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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 12 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no te reparas en la vida que llevas en tuyo?” (Mt 7,1-5)

Todos tenemos vocación de jueces.
Pero jueces de los demás.
Todos vemos mejor los defectos de los otros, que los propios.
Todos tenemos buena vista para ver los defectos de los demás.
Todos somos bastante miopes en ver los nuestros.
Con frecuencia las virtudes de los otros son defectos.
En tanto que los defectos personales son virtudes.
Condenamos los defectos de los otros.
Perdonamos y absolvemos los propios.

Jesús nos pide:
No juzgar a los demás.
No hacernos jueces de los demás.
Para juzgar a los demás necesitamos conocer el corazón de los otros.
¿Quién puede decir que conoce la verdad de corazón de los demás?
¿A caso conocemos la verdad del nuestro?
El mismo nos dice que “no he venido a juzgar y condenar sino a salvar”.

Juzgar a los demás es no amarles.
Juzgar a los demás es hacer jueces de los mismos.
La murmuración es una manera vulgar de juzgar a los otros.
La chismografía es una manera vulgar de esparcir los defectos de los demás.
La murmuración es la manera más vulgar de desacreditar al otro.
La murmuración es la manera de destruir la imagen de los demás.
La murmuración más revela la pobreza de nuestro corazón que el corazón del otro.

Solo Dios puede juzgarnos.
Y en cambio Dios no envió a su Hijo a juzgarnos sino a salvarnos.
La murmuración mata al otro.
El pensar bien del otro lo salva.
El hablar más del otro lo destruye.
El hablar bien del otro lo construye.

Dios no cierra los ojos a nuestras debilidades.
Pero las mira con amor.
Porque al otro no lo sacamos del pozo de sus defectos criticándolo sino amándolo.
Cuando murmuramos y criticamos a los demás, debiéramos primero mirar nuestro corazón.
Porque el que murmura no ama.
Porque el que critica no ama.
Porque el que juzga al otro no ama.
Porque el que condena al otro no ama.
Y quien no ama no está en condición de salvar al otro.
Quien no ama no está en condición de levantar al otro.
La murmuración destruye.
El amor construye.
Con frecuencia escucho decir: “siento gusto en hablar mal de demás”.
Todavía no sé qué sabor tiene.
La murmuración ¿no será una manera de justificarnos a nosotros mismos en aquello que criticamos?
El que juzga al hermano tiene un corazón seco y vacío de amor.

¿Recuerdan a San Francisco de Sales? Una señora se confesaba cada semana de que murmuraba. Un día le dio por penitencia que le trajese una gallina. Ahora, le dice, vuelva a su casa desplumando la gallina y vuelva. Al volver le da una nueva penitencia: Ahora vaya y recoja todas las plumas. Imposible dice la señora. Las ha llevado el viento. Exacto, así pasa con sus palabras de murmuración, imposible recogerlas porque las ha esparcido el viento.

¿Por qué seremos tan propensos a juzgar, criticar y murmurar de los demás?
¿No sería más bello hablar siempre bien de los otros?
¿No será preferible dejar que sea el Señor el que nos juzgue a todos?

Clemente Sobrado C. P.

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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 11 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no te reparas en la vida que llevas en tuyo?” (Mt 7,1-5)

Todos tenemos vocación de jueces.
Pero jueces de los demás.
Todos vemos mejor los defectos de los otros, que los propios.
Todos tenemos buena vista para ver los defectos de los demás.
Todos somos bastante miopes en ver los nuestros.
Con frecuencia las virtudes de los otros son defectos.
En tanto que los defectos personales son virtudes.
Condenamos los defectos de los otros.
Perdonamos y absolvemos los propios.

Jesús nos pide:
No juzgar a los demás.
No hacernos jueces de los demás.
Para juzgar a los demás necesitamos conocer el corazón de los otros.
¿Quién puede decir que conoce la verdad de corazón de los demás?
¿Acaso conocemos la verdad del nuestro?
El mismo nos dice que “no he venido a juzgar y condenar sino a salvar”.

