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Dios también habla hoy: Martes de la 19 a. Semana – Ciclo B

Les aseguro que, si no vuelven a ser como niños, no entrarán en el Reino de los cielos

Flickr: Moin Uddin

“Se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos?” El llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: “Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese será al más grande en el Reino de los cielos”. (Mt 18,1-5.10.12-14)

¿Alguien ha preguntado cómo hacer para ser el menos importante?
¿Alguien ha preguntado cómo hacer para ser el más pequeño?
No creo que la línea telefónica esté saturada con estas preguntas.
Más bien me temo que la línea telefónica esté saturada de:
Preguntas de cómo ser el primero.
Preguntas de cómo ser el más importante.
Preguntas de cómo ser el más famoso.
Preguntas de cómo ser el de mayores títulos.

En el fondo, todos, tratamos:
De que nuestro nombre figure.
De que nuestro apellido sea el más conocido.
De que a nosotros nos tengan por el más más.

Los discípulos eran buena gente.
Pero no dejaban de ser humanos.
También entre ellos había la preocupación de ser los primeros.
Tampoco entre ellos había vocaciones para ser los últimos.

Recuerdo que, en la escuela, y no pregunten cuando fue eso, constantemente había peleas por ser de los que dominaban, de los que mandaban sobre los demás.
Y hasta me resulta curioso, en esos programas de animales, que nos echan por la TV, que siempre hay en la manada, tremendas peleas por ser el mandamás del grupo.
Como vulgarmente se suele decir: “en el corral basta un gallo”.

Jesús entiende esas aspiraciones de ¿quién es el más importante en el grupo?
Porque, al fin y al cabo, siempre es una ilusión;
Llegar el primero.
Ganar el “Balón de oro”.
Ganar el “trofeo” o “la copa”.
Ganar el “cinturón de negro”.

El problema está con qué criterios buscamos esos triunfos.
¿Y quién es el triunfador?
Jesús siempre fue el primero, pero:
“Rebajándose a sí mismo, siendo uno cualquiera”.
“Rebajándose a sí mismo, lavando los pies a los demás”.
“Rebajándose a sí mismo, siendo el servidor de todos”.
“Rebajándose a sí mismo hasta perder la vida por los demás”.

Jesús nos quiere a todos los “primeros”.
Jesús nos quiere a todos “los más importantes”.
Pero:
“Haciéndonos indefensos como los niños”.
“Haciéndonos débiles como los niños”.
“Haciéndonos los servidores de todos”.
“Acogiendo a los más pequeños, como a los niños”.

Ser el más grande no es pecado.
Ser el más importante no es pecado.
Siempre que ser grande no signifique tener “más poder”.
Siempre que ser grande no signifique “tener más quitándolo a los otros”.
Siempre que ser el primero no signifique “despreciar a los demás”.
Siempre que ser el más importante no signifique “humillar a los demás”.
Siempre que ser el más importante no significa “hacer menos importantes a los otros”.
En el Reino de los cielos, la importancia:
No está en subirnos sobre los otros, sino en el servicio de los otros.
No está en sentir más fuertes que los otros, sino en sentirnos débiles ante los otros.

Señor, hazme el primero, pero sin pasar por encima de los demás.
Señor, hazme el más importante, pero rebajar a nadie.
Señor, hazme el primero, pero siendo fuerte en mis debilidades.
Señor, hazme el más importante, haciendo más grandes a los demás.

Clemente Sobrado cp.

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Dios también habla hoy: Lunes de la 19 a. Semana – Ciclo B

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

¿a quién le cobran impuestos y tasa, a sus hijos o a los extraños?“Cuando llegó a casa, Jesús se adelantó a preguntarle: “¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasa, a sus hijos o a los extraños?” Contestó: “A los extraños”. Jesús le dijo: “Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no escandalizarlos ve al lago, echa el anzuelo, coge el pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti”. (Mt 17,22-27)

Eso de pagar impuestos no suele ser demasiado simpático.
Y los encargados de cobrarlos, creo que se encuentran con pocas sonrisas.
A Pedro le echan en cara de que: “Vuestro Maestro no paga los impuestos”.
Para Jesús solo pagan impuestos los “extraños” y no “los hijos”.
Y Él se siente extraño al sistema.
Él con los suyos vive la condición de “hijos” y no de “extraños”.
Para Él, los hijos están exentos de pagar impuestos.

