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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 34 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Tened cuidado; no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del Hombre”. (Lc 21,34-36)

Ultimo día del Ciclo Litúrgico B.
Llegamos a final del camino, pero mañana comenzaremos de nuevo.
Eso es la vida: estaciones.
Estaciones que terminan y estaciones que comienzan.
Y así son los días.
Días que terminan en un sitio y amanecen en otro.

“Creí que mi último viaje tocaba ya a su fin, gastado todo mi poder:
que mi sendero estaba ya cerrado;
que había ya consumido todas mis provisiones;
que era el momento de guarecerme en la silenciosa oscuridad.
Pero he visto que tu voluntad no se acaba nunca en mí.
Y cuando las palabras viejas se caen secas de mi lengua,
nuevas melodías estallan en mi corazón,
y donde las verdades antiguas se borran,
aparece otra tierra maravillosa”. (R.T)

Mientras Jesús nos habla de los finales, no habla de finales, sino de nuevos comienzos.
Por eso nos pide:
No llorar lo que se va, sino sonreír a lo que se nos viene.
No aferrarnos a las palabras viejas, sino ponernos atentos “a las nuevas melodías que estallan en el corazón”.
Y donde las “verdades antiguas se borran, sentir que aparece otra tierra maravillosa”.

Por eso se nos pide:
Que no se embote la mente, sino que la mentamos siempre abierta.
Que estemos siempre atentos, para que lo nuevo no nos encuentre de espaldas.
Que estemos siempre despiertos, porque es la única manera de gozar del amanecer.
Que estemos siempre de pie, para poder recibirle cuando El llegue.

Es preciso una mente no embotada que se hace insensible a lo nuevo.
Es preciso que los agobios de la vida no hagan insensible nuestra esperanza.
Es preciso tener los oídos atentos para escuchar sus pisadas cuando llegue.
Es preciso tener los ojos abiertos para verlo llegar.
Es preciso tener las puertas abiertas para no hacerle esperar.
Es preciso tener la mesa puesta para invitarle a sentarse con nosotros.

Cuando todo comienza a oscurecerse porque el día se va, la ciudad se ilumina.
Cuando la noche lo borra todo, la mañana nos devuelve la belleza del jardín.
Cuando la muerte anuncia el final, el resucitado nos inunda del resplandor de la Pascua.
Cuando pensábamos refugiarnos en la silenciosa oscuridad, Alguien enciende siempre una luz.
Nuestro viaje solo toca a su fin cuando no vemos más allá.
Nuestro sendero está cerrado cuando lo llenamos de desesperanzas.

Los caminos de Dios tienen desiertos difíciles, pero siempre anuncian la “tierra prometida”.
Los caminos de Dios tienen momentos difíciles en la vida, pero nunca falta la Buena Noticia de una vida nueva.
Desaparecerá la oscuridad, porque siempre hay un amanecer.
Dios no anuncia finales. Dios siempre anuncia comienzos.
Dios no anuncia atardeceres. Dios anuncia amaneceres.

Lo importante es que nuestras vidas no estén embotadas e incapacitadas de ver la nueva luz.
Ante los problemas y dificultades no busquemos evasiones que oscurecen más la vida.
Ante los problemas y dificultades descubramos que “la voluntad de Dios no se acaba nunca en mí”.

Clemente Sobrado C. P.

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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 34 a. Semana – Ciclo B

“Expuso Jesús una parábola a sus discípulos: “Fijaos en la higuera o en cualquier árbol, cuando echan brotes, os basta verlos para saber que el verano está cerca. Pues, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”. (Lc 21,29-33)

Flickr: perlaroques

Todo es cuestión de saber ver.
Y no hace falta ver cosas grandes.
A veces son las cosas pequeñas las que nos dicen grandes verdades.
El problema no está en quedarnos en lo que ven los ojos.
Cuando debiéramos ver más allá.
¿Qué nos dicen lo que los ojos ven?

La parábola de Jesús es sencilla y simple.
Y es una parábola que todos sabemos leer.
“Cuando la higuera comienza a echar brotes” todos pensamos que el verano está cerca.
Pero Jesús no quiere darnos una lección que todos sabemos.
Sino que quiere enseñarnos:
A que aprendamos a ver lo que las cosas nos dicen.
A que aprendamos a ver lo que hay detrás de la realidad.
A que aprendamos a ver a Dios a través de las cosas.
Porque las cosas y los acontecimientos también hablan.
“Los brotes de la higuera hablan”, aunque no tengan voz.
Dios no se deja ver, pero se manifiesta en los acontecimientos de la vida.
Dios nos suele hablar no al oído o por teléfono, sino que nos habla a través de las realidades de la vida.

