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Dios también habla hoy: Viernes de la 1 a. Semana de Cuaresma – Ciclo B

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“Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo que reprocharte, deja la ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda”. (Mt 5,20-26)

El Papa Francisco decía que “no se puede rezar el Padre nuestro si no perdonamos al hermano”.
Porque no podemos llamar Padre a Dios si vivimos enemistados con sus hijos. Negar la condición de hermano a alguien es negar a Dios como Padre de ambos.
Aquí Jesús pareciera decirnos algo parecido: “no se puede participara en la Misa si antes no nos reconciliamos con el hermano”.
“Vete primero a reconciliarte con el hermano; luego vuelves a presentar tu ofrenda”.
Luego vuelves a misa.

Ahora me viene una tremenda duda. ¡Todos los que llegan tarde a Misa sewrá porque han estado haciendo las paces con sus hermanos?
Si es así aunque lleguen tarde Dios los bendice.

La misa es el encuentro dominical de los hijos de Dios.
Es el encuentro con los hermanos en la fe.
Es el encuentro de los hermanos en la comunión y comunidad.
Es el encuentro en la caridad de todos en el amor de Dios que se entrega, nos perdona, nos reconcilia y nos alimenta.

¿Qué sentido tiene comulgar a Jesús si no comulgamos con el hermano?
¿Qué sentido tiene la comunión con Dios sin la comunión con sus hijos?
La Misa no puede ser “una familia dividida”.
La familia es una comunidad unida por el mismo pan.
No podemos sentarnos a la misma mesa si no nos hablamos y estamos resentidos unos con otros.
Nos hemos acostumbrado a “comulgar a Jesús”, aunque nuestro corazón excluya a sus hermanos.
Comulgamos tranquilamente, aunque nuestro corazón no perdone al hermano.

Jesús no dice que no llevemos nuestra ofrenda al altar.
Lo que nos pide es que primero veamos si nuestro corazón excluye a alguien.
No nos dice que dejemos la misa dominical.
Lo que nos pide es que antes nos reconciliemos con el hermano.
Por eso, la Misa comienza aún antes de entrar en la Iglesia.
Si llegas tarde porque has ido a pedir perdón o a perdonar, tu misa será completa.
¿No has observado que la misma Misa comienza con el acto penitencial de reconciliación con Dios, pero también de reconciliación con los hermanos. “Y a vosotros hermanos”.
¿Qué pensaríamos si al comenzar la Misa, la gente comenzase a salir a perdonar y dejarse perdonar?
Hoy que todo el mundo usa el celular, ¿no sería bonito ver cómo todos los encendemos y comenzamos a llamar pidiendo perdón y ofreciendo perdón?
A mí me molestan los celulares en la Misa.
Pero si los utilizamos para reconciliarnos yo los bendeciría a todos.

Es la misa, Sacramento de la caridad y comunión, y carece de sentido con un corazón enemistado, que odia, que no perdona, que no se deja perdonar.
De la misa debiéramos salir todos con un corazón limpio, abierto a todos, donde caben todos y no se excluye a nadie.
“Ve y reconcíliate con tu hermano”.

Clemente Sobrado cp.

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Dios también habla hoy: La Cátedra de San Pedro

“Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? El les preguntó: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. “¡Dichoso tú, Simón porque te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. (Mt 16, 13-19)

Hay preguntas y preguntas.
Hay preguntas que no preguntan nada porque son tonterías.
Hay preguntas que preguntan demasiado.
Mejor dicho complican demasiado.
Y además, son preguntas a las que no podemos evadir, o mandarlas al desvío.
Respuestas que no se pueden copiar en el examen.

Con frecuencia damos respuestas a preguntas que interesan poco o nada.
Por ejemplo, qué fácil es responder sobre lo que pensamos de los demás.
Y por eso son respuestas que no interesan más que a la curiosidad.

El problema está cuando el que nos pregunta es el mismo Jesús.
Aquí no valen los desvíos.
Estamos obligados, si es que el Evangelio tiene interés para nosotros, saber responder lo que piensan los demás sobre Dios.
Porque nos debe preocupar lo que la gente piensa y dice sobre Dios.
Primero porque debe interesarnos qué significa Dios hoy para el hombre.
En segundo lugar, porque cuando hablamos de Dios a los demás no podemos hablar por hablar, sino saber presentar un Dios que interese al hombre y debemos hablar de Dios como respuesta a los interrogantes que el hombre lleva dentro.

