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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 11 a. Semana – Ciclo B

“Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. Vosotros rezar así: “Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno”. Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre os perdonará a vosotros”. (Mt 6,7-15)

Rezamos mucho y es posible que oremos poco.
Rezar es decirle nosotros cosas a Dios.
Orar es hacer silencio en el corazón y escuchar a Dios.

Está bien que “recemos”, pero es posible que al rezar, expresemos los sentimientos otros.
Rezamos oraciones hechas por otros.
Rezamos oraciones que expresan los sentimientos de otros.
Rezamos oraciones hechas por otros.

Yo prefiero hablar de “orar”.
Orar es callar y dejar que hable el corazón.
Orar es calar y escuchar a Dios que nos habla.
Es el silencio humano de las cosas.
Pero es la Palabra de Dios resonando dentro de nosotros.

Para Jesús el Padre nuestro expresa la verdad de nuestra oración.
Primero, orar es meternos en ese ambiente de la paternidad de Dios.
Segundo, orar es meternos en ese ambiente o clima de nuestra filiación.
Tercero, orar es meternos en ese clima de sentir nuestra fraternidad universal

Orar es vivir inmersos en esas tres realidades esenciales de nuestra fe:
Paternidad. Es dejar que nuestro corazón se empape de la experiencia de la paternidad de Dios. No hables. Siente.
Filiación. Es dejar que nuestro corazón se empape como esponja de nuestra condición de hijos. No hables. Siente.
Fraternidad. Es dejar que nuestro corazón se sensibilice de la experiencia de sentir a todos como hermanos. No hables. Siente.
Ese es el ambiente en el que ha de desenvolverse nuestra oración.
De tal modo que salgamos de la oración:
Con una experiencia más tierna de Dios.
Con una experiencia más rica de nosotros mismos.
Con una experiencia más gozosa de los demás.
Con una experiencia de cariño para con Dios.
Con una experiencia feliz de nosotros mismos.
Con una experiencia alegre de fraternidad.

No es cuestión de hablar mucho.
Jesús ya lo dice: “Dios ya sabe lo que necesitamos antes de pedírselo”.
Más bien debiéramos aplicar aquello de Pablo: “Sentid en vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”.
¿Cómo siente Dios su paternidad sobre Jesús?
¿Cómo siente Dios su paternidad sobre cada uno de nosotros?
¿Cómo siente Dios nuestra condición de hijos?
¿Cómo siente Dios vernos a todos como hermanos, familia suya?

Clemente Sobrado C. P.

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Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Martes de la 1 a. Semana – Ciclo B

Flickr: arosadocel

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que se lo pidáis.
Vosotros rezad así: “Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que no han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino libras del Maligno”.
(Mt 6,7-15)

A Dios le sobran las palabras.
A Dios no le ganamos con nuestras palabras.
No es la lengua la que realmente habla con Dios.
Con Dios habla el corazón.
Y el corazón tiene pocas palabras.
Y las palabras del corazón con amor y vida.
La mejor palabra de una madre para con su hijo es estrecharlo contra su corazón.
Por eso, la mejor oración puede que sea el silencio que escucha.
No somos nosotros los que tenemos que decirle cosas, que ya se las sabe.
Es El quien tiene mucho que decirnos.
Oramos escuchando, oramos en silencio, oramos con el corazón tranquilo y sereno.

La Cuaresma más que tempo de ayuno es tiempo de oración.
El ayuno es cosa de estómago.
La oración es cosa del corazón.
Y las cosas del corazón son cosas de amistad.
Santa Teresa cuando comienza a hablar de su vida de oración dice: “Y ahora comenzamos a hablar cosas de amistad”.

Jesús fe el primero en rezar el Padre nuestro.
Tal vez el único Padre nuestro bien rezado de la historia.
No se trata de una oración de pedigüeños, sino una oración de vivencia y sintonía con los intereses de Dios.

La base de toda verdadera oración implica tres grandes actitudes y experiencias:
La experiencia de la paternidad de Dios.
Es la confesión de Dios como Padre.
Es el reconocimiento de Dios como Padre.
Es un dejarnos transformar por la experiencia de la paternidad de Dios.