Una mujer embarazada, nos puede hablar de que “tenemos que nacer de nuevo”.
Un niño que nace, nos puede hablar de “nuestra filiación divina”.
Una pareja que se ama, nos puede hablar de “como ama Jesús a su Iglesia”.
Un anciano cargado de años, nos puede hablar “del regalo de la vida”.
Un pobre que nos tiende la mano, nos puede hablar “de Jesús que nos pide pan”.
Un enfermo que está en el hospital, nos puede hablar “de Jesús que espera nuestra visita”.

Incluso los acontecimientos de la vida pueden ser la voz de Dios que nos habla.
La rebeldía de los jóvenes, nos puede hablar de muchas cosas:
Nos puede hablar de una familia desintegrada.
Nos puede hablar de una falta de amor y cariño cuando eran niños.
Nos puede hablar de su insatisfacción de cara al futuro.

El hambre en el mundo nos puede hablar:
De la injusticia social.
Del egoísmo de quienes lo acaparan todo.
De la insensibilidad hacia los demás.
De la falta de valoración de las personas.

La fragilidad de la unión de las parejas, nos puede hablar:
De la poca seriedad con la que nos casamos.
De la poca responsabilidad de nuestros compromisos.
De la poca responsabilidad de nuestra palabra comprometida en el sacramento.
De la poca preparación con que vamos al matrimonio.

No basta ver las cosas y enterarnos de lo que sucede.
Hay que saber leer lo que todo eso nos dice.
Dios no es mudo, Dios es Palabra.
Y habla a través de los hombres y de los acontecimientos.
Por eso, en vez de tanto lamento, lo que tendríamos que hacer es aprender a escuchar a Dios y estar atentos a lo que nos quiere decir.

En nuestras vidas nos encontraremos con muchas higueras de Dios.
¿Sabremos leer en sus brotes que el verano de Dios y del Evangelio está cerca?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 34 a. Semana – Ciclo B

“Cuando veáis a Jerusalén sitiada por los ejércitos, sabed que está cerca la destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en las ciudades, que se alejen; los que estén en el campo, que entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito. Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación”. (Lc 21,20-28)

Un discurso en el que todo parece destrucción y ruina.
Como si quisiera meternos miedo en el corazón.
Como si todas las esperanzas se muriesen.
Como si todas las estrellas de nuestras ilusiones se apagasen.
Como si todos los sueños se viniesen abajo.
¿Será que al final de los tiempos las esperanzas e ilusiones se marchitan y mueren?

Leámoslo en clave de Dios:
Jesús no es de los que anuncia calamidades y desgracias.
Jesús no es de los que anuncia desilusiones y fracasos.
Jesús no es de los que anuncia desesperanzas.
Jesús no es de los que pone miedos en nuestras mentes.

Por el contrario, Jesús:
Es de los que nos anuncia que lo transitorio pasará.
Es de los que nos anuncia que lo material pasará.
Es de los que nos anuncia que lo accidental pasará.

Pero:
No para que caigamos en la desilusión.
Ni en la desesperanza.
Ni en la muerte de los grandes ideales.

Todo pasará. Menos El.
Todo pasará. Menos el Evangelio.
Todo pasará. Menos el amor de Dios.
Todo pasará. Menos la gracia de la salvación.
Todo pasará. Menos Dios.
Al fin, la verdad y el bien serán los que triunfen.

Lo nuevo:
Necesita renunciar a lo viejo.
Necesita destruir lo viejo.
Necesita destruir lo que está en ruinas.
Necesita transformar lo que ya no sirve.

Jesús anuncia que lo caduco desaparecerá.
Que lo perecedero desaparecerá.
Pero vendrá lo definitivo.

Entonces “veremos la verdadero gloria del Hijo del Hombre”.
Será entonces que “le veremos venir a El en todo su poder y majestad”.
Será entonces que estamos llamados, no a hundir en la desesperación:
Sino a levantar la cabeza.
Porque se “acerca nuestra liberación”.
La muerte nunca es el final sino el comienzo.

