño, cada vez que comulgamos repetimos la frase del centurión pagano: “Señor yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarlo”.

Y la dijo un pagano, que no sé cuánto tenía de pagano o cuánto había en el de cristiano:
Centurión romano.
Militar de la invasión.
Pagano y extranjero.
Y sin embargo, cuánta bondad lleva en su corazón:

“Tengo un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”.
No es fácil ser sensibles al sufrimiento de los demás.
Y este buen hombre siente el sufrimiento no de un familiar.
Le duele el sufrimiento nada menos que de un “criado”.
Le duele el sufrimiento de pobre infeliz, un servidor.
Y es el amo, el jefe el que sufre por él.
Y es el amor, el que acude a Jesús.
Un pagano que se preocupa de un simple criado.
Para él, el sufrimiento no tiene nombre, ni clase social.
Se trata de un hombre y es suficiente.
Por extraño que pueda ser y por la debilidad y pobreza del mismo.

Preguntas necesarias:
¿Cómo tratamos a nuestros empleados?
¿Cómo sentimos los sufrimientos de nuestro servicio doméstico?
¿Cómo nos preocupamos de la dignidad de aquellos que están a nuestro servicio?
¿Cómo ayudamos a los que sirven cada día?
¿No se sentirán marginados en nuestra familia como si fuesen de otra clase?
¿Y nos llamamos cristianos?
¿Lo manifestamos en el servicio doméstico, preocupándonos de sus sentimientos, de sus malestares, de sus familiares?

Un pagano creyente:
Acude a Jesús.
Pagano y romano y extranjero y acude a Jesús.
Y su fe en la bondad de Jesús es grande.
Ni siquiera le pide que lo cure, sencillamente le dice que es “paralítico y sufre mucho”.
No dice nada pero lo dice todo.

Jesús no hace acepción personas.
Inmediatamente se ofrece a “ir a la casa de un pagano”.
El sufrimiento no importa donde vive.
No tuvo reparo en comer con pecadores y publicanos.
Ahora no tiene reparo en entrar en casa de un pagano y extranjero y de la dominación.
El hombre está por encima de toda raza, cultura e incluso religión.
La religión que excluye a los paganos no es la religión de Jesús.

Alguien que tenía un hermano divorciado y casado de nuevo por lo civil, me consultó un día: “¿Será pecado asistir a la fiesta que va organizar por su cumpleaños?”
Mi respuesta posiblemente fue muy dura: “Cuando me invites a una comida primero preguntaré si estás en gracia de Dios, si vas a Misa, y si te confiesas”.

Basta tu palabra:
No merezco entres en mi casa, aunque te lo agradezco.
Yo sé que una palabra tuya es suficiente para sanarlo.
¿Legará mi fe a la del Centurión?
Jesús sana al criado y alaba la fe del pagano: “No he encontrado tanta fe en Israel”, por su sensibilidad para con su criado.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 12 a. Semana – Ciclo B

“A bajar Jesús del monte, lo seguía mucha gente. En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Extendió la mano y lo tocó diciendo: “Quiero, queda limpio” . Y enseguida quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: “No se lo digas a nadie, pero para que conste ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés”.
(Mt 8,1-4)

La lepra como enfermedad está prácticamente vencida, por más que queden todavía restos por ahí.
Siempre he sentido una sensibilidad por los leprosos.
En primer lugar por su enfermedad misma.
Pero, sobre todo, por el trato que ha recibido los leprosos.
Han sido los marginados, los excluidos.
Los condenados a vivir lejos de los caminos y lejos de la gente, gritando “leproso, leproso”.

Jesús está bajando del monte.
Le sigue mucha gente.
Su presencia inspira tanta confianza que este pobre leproso rompe con todas las normas y reglas de la ley, y se lanza al camino en medio de la gente.
Se postra de rodillas y con una ternura y una bondad de corazón hace una oración sencilla, confiada y tierna: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.
Su oración penetró el corazón de Jesús.
“Quiero, queda limpio”.

