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Dios también habla hoy: Sábado de la 11 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso al segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”. (Mt 6,24-34)

Hay un refrán que dice: “cuando se cabalga sobre dos caballos termina bajo las patas”.
Cuando se quiere vivir en la verdad y en la mentira, se termina viviendo en una confusión.
Cuando se quiere vivir amando a la esposa y a la vez sacando los pies del plato en fáciles aventuras, terminamos por no ser los mismos en casa, porque ya no nos atrevemos a mirarnos a los ojos, y tenemos que vivir trampeando y engañando.
O vivimos como solteros, sueltos en plaza, o vivimos como casados.
O somos solteros o somos casados. No se puede vivir al juego de medio soltero y medio casado.
Cuando se quiere vivir en la libertad y a la vez esclavos de nuestros instintos, terminamos más esclavos que libres.
Cuando se quiere vivir desde la fe, pero a la vez con los criterios del mundo, terminamos por no ser ni lo uno ni lo otro.

La vida necesita de un centro que le dé cohesión y unidad.
No podemos vivir divididos por dentro.
Porque o somos o no somos.
O somos una cosa o somos otra.
Nadie puede ser medio hombre y medio centauro, eso pertenece a la mitología.
Las sirenas solo existen en la fantasía.
Alguien dijo con mucho acierto: “Nadie está medio embarazada”.
O está embarazada o no lo está.
¿Acaso alguien “nace a medias”?.
O nace o no nace.

Es lo que Jesús viene a decirnos hoy.
“Nadie puede servir a dos señores a la vez”.
Y peor aún cuando esos señores se llaman “Dios” y “dinero”.
Porque nuestro corazón o está en Dios como tesoro de nuestras vidas, o nuestro tesoro es la billetera y el dinero.

Jesús no dice que Dios sea incompatible con el recto uso del dinero, necesario para la vida. Jesús habla de “servir a Dios y al dinero”.
¿A quién servimos: ¿a Dios? o ¿al dinero?
¿Quién es el dueño de nuestro corazón? ¿Dios o el dinero?
¿Quién marca y señala el camino de nuestros intereses y de nuestros ideales?
Porque Dios y el dinero nos señalan caminos diferentes.
Porque Dios y el dinero nos muestran ideales diferentes.
Porque Dios y el dinero nos imponen conductas diferentes.

El gran problema de cada uno es la unidad y la identidad.
El gran problema que la Iglesia se plantea desde hace años es “la separación entre la fe y la vida”, entre “nuestro bautismo y nuestro ser y estar en el mundo”.
El ser hombre o mujer implica que tengo que vivir como hombre o como mujer, de manera racional y responsable, de modo masculino y de modo femenino. Aquí no vale eso de “unisex”. Bueno hoy preferimos hablar de “género”.
El ser bautizado y creyente implica que debo vivir en coherencia con mi bautismo y con mi fe.
Nadie es bautizado a medias, como nadie puede creer a medias.
O estoy bautizado o no lo estoy.
O creo o no creo.

En la medida en que nuestra cultura ha tratado de oscurecer el rostro de Dios, han surgido nuevos dioses, sobre todo ha nacido el “Dios tener”, el “Dios billetera”.
Y cuando servimos y nos hacemos esclavos del dinero, vivimos en función del dinero.
No en función del Evangelio.
No en función del hermano.
No en función de la justicia.
No en función de la libertad.
Sino en función “ganar, acaparar, amontonar, y vivir del prestigio que la tarjeta de crédito suele dar”.
En la medida en que la sociedad se monetariza, al mismo ritmo se deshumaniza.

Clemente Sobrado cp.

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Dios también habla hoy: Viernes de la 11 a. Semana – Ciclo B

Flickr: alter_nati_va

“La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!”. (Mt 6,19-23)

La realidad no es como es sino como la vemos.
Y el caso es que cada uno la vemos de una manera diferente.
Donde unos ven luz, otros ven oscuridad.
Donde unos ven esperanza, otros ven desilusión.
Donde unos ven futuro, otros no ven nada.
Donde unos vemos belleza, otros ven tentación.
Donde unos vemos pecado, otros ven gracia.
Donde unos vemos mercancía, otros ven personas.