Con frecuencia la vida está cargada de desilusiones y desesperanzas.
Pero no es ese el final. El final será la realización de toda esperanza.
Con frecuencia, la vida está oscurecida por las desgracias.
No es fácil entonces ver la luz al final del túnel.
Sin embargo:
No será el mal el que triunfe definitivamente, sino el bien.
No será la mentira la que triunfe al final de camino, sino la verdad.
No serán los hombres los que triunfen destruyéndonos.
Será Dios que nos salvará.
No será el final de todo.
Será el comienzo de lo nuevo, lo definitivo.

No estamos llamados al miedo, sino a la confianza.
No estamos llamados a la desgracia, sino a la gracia.
No estamos llamados al vacío, sino a la plenitud.
No estamos llamados a la muerte, sino a la vida.
No estamos llamados a seguir siempre sufriendo en este mundo.
Sino que estamos llamados a la felicidad de Dios.
Al final, todo desaparecerá.
Pero para dar lugar a la novedad del más allá.
No tengamos miedo, “alcemos la cabeza”, “abramos los ojos”.
Es la plenitud de la salvación la que está amaneciendo.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 34 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía”. “Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. (Lc 21,12-19)

¿Qué es lo que tiene el cristianismo para convertirse en un factor de conflicto?
Desde un comienzo, el cristianismo fue elemento de persecución.
Desde un comienzo, el cristianismo fue elemento de conflictividad.
Desde un comienzo, el cristianismo fue causa de infinidad de mártires.

Algo debe tener la fe cristiana para ser tan perseguida.
¿Será el problema de la nueva imagen de Dios?
¿Será la figura de Jesús la que molesta?
¿Será el Evangelio que crea problemas?
¿Será el fundamentalismo de las demás religiones o incluso ateísmo que no acepta nada que no sea lo suyo?
¿Será que el mismo cristianismo se crea problemas al no aceptar otras religiones?

Jesús puso a los suyos de sobre aviso.
Les dijo que seguirle a El y al Evangelio no sería nada fácil.
“os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, por causa mía”.
Incluso nos dice que la misma familia será fuente de problemas y conflictividades: “Hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vuestros, y todos os odiarán por causa mía”.

Lo curioso es que termina las bienaventuranzas con una expresión extraña difícil de digerir: “felices y dichosos si os persiguen por causa mía”.
Y la realidad es que a mayores persecuciones más vida en la Iglesia.
El bienestar y la aceptación política y social, nunca han ayudado a la Iglesia, más bien le han provocado una especie de “domesticación espiritual”.

El cristiano es perseguido cuando “está en el mundo, pero no es del mundo”.
El cristiano es perseguido cuando “siendo como todos, es diferente a todos”.
Jesús no nos propuso un camino nada fácil.
Nos propuso un camino bonito, pero demasiado empedrado y con espinas.
Y no podía hacerlo, porque ser cristiano significa seguirle a El.
Y el cristiano está llamado a correr la misma suerte que El.
Ser rechazado, condenado y crucificado.
“El que quiera seguirme que tome su cruz de cada día”.

La persecución será siempre dolorosa, pero es una buena señal para la Iglesia.
Es señal de que su presencia molesta.
Es una buena señal para el cristiano.
Es señal de que su presencia molesta y fastidia.

Jesús no quiere seguidores acomodaticios.
No quiere una Iglesia acomodaticia a los poderes del mundo.
Quiere una Iglesia que sea luz y fermento.

Ser cristiano es fácil cuando somos como todos.
Es difícil cuando somos distintos a todos.
Es fácil cuando vivimos como todos y pensamos como todos.
Es difícil cuando vivimos de otra manera y pensamos de otra manera.

Por eso nos pide no tener miedo a los que matan el cuerpo, y no pueden matar el alma.
Nos pide no tener miedo, “perseverar hasta el final”.
Nos pide ser cristianos cuando el viento no sopla a favor.
Nos pide ser cristianos con viento en contra.
Ser cristiano es remar contra corriente.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 34 a. Semana – Ciclo B

“Algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. (Lc 21,5-11)

Jesús no se pierde una.
A todo le saca punta.
Pero Jesús nunca que se queda en el follaje de las cosas.
Siempre va a las raíces.

Hace unos años Jean Guitton, filósofo francés, publicó un libro muy pequeño. Total 89 páginas. Pero el título lo dice todo. “Silencio sobre lo esencial”. Y comienza diciendo:”Abordo un tema difícil: lo esencial. Sobre lo esencial, en todos los dominios, se guarda silencio”.