Y por tanto es la experiencia gozosa de nosotros como hijos.
Es la experiencia de nuestra filiación divina.
Es sentirnos hijos de Dios.
Es confesarnos hijos de Dios.
Es reconocer nuestra dignidad de hijos.
Es ponernos en actitud de hijos.

Pero Dios es “Padre “nuestro”.
Por eso rezar el Padre nuestro significa también:
Reconocer que no somos “hijos únicos”.
Reconocer que también los demás son “hijos”.
Es ver a los demás como “hijos”.
Es ver a los demás como “hermanos”.
Es vernos, por tanto, como “familia”.
Es vivir como “familia”.

Dios no es “mío”.
No le rezo como si fuese propiedad mía.
Le rezo en la vivencia de filiación, fraternidad, familia.
Un rezo que, más que pedirle pequeñeces, “Dios ya sabe lo que necesitamos”, es comprometernos:
Con unas relaciones nuevas con El.
Con unas relaciones nuevas entre nosotros, al margen de nuestras condiciones humanas.
Con unas relaciones nuevas universales.

El Reino de Dios comienza por una humanidad que se ve como familia.
El único camino para cambiar el mundo es sentirnos todos familia.
Son inútiles las leyes de la justicia social, mientras no tengamos conciencia de que somos familia.
¿Queremos que el mundo cambie?
Convirtámoslo en familia.
Y esa es la experiencia de nuestra verdadera oración.
Sin esta experiencia nuestra oración son simples palabras.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 27 a. Semana – Ciclo A

“Una vez estaba Jesús orando en cierto lugar, cunado terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. El les dijo: “Cando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación”. (Lc 11,1-4)

“Enséñanos a “orar”.
No le dicen les enseñe a “rezar”, sino “orar”.
Es que rezar puede significar decir algo que otros dicen.
En tanto que orar es expresar nuestros propios sentimientos.
“Rezamos” con palabras.
Podemos “orar” sin palabras.

Le piden algo importante: “que les enseñe a orar”.
Es que muchos no sabemos orar.
Ni es fácil orar.
Porque orar es entrar en comunión con Dios.
Es poner nuestro corazón en sintonía con Dios.
Nosotros enseñamos “oraciones hechas”.
Nosotros aprendemos “oraciones ya elaboradas”.
Pero nadie nos enseña a “orar”.
A guardar silencio, un silencio que es escucha de Dios.
Un silencio que es compartir los sentimientos de Dios.
Un silencio que es dejarnos impregnar de la voz de Dios.

Jesús les enseñó el Padre nuestro.
¿Será para que lo repitamos?
¿Será para situarnos a cada uno en el misterio de Dios y de sus planes?
El Padre nuestro es para “rezarlo” y es para “orarlo”.
Un Padre nuestro que no es oración puede quedar en repetición aburrida de palabras.
Un Padre nuestro convertido en oración es:
Experimentar en nosotros a Dios como Padre.
Sentir a Dios como Padre.
Vivir a Dios como Padre.
Es sentirnos hijos.
Es experimentar nuestra filiación y fraternidad.
Es una transformación de nuestros sentimientos y afectos.
Es una transformación de nuestro corazón.
Es un hacer la experiencia de Dios dentro de nosotros mismos.
Es un hacer la experiencia de la santidad de Dios.
Es un sentir que nuestras vidas son una glorificación de Dios.
Es un sentir que nuestras vidas manifiestan y revelan a Dios.

Orar es: sentirnos comprometidos con el cambio.
Es sentirnos comprometidos con una manera nueva de vivir.
Es sentirnos comprometidos con el reino de Dios.
Aquí hay más que palabras.
Hay vida, hay cambio, hay compromiso, hay sentimientos.

Orar es: ponernos delante de Dios con nuestras debilidades y pecados.
Es pedirle con el corazón que como Padre nos perdone.
El arrepentimiento no está en las palabras.
El arrepentimiento y en perdón está en el cambio interior del corazón.
El arrepentimiento y el perdón pasan por la experiencia de nuestra reconciliación con los demás como hijos de Dios y hermanos nuestros.
No hay comunión con Dios con un corazón enemistado.
No hay comunión con Dios con un corazón que excluye a alguno de hijos.