El impuesto es una manera de compartir.
El impuesto es una manera de solidarizarse con el bien común.
El impuesto es la solidaridad de todos con todos.
Cuando el impuesto es debidamente utilizado tiene un sentido de solidaridad.
Sin embargo, la gente no está muy segura de que todo sirva a la comunidad.
Y más bien tiene la idea de que, como la harina, se va pegando a las manos de aquellos que lo cobran.
De todos modos, el hecho de que otros hagan mal uso, no justifica que tengamos que eximirnos de pagarlo.
El egoísmo de unos no justifica la mala conciencia del resto.

Lo que sí me llama la atención es la comparación que hace Jesús entre “extraños e hijos”.
Los hijos no están obligados a pagar impuestos.
¡Y que bien lo han aprendido los hijos!
A la hora de corresponder a lo que han recibido de sus padres todos “se sienten hijos”, muy pocos “extraños”.
Es cierto que los padres no cobran impuestos.
¿Con qué podríamos pagar todo lo que hemos recibido de ellos?
Los padres actúan desde la “gratuidad”.
Regalan el don de la vida gratuitamente.
Dan de comer a los hijos gratuitamente.
Visten a los hijos gratuitamente.
Dan una carrera a los hijos gratuitamente.

¿Recuerdan a aquel hijo que un día les pasó factura a sus padres de todos los servicios que habían hecho en casa? Hizo toda una lista. Y pasó la factura a sus padres.
Estos, elegantemente, contestaron con otra factura:
Por la vida que te dimos:             00
Por la comida que te dimos:       00
Por el vestido que te dimos:        00
Por los estudios que te dimos:    00
Por el tiempo que te dedicamos: 00
Total: 00

Y sin embargo, son muchos los hijos que terminan olvidándose de sus padres.
Son muchos los hijos que creen que los padres solo han cumplido con sus deberes.
Pero ellos, los hijos, sienten que no tienen obligación alguna con los viejos.
Nadie pide que los hijos paguen impuestos a sus padres.
Pero, la gratitud ¿no debe ser una respuesta a la gratuidad?
Demasiados padres lo han dado todo, para recibir casi nada.
¿Cuántos padres necesitados que viven en el olvido de sus hijos?
La gratuidad respondida con el olvido.
La gratuidad respondida con la ingratitud.

Y no quisiera entrar en nuestras actitudes para con Dios.
Dios nunca cobra impuestos.
Dios nunca pasa factura.
Pero ¿cuántas facturas no le pasamos nosotros cada día?

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Domingo 19 – Ciclo B

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo“Los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: “Yo soy en pan bajado del cielo”, y decían: “¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice que ha bajado del cielo? Jesús tomó la palabra y les dijo: “No critiquéis”. (Jn 6,41-51)

¿Quién no se ha confesado de “haber criticado”?
Es que criticar es algo que todos hemos aprendido muy bien.
Aquí todos aprobamos y con sobresaliente.
No sé si conozco a alguien que haya suspendido.
En una ocasión una señora, ya mayor, me decía con la mayor naturalidad: “Padre, me gusta criticar”.
A mí solo me salió: “¿Le gusta criticar?” “¿Y a qué sabe? ¿Qué sabor tiene?”
Recuerdo que la vieja no se esperaba mi respuesta y se quedó desconcertada.

De todo modos, algo debe tener porque:
Nos encanta criticar.
Nos encanta hablar mal de los demás.
Nos encanta dejar mal a los demás.
Nos encanta ser los periódicos de la vida de los demás.

Cuando alguien me dice que “he escuchado criticar de Usted”, mi respuesta suele ser siempre la misma:
“Me encanta”.
“Eso significa que preocupo”.
“Eso significa que no paso desapercibido”.
“Lo peor es cuando nadie habla nada de ti”.

Ahora también reconozco que la crítica:
Es destructiva.
Es capaz de apolillar al más majo.
Es una pobre manera que tenemos de rebajar a los demás.

Hay el espíritu de crítica que me parece bueno, para que no nos metan gato por liebre.
De ordinario en esto solemos ser poco críticos y nos lo tragamos todo.
Hay esa otra crítica que es la manera de desacreditar al otro.
Esa sí me parece una actitud bien pobre del corazón.

