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Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Martes de la 4 a. Semana – Ciclo B

“Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús al verlo echado, y sabiendo que ya lleva mucho tiempo, le dice: “¿Quieres quedar sano?” El enfermo le contestó: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; para cuando llegó yo, otro se me ha adelantado”. Jesús le dice: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar. Y al momento el hombre quedó sano, tomó la camilla y echó a andar. Aquel día era sábado y los judíos dijeron al hombre: “Hoy es sábado y no se puede llevar la Camilla”. (Jn 5,1-3.5-6)

En el Evangelio, los enfermos:
Son la gran revelación de la sensibilidad de Jesús.
Son la gran revelación de la fuerza del Reino.
Son la gran revelación de cómo ve Dios al hombre.
Son la ocasión de demostrar ciertos absurdos de la religión.
Son la ocasión de cambiar la religión de la Ley por la del amor.
Son la ocasión para manifestar el camino de dar culto verdadero a Dios.

Treinta y ocho años:
Paralítico tumbado sobre su camilla.
Abandonado sin encontrar una mano que se acerque para levantarse.
¡Cuánta gente habría pasado a su lado!
¡Y ni uno solo se fijó en él!
¡Y ni uno solo se hizo prójimo ni lo vio como prójimo!
Treinta y ocho años sin interesar a nadie.
Una vida rodeada de gente y sin tener a nadie.

No tengo a nadie.
Es triste estar paralítico.
¿No será más triste decir “No tengo a nadie”?
Es triste estar tumbado sin poder valerse a sí mismo.
¿No será más triste “no contar con nadie”?
¿No será más triste sentir que eso es lo que manda la religión?

¿Qué idea pudo hacerse este hombre de la religión?
Jesús lo cura y lo pone en pie y lo echa andar.
Pero es sábado y recibe la reprimenda de los responsables religiosos.
La alegría de la salud comenzaba a iluminar su vida.
Y de inmediato se le nubla y congela en el corazón.
Se siente acusado en nombre de Dios por cargar la camilla que le sirvió de cama tantos años.
Por lo demás, tampoco conoce todavía a Jesús a quien acudir.
Pero Jesús mismo se hace el encontradizo en el templo.
Y Jesús se le acerca.
Le da una palmadita en el hombro.
Y le pregunta ¿cómo estás compadre? ¿cómo te sientes?
Y termina su obra.
Ahora le perdona los pecados y le dice “no peque más”.
La religión de la ley le condena de pecador por cargar la camilla en sábado.
La religión del amor le perdona sus pecados.
Lo sana por dentro y por fuera.
¿Qué pudo pensar de una y otra?

Estoy pensando en tantos ancianos que, tampoco “tienen un hombre” que les haga compañía y llene su soledad.
Estoy pensando en tantos albergues almacén de ancianos a quien nadie visita.
¿Dónde están los hijos?
Estoy pensando en esas interpretaciones y traducciones de un Dios que prefiere el culto del templo al hombre.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Lunes de la 4 a. Semana – Ciclo B

“Había un funcionario que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que esta muriéndose. Jesús le dijo: “Como no veáis signos y prodigios, no creéis”. El funcionario insiste: “Señor baja antes de que muera mi niño”. Jesús le contesta: “Anda, tu hijo está curado”. El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo estaba curado”. (Jn 4,43-54)

No todo lo que reluce es oro.
Hay muchas apariencias que brillan pero no son oro.
En Caná, Jesús hizo el primer milagro: el milagro del vino.
Ahora, Jesús hace su segundo milagro también en Caná o desde Caná.
En el primer milagro, fue María, la Madre, la que se lo pidió.
En el segundo milagro, es un funcionario que le pide sane a su hijo que se está muriendo.
En el primer milagro María era la mujer de la fe.
Y sus discípulos creyeron más en él.
En el segundo milagro es alguien que no tiene fe.
Pero, con la sanación de su hijo “creyó él y toda su familia”.

