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Dios también habla hoy: Domingo 29 – Ciclo B

Puedes leer la reflexión sobre el DOMUND aquí: https://wp.me/phJFX-33R

el que quiera ser primero, sea esclavo de todos

“Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan, Jesús, reuniéndolos, les dijo: “Sabéis que los que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso; el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. (Mc 10,35-45)

No hace falta ir muy lejos.
Basta que miremos nuestro corazón y nos daremos cuenta de que todos llevamos dentro “un jefe” y un “primero de todos”.
Basta que miremos nuestro corazón y fácilmente descubriremos que todos llevamos dentro el “ansia de poder”.
Será el poder en la familia.
Será el poder en la sociedad.
Será el poder en la política.
Será el poder en la Iglesia.

Porque tampoco los miembros de la Iglesia tenemos un corazón distinto al resto de los fieles. Por algo dice el refrán: “más vale ser cabeza de ratón que cola de león”.
Claro que somos suficientemente listos como para dorar la píldora.
Y por eso, inmediatamente le añadimos el “poder” para “servir”.

Nunca he entendido que para “servir” a los demás necesitemos bandas presidenciales, ni títulos ni birretes eclesiásticos.
Nunca he entendido que desde la cima de las montañas podamos servir mejor a los que están en el valle.
Nunca he entendido que desde el trono se pueda servir mejor que caminando por la calle sintiendo el mal olor de los necesitados.
Nunca he entendido que desde las alturas que nos alejan de los que caminan a pie se pueda conocer mejor las urgencias de los que están abajo.
Las distancias, también las del poder, alejan de la realidad de la vida.
Las distancias, también las del poder, nos impiden ver al que sufre y nos necesita.

El que sirve de verdad:
Busca la cercanía.
Siente las necesidades de los otros.
Están atentos a lo que acontece en torno nuestro.
Están siempre disponibles para echarnos una mano.
No temen ensuciarse las manos.
No temen ensuciarse los vestidos.
No temen ensuciarse los pies con el polvo de los caminos.

Además el poder nos hace más insensibles, porque nos aleja de la realidad.
Y el poder, como lo vemos en los mismos discípulos, crea tensiones y divisiones.
Jesús habla claro.
Y puede hacerlo, porque él mismo “no ha venido a que le sirvan, sino a servir y dar su vida en rescate de todos”.
Y se atrevió a hablar demasiado claro:
“los reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan”.
“los grandes los oprimen”.
Por mucha crema que le pongamos, el poder nos hace superiores a los demás y nos hace dominadores de los demás.

El camino de Jesús no es el poder.
El camino de Jesús es el amor.
El camino de Jesús no es ser el primero.
El camino de Jesús es sentirse el último.
El camino de Jesús no es el mandar.
El camino de Jesús es servicio.

Las divisiones vienen de la competencia de estar más arriba.
En cambio, nadie nos disputará el estar abajo.
Para servir hay que estar cerca.
Para servir hay que estar al lado.
Para llegar a los de arriba hay que pedir permiso.
Para encontrarnos con los abajo nadie necesita de permiso.
Para llegar a los de arriba hay que sacar cita y esperar si te la dan.
Para encontrarnos con los de abajo nadie necesita de una cita, basta salir a la calle.

Del “ansia de poder”, líbranos, Señor.
Para ser “servidores de todos”, ayúdanos, Señor.
Señor, enséñanos a “bajar al llano” como tú bajaste
“rebajándote a ser como un hombre cualquiera”.

Clemente Sobrado cp.

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Dios también habla hoy: Sábado de la 28 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del Hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios”. (Lc 12,8-12)

¡Qué fácil resulta recitar el Credo en las Misas dominicales en la Iglesia!
¡Qué difícil resulta luego confesarse creyente en el grupo de los amigos!
Siempre me ha admirado:
La valentía con la que el ateo confiesa su incredulidad.
La cobardía con la que el creyente esconde su fe en El.
La libertad con la que aceptamos que el ateo se ría de los que aún creen.
La cobardía con la que los creyentes nos manifestamos cuando en torno nuestro se sienten ciertas sonrisitas maliciosas.