Jesús nos dice claramente “No critiquéis”.
No habléis mal de los otros.
No desacreditéis al otro ante los demás.
No busquéis razones para no creer en los demás.
No le busquéis la quinta pata al gato.
Sabed abriros a la verdad.
Sabed aceptar la verdad, por más que no coincida con vuestros intereses.
Mi verdad no depende de vuestras críticas.
Mi verdad no depende de que vosotros no logréis entenderme.
Mi verdad no depende de que no me comprendáis.
Yo seguiré “siendo el pan de la vida”.
Mi verdad no depende de vosotros, sino de mi Padre.

Creéis que me conocéis.
Creéis que sabéis quien soy porque conocéis a mi origen humano.

En vez de criticar:
Escuchad primero a mi Padre.
Creed a mi Padre aunque no le hayáis visto.
Creed a quien sí le ha visto.
Ya es hora que olvidéis el pan del desierto contra el que también protestasteis.
Ya es hora que olvidéis el viejo pan del desierto.
Ya es hora de que abráis vuestro apetito al “nuevo pan”, aunque os parezca extraño.
Ya es hora de dejar y olvidar el pan que solo alimenta el estómago.
Ya es hora de comer el nuevo pan.
Sí, ese nuevo pan bajado del cielo, por más que creáis que es de la tierra.
Ya es hora de que decidáis comer “el pan que os hará vivir” para la vida eterna.

¡Qué difícil aceptar las novedades de Dios!
Dios comenzó en el desierto, pero ahora ya camina por los caminos de la vida.
¡Qué difícil nos resulta a todos cambiar de pan!
Cuando nos dieron el pan del desierto, nosotros seguíamos empeñados en los ajos y cebollas de Egipto.
Ahora que nos dan el nuevo “pan de la vida”, queremos volver a “aquel viejo pan”.
No hemos visto a Dios.
Y tampoco creemos a quien sí lo ha visto.
¡Cada vez entiendo menos mi corazón!

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Sábado de la 18 a. Semana – Ciclo B

“Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: “¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?” Les contestó: “Por vuestra poca fe. Os aseguro que si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible”. (Mt 17,14-20)

Soy de los que estaba convencido de que tenía fe.
Luego de leer este Evangelio, confieso que ya me entran serias dudas.
Y no es que me cueste recitar el Credo.
Ni es que me cueste decir que tengo fe en Dios.

Primero Jesús nos dijo que el Reino de Dios se parecía a “un grano de mostaza”.
Yo tengo un puñadito de estos granos, traídos de Tierra Santa.
Los veo tan diminutos que, uno por uno, casi me parecen invisibles.
Y ahora, Jesús les dice a los suyos que su fe es tan pequeña que no llega ni siquiera a un grano de mostaza.
Y para colmo les dice que:
Con una fe tan diminuta hubiesen podido curar de epilepsia a este muchacho.
Con una fe tan diminuta serían capaces de trasladar una montaña.
¡Cuánto ahorrarían los que tratan de allanar montañas con maquinarias tan sofisticadas!
Personalmente no me arriesgaría a cambiar de lugar a una montaña.
Pero ¡cuánto me gustaría poder sanar a mi hermano enfermo!
Yo que llevo tantos años de sacerdote:
hablando de la fe,
promoviendo la fe,
y celebrando los misterios de la fe,
¿tampoco mi fe llegará a un simple grano de mostaza?

Siempre resulta peligroso:
Dar “por supuesto que creemos”.
Dar “por supuesto que creemos en Dios”.
Dar por supuesto que “creemos en el Evangelio”.

En alguna ocasión leí.
“no des nada por supuesto”.
“mejor que te cuestiones cada día”.
“mejor que te preguntas cada día”.
“mejor que te fijes como vives cada día”.

Porque la fe no es cuestión de saber sobre Dios, ni saber sobre el Evangelio.
Sino que la fe:
Es una actitud de vida.
Es una vida.
Es una relación personal con Dios.
Es un fiarse totalmente de Él.