Es que nosotros preferimos irnos siempre por las ramas, por lo accidental.
Nos da miedo plantearnos lo esencial. Es más fácil nadar a flor de agua que no bucear en las profundidades.

Era lo que le sucedía a la gente, mientras contemplaba el Templo.
La belleza del templo no estaba dentro.
La belleza del templo estaba por fuera.
Era la belleza de las piedras y de los exvotos.

Y lo externo, lo accidental, las apariencias duran poco.
Basta preguntar a todos esos que, a cierta edad se resisten a mirarse ya en el espejo y prefieren la cirugía estética.
“Eso que contempláis, llegará un día que no quedará piedra sobre piedra”.

Para Jesús la verdadera belleza no está fuera.
Para Jesús la verdadera belleza no está en las piedras del templo.
Sino dentro del templo.
Sino en el sentido del templo como “casa de Dios y espacio de oración”.

El gran peligro que todos corremos está precisamente en eso.
Templos para el turismo, no templos para encontrarnos con Dios.
Templos para sacarles unas fotos de recuerdo, no para llevarnos el recuerdo de Dios.

Y algo parecido sucede con “nosotros, templos del Espíritu Santo”.
Mucho cuidado externo.
Mucha preocupación por la belleza externa.
Mucha preocupación por lo accidental
Mucha preocupación por lo secundario.
Mucha preocupación por las apariencias.

Pero demasiado silencio sobre lo que llevamos dentro.
Demasiado silencio sobre la belleza del corazón.
Demasiado silencio por las verdades fundamentales de la vida.
Demasiado silencio por las grandes verdades:
La gracia.
La presencia de Dios morando en nosotros.
De donde venimos y a donde vamos.
¿Qué somos y que tendríamos que ser?
La vida y la muerte.

Demasiado silencio sobre las grandes preguntas del corazón.
Demasiado silencio sobre Dios.
Demasiado silencio sobre la trascendencia de la vida.

Nos quedamos con la cáscara de la vida.
Pero olvidamos la verdad de la vida.
Y nos da miedo preguntarnos por eso que es esencial.
Preferimos entretenernos con lo superficial.
Porque enfrentarnos con lo esencial es enfrentarnos con nuestra verdad.
Y eso nos da miedo a todos.
Nos cuesta mirarnos en el espejo de nuestra verdad.
Y preferimos distraernos con nuestra cirugía estética.

Quien olvida lo esencial, se olvida del ser.
Quien olvida lo esencial vive del vacío.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 34 a. Semana – Ciclo B

“Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. (Lc 21,1-4)

Dar y compartir de lo que se tiene siempre será algo bello y hermoso.
Dar cosas siempre será algo bonito.
Sin embargo, hay algo todavía más bello:
Darlo todo.
Dar lo que yo necesito.
Darme a mí mismo.

Lo más elegante de la vida es “dar y darse”.
Se puede dar, por simple educación.
Pero nadie se da a sí mismo por educación.
Solo nos damos a nosotros mismos por amor.
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
La frase es del mismo Jesús.
Pero, no solo la frase, porque Jesús no solo dio de lo poco que tenía.
Jesús se dio a sí mismo.
Jesús se entregó a sí mismo.
Jesús fue capaz de dar su vida en la Cruz sin reservarse nada.
Hasta las ropas le quitaron, porque para morir, lo mejor es morir desnudo como desnudo se nace.
Nacemos desnudos y sin nada.
Y morimos desnudos y sin nada.

Jesús, mientras contemplaba cómo la gente echaba sus limosnas en el cepillo, en el fondo se estaba viendo a sí mismo.
Hay quienes dan por exhibicionismo.
Siempre luce y da caché a los que dan mucho.
A esos lo llamamos onerosos, aunque no sino por lucirse.
Hay quienes dan poco, y nadie se fija en ellos.
Hay quienes lo dan todo, y hasta pueden pasar desapercibidos.
La viuda que echó sus dos reales ni hizo noticia.
Hasta alguien pudiera decir: “ha echado lo que le estorba en el bolsillo”.