Resulta curioso cómo cada uno vemos las cosas.
Alguien me decía que estamos a punto de que la Iglesia desaparezca.
Sonriente le respondí: “siendo estudiante leí un librito titulado: “El Padre Pequec canta las cuarenta”. Un libro muy simpático y sarcástico a la vez, que decía: “Si la Iglesia dependiese de los hombres hace tiempo que habríamos acabado con ella”. Pero felizmente la Iglesia depende de los hombres, pero también del Espíritu Santo y que, por tanto, tendríamos Iglesia para rato”.

Es que las cosas terminan siendo cómo las miramos.
Hay quienes todo lo ven oscuro.
Hay quienes todo lo ven imposible.
Hay quienes todo lo ven como un fracaso.
Hay quienes todo lo ven como muerto.

Pero tampoco faltan:
Quienes ven los fracasos como posibilidades.
Quienes ven la noche como la preparación para el amanecer.
Quienes ven el invierno como la espera de la primavera.
Quienes ven la debilidad como la fuerza de las posibilidades de Dios.
Quienes ven el pecado como las posibilidades de la misericordia de Dios.
Siempre me encantó lo que escribe Pablo: “Me glorío en mis debilidades, porque es ahí donde se manifiesta a gracia de mi Señor Jesús”.
Hay quienes ven las sombras como el anuncio de la claridad.

Jesús es bien claro:
“Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz”.
“Si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras”.
Todo depende de la salud espiritual de nuestro corazón.
Los ojos son el órgano de la visión.
Pero quien ve de verdad es el corazón.

Por eso mismo existen:
Los pesimistas que todo lo ven negro.
Los optimistas que ven luz en la oscuridad.
Los pesimistas que todo lo ven mal.
Los optimistas que ven que aún en el mal hay mucho de bueno.
Los pesimistas que no ven sino defectos.
Los optimistas que en medio de la basura de los defectos descubren margaritas.
Los pesimistas que no ven futuro a la Iglesia.
Los optimistas que descubren que los problemas ayudan a rejuvenecer a la Iglesia.
Los pesimistas que se imaginan que Dios ha muerto.
Los optimistas que creen que Dios goza de buena salud.

Los ojos son los que miran, pero el corazón es el que ve.
Los ojos ven lo que el corazón los manifiesta.
Por eso mismo, Jesús nos dice:
“Porque donde está tu corazón, allí está tu tesoro”.
“La lámpara de tu cuerpo es el ojo”.
Pero el problema está en si tu ojo está sano o enfermo.
Y entonces tendremos que mirar a nuestro corazón.

Personalmente veo mucha basura en al la vida.
Pero también mucha vida incluso en la basura.
Y más todavía ahora que estamos reciclando la basura.
Dios fue el primer reciclador de la basura de nuestro corazón.

Dame, Señor, un corazón nuevo y todo lo volveré a ver nuevo.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Jueves de la 11 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando oréis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis”. (Mt 6, 7-15)

La palabra es uno de los grandes dones que Dios nos ha regalado.
La palabra es para decirnos por dentro.
Para expresar nuestros sentimientos.
Para comunicarnos con los demás.
Pero tengo miedo a esos charlatanes que solo hablan ellos y no dejan hablar al resto.
Yo creo que Dios también está un poco harto de tanto charlatán que dicen que oran, pero lo único que hacen es decir palabras aprendidas de memoria.

Hay “monólogos”, solo hablan y solo se escuchan a ellos.
Hay “diálogos” donde hablan todos y se escuchan todos.
Hay “triólogos” (perdón por la palabra) donde hablan todos juntos y nadie escucha a nadie. ¿Nunca han escuchado a las cotorras hablar todas juntas en el árbol?

La oración es un diálogo con Dios.
Un diálogo que unas veces lo hacemos con palabras.
Otras veces dejamos que solo hable el corazón.
Otras, incluso, en las que habla el silencio y la escucha.
Hay diálogos en los que solo hablamos de nosotros mismos.
Hay diálogos donde tratamos de sintonizar con los sentimientos de los otros.
En la oración, muchas veces, solo le hablamos de nosotros.
La oración es más auténtica cuando callamos y escuchamos.
Le dejamos hablar a El.
Y nosotros como María hacemos silencio y escuchamos.
Con frecuencia creemos que somos nosotros los que tenemos mucho que decirle a Dios, cuando en realidad es El quien tiene mucho que comunicarnos.

