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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 22 a. Semana – Ciclo B

“Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia”. Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Y él se puso a decirles: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. (Lc 4,16-30)

Isaías escribe la Carta de presentación de Jesús.
Y Jesús la lee personalmente en público en la sinagoga de Nazaret.

Jesús se define por lo que es.
Y se define por su misión.
Es el ungido por el Espíritu.
Está animado interiormente por el Espíritu.
Se siente transformado por el Espíritu.
Es el Espíritu su principio y dinamismo.

Yodos nosotros somos “ungidos por el Espíritu” desde nuestro Bautismo.
Pero ¿nos sentimos ungidos por él?
¿Nos sentimos movidos por él?
¿Sentimos que es el Espíritu el que nos mueve interiormente?
¿No serán más bien nuestros intereses los que nos mueven por dentro?
¿No serán nuestros criterios, nuestras pasiones, nuestros instintos, las fuerzas que nos mueven desde dentro?
¿Sentimos su presencia en nosotros?
¿Nos sentimos empujados por el Espíritu?
¿Lo sentimos como el motor espiritual que llevamos dentro o sencillamente ni nos enteramos que nos habita?
¿Nos definiríamos como los consagrados por el Espíritu?

Jesús se define por su misión.
Jesús tiene clara cuál es su misión en la vida.
Sabe para qué ha venido y para que está en la vida.

Su primera misión: son los pobres.
Es su primer quehacer: “anunciar el Evangelio a los pobres”.
Los pobres son la razón de su ser.
Los pobres son los que dan sentido a su vida.
Ha sido enviado a anunciar:
El Evangelio a los pobres.
La esperanza a los pobres.
La liberación de los pobres.
El Reino a los pobres.
La dignidad de los pobres.

Su misión es: la libertad.
La libertad a todos los que la han perdido.
La libertad a todos los que viven oprimidos.
La libertad a todos los que viven las ataduras de nuestros egoísmos.
La libertad a todos los que viven esclavos de sus egoísmos:
Liberar a los esclavos del poder.
Liberar a los esclavos del tener.
Liberar a los esclavos de los honores.

¿A quien anunciamos nosotros el Evangelio?
Miremos al mundo y veamos dónde nos situamos.
Alguien me comentaba hace unos meses: “Yo no entiendo por qué Uds. dejan esa parroquia. Es de las mejores parroquias. Y han decidido tomar esa otra que no vale ni significa nada”.
Evangelio es aquel Cardenal que abandonó su Diócesis en Canadá y se fue de misionero al África.
Evangelio es aquel Obispo que se jubiló y se ha venido de párroco a una Parroquia pobre de Bolivia y otra del Perú.

Somos cristianos:
Si vivimos como ungidos por el Espíritu.
Si dedicamos nuestra vida a anuncia la Buena Noticia a los marginados y excluidos.
Si nos dedicamos a hacer libres a los que viven en la esclavitud humana y espiritual.
¿Podremos decir también nosotros como Jesús: “hoy se cumple esta palabra”?
No busquemos excusas.
No busquemos lógicas humanas.

Clemente Sobrado C. P.

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Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Pentecostés – Ciclo B

“Vieron aparecer unas lenguas como lenguas de fuego, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería”. (Hch 2,1-11)

Pentecostés es un día especial para la Iglesia y para cada creyente. Es la celebración de la presencia del Espíritu Santo en la cada uno de nosotros y en la Iglesia. Un periodista me preguntaba qué título le pondría yo a la fiesta de Pentecostés. Le ofrecí una serie de sugerencias:
El Espíritu Santo los puso en pie.
Hay que hablar la lengua de los hombres.
Hay que salvar al mundo.
El Espíritu de la diversidad.
Los puso en pie. Los Hechos nos dicen que estaban en oración junto con María, la madre. La verdad que no sé si en ese momento estaban de rodillas, o levantando las manos o simplemente sentados.
Pero el Espíritu Santo los puso a todos en pie y los puso a caminar por los caminos del mundo. Ya no es el momento de seguir encerrados y con miedo en el alma. Es necesaria la oración. Pero la oración que no nos pone en camino es una oración individualista. El Papa Francisco nos habla de una Iglesia que tiene prohibido “balconear” y mandado “salir, irse a las periferias”.

Hay que salvar al mundo. El Evangelio no es para que lo hagamos propiedad nuestra sino para que lo anunciemos. “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a todos los pueblos”. Y el Espíritu Santo no viene para detener la corriente del Evangelio sino a darle cauce. Jesús vino a salvar al mundo. “Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por El”.
El día de Pentecostés, quienes estaban mudos de miedo y sólo se atrevían a hablar con Dios, el Espíritu Santo los lanzó al ruedo a hablar al mundo. Fue el primer anuncio oficial de la Iglesia. La Iglesia se presenta por vez primera hablando, anunciando el Evangelio de la salvación.
El Espíritu Santo habita en cada uno de nosotros, pero no para instalarse cómodamente al calorcillo de nuestra experiencia de fe, sino para hacernos salir al balcón y a los caminos, y proclamar la salvación.
Habita en nosotros pero no para dejarnos ensimismados con nosotros mismos, sino para ponernos como a María que “a prisa fue a servir a su parienta Isabel”.

Hay que hablar la lengua de los hombres. No es el momento de preparar grandes discursos ni de decir cosas bonitas. Ni de hacer grandes teologías. La Iglesia está llamada a hablar la lengua de los hombres. “Los discípulos comenzaron a hablar en lenguas extranjeras”. No tenían preparado el sermón.
No es suficiente proclamar el Evangelio. Hay que proclamarlo de modo que los hombres lo entiendan, cada uno en su propia lengua, cada uno desde su propia realidad, cada uno desde sus propios problemas e inquietudes.
La Espíritu Santo nos regala el don de lenguas no para hacernos políglotas, sino para que cada uno hablemos desde el hombre y desde cada hombre.

Hablar la lengua de los hombres es hablar desde las distintas culturas. Es encarnar el Evangelio no en la cultura de las oficinas romanas o episcopales o clericales, sino encarnarlo en los sentimientos culturales de las personas. Ese es el misterio de las lenguas el día de Pentecostés, “porque cada uno los oía hablar en su propio idioma”. El idioma del hombre de la calle, del hombre que no tiene trabajo, del hombre que vive marginado, del hombre que sufre, llora o se ríe. ¿Entienden nuestros fieles nuestras homilías dominicales como entienden las del Papa Francisco?

El Espíritu de la diversidad. Es el Espíritu de la comunión. Pero de la comunión en la diversidad. Es el Espíritu de la unidad. Pero de la unidad en la pluralidad y la diversidad.
En la diversidad de carismas.
En la diversidad de caminos.
En la diversidad de pensamiento.
En la diversidad de inquietudes.
En la diversidad de expresiones.
En la diversidad de espiritualidades.

El mismo Espíritu que crea la unidad es el mismo que crea la diversidad.
El mismo Espíritu que crea la comunión es el mismo que crea las diferencias.
El mismo Espíritu que crea una misma Iglesia, la quiere en la pluralidad.
Unidad no es uniformidad.
Unidad no es ser todos iguales.
La uniformidad empobrece a la Iglesia.
La diversidad la enriquece.
Dios es la unidad en la Trinidad de personas.

Que también hoy entiendan nuestro Evangelio todas las culturas. Y las oigan en sus propias lenguas y costumbres.

Clemente Sobrado C.P.

Bocadillos espirituales para la Pascua: La Ascensión del Señor – Ciclo B

“Se apareció Jesús a los Once y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará, el que se resista será condenado. Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban”. (Mc 16,15-20)

Un momento triunfal para Jesús.
Un momento significativo para los Once.
Pero Jesús todo lo hace sin cohetes ni grandes manifestaciones.
Vino del Padre en la humildad de la encarnación.
Nació en la pobreza de un pesebre.
Regresa al Padre en la simplicidad del testimonio de los Once.
Los envía al mundo sin grandes declaraciones.

Tres palabras claves y centrales:
“ascendió, subió, se sentó a la derecha del Padre.
“id y proclamad al mundo entero”.
“cooperaba confirmando y acompañando”.

La Ascensión:
No es un momento de llegada sino de continuidad.
No es un momento de descanso,
No es un momento de sentarse.

La Ascensión es momento:
de subir,
de mirar más alto,
de mirar más lejos,
de nuevos compromisos,
de nuevas presencias.

La vida del cristiano no es decir que ya hemos llegado.
Ni para decir que ya hemos subido suficiente.
Ni que hemos llegado demasiado lejos.
Ni que nos hemos comprometido suficiente siguiéndole a él.
Ser cristiano es estar siempre en constante movimiento.
Es estar siempre en camino en busca de nuevos mundo.
Es estar siempre más alto en la vida y no quedarnos sentados y satisfechos.
No es momento para quedarnos tranquilos.
Sino para comenzar de nuevo.
No es para darnos por satisfechos con lo hecho.
Es para abrir los ojos y mirar lejos donde aun quede alguien a quien anunciar el Evangelio.

Jesús no nos mandó quedarnos en nuestro pequeño mundo.
Nuestra Diócesis.
Nuestra Parroquia.
Nuestra Comunidad.
Sino “en el mundo entero”.
“Toda la creación”.
Es la hora de cambiar esa pequeña mentalidad provinciana de “lo nuestro”.
Para entregarnos al servicio de “todos”.
No es el momento de simples palabras.
Sino de testimoniarlas con “señales que las acompañen”.
No es el momento de quedarnos solos y responsables de todo.
Es el momento de saber que El seguirá acompañándonos dando fuerza a nuestra palabra.

La Ascensión el otro rostro de la encarnación y la Navidad.
Es el momento del regreso a la casa del Padre.
Pero también es la promesa de seguir nuestros pasos acompañándonos.
El triunfo de Jesús.
Pero también el nuestro, aunque incipiente, que ya estamos en camino.
Jesús se va pero no dice que ya lo ha hecho todo.
Ahora no dice que el resto nos corresponde a nosotros.
Que nuestra condición no ni de balcón ni de sillón: “Id, anunciad, bautizad”.
Ser cristiano es estar siempre en camino, por todos los caminos del mundo.
Ser cristiano no es anunciar el Evangelio a los “nuestros” sino a “todos”.
Ascender al cielo es abrirnos a la universalidad al cambio y compromiso nuevo diario.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para la Pascua: Lunes de la Octava de Pascua

“Las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto Jesús les salió al encuentro y les dijo: “Alegraos”. Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: “No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán”. (Mt 28,8-15)

El relato de Mateo difiere del resto.
Mateo destaca la “alegría” y la “valentía”, y “el anuncio”.
“Alegraos”, “no tengáis miedo”
“Id a comunicar a mis hermanos” la noticia.

No lo encuentran en el Sepulcro.
Una decepción y desilusión.
A Jesús se le encuentra en el camino.
“Les salió al encuentro”.
Y de pronto aflora la sensibilidad y el corazón femenino:
“se postraron ante él y le abrazaron los pies”.

La pascua comienza con las mujeres.
El encuentro con el resucitado comienza con las mujeres.
El primer anuncio del resucitado comienza con las mujeres.
La pascua tiene mucho de femenino.
La Pascua inicia el tiempo nuevo, el primer día de la primera semana.
¿Por qué luego nos hemos olvidado tanto de las mujeres:
cuando han sido ellas las primeras en anunciarnos que Jesús está vivo,
y las que primero han experimentado la alegría pascual?

El primer anuncio de Jesús es de gozo y de alegría: “Alegraos”.
Comienza una manera nueva de vivir.
Comienza una manera nueva de creer.
Comienza una manera nueva de ser cristianos.
Creer es vivir la alegría de que Jesús está con nosotros.
Creer es vivir la alegría de que Jesús está vivo.
Creer es vivir la alegría de que Jesús vive resucitado.

La fe no puede ser una carga pesada.
La fe no puede ser una imposición molesta.
La fe es la alegría de un encuentro con el que ha vencido la muerte.
La fe es la alegría de un encuentro con el que está vivo.
La fe es la alegría del resucitado que sale al encuentro de nuestra vida.
La fe es la alegría del caminar por la vida llena de encuentros.

No creemos ideas.
No creemos leyes.
No creemos exigencias morales.
Creemos porque nos encontramos con él.

El encuentro con el resucitado es personal.
Pero es para no quedarnos con él.
Es para que llevemos la noticia a “los hermanos”.
Es para que llevemos la buena noticia para que otros se encuentren con él.
Es para llevar la alegría de los “hermanos”.

No podemos ser cristianos porque otros creen.
Es preciso creer porque nos encontramos con él.
Es preciso creer con alegría y sin miedos.
“No tengáis miedo”.
No tengamos miedo a lo nuevo.
No tengamos miedo a proclamar y anunciar.
No tengamos miedo a las exigencias de nuestra fe.

Mientras los jefes religiosos arman artimañas para negar la resurrección, unos mujeres van a anunciarlo vivo.
Mientras los jefes tratan de comprar la mentira del robo del cuerpo, unas sencillas mujeres, se permiten el lujo de anunciar que está vivo, han besado sus pies y han hablado con él.

Quiero pedir perdón a las mujeres:
Por el poco caso que hemos hecho de ellas en la Iglesia.
Por haberlas marginado en la Iglesia como creyentes de segunda clase.
Cuando son ellas las portadoras de la buena noticia del resucitado.
No valorar a la mujer en la Iglesia es no creer que él está vivo en la Iglesia.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 3 a. Semana – Ciclo B

“Y les decía: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os manado como corderos en medio de lobos”. (Lc 10,1-9)

Jesús se movió en una geografía bien reducida.
Pero los suyos tendrán la geografía del mundo.
La “chacra” de Dios es la humanidad entera.
“La mies es abundante”.
Es toda la humanidad, somos todos los hombres.

Hoy tenemos máquinas para sembrar.
También tenemos máquinas para segar.
Pero aún no hemos inventado esas tremendas máquinas para anunciar el Reino.
El Reino está hecho de hombres.
Y también está cuidado y cultivado por los hombres.
El anuncio del Evangelio es obra de todos.
Todos somos responsables de que llegue a todos los hombres.
Los Doce son pocos para la inmensidad de la mies.
Los setenta y dos también son pocos.
Muchos quedarán sin escuchar el Evangelio por falta que obreros que quieran trabajar la mies del Señor.

Dos avisos importantes.
Se necesitan más obreros
Se necesita que todos seamos obreros.
No podemos dejar esa tarea a los Doce.
Ellos serán los que harán la primera sementera.
Pero una sementera que no es privilegio solamente de ellos.
Todos tenemos que prestar nuestras manos para sembrar todo el trigo.
Es la Iglesia entera la llamada a sembrar.
Y es preciso oremos al Padre para que despierte en todos esa vocación de sembradores.

Pero Jesús dice algo más.
Anunciar el Evangelio no es nada fácil.
Anunciar el Reino no es nada cómodo.
No esperemos aplausos, al contrario tenemos que ser conscientes de las dificultades.
La prueba la tenemos en el mismo Jesús, siempre perseguido, incluso hasta la muerte.
Por eso Jesús nos dice que nos envía “como corderos en medio de lobos”.
Que no esperemos los aplausos de la gente.
Más bien que esperemos la persecución.

Sigue siendo para mí un misterio:
¿Por qué tantas resistencias al anuncio del Evangelio y al Reino?
¿Por qué tantas persecuciones a los que anuncian el Evangelio y el Reino?
Las primeras semillas del Evangelio estuvieron regadas con sangre de mártires.
También hoy las semillas del Evangelio crecen regadas con la sangre de los nuevos mártires.
¿Por qué tanta libertad para hablar de ateísmo o de otras religiones?
¿Y por qué tanto miedo y cobardía en hablar públicamente del Evangelio y del Reino?
Podemos declararnos miembros de cualquier otra religión y no pasa nada.
Pero hablamos de Jesús y todos se nos sonríen o se nos echan encima.
A veces pienso que es para que nos parezcamos a Jesús.

Pero tiene que haber algo más.
¿No será el miedo que tenemos a que el Evangelio tome carne en nuestras vidas?
¿No será que el Evangelio es un peligro para nuestros intereses y egoísmos?
¿No será que el Evangelio es todo un riesgo para quienes no queremos cambiar?
¿No será que el Evangelio nos obliga a crear un mundo nuevo, más humano, más fraterno y más justo?
¿No será que el Evangelio nos obliga a cambiar de corazón y ser hombres nuevos?
¿No será que el Evangelio se nos cuela también en los bolsillos y en las cajas fuertes?
¿No será que el Evangelio proclama hombres y mujeres libres y no esclavos?
Jesús nos dice en el Discurso de las Bienaventuranzas: “Dichosos vosotros cuando os persigan por mi nombre”.

En los montes hay más ovejas y corderos que lobos.
Pero en el anuncio del Evangelio pareciera que hay más lobos que corderos.
Las ideologías y filosofías modernos trataron de crear un hombre libre y para ello mataron a Dios.
Pero cuando muere Dios terminamos por destruir y matar al hombre o convertirlo en una máquina. Sin Dios deshumanizamos al hombre y al mundo.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 28 a. Semana – Ciclo A

San Lucas, Evangelista

“Designó el Señor otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todos los lugares adonde pensaba ir él.
Y les decía: “La mies es abundante y los obreros pocos; rueguen al dueño de la mies, que mande obreros a recogerla. ¡Pónganse en camino! Miren que los envío como corderos en medio de lobos”.
(Lc 10,1-9)

 

La Iglesia celebra hoy la fiesta de San Lucas, el gran compañero de Pablo y uno de los cuatro evangelistas. El escribió el Evangelio de la misericordia y el evangelio de la evangelización. Como nadie supo captar el nuevo rostro de Dios: el Dios de la bondad, de la misericordia y del perdón.

El Evangelio de hoy nos revela una serie de datos importantes.

En primer lugar: la universalidad de los evangelizadores.
Ya no es el pequeño grupo de los Doce.
Son setenta y dos, símbolo del Israel universal.
Y símbolo de todos los bautizados, llamados todos a ser obreros en la mies.
Y la oración pidiendo al Padre nos conceda a todos ese espíritu misionero.
Los evangelizadores no han de ser un grupo de selectos.
Hemos de ser todos.
Todos somos enviados.
Enviados no a donde el anunciar el Evangelio sea fácil.
Sino “a todos los pueblos adonde pensaba ir él”.
A la universalidad de los evangelizandos, corresponde la universalidad de los evangelizadores.

En segundo lugar, Jesús quiere ser claro.
Anunciar el Evangelio no es nada fácil en un mundo en que los valores del espíritu tienen poco de atractivo.
No quiere falsas ilusiones de los aplausos por el anuncio del Evangelio.
Al contrario, lo envía como corderos entre lobos.
No fue otra la suerte del mismo Jesús.
Mientras la gente sencilla le buscaba y le seguía y daban gloria a Dios, por otra parte nunca faltaban los lobos que estaban al acecho.
Evangelizar, dice Pablo es un deber.
Mi gloria de evangelizar es el Evangelio mismo.
Pero mientras tanto deberá pasar por infinidad de pruebas y dificultades.
Evangelizar no es buscar lo fácil.
Evangelizar no es buscar el aplauso.
Evangelizar no es buscar el la recompensa.
Evangelizar es correr el riesgo del rechazo, la crítica y la murmuración.
El mejor premio de la evangelización será siempre el Evangelio mismo y el parecernos a Jesús.

En tercer lugar la evangelización es “ponernos en camino”.
Evangelizar no es esperar.
Evangelizar no es quedarnos sentados.
Evangelizar no es llamar desde lejos.
Evangelizar es “ponernos en camino”.
La evangelización se hace caminando.
La evangelización se hace con los pies, caminando.
La evangelización se hace acercándonos a los hombres.
La evangelización se hace buscando a los hombres.
La evangelización se hace caminando con los hombres.

¿Alguien ha visto a Jesús sentado en su despacho?
¿Alguien ha visto a Jesús tumbado en su amaca?
¿Alguien ha visto a Jesús esperando a la gente?
Siempre lo vemos caminando.
Siempre lo vemos encontrándose con la gente en los caminos.
No predicó en el Templo.
Alguna que otra vez lo vemos en la Sinagoga.
Pero, normalmente lo vemos con sus sandalias llenas del polvo de los caminos.
Incluso cuando alguien se extravía se lanza monte arriba en su búsqueda.

Es lo que con tanta insistencia nos pide el Papa Francisco.
“Salir a los caminos”.
“Caminar con la gente”.
“Oler a rebaño, a oveja”.
¿No tendremos que cambiar de estilo de evangelización?
¿No tendremos que oler más a la vida de la gente?
Y de “dos en dos”.
Nada de individualismos ni prestigios personales.
Sino todos en comunidad.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 24 a. Semana – Ciclo A

“Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron y los pájaros se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso y, al crecer, se secó y por falta de humedad. Otro poco cayó entre zarzas, y las zarzas, creciendo al mismo tiempo, lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y, al crecer dio fruto al ciento por uno”. (Lc 8, 4-15)

Dios se hace semilla.
Jesús se hace semilla.
La Palabra de Dios se hace semilla.

La suerte de las semillas es muy variada.
No por ellas mismas.
Sino por la tierra donde cae.
Es la tierra la que condiciona la suerte de la semilla.
Es la tierra la que condiciones el fruto de la semilla.
Por eso, también la suerte de la Palabra de Dios, depende de la tierra de nuestros corazones.
La suerte de la gracia, depende de la tierra de nuestros corazones.
La suerte del amor de Dios para con nosotros, depende de nuestros corazones.
Las mil y una oportunidades que Dios nos da cada día, dependen de la tierra de nuestros corazones.

El Evangelio es el mismo para todos.
¿Por qué en unos florece y en otros se marchita?
¿Por qué en unos da frutos de santidad y, en otro, de vulgaridad?
Por qué en unos da frutos de compromiso y, en otros, de inutilidad?
¿Por qué unos son santos y otros nos contentamos con ser unos buenos vulgares?

La Eucaristía es la misma para todos.
¿Por qué a unos los transforma y a otros nos deja como estamos?
¿Por qué la comunión transforma a unos y otros comulgamos y seguimos igual?

En mi vida me ha tocado vivir al lado de religiosos cuya causa de beatificación está en curso.
Y mientras tanto, siento que mi vida no pasa de ser más o menos buena.
Posiblemente serán muchos más.
Pero, al menos, debo confesar que me ha tocado vivir con cuatro religiosos, hoy camino de los altares.
Uno fue mi Vice-Maestro en el Noviciado.
Otro fue mi confesar en el Noviciado.
Otro fue mi director siendo estudiante.
Todos hacíamos los mismo: los mismos tiempos de oración, la misma Eucaristía, la misma comunidad, la misma comida, los mismos horarios.

De cada uno de nosotros depende:
La suerte de Dios que se nos da y nos ama.
La suerte de su Evangelio.
La suerte de la misma gracia.

En unos, Dios resplandece y brilla.
En otros, Dios está como opacado.
En unos, Dios salta a la vista.
En otros, Dios parece como escondido.

La parábola de Jesús no pretende hablar de la bondad de la semilla.
Sino de la suerte de la semilla.
No pretende demostrar la bondad de la semilla.
Sino de la calidad de la tierra de nuestros corazones.
¿Por qué tú eres santo y yo no?
No culparemos a Dios ni su Evangelio.
La explicación la encontraremos cada uno en nuestro corazón.
¿Por qué unos viven profundamente su bautismo, mientras que otros solo lo acreditamos con la Partida de Bautismo que nos da la Iglesia?
¿Por qué unos viven con profunda alegría su matrimonio, mientras otros se divorcian?
Por qué unos son sacerdotes entregados alma vida y corazón a sus fieles, en tanto otros son puros funcionarios?

Señor: Tú has sembrado buena semilla en mi corazón.
Dame la gracia de hacerla fructificar.
Señor: Tú has sembrado la semilla de mi vocación.
¿Estaré dando los frutos que tú esperabas de mí?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 17 a. Semana – Ciclo A

“El les dijo: “Ya ven, un maestro de la ley que entiende el Reino de los cielos, se parece a un dueño de casa que va sacando de sus tesoros lo nuevo y lo antiguo”. (Mt 13,47-53)

En las casas antiguas existen esos baúles llenos de recuerdos del pasado.
Es como la historia de la familia.
Pero esos baúles suelen estar guardados del pasado.
Es un pasado muerto que solo habla del ayer.
Y muchos viven guardando ese pasado como orgullo de familia.
Pero ¿de qué sirve el orgullo del ayer si no sirven para hoy?

Me gusta la reflexión que hace el Papa Francisco a este respeto:
“la Iglesia también puede llegar reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, alguna muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a transmisión del Evangelio.
No tengamos reparo en revisarlas.
Del mismo modo, hay normas o preceptos eclesiales que pueden haber sido eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida.”
Y San Agustín “advertía que los preceptos añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación” para no hacer pesada las vida de los fieles y convertir nuestra religión en una esclavitud, cundo la “misericordia de Dios quiso que fuera libre”. (GE n. 43)

Está bien conservar el pasado.
Pero lo importante es sacar del pasado “lo nuevo”.
Quedarnos en el pasado, es quedarnos en lo que ya no es.
Es preciso que el pasado sea como tierra capaz de hacer brotar lo nuevo, la vida.

Jesús cita el pasado.
Pero anuncia lo nuevo.
Jesús no se queda rebuscando el baúl del pasado para repetirlo hoy.
Jesús mira al pasado, pero descubre cómo del pasado brota en lo nuevo.

El Evangelio no es un repetir el pasado.
Sino un darle nueva vida a lo viejo.
La Iglesia no es un museo donde se guarda el ayer.
Sino un museo donde, junto a los cuadros del pasado, exhibe los cuadros de lo nuevos artistas.
El pasado y lo nuevo caminan juntos como hermanos de vida.
El pasado sin lo nuevo está muerto.
Lo nuevo sin lo antiguo queda sin raíces.

Jesús nos habla de “sacar de sus tesoros lo nuevo”,
Pero sin olvidar lo “antiguo”.
No me gustan los que se niegan a que la Iglesia cambie.
Tampoco me gustan los que solo creen que lo único que vale es lo nuevo.
Yo no puedo negar el niño que un día fui.
Pero tampoco quiero quedarme en esa niño de hace tantos años.
Lo que dice el Papa:
Hay cosas que tuvieron su momento.
Pero que, dados los cambios, hoy ya no sirven.

Lo importante es “ir sacado de sus tesoros, lo nuevo y la antiguo”.
Hoy con mis años, no sean curiosos, porque no se los voy a decir, sigo sintiendo el niño que un día fui, pero siento que aquel niño ya no me sirve para vivir hoy.
Es parecido a la semilla:
Comienza por ser semilla.
Pero se hace tallo y luego espiga.
Ni tendremos espiga sin semilla.
Ni tendrá sentido la semilla que no se convierte en espiga.

Clemente Sobrado C. P.