Bocadillos espirituales para la Pascua: 4to Domingo de Pascua – Ciclo B

“Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir el lobo y abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa. Yo soy el buen pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre”. (Jn 10, 11-18)

Uno de los títulos más tiernos de Jesús es el que él mismo se da: “buen Pastor”.
La Iglesia tiene un gran símil a rebaño.
No como masificación pasiva.
Sino porque está compuesto de ovejas.
La oveja es débil, pero es tierna, dócil.
El rebaño es indefenso.
Por eso necesita del Pastor.

Lo expresó muy bien el Papa Francisco:“Vuestra presencia -precisó el Papa- no es secundaria, es indispensable.
La pide el pueblo mismo, que quiere ver al propio obispo caminar con él, estar cerca de él.
Lo necesita para vivir y para respirar.
No os cerréis.
Bajad en medio de vuestros fieles, también en las periferias de vuestras diócesis y en todas aquellas ‘periferias existenciales’ donde hay sufrimiento, soledad, degradación humana”.

Y pide algo especial.
Jesús dice que “conoce y le conocen las ovejas”
El Papa invita:
a “seguir el olfato que tiene el Pueblo de Dios para hallar nuevos caminos” y la advertencia para evitar caer “en el espíritu del carrerismo” y de la ambición”.
“En el Evangelio hay un pasaje del Evangelio que “habla del pastor que, cuando vuelve al redil, se da cuenta de que falta una oveja, deja a las 99 y va a buscarla”.
“Va a buscar una”, subrayaba, y exclamaba después llamando en causa a todos los cristianos:
“¡Nosotros tenemos una; nos faltan las 99!
Debemos salir a buscarlas”

“Esta es una gran responsabilidad y debemos pedir al Señor:
la gracia de la generosidad y el valor y la paciencia para salir,
para salir a anunciar el Evangelio.
Ah, esto es difícil.
Es más fácil quedarse en casa, con esa única oveja.
Es más fácil con esa oveja, peinarla, acariciarla… pero nosotros sacerdotes, también vosotros cristianos, todos: el Señor nos quiere pastores, no peinadores de ovejas; ¡pastores!

Y así como un rebaño no pude prescindir de la guía del pastor, un pastor no existe sin una grey a la que pastorear:

“Al final un obispo no es obispo para sí mismo, es para el pueblo;
y un sacerdote no es sacerdote para sí mismo, es para el pueblo:
al servicio de, para hacer crecer, para pastorear al pueblo, precisamente al rebaño, ¿no?
Para defenderlo de los lobos.
¡Es bello pensar esto!
Cuando en este camino el obispo hace eso es una bella relación con el pueblo, como el obispo Pablo hizo con su pueblo, ¿no?
Y cuando el sacerdote tiene esa bella relación con el pueblo, nos da un amor: viene un amor entre ellos, un verdadero amor, y la Iglesia se vuelve unida”. (Misa en la capilla de Santa Marta, 15 de mayo).

Un solo rebaño y un solo pastor.
Muchos pequeños rebaños.
Muchos generosos pastores.
Una Iglesia compuesta de rebaños y pastores.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para la Pascua: Sábado de la 3ra Semana – Ciclo B

San Marcos, Evangelista

“Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará, el que se resista a creer será condenado”. (Mc 16,15-20)

La celebración de la fiesta de San Marcos, evangelista, rompe o interrumpe el capítulo 6 de Juan que es la base de la liturgia de todos estos días.

Y el gran mensaje que se nos ofrece hoy es el mandato de Jesús:
el universalismo del Evangelio.
el universalismo del anuncio.
el universalismo de la fe.
el universalismo de la salvación.
“Id al mundo entero”

El Evangelio tiene que encarnarse en cada lugar, en cada cultura de cada época y en cada raza y color.
Pero la encarnación no puede significar ni reduccionismos y privatizaciones.
Las culturas nos impondrán un modo de presentarlo.
Las razas y los distintos pueblos condicionarán el modo de anunciarlo.
Pero en modo alguno reducir su universalidad.
Ni tampoco su anuncio.

El creyente debe encarnarse en la cultura donde vive.
Pero la cultura no puede limitar su universalidad.
Tiene que estar dispuesto a “ir al mundo entero”.
Reducirnos a nuestra a nuestro provincialismo porque aquí hay necesidades es recortar el Evangelio.
Jesús fue claro cuando en Cafarnaún “todo el mundo te busca”.
Su respuesta es clara: “también en otras partes me necesitan”.

La fe y la Iglesia se empobrecen en la medida en que quedan apresadas por los localismos y provincialismos y regionalismos o nacionalismos.
La Iglesia tiene que tener una visión que está por encima de todos esos “ismos”.