La oración no es tanto para darle a Dios noticias de nosotros.
“Vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que se lo pidáis”.
La oración no es para convencer ni cambiar la voluntad de Dios.
La oración es para crear un ambiente espiritual en el que podamos escuchar su voluntad.

Por eso Jesús nos regala con la mejor oración: “el Padre nuestro”.
Una oración que nos mete en ese clima de paternidad y filiación.
Una oración que hace brotar la alegría de nuestra alabanza y reconocimiento hacia El.
Una oración que trata de hacernos sentir los verdaderos intereses de Dios.
“Yo no hago nada por mi cuenta sino lo que el Padre me ha mandado”.
Una oración llamada a ponernos esa actitud de disponibilidad de servicio y compromiso con el Reino.
Una oración que nos hace sentir los mismos sentimientos de Cristo Jesús en su relación con el Padre, con el Reino y con los hombres.
Solo en un segundo momento nos convertimos nosotros en objeto de nuestra oración.
Pero no tanto como pedigüeños que tratamos de que Dios soluciones nuestros problemas sino que nos ayude en nuestras debilidades y nos haga fieles a su amor.
Una oración que brote del amor hecho perdón.
Una oración que nos haga fuertes en nuestras fragilidades.

Hablamos demasiado.
Y Jesús nos lo dice “no uséis muchas palabras”.
Utilizad más el silencio.
Dejad que habla vuestro corazón.
Dejad que hable vuestro amor.
Dejad que hable él dentro de vosotros.

¿Qué no sabemos qué decirle a Dios y estamos desganados?
No importa: “Señor aquí estoy”.
¿Qué no tenemos ganas de hablarle?
No importa. Dios entiende mejor el silencio que las palabras.
¿Que estamos cansados y no nos sale nada?
No importa. ¿No has visto cómo el niño se duerme en brazos de su madre?
¿Qué nos quedamos dormidos en la oración?
¿Y nunca has visto cómo el niño se queda dormido con la tetita de la madre en la boca?
¡Y qué maravillosa comunicación entre madre e hijo!

Eso sí. Nunca olvidemos que la verdadera oración ha de brotar de un corazón que no solo ama a Dios sino que ama y perdona a los hermanos. Sin amor y sin perdón, nuestras palabras se las lleva el viento.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Miércoles de la 11 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial”. (Mt 6,1-6.16.18)

¿A quién no le gusta quedar bien ante los demás?
¿A quién no le gusta ese tufillo de la alabanza?
Si los espejos hablasen cuántas cosas dirían.
No es que tengamos que ocultar la bondad de nuestro corazón.
Lo que tenemos que evitar es utilizar nuestra bondad para ganarnos algo de incienso por parte de los demás.

Jesús aborda los tres pilares en los que se basaba la espiritualidad judía: la oración, la limosna y el ayuno.
Eran como el trípode de su piedad.
Y eran las tres grandes expresiones de la bondad de cada uno.
Jesús no ataca y condena ni niega el valor de la limosna, de la oración y del ayuno.
Lo que Jesús pone en tela de juicio es el modo de practicarlos.
En el fondo viene a decirnos que la verdadera espiritualidad:
No es la exterioridad de lo que hacemos.
Sino la interioridad con que lo hacemos.

Se puede dar de lo nuestro para manifestar que somos generosos.
Pero para Jesús esa no se llama limosna.
Eso se llama cartel de propaganda de nuestra generosidad.

Se puede ayunar poniendo una cara de perro hambriento, para que los demás le admiren nuestro sacrificio.
Pero para Jesús eso no es ayunar.
Eso es ponerse cara de propaganda de nuestra austeridad.
Es el precio de nuestra admiración.

Se puede hacer oración con cara de compungido y dolor de estómago, para que los demás le admiren.
Eso es convertir la oración es un exhibicionismo religioso.

Es decir:
Damos limosnas con la mano y no con el corazón.
Ayunamos para los hombres, no para Dios.
Oramos para ser vistos y oídos de los de los hombres y no escuchados por Dios.