Jesús es claro:
La fe no es para vivirla solo en privado.
La fe es para manifestarla también en público.
La fe no es para vivirla en la Iglesia los domingos.
La fe es para confesarla también los días de semana en nuestro medio.

Sigo manifestando mi admiración:
Por el ateo que no tiene vergüenza en confesar su ateísmo en público.
Por los creyentes que respetan más la incredulidad del ateo que la fe del creyente. ¿No existe aquí una contradicción con uno mismo?
Claro que debemos respetar a los que no creen y no piensan como nosotros.
Pero ¿por qué respetamos al ateo y nos reímos y hasta burlamos del creyente?

Jesús no necesita de seguidores que solo se manifiestan los domingos en la Misa.
Jesús necesita de seguidores que “se pone de su parte ante los hombres”.
Jesús no necesita de seguidores que lo proclaman los domingos en la Iglesia.
Jesús necesita de seguidores que “no renieguen de él delante de los hombres”.

Jesús nos marca un criterio en orden a la confesión pública de nuestra fe:
La actitud que nosotros asumamos frente a él delante de los hombres, será la garantía de la actitud que él asumirá por nosotros delante del Padre.
Yo espero que Jesús no nos mida con esa medida.
Y que a pesar de nuestras cobardías, él dé cara por nosotros ante el Padre.
Y que a pesar de nuestros silencios, él sepa hablarle de nosotros al Padre.
Y que a pesar de nuestras vergüenzas, él no se avergüence de nosotros ante el Padre.

Porque es triste reconocerlo, porque:
A los cristianos debe faltarnos mucho convencimiento.
Creemos, pero diera la impresión de no estar demasiado convencidos.
A los cristianos creo que nos falta más coraje.
Creemos pero con cierto complejo de inferioridad delante de los demás.
A los cristianos creo que no falta un poco de “orgullo creyente”, para no sentirnos raros y extraños en un mundo que le cuesta reconocer a Dios.

Nos han inculcado mucho el intimismo.
Pero nos han suavizado el compromiso público.
Pienso que debiéramos aprovechar la “preparación para la Confirmación” para fortalecer en nosotros la conciencia de “testigos”, de “testimonio”. ¿No nos habremos olvidado de lo que dice el Concilio Vaticano II?

“Los fieles, incorporados a la Iglesia por el bautismo, quedan destinados por el carácter al culto de la religión cristiana, y regenerados como hijos de Dios, tienen el deber de confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia. Por el sacramento de la confirmación se vinculan con más perfección a la Iglesia, se enriquecen con una fortaleza especial del Espíritu Santo, y de esta forma se obligan con mayor compromiso a difundir y defender la fe, con su palabra y sus obras como verdaderos testigos de Cristo”. (L.G. n. 11)

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Viernes de la 28 a. Semana – Ciclo B

“Miles y miles de personas se agolpaban hasta pisarse unos a otros. Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos: “Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía. Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse… Por tanto, no tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones”. (Lc 12,1-7)

Confieso que, hoy me hubiese gustado hablar de mi padre y Fundador San Pablo de la Cruz, pero me tendré que atener a la liturgia universal.
Que, por otra parte, revela una de las inquietudes más profundas de mi Fundador. El hombre que siempre buscó vivir de la verdad y que, tantas veces fue engañado con bonitas palabras.

Jesús arremete contra la hipocresía farisaica del querer aparentar lo que no se es.
La hipocresía de la mentira de la vida, que es peor que “decir mentiras”.
La hipocresía que trata de ocultar los propios defectos y exhibir virtudes que, con frecuencia, no tenemos.

No hay peor fermento que el de la mentira.
No hay peor fermento que el de la hipocresía.
No hay peor fermento que el aparentar una cosa y ser otra.
No hay peor fermento que el exigir a los demás lo que uno no hace.
No hay peor fermento que el obligar a los demás ser lo que uno no es.

Tratar de ocultar los propios defectos, no es el mejor camino de la santidad.
Tratar de ocultar las propias deficiencias, no ayuda a la verdad de los demás.
Siempre que hablo con parejas suelo decirles:
Que los matrimonios no se rompen por fuera sino por dentro.
Que los matrimonios se quiebran por problemas internos de pareja, por el engaño.
Que los matrimonios comienzan a divorciarse con la mentira y el engaño de la infidelidad.
Porque es mentir a la esposa o esposo.
Porque es engañar a la esposa o esposo.
Y donde hay engaño y mentira se acabó el amor.
El amor solo puede crecer en la verdad.

Pero, esto mismo, puede sucedernos como creyentes y como Iglesia.
Los últimos años, la Iglesia ha sufrido dolorosas experiencias, que trató de silenciar durante años.
Porque, como dice Jesús:
“Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse”.
“Nada hay escondido que no llegue a saberse”.
El tiempo se encarga de desempolvar demasiadas miserias ocultas.
El tiempo se encarga de desempolvar demasiados pecados que no hemos querido reconocer para no perder nuestra imagen.

La hipocresía de aparentar la santidad que no se vive, no ayuda a la autenticidad de la Iglesia.
La hipocresía de aparentar la santidad que no se tiene, no es el mejor fermento de santidad en la Iglesia.
La hipocresía de aparentar lo que no somos, no es el mejor fermento para la verdad de nadie.
La hipocresía que trata de aparentar sin ser, es un fermento que, en vez de fermentar la masa, la daña internamente.
La hipocresía del celo por la verdad, cuando uno está viviendo en la mentira del Evangelio, no es un fermento que nos regale un buen pan.

Vivir en la mentira no es engañar a los demás.
Vivir en la mentira es engañarnos a nosotros mismos.
Porque cada uno somos lo que somos.
Y no lo que los demás puedan decir o pensar de nosotros.
La mentira no sana ni cura a nadie.
El enfermo no se cura ocultando su enfermedad.
La verdad, puede ser dolorosa, pero sana los corazones.
La hipocresía de la mentira puede mantener una imagen que no responde a la verdad.
La sinceridad de la verdad, puede de momento, crearnos una mala imagen.
Pero termina por reconocer que al menos, aunque humanos, somos sinceros.

Solo seremos buen fermento del mundo, siendo sinceros y veraces con nosotros mismos.
Solo seremos buen fermento de Evangelio, siendo honestos con la verdad.
Preferimos un pecador sincero consigo mismo, que un santo de apariencia.
Jesús fue claro cuando dijo: “La verdad os hará libres”.
Perdonen la hipocresía que pueda haber en este hermano, que cada día, les envía estas reflexiones, porque también la tentación de la mentira ronda mi vida.

Clemente Sobrado cp.

San Lucas, Evangelista

San Lucas“No andéis de casa en casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad los enfermos que haya y decid: “Está cerca de vosotros el Reino de Dios”. (Lc 10,1-9)

Celebramos hoy a San Lucas, autor de uno de los Evangelios y de los Hechos de los Apóstoles.

Me suelo preguntar ¿dónde está la fuerza de la publicidad y por qué vende tanto.
Y me he convencido de que la publicidad vende porque ofrece siempre cosas buenas:
“Adelgazar en tantos días”.
“Dormir placenteramente”.
“Olvídese de la gripe”.
“Olvídese y consiga lo que más desea”.
“No se prive de la última novedad”.
Y slogans de este tipo nos saturan cada día.
Es que todos esperamos que nos den buenas noticias.
Es que todos esperamos cambiar y mejorar nuestras vidas.
Es que todos necesitamos que alguien nos abra a la esperanza.

¿Era Jesús un publicista?
Ciertamente que no, pero tenía alma de publicista, de llegar al corazón y anunciar cosas nuevas.
Por eso, envía a estos setenta y dos, para que fuesen delante de él preparando el ambiente.
Y como exigencia: “curad a los enfermos que haya y decid: “Está cerca de vosotros el Reino de Dios”.

Nada de anunciar desgracias.
Nada de anunciar más complicaciones en la vida.
Llevad la buena noticia.
Decid que “El Reino está cerca de vosotros”.
Decid que el cambio ya está en camino.
Decid que lo nuevo ya está ahí.
Decid que un nuevo futuro está ya tocando a la puerta.
Decid que un mundo nuevo está ya entrando por la puerta.
Decid que una nueva vida es posible.
Decid que una nueva primavera ha comenzado a florecer.

La gente está demasiado cargada de problemas.
La gente está demasiado cargada de sufrimientos.
La gente está necesitada de esperanzas.
La gente está necesitada de ilusiones.
La gente está necesitada de alegría en el corazón.
La gente está necesitada de más primaveras y menos inviernos.

No es que la Iglesia sea ahora una agencia de publicidad.
Al contrario:
La Iglesia está llamada a ser una agencia de vida.
La Iglesia está llamada a ser una agencia de esperanzas.
La Iglesia está llamada a ser agencia de anuncios de salvación y no de condenación.
La Iglesia está llamada a ser agencia que anuncia cada día buenas noticias.
La Iglesia está llamada a ser agencia que anuncia lo que está vivo y no lo que está muerto.
La Iglesia está llamada a ser agencia que anuncia la novedad del Reino, no lo viejo que ya pasó.
La Iglesia está llamada a ser agencia que anuncia lo que está viniendo no lo que pasó.
La Iglesia está llamada a ser agencia que anuncia amor y no desamor.
La Iglesia está llamada a ser agencia que bendice y no maldice.
La Iglesia está llamada a ser agencia que reconoce los esfuerzos de cada uno y no los detiene sino que los anima.
La Iglesia está llamada a ser agencia que anuncia que “El Reino de Dios está cerca de vosotros”.

La Iglesia solo irá por delante preparando los caminos de Jesús, proclamando el Evangelio. Las Buenas Noticias de Dios a los hombres.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Miércoles de la 28 a. Semana – Ciclo B

“¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierba buena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios!… ¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras que vosotros no las tocáis ni con un dedo!” (Lc 11, 42-46)

Está bien que demos importancia a lo pequeño.
Pero ¿olvidándonos de lo grande?
Está bien que demos importancia a lo secundario.
Pero ¿olvidándonos de lo esencial?
Está bien que demos importancia a la justicia.
Pero ¿olvidándonos de los derechos de las personas?
Está bien que demos importancia al orden social.
Pero ¿olvidándonos de las necesidades de los pobres?
Está bien que reconozcamos y respetemos a los de arriba.
Pero ¿olvidándonos de los que están en el llano?
Está bien que reconozcamos la necesidad de respetar la verdad.
Pero ¿olvidándonos de la caridad?
Está bien que reconozcamos la ortodoxia.
Pero ¿olvidándonos de la dignidad de las personas?

¿De qué nos sirve la verdad si con ella aplastamos a las personas?
¿De que nos sirve la verdad si nos falta la caridad?
¿De qué nos sirve “nuestra verdad” si no respetamos la verdad de los demás?

Jesús no les reprocha por pagar el “diezmo de la hierbabuena”.
Lo que Jesús condena es que luego, se olviden del derecho de las personas.
Lo que Jesús condena es que luego, se olviden del amor de Dios.
Y no dice “del amor a Dios” sino “del amor de Dios”.
Porque la verdadera medida de nuestros comportamientos tiene que estar fundamentado en “el amor que Dios nos tiene”, y no precisamente en “el amor que nosotros le tenemos”.
El verdadero criterio no es, cómo nosotros amamos o decimos amar.
El verdadero criterio está, en “cómo nos ama El”.
Por eso nos dice Jesús “amaos como yo os he amado”.

Fácilmente damos importancia a muchas cosas, pero sacrificando lo más importante.
Está bien seamos fieles en “lo pequeño”.
Pero que lo “pequeño” no sea motivo para olvidarnos de lo “esencial”.
Está bien lo que “damos de limosna”.
Pero que sea después de “pagar lo que es justo”.
Está bien que vigilemos los pequeños detalles.
Pero sin que nos oculten lo que es esencial y primario.

Comprendemos que la condescendencia no lleva lejos a nadie.
Pero tampoco la intransigencia.
Comprendemos que tenemos que cumplir con nuestros deberes.
Pero sin olvidar que el primero de todos es la justicia y el amor.
Comprendemos que tengamos que ser exigentes.
Pero sin olvidarnos de la dignidad de las personas.
Comprendemos que la ley es la ley y es para que se cumpla.
Pero no olvidemos que antes que la ley está la dignidad de las personas.
Comprendemos que los que están arriba deban exigir ciertos compromisos.
Pero tampoco los de arriba pueden imponer condiciones que ellos mismos no cumplen.
Comprendemos que los que mandan deben responder de sus obligaciones.
Pero los que mandan no pueden olvidar que mandar no es aplastar a los de abajo, sino ayudarles.

Ni el orden ni la verdad está en la intransigencia.
Sino en el sentido de justicia y de amor.
Dios es muy justo, pero es la justicia del amor.
Es el amor de la justicia.
Dios es justo, pero no intransigente.
Dios es la verdad, pero no la verdad de las ideas o teorías, sino la verdad de sí mismo y de las personas.
Dios no es de los que dicen “hagan” sino de los que dicen “síganme”.
Dios no es de los que va por detrás con el látigo, sino de los que marcha por delante abriendo caminos.
Dios no es de los que nos pide más de lo que primero él mismo ha hecho por nosotros.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Martes de la 28 a. Semana – Ciclo B

“Cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. El entró y se puso a la mesa. Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: “Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de de robos y maldades”. (Lc 11,37-41)

Jesús no era amigo de la suciedad.
Ni de la suciedad de las manos, ni del corazón.
“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.
Claro que no dijo “bienaventurados los que tienen limpias las manos”.
La limpieza y lavado de las manos más que un rito de higiene era un rito religioso.
Fruto de esa mentalidad de que:
El contacto con las cosas nos hace impuros.
El contacto con las personas nos hace impuros.
El contacto con los que sufren nos hace impuros.
Y esto es lo que Jesús pretende cambiar.
También él se sitúa en el plano de lo religioso.
El tocar con las manos la realidad de la vida no hace impuro a nadie.

No despreciemos la higiene de las manos.
Pero tampoco descuidemos la higiene del corazón.

Benditas las manos de los que se aman y acarician.
Benditas las manos que se alargan para saludar a todos.
Benditas las manos que se alargan para ayudar a los débiles.
Benditas las manos que se alargan para levantar a los caídos.
Benditas las manos de la mamá que sostiene en sus brazos al hijo.
Benditas las manos del que da limosna al pobre.
Benditas las manos del que limpia la cacas del anciano.
Benditas las manos de la enfermera que cuida a los enfermos.
Benditas las manos de la enfermera que da las medicinas al enfermo.
Benditas las manos del que empuja la silla de ruedas del inválido.
Benditas las manos del que parte el pan de la mesa.
Benditas las manos del que trae el pan a casa.
Benditas las manos del que da de beber al sediento.
Benditas las manos del que siembra el trigo en los campos.
Benditas las manos del que ara los campos para que den frutos.
Benditas las manos del que construye nuestras casas.
Benditas las manos del molinero que hace harina de nuestros granos.
Benditas las manos del que amasa la harina para que tengamos pan.
Benditas las manos del que abre la puerta al forastero.
Benditas las manos del que carga la camioneta para repartir a los pobres.

Tendremos que lavar esas manos por higiene.
Pero, en modo alguno, porque sean manos impuras.
Porque nada de lo que nos rodea es impuro.
Porque nada que ayude a los demás es impuro.

Prefiero las manos rudas del que lucha por la vida, que las manos enguantadas que no hacen nada.
Prefiero las manos sucias del que trabaja, que las manos suaves del que no hace nada.
Prefiero las manos del que limpia a un anciano o a un pobre, que las manos limpias del que evita contagiarse con el servicio y la caridad.
Jesús no se hizo ascos tocando al leproso.
Jesús no tuvo reparos en tocar los ojos del ciego.
Jesús no tuvo miedo a tocar las orejas del sordo.

Está bien que todos nos lavemos las manos evitando microbios e infecciones.
Pero no justifiquemos nuestro “no dar la mano a nadie” porque nos hace impuros.
Impureza es olvidarnos de los necesitados.
Impureza es dejar en el suelo al caído.
Impureza es dejar abandonado al enfermo de Sida.
Impureza es dejar de saludar al desconocido.
Impureza es dejar de dar pan al hambriento.

¡Benditas las manos de Dios que se atrevieron a tocar las debilidades humanas!
¡Benditas las manos de Dios que se dejaron clavar en el madero de la Cruz!
¡Benditas las manos de Dios que acarician al pecador invitándole a la vida!

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Lunes de la 28 a. Semana – Ciclo B

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. (Lc 11,29-32)

¿Quién no se queja hoy del cansancio y del agobio en que vive?
Por eso están de moda toda una serie de metodologías y sistemas de relajación.
La verdad que no sé cómo vivieron nuestros antepasados.
Las debieron pasar canutas porque entonces no había todos estos métodos.

Lo bueno de Dios es que no le gusta imponernos pesadas cargas.
Prefiere vernos caminar ligeros.
Por eso, para seguirle pide “venderlo todo”.
Un día, iba a viajar en avión. Cuando me acerqué a chequear mi boleto, la encargada me dice: ¿Y su maleta? Muy tranquilo le respondí: aquí está. Era un simple maletín de mano. Me miró medio sorprendida, pues todo el mundo iba cargado de maletas.

A Dios no le gusta hacernos la vida pesada.
A Dios le encanta vernos descansados, tranquilos, sonrientes.
Por eso nos dice que “carguemos con su yugo” que no pesa.

Y nos dice algo más: “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”.
Los niños aprenden a ser violentos porque son testigos de la violencia de los padres.
Los jóvenes y adultos aprendemos a ser violentos porque somos víctimas de la violencia de la calle.

Necesitamos acercarnos más a Jesús y “aprender de él”.
¿Aprender qué?
A tener un corazón manso y humilde.
Porque la violencia nace del corazón.
Y aunque nadie nos haga nada, nosotros mismos somos fuente de violencia con nosotros mismos y con los demás.
La “mansedumbre” parece hoy una virtud un tanto desconocida.
Ser manso, algunos lo toman como ser “tonto”.
Ser manso, algunos lo toman como ser “pasivo”.
Y ser manso no es ser ni tonto ni pasivo, sino que es:
Serenidad del corazón.
Paz del corazón.
Alegría del corazón.
Ser manso, es tener un corazón sin resentimientos.
Ser manso, es saber manejar nuestras violencias secretas.
Ser manso, no es responder con el mismo tono del que nos ofende.
Ser manso, puede ser ese silencio sereno y tranquilo.

Jesús nos enseñó muchas cosas.
Entre ellas la “mansedumbre” incluso con aquellos que hablaban mal de él.
No vemos en él esas reacciones violentas como la de los que cogen piedras para tirárselas.

“Encontraréis vuestro descanso”
Encontrar el descanso en Dios.
¿Alguna vez se nos ha ocurrido apoyar nuestro corazón en el suyo para descansar?
¿Alguna vez se nos ha ocurrido dedicar unos momentos al silencio de la contemplación?
¿Alguna vez se nos ha ocurrido retirarnos un rato a hablar con él?
¿Alguna vez se nos ha ocurrido regalarnos un rato de silencio para escucharle?
¿Alguna vez se nos ha ocurrido buscar a Dios como buscamos al amigo para serenar nuestro espíritu?

Dios puede ser la almohada en la que reposar nuestra cabeza para serenarnos.
Dios puede ser la almohada en la que reposar nuestro corazón para buscar alivio a nuestras penas.
Preguntado un día San Ignacio ¿qué pasaría si el Papa decidía suprimir la Compañía?
Ignacio respondió muy tranquilo: “me bastaría media hora de oración para serenar mi espíritu”.
Un rato de contemplación, metidos en el corazón de Dios, pudiera ser la mejor terapia para nuestros momentos de agobio y preocupaciones.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Domingo 28 – Ciclo B

El Joven Rico

“Ya sabes los mandamientos: no matarás, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. El replicó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”. A estas palabras, frunció el ceño y se marchó triste, porque era muy rico”. (Mc 10,17-30)

Resulta curioso, por decir lo menos, este Evangelio. Alguien quiere “heredar la vida eterna”.
Primero me gusta eso de “heredar”. Como si fuese algo que nos pertenece como hijos.
¿Tendría éste alguna idea de Dios como padre y él como hijo?
Lo segundo que, no sé si decir que me gusta o me extraña, es la respuesta de Jesús. Le señala los mandamientos.
Pero ¿os dais cuenta de qué mandamientos habla Jesús?
¿No les parece extraño que no cite el primer mandamiento de amar a Dios, y le recuerda solo tres? Los tres no son de una relación directa con Dios sino con el prójimo: No matar. No estafar o engañar a nadie. Honrar a los padres.

¿No será que nuestras actitudes con los demás son las que mejor manifiestan que amamos a Dios aún sin decirlo?
¿No será que la mejor manera de decir que amamos a Dios, es confesarlo con nuestras actitudes para con el prójimo?
Algo así como si el primer mandamiento fuese la fuente y el segundo el dedo que nos señala la fuente o el manantial.

El joven parece noble y sincero.
Desde pequeño ha observado los mandamientos, por tanto parece tener asegurada la vida eterna.
Por eso, Jesús “se le quedó mirando con cariño”.
Como que vio que allí había madera.
Y Jesús pensó en algo más grande para él.
Pensó en algo más que los simples mandamientos, suficientes para salvarse.
No te contentes con salvarte.
No te contentes con heredar “la vida eterna”.
Tú estás hecho para otras muchas cosas.
Tú estás hecho no solo para salvarte sino para ayudar a que otros se salven.
Tú estás hecho para “seguirme”. Ser de los míos. Ser mi discípulo. Ser anunciador del Evangelio a los hombres.

“Heredar” la vida eterna es algo que a todos nos compete y que todos deseamos.
Pero no podemos caer en el egoísmo de “salvarme yo solo”.
Hay que “salvarse en racimo”. Porque, cuando lleguemos, en vez de ese “terrible examen con que nos han metido miedo en el cuerpo”, nos harán otra pregunta: “¿Y dónde están los demás?”
No basta salvarse, hay que salvar a los demás.
Para ello, Jesús necesita “seguidores” que anuncien la salvación.
Porque la voluntad de Dios es que “todos se salven”.

Pero aquí las exigencias ya son distintas. Ya no basta “no matar, no defraudar, amar a papá y a mamá”. Para ayudar en la proclamación del Evangelio es preciso “venderlo todo”, “darlo a los pobres”.
Porque quien se dedica a evangelizar debe estar totalmente libre.

Y aquí fue donde tropezó nuestro joven.
Salvarse, sí.
Venderlo todo, para dedicarse a la salvación de los demás, eso ya le frenó en su entusiasmo. Una tormenta mató todas las flores.
Aquí ya “frunció el ceño y se marchó pesaroso”.
Le parecía un precio demasiado alto, que él no estaba dispuesto a pagar.
Estaba dispuesto a cumplir los mandamientos.
Pero le faltó el riesgo de cambiarlos por el seguimiento y el Evangelio.

Nos cuesta “dejar” para “seguir”.
Nos cuesta “dejar lo nuestro” para dedicarnos a la salvación de los demás.
Nos cuesta “dejar el pasado” para mirar “al futuro”.
Y a Jesús sólo es posible seguirle, no cargados, como mulos, con todos nuestros muebles encima, sino ligeros de equipaje.
Lo que presagiaba una espléndida primavera, volvió a convertirse en frío invierno.

Clemente Sobrado cp.