Juzgar a los demás es no amarles.
Juzgar a los demás es hacer jueces de los mismos.
La murmuración es una manera vulgar de juzgar a los otros.
La chismografía es una manera vulgar de esparcir los defectos de los demás.
La murmuración es la manera más vulgar de desacreditar al otro.
La murmuración es la manera de destruir la imagen de los demás.
La murmuración más revela la pobreza de nuestro corazón que el corazón del otro.

Solo Dios puede juzgarnos.
Y en cambio Dios no envió a su Hijo a juzgarnos sino a salvarnos.
La murmuración mata al otro.
El pensar bien del otro lo salva.
El hablar más del otro lo destruye.
El hablar bien del otro lo construye.

Dios no cierra los ojos a nuestras debilidades.
Pero las mira con amor.
Porque al otro no lo sacamos del pozo de sus defectos criticándolo sino amándolo.
Cuando murmuramos y criticamos a los demás, debiéramos primero mirar nuestro corazón.
Porque el que murmura no ama.
Porque el que critica no ama.
Porque el que juzga al otro no ama.
Porque el que condena al otro no ama.
Y quien no ama no está en condición de salvar al otro.
Quien no ama no está en condición de levantar al otro.
La murmuración destruye.
El amor construye.
Con frecuencia escucho decir: “siento gusto en hablar mal de demás”.
Todavía no sé qué sabor tiene.
La murmuración ¿no será una manera de justificarnos a nosotros mismos en aquello que criticamos?
El que juzga al hermano tiene un corazón seco y vacío de amor.

¿Recuerdan a San Francisco de Sales? Una señora se confesaba cada semana de que murmuraba. Un día le dio por penitencia que le trajese una gallina. Ahora, le dice, vuelva a su casa desplumando la gallina y vuelva. Al volver le da una nueva penitencia: Ahora vaya y recoja todas las plumas. Imposible dice la señora. Las ha llevado el viento. Exacto, así pasa con sus palabras de murmuración, imposible recogerlas porque las ha esparcido el viento.

¿Por qué seremos tan propensos a juzgar, criticar y murmurar de los demás?
¿No sería más bello hablar siempre bien de los otros?
¿No será preferible dejar que sea el Señor el que nos juzgue a todos?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Lunes de la 5 a. Semana – Ciclo B

“Los escribas y fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; ¿tú que dices?” Y les dijo: “El que esté sin pecado que tire la primera piedra”. Ellos se fueron escabullendo uno a uno. “¿Ninguno te ha condenado? “Ninguno, Señor”. “Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más”. (Jn 12,1-11)

¡Qué fácil descubrir el pecado de los demás!
¡Qué fácil es escandalizarse del pecado de los demás!
¡Qué fácil es condenar el pecado en los demás!

Esta mujer ha cometido adulterio.
¿Le aplicamos la Ley de Moisés?
¿La apedreamos?
¡Aquí tenemos las piedras!
¿Tú qué dices?

En este caminar cuaresmal es el momento:
De abrirnos al perdón de Dios.
De dejarnos perdonar por Dios a través de la Iglesia.
De renovarnos y limpiarnos de todas las basuras que llevamos dentro.

Dios no justifica el adulterio.
Pero Dios es capaz de amar y perdonar el adulterio y cualquier otro pecado.
Y la cuaresma ha de ser el tiempo de Dios para perdonar.
Y es el tiempo en el que la Iglesia está llamada a ejercer el perdón y revelar el amor de Dios.

Y esto es lo que el Papa Francisco pide a los sacerdotes:
Francisco les pidió que “por favor, tengan esa capacidad de perdón que tuvo el Señor, que ¡no vino a condenar sino para perdonar!
Tengan misericordia, tanta misericordia!
Y si les viene el escrúpulo de ser demasiado ‘perdonadores’ piensen en el santo cura del que les hablé que iba delante del Santísimo y decía:
“Señor, perdóname si he perdonado demasiado, pero eres tú el que me ha dado el mal ejemplo de perdonar tanto”.

Y manifiesta su dolor por el hecho de que muchos se alejen de la Iglesia y de la confesión porque no han experimentado el amor de Dios:
“Es así…Pero yo les digo verdaderamente, que siento tanto dolor cuando encuentro gente que no va a confesarse porque ha sido maltratada, muy mal, regañada; ¡han visto como les cerraban las puertas de la Iglesia en la cara!
Por favor no hagan esto: misericordia, misericordia.
El buen pastor entra por la puerta y la puerta de la misericordia son las llagas del Señor: si ustedes no entran en su ministerio por las llagas del Señor, ustedes no serán buenos pastores”.