La verdad de nuestras vidas no está en su cascarón, sino en la interioridad.
No está tanto en lo que externo, cuanto en la verdad de lo interno.
Porque, aunque parezca extraño:
Se puede hacer negocio con la religiosidad.
Se puede hacer negocio con la limosna.
Se puede hacer negocio con la oración.
Se puede hacer negocio con el ayuno.

Una religiosidad más al servicio del prestigio del hombre que como una verdadera relación con Dios.
Una religiosidad que no nos cambia por dentro, pero sí nos puede dar prestigio por fuera.
Una religiosidad que carece de alas y tiene los pies de plomo.
Una religiosidad que no llega más allá de los que nos ven.

Para Jesús lo exterior está bien en la medida en que “glorifica a Dios”.
Pero no en cuanto “trata de glorificar al hombre”.
Jesús no niega la exterioridad de lo que hacemos.
Lo que afirma es que tiene que ser expresión de lo que llevamos dentro.
Jesús no niega que los demás vean nuestros gestos de bondad.
Lo que Jesús rechaza es que los convirtamos en carteles de propaganda y prestigio nuestro.

Es dentro que de nosotros que “habita el Señor”.
Es dentro de nosotros que “habita el Espíritu Santo”.
Es dentro de nosotros que “rendimos culto a Dio”.
Es dentro de nosotros donde el ayuno, la limosna y la oración tienen que cambiarnos a nosotros.
La verdadera religiosidad no es para ganarnos admiración y prestigio.
Sino para que los demás descubran el “misterio de la gracia” y “den gloria al Padre”.

No prohíbe nada.
Es más, el hombre tiene que expresarse ante los demás.
El gran cambio que Jesús nos pide es:
Que no utilicemos lo espiritual para ganarnos puntos ante los demás.
Que no utilicemos lo espiritual para subir peldaños en nuestro prestigio.
Que no utilicemos lo espiritual como un maquillaje para aparecer más guapos.
Que no utilicemos lo espiritual en utilidad humana propia.
La verdad de nuestra religiosidad se mide por la verdad de cada uno delante de Dios.
La verdad de nuestra religiosidad se mide por lo que nos une a Dios.
La verdad de nuestra religiosidad se mide por la ayuda que presta a los demás para acercarse a Dios.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Martes de la 11 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos”. (Mt 5,43-48)

En su visita a Colombia, el Papa Francisco, no se cansó de hablar de reconciliación. Que no bastaban pactos de paz.
Que eran precisas actitudes de reconciliación y de amor.
Reconciliación de los que durante tantos años causaron tanto daño.
Reconciliación de parte de los que lo sufrieron.
Enemigo puede ser el que tengo en mi casa.
Enemigo puede ser mi vecino.
Enemigo puedes ser tú.
Enemigo puedo ser yo.
Enemigo puede ser cualquiera.

Pero yo me pregunto: ¿por qué en una sociedad humana tiene que haber enemigos?
¿Quién es de verdad mi enemigo?
El enemigo ¿existe en mi mente o existe en la realidad?
Si hay enemigos tengo que reconocer que también yo soy, de alguna manera, enemigo de alguien.
¿También yo soy enemigo? Enemigo ¿de quién o de quiénes?
Si la humanidad es una familia y todos somos parte de esa familia ¿cómo puede haber enemigos, cuando todos somos hijos y hermanos?

Y sin embargo, todos hablamos de enemigos, como de aquellos:
Que no me quieren.
Que no me aman.
Que me quieren mal.
Que me han hecho daño.
Que me quieren hacer daño.
Que no me tragan o no los trago.

Una sociedad de enemigos es:
Una sociedad dividida.
Una sociedad enemistada.
Una sociedad fracturada.
Una sociedad en la que todos somos un peligro para los demás.
Una sociedad en la que todos vivimos defendiéndonos los unos de los otros.

Y esta no es una sociedad, ni una “humanidad-familia”.
Hablar de amar a los enemigos es el gran ideal de las bienaventuranzas.
Pero la verdadera bienaventuranza sería un mundo y una sociedad sin enemigos,
sino una sociedad de hermanos.
Sin embargo, tenemos que reconocerlo, los enemigos abundan.
Hasta entre los llamados hermanos puede haber enemigos.
Y eso es lo triste.
Nada más doloroso que los hermanos “enemistados”.
Nada más doloroso que los hermanos que “no se hablan”.
Nada más doloroso que los hermanos que “se odian”.
Nada más doloroso que los hermanos “se matan”, “se roban”.