El mejor maestro de la oración es Jesús.
No los libros.
El mejor maestro de la oración es Jesús que junto, con el Espíritu Santo, nos hace experimentar la presencia de Dios en nuestro corazón.
El mejor maestro de oración es Jesús, esta vez, no orando en el monte y orante en nuestro corazón.
Por eso, antes de ponernos a orar será bueno decirle: “Señor, enséñame a orar como tú orabas”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 11 a. Semana – Ciclo A

“Vosotros rezad así: “Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación” (Mt 6,7-15)

“Hay tres maneras de orar a Dios: Dios mío, ténsame. Si no me pudriré. Otro dice: Dios mío, no me tenses demasiado porque me romperé. Un tercero reza: Dios mío, ténsame cuanto puedas, aunque me rompa.” (Kazantzaki) ¿Cuál de los tres te sienta mejor?

Jesús nos puso la oración mucho más simple y a la vez más complicada.
Porque para Jesús la oración de camionadas de palabras.
Porque el Dios a quien Jesús nos pide rezar es “Padre”.
Y los padres suelen tener muy buen oído cuando los llaman sus hijos.

Además Jesús nos enseñó que para rezar bien era preciso:
Ponernos en experiencia de Dios Padre.
Ponernos en experiencia de nosotros hijos.
Ponernos en experiencia de hermanos.
Ponernos en experiencia de hogar y de familia.

Cuando reces, di: santificado sea tu nombre.
A ti que te gusta alabar e incensar a los demás, ¿para cuándo dejas de sentir la alegría de la grandeza de Dios?
Haz de tu oración el éxtasis y la admiración.
Quédate pasmado mirándolo a Él.

Cuando reces, di: venga tu Reino.
Ya está bien de tanto pedir para ti.
Al menos hoy, podías preocuparte en tu oración de pedir por los demás.
Está bien que pidas por tus triunfos y tus éxitos.
Pero, ¿no estarán primero los éxitos y los intereses de Dios?
¿No podías pedir hoy por el triunfo de Dios en la historia?
Orar es sentir los planes y proyectos de Dios.
Mejor dicho es hacerlos tuyos.
Y es comprometerte arrimando tu hombro.

Cuando reces, di: hágase tu voluntad.
Pero por favor, no le regatees luego la tuya.
No sea que pidas que se haga la voluntad de Dios
y en el camino le enchufes la tuya.
Y peor aún, no confundas la voluntad de Dios con lo que a ti te interesa.
Eso es fraude.
Descubre cuál es la voluntad de Dios sobre ti mismo. Y dile “hágase tu voluntad.
Descubre cuál es la voluntad de Dios sobre el mundo.
Y dile aquí estoy para ayudarte.

Cuando reces, di: danos el pan.
Pero no para que lo amontones o te comas el pedazo que le toca a los demás.
Dios regala pan a los pobres repartiendo el tuyo.
No olvides que la mitad de tu pan le pertenece a los que pasan hambre.

Cuando reces, di: perdónanos…
Claro, que te perdone.
Pero la única manera de que el perdón de Dios llegue a ti,
es si tú ya has perdonado a los demás.
No pidas si no eres capaz de dar.

Cuando reces, di: no nos dejes caer…
Pero, claro, luego no te hagas el fanfarrón de ponerte en el filo del peligro.
Dios no se responsabiliza por los cobardes.
Pero tampoco apuesta por los equilibristas.

Bueno, ahora atrévete a rezar hoy un poco más que ayer.
Al principio lo harás con miedo, con recelo y hasta con cierta desconfianza.
Con Dios sucede como con las personas.
La primera vez que las conoces te parecen distantes.
Luego terminas viéndolas muy cercanas a ti.
La oración acorta las distancias entre tú y Dios.