Se cree con la cabeza, pero más se cree con el corazón.
Se cree con la cabeza, pero más se cree con la vida.
Fe y vida no son algo paralelo.
Fe y vida son algo que se funden en un mismo pensar.
Fe y vida son algo que se funden en unos mismos criterios.
Fe y vida son algo que se funden en un mismo actuar.
No podemos hablar de fe sino podemos hablar de vida.
La medida de nuestra fe nos la dará siempre la confianza, el abandono en Dios.
La medida de nuestra fe la medimos por nuestra coherencia de vida.
Dime cómo vives y te diré cómo es tu fe.
Cuanto más plena y total sea tu vida, mayor será tu fe.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Viernes de la 18 a. Semana – Ciclo B

Si el grano de trigo no muere, es imposible que nazca fruto

Flickr: m.prinke

“Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto, El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna, El que quiera servirme, que me siga, y donde está yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva el Padre lo premiará”. (Jn 12,24-26)

El Maestro pregunta a sus discípulos: “¿Quién está dispuesto a morir?”
Maestro, responden todos: “nosotros queremos vivir”.
El maestro insiste: “yo he preguntado quién quiere morir”.
Los discípulos guardan silencio.

El maestro interrumpe el silencio diciendo: “Veo que ninguno quiere vivir”.
No hay vida no donde no hay muerte.
No hay vida donde las semillas no mueren.
No hay trigo donde el grano no muere.
No hay siega donde el grano no ha muerto.

Es lo mismo que Jesús les anuncia a sus discípulos.
Demasiadas espigas no nacen, porque no ha habido trigo que quiera morir.
No hay resurrección donde no se ha pasado por la muerte.
Sólo los muertos resucitan.
No hay resurrección donde no ha habido muerte primero.

Jesús es bien claro.
Y Jesús lo dice aplicándoselo a sí mismo.
El es el grano de trigo que tiene que morir para resucitar.
El es el grano de trigo que tiene que pasar por la cruz para llegar a la resurrección.
El es el grano que se deja moler para hacerse pan de los demás.

No existe lo nuevo, donde nos quedamos con lo viejo.
No existe el cambio, donde preferimos seguir con lo de siempre.
No existe el futuro, donde no renunciamos al pasado.
No existe juventud, donde no renunciamos a la infancia y adolescencia.

La vida es un morir para nacer.
La vida es un morir para renacer.
Me duele ver podar los árboles.
Me encanta verlos luego brotar en primavera.

El verdadero amor a uno mismo es saber morir a sí mismo.
El verdadero amor a uno mismo es saber renunciar a sí mismo.
Nadie crece si se queda en eterno niño.
Nadie crece si se queda en eterna adolescencia.

Para el cristiano, morir no es realmente morir.
El morir es la condición de vivir.
El morir es el camino para que la vida que llevamos dentro pueda florecer.
No se puede florecer en generosidad, mientras vivamos encerrados en la cáscara del egoísmo.
No se puede florecer en fraternidad, mientras vivamos encerrados en nuestro “yoísmo”.
No se puede florecer en comunidad, mientras vivamos encerrados en nuestro individualismo.

Jesús nos propone el “servicio” como una manera de morir a lo nuestro y abrirnos a lo suyo.
Jesús no propone el “servicio” como una manera de seguirle a El.
Y el servicio que Jesús nos propone es la manera de olvidarnos de lo nuestro para entregarnos a lo suyo, entregarnos al Evangelio.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Jueves de la 18 a. Semana – Ciclo B

Tus pensamientos no son de Dios, sino de los hombres

“Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser condenado a muerte y al tercer día resucitar. Pedro se puso a reprenderle diciendo: “¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso! Pero él volviéndose, dijo a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás… tus pensamientos no son de Dios, sino de los hombres”. (Mt 16,13-23)

¿No les parece algo curioso?
Nos resulta mucho más fácil aceptar a Jesús desde su divinidad, que desde su humanidad.
Nos resulta más fácil confesar “Tú eres el Hijo de Dios vivo”, que no aceptar al Jesús que “tiene que subir a Jerusalén, sufrir, ser condenado a muerte”.
No entendemos lo divino.
Pero pareciera que entendemos menos lo humano.
O, tal vez:
Preferimos aceptar lo divino, porque lo vemos más lejos y hasta menos ofensivo.
Y rehuimos aceptar lo humano, porque nos lleva por caminos de riesgo y dificultad.
Seguir a Jesús Dios es maravilloso.
Seguir a Jesús Crucificado, eso ya le pone a Pedro “carne de gallina”.

¿Por qué será que cuando queremos ganar a alguien siempre le ofrecemos lo fácil?
¿Por qué será que cuando queremos ganar a alguien le ponemos sordina a las dificultades?