Y sin embargo, el ideal del Evangelio sigue siendo “el amor” y no “el odio”.
Todos somos “familia de Dios”.
Y Dios ama a todos, buenos y malos.
Y como creyente estoy llamado a amar como Dios ama.
Mi amor no puede excluir a nadie.
Mi amor no puede marginar a nadie.
Mi amor tiene que abrazar a todos.
También a los que me han hecho daño.

No me pide que mis sentimientos sicológicos cambien, porque la “gracia no destruye la naturaleza”.
No me pide que todos sean mis amigos íntimos.
Pero sí me pide que todos sean mis hermanos.
No me pide que sicológicamente no me duelan las ofensas.
Ni me pide que con todos tengan los mismos sentimientos de afecto y confianza.
Pero sí me pide que a todos los lleve en mi corazón.
Puede que la herida sangre, pero el amor al que me hirió termina cicatrizándola.

Amar a los que me aman es convertir el amor en moneda de pago.
Amar a los que no me aman o incluso son “mis enemigos”, es llenar mi corazón de gratuidad.
Amar a los que no me aman es compartir un pedacito del corazón de Dios que “ama a malos y buenos”, “llueve a justos e injustos”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Lunes de la 11 a. Semana – Ciclo B

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

“Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia, al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra…” (Mt 5,38-42)

“Me las haces y me las pagas” ¿no es ese el sentimiento que todos llevamos dentro?
La venganza, por mal que suene, es algo que tiene unas raíces demasiado profundas en el corazón humano.
Nos gusta provocar al otro.
Y hasta nos atrevemos a justificarla con sentimientos de dignidad y hasta de justicia.
Y hasta se nos ha inculcado desde niños, algo así como para que demostrásemos nuestra valentía. “Hijo, defiéndete, no te dejes”, “demuestra que eres hombre”.

Eso era también un principio de la Ley del Antiguo Testamento.
Pero eso no va con el mensaje de Jesús en las Bienaventuranzas.
“Dichosos los mansos de corazón”.
“Dichos y felices cuando os persigan o hablen mal de vosotros por mi causa”.
Y fue la praxis de Jesús:
Cuando Pedro desenvaina su espada, recibe una reprimenda de Jesús.
Cuando Jesús es acusado, él calla, guarda silencio.

El amor no es vengativo.
El amor no responde con desamor.
El amor no hiere a nadie.
El amor es capaz de amar al que te ofende.
El amor lo perdona todo.
El amor nos pone por encima de los que nos ofende.

El que mata muere antes que aquel a quien ha matado.
Porque el corazón del que mata ya está muerto antes de que mate.
La famosa ley de talión queda superada por la ley del amor.

Los problemas, para el Jesús de las bienaventuranzas, no se solucionan:
Con la violencia que engendra más violencia.
Con la venganza que engendra más venganza.
Con el “me das y te doy” engendramos pelea.
Porque la venganza nos hace semejantes a los que nos hieren.
Porque la venganza nos pone a la misma altura del que nos ofenden.

No se trata de poner físicamente la otra mejilla.
Sino de decirle al otro:
Me hieres, pero a pesar de todo, yo te sigo amando.
Me golpeas, pero a pesar de todo, yo te sigo queriendo.
Me abofeteas, sin embargo, yo soy capaz de sonreírte.
Hablas mal de mí, pues yo, a pesar de todo, soy capaz de hablar bien de ti.
Murmuras de mí, pues yo, a pesar de todo, soy capaz de alabarte ante los otros.
Me calumnias, pues, yo, aún así, soy capaz de perdonarte.

El mundo vive con demasiada violencia.
Es la violencia de los pueblos.
Es la violencia de las distintas etnias.
Es la violencia de las distintas culturas.
Es la violencia de las distintas clases sociales.
Es la violencia de sentirnos superiores y humillamos a los de abajo.
Es la violencia que brota del ansia de tener más, lo mío y lo tuyo.
Es la violencia que se trata de camuflar bajo el principio de “propia defensa”.
No conozco mejor defensa que el amor y el perdón.

Y la violencia crea enemistades.
La violencia divide a las personas.
La violencia divide a los pueblos.
La violencia divide incluso a los partidarios de este o aquel equipo.
La violencia divide a las mismas religiones.