La razón es clara:
“¡La misericordia es el corazón del Evangelio!
Es la buena nueva de que Dios nos ama, de que ama siempre al pecador y con este amor lo atrae hacia sí y lo invita a la conversión.
No olvidemos que, a menudo, a los fieles les cuesta trabajo confesarse, sea por motivos prácticos, sea por la dificultad natural de confesar a otro hombre los pecados propios”.

Por eso:
“es necesario trabajar sobre nosotros mismos, sobre nuestra humanidad, para que no representemos nunca un obstáculo sino para que favorezcamos siempre el acercamiento a la misericordia y al perdón. ¡La confesión no es un tribunal de condena, sino una experiencia de perdón y misericordia!”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Lunes de la 2 a. Semana – Ciclo B

“Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará; os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros”. (Lc 6,36-38)

Jesús, en este texto nos quiere poner a todos en “altura de crucero”.
¿No se le habrá pasado la mano?
Nosotros, por lo general, nos medidos comparándonos con los demás.
Jesús nos propone como modelo, nada menos y nada más, que a “Dios Padre”.
Está bien que tenga tanta fe en nosotros, pero ¿ponernos como modelo al “Padre”?
Como modelo:
En ser compasivos con los demás, como él es compasivo.
En no jugar a los demás, porque el amor no juzga a nadie.
En no condenar a los demás, porque el amor no condena a nadie.
“Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para salvarlo”.
En perdonar a los demás, porque el amor perdona a todos y perdona siempre.
En dar a los demás, porque el amor solo sabe dar.

Y aunque a primera vista pareciera que Jesús nos propone una meta imposible, porque jamás llegaremos a la verdad del corazón de Dios, sin embargo, confieso que me encantan estas exigencias del Evangelio:

Nunca me ha gustado aquellos que, para ganarnos:
Nos lo ponen todo fácil.
Nos lo rebajan todo de precio.
Nos lo rebajan todo en sus exigencias.
Es decir, nos ponen el listón tan bajo que a nadie entusiasma.
Lo fácil no entusiasma a nadie.
Lo pequeño no ilusiona a nadie.
Los ideales vulgares no suelen ganar nuestro corazón.

No creas a quienes tienen tan poca fe en ti, que todo te lo ponen tan asequible que no vale la pena luchar ni esforzarse.
No creas a quienes creen tan poco en ti, que todo te lo ofrecen achatado.

Por eso me gusta Jesús:
Nos propone unas metas tan altas que a uno le entran ganas de arriesgar el todo por el todo.
Nos propone unos ideales que parecen imposibles, pero que terminan por alargar nuestras ilusiones y nuestra estatura.
Nos propone unos horizontes tan altos que nos entran ganas de, al menos, hacer la prueba y lanzarnos al vacío.

Quien apunta muy alto, posiblemente no logre escalar la cima.
Pero tampoco nos quedaremos sentados en el valle.
Quien nos propone ideales evangélicos:
Demuestra la fe que tiene en nosotros.
Demuestra las posibilidades que hay en nosotros.

Nunca llegaremos a ser tan comprensivos como el Padre, pero sí llegaremos a ser más comprensivos que lo que somos.
Nunca llegaremos a juzgar con el amor con el que nos juzga el Padre, pero siempre nuestro corazón juzgará con más amor.
Nunca llegaremos perdonar como el Padre nos perdona, pero, al manos, perdonaremos con el amor de hermanos y de hijos.
Nunca llegaremos a dar con la plenitud con que da y se da el Padre, pero siempre daremos con mayor generosidad, y seremos capaces no solo de dar sino de darnos.
Me gusta la frase de Pablo: “No sé si llegaré a la meta, pero estoy contento de saber que estoy corriendo en la pista”.