Atrévete hoy a rezar. ¿En qué momento? ¿Y por qué siempre hemos de andar buscando el momento oportuno? Los niños nunca hablan oportunamente. Para ellos no existen oportunidades. Ellos hablan, aunque los mayores se fastidien y los manden callar. Si esperas a tener oportunidades para hablar con Dios, nunca las encontrarás.

Eso sí, cuando reces, mejor que hables poco tú
y dejes hablar más a Dios en ti.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Martes de la 1 a. Semana – Ciclo A

Flickr: will schrimshaw

“Ustedes oren así: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada adía, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”. Porque si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes”.
(Mt 6,7-15)

Jesús nos dice que, cuando oremos no seamos charlatanes.
Que la charlatanería no llega a los oídos de Dios.
Que Dios no necesita de grandes discursos para escucharnos y convencernos. Incluso podemos orar sin hablar nada.
Porque podemos crear una comunión de sentimientos de nuestro corazón con el corazón de Dios.
Al fin y al cabo, la oración es más relación de amistad que de discursos.

Por eso, Jesús nos propone el “Padre nuestro” como nuestro estilo de orar.
Estoy seguro de que durante esta cuaresma lo diremos muchas veces.
Pero lo diremos de verdad.
Será de verdad nuestra oración.
¿O quedará también en palabras?

¿Comenzamos por crear en nuestro corazón ese clima y ese ambiente de la paternidad de Dios y de nuestra filiación?
¿Quedará nuestro corazón saturado y amasado de esa experiencia?
¿Comenzaremos por sentir que Dios es de todos y para todos y nadie lo tiene en propiedad?
No olvidemos lo que decimos: “Padre nuestro”.

Seamos sinceros:
¿Estamos dispuestas a cumplir su voluntad?
¿No preferiremos que él haga la nuestra?
¿Apostamos por nuestra experiencia?

¿Hay un verdadero compromiso de trabajar por su Reino?
Por un mundo más humano.
Por un mundo más justo.
Por un mundo más solidario.
Por un mundo más fraterno?
Por un mundo donde todos sean respetados en su dignidad de personas y de hijos de Dios.

Y cuando oramos:
¿perdonamos de verdad?
¿nos reconciliamos de verdad?
¿nos fraternizamos de verdad?

Es que no puede haber amistad con Dios si no hay amistad con el hermano.
Es que no puede haber verdadera filiación con hermanos divididos.
Es que no puede haber verdadera vida de amor con Dios, con hermanos enemistados.
Comenzamos reconociéndole como “Padre nuestro”.
Tenemos que ser lógicos y coherentes.
Nuestro Padre Dios:
¿querrá tener una familia dividida?
¿querrá ver que en casa los hermanos no se hablan?
¿querrá ver que los hijos no quieren sentarse juntos a la mesa?
¿querrá que las comidas guarden silencio entre los hermanos?

No podemos orar enemistados.
La oración requiere perdón.
No esperemos que el Padre escuche a hijos que no se aman ni perdonan.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 27 a. Semana

“Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar como Juan enseñó a sus discípulos”. El les dijo: “Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación”.
(Lc 11,1-4)

Siempre me ha llamado la atención la fórmula litúrgica que nos invita a rezar el Padre nuestro. “Nos atrevemos a decir: Padre nuestro…”
Me dirán qué hay de extraño en dicha fórmula.
“Nos atrevemos a decir: Padre nuestro”.
Porque hace falta atrevimiento para llamarle a Dios “Padre nuestro”.
Porque hace falta atrevimiento decirle a Dios que es “Padre nuestro”.
Porque hace falta atrevimiento para considerar a Dios como “Padre nuestro”.

Si Jesús no nos lo hubiera revelado como “Padre” ¿alguien se atrevería a llamar Padre a Dios?
Y sin embargo en la mejor revelación que Jesús hace de Dios.
Y es la mejor experiencia que nosotros podemos tener de Dios.
Y es la mejor experiencia de nuestra de nuestra relación con Dios.