Y sin embargo:
Jesús es tajante. Él no entiende los caminos alfombrados y nuestros pies con pantuflas.
Jesús es radical. Él no entiende el camino del éxito fácil y cómodo.
Hasta el punto de “escarmentar” a Pedro, llamándolo, nada menos que “Satanás”.
Creo que fue un momento difícil.
¿Y si Pedro se echa atrás?
¿Y si los demás le siguen a Pedro?
Jesús pudiera quedarse solo. Y no le importa.
Jesús quiere “hombres que piensen como Dios”.
No hombres que “piensen como los hombres”.
No cristianos de gelatina, sino cristianos alpinistas y montañeros”

Recuerdo que, en mis primeros años de sacerdote, me vino una religiosa haciendo campaña vocacional. Lo recuerdo como si fuese hoy: “Padre, si tiene alguna chica con signos de vocación, encamínela hacia nuestra comunidad”.
“Dígale que nosotros le permitiremos esto y lo otro y lo de más allá”.
Me puso la vocación por caminos tan fáciles, que me levanté de un salto y le dije sin pelos en la lengua:
“Hemos terminado, Madre, auque encuentre alguna chica con vocación, jamás la enviaría a su comunidad. Porque quien se decide seguir a Jesús lo hace con todas las consecuencias”. “Para ir por lo fácil ya tiene la vida del mundo”.
Me miró con unos ojazos que se le salían de su órbita. No la vi más en la vida. Tampoco me buscó más. Pienso que, desde entonces, jamás rezó una Avemaría por mí.

Pedro entendía el camino triunfal de Jesús “Hijo de Dios”.
Pero en la mollera de Pedro no entraba el Jesús “fiel hasta la muerte”.
En la cabeza de Pedro no entraba un Jesús crucificado.
Pero Jesús tampoco acepta a un Pedro que quiere desviarle del camino de la cruz.
Y aunque acaba de prometerle las llaves del reino, lo llama “Satanás”.
¿Será que los que están arriba tampoco piensan siempre como Dios?
¿Será que los que están arriba también piensan demasiado como hombres?
¿Alguien se atrevería hoy a llamar “Satanás” a los que nos lo quieren poner todo fácil?
¿Alguien se atrevería hoy a llamar “Satanás” a los que están arriba, pero no por eso dejan de pensar como los hombres y tener los mismos ideales que los hombres?

Hablamos mucho de Jesús “Hijo de Dios”. Y tenemos que hacerlo.
Pero hablamos mucho menos de Jesús “caminante hacia Jerusalén”.
Hablamos mucho menos de la fidelidad al Evangelio como “pensamiento de Dios”.
Y hablamos demasiado de la fidelidad al Evangelio que hemos pasado por el agua de nuestras condescendencias.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Miércoles de la 18 a. Semana – Ciclo B

Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David

“Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo”. El no respondió nada. “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Pero ella repuso: “Tienes razón, Señor, pero los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. (Mt 15, 21-28)

Las mujeres, cuando se empeñan, son peligrosas.
Incluso son capaces de meter gol de media cancha al mismísimo Jesús.

Un relato muy tierno.
Pero también un relato comprometedor.
Un relato donde hasta el mismo Jesús pareciera pasar un mal día.
Primero el silencio de quien “oye” pero como no “escucha”.
Luego una actitud bien poco humana y delicada.
“No está bien echar a los perros el pan de los hijos”.

Y una madre que no se resigna a ver a su hija enferma.
Una madre que, por su hija, es capaz de lo imposible.
Una madre que, por su hija se deja “llamar perra”.
Una madre que, se la juega hasta el final.
Una madre que, termina ganándole el partido al mismo Jesús.

¿Será que Jesús se quiere hacer el importante?
¿Será que Jesús quiere probar la constancia de la mujer?
¿Será que Jesús quiere dejarse ganar por la oración e insistencia de una madre?

Nosotros quisiéramos que Dios nos escuche a la primera.
Porque nosotros no tenemos capacidad de esperar.
Nosotros quisiéramos un “Dios-teléfono”, siempre preparado a escuchar nuestra llamada.
Porque nosotros no tenemos paciencia para esperar.
Nosotros quisiéramos un “Dios-teléfono” pero siempre desocupado, a la espera de nuestra llamada, como si fuésemos los únicos en llamarle.