Con frecuencia nos quejamos y lamentamos de nuestros malos momentos y desgracias.
Y con frecuencia, son esos malos momentos en los que todo parece que toda una familia se va a vestir de luto, por la muerte de un hijo, y se despierta de la fe.
Lo que parecía una desgracia, se convirtió en gracia.
Lo que parecía el final de una vida, se convirtió en comienzo de una vida nueva.
Lo que parecía muerte, se convierte en vida.
Y quienes no tenían fe, comienzan a creer.
Lo que parecía oscuridad se hace luz.

No siempre las desgracias son motivo para perder a fe como muchos piensan.
También los malos momentos pueden ser principio de fe.
También los malos momentos pueden convertirse en gracia.
No todo sufrimiento termina en oscuridad.
No toda desgracia ha de ser fuente de duda en Dios.
Muchos veces son esos malos momentos los que hacen que la fe se avive y despierte.
No siempre encontramos la fe cuando vivimos felices.
Ni esos días de sufrimiento son señales de que Dios nos ha olvidado.
Ni esos días de oscuridad son señales de que estamos perdiendo la fe.

El funcionario llegó a Jesús con el alma rota.
No sabemos que pudo pensar de Jesús.
De seguro que habría escuchado que era un tipo que curaba a todos los enfermos.
Y pensó que también podría devolverle la salud a su hijo.
Subió a Caná destrozadas sus esperanzas.
Y regresó con un alma en la que comenzaba a brotar la primavera.
Dejó a su hijo muriéndose.
Y cuando regresó lo encontró bien sano y vivo.
Y también comenzó a vivir algo nuevo.
También él comenzó a revivir lo que llevaba muerto en su alma.
Y no solo él sino su familia entera.
El que se estaba muriendo fue motivo para que la vida floreciese en su familia.
El que tenía a todos preocupado, se hace fuente de alegría familiar.

¿Qué alguien está enfermo y muriéndose en tu casa?
¿No será para que todos se sanen y comiencen a vivir?
¿Que sientes que la suerte te ha abandonado porque todo te sale mal?
¿Y no será que esa mala suerte puede ser tu mejor suerte?

Cuando acudimos a Jesús nada está perdido.
Es posible que no todo salga según nuestros intereses.
Pero puede que se despierten en nosotros.
¿Y cuando las cosas cambian, realmente comenzamos a creer más en Dios?
No seamos de los que le pedimos milagros y cuando nos los concede volvemos a olvidarnos de él.
Ciertamente que el sufrimiento no tiene nada de atractivo.
Y sin embargo, también el dolor y el sufrimiento, peden ser caminos de fe personal y familiar.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 6 – Ciclo B

“Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Sintiendo lástima, extendió la mano y le toco, diciendo: “Quiero, queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. El lo despidió, encargándole severamente: “No se lo digas a nadie…” (Mc 1,40-45)

Hay algo que me sorprende en la vida de Jesús, sobre todo, en su relación con los enfermos, los pecadores.
El Evangelio suele utilizar una frase que, es posible se nos pase desapercibida: “se le acercaban”.
Nadie se acerca a los espinos.
Nadie se acerca a las ortigas.
Nadie se acerca a los amargados.
Nadie se acerca a los que les tenemos miedo.
Nadie se acerca a los que pueden rechazarnos.

La gente, algo veía en Jesús, que les inspiraba confianza.
Había un algo en él que a la gente la atraía.
Incluso aquellos, a quienes la ley excluía y marginaba, no tenían reparo en “acercase a él”.
Hay personas que crean rechazo.
Hay personas que crean distancias.
Hay personas que inspiran miedo, respeto y lejanía.
Hay personas de las que todos nos alejamos.

Me encanta la figura que de Jesús presentan los Evangelios.
Porque es una persona:
A la que se siente próxima.
A la que se siente cercana.
A la que uno puede acercarse sin miedos.
A la que se acercan los malos y se sienten bien a su lado.
A la que se acercan incluso los niños porque se sienten acogidos.