Una oración sencilla.
Una oración tierna.
Una oración llena de calor humano.
Una oración llena de confianza.
Todo lo deja en sus manos. “Señor, si quieres…”
Todo lo dejo en tu voluntad.
Todo lo dejo en tu corazón.
No exijo nada, sencillamente pido.
Pero con una petición que no es ninguna exigencia.

¡Cuánto se parece a la misma oración de Jesús!
“Padre, si quieres, pasa de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.
Nada de reclamo de derechos.
Nada de exigencias.
Nada de compromisos.
Nada de condiciones.
Pura expresión de nuestras necesidades.
Pura expresión de la disponibilidad a la voluntad de Dios.
Pura confianza en el corazón de Dios.
Puro abandono en los planes de Dios.
Pura aceptación de su voluntad.

Y cuanta ternura en la respuesta de Jesús.
“Quiero, queda limpio”.
Me gustaría saber cuáles fueron los sentimientos de Jesús.
La humildad, la sencillez y la confianza del leproso le ganaron el corazón.

¿En qué se parece esta oración del leproso a la nuestra?
Por qué nos lamentamos tanto de que nuestra oración no es escuchada.
Examinemos nuestro corazón y nuestras actitudes.
¿Ganarán el corazón de Dios?
¿O será exigencias y el sentirnos con derechos frente a él?

Señor dame un corazón noble.
Dame un corazón sencillo.
Dame un total abandono a tu voluntad.
“Hágase en mí según tu voluntad”.
Que mi voluntad se someta a la tuya.
Pase lo que pase, seguiré confiando y fiándome de ti.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Martes de la 4 a. Semana – Ciclo B

“Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús al verlo echado, y sabiendo que ya lleva mucho tiempo, le dice: “¿Quieres quedar sano?” El enfermo le contestó: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; para cuando llegó yo, otro se me ha adelantado”. Jesús le dice: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar. Y al momento el hombre quedó sano, tomó la camilla y echó a andar. Aquel día era sábado y los judíos dijeron al hombre: “Hoy es sábado y no se puede llevar la Camilla”. (Jn 5,1-3.5-6)

En el Evangelio, los enfermos:
Son la gran revelación de la sensibilidad de Jesús.
Son la gran revelación de la fuerza del Reino.
Son la gran revelación de cómo ve Dios al hombre.
Son la ocasión de demostrar ciertos absurdos de la religión.
Son la ocasión de cambiar la religión de la Ley por la del amor.
Son la ocasión para manifestar el camino de dar culto verdadero a Dios.

Treinta y ocho años:
Paralítico tumbado sobre su camilla.
Abandonado sin encontrar una mano que se acerque para levantarse.
¡Cuánta gente habría pasado a su lado!
¡Y ni uno solo se fijó en él!
¡Y ni uno solo se hizo prójimo ni lo vio como prójimo!
Treinta y ocho años sin interesar a nadie.
Una vida rodeada de gente y sin tener a nadie.

No tengo a nadie.
Es triste estar paralítico.
¿No será más triste decir “No tengo a nadie”?
Es triste estar tumbado sin poder valerse a sí mismo.
¿No será más triste “no contar con nadie”?
¿No será más triste sentir que eso es lo que manda la religión?

¿Qué idea pudo hacerse este hombre de la religión?
Jesús lo cura y lo pone en pie y lo echa andar.
Pero es sábado y recibe la reprimenda de los responsables religiosos.
La alegría de la salud comenzaba a iluminar su vida.
Y de inmediato se le nubla y congela en el corazón.
Se siente acusado en nombre de Dios por cargar la camilla que le sirvió de cama tantos años.
Por lo demás, tampoco conoce todavía a Jesús a quien acudir.
Pero Jesús mismo se hace el encontradizo en el templo.
Y Jesús se le acerca.
Le da una palmadita en el hombro.
Y le pregunta ¿cómo estás compadre? ¿cómo te sientes?
Y termina su obra.
Ahora le perdona los pecados y le dice “no peque más”.
La religión de la ley le condena de pecador por cargar la camilla en sábado.
La religión del amor le perdona sus pecados.
Lo sana por dentro y por fuera.
¿Qué pudo pensar de una y otra?