Los cristianos no somos huérfanos.
La Iglesia no es un orfanatorio.
Los cristianos comenzamos por “tener un Padre”.
Los cristianos comenzamos por ese gesto por el cual “Dios nos ha firmado como hijos”.
Dios no es de esos padres que “no reconocen a sus hijos”.
Dios no es de esos padres que “se niegan a firmar a sus hijos”.
Por eso hay tanto hijo por la calle:
Que no está reconocido.
Que no tiene apellido.
Que no tiene hogar.
Que necesitan hacer un juicio de filiación.

Como cristianos nosotros comenzamos por ser reconocidos y firmados por Dios como Padre.
Por eso la Iglesia no es un Club ni una Asociación o institución.
La Iglesia es una “familia”, es un “hogar”.
Los cristianos tenemos una familia con Padre y Madre.

En el plano de lo humano, nuestra primera experiencia es la de “papá y mamá”.
En el plano de la fe, nuestra primera experiencia es también la de “Padre y Madre”.
Nuestra primera experiencia de fe debiera comenzar porque nuestra primera palabra sea también la de “papá Dios”.

En la vida:
Quedamos marcados por la figura del padre y de la madre.
Quedamos marcados por el amor de papá y mamá.
Quedamos marcados por la acogida de papá y mamá.

En la vida de la fe:
También quedamos marcados por la imagen de “Dios Padre”.
Quedamos marcados por el amor de “Dios Padre”.
Nuestra oración también tiene que estar marcada por la “experiencia de Dios Padre”, no la de Dios juez.

Pero no decimos “Padre mío” sino “Padre nuestro”.
Lo cual nuestra oración tampoco puede ser nunca individualista.
Nuestra oración tiene que ser una oración filial, pero también fraterna.
Nuestra oración comienza con una doble confesión:
La confesión de Dios Padre.
La confesión de que tenemos otros hermanos.
La confesión de que somos familia.

Decimos que oramos.
¿A quien oramos?
¿La oración nos hace más hijos?
¿Con quien oramos?
¿La oración nos hace más hermanos?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 17 º – Ciclo C

“Una vez que esta Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación”. (Lc 11,1-13)

Se pueden mandar muchas cosas.
Se pueden obligar muchas cosas.
Pero no se puede mandar orar.
No se puede obligar a orar.
No se puede imponer la oración.

Una oración obligada no sería oración.
Una oración impuesta no sería oración.

Porque la oración:
Tiene que nacer del corazón.
Tiene que brotar del corazón.
Tiene que nacer del deseo de orar.

Resulta extraño que Jesús que les habló de tantas cosas, no les hubiese enseñado algo que es fundamental en la relación con El y con el Padre: a orar.
Es que Jesús no quería que la oración de los suyos fuese una obligación de la Ley.
Porque se puede cumplir con la Ley diciendo cosas, pero sin orar.
Jesús espera a que sean ellos mismos los que sienten necesidad de hablar con el Padre.
Jesús espera a que sean ellos los que piden hablar con el Padre.
Jesús espera a que sean ellos los que descubran la importancia de la oración.

Lucas, tiene un detalle que no debiéramos olvidar.
Comienza diciendo que “Una vez que Jesús estaba orando en cierto lugar”.
Jesús no era de los que comenzaba por dar lecciones sobre la oración.
Jesús era de los que “el mismo oraba” delante de ellos, sin obligarlos a ellos.
Jesús era de los que “con su ejemplo” quería que naciese en ellos el deseo de orar.
Y es ahí, donde ellos se debieron sentir sorprendidos.
Y es ahí, donde ellos, al verlo, se sintieron tocados y con deseos de también ellos orar.
“Enséñanos a orar”.
Ponen el ejemplo de Juan, pero el deseo brotó de verlo orar a El.

Es que la oración tiene que nacernos de dentro.
La oración debe nacer del deseo interior.
La oración debe nacer del deseo del corazón.