Un leproso, por ley tenía que vivir lejos e incluso gritar “leproso, leproso” para que la gente se alejase. En cambio, se entera de que es Jesús y rompe con la ley, rompe con las normas, rompe con las distancias “y se acerca a Jesús”.

Siempre me ha preocupado pastoralmente:
Que la gente nos vea como a distancia.
Distancia que, por otra parte, nosotros mismos hemos creado, sintiéndonos distintos, como si fuésemos de otra galaxia.
Personalmente siempre me ha disgustado que nos señalen con esos títulos de “Reverendo”, “Ilustrísimo”, “Eminencia”. Incluso, hasta el “usted” me cae mal.
Porque, por mucho que queramos justificarlo, responden más a títulos humanos que a Evangelio.
En mis últimas vacaciones en el pueblo, compañero míos de escuela venían y me saludaban con tremenda seriedad: “cómo está Usted Don Clemente”. A alguno le respondí: “si sigues con esos Dones no me hables más”.

Es posible que para muchos pueda ser un escándalo, pero hasta cuando hablo con Dios, prefiero tratarle de “tú”. Me inspira más confianza. Cada uno es libre de hacerlo como mejor la vaya, yo me quedo con el “tú” que no creo sea falta de respeto sino cercanía y confianza.

Además, si el texto del Evangelio es exacto, hasta el mismo leproso trata de tú a Jesús: “Si quieres, puedes limpiarme”.
Jesús es alguien cercano.
Alguien que no vive del despacho.
Sino alguien a quien le encanta vivir y compartir con la gente.
Por eso, también es de los que “puede tocar”, puede “imponer la mano”, incluso consciente de que estaba prohibido.

Siento pena cuando escucho que los hijos tienen miedo a su padre.
Y se cuadran cuando llega a casa como si llegase en Comandante.
En cambio, disfruto cuando los niños salen a la puerta y se le cuelgan del cuello y lo besan.
Pero siento mayor fastidio cuando, a nosotros los sacerdotes, nos tienen miedo y como dicen en mi tierra, “hay que quitarse la gorra cuando pasa el cura”.
Prefiero me saluden con un beso, aunque sea de vieja.
Prefiero me den un abrazo o me extiendan la mano.
Porque, como Jesús prefiero la pastoral de “tocar con la mano”, aunque sepa que a muchos esto pueda escandalizarles.
¿Acaso no escandalizó Jesús “tocando a los leprosos”, que eran intocables?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 5 a. Semana – Ciclo B

“Y la presentaron un sordo, que además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. El apartándolo de la gente a un lado, le medió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: “Effetá”: “ábrete”. Y al momento se le abrieron los oídos y se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultades”.
(Mc 7,31-37)

Vivimos en un mundo de la comunión incomunicados.
Los oídos nos abren al mundo, escuchando a los demás.
La lengua nos abren al mundo, expresándonos a nosotros mismos.
El sordo y el mudo están condenados a vivir incomunicados.
Están condenados a vivir encerrados sobre ellos mimos.
Solo existen para ellos.
Los demás no existen para ellos.

Hay una triple sordera.
Hay una triple mudez.
Sordos y mudos para nosotros mismos.
Sordos y mudos para el mundo.
Sordos y mudos para Dios.

Sordos que no sabemos escucharnos a nosotros mismos.
No escuchamos nuestro corazón.
Ni escuchamos nuestros sentimientos interiores.
No existimos para nosotros mismos.
Pascal decía “pienso luego soy”.
Yo diría no me escucho, luego no existo.
Quien no se escucha a sí mismo no se conoce por dentro.
Ni vive para sí mismo.
Solo existe.

Sordos para el mundo:
Todos andamos con auriculares.
Solo escuchamos los ruidos musicales.
Pero nos impiden escuchar al que tenemos a nuestro lado.
Me llama la atención cuando hablo con alguien y tiene que quitarse los auriculares.
Quiere decir que yo no existo para él.
Por eso, vivimos en un mundo de solitarios.
Vivimos un mundo de seres pero no de personas.