Estoy pensando en tantos ancianos que, tampoco “tienen un hombre” que les haga compañía y llene su soledad.
Estoy pensando en tantos albergues almacén de ancianos a quien nadie visita.
¿Dónde están los hijos?
Estoy pensando en esas interpretaciones y traducciones de un Dios que prefiere el culto del templo al hombre.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Lunes de la 4 a. Semana – Ciclo B

“Había un funcionario que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que esta muriéndose. Jesús le dijo: “Como no veáis signos y prodigios, no creéis”. El funcionario insiste: “Señor baja antes de que muera mi niño”. Jesús le contesta: “Anda, tu hijo está curado”. El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo estaba curado”. (Jn 4,43-54)

No todo lo que reluce es oro.
Hay muchas apariencias que brillan pero no son oro.
En Caná, Jesús hizo el primer milagro: el milagro del vino.
Ahora, Jesús hace su segundo milagro también en Caná o desde Caná.
En el primer milagro, fue María, la Madre, la que se lo pidió.
En el segundo milagro, es un funcionario que le pide sane a su hijo que se está muriendo.
En el primer milagro María era la mujer de la fe.
Y sus discípulos creyeron más en él.
En el segundo milagro es alguien que no tiene fe.
Pero, con la sanación de su hijo “creyó él y toda su familia”.

Con frecuencia nos quejamos y lamentamos de nuestros malos momentos y desgracias.
Y con frecuencia, son esos malos momentos en los que todo parece que toda una familia se va a vestir de luto, por la muerte de un hijo, y se despierta de la fe.
Lo que parecía una desgracia, se convirtió en gracia.
Lo que parecía el final de una vida, se convirtió en comienzo de una vida nueva.
Lo que parecía muerte, se convierte en vida.
Y quienes no tenían fe, comienzan a creer.
Lo que parecía oscuridad se hace luz.

No siempre las desgracias son motivo para perder a fe como muchos piensan.
También los malos momentos pueden ser principio de fe.
También los malos momentos pueden convertirse en gracia.
No todo sufrimiento termina en oscuridad.
No toda desgracia ha de ser fuente de duda en Dios.
Muchos veces son esos malos momentos los que hacen que la fe se avive y despierte.
No siempre encontramos la fe cuando vivimos felices.
Ni esos días de sufrimiento son señales de que Dios nos ha olvidado.
Ni esos días de oscuridad son señales de que estamos perdiendo la fe.

El funcionario llegó a Jesús con el alma rota.
No sabemos que pudo pensar de Jesús.
De seguro que habría escuchado que era un tipo que curaba a todos los enfermos.
Y pensó que también podría devolverle la salud a su hijo.
Subió a Caná destrozadas sus esperanzas.
Y regresó con un alma en la que comenzaba a brotar la primavera.
Dejó a su hijo muriéndose.
Y cuando regresó lo encontró bien sano y vivo.
Y también comenzó a vivir algo nuevo.
También él comenzó a revivir lo que llevaba muerto en su alma.
Y no solo él sino su familia entera.
El que se estaba muriendo fue motivo para que la vida floreciese en su familia.
El que tenía a todos preocupado, se hace fuente de alegría familiar.

¿Qué alguien está enfermo y muriéndose en tu casa?
¿No será para que todos se sanen y comiencen a vivir?
¿Que sientes que la suerte te ha abandonado porque todo te sale mal?
¿Y no será que esa mala suerte puede ser tu mejor suerte?

Cuando acudimos a Jesús nada está perdido.
Es posible que no todo salga según nuestros intereses.
Pero puede que se despierten en nosotros.
¿Y cuando las cosas cambian, realmente comenzamos a creer más en Dios?
No seamos de los que le pedimos milagros y cuando nos los concede volvemos a olvidarnos de él.
Ciertamente que el sufrimiento no tiene nada de atractivo.
Y sin embargo, también el dolor y el sufrimiento, peden ser caminos de fe personal y familiar.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 6 – Ciclo B

“Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Sintiendo lástima, extendió la mano y le toco, diciendo: “Quiero, queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. El lo despidió, encargándole severamente: “No se lo digas a nadie…” (Mc 1,40-45)

Hay algo que me sorprende en la vida de Jesús, sobre todo, en su relación con los enfermos, los pecadores.
El Evangelio suele utilizar una frase que, es posible se nos pase desapercibida: “se le acercaban”.
Nadie se acerca a los espinos.
Nadie se acerca a las ortigas.
Nadie se acerca a los amargados.
Nadie se acerca a los que les tenemos miedo.
Nadie se acerca a los que pueden rechazarnos.

La gente, algo veía en Jesús, que les inspiraba confianza.
Había un algo en él que a la gente la atraía.
Incluso aquellos, a quienes la ley excluía y marginaba, no tenían reparo en “acercase a él”.
Hay personas que crean rechazo.
Hay personas que crean distancias.
Hay personas que inspiran miedo, respeto y lejanía.
Hay personas de las que todos nos alejamos.

Me encanta la figura que de Jesús presentan los Evangelios.
Porque es una persona:
A la que se siente próxima.
A la que se siente cercana.
A la que uno puede acercarse sin miedos.
A la que se acercan los malos y se sienten bien a su lado.
A la que se acercan incluso los niños porque se sienten acogidos.

Un leproso, por ley tenía que vivir lejos e incluso gritar “leproso, leproso” para que la gente se alejase. En cambio, se entera de que es Jesús y rompe con la ley, rompe con las normas, rompe con las distancias “y se acerca a Jesús”.

Siempre me ha preocupado pastoralmente:
Que la gente nos vea como a distancia.
Distancia que, por otra parte, nosotros mismos hemos creado, sintiéndonos distintos, como si fuésemos de otra galaxia.
Personalmente siempre me ha disgustado que nos señalen con esos títulos de “Reverendo”, “Ilustrísimo”, “Eminencia”. Incluso, hasta el “usted” me cae mal.
Porque, por mucho que queramos justificarlo, responden más a títulos humanos que a Evangelio.
En mis últimas vacaciones en el pueblo, compañero míos de escuela venían y me saludaban con tremenda seriedad: “cómo está Usted Don Clemente”. A alguno le respondí: “si sigues con esos Dones no me hables más”.

Es posible que para muchos pueda ser un escándalo, pero hasta cuando hablo con Dios, prefiero tratarle de “tú”. Me inspira más confianza. Cada uno es libre de hacerlo como mejor la vaya, yo me quedo con el “tú” que no creo sea falta de respeto sino cercanía y confianza.

Además, si el texto del Evangelio es exacto, hasta el mismo leproso trata de tú a Jesús: “Si quieres, puedes limpiarme”.
Jesús es alguien cercano.
Alguien que no vive del despacho.
Sino alguien a quien le encanta vivir y compartir con la gente.
Por eso, también es de los que “puede tocar”, puede “imponer la mano”, incluso consciente de que estaba prohibido.

Siento pena cuando escucho que los hijos tienen miedo a su padre.
Y se cuadran cuando llega a casa como si llegase en Comandante.
En cambio, disfruto cuando los niños salen a la puerta y se le cuelgan del cuello y lo besan.
Pero siento mayor fastidio cuando, a nosotros los sacerdotes, nos tienen miedo y como dicen en mi tierra, “hay que quitarse la gorra cuando pasa el cura”.
Prefiero me saluden con un beso, aunque sea de vieja.
Prefiero me den un abrazo o me extiendan la mano.
Porque, como Jesús prefiero la pastoral de “tocar con la mano”, aunque sepa que a muchos esto pueda escandalizarles.
¿Acaso no escandalizó Jesús “tocando a los leprosos”, que eran intocables?

Clemente Sobrado C. P.