La mansedumbre, en cambio, une a las personas.
La mansedumbre evita las peleas entre unos y otros.
La mansedumbre hace fácil la convivencia.
La mansedumbre evita las guerras.
La mansedumbre no es señal de cobardía.
La mansedumbre no es señal de humillación.
La mansedumbre no es señal de ser menos que los demás.

La mansedumbre es señal de un corazón que ama, por encima de todo.
La mansedumbre es señal de un corazón sano.
La mansedumbre es la señal de un corazón bueno.
La mansedumbre es la señal de un corazón como el de Dios.
“Sed mansos y humildes de corazón”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Domingo 11 – Ciclo B

“El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. El duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola; primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega”. (Mc 4,26-34)

Una parábola que solo nos trae Marcos.
Yo la llamaría la parábola de la fuerza interna de la gracia.
La fuerza interna de Dios en nosotros.
La fuerza interna del Evangelio en nosotros.

Una semilla en la que el hombre interviene solo en dos momentos:
El hombre la siembra.
El hombre la siega.
El resto parece hacerse todo sin que el hombre intervenga para nada.
El hombre duerme y se levanta.
Una vida bastante fácil. Dejar que todo se haga por sí mismo.

¿Cuál puede ser el verdadero sentido que Jesús quiso dar a esta parábola del Reino?
Es el misterio de la semilla.
Es el misterio de la gracia.
Es el misterio de Dios.

Cuando Dios se hace semilla en nuestros corazones, él mismo, por su propia fuerza y dinamismo va creciendo dentro de nosotros.
Cuando la gracia se hace semilla en nuestros corazones, ella misma, por su propio dinamismo va creciendo dentro de nosotros.
Dios actúa en nosotros por más que nosotros no nos demos por enterados.
Dios actúa en nosotros por más que nosotros nos quedemos dormidos.

Por eso, dentro de nosotros, dormidos o despiertos va creciendo una vida, aunque nosotros no lo veamos.
Por eso, con frecuencia, hay dentro de nosotros mucha más santidad de la que nos imaginamos.
Tenemos un muy bajo concepto de nosotros mismos.
Nos valoramos por lo que hacemos y por lo que dejamos hacer.
Pero no nos valoramos por lo que Dios y la gracia van haciendo dentro de cada uno de nosotros.
Hasta es posible que nos sintamos malos.
Y nos olvidamos de la obra de Dios y de la gracia dentro de nosotros.
No nos enteramos de cómo se hace la digestión, pero los alimentos nos siguen dando vida.
No nos esteramos de cómo el oxígeno llega a nuestros pulmones, pero nuestros pulmones nos oxigenan en silencio.

Me pregunto por qué, con tanta frecuencia, gente que ha vivido dormida durante años, de repente, se despierta con verdaderas ansias de Dios, de buscar y encontrar a Dios.
Creo que fue Pascal quien escribió: “Si buscas a Dios es que ya lo tienes”.
Nosotros podemos vivir dormirnos, pero Dios no duerme en nuestro corazón.
Nosotros podemos vivir dormirnos, pero la gracia de Dios no duerme en nuestro corazón.
Mientras dormimos, durante la noche, todo nuestro organismo sigue funcionando.
Seguimos respirando.
Nuestro corazón sigue latiendo.
Nuestra sangre sigue viajando por nuestras venas.
Por eso, lo importante es que alguien siembre esa semilla de la gracia en nosotros.
Puede que nosotros nos durmamos.
Pero esa semilla sigue creciendo dentro.
Al bautizarnos nos hicieron “hijos de Dios”.

Podemos dormir, pero seguimos siendo hijos de Dios.
Podemos olvidarnos de nuestro bautismo, pero Dios no se olvida de que somos sus hijos.
Podemos olvidarnos de Dios, pero Dios no se olvida de nosotros.
Podemos dejar de creer en Dios, pero Dios no deja de creer en nosotros.
Es más lo que Dios hace en nosotros, que lo que nosotros hacemos.
Es más lo que Dios hace por nosotros, que lo que nosotros hacemos por él.
Es más lo que Dios piensa en nosotros, que lo que nosotros pensamos en él.