Hace unos días casi no pude contener mis reacciones.
Desde mi confesionario veía a un joven sentado en la banca de la Iglesia con los auriculares en las orejas.
Se los quitó porque le vibró el celular.

Sordos para Dios:
Quien no es capaz de escucharse a sí mismo.
Quien no es capaz de escuchar a los demás.
¿Será capaz de escuchar a Dios?
Porque también habla.
Habla cuando se proclama su palabra.
Y habla con la palabra interior en su corazón.
Incluso no falta quien lee la palabra de Dios con los auriculares puestos.
¿A quién estará escuchando?
¿La canción o la palabra que lee?

Así vivimos nuestra soledad personal.
Vivimos la soledad de los que están a nuestro lado.
Vivimos la soledad de Dios que también quiere decirnos algo y comunicarse con nosotros.

Necesitamos que, en vez auriculares:
Que Jesús meta sus dedos en nuestros oídos.
Que Jesús nos diga a cada uno “effetá”, “ábrete”.
Ábrete a ti mismo.
Ábrete a los demás.
Ábrete a Dios.
Es algo urgente si queremos un mundo fraterno y en comunión.
Necesitamos tener tiempo para escuchar a los demás.
Porque los demás necesitan ser escuchados para ser ellos mismos.

Jesús abrió a este sordomudo a la comunidad.
Le abrió a la comunión con los demás.
Le curó de su soledad.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 5 a. Semana – Ciclo B

“En la aldea o pueblo o caserío a donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos”. (Mc 6,53-56)

Es importante ver, pero pareciera que resulta más importante tocar.
Cuando llega o se presenta el Papa, siempre lo rodea la policía, porque saben que todos se abalanzarían para tocarle.
Pareciera que “tocar” es una experiencia especial.
Y la sensación de tocar es primaria.
Basta ver cómo los niños todo lo quieren tocar y todo lo llevan a la boca.
Y basta ver a los enamorados que sienten necesidad de tocarse, agarrarse la mano, darse un beso, abrazarse.

El Evangelio está lleno de momentos en los que la gente quiere tocar a Jesús. En el texto de hoy, le pedían dejase que los enfermos pudiesen tocar, aunque no fuese sino la orla de su manto.
Y el texto termina diciendo que “los que lo tocaban quedaban sanos”.

Tocar es algo más que una simple experiencia sicológica.
Tocar es sentir que una corriente de vida pasa de uno al otro.
Pero hay un “tocar” que no dice nada.

El Dios de nuestra fe:
Es un Dios que quiere tocarnos.
Es un Dios que quiere le toquemos.
No es el Dios con escolta policial para que nadie le toque.
Jesús es de los que constantemente toca a los enfermos, a los niños.
Jesús es de los que se deja tocar por los enfermos.
Jesús nunca utilizó guardaespaldas que lo protegieran. Incluso cuando los discípulos se enfadaron con los niños, él los reprendió: “Dejad que los niños se acerquen a mí. No se lo impidáis”.
Me encanta el Papa Francisco que no quiere esos carros blindados, antibalas.
Prefiere ir a pie.
Prefiere alargar su mano.
Prefiere poner la mano sobre la cabeza de la gente.

¿Qué misterio hay en nuestras manos que constantemente quieren tocar las cosas y a las personas?
Le primera vez que mis manos le tocaron en la consagración en mi Primera Misa, mis manos temblaban y mi voz se me quebraba.
Cada día al celebrar mis manos vuelven a tocarle. “Tomando en el pan en sus manos … tomando el cáliz…”

La pregunta que me hago cada día suele ser:
¿Y me quedo también yo curado o sigo tan enfermo como antes?
¿Cuánto hay de sanación en mi vida en ese tocarle cada día, no solo a su manto sino a su propio cuerpo?