Y una oración que no sabe esperar, no es oración.
Una oración que solo funcione a las exigencias de nuestras prisas no es oración.
Una oración que pone a Dios a nuestro servicio, no es oración.
Porque:
Orar es saber esperar.
Orar es saber confiar.
Orar es saber escuchar también el silencio de Dios.
Orar es saber que Dios escucha aunque no responda a nuestras prisas.
Orar es saber expresar nuestra fe, por más que tengamos que pasar por el silencio.
Orar es saber insistir por más que todo parezca salirnos al revés.
Orar es tener la suficiente humildad de no merecer la atención de Dios.
Orar es tener la suficiente humildad de sentir que no se nos escucha.

La verdadera oración:
Tiene que ser la expresión de nuestra fe.
Tiene que ser la expresión de la confianza de nuestra fe.
Tiene que ser la expresión de seguir confiando contra toda esperanza.

La fe tiene que pasar por momentos de oscuridad.
La fe tiene que pasar por situaciones difíciles.
La fe tiene que pasar noches oscuras.
La fe tiene que ser constante.
La fe tiene que seguir hasta el final.

Sólo esta fe es capaz de hacer milagros.
“Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas”.
Oración, fe y perseverancia.
Lo importante es que también a nosotros se nos pueda decir:
“Qué grande es tu fe; hágase y cúmplase como lo deseas”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Martes de la 18 a. Semana – Ciclo B

Soy yo, no teman

“Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos viéndolo andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. (Mt 14,22-36)

Los niños tienen miedo a quedarse solos.
Necesitan la compañía de la madre.
Necesitan que una lucecita los alumbre.
Es que la noche crea muchas fantasías de miedo.
Las sombras y la oscuridad encogen el espíritu y nos llenan de miedo.
Diera la impresión de que todo lo malo sucede durante la noche.
Y que la realidad se desfigura.

Pero no solo en esa noche en la que desaparece el sol y el mundo se cubre de sombras.
Hay también esas noches que todos llevamos dentro.
Esas noches en las que el miedo nos invade.
Esas noches en las que la inseguridad nos domina.
Y comenzamos a perder el criterio de realidad.
Y nuestra fantasía todo lo ve agigantado.
Y nuestros miedos todo lo convierte en fantasma.

El miedo, la inseguridad, la falta de riesgo:
Deforman lo que vemos.
Deforman nuestros compromisos.
Deforman nuestras decisiones.
Puede ser pleno día, pero el miedo siempre lo oscurece todo.
Puede ser pleno día, pero el miedo nos hace también a nosotros ver fantasmas.

Cuando queremos asumir un compromiso, el miedo nos lo hace ver imposible.
Cuando queremos comprometernos “hasta que la muerte nos separe”, el tiempo nos parece una eternidad.
Cuando leemos el Evangelio, sus exigencias nos parecen excesivas.
Cuando sentimos que Dios nos llama, el futuro nos asusta.
Cuando se nos hablan de santidad, pensamos que eso no es para nosotros.

El miedo:
Nos hace ver a Dios como un fantasma en nuestras vidas.
Nos hace ver la vida de fraternidad como un fantasma.
Nos hace ver el perdón como un fantasma.
Nos hace ver la reconciliación como un fantasma.
Nos hace ver la fidelidad hasta el final como un fantasma.

Todos llevamos demasiados fantasmas dentro:
Fantasmas en nuestra cabeza.
Fantasmas en nuestro corazón.
Fantasmas que nos llenan de miedo.
Dejamos de hacer demasiadas cosas por esos fantasmas del miedo.

Por eso, ahí está Él, para decirnos a todos:
“Animo: soy yo”.
“No tengáis miedo”.
Ahí está Jesús, para abrir nuestros ojos.
Ahí está Jesús, para poner luz en nuestros ojos.
Ahí está Jesús, para poner ánimo en nuestros corazones.
Ahí está Jesús, para hacernos más grandes que nuestros miedos.
Ahí está Jesús, para darnos el coraje de afrontar las dificultades.
Ahí está Jesús, para llenar el corazón de ilusiones.
Ahí está Jesús, para despertar en nosotros las esperanzas.
Ahí está Jesús, para hacernos más grandes que nuestras limitaciones.
Ahí está Jesús, para hacernos sentir que para nosotros todo es posible.

No le pidamos pruebas, porque pueden aumentar nuestros miedos.
No le pidamos pruebas, porque pueden acrecentar nuestras dudas.
Nos basta fiarnos de Él y de su palabra.

Clemente Sobrado cp.