Sin embargo, esta pobre viuda, fue noticia para Jesús.
Y hasta la presentó a sus discípulos como modelo de dar.
Los demás daban menos de lo que se quedaba en el bolsillo.
Los demás daban de lo que les sobraba.
Ella, ya sabía de necesidades.
Ella, ya sabía lo que es ver la carne en el mostrador pero no poder comprarla.
Ella, ya sabía lo que era remendar el vestido, porque no le daba para uno nuevo.
Ella, ya sabía lo que era desayunar con “un te aguadito”, porque no le daba para la leche ni el café.
Ella, ya sabía lo que era comerse unas papas sin condimento, porque no tenia para más.

Y sin embargo, ella echó los “dos reales” que era todo lo que tenía para vivir.
Y echar lo único que se tiene para vivir, es echar la vida entera.
Ella vivía el Evangelio del “dar”.
Ella vivía el Evangelio de la “propia vida de Jesús”.
Ella vivía el Evangelio del “amor hasta el extremo”.
Quedarse sin nada para poder comer al mediodía.

Es posible que no todos tengan el mismo valor.
Me gustaría que todos llegásemos a esa generosidad.
Pero quiero ser realista.
Si no damos de lo que “necesitamos para vivir”, compartamos al menos lo que nos sobra y se va a estropear.
Acabaríamos con el hambre en el mundo, solo compartiendo lo sobrante, lo que no necesitamos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jesucristo, Rey del Universo – Ciclo B

“Pero mi Reino no es de aquí”. Pilato le dijo: “Con que ¿tú eres rey?” Jesús le contestó: “Tú lo dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. (Jn 18,33-37)

Con este domingo llegamos al final del camino.
El año litúrgico es como ese peregrinaje a Santiago de Compostela, que al llegar al Monte del Gozo, los peregrinos contemplaban por primera vez Santiago y las torres de la Catedral.
Era el momento de la alegría.
Era el momento del gozo.
Era el momento la alegría de haber llagado al final del camino.
Era el momento de la alegría de haber llegado a la meta soñada y esperada.

Me encanta el grupo escultórico de los dos peregrinos que desde el Monte del Gozo señalan las torres de la Catedral Compostelana, final de su largo caminar.
También nosotros hemos llegado al final del camino litúrgico Ciclo B, con este meta que es la festividad de Jesucristo Rey del Universo.
Un caminar haciendo camino por la historia de la salvación.
Un caminar haciendo el mismo camino de Dios con los hombres.
Un caminar haciendo el mismo camino de los hombres con Dios.
Un caminar lleno de cansancios y también de esperanzas.
Y ahí Jesús, al final del camino como señal de que hemos llegado.
Como señal de que todo camina hacia El.
Como señal de que todo tiene sentido desde El.
Como señal de que es el camino y también la meta.

Para nosotros, un Monte del Gozo.
Para Pilato una inquietud y una interrogante.
Para Pilato un problema del que no acierta a salirse.
Para Pilato un dilema entre el César y el pueblo.
Un Pilato que logran la gran confesión de Jesús.
Había hablado del Reino, pero no se llamó nunca Rey.
Es Pilato quien logra que, por fin él mismo se declare Rey.
Un reinado que Pilato no logra entender.
No logra entender un reinado que no sea el romano.
No logra entender un reinado que no sea de este mundo.
“Con que, ¿tú eres rey?
“Tú lo dices: soy rey”.
“Yo para esto he nacido y para esto he sido enviado al mundo”.

Pero ¿qué tipo de rey eres tú, porque no entiendo nada.
Mi reinado es ser “testigo de la verdad”.
Y esto le complica más a Pilato, él que precisamente jugaba:
Entre la complacencia al César.
Entre no contradecir, creándose problemas, al pueblo.
Entre las luchas de se conciencia, entre la inocencia y la culpabilidad.

La eterna ambigüedad de todos nosotros.
Vivir de la verdad, pero sin complicarnos la vida.
Vivir de la verdad, pero cabalgando a dos caballos.
Vivir de la verdad, pero sin jugarse el puesto.
Vivir de la verdad, pero traicionando la conciencia.
Vivir de la verdad, pero condenando al inocente.

Todos decimos amar la verdad.
Pero en tanto la verdad no nos cree problemas.
Todos decimos amar la verdad.
Pero hasta donde podamos conjugarla con nuestros intereses personales.
Nadie dice amar la mentira.
Pero nos resulta difícil ser luego coherentes con la verdad.
Y poco a poco, nos vamos convenciendo de poder llevar una vida donde armonicemos la verdad y nuestros intereses, la verdad que decimos y la mentira que decimos.