Es inútil que enseñemos qué es la oración, si no nos ven orar.
Es inútil que enseñemos una serie de oraciones, si ven que nosotros no oramos.
Comencemos nosotros por orar.
Y veremos que otros comienzan a orar.
No oración que se impone desde fuera.
Sino una oración que nace del deseo.
¿Recuerdan la oración sacerdotal: “Padre, este es mi deseo, que aquellos que me diste..”
Tu oración debe ser la medida de tu oración y la oración la medida de tus deseos.
O como escribiría A. Nervo:
“Pues busco, debo encontrar.
Pues llamo, débeme abrir.
Pues pido, me deben dar.
Pues amo débeme amar
Aquel que me hizo vivir”
“¿Calla? Un día me hablará.
¿Me pone a prueba? Soy fiel.
¿Pasa? No lejos irá:
pues tiene alas mi alma, y va
volando detrás de él”.

Clemente Sobrado C. P.

¿Es fácil rezar el Padre Nuestro?

Domingo 17 Tiempo Ordinario – C

El Padre Nuestro suele ser la primera oración que nos enseñaron nuestras madres. Como fue la primera y única oración que Jesús enseñó a los suyos.
Claro que como la hemos aprendido de niños y la hemos recitado de memoria infinidad de veces, puede que sea la oración más maltratada.
Porque orar el Padre Nuestro es como avivar y expresar en nosotros el misterio de Dios y del Evangelio.
Porque rezar el Padre Nuestro no es decir palabras bonitas, sino un meternos en ese misterio de Dios llamado a expresarlo en nuestras vidas.

En primer lugar comenzamos haciendo una confesión de fe en Dios como Padre, por tanto en nosotros como hijos y todos como familia de Dios.
Porque en segundo lugar lo reconocemos como “Padre Nuestro”.
Lo que significa una “paternidad universal”.
Y significa reconocernos a todos como “hijos”,
y por tanto reconocernos a todos como “hermanos”.

Toda una nueva visión de la humanidad.
Toda una nueva visión de la relación entre todos nosotros.
Toda una visión de la humanidad como “la familia de Dios”.

Bastaría esta simple invocación:
Para que todo cambie,
Para que el mundo se ponga de patas arriba,
Pero todos nos sintamos diferentes,
Para todos nos veamos y nos tratemos de una manera distinta.

Por eso la oración del Padre Nuestro no es una oración de pedigüeños, como suelen ser nuestras oraciones.
Es una oración en la que nos implicamos todos:
En el misterio paternal de Dios
En todos los intereses
En todos los planes y proyectos de Dios.

En toda la primera parte nos comprometemos en los ideales de Dios sobre nosotros y sobre el mundo:
Alabanza y glorificación de Dios,
Compromiso de un mundo mejor, que es el Reino,
Y siempre disponibles a su voluntad.
Nos ponemos en la actitud de María: “Hágase en mí tu palabra”.
Nos ponemos en la actitud de Jesús: “Hágase tu voluntad y no la mía”.

Y la segunda parte, le pedimos por todo aquello que pueda quebrar la solidaridad y la comunión de la familia de Dios.
Compartir el pan,
Regalarnos el perdón que restaña todas las heridas en la comunidad
Fortaleza para ser más que nuestras debilidades.

Con todo esto, el Padre Nuestro:
Comienza por un hablar con Dios Padre,
Pero luego implica todo un nuevo estilo de vida.
Un nuevo estilo de relaciones.
Una nueva de visión de la humanidad no dividida por los muros de los intereses humanos, sino unida por la fraternidad.

¿Te parece fácil?
Por eso los discípulos:
No le piden a Jesús que les “enseñe a rezar”.
Sino que les enseñe a “orar”.
¿Qué es lo mismo? Pues no.
Se puede rezar sin orar.
Porque se pueden decir palabras con la lengua sin que resuene el corazón.
Como se puede orar sin decir palabra alguna.
Basta el grito y la disponibilidad del corazón

Todos hemos rezado infinidad de Padre Nuestros.
¿Cuántos habremos rezado de verdad?
¿Cuántos habrán cambiado nuestra actitud para con Dios?
¿Cuántos habrán cambiado nuestra actitud para con los demás?
¿Cuántos habrán cambiado nuestra actitud en la comunidad?

Estoy seguro de que también hoy debiéramos pedirle a Jesús: “Señor, enséñanos a orar” por más que nos creamos expertos en oraciones.

Clemente Sobrado C. P.