Tengamos fe en las posibilidades de nuestro corazón.
Y no nos contentemos con lo poco cuando en realidad podemos mucho.
Tengamos fe en las posibilidades de los demás.
No pretendamos crear enanos en la vida, cuando tenemos vocación de gigantes.
No vivamos un cristianismo del “no hacer” sino del “hacer”.
No vivamos un cristianismo del “no pecar” sino del aspirar a la plenitud de la santidad.
Si tienes vocación de santo no te quedes simplemente en bueno.
No tomes como modelo lo que hacen los que no arriesgan, porque tu verdadera medida es el Padre.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 26 a. Semana – Ciclo A

“Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y Sidón se hubiesen hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestido de sayal y sentado sobre ceniza. Por eso el juicio les será más llevadero a Tiro y Sidón que a vosotras. Quien a vosotros os escucha a mí me escucha; quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”. (Lc 10,13-16)

Cada uno espera segar lo que siembra.
Dios nos juzgará según los dones que ha sembrado en nuestros corazones.
Dios nos pedirá cuentas de las posibilidades que ha sembrado en nuestras vidas.
“Al que mucho se le ha dado, mucho se le pedirá”.
“Al que poco se le ha dado, poco se le pedirá”.
Cada oportunidad es una exigencia.
Cada gracia es un una exigencia.

No todos hemos tenido las mismas oportunidades.
No todos hemos tenido las mismas posibilidades.
Por eso, no todos podemos tener las mismas responsabilidades.
No a todos se nos pedirán los mismos frutos.

No todos respondemos de igual manera a los dones de Dios.
No todos respondemos de igual manera a las posibilidades que Dios nos ofrece.
Hay quienes hemos recibido mucho.
Y hay quienes han recibido menos.
Hay quienes han tenido más posibilidades.
Hay quienes han tenido menos.
Corozaín y Betsaida fueron testigos de los milagros de Jesús.
Y no respondieron a su llamada.
Tiro y Sidón, como ciudades paganas, apenas pudieron escuchar su palabra.
Y es posible que si hubiesen tenido las mismas oportunidades, se hubiesen convertido.
Los dones de Dios son otras tantas exigencias.
Los dones de Dios son otras tantas oportunidades.
Los dones de Dios son otras tantas exigencias de respuesta.

Jesús se lamenta de la falta de respuesta:
de aquellos que lo tenían diariamente a la mano.
de aquellos a quienes se les ofreció primero el Evangelio.
de aquellos a quienes se les ofreció primero el Reino.

Jesús se lamenta de la dureza del corazón:
De quienes lo tuvieron a su lado.
De quienes fueron testigos de su palabra.
De quienes fueron testigos de sus milagros.
De quienes fueron testigos de su gracia de conversión.

Una llamada a cada uno e nosotros.
Cada uno somos testigos de los dones que ha recibido.
Cada uno somos testigos de las posibilidades de conversión de nuestro corazón.
Cada uno somos testigos de las veces que ha llamado a nuestro corazón.
Cada uno somos testigos de las veces que tocado a nuestra puerta.
Cada uno somos testigos de las posibilidades que nos ofrece la Iglesia.

Y cada uno somos testigos:
De nuestra respuesta a Dios.
De nuestra respuesta al Evangelio.
De nuestra respuesta al Jesús que se da cita cada domingo y aún cada día de la semana.
De nuestra respuesta a las posibilidades que nos ofrece la comunidad parroquial.
De nuestra respuesta a las posibilidades que nos ofrece nuestra comunidad religiosa.
De la respuesta a las posibilidades que nos ofrecen nuestros hermanos.

Dios nos juzgará por lo que nos ha dado.
Dios nos juzgará por los donde de gracia que nos ha regalado.
Dios nos juzgará por la respuesta que cada uno hemos dado.
Dios nos juzgará por lo que hemos hecho con su gracia.
Dios nos juzgará por el amor que nos ha tenido.
Dios nos juzgará por nuestra respuesta al amor que nos reveló en la Cruz.

Señor: soy puro don tuyo.
Señor: cuántos dones has sembrado en mi.
Señor: confieso que tengo miedo a cuántas semillas se han perdido.
Señor: confieso que tengo miedo a cuanta santidad se ha perdido.
Señor: sigue derramando tus dones y dame la gracia de la fidelidad.

Clemente Sobrado C. P.

Las verdades duelen

Domingo 26 del Tiempo Ordinario – A

Hace unos años, José Luis Martín Descalzo escribió una obra de teatro titulada: “Las prostitutas os precederán en el Reino de los cielos”. Aquí en la Parroquia, un grupo de teatro pidió para escenificarla. A las dos semanas debieron retirar la Obra, porque el escándalo de las viejas de la parroquia fue grande. ¿Cómo es posible que en una Parroquia se estén dando este tipo de teatros? Fue tal el jaleo, que la compañía se retiró por falta de público.
Recuerdo que cuando la obra se inauguró en Bilbao, me coincidió con mis vacaciones. Las paredes estaban empapeladas con su anuncio. Los periodistas siempre inquietos le hicieron una entrevista al autor, un extraordinario sacerdote.
Recuerdo que le preguntaron si no le parecía demasiado fuerte el título. José Luis contestó: que conste que lo único que precisamente no es mío es el título, porque el título se lo debo al mismo Jesús.

Hay verdades, cuyo solo título, nos hacen daño, aún sin ver su contenido. El solo nombre de prostituta ya ponía los pelos de punta a las viejas de mi parroquia. Claro que no estoy seguro si estarían tan escandalizadas de saber que sus maridos alguna vez anduvieron por esos rincones de la vida y que sus hijos todavía hacen sus visitas periódicas.

Yo no sé si el escándalo provenía de “eso de prostitutas” o más bien provenía de que “nos llevan la delantera en el Reino de los cielos”, porque eso sí tiene que ser grave para muchas beatas que se sienten postergadas por esa gente “de mala vida”, porque la de los clientes debe ser de “muy buena vida”.

Confieso que a mí tampoco me gusta demasiado el título, pero no porque me escandalice de la afirmación de Jesús, sino porque, de alguna manera, también a mí me puede caer la cachetada. Porque también yo puedo ser uno de esos que le he dicho que “sí” a Dios, pero mi vida está siendo un “no”. O porque también yo me considere de la clase selecta de los buenos y luego me esté resistiendo a las exigencias que Dios me pone en mi camino. De esos que se creen tan buenos que hasta Dios les tiene que estar agradecido. Lo mismito que sucedía en el Teatro de José Luis Martín Descalzo, cuando el Gobernador, el Alcalde y las grandes autoridades del pueblo ingresaron a aquella casa de prostitución para rescatar a aquel gran Crucifijo ante el que cada día oraban las prostitutas. Cuando entraron encontraron a la prostituta de rodillas hablando con Cristo. “Mira, Señor, quién viene ahí, es el Gobernador, tú ya lo conoces porque ha estado muchas veces por aquí”. “El otro también te es conocido, es el Alcalde, sí, el que continuamente pedía nuestros servicios y luego nos amenazaba para no pagarnos”.

¡La hipocresía humana es tan grande! No podían permitir que un Cristo Crucificado pudiese conservarse en una casa dedicada a la prostitución. Y los mismos que trataban de rescatarlo eran clientes normales y ordinarios de la misma casa. Y fueron ellas, las prostitutas las que se resistieron a que les quitasen aquel Cristo ante el que cada día oraban y rezaban y entre las que Cristo se encontraba más a gusto que en medio de tanto fariseo hipócrita que a veces llana nuestras Iglesias. Era su mundo, el mundo de los enfermos, el de los pecadores, el de los publicanos. El mundo de las que sentían que lo necesitaban, porque era el único que las podía comprender. El resto las utilizaban y compraba cada día sus cuerpos.

Con frecuencia, Jesús tiene frases que pueden desnudarnos en público. Y que El las decía con toda libertad y sin miedo al juicio y la crítica de los “buenos”, pero cuya bondad era el mayor obstáculo para abrirse al Reino de los cielos.

A veces, no es el pecado de la debilidad humana, lo que más nos distancia de Dios, sino precisamente la falsa o la aparente bondad.
El creernos lo suficientemente buenos que ya ni necesitamos de Dios.
El creernos tan buenos, que hasta el mismo Dios queda en deuda con nosotros.
El creernos tan buenos, que nos autoriza a condenar a medio mundo.
El creernos tan buenos, que nos da carta de garantía para juzgar a todos.
El creernos tan buenos, que da derecho de decidir quiénes han de entrar en el cielo y quiénes no.
El creernos tan buenos, que no aceptamos la corrección de nadie.
El creernos tan buenos, que de buenos nos hemos convertido en unos inútiles.

Ciertas frases pueden sonar a escándalo. Pero estoy convencido que necesitamos de alguien que, de cuando en vez, nos escandalice, aunque no sea sino para despertarnos de nuestra modorra espiritual y abrir nuestro corazón al Evangelio. El peor obstáculo que Dios encuentra en nuestro corazón para hacernos santos, puede que sea el creernos ya demasiado buenos.

Señor: A veces eres muy poco cortés con los que nos creemos buenos.
Nos echas en cara que nuestra bondad no pasa de unas palabras bonitas
o de una simple máscara.
Y necesitamos que alguien nos desnude.
Que alguien nos diga nuestra verdad, por más que nos duela.
Tú no eres de los que gustan de las palabras bonitas.
Tú eres de los que exige vida.
Es fácil decirte que sí, y luego hacer de nuestra vida un no.
Señor: la verdad duele. Pero la verdad también nos sana.
Sana hoy nuestros corazones si no son lo que tú esperarías de nosotros.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 23 a. Semana – Ciclo A

“¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo u no reparas en la vida que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la vida de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano”. (Lc 6, 39-42)

Somos especialistas en ver los defectos de los demás.
Y bastante torpes para ver los nuestros.
Nos escandalizamos de los defectos de los demás.
En cambio los nuestros nos parecen normales.

Los defectos de los demás siempre nos parecen grandes.
Diera la impresión de que los miramos con lentes de aumento.
En cambio nuestros defectos son simples fallos o errores.
Por eso somos críticos de los otros.
Y demasiado comprensivos con nosotros.

Siempre me ha llamado la atención la profesión de “barrenderos de la municipalidad”.
Se los ve con sus cubos y su escoba buscando las basuras grandes y pequeñas de la calle.
Y me impresiona que apenas veo a ninguno de ellos contemplando esos jardincitos que abundan en cualquier lugar.
Ellos no buscan las flores.
Ellos buscan las basuras.
Ellos no cortan las flores para llevarlas a casa.
Ellos recogen las basuras para llevarlas al basurero.

¿No tendremos mucho de “barrenderos” y poco de “jardineros”?
¿No tendremos más instinto de “basuras” que de “flores”?
¿No nos sucede esto con nuestros hermanos?
¡Con qué facilidad vemos sus defectos!
¡Cuánto nos cuesta ver sus cualidades y virtudes!

Jesús nos pide que primero:
Reconozcamos nuestros defectos.
Reconozcamos nuestros fallos.
Reconozcamos nuestras mentiras.
Reconozcamos nuestras infidelidades.
Reconozcamos nuestras “vigas”.

Quien no tiene la suficiente sinceridad de reconocer sus miserias, difícilmente podrá reconocer las de los demás.
Porque quien no es sincero consigo mismo, termina siendo mentiroso con los otros.
Porque quien no ve claro su propio corazón, difícilmente verá con claridad el corazón de los demás.

Reconozco que el ministerio del confesionario me ha enseñado mucho:
Cuando veo la sinceridad con que me cuentan sus pecados, me hacen mirar a los míos.
Cuando veo la claridad con que me dicen sus pecados, me hacen pensar en los que yo oculto o no quiero ver.
Más de una vez me han enviado gente que vivía empecatada.
¡Y cuanta fue sorpresa cuando me encontré con corazones heridos, pero de una gran nobleza!

No pretendo declararme inocente.
Es posible que también yo sea especialista en “motas” y “vigas”.
Es posible que también yo vea mejor las “motas” de mi hermano, que mis “vigas”.
Por eso, antes de entrar a confesar, me gusta hacer un rato de silencio y oración para que el Señor me enseñe a ver los pecados de los penitentes.
Y debo reconocer que:
Más de una vez le he dado gracias al Señor por la sinceridad de mis penitentes.
Más de una vez le he dado gracias al Señor porque me han enseñado a mirarme a mí mismo.
No se puede entrar al confesionario con “vigas en los ojos y el corazón”.
Que el Señor me conceda la gracia de no entrar nunca con vigas atravesadas en mi alma.
¡Qué bueno sería si cada mañana le pedimos al Señor: “Señor, que hoy me enseñes a ver lo bueno de mis hermanos”!

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 16 o – Ciclo A

“El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los trabajadores a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” ¿Quieres que vayamos a arrancarla?” “No, porque, al arrancar la cizaña, podrían arrancar también el trigo. Déjenlas crecer juntas, hasta la cosecha”. (Mt 13,24-30)

En el Credo, todos recitamos “creo en la Iglesia una, santa”.
Pero también recitamos “creo en el perdón de los pecados”.
Santidad y pecado no se conllevan.
Y sin embargo crecen juntos.
Tienen origen distinto:
La santidad es la semilla sembrada por Dios.
El pecado es sembrado por el enemigo.
Es la triste realidad de la Iglesia, como también del corazón humano.
San Pablo tiene experiencia de ello: “Sé lo que debo hacer y hago lo contrario”.

Es la realidad del bien y del mal.
Ambos tienen origen diferente.
Pero ambos conviven en la misma tierra.
Todos llevamos la gracia en nuestro corazón.
Pero todos somos víctimas del pecado.
Es el eterno misterio del bien y del mal.
Es el eterno misterio de esa lucha que todos llevamos dentro.
Es el eterno misterio de la Iglesia:
Iglesia santa.
Pero Iglesia que necesita del perdón.
Iglesia donde el bien y el mal crecen juntos.
Iglesia donde santos y pecadores se encuentran cada día.

Dos reflexiones que se nos imponen:
Dios es el sembrador del bien.
El mal no procede de Dios.
Por eso es falso cuando decimos ¿por qué Dios me envía esto o lo otro?
Somos demasiados los que culpamos a Dios de lo malo que nos sucede.
Somos demasiados los que culpamos a Dios de lo malo que sufrimos.
¿Por qué me sucede esto, si yo soy gente de bien?
¿Por qué Dios me envía tales desgracias?

Y nos olvidamos de las verdaderas causas.
Nos olvidamos que el egoísmo es causa de muchos de nuestros sufrimientos.
Nos olvidamos de que no tenemos trabajo porque otros quieren ganar más.
Nos olvidamos de que alguien nos ha calumniado por su corazón podrido.
Nos olvidamos de que alguien nos ha robado el pan que es nuestro, por ganarse alguito más.

Nuestra reacción es la de cuestionar el por qué del mal.
Y nuestra tentación es:
la de arrancar el mal o la cizaña que hay en la Iglesia.
la de una Iglesia solo de santos.
la de una Iglesia que excluya y eche fuera a los malos.

Y nos olvidamos:
Que no somos nosotros quienes debemos juzgar a los malos.
Que no somos nosotros quienes debemos arrancar a los malos.
Que no somos nosotros quienes hemos de hacer la selección.
Eso le corresponde a Dios.
Pero cuando llegue el tiempo de la cosecha.
Cuando llegue el tiempo final de la selección.
Que los que hoy son malos, mañana pueden ser buenos.
“Podemos arrancar también el trigo”.

A nosotros lo único que nos corresponde es:
No dormirnos, mientras otros están despiertos.
No dormirnos, mientras otros siembran el mal.
No dormirnos, mientras otros siembran cizaña.
Está bien que nos duela ver el trigo con la cizaña en la Iglesia.
Pero peor está el que dejemos que otros siembren cizaña mientras dormimos.
Pero peor está el que nos escandalicemos de una Iglesia donde gracia y pecado son parte de nuestra realidad.
Peor está el que los buenos nos echemos a dormir y luego nos llevemos el susto de lo malo que nos rodea.

Más que pensar en arrancar la cizaña, mejor si estamos despiertos y atentos a cuidar nuestro trigo.
La Iglesia es santa.
Pero también en ella existe el pecado.
¿Por qué en vez de escandalizarnos de la cizaña en la Iglesia, no nos preguntamos por qué nosotros nos echamos a dormir?
Que el pecado en la Iglesia se debe al enemigo que lo siembra.
Pero también a los buenos que nos dormimos tranquilamente.
En vez de pensar en excluir a los malos, mejor nos preocupamos de vivir atentos y despiertos.

Clemente Sobrado C. P.