Jesús se definió a sí mismo como “el camino, la verdad y la vida”.
Y Jesús confirmó su verdad, incluso con el testimonio de su vida.
No tenía más que perder.
Por eso su reinado será el “de la verdad con todas sus consecuencias, incluso, la de perder la vida por ella”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 33 a. Semana – Ciclo B

“Por último, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella”. “En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir; son como ángeles; son hijos de Dios porque participan de la resurrección”. (Lc 20,27-40)

Los saduceos no tenían el sentido del humor.
Se cuenta por ahí que un viejito se murió y fue al cielo. La vieja quedó desconsolada.
Pero al tiempo, también ella se murió. Y lo primero que hizo fue preguntarle a San Pedro ¿dónde andaba el viejo? San Pedro sonriendo le dijo: Mire por allá, creo haberlo visto divirtiéndose por allí.
La vieja fue, y después de largo rato lo encontró. Cuando lo vio le grito llamándolo.
Pero el viejo, listo, le respondió: “Un momento. El contrato fue hasta que la muerte nos separase, así que aquí nada, cada uno por su camino”.

Los saduceos hicieron la pregunta con malicia porque para ellos no existía la resurrección. Y si algo existía no era sino la prolongación de la felicidad humana.
Yo espero que todos mis amigos crean que la resurrección sí existe.
Yo espero que todos mis amigos vivan con la alegría de que la muerte no es sino el paso a lo definitivo.

Sin embargo se dan también hay curiosidades.
Hay quienes dicen: “Disfrutemos de la vida que el cielo está aquí en la tierra”
“Saquémosle jugo a la vida porque es la única que tenemos”.
Son los saduceos de hoy.

Hay otros que se imaginan que el cielo debe ser la prolongación de esta felicidad terrena. El cielo es la continuación de lo bien que lo pasamos aquí, claro que mucho mejor. Incluso hasta es posible podamos casarnos con alguna con menos inflación.

Es una manera de quedarnos con lo de aquí.
Es una manera de no aceptar que existe algo en el más allá.
Es una manera de no saber ver más de nuestra propia sombra.
Es una manera de no ver que al otro lado está Dios.

Los discípulos no reconocían a Jesús.
Todavía llevaban la imagen del Jesús anterior a la Pascua.
Y la Resurrección les ofrecía un Jesús distinto, para ellos desconocido.

Es lo que nos sucederá a nosotros.
La muerte no es un “final”, sino una “transformación”.
La muerte pone término a lo de aquí abajo.
Pero nos abre las puertas de una realidad nueva.

San Pablo que tuvo la oportunidad de ver el cielo por una rendijilla tampoco supo explicar: “Ni ojo vio ni oído oyó”.
La muerte nos transforma y nos hace y de humanos nos “hace como ángeles”.
La muerte nos transforma y nos hace “hijos de Dios”.
La muerte no prolonga la felicidad de la tierra, sino que nos abre a una felicidad nueva.
El cielo no es la prolongación del matrimonio.
Ni tampoco tendremos que buscar enamorada y novia.
Porque la verdadera novia será el mismo Dios.
Y el única boda y matrimonio será nuestra comunión con Dios.
Y nuestra luna de miel será “contemplar la gloria de Dios”.

El Dios que contemplemos no será el Dios de nuestra fe.
Un Dios que lo vemos desde las oscuridades de la fe y en imagen.
El Dios que contemplaremos será El mismo, un Dios nuevo para nosotros.
El Dios del amor.
Como nosotros seremos los mismos pero distintos.
Como nosotros seremos los mismos pero también resucitados y glorificados.

¿Se verán los esposos?
Claro que se verán pero en la luz de Dios y no en el amor humano y carnal.
¿Se verán padres e hijos?
Claro que se verán pero en la luz esplendorosa de la paternidad divina.
Seremos distintos y nos veremos de manera distinta.
Seremos distintos y nos veremos envueltos en la luminosidad de la divinidad.
No seremos esposos y esposas de nadie, sin peleas por caracteres distintos, ni problemas de pagar la luz y el teléfono, ni las notas de los hijos, ni las tentaciones de la infidelidad.
Nos bastará el gozo y la alegría de nuestra filiación divina glorificada.
Amigos, que todos nos veamos un día en esa gloria, en la única boda y en el único matrimonio del amor del Padre.

Clemente Sobrado C. P