Pero no sólo yo le toco y no sólo él me toca a mí.
¿A caso no le tocamos todos cuando comulgamos.
Muchos prefieren comulgar en la mano.
Otros se escandalizan porque, dicen, las manos están socias.
Yo les pregunto si su lengua está más limpia.

¿A caso cuando le tocamos, cuando comulgamos en la lengua o lo recibimos en la mano:
¿Queda sanada y curada nuestra lengua de modo que:
ya no hable mal de nadie,
no critique ni murmure de nadie,
sino que hable bien de todos?

¿Queda sanada para:
No gritar, sino que habla con más dulzura y amabilidad?
No decir palabras que hieran, sino que alaben y bendigan?
No mienta, sino que diga siempre la verdad?

¿Y nuestras manos quedan sanadas de modo que:
Ya no hieran a nadie, sino que acaricien a todos?
Ya no hagan daño a nadie, sino repartan pan a todos?
Ya no se cierren a nadie, sino que estén abiertas a todos?
Ya no empujen a nadie alejándolo, sino atrayéndolo hacia nosotros?

Tocamos a Jesús cuando quedamos curados y sanados.
No le tocamos cuando seguimos enfermos como antes.
Ya no necesitamos pedirle que “nos toque o nos deje tocarle” pues es él mismo el que se nos acerca y nos pone la mano en a cabeza o agarra nuestras manos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 5 – Ciclo B

“Al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron, Jesús se acerco, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles… Se levantó de madrugada, se marchó a un descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y al encontrarlo, le dijeron: “Todo el mundo te busca”. El les respondió: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí que para eso he salido!” (Mc 1,29-39)

Una de las cosas que más aparece en el Evangelio es la curación de los enfermos.
Diera la impresión de que la fiebre no tiene mayor importancia.
Sin embargo, Jesús sabe que la suegra de Simón está con fiebre y allá se ve.
Y siempre los tres gestos típicos:
“Se acercó”,
“la cogió de la mano”,
“y la levantó”.

Jesús no es un profesional de la salud.
Su vocación es una misión de la salud.
Su misión es sanar, es la salud.

Bella imagen para los médicos que a lo largo del Evangelio tiene un modelo del ejercicio de su profesión que ha de ser también una profesión.
La misión de ayudarnos a disfrutar de una buena salud.
La misión de ayudarnos incluso a prolongar la vida con la nueva ciencia médica.
La misión de hacer sentir su cercanía al enfermo.
El médico no puede ser un profesional frío, intelectual.
¡Qué importancia la de sanar y curar!
¡Qué importancia la de hacernos disfrutar de una buena salud.
Pero ¡qué importante sentir que para él no somos objetos, sino personas!
Que para él somos importantes.
Que no solo curan con su saber médico sino que sobre todo sanan el corazón con el simple gesto de tomarnos de la mano como un amigo.
Sentir los mismos sentimientos que Cristo Jesús.
Hacerle sentir al enfermo ese sentimiento de cercanía y amistad.

Pero para ello es preciso sensibilidad el corazón.
Y nada mejor que un rato de oración diaria.
Que mejor que comenzar el día con un momento de oración en silencio como Jesús.
La oración no solo crea esa comunión con Dios.
También reblandece, humaniza y sensibiliza el corazón.
Está bien la especialidad técnica.
Pero diría que tal vez tiene más fuerza la relación de corazón a corazón.
Hace unos días visité a un cardiólogo.
En un momento me di cuenta de que al lado de su mesa tenía colgado un Crucifijo.
No resistí a la tentación y la preguntó ¿por qué lo tenía tan visible?
Sonrió y me dijo: No eres el primero que me pregunta. Pero los dos somos cardiólogos.
Con frecuencia le miro y me enseña a mirar a mis pacientes.
Y no se imagina cuántos se serenan cuando le ven a El con la llaga del corazón.
A muchos colegas no les cae muy bien y hasta las parece tétrico.
A mí y a mis pacientes nos ayuda mucho.
Yo le suelo decir: “tú eres mi asistente de cardiología”.

Es lo que hacía Jesús:
Se levantaba de madrugada y se iba a un lugar solitario.
Allí comenzaba el día haciendo oración.
Allí aprendía Jesús a mirar con compasión, a sentir lastima, a hacer cercano del que sufre.
Allí aprendía a unir su palabra con sus gestos de amor.
La palabra que no nace del amor es fría.
La palabra y los gestos de sanación, que brotan de la oración, llevan calor a los demás.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 2 a. Semana – Ciclo B

“Y a ellos les pregunta: “¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, “¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?” Ellos se quedaron callados.
Echando en torno una mirada de ira y dolido de su obstinación, le dijo al hombre: “Extiende tu brazo”. Lo extendió y quedó restablecido…” (Mc 3,1-6)

La verdad es que Jesús se las busca.
Se mete en la boca del lobo: en plena sinagoga.
Y le encanta provocar a la institución religiosa, desde su mismo corazón.
La cuestiona, la interroga como quien pretende hacerla reflexionar.

Ahora es él quien hace las preguntas, antes de que sean ellos quienes le pregunten y cuestionen.
“¿Qué está permitido hacer en el día sábado?”
“¿Se puede hacer el bien en sábado?”
“¿Se puede salvar la vida de un hombre o dejarlo morir?”

Todos somos fáciles para criticar lo que otros hacen.
Todos somos fáciles para manifestar nuestro celo por Dios.
Pero, cuando se nos pregunta y se nos cuestiona, ¡qué poca sinceridad tenemos!
Preferimos callar.
Preferimos el silencio.
Preferimos no manifestar lo que sentimos.
Todos somos muy valientes cuando nadie nos cuestiona.
Todos somos muy valientes cuando el interesado no está.
Todos preferimos murmurar y criticar por la espalda o la ausencia.
Tenemos poca sinceridad.
Tenemos muy poca nobleza de corazón.

Y esto, a Jesús le causa repugnancia.
Es de las pocas veces que el Evangelio dice que los miró “con ira”, “indignación”.
No por lo que pudieran pensar sino por la falta de honradez.
No tanto por su falso concepto de Dios, sino por la falsedad de sus corazones.

Indignación, rabia y hasta ira, por la poca o ninguna importancia que daban al hombre.
¿Que estaba enfermo? Eso era cosa suya, no de ellos.
¿Qué se moría? Uno menos que fastidiaba.
¿Dejarlo morir de abandono? Eso carecía de importancia para ellos.

Jesús no puede aceptar:
Un Dios que desprecia al hombre.
Un Dios que se desinteresa del hombre.
El mismo siente que, su propia vida carece de sentido sin el hombre.

Tampoco una religión en la que, la ley es más importante que el hombre.
Una religión que no tiene en cuenta al hombre.
Una religión que prescinde del bienestar del hombre.
Una religión que se olvida del hombre.
Una religión que pretende llegar a Dios sin el hombre.
Una religión que no le importa la vida del hombre.

Jesús se la juega, cada vez que la causa del hombre está de por medio.
Sabe que sanarle, le va a crear serios problemas.
Pero para él, el hombre con su parálisis y todo, es más importante que sus propios problemas.

Y la religión que no sabe valorar adecuadamente al hombre, tampoco es capaz valorar debidamente a Dios.
La religión suele ser implacable con los que no se someten a sus normas y leyes.
Marcos lo dice muy claramente: “cuando salieron de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él”.

Es la suerte de quienes, también hoy, se ponen del lado del hombre.
Es la suerte de quienes, reclaman justicia con el hombre.
Es la suerte de quienes, ponen al hombre por encima de los sistemas y del orden social injusto, que más que “orden social termina siendo “desorden social”.
Porque ¿cómo llamar “orden” a lo que esclaviza y mata la dignidad del hombre?
Con frecuencia, las mismas religiones tienen más de religiosidad que de verdadera fe en Dios y en el Evangelio.

Clemente Sobrado C. P.