También Israel necesitaba de la presencia de los Discípulos.
Pero Jesús los envía “al mundo entero”.
El universalismo es posiblemente uno de los mejores signos de la credibilidad del Evangelio.
El universalismo es una de las fuentes del enriquecimiento y vivencia de la fe.

Es cierto que no todos podremos ir por “el mundo entero”.
Pero aquellos a quienes el Señor ha llamado a la misión evagelizadora y al anuncio del Evangelio no pueden priorizar los localismos a la universalidad de todos los pueblos.
También a Jesús le necesitaban en Cafarnaún.
Todos te están buscando.
Pero la respuesta fue clara “vamos a otras aldeas, que también allí nos necesitan”.

Jesús quiere dar la oportunidad a todos.
Nadie debe quedar excluido del anuncio del Evangelio.
Nadie debe quedar excluido de las posibilidades de creer.
El mejor ejemplo lo tenemos en el mismo Pablo:
Fundaba una comunidad, la establecía.
Luego se largaba a crear una nueva.
Pablo, en nada se parecía a esos párrocos eternos que no aciertan a dejar su parroquia para que ella misma se abastezca a sí misma.

No somos católicos por pertenecer a Roma.
Somos católicos porque somos de todos y para todos.
Somos católicos porque nos interesamos de todos y por todos.
El mismo Jesús que se “sentó a la derecha del Padre”, “cooperará confirmando la palabra con las señales que los acompañaban”.
El creyente no cabe en su pequeño mundo provincialista. Solo cabe en el mundo entero.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para la Pascua: Viernes de la 3ra Semana – Ciclo B

“El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”. (Jn 6, 52-59)

¿Verdad que cuando hablamos de Dios lo vemos bien lejano y casi inasequible?
Vemos lejos al que tenemos tan cerca.
Vemos lejos al que llevamos dentro de nosotros mismos.
Vemos lejos al que vive y nos da vida cada día.

Estamos tan acostumbrados a ver a Dios en el cielo, que casi todos padecemos de tortícolis de tanto mirar hacia arriba, cuando en realidad ni necesitamos abrir los ojos para verlo.
Basta con un sencillo mirarnos por dentro para encontrarnos con El.

A veces, siento como si tuviésemos miedo a nuestro propio misterio.
Tenemos miedo a imaginarnos que nosotros somos el cielo de Dios.
Tenemos miedo a pensar que somos la casa donde vive y habita Dios.
Por eso nuestra oración tiene mucho de avión.
Es una oración que tiene que volar hasta el cielo.
Cuando en realidad nuestra oración tendría que quedarse dentro de nosotros.
No nos habituamos a nuestro misterio.
Y Jesús es bien claro: El Padre vive, el Padre vive en Jesús y Jesús en el Padre, y Jesús vive también en nosotros.
Somos parte de la Santísima Trinidad.
Pertenecemos al misterio de Dios.
Y Dios pertenece al misterio de cada hombre.

Felizmente hoy comulgamos mucho.
Los monjas no se dan abasto para hacer tantas “hostias que serán la carne de Jesús” o “Jesús mismo hecho carne”, encarnado en un pedacito de pan tan chiquito.
Pero, la pregunta que tendríamos que hacernos cada vez que comulgamos sería la afirmación misma de Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.
Jesús que habita en nosotros.
Nosotros que habitamos en El.
Nosotros que somos la casa de Jesús.
Jesús que es nuestra casa.

No estamos vacíos.
Podemos estar solos, pero no vacíos.
Puede que nadie esté en casa, pero nosotros seguimos habitados.
Puede que no tengamos con quien hablar.
Pero siempre tenemos a tres con los que dialogar todo el día.
Puede que nadie nos conozca, pero siempre hay en nosotros alguien que sabe nuestro nombre.

Comulgar es algo más que un acto piadoso.
Comulgar es entrar en el misterio de la vida de Dios en Jesús.
Creo que fue San Francisco de Sales quien dijo que “una sola comunión era suficiente para hacernos santos”.
¿No será preferible decir que una sola comunión nos hace partícipes de la vida misma de Dios en Jesús por medio del Espíritu Santo?

Yo no sé cuán importante puedo ser para los que me rodean.
Lo que sí sé, es que yo soy demasiado importante para quien habita y mora en mí.
Y tengo que confesar que me encanta un Dios:
Que quiso asumir nuestra vida.
Que tomó el pecho como cualquier niño.
Que comió papilla porque no tenía aún dientes.
Que comió de nuestro pan y le supo muy bien.
Que bebió de nuestro vino y le encantó.
Que comió de nuestros pescados y le gustaron.
Que comió de nuestro arroz y le fue muy bien.
Que comió de nuestras patas y estaban buenas.