Ojala cuando nos despertemos, podamos tomar conciencia de que:
La gracia ha crecido en nosotros.
Dios ha crecido en nosotros.
Y nuestras vidas son tallos crecidos de la gracia.
Y quiera Dios que, algún día, la tierra de nuestra vida pueda florecer en espigas de la gracia y podamos tener una buena siega.
La siega de la santidad.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Sábado de la 10 a. Semana – Ciclo B

“Jesús dijo a sus discípulos: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “cumplirás tus votos al Señor”, Pues yo os digo que no juréis en absoluto … A vosotros os basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno”. (Mt 5,33-37)

La mayoría de nuestros juramente obedecen a nuestra falta de confianza en nosotros mismos.
Como no creemos que el otro nos dé fe, se lo decimos jurando por algo o por alguien.
Tenemos más fe en nuestro juramente que en nosotros mismos.
Los más frecuentes suelen ser:
“Te lo juro por Dios”.
“Te lo juro por mi madre”.
“Te lo juro por mis hijos”.
Recuerdo que cuando era niño y escuchaba estos juramentos a mis vecinos campesinos, lo hacían haciendo una cruz con los dos dedos y la besaban.
La verdad que nunca entendí ese rito. Me supongo que era como poner la cruz como signo y testigo de la verdad de sus juramentos. Bueno, que también yo lo he hecho.

Lo que sí, luego me he preguntado: ¿por qué tantos juramentos?
Siempre me ha llamado la atención el que, cada vez que nos nombran para algún puesto, lo asumimos con un juramento:
“los ministros tienen que juramentar su cargo”,
“los congresistas tienen que juramentar su cargo”.
Claro que, estos no cruzan los dedos, pero suelen hacerlo delante de un gran Crucifijo y la mano puesta en la Biblia.
Yo mismo, al recibir el título universitario, tuve que hacer el Juramento Antimodernista.

Pero ¿por qué tenemos que “jurar”?
Es posible que la razón esté en que es una manera de obligar a que alguien cumpla con su palabra o compromiso:
Nadie cumple su palabra.
Nadie cree a nuestra palabra.
Nadie nos cree como personas.
Tener que jurar me parece triste, porque es una pena que nadie nos crea y necesitemos poner a alguien como garantía de nuestra palabra.

Y lo peor todavía es:
Que a pesar de nuestros juramentos, luego nuestra vida es un no.
Que a pesar de nuestros juramentos, luego no somos fieles a nuestra palabra.
Que a pesar de jurar un “amor eterno”, terminemos tan fácilmente en divorcio.
Que a pesar de jurar una “fidelidad a Dios en la vida consagrada”, terminemos abandonando nuestra vocación y necesitemos nada menos que dispensa de Roma.
Que a pesar de jurar de que pagaremos el préstamo, luego terminemos en líos judiciales.
Que a pesar de jurar “por Dios y estos Santos Evangelios” luego terminemos en servirnos a nosotros por más que la “patria nos lo demande”.

Jesús no necesitó hacer ningún juramento al Padre para cumplir su misión.
Jesús no necesitó hacer ningún juramento al Padre para cumplir su Palabra.
Jesús no necesitó hacer ningún juramento al Padre para ser fiel hasta la muerte.

Por eso, Jesús nos pide que:
Para cuantos creemos no hay necesidad de jurar ni por Dios ni por nadie.
Para cuantos creemos no hay sino la sinceridad de “el sí” o “el no”.

Por eso nuestra vida tiene que ser “sí o no”.
Pero nada de cosas a medias.
Nada de “más o menos”.
Nada de doblez de intenciones.
Nada de engaños y mentiras.
Nada de incoherencias entre lo que decimos y lo que hacemos.
Nada de incoherencias entre nuestro “Bautismo”, nuestro “Matrimonio”, nuestros “votos” y nuestra vida.
Nada de incoherencias entre nuestra “fe y nuestra vida”.

¿No os parece que sería maravilloso que todos nos pudiésemos fiar de la palabra del otro?
¿No os parece que sería maravillosa una vida donde no necesitásemos ni de firmas ni Notarios, sino que bastase nuestra palabra?

“A vosotros os basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno”.
Vivir en la verdad es vivir siempre en “sí”.
Y vivir, solo se vive cuando hay autenticidad, el resto es mentira.

Clemente Sobrado cp.