Confieso que me preocupa hasta dónde hablamos de Dios como quien habla de las papas o del arroz.
Me preocupa si lo que hablo llega al corazón del hombre y le dice algo.
Me preocupa conocer sus necesidades para que experimenten a Dios no como algo extraño sino como respuesta a sus problemas.
Me preocupa que hablemos demasiado desde nosotros mismos y no desde el hombre.
Me preocupa que hablemos demasiado de memoria para salirnos al paso.
Por eso nuestra predicación resulta, con frecuencia, aburrida y sin decir nada.

Pero, mucho más obligados estamos a responder cuando se nos pregunta directamente a nosotros. “¿Y vosotros quién decís que soy yo?”.
Nuestra respuesta tiene que ser una respuesta de fe.
Nuestra respuesta tiene que ser una respuesta desde lo que realmente sentimos.
Nuestra respuesta tiene que ser una respuesta desde lo que realmente El significa para nosotros.
Y aquí se necesita mucha sinceridad.
Aquí se requiere mucha honestidad.
Aquí se requiere confesar cuál es el eje y centro de nuestras vidas.

No basta decir que Jesús es un hombre interesante.
No basta decir que Jesús es un profeta.
Aquí se necesita descubrir nuestros sentimientos hacia El.
Aquí se necesita descubrir nuestra verdad frente a Dios.
Aquí no basta reconocer que creemos en El, pero no “practicamos”.
Aquí no basta reconocer que creemos en El, pero luego “no le vivimos”.
Porque también Jesús puede ser alguien importante, pero no nuestro centro.
Porque también Jesús puede ser alguien interesante, pero no el que da sentido a nuestras vidas.

A la confesión de Pedro sigue una promesa: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.
A nuestra confesión también debiera seguir otra promesa:
A vosotros os haré mi Iglesia.
A vosotros os haré testigos de mí en el mundo.
A vosotros os haré testimonios de mi Evangelio.
A vosotros os haré rocas de mi Reino.

¿Quién es Jesús hoy para la Iglesia?
¿Quién es Jesús hoy para el sacerdote?
¿Quién es Jesús hoy para los jóvenes?
¿Quién es Jesús hoy para los casados?
¿Quién es Jesús hoy para los políticos y economistas?
¿Quién es Jesús hoy divorciados?
¿Quién es Jesús hoy para los que cada domingo lo anunciamos?
¿Quién es Jesús hoy para los que le comulgamos con frecuencia?

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Miércoles de la 1 a. Semana de Cuaresma – Ciclo B

Imagen“Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás” (Lc 11,29-32)

Hace poco comentamos este texto. Puede que nos parezca extraño y sin embargo, si nos examinamos bien, nos daremos cuenta de que solemos ser nosotros los que exigimos a Dios pruebas de sí mismo.
Somos nosotros quienes le reclamamos a Dios su documentación.
Es Dios quien tiene que tener en regla sus su documentos.
Es Dios quien tiene que justificarse.
Es Dios quien tiene que acreditar su verdad ante nosotros.

Somos nosotros los que le pedimos pruebas.
Los que le pedimos razones y pruebas para que creamos en él.
Somos nosotros los que tenemos que darle el “visto bueno”.
Somos nosotros los que tenemos que exigirle razones claras para que le podamos aceptar.
Le pedimos “signos”.
La pedimos “señales”.
Pero signos y señales las que a nosotros nos convenzan.

Dios no la tiene fácil con nosotros.
Tratamos de ponerle todos los obstáculos posibles.
Tratamos de ponerle todas las piedras en el camino.

Y Dios lo aguanta todo.
Pero, eso sí, Dios no cae en nuestras trampas, como tampoco en nuestros caprichos.
Dios seguirá utilizando la pobreza de Jonás, incluso sus resistencias, porque tampoco él está de acuerdo con el proceder de Dios.
Dios seguirá revelándose y manifestándose en los humildes y sencillos, en aquellos a los que nosotros apenas damos importancia.
Dios seguirá revelándose en lo pecadores con los cuales él come y se siente a gusto.
Dios seguirá revelándose y manifestándose en el fracaso humano de la cruz.
Dios seguirá revelándose en el hambriento.
Dios seguirá revelándose en el sediento.
Dios seguirá revelándose en el enfermo, débil, encarcelado, anciano.

Es decir, los únicos signos y señales de Dios son siempre los del amor.
Y el amor precisamente a aquellos quien nadie ama y todos marginamos y excluimos.

Por eso la mayor acreditación de Jesús será su Resurrección.
En ella, el Padre le dará razón.
En ella, el Padre lo acreditará y acreditará las “señales y signos” que nosotros los hombres no hemos querido leer.

“Esta generación perversa pide signos”.
Y no se le dará más signos que el “Misterio pascual”:
El signo de la cruz, que es, aparentemente, el signo más anti-signo.
El signo de la resurrección que es la acreditación de todos los signos.

El verdadero signo de Jesús hoy, será una Iglesia pobre.
El verdadero signo de Jesús hoy, será una Iglesia que da preferencia a los sencillos.
El verdadero signo de Jesús hoy, será una Iglesia no metida en palacios sino compartiendo como Jesús, la pobreza de los hombres.
El verdadero signo de Jesús hoy, seguirá siendo su presencia en medio de nosotros en la pobreza del pan y del vino en la Eucaristía.
El verdadero signo de Jesús hoy, será una comunidad cristiana oliendo a esteras, a marginados, a gente que no tiene ropa para cambiarse.
El verdadero signo de Jesús hoy, será una comunidad cristiana perseguida y sospechosa por entregarse a la defensa de la justicia.

¿Qué signos le pedimos hoy nosotros a Jesús para que creamos en El?
¿Qué signos le pedimos hoy nosotros a Jesús para que le aceptemos de verdad?
¿Qué signos tendrá que ofrecer hoy la Iglesia al mundo, para que el mundo crea?
¿Qué signos tendrá que ofrecer hoy la Iglesia al mundo, para que los que ya están en la Iglesia no la abandonen y no se vayan a otras Iglesias?

También esta generación pide signos y señales, y la Iglesia que es el gran signo de Jesús, tendrá que reflexionar y pensar qué signos está ofreciendo hoy al mundo, para que el mundo acepte el Evangelio.
No les demos cualquier signo.
Ofrezcamos aquellos signos que la hacen creíble.
Todo habla de Dios para el que quiere escuchar a aquellos que no tienen voz.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Martes de la 1 a. Semana de Cuaresma – Ciclo B

Padre nuestro“Vosotros orad así: “Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno”. (Mt 6,7-15)

Jesús es la Palabra que Dios dice a los hombres.
La oración es la palabra que los hombres dicen a Dios.
Dios nos dijo una sola Palabra: su hijo.
Nosotros nos empeñamos en decirle un montón de palabras
A Dios le basta una palabra en la que nos lo dice todo: el HIJO.
A nosotros nos debiera bastar también una palabra en la que lo que se lo decimos todo: PADRE.

Hablar mucho puede que diga poco.
Hablar poco puede que diga mucho.
Mucho nos dice el Padre cuando nos llama “hijos”.
Todo se lo decimos a Dios cuando le llamamos “Padre”.

El primer consejo que nos da Jesús para orar es que no seamos “charlatanes”.
Porque, con frecuencia, dice más el silencio que las palabras.
Además, orar no es un memorial que le pasamos a Dios para que se acuerde de nosotros o para recordarle nuestras necesidades.
Porque “el Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis”.

La verdadera oración que brota de la fe no es un pliego de necesidades.
La verdadera oración es:
Una experiencia fe.
Una alabanza y reconocimiento de Dios Padre.
Una experiencia de nuestra condición de hijos.

Además nuestra oración no comienza tanto por hacernos pedigüeños, sino por el contrario:
Es un ponernos nosotros en la vivencia de la glorificación y alabanza del Padre.
Es un ponernos nosotros en la disponibilidad del Padre.
Es un aceptar los planes e intereses del Padre.
Es un ponernos en las mismas actitudes de su Hijo Jesús.

Incluso en lo que dice relación con nosotros, la oración ha de estar toda ella marcada por la misión del Padre en el Hijo:
El pan del Hijo es la voluntad del Padre.
El pan de los hijos es su palabra y el pan de su Eucaristía que no debiera faltarnos nunca.
La misión del Hijo es revelarnos el amor del Padre.
La misión de los hijos será también expresar el amor del Padre.
El amor que nos revela el Hijo es el perdón y la reconciliación.
El amor del padre que tenemos que manifestar cada día es “perdonar también nosotros lo mismo que él nos perdona”.
La misión del Hijo es vencer al enemigo del hombre, que cada día quiere desviarnos del camino del Padre.
La misión de nuestra oración será también pedirle que nos libre de enemigo.
La misión del Hijo es darnos fuerza para no sucumbir a las tentaciones del enemigo.
La misión de nuestra oración será siempre contar con esa fuerza de ser fieles al Padre superando nuestras tentaciones.

Es que orar, es ponernos en diálogo y comunicación de amigos.
Cuando Jesús oraba entraba en esa experiencia de relación con el Padre, en comunión con los sentimientos, los deseos y planes o la voluntad del Padre.

Por eso mismo, cuando nos enseñó a orar, nos enseñó su propia oración.
Y nos incorporó a sus propias actitudes para con el Padre.
Pienso que antes de ponernos a orar:
Primero tendríamos que sintonizar con el Jesús orante, para asumir sus propias actitudes ante el Padre.
En segundo lugar, tendríamos que sintonizar con la experiencia que Jesús tiene de la misión que el Padre le ha encomendado.
En tercer lugar, orar como él oraba.

Alguien pudiera pensar ¿y dónde están mis propias necesidades?
El Padre ya “sabe lo que nos hace falta antes de que se lo pidamos”.
A caso los papás no saben de sobra lo que necesitan sus hijos.
Además si logramos ponernos en la actitud y mentalidad del Padre nuestro, es posible que nuestras necesidades terminen siendo las mismas de Jesús y las nuestras desaparezcan.

La mejor oración es aquella en la que no pides nada y agradeces y alabas mucho a Dios y te identificas con él.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Lunes de la 1 a. Semana de Cuaresma – Ciclo B

“Señor, ¿y cuándo te vimos con hambre y te alimentamos? ¿o con sed y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. (Mt 25,31-46)

Comenzamos esta primera semana de Cuaresma con una gran sorpresa.
La salvación está condicionada a lo que hagamos por los hermanos más pequeños.
Dios también salva aún a aquellos que no han actuado en su nombre, pero sí por amor a los hombres, sobre todo los más necesitados.
Que Dios también está al otro lado de la tapia de la Iglesia. Aunque su nombre sea otro, es también el mismo Dios.

¿Recuerdan a la joven musulmana Ameneh de 32 años de edad?
Por haber rechazado a Mayid Movahedi, de 29 años, éste le arrojó ácido al rostro por lo que quedó ciega y desfigurado su rostro. Recién después de siete años de tratamiento puede ver algo por su ojo izquierdo.
Según la ley islámica era preciso utilizar la Ley del Talión. La sentencia decía que ella debía echar el mismo ácido en el rostro de su pretendiente rechazado. Y así la joven confesó ante el juez:
“El perdón es más importante que la Ghesas y yo quiero actuar correctamente. He luchado durante siete años por este veredicto, para demostrar que una persona que lanza ácido debería ser castigado según la ley islámica, pero hoy le he perdonado porque estaba en mi derecho. Dios habla de la ley de Gheesas en el Corán, pero también recomienda que se perdone”.

Dios también actúa en el corazón de aquellos que, a veces ni le conocen, y en aquellos que son capaces de amar y perdonar, aun sin ser cristianos. Aunque a decir verdad, me pregunto a mi mismo “¿y quien es capaz del mayor gesto de amor, como es el perdón, aunque su Dios se llame Alá, no será realmente cristiana y la salvación no estará en ella?”

¿Acaso, los que dieron de comer, vistieron, dieron de beber, visitaron a los enfermos y a los encarcelados:
¿lo hicieron por Dios?
¿lo hicieron pensando en Dios?
¿lo hicieron a Dios?

La pregunta es clara: “¿Cuándo te vimos… y te dimos…?
La respuesta es igualmente clara.
Cuando lo hicisteis a uno de estos “mis humildes hermanos, a mí me lo habéis hecho”.

Dios mira más allá de los muros de las distintas religiones.
Dios actúa más allá de los muros de los que aún no tienen una fe explícita en él.
Dios actúa más allá de los muros que nos separan a malos y buenos.
Dios mira más allá de los buenos y ama y actúa en el corazón de los malos.

Dios mira allá donde:
Valoramos a los pequeños y necesitados.
Valoramos a aquellos que pasan delante de nosotros sin nombre ni apellido.
Valoramos al hombre por ser hombre y por reconocer su dignidad, por más que se estén pudriendo en la cárcel.
Dios se encarna en el que tiene hambre, por más que no lleve el cartelito.
Dios se encarna en el que tiene sed.
Dios se encarna en el desnudo.
Dios se encarna en el enfermo y el que está en la cárcel, por más que no lleve el cartelito colgado.
La basta el cartelito de “soy persona”, “soy hombre”, “soy mujer” para ser Dios encarnado.

Hay mucha sabiduría y mucho de evangelio en ese adagio popular: “Haz el bien y no mires a quien”.
El sufrimiento tiene rostro de hombre y mujer.
Y Dios tiene rostro humano de hombre, de mujer, ni niño o de anciano, de rico y de pobre. Dios tiene el rostro del que sufre.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Domingo 1 de Cuaresma – Ciclo B

“El Espíritu empujó al Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas y los ángeles le servían”. (Mc 1,12-15)

La Cuaresma comienza en el desierto y con la escena de las tentaciones.
Jesús comienza su camino haciendo la experiencia que todos nosotros tendremos que hacer también a lo largo de estos cuarenta días de camino hacia la Pascua.
Se quiso parecer a nosotros, presentándose como pecador en el Bautismo.
Nada tiene que extrañarnos que ahora quiera presentarse “tentado como nosotros”.
La tentación no es pecado, sino manifestación de esa lucha interior que todos llevamos dentro de nosotros.
No es pecado, pero tampoco es para que juguemos con ella, pues termina ganándonos la batalla.

La tentación es normal que se dé en nosotros, sencillamente porque somos libres:
Somos libres frente al bien y el mal.
Somos libres frente a la verdad y la mentira.
Somos libres frente al ser y el no ser.
Porque somos libres frente a nuestra verdad y nuestra mentira.

Con frecuencia sentimos cierta vergüenza de confesar que “hemos sido tentados”, cuando en realidad, la tentación lo único que hace es poner de manifiesto esa libertad y esa dualidad que caminan cada día con nosotros.

La verdadera tentación es una lucha que se da dentro de nosotros, entre ser o no ser.
Ser lo que estoy llamado o ser cualquier otra cosa.
Ser persona o ser un simple objeto.
Ser lo que Dios quiere que sea, o ser lo que a mí se me antoja.
Ser lo que Dios quiere que sea, o ser lo que los demás quieren hacer de mí.

Al comenzar la Cuaresma todos debiéramos sincerarnos con nosotros mismos y preguntarnos ¿cuáles son nuestras verdaderas y más peligrosas tentaciones?
Las tentaciones del pueblo de Dios en el desierto, fueron tentaciones entre seguir en la esclavitud o caminar hacia la libertad.
Las tentaciones de hoy pueden ser: aceptar a Dios como guía de nuestras vidas o vivir como si Dios no tuviera nada que hacer con nosotros.
Las tentaciones de hoy pueden ser: ser libres a nuestro estilo o ser libres en la verdad.
Las tentaciones de hoy pueden ser: sentir necesidad de Dios o no tener necesidad de él.
Las tentaciones de hoy pueden ser: sentirme Iglesia o no creer en ella y prescindir de ella.

¿Y la Iglesia también sufre de la tentación?
Es posible que muchos se escandalicen de que se pueda hablar de las tentaciones de la Iglesia. Y sin embargo, pienso que también ella es tentada. Y las tentaciones de la Iglesia pueden ser más peligrosas que las tuyas y las mías:
La tentación de ser más la Iglesia de los hombres que la Iglesia de Jesús.
La tentación de sentirnos dueños de la Iglesia y no servidores del Espíritu que la guía.
La tentación de atribuirle a Dios lo que no pasa de ser criterio y decisión nuestra.

También la Iglesia tiene el peligro de sentir las mismas tentaciones que Jesús.
Y si Jesús las sintió, ¿por qué escandalizarnos de también sean las mismas tentaciones de la Iglesia hoy?
Jesús sintió la tentación del poder. ¿No estará también la Iglesia tentada de buscar el poder hoy? ¿No habrá demasiada ansia de poder, de subir, de estar arriba, de ocupar lugares de prestigio?
Jesús sintió la tentación del tener. ¿No estará la Iglesia demasiado tentada del ansia de tener y dela riqueza?
Jesús sintió la tentación del sensacionalismo. ¿No será también hoy ésta la tentación de la Iglesia? ¿No buscaremos demasiado el aparentar, las grandes manifestaciones?
Negarlas es sucumbir, ya de alguna manera, a ellas.
Reconocerlas es ponernos en camino de salir triunfantes de ellas

El camino de la Cuaresma es para todos.
No olvidemos que, la cuarentena de años por el desierto, fue el camino de todo un pueblo.

Es la Iglesia, el Pueblo de Dios, quienes tendremos que iniciar la Cuaresma detectando nuestras verdaderas tentaciones, nuestros verdaderos Egiptos.
Sin disimularlas.
Sin ignorarlas.
Sin justificarlas.
No verlas solo en los demás sino verlas en nosotros mismos.
Iglesia y cada uno de nosotros tendremos que sincerarnos en una actitud de verdadera conversión cuaresmal, si juntos queremos llegar a esa tierra prometida que es la Pascua. Que el Espíritu nos empuje a todos a nuestro desierto de lucha y de conversión.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Sábado después de Ceniza

“Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos , y la dijo: “Sígueme”. El dejándolo todo, se levantó y lo siguió. ¿Por qué comen y beben ustedes con publicanos y pecadores?” Jesús les replicó: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan”. (Lc 5,27-32)

Hoy amanecemos con una enorme y grata sorpresa.
Porque hoy Dios nos dice que no seamos clasistas.
Algo que, por otra parte, a nosotros nos encanta.
No importa lo que personalmente seamos.
Pero nadie pondrá en duda que somos selectivos en nuestras relaciones y amistades.
¿Invitaríamos a formar parte de nuestro grupo a gente de mala fama y mala reputación?
Tenemos miedo al qué dirán y no queremos contaminarnos con la mala fama de los demás.

Estoy seguro de que nosotros no hubiésemos invitado a un publicano.
Nosotros no hubiésemos invitado a alguien de mala fama.

Y sin embargo, Jesús pasa delante del “mostrador de un recaudador de impuestos, y le dice: “Sígueme”.
No le importa el oficio que desempeña, él se encargará de darle otro empleo más digno.
No le importa que la gente lo tenga por pecador, él se encargará de cambiarle el corazón.
No le importa lo que haya sido hasta ahora.
Le interesa saber que aquel corazón puede cambiar.
No mira a su pasado, sino a su futuro.

Jesús es de los que cree en la gente.
Jesús es de los que cree que la gente puede cambiar.
Jesús es de los que cree que los malos pueden ser buenos y los buenos mejores.
Jesús no nos pide que cambiemos a la gente.
Sólo nos pide tener fe en ella.
Sólo nos pide creer en ella y valorarla.

No es de extrañar que Leví se llevase ese día la sorpresa de su vida.
Acostumbrado al desprecio de los demás.
Acostumbrado a la marginación de los demás.
Por fin, encuentra alguien que cree en él.
Alguien que se fía de él.
Alguien que, en vez de criticarlo, le sonríe, le dirige la palabra y le invita a levantarse y “seguirle”.

Y eso, él lo celebra con una gran cena.
Con una cena a la que tampoco él invita a los buenos, porque no aceptarían.
También él invita a los de su condición.
A los publicanos como él.
A los pecadores como él.

Y claro está, invita a quien le invitó.
Invita a quien lo sacó de su oficio y condición de pecador.
Invita a quien le invita a seguirle y ser de los suyos.

¿Por qué no cambian más los malos?
Porque nadie quiere contagiarse con ellos.
Porque nadie quiere creer ellos.
Porque nadie quiere invitarles.
Porque nadie les hace descubrir que, en su vida hoy nuevos horizontes.
Porque nadie les hace descubrir nuevas posibilidades en su vida.
Porque todos prescindimos de ellos, y nadie les dice que los necesitamos.
Porque nadie les ayuda a creer en ellos mismos.

¡Con qué facilidad nos olvidamos, que una simple palabra puede cambiar toda una vida!
¡Con qué facilidad nos olvidamos, que un simple gesto de bondad puede transformar una vida!
Para incendiar un bosque es suficiente un fósforo. Para cambiar una vida es suficiente una invitación: “sígueme”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Viernes después de Ceniza

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“¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, tus discípulos no ayunan?” Jesús les dijo: “¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos?” (Lc 5,27-32)

Flickr: Elvis Ripley

Resulta curioso que Jesús, precisamente en este tiempo de Cuaresma no nos eche una homilía sobre el ayuno.
Algunos hemos vivido aquellos tiempos en los que el ayuno y la abstinencia eran obligatorias y no ayunar no era uno de esos pecaditos que se lavaban con agua bendita.

Bueno, esa práctica se ha ido diluyendo poco a poco en la conciencia de los fieles. En la mía también.
Antes comenzábamos la Cuaresma con esa ceniza que nos recordaba a todos “Polvo eres y en polvo te convertirás”. El miércoles de Ceniza era un pórtico cuaresmal que invitaba poco a la alegría. Aun hoy se puede utilizar esa fórmula. Confieso que no me gusta mucho.
Hoy preferimos recordarnos algo mucho más festivo: “Conviértete y cree en el Evangelio”.

A Jesús le llaman la atención de que ni El ni los suyos “ayunen”.
Y Jesús da una respuesta festiva, trata de:
Convertir no el estómago.
Sino convertir el corazón.
No de convertirnos pasando hambre.
Sino convertirnos viendo nuestra fe como una fiesta de bodas.

Claro que la Cuaresma es tiempo de conversión.
Pero ¿conversión a qué?
Conversión al Evangelio.
Conversión a la Buena Noticia de Dios.
Conversión a Jesús que nos invita, no a un velorio, sino a la fiesta de la vida, como suele ser una boda.
Conversión que pasará por el misterio de la Cruz, pero que desembocará en la Fiesta de Pascua.

Además, el ayuno que Jesús nos pide no es tanto el ayuno del estómago, sino a otro tipo de ayuno más festivo:
Ayunar con la alegría de compartir lo nuestro con los demás.
Ayunar con la alegría de amarnos a todos como hermanos.
Ayunar con la alegría de regalar nuestro perdón a los que nos hecho algún daño.
Ayunar con la alegría de hablar bien de todos en vez de criticarlos.

Ayunar con la alegría de celebrar con gozo nuestras eucaristías, que son la gran boda de Jesús con nosotros.
Ayunar con la alegría de sentirnos perdonados en el Sacramento de la penitencia, que es la fiesta del amor y del perdón.
Ayunar con la alegría de sentir que Dios nos quiere renovar por dentro, vaciándonos de toda la basura que llevamos dentro.

Hay algo más importante que estar con el estomago vacío:
Vivir con gozo nuestro desierto camino de la Pascua.
Vivir con alegría la presencia de Dios que quiere hacer de nosotros un fiesta.
Vivir con alegría nuestra fe.
Vivir anunciando nuestra fe a los demás con alegría.
Vivir con alegría nuestro amor a los demás.
Vivir ayudando a que los demás hagan de su vida una fiesta.

No es el ayuno del estómago.
No es el ayudo de las privaciones.
Es el ayuno de la fiesta.
No es el ayuno de no comer, sino la alegría de cruzar nuestro desierto, no añorando los ajos y cebollas de la esclavitud, sino esperando con gozo la tierra pascual del hombre nuevo resucitado con el Resucitado.
Nuestra fe no es algo que tenemos que soportar, sino una fiesta de bodas como amigos del novio que es Jesús

Clemente Sobrado cp.