Y ahora le encanta que seamos nosotros:
Los que comemos de su carne.
Los que bebamos de su sangre.
Los que le comamos a El.
Nunca viviremos una vida más vida que cuando Dios se hace vida nuestra.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para la Pascua: Jueves de la 3ra Semana – Ciclo B

“Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser e que procede de Dios; ese ha visto al Padre, os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. (Jn 6,44-51)

Creer no es un ego de poker ni de ajedrez.
Creer no es un voluntarismo.
Creer es escuchar a Dios.
Creer es un don y regalo de Dios.

Por eso la fe comienza:
“Escuchando a Dios”
Es escuchar lo que nos dice Dios.
Y Dios nos lleva sien a Jesús.
El camino de la fe es siempre Jesús.

Creemos como si fuese una decisión nuestra.
Cuando en realidad es un don de Dios.
Porque creer es una especie de manifestación de Dios en nosotros.
Creer es una especie de revelación de Dios en nosotros.
Y la fe no comienza por saber que Dios existe. Esto también lo saben los ateos por más que lo nieguen.
La fe es sentir a Dios en nuestra mente y en nuestro corazón.
Y la fe comienza descubriendo a Jesús y encontrándonos con Jesús.
Es descubrir y comer a Jesús “pan de vida”.
Por eso la comunión es el alimento de nuestra fe.
Es el sacramento de nuestra fe y que nosotros lo decimos después de la consagración, después que hemos convertido el pan en “pan de vida”.
Se necesita fe para comulgar, para comer el pan de vida.
Y a la vez la comunión fortaleza y aumenta nuestra fe.
“Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado”.

Por eso comulgar es entrar a compartir la “vida de Jesús” que es la “vida de Dios”.
“Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna”.

La fe es una actitud mental que nos abre a las maravillas de Dios.
La fe es una actitud cordial que nos abre al amor de Dios, que es la vida de Dios.
La fe es compartir la vida eterna de Dios.
La fe es compartir desde ya la “vida eterna”.
La vida eterna no comienza en nosotros cuando termina nuestra vida terrenal.
La vida eterna la llevamos ya en nosotros desde el momento en el que podemos decir “yo creo”
La comunión y experiencia del más allá comienza ya aquí.
Desde el momento en que creemos ya la vida eterna se hace realidad en nosotros.
Por eso, creer no puede ser algo indiferente.
Creer es hacernos semejantes a Dios.
Creer es como un nacer de nuevo a la vida nueva de la eternidad.

Comulgar, comer el “pan de vida” es:
Tener en nosotros la vida eterna del Padre.
Y esto se convierte también en “vida para el mundo”.
Es una pena que la comunión sea con frecuencia un rito que hacemos.
Que comulguemos como una actividad piadosa.
Comulgamos y nos llenamos de la vida de Dios.
Y esto se nos pasa desapercibido y nos sentimos la grandeza de nuestra vida.
Comulgamos que estamos dando nueva vida al mundo.
Comulgamos y estamos cambiando al mundo.
“El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.
De nosotros depende que el mundo tenga vida.
De nosotros depende que el mundo esté animado por la vida de Dios.
De nosotros depende que el mundo esté vivo o muerto.
De nosotros depende que el mundo “exista” o “viva”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para la Pascua: Miércoles de la 3ra Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a la gente: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed; pero como os he dicho, me habéis visto pero no creéis… Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no se pierda nada de los que me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. (Jn 6,35-40)

Qué fácil es para muchos el ser cristiano.
Cumplimos cuatro disciplinas y ya nos creemos auténticos.
El ser cristiano es mucho más serio y mucho más hondo.
Ser cristiano es “comer el pan de vida”.
Ser cristiano es configurarnos con Jesús.
Ser cristiano es “ver al Hijo”.
Ser cristiano es creer en el “Hijo”.
Ser cristiano es tener la “vida eterna”.

La gran diferencia entre la religión de la ley y la nueva religión está dentro de nosotros.
No se trata de cumplir con los mandatos de la ley.
Porque se puede cumplir con la ley e interiormente seguir igual.
No se trata de unas prácticas religiosas.
Porque se puede cumplir con prácticas religiosas e interiormente no cambiar en nada.

Ser cristiano es vivir en el Hijo y del Hijo.
Ser cristiano es identificarnos interiormente de la vivencia del Hijo.
Somos cristianos en la medida en que vivimos la vida del hijo.
Somos cristianos en la medida en que el Hijo vive en nosotros.

La voluntad del Padre es que “todos nos salvemos”.
La voluntad del Padre es que “ninguno se pierda”.
La voluntad del Padre es que tengamos “su vida”.
La voluntad del Padre es que desde ya vivamos la vida eterna.
Vivamos la vida de Dios.
Vivamos la vida del Padre manifestada en el Hijo.

Nos han enseñado que tenemos que salvarnos y no condenarnos.
Y no somos nosotros los que nos salvamos.
Es el Padre el que primero quiere nuestra salvación.
Más que nosotros mismos es el Padre el que quiere nuestra salvación.
Y para eso nos envió a su Hijo.
Jesús es la mejor y máxima expresión de que Dios no quiere que nadie se pierda.

Y esa es la verdad de nuestra fe.
Creer en Jesús y no en las leyes de los hombres.
¿Nos salvará el Derecho Canónico?
No dudo de la necesidad del Derecho Canónico en una Iglesia como institución.
Pero la salvación es persona.
Más nos salva “Jesús como pan de vida” que todos los cánones.
Pero Jesús “pan de vida” es una vida nueva dentro de nosotros.
No es un Jesús simple modelo moral de nuestra vida.
Es un Jesús en el cuál creemos.
Es un Jesús al cual comemos para convertirnos en él y él en nosotros.

Por eso la comunión es mucho más que un recibir un pedacito de pan.
La comunión es mucho más que una devoción.
La comunión es vida nueva en nosotros.
El pan es asumido por nosotros.
Pero nosotros somos asumidos por el pan.
Y juntos comenzamos a vivir la vida misma de Jesús.
La fe es más que creer ideas y doctrinas cristianas.
La fe es dejarnos transformar por la vida de Jesús que es la vida del Padre.
Creer es llevar en nosotros la vida de Dios.
Creer es vivir desde ya la resurrección del último día.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para la Pascua: Martes de la 3ra Semana – Ciclo B

“ Dijo la gente a Jesús: “¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra?” (Jn 6,30-35)

Tenía razón Jesús para decirles que le seguían por el estómago, y no porque habían visto el signo. Porque casi a continuación la gente le exige a Jesús para creer en el dos cosas:
¿Qué signos haces?
¿Cuál es tu obra?

Cuesta creer en él.
Se le exige señales y signos que den razón de él.
Se le exige explique claramente cuál es su misión, su obra.

Uno se pregunta:
¿qué pasa con nuestro corazón, para no ver los signos que Dios nos ofrece?
¿qué pasa con nuestro corazón, para no ver y reconocer la obra salvadora de Jesús?
O tal vez sería mejor preguntarnos ¿qué señales tendrá que darnos Dios para que podamos creer en él? Diera la impresión de que:
No todos los signos son suficientemente claros.
No todos los signos son suficientemente inteligibles.
Que los únicos signos que nosotros entendemos son los que a nosotros nos interesan.
Que nos cuesta leer el actuar y el comportamiento de Dios.
Que nos cuesta leer lo que Dios escribe cada día en nuestras vidas.

Pero tampoco creo sea suficiente lamentar la ceguera de aquella gente.
Que tampoco la podemos negar.
Y que todo esto nos plantea, tanto a la Iglesia como nosotros sus miembros, varias inquietudes y responsabilidades.
Es cierto que Dios tiene un lenguaje propio.
Y que nosotros tenemos que aprender a leer e interpretar.

Pero también es verdad que no todo lo que hacemos es legible para la gente.
Que no todo lo que hablamos es inteligible para la gente.
Que podemos decir muchas cosas que a la gente no le dicen nada.
Que podemos hablar desde nosotros, pero no desde lo que la gente es capaz de entender.
Que podemos hacer muchas cosas que a la gente le resultan indiferentes.
Que posiblemente no es suficiente eso de “siempre ha sido así”.
Que posiblemente lo que en un tiempo tenía valor hoy no lo tenga.
Que a veces hablamos en chino a quienes solo hablan quechua.
Que a veces hablamos para que entiendan los grandes teólogos o para demostrar nuestra ciencia, pero que todo ello no llega a la gente.
Que palabras que en otro tiempo decían algo, hoy resultan extrañas.
Que exigencias que en otro tiempo pudieran ser válidas, hoy a la gente le resbalan.

Lo cual requiere de nosotros también un cambio:
Jesús no les dio la razón y hasta manifestó la extrañeza de su falta de fe.
Pero, si bien la verdad sigue siendo la misma, su presentación no puede ser igual.
¿Qué signos de credibilidad pie el hombre de hombre de hoy?
Signos de libertad.
Signos de compromiso con los oprimidos.
Signos de coherencia entre fe y vida.
Signos de pobreza y compromiso.