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Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Jueves de la 3 a. Semana – Ciclo B

“Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa… Vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belcebú; y si yo echo los demonios con el poder de Belcebú, vuestros hijos ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces”. (Lc 11, 14-23)

La división no es principio de vida, sino de muerte.
Y la división puede provenir tanto por parte de los padres como de los hijos.
Toda división deja de ser principio de vida y se convierte en principio de muerte.
Y sobre todo, se trata de la división que proviene de no aceptar la novedad.
De creer que todo lo viejo es lo único válido.
De creer que todo lo nuevo es malo, proviene del diablo.
De creer que todo lo pasado es de Dios.
De creer que todo lo nuevo proviene del maligno.

Jesús echa los demonios de los poseídos:
Pero ¡cuánto cuesta aceptar que alguien puede liberarnos en nombre de Dios de los malos espíritus!
Jesús nos libera de esos malos espíritus que nos impiden abrirnos a la acción de Dios hoy, como si Dios sólo actuase en el pasado.
Y, frente a esa novedad de la libertad de Dios, le acusan y condenan de actuar en nombre del mal.
Como si, el hacernos libres hoy, fuese malo.
Y el quedarnos víctimas del pasado fuese bueno y fruto de la voluntad de Dios.

Lo nuevo no puede ser principio de división.
Jesús no está dividido ni dividiendo.
Jesús es capaz de liberarnos de los malos espíritus.
Pero lo hace en nombre de Dios.
Jesús ni está dividido ni divide.
Dios no es división ni divide.

Y Jesús da una razón clara y evidente:
¿En nombre de quien actuaron los que nos precedieron?
Porque todo proceso de crecimiento de la historia tiene que ser un proceso de liberación.
También los que nos precedieron e hicieron la tradición del pasado, en algún momento, tuvieron que dar un paso adelante.
¿Quiere esto decir que los cambios que se hicieron en el pasado eran obra de Dios y los cambios que se están dando hoy son obra del maligno y de lo malo?
El mismo que guió la historia del pasado, es el mismo Dios que guía la historia del hoy.

La Iglesia tiene que vivir abierta al ayer.
Pero tiene que vivir también abierta al hoy.
No se trata de dividir la Iglesia entre el ayer y el hoy y el mañana.
Eso sería llevar a la Iglesia a la ruina, porque toda división es fuente de destrucción y de muerte.
Si los que tratan de abrir a la Iglesia del hoy y del mañana actúan en nombre del Maligno, ¿en nombre de quién actuaron vuestros hijos que también la sacaron del pasado y la hicieron llegar hasta hoy?

La peor división, tanto en la sociedad como en la Iglesia, es:
Acusar a unos de buenos.
A otros de malos.
A unos de buen espíritu.
A otros de mal espíritu.

Dios no divide.
Dios une e integra.
Dios no se separa por dentro.
Dios une interiormente.
Dios une con los que fueron fieles en el pasado.
Dios une con los que son fieles en el presente.
Todos estamos movidos por el mismo Espíritu de fidelidad.
No dividamos “lo que Dios ha unido”.
“Que todos sean uno, como tú y yo somos uno”.

Clemente Sobrado C. P.

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Palabras para caminar: No dividas

1.- No dividas a los hombres en colores: blancos y negros, amarillos o mestizos.
Dios los unió e hizo a todos iguales en una misma dignidad: la de ser personas.
Lo que Dios unió que no lo separe tu corazón.

Flickr: Eugenio 

2.- No dividas a los hombres en “izquierdas y derechas”.
¿No te has dado cuenta de que la derecha y la izquierda están unidas a un mismo tronco que es el cuerpo?
¿No te has dado cuenta de que sin la izquierda tu derecha pierde capacidad y sin la derecha, la izquierda no podrá hacer todo lo que es capaz?

3.- No dividas a los hombres en tontos y sabios.
Mira que el centro del hombre no es la cabeza sino el corazón.
Y el corazón riega con la misma sangre el cerebro de los tontos y el de los inteligentes. Por encima del saber está el amor.
¿De qué te sirve el saber si no amas?

4.- No dividas a los hombres en buenos y malos.
¿No has visto cómo el autobús, el avión, el tren lleva a unos y a otros?
¿Será tu corazón quien decida a los que va a llevar dentro?
Si sólo quiere llevar a los santos, tendrás demasiados asientos vacíos en tu corazón…

5.- No dividas a los hombres en blancos y cholos.
¿No ves cómo la calle se deja pisar por unos y otros?
Hasta las autopistas aceptan al blanco y al cholito.
¿Quieres que tu corazón sea sólo autopista de blanquitos…?

6.- No dividas a los hombres en amigos y enemigos.
¿No ves cómo los hospitales reciben a todos los enfermos sin preguntarles si son de tu partido o del otro?
¿Sólo tu corazón les va a exigir como tarjeta de ingreso el carné del partido?

7.- Dios manda el sol para buenos y malos, santos y pecadores, altos y bajos, hombres y mujeres. Que tu corazón no haga excepciones donde Dios no las hace.
A los que tú excluyes de tu corazón, Dios los recibe en el suyo.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 29 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Yo he venido para prender fuego sobre la tierra,¡y ojalá que estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Piensan ustedes que he venido a traer paz a ola tierra? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre…
(Lc 12, 49-53)

Estamos habituados a un Jesús barbilampiño.
A un Jesús dulzarrón y acaramelado.
Y Jesús tiene poco de caramelo.
Y hasta diría que tiene mucho de ají.
Porque la verdad de Jesús marca una frontera entre los hombres.

En primer lugar, Jesús tiene mucho de incendiario.
Jesús tiene más de fuego que de hielo y frío.
Jesús es un “signo de contradicción”.
Jesús es como un fuego que quema toda la maleza.
Jesús es como un fuego que quema todo aquello que impide brotar y crecer la verdad.
Jesús es un fuego que busca un mundo nuevo quemando todo aquello que impide crecer la vida.

Cualquiera puede mirarse a sí mismo y sincerarse consigo mismo.
Cuánta chatarra hay en nuestro corazón.
Cuánta chatarra a la que nos aferramos como un tesoro y nos impide crecer como personas.
Cuánta chatarra de sexualidad, de instintos, de pasiones, que nos impiden abrirnos a la verdad del Evangelio y de la vida.
Me gustan los “Traperos de Emaús” que, de tiempo en tiempo, vienen con su camioneta a llevar toda esa chatarra con la que luego hacen cosas nuevas.
Para ellos todo les sirve, porque saben transformarlas en nuevas.
Todo eso que nosotros almacenamos por “un por si es caso” y que nunca la utilizamos, ellos saben cómo renovarlas.
Necesitamos “Traperos de Emaús” que pasen por nuestro corazón llevándose tantas cosas que nosotros creemos indispensables y que, de hecho, lo único que hacen es impedirnos buscar lo nuevo, abrirnos a lo nuevo.
Hace unos días quise examinar mi corazón. Confieso que encontré demasiada chatarra ocupando espacio el que le pertenece a Dios y al Evangelio.

El fuego que Jesús ha traído al mundo es el fuego de su bautismo.
Un bautismo que no pasa por el agua.
Pero sí pasa por esa libertad y ese amor que lo lleva hasta dar su vida por nosotros.
Es un bautismo de fuego.
Es un bautismo que pasa por la cruz, donde todo lo secundario es quemado.
Es un bautismo que pasa por la cruz, donde se refina la verdad del corazón humano.
Es un bautismo que pasa por la cruz, donde se queman todas las vulgaridades.
Es un bautismo que pasa por la cruz, donde se queman todas esas afecciones del corazón que nos impiden ser lo que tenemos que ser.
Jesús tiene miedo a ese bautismo.
Sin embargo ansía que, de una vez, se lleve a cabo y el mundo pueda calentarse y arder en ese fuego de la verdad y del amor.

No. Jesús no viene a dejar que las cosas sigan igual.
Jesús viene que quemar todo lo inútil y lo que estorba.
Pero esto no se hace con paños calientes.
No se hace con rebajas en nuestras exigencias e ideales.
Jesús une, pero Jesús también divide.
Jesús crea comunión, pero también separación.

Separación incluso en la misma familia, primer ambiente de comunión.
Porque también en la familia hay quienes prefieren la maleza del corazón.
Y la libertad del corazón.
¿Por qué molesta hoy tanto la Iglesia?
Por una razón muy sencilla.
La Iglesia inquieta nuestras vidas.
La Iglesia nos inquieta con la verdad del Evangelio contra nuestra verdad.
Mientras para nosotros todo es válido, para la Iglesia existe la verdad y la mentira.
Me da miedo una Iglesia aplaudida, porque es una Iglesia que no divide.
Yo quiero una Iglesia que nos divida.
Yo quiero una Iglesia que nos moleste, como Jesús molestaba a los fariseos.
Yo prefiero una Iglesia que tenga que pasar por el bautismo a la cruz, a una Iglesia que se acomoda al bienestar del mundo y a los criterios del mundo.

Buena es la paz y la armonía basada en la verdad del Evangelio.
Mala es la paz y la armonía basada en aceptar lo que piensa todo el mundo.
No toda división es buena.
Tampoco toda comunión y armonía es buena.
La única comunión y armonía buenas son las que brotan del Evangelio.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 27 a. Semana – Ciclo A

“Si echa los demonios es por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios. El leyendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Pero si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros”. ( Lc 11,15-26)

La mejor señal del reino de Dios es la unidad.
La mejor señal anti-reino de es la división.
El Papa Francisco quiere una Iglesia unida.
Unidad que no significa “uniformidad”.
Por algo recitamos en el Credo “Creo en la Iglesia una”.

Durante siglos, uno de los problemas ha sido la división de la Iglesia:
Primero fue la ruptura con la Iglesia Oriental.
Luego fue la ruptura protestante.
Un Cristo rasgado y dividido.
Y todos en nombre de Cristo que es lo peor.

Pero peor es todavía la división dentro de la Iglesia misma.
Quiero citar unas frase del Papa Francisco:
“Me duele comprobar cómo en algunas comunidad cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una caza de brujas,
¿A quién vamos a evangelizar con estos comportamientos?”
El Papa quiere trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar cómo os cuidáis los unos a otros, cómo os dar aliento mutuamente y cómo os acompañáis”.

Una Iglesia dividida no es la Iglesia de Jesús.
Una Iglesia donde cada uno se cree dueño de la verdad, no es la Iglesia de Jesús.
Una Iglesia donde cada grupo se cree el único, no es la Iglesia de Jesús.
Hubo un tiempo en que lo que dividía la Iglesia era la teología: Jesús y Dominicos, Suarez y Santo Tomás.
Hubo una división entre Carmelitas y Dominicos sobre la mística.
En vez de ser místicos se prefería discutir sobre mística.

Hoy en la Iglesia existen demasiadas divisiones:
¡Cuánto se ha discutido sobre la Teología de la Liberación!
Y hoy Gutierrez es aplaudido clamorosamente en el Vaticano.
Se habla de división y poder entre Jesuitas y el Opus.
Se habla carismas únicos y los que están fuera no son cristianos de verdad.
Esos no están escritos en el Libro de la vida.
Y todos nos defendemos tras “ser miembros todos de la Iglesia”.

Jesús nos dejó un mandato: “Sed uno como vuestro Padre celestial es uno”.
Sin embargo, a nosotros nos encanta la división.
Los que no piensan como nosotros “actúan por obra de Belcebú”.
En cambio Jesús actúa con el poder del “dedo de Dios”.
Podemos pensar distinto, pero no por eso vivir divididos.
La división en la Iglesia comienza siendo un escándalo.
Un escándalo que nos impide unir nuestras fuerzas para construir el reino de Dios.
Un escándalo que es el gran obstáculo para anunciar el Evangelio.
Un escándalo que no une sino que divide.
Y toda división no viene de Dios.
Toda división viene de nuestro orgullo y nuestra vanidad.

Los carismas tienen un mismo origen: el Espíritu Santo.
Los carismas tienen una misma finalidad: el bien común del Pueblo de Dios.
Los carismas que dividen no vienen del Espíritu.
Por eso, San Pablo, ante la división carismática de sus Iglesias, les dice que, el mayor de los todos los carismas es la caridad, el amor.
Obedezcamos al Espíritu.
Porque el Espíritu es el principio de unión de la Iglesia.
Una Iglesia dividida no vive del Espíritu.
Una Iglesia comunión es la Iglesia alimentada por el Espíritu.
“La unión hace la fuera”.
“La división crea la debilidad”.

Trabajemos por una Iglesia donde todos nos preocupemos de los demás.
Trabajemos por una Iglesia donde todos sepamos compartir el mismo Evangelio, el mismo Espíritu.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 7 a. Semana – Ciclo A

Dijo Juan a Jesús: “Maestro hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”. Jesús respondió: “No se lo impidan, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros esta a favor nuestro”. (Mc 9,38-40)

Cuatro líneas que ni llegan, y ¡cuántas verdades!
Verdades para aquel entonces.
Verdades para hoy.
Verdades para el mundo.
Verdades para la Iglesia.

Puede dolernos, pero la verdad se impone.
En primer lugar: la Iglesia quiere adueñarse de Jesús.
En segundo lugar: grupos de la Iglesia que quieren hacerse dueños exclusivos de Jesús.
Grupos que se creen los dueños de la verdad de Jesús.
Grupos que se creen los únicos y por tanto solo ellos tienen a Jesús.
Grupos que se creen los únicos dueños de la verdad y rechazan a los demás.
Grupos que se creen los únicos auténticos y no pasan a los que piensan diferente.

Negarlo es no querer ver.
Negarlo es no querer verse.
Negarlo es no querer cambiar.
Negarlo es falta de sinceridad.
Negarlo es, por supuesto, falta de comprensión y caridad.

En el mundo existe demasiado fanatismo.
Y por eso existen tantas divisiones.
Pero en la religión existe un fanatismo que se hace absolutismo.
Un fanatismo religioso que excluye a todos.
Un fanatismo religioso que condena al resto.
Un fanatismo religioso que es un tremendo orgullo espiritual.

“No es de los nuestros”.
No es de nuestro grupo.
No es de nuestra espiritualidad.
No es de nuestro Instituto o Congregación.
No es de nuestro Movimiento.

Y esto podrá ser cualquier cosa.
Pero no es el cristianismo de Jesús.
Lo dice el mismo: “No se lo impidáis”.
Puede que no sea de nuestro grupo, pero “Hace milagros en mi nombre”.
Puede que no sea de nuestra línea, pero “no está contra nosotros está a nuestro favor”.

En la Iglesia:
Hay muchas experiencias de Jesús.
Hay muchas lecturas del Evangelio.
Hay muchas traducciones del Evangelio.
Hay muchas maneras de encarnar el Evangelio.
Hay muchas maneras de encarnar a Jesús.

Y sin embargo,
Hay demasiadas divisiones.
Hay demasiadas grietas entre nosotros.
Hay demasiadas condenas.
Hay demasiadas exclusiones.
Hay demasiadas marginaciones.
Y todo sencillamente:
“porque no es de los nuestros”.
“porque no piensa como nosotros”.
“porque no tiene la teología nuestra”.
“no tiene nuestra liturgia”.

¡Cuánto amor perdido en la Iglesia!
¡Cuántas energías perdidas en la Iglesia!
¡Cuántas fuerzas perdidas en la Iglesia!
¡Cuántas críticas en la Iglesia!

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 27 a. Semana

“El leyendo sus pensamientos, les dijo: “Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil ¿cómo mantendrá su reino? Pero si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros”. (Lc 11,15-26)

¡Cuánto nos cuesta aceptar la verdad de los demás!
Es evidente cómo Jesús libera a las personas de los malos espíritus.
Pero la evidencia no existe para quienes se niegan a aceptar la verdad.
Al fin terminan haciendo de Jesús una especie de poseso.
Sólo que él no tiene esos pequeños espíritu malignos.
El está poseído nada menos que del demonio mismo.
Así en él actúa el demonio contra el mismo demonio.

Las consecuencias de Jesús son claras.
El divisionismo destruye.
Las divisiones destruyen.
Las divisiones arruinan.

Las divisiones en la familia, destruyen la familia.
Las divisiones entre esposos, destruyen el matrimonio.
Las divisiones entre padres e hijos destruyen el hogar.
Las divisiones entre hermanos, destruyen la fraternidad.

Las divisiones entre los pueblos, destruyen la familia humana.
Las divisiones entre las naciones, destruyen la convivencia humana.
Las divisiones entre los partidos políticos, destruyen la unidad nacional.

Las divisiones en el trabajo crean enemistades.
Las divisiones en el trabajo crean tensiones.
Las divisiones en el trabajo disminuyen las fuerzas laborables.

Las divisiones en la Iglesia multiplican las Iglesias.
Las divisiones en la Iglesia dividen a Jesús.
Las divisiones en la Iglesia crean tensiones.
Las divisiones en la Iglesia empobrece la fuerza evangelizadora de la Iglesia.
Las divisiones en la Iglesia crean toda una serie de confusiones.
Las divisiones en la Iglesia crean luchas de poder.
Las divisiones en la Iglesia matan muchas energías espirituales.

Por eso Jesús insistió tanto en la unidad:
“Sed uno como el Padre y yo somos uno”.
“Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, en medio de ellos estoy yo”.

La unidad es uno de los signos de la presencia de Dios entre nosotros.
La unidad es una de las señales que hacen creíble el Evangelio.
La unidad es una señal de que el “reino de Dios está entre nosotros”.
La unidad es una señal de que somos la familia de Dios.
La unidad es una señal de que somos hijos del mismo Padre.
La unidad es una señal de que vivimos una misma fraternidad.

El ecumenismo es ese movimiento que busca la unidad de las Iglesias.
Pero antes debiéramos examinar si esta unidad existe dentro de la misma Iglesia.
Porque también dentro de la Iglesia existen demasiadas divisiones.
Divisiones de criterios.
Divisiones de teologías.
Divisiones de movimientos de espiritualidad.
Obispos que dividen.
Sacerdotes que dividen.
Files que dividen.
Movimientos que dividen.
Y todos tomando como razón el mismo Evangelio.
Y todos hablando del mismo Cristo.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles después de Pentecostés – Ciclo B

“Mirad que estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del Hombre va a ser entregado, lo condenarán a muerte… “Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan”. (Mc 10,32-45)

Podemos estar juntos y pensar distinto.
Podemos caminar juntos, pero cada uno encerrado en sus propios intereses.
Podemos caminar juntos, pero lejos unos de otros.
No son los cuerpos los que unen sino los pensamientos y los valores de la vida.
Jesús habla de su suerte en Jerusalén que terminará en la muerte en la Cruz.
Santiago y Juan están con el pensamiento en otra parte.
Jesús pensando en cómo rebajarse entregándose hasta darlo todo.
Los dos hermanos pensando en títulos y honores y preferencias.
Y cuando en el grupo hay quienes aspiran a ser más que los demás, los otros se calientan, se enojan y se indignan y, claro, viene la división interna del grupo o de la comunidad.

No resulta fácil querer escuchar a quien habla:
De dar la vida por los demás.
De ser juzgado y condenado por los verdaderos valores de la vida.
De pensar en los demás y no en sí mismo.

Resulta más fácil:
Escuchar a quien nos habla de dignidades.
Escuchar a quien nos habla de ocupar los primeros lugares.
Escuchar a quien nos habla de sillones presidenciales.
Escuchar a quien nos habla de ser más que los demás.

Podemos caminar al lado de Jesús pero sin escuchar aquello que no nos conviene.
Podemos caminar al lado de Jesús pero encerrados en nuestros propios intereses.
Podemos caminar al lado de Jesús pero estando bien lejos de él.
Cercanos los cuerpos.
Lejanos los sentimientos y los ideales.
Cercanos los cuerpos y distanciadas las almas.
Podemos leer el Evangelio, pero nuestras vidas siguen sus propios caminos.
Podemos leer el Evangelio, y creer aquello que nos conviene y olvidar el resto.

Flickr: CdePaz

Podemos vivir como pareja, pero nuestros corazones estar lejos.
Podemos vivir como pareja, pero sin compartir los mismos sentimientos.
Podemos vivir como pareja, pero sin compartir los mismos ideales.
Podemos vivir como comunidad, pero cada uno, como dice el, refrán “bailando con la suya”.
Podemos vivir como comunidad, pero cada uno pensando más a ser servido que en servir.
Podemos vivir en comunidad al lado de los necesitados, pero cada uno pensando en cómo pasárselo bien.

Las luchas de poder nunca logran unir, dividen a las personas.
Las luchas de poder nunca crean armonía.
Las luchas de poder lo que crean son resentimientos y divisiones.
Todos “subiendo a Jerusalén”, pero cada uno con sentimientos distintos.
Todos “subiendo a Jerusalén”, pero mientras unos llevan el alma cargada de amor y servicialidad, otros “extrañados” y no queriendo saber nada de lo que les espera.

Es el camino de la Iglesia. Todos con el Evangelio en la mano:
Unos buscando en él el camino del Reino de Dios.
Otros engañándonos buscando nuestro propio reino.
Unos buscando los caminos del amor.
Otros buscando los caminos de los propios intereses.
Unos hablando de los grandes ideales.
Otros sordos escuchándose a sí mismos.
Mientras tanto, Jesús aguantándonos a todos y caminando al lado de todos.

Pensamiento: Escuchar a quien nos propone grandes metas es mucho mejor que escuchar a quienes nos proponen las alturas del poder.

Clemente Sobrado C. P.

El dolor une lo que la religion divide

Domingo 28 c del ordinario

La curación de los diez leprosos resulta sorprendente. Samaritanos y judíos no podía verse.
La Samaritana se extraña de que “un judío hable con ella siendo samaritana”. A Jesús le niegan posada porque “va camino de Jerusalén”.

¿Por qué será que la religión en vez de unir termina desuniendo?
¿Por qué los que no tienen mí fe, han de resultarme extraños y hasta enemigos?

¿Por qué los que no son de mi Iglesia, tienen que ser una especia de competidores y extraños?
Los grandes líos entre Pablo y Pedro, comer o no comer con los paganos.

Y eso sucedía en tiempos de Jesús.
Y sigue siendo una realidad también hoy.
En una de mis visitas a Jerusalén, se me ocurrió abrir la Biblia en la explanada del templo.
Pudo costarme caro. Inmediatamente me vino uno gritando, que no sé lo que me decía porque hablaba en árabe. Debí guardarla de inmediato en mi bolso de mano.
Europa se debate sobre la supresión de los signos religiosos en los Centros Educativos y lugares públicos, “por respeto, dicen, a las distintas creencias”. Los signos religiosos, como el Crucifijo, es una ofensa para los demás.

¿No estaremos deshumanizando la religión y la fe?
De tanto pensar en Dios y defender los derechos de Dios, ¿no nos estaremos olvidando de los hombres, su dignidad y su libertad?
Una religión que no respeta las distintas manifestaciones ¿será un verdadero signo de Dios?

Y sin ir más lejos, ¿no estamos constantemente acusándonos, aún dentro de la Iglesia, como si cada uno, cada grupo tuviese un Dios en pelea consigo mismo y con el Dios de las demás?
Que si Jesuitas u Opus Dei, dicen unos.
Que si tradicionalistas o de avanzada, dicen otros.
Que si el único auténtico camino de fe y vida cristiana es el nuestro, el de nuestro Movimiento.
¿No estaremos convirtiendo la Iglesia en una especie de aglomerado de Partidos Políticos, donde los unos les sacan la mugre a los otros, sobre todo en el Parlamento o a la hora de las Elecciones?

Felizmente yo diría que, más allá de lo religioso, de la Ley y de nuestros “diositos” está en dolor que es capaz de unirnos, compartiendo la misma realidad y el mismo sufrimiento. Junto a nueve judíos estaba “un samaritano”. Incluso los diez se ponen en camino y son curados de su lepra los diez.

Parecen ser un grupo unido mientras comparten su lepra y su aislamiento y su marginación.
Sin embargo, una vez limpios de la lepra, y regresan a su religión, de nuevo vuelven a separarse. Los nueve siguen su camino al encuentro de los sacerdotes para reintegrarse a la comunidad de la Ley. Y el samaritano regresa en solitario a Jesús a dar gracias y alabar a Dios.
El samaritano no tiene sacerdotes que lo reciban.

El samaritano no tiene templo que lo acoja.
El samaritano no tiene comunidad que le abra los brazos.
Regresa al que está por encima de la religión.
Regresa al que está por encima de la Ley y del Templo.

No basta el milagro de su curación para descubrir la novedad de Jesús.
No basta el milagro de su curación para abandonar la antigua Ley que los marginaba.
No basta el milagro de su curación para incorporarse al Dios de Jesús.

Es posible que muchas veces el apego a la “tradición”, a lo de siempre, sea el mayor obstáculo para una religión renovada.
Es posible que muchas veces el apego a lo “de siempre”, sea el mayor estorbo para abrirnos a lo nuevo, a la actualidad y contemporaneidad de Dios.
Es posible que las leyes, las estructuras de los hombres, la fidelidad a las leyes sean como un muro que impide ofrecer un nuevo rostro de Dios a los hombres de hoy.

Y es posible que también los “samaritanos” de hoy, aquellos que no piensan como los “buenos”, estén más abiertos y disponibles para “regresar”, no a la tradición sino a Jesús mismo, reconociendo en El, el verdadero Evangelio de Dios. “¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?” Y le dijo: “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”.

Clemente Sobrado C. P.

www.iglesiaquecamina.com

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