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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 6 – Ciclo B

“Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Sintiendo lástima, extendió la mano y le toco, diciendo: “Quiero, queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. El lo despidió, encargándole severamente: “No se lo digas a nadie…” (Mc 1,40-45)

Hay algo que me sorprende en la vida de Jesús, sobre todo, en su relación con los enfermos, los pecadores.
El Evangelio suele utilizar una frase que, es posible se nos pase desapercibida: “se le acercaban”.
Nadie se acerca a los espinos.
Nadie se acerca a las ortigas.
Nadie se acerca a los amargados.
Nadie se acerca a los que les tenemos miedo.
Nadie se acerca a los que pueden rechazarnos.

La gente, algo veía en Jesús, que les inspiraba confianza.
Había un algo en él que a la gente la atraía.
Incluso aquellos, a quienes la ley excluía y marginaba, no tenían reparo en “acercase a él”.
Hay personas que crean rechazo.
Hay personas que crean distancias.
Hay personas que inspiran miedo, respeto y lejanía.
Hay personas de las que todos nos alejamos.

Me encanta la figura que de Jesús presentan los Evangelios.
Porque es una persona:
A la que se siente próxima.
A la que se siente cercana.
A la que uno puede acercarse sin miedos.
A la que se acercan los malos y se sienten bien a su lado.
A la que se acercan incluso los niños porque se sienten acogidos.

Un leproso, por ley tenía que vivir lejos e incluso gritar “leproso, leproso” para que la gente se alejase. En cambio, se entera de que es Jesús y rompe con la ley, rompe con las normas, rompe con las distancias “y se acerca a Jesús”.

Siempre me ha preocupado pastoralmente:
Que la gente nos vea como a distancia.
Distancia que, por otra parte, nosotros mismos hemos creado, sintiéndonos distintos, como si fuésemos de otra galaxia.
Personalmente siempre me ha disgustado que nos señalen con esos títulos de “Reverendo”, “Ilustrísimo”, “Eminencia”. Incluso, hasta el “usted” me cae mal.
Porque, por mucho que queramos justificarlo, responden más a títulos humanos que a Evangelio.
En mis últimas vacaciones en el pueblo, compañero míos de escuela venían y me saludaban con tremenda seriedad: “cómo está Usted Don Clemente”. A alguno le respondí: “si sigues con esos Dones no me hables más”.

Es posible que para muchos pueda ser un escándalo, pero hasta cuando hablo con Dios, prefiero tratarle de “tú”. Me inspira más confianza. Cada uno es libre de hacerlo como mejor la vaya, yo me quedo con el “tú” que no creo sea falta de respeto sino cercanía y confianza.

Además, si el texto del Evangelio es exacto, hasta el mismo leproso trata de tú a Jesús: “Si quieres, puedes limpiarme”.
Jesús es alguien cercano.
Alguien que no vive del despacho.
Sino alguien a quien le encanta vivir y compartir con la gente.
Por eso, también es de los que “puede tocar”, puede “imponer la mano”, incluso consciente de que estaba prohibido.

Siento pena cuando escucho que los hijos tienen miedo a su padre.
Y se cuadran cuando llega a casa como si llegase en Comandante.
En cambio, disfruto cuando los niños salen a la puerta y se le cuelgan del cuello y lo besan.
Pero siento mayor fastidio cuando, a nosotros los sacerdotes, nos tienen miedo y como dicen en mi tierra, “hay que quitarse la gorra cuando pasa el cura”.
Prefiero me saluden con un beso, aunque sea de vieja.
Prefiero me den un abrazo o me extiendan la mano.
Porque, como Jesús prefiero la pastoral de “tocar con la mano”, aunque sepa que a muchos esto pueda escandalizarles.
¿Acaso no escandalizó Jesús “tocando a los leprosos”, que eran intocables?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 5 a. Semana – Ciclo B

“Y la presentaron un sordo, que además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. El apartándolo de la gente a un lado, le medió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: “Effetá”: “ábrete”. Y al momento se le abrieron los oídos y se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultades”.
(Mc 7,31-37)

Vivimos en un mundo de la comunión incomunicados.
Los oídos nos abren al mundo, escuchando a los demás.
La lengua nos abren al mundo, expresándonos a nosotros mismos.
El sordo y el mudo están condenados a vivir incomunicados.
Están condenados a vivir encerrados sobre ellos mimos.
Solo existen para ellos.
Los demás no existen para ellos.

Hay una triple sordera.
Hay una triple mudez.
Sordos y mudos para nosotros mismos.
Sordos y mudos para el mundo.
Sordos y mudos para Dios.

Sordos que no sabemos escucharnos a nosotros mismos.
No escuchamos nuestro corazón.
Ni escuchamos nuestros sentimientos interiores.
No existimos para nosotros mismos.
Pascal decía “pienso luego soy”.
Yo diría no me escucho, luego no existo.
Quien no se escucha a sí mismo no se conoce por dentro.
Ni vive para sí mismo.
Solo existe.

Sordos para el mundo:
Todos andamos con auriculares.
Solo escuchamos los ruidos musicales.
Pero nos impiden escuchar al que tenemos a nuestro lado.
Me llama la atención cuando hablo con alguien y tiene que quitarse los auriculares.
Quiere decir que yo no existo para él.
Por eso, vivimos en un mundo de solitarios.
Vivimos un mundo de seres pero no de personas.

Hace unos días casi no pude contener mis reacciones.
Desde mi confesionario veía a un joven sentado en la banca de la Iglesia con los auriculares en las orejas.
Se los quitó porque le vibró el celular.

Sordos para Dios:
Quien no es capaz de escucharse a sí mismo.
Quien no es capaz de escuchar a los demás.
¿Será capaz de escuchar a Dios?
Porque también habla.
Habla cuando se proclama su palabra.
Y habla con la palabra interior en su corazón.
Incluso no falta quien lee la palabra de Dios con los auriculares puestos.
¿A quién estará escuchando?
¿La canción o la palabra que lee?

Así vivimos nuestra soledad personal.
Vivimos la soledad de los que están a nuestro lado.
Vivimos la soledad de Dios que también quiere decirnos algo y comunicarse con nosotros.

Necesitamos que, en vez auriculares:
Que Jesús meta sus dedos en nuestros oídos.
Que Jesús nos diga a cada uno “effetá”, “ábrete”.
Ábrete a ti mismo.
Ábrete a los demás.
Ábrete a Dios.
Es algo urgente si queremos un mundo fraterno y en comunión.
Necesitamos tener tiempo para escuchar a los demás.
Porque los demás necesitan ser escuchados para ser ellos mismos.

Jesús abrió a este sordomudo a la comunidad.
Le abrió a la comunión con los demás.
Le curó de su soledad.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 5 a. Semana – Ciclo B

“En la aldea o pueblo o caserío a donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos”. (Mc 6,53-56)

Es importante ver, pero pareciera que resulta más importante tocar.
Cuando llega o se presenta el Papa, siempre lo rodea la policía, porque saben que todos se abalanzarían para tocarle.
Pareciera que “tocar” es una experiencia especial.
Y la sensación de tocar es primaria.
Basta ver cómo los niños todo lo quieren tocar y todo lo llevan a la boca.
Y basta ver a los enamorados que sienten necesidad de tocarse, agarrarse la mano, darse un beso, abrazarse.

El Evangelio está lleno de momentos en los que la gente quiere tocar a Jesús. En el texto de hoy, le pedían dejase que los enfermos pudiesen tocar, aunque no fuese sino la orla de su manto.
Y el texto termina diciendo que “los que lo tocaban quedaban sanos”.

Tocar es algo más que una simple experiencia sicológica.
Tocar es sentir que una corriente de vida pasa de uno al otro.
Pero hay un “tocar” que no dice nada.

El Dios de nuestra fe:
Es un Dios que quiere tocarnos.
Es un Dios que quiere le toquemos.
No es el Dios con escolta policial para que nadie le toque.
Jesús es de los que constantemente toca a los enfermos, a los niños.
Jesús es de los que se deja tocar por los enfermos.
Jesús nunca utilizó guardaespaldas que lo protegieran. Incluso cuando los discípulos se enfadaron con los niños, él los reprendió: “Dejad que los niños se acerquen a mí. No se lo impidáis”.
Me encanta el Papa Francisco que no quiere esos carros blindados, antibalas.
Prefiere ir a pie.
Prefiere alargar su mano.
Prefiere poner la mano sobre la cabeza de la gente.

¿Qué misterio hay en nuestras manos que constantemente quieren tocar las cosas y a las personas?
Le primera vez que mis manos le tocaron en la consagración en mi Primera Misa, mis manos temblaban y mi voz se me quebraba.
Cada día al celebrar mis manos vuelven a tocarle. “Tomando en el pan en sus manos … tomando el cáliz…”

La pregunta que me hago cada día suele ser:
¿Y me quedo también yo curado o sigo tan enfermo como antes?
¿Cuánto hay de sanación en mi vida en ese tocarle cada día, no solo a su manto sino a su propio cuerpo?

Pero no sólo yo le toco y no sólo él me toca a mí.
¿A caso no le tocamos todos cuando comulgamos.
Muchos prefieren comulgar en la mano.
Otros se escandalizan porque, dicen, las manos están socias.
Yo les pregunto si su lengua está más limpia.

¿A caso cuando le tocamos, cuando comulgamos en la lengua o lo recibimos en la mano:
¿Queda sanada y curada nuestra lengua de modo que:
ya no hable mal de nadie,
no critique ni murmure de nadie,
sino que hable bien de todos?

¿Queda sanada para:
No gritar, sino que habla con más dulzura y amabilidad?
No decir palabras que hieran, sino que alaben y bendigan?
No mienta, sino que diga siempre la verdad?

¿Y nuestras manos quedan sanadas de modo que:
Ya no hieran a nadie, sino que acaricien a todos?
Ya no hagan daño a nadie, sino repartan pan a todos?
Ya no se cierren a nadie, sino que estén abiertas a todos?
Ya no empujen a nadie alejándolo, sino atrayéndolo hacia nosotros?

Tocamos a Jesús cuando quedamos curados y sanados.
No le tocamos cuando seguimos enfermos como antes.
Ya no necesitamos pedirle que “nos toque o nos deje tocarle” pues es él mismo el que se nos acerca y nos pone la mano en a cabeza o agarra nuestras manos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 5 – Ciclo B

“Al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron, Jesús se acerco, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles… Se levantó de madrugada, se marchó a un descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y al encontrarlo, le dijeron: “Todo el mundo te busca”. El les respondió: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí que para eso he salido!” (Mc 1,29-39)

Una de las cosas que más aparece en el Evangelio es la curación de los enfermos.
Diera la impresión de que la fiebre no tiene mayor importancia.
Sin embargo, Jesús sabe que la suegra de Simón está con fiebre y allá se ve.
Y siempre los tres gestos típicos:
“Se acercó”,
“la cogió de la mano”,
“y la levantó”.

Jesús no es un profesional de la salud.
Su vocación es una misión de la salud.
Su misión es sanar, es la salud.

Bella imagen para los médicos que a lo largo del Evangelio tiene un modelo del ejercicio de su profesión que ha de ser también una profesión.
La misión de ayudarnos a disfrutar de una buena salud.
La misión de ayudarnos incluso a prolongar la vida con la nueva ciencia médica.
La misión de hacer sentir su cercanía al enfermo.
El médico no puede ser un profesional frío, intelectual.
¡Qué importancia la de sanar y curar!
¡Qué importancia la de hacernos disfrutar de una buena salud.
Pero ¡qué importante sentir que para él no somos objetos, sino personas!
Que para él somos importantes.
Que no solo curan con su saber médico sino que sobre todo sanan el corazón con el simple gesto de tomarnos de la mano como un amigo.
Sentir los mismos sentimientos que Cristo Jesús.
Hacerle sentir al enfermo ese sentimiento de cercanía y amistad.

Pero para ello es preciso sensibilidad el corazón.
Y nada mejor que un rato de oración diaria.
Que mejor que comenzar el día con un momento de oración en silencio como Jesús.
La oración no solo crea esa comunión con Dios.
También reblandece, humaniza y sensibiliza el corazón.
Está bien la especialidad técnica.
Pero diría que tal vez tiene más fuerza la relación de corazón a corazón.
Hace unos días visité a un cardiólogo.
En un momento me di cuenta de que al lado de su mesa tenía colgado un Crucifijo.
No resistí a la tentación y la preguntó ¿por qué lo tenía tan visible?
Sonrió y me dijo: No eres el primero que me pregunta. Pero los dos somos cardiólogos.
Con frecuencia le miro y me enseña a mirar a mis pacientes.
Y no se imagina cuántos se serenan cuando le ven a El con la llaga del corazón.
A muchos colegas no les cae muy bien y hasta las parece tétrico.
A mí y a mis pacientes nos ayuda mucho.
Yo le suelo decir: “tú eres mi asistente de cardiología”.

Es lo que hacía Jesús:
Se levantaba de madrugada y se iba a un lugar solitario.
Allí comenzaba el día haciendo oración.
Allí aprendía Jesús a mirar con compasión, a sentir lastima, a hacer cercano del que sufre.
Allí aprendía a unir su palabra con sus gestos de amor.
La palabra que no nace del amor es fría.
La palabra y los gestos de sanación, que brotan de la oración, llevan calor a los demás.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 2 a. Semana – Ciclo B

“Y a ellos les pregunta: “¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, “¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?” Ellos se quedaron callados.
Echando en torno una mirada de ira y dolido de su obstinación, le dijo al hombre: “Extiende tu brazo”. Lo extendió y quedó restablecido…” (Mc 3,1-6)

La verdad es que Jesús se las busca.
Se mete en la boca del lobo: en plena sinagoga.
Y le encanta provocar a la institución religiosa, desde su mismo corazón.
La cuestiona, la interroga como quien pretende hacerla reflexionar.

Ahora es él quien hace las preguntas, antes de que sean ellos quienes le pregunten y cuestionen.
“¿Qué está permitido hacer en el día sábado?”
“¿Se puede hacer el bien en sábado?”
“¿Se puede salvar la vida de un hombre o dejarlo morir?”

Todos somos fáciles para criticar lo que otros hacen.
Todos somos fáciles para manifestar nuestro celo por Dios.
Pero, cuando se nos pregunta y se nos cuestiona, ¡qué poca sinceridad tenemos!
Preferimos callar.
Preferimos el silencio.
Preferimos no manifestar lo que sentimos.
Todos somos muy valientes cuando nadie nos cuestiona.
Todos somos muy valientes cuando el interesado no está.
Todos preferimos murmurar y criticar por la espalda o la ausencia.
Tenemos poca sinceridad.
Tenemos muy poca nobleza de corazón.

Y esto, a Jesús le causa repugnancia.
Es de las pocas veces que el Evangelio dice que los miró “con ira”, “indignación”.
No por lo que pudieran pensar sino por la falta de honradez.
No tanto por su falso concepto de Dios, sino por la falsedad de sus corazones.

Indignación, rabia y hasta ira, por la poca o ninguna importancia que daban al hombre.
¿Que estaba enfermo? Eso era cosa suya, no de ellos.
¿Qué se moría? Uno menos que fastidiaba.
¿Dejarlo morir de abandono? Eso carecía de importancia para ellos.

Jesús no puede aceptar:
Un Dios que desprecia al hombre.
Un Dios que se desinteresa del hombre.
El mismo siente que, su propia vida carece de sentido sin el hombre.

Tampoco una religión en la que, la ley es más importante que el hombre.
Una religión que no tiene en cuenta al hombre.
Una religión que prescinde del bienestar del hombre.
Una religión que se olvida del hombre.
Una religión que pretende llegar a Dios sin el hombre.
Una religión que no le importa la vida del hombre.

Jesús se la juega, cada vez que la causa del hombre está de por medio.
Sabe que sanarle, le va a crear serios problemas.
Pero para él, el hombre con su parálisis y todo, es más importante que sus propios problemas.

Y la religión que no sabe valorar adecuadamente al hombre, tampoco es capaz valorar debidamente a Dios.
La religión suele ser implacable con los que no se someten a sus normas y leyes.
Marcos lo dice muy claramente: “cuando salieron de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él”.

Es la suerte de quienes, también hoy, se ponen del lado del hombre.
Es la suerte de quienes, reclaman justicia con el hombre.
Es la suerte de quienes, ponen al hombre por encima de los sistemas y del orden social injusto, que más que “orden social termina siendo “desorden social”.
Porque ¿cómo llamar “orden” a lo que esclaviza y mata la dignidad del hombre?
Con frecuencia, las mismas religiones tienen más de religiosidad que de verdadera fe en Dios y en el Evangelio.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 1 a. Semana – Ciclo B

“Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio a la puerta. Él les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando a un paralítico y, como no podía meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas de donde estaba Jesús, abrieron un boquete; descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”. (Mc 2,1-12)

La caridad tiene rostro.
Pero no tiene nombre.
Cuando a la caridad le ponemos nombre deja de ser caridad.
Si amas a tu hermano, ¿qué merito tienes? Eso también lo hacen los paganos.
Pero la caridad tiene rostro.
Es preciso ver al que sufre, aunque no tenga nombre.
Es preciso amar al que sufre, aunque no tenga nombre.

Aquí no tiene nombre el paralítico.
Puede ser un cualquiera.
Tampoco tienen nombre los cuatro que lo cargan.
Pueden ser unos cualquiera.
Pero unos cualquiera que tienen rostro, aunque nadie sepa quienes son.
Es el amor desinteresado.
Es la solidaridad desinteresada.
Es la caridad creativa, capaz de subir al tejado y abrir un boquete.
Es el amor que no se detiene ante las dificultades.
Es el amor capaz de abrirse camino incluso por los tejados.
Cuando hay amor todos los caminos son posibles.
Cuando hay amor con el que sufre hasta los tejados son buenos caminos.

Un paralítico y cuatro portadores:
El dolor del otro no duele mientras no le ponemos un rostro.
El dolor del otro puede ser interesado cuando le ponemos nombre y apellido.
El amor es tan universal como el amor.
Cuando al amor le ponemos nombre puede ser una inversión que espera recompensa.
Dios ama a todos, con nombre y sin nombre.
Dios ama a todos, al margen de su apellido o tarjeta de visita.

Es fácil preocuparnos del amigo que sufre.
Lo difícil es preocuparnos de aquel a quien vemos sufrir aunque no le conozcamos.
No sabemos quién era ese paralítico.
Solo sabemos que era un prójimo que sufría.
No sabemos quienes eran esos cuatro que cargaron con él.
Solo sabemos que eran cuatro con una gran sensibilidad ante el sufrimiento ajeno.

Para hacer el bien siempre encontramos estorbos en el camino.
Para hacer el bien siempre encontramos dificultades que justifican nuestra indiferencia.
En cambio el amor al prójimo:
Todo lo puede.
Todo lo hace posible.
Es creativo y busca siempre respuestas.
Es creativo y busca respuestas.
¿Qué no se puede entrar por la puerta?
Siempre quedará el tejado.
Siempre será posible abrir un boquete en el tejado.
¿Qué quién lo arreglará luego?
Eso no puede ser un problema.
La salud de un paralítico es más importante que unas tejas y un tejado.

Un paralítico anónimo que somos todos.
Cuatro hombres sensibles al sufrimiento de los demás que somos también todos.
No pongamos firma al amor.
No pongamos apellido al que ayudamos.
Hagamos de nuestro amor una actitud universal.
El amor que no ama a todos, no es amor.
El amor que ama al que nos ama deja de ser amor.
Es pago de una deuda, pero carece de gratuidad.

Pero el amor, por más que muchos puedan escandalizarse, tiene que ser total.
Jesús cura por dentro al paralítico “perdonándole los pecados”.
Y le cura por fuera ordenándole coger la camilla y regresar feliz a casa.
No amamos de verdad cuando amamos a medias.
No sanamos de verdad cuando no sanamos al hombre entero.
Amar es reconstruir al hombre entero: cuerpo y alma.
Al que ama de verdad no le importan las críticas y murmuraciones.
Le interesa el hombre que está por encima de toda chismografía.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 1 a. Semana – Ciclo B

“Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Sintiendo lástima extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero queda limpio”. La lepra se le quito inmediatamente y quedó limpio. “No se lo digas a nadie”. Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado y aún así acudían de todas partes”.
(Mc 1,40-45)

El amor de Jesús por el hombre no tiene límites.
Por amor se encarnó haciéndose uno de nosotros.
Por amor nació en un pesebre.
Por amor no tuvo reparos en legalmente ser considerado leproso.

¿Recuerdan la novela de Paul Claudel en la que Violeta contemplaba todos los días la tristeza de aquel leproso que se asomaba al muro? Su corazón se enternecía hasta que un día se arriesgó a darle un beso de cariño. El leproso siguió leproso, pero la alegría cambio su corazón. Pero Violeta quedó contagiada de lepra y fue llevada a una cueva a la montaña.

Aquí el leproso, comienza rompiendo con la ley, y se acerca a Jesús.
Y le pide con suma delicadeza: “Si quieres, puedes limpiarme”.
No le pide que lo sane.
No le pide que lo limpie.
Su fe es mucho más profunda: “Si quieres”.
Hermosa manera de orar.
Porque nosotros solemos orar casi imponiéndonos a la voluntad de Dios.
El leproso acepta la voluntad de Jesús: “Si quieres”.
Recordemos el Padre nuestro “hágase tu voluntad”.
Recordemos la oración del Huerto: “pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.
Porque orar no es forzar la voluntad de Dios.
Orar es aceptar la voluntad de Dios.

Jesús “siente lástima”.
Jesús nunca pasa indiferente ante el sufrimiento del hombre.
Pero también se siente movido por una oración tan sincera y llena de fe.
Y cuando se trata de evitar el sufrimiento humano, Jesús no se detiene.
Sabe el riesgo que él mismo corre, y sin embargo “extendió la mano y lo tocó”.
Sabe que también puede contagiarse de la lepra.
Y legalmente queda contagiado y excluido de la gente.
“Ya no puede entrar abiertamente en los pueblos y se quedaba fuera al descampado”.
No importa, se trataba de suprimir el dolor humano.
Se trata de que alguien recupere la alegría de la vida.
Se trata de que alguien pueda incorporarse a la sociedad.
El amor al hombre está por encima de los propios riesgos.
Quien sería capaz de dar su vida por nosotros, ¿iba a tener miedo a la lepra?

Señor, felizmente hoy la lepra está prácticamente supera.
Sin embargo, Señor, todavía somos muchos los leprosos que quedamos.
“Si quieres” ¿no podía limpiarnos de la lepra del egoísmo del tener?
“Si quieres”¿no podías limpiarnos de esas indiferencias que secan nuestro corazón?
“Si quieres” ¿no podías limpiarnos de esas indiferencias frente a la pobre de los demás?
“Si quieres” ¿no podías limpiarnos de esos orgullos que aplastan a los demás?
“Si quieres” ¿no podías limpiar nuestro corazón de tanta basura que bajamos de Internet?
“Si quieres” ¿no podías limpiar nuestro corazón de tantas esclavitudes de nuestras pasiones?
“Si quieres” ¿no podías limpiar hoy nuestras manos de tantos crímenes?
“Si quieres” ¿no podías limpiar hoy nuestro mundo de tantas muertes inútiles?
“Si quiere” ¿no podías limpiar hoy nuestra mente de tanta mentira?

Señor, también nosotros nos ponemos de rodillas delante de ti para que nos cures, nos sanes, nos devuelvas la salud.
No te pedimos que te fijes en tantos que sufren a nuestro lado.
Te pedimos que, “si quieres” muevas nuestros corazones para que seamos nosotros los que nos detengamos ante ellos y recobren su dignidad y la alegría de la vida.

Clemente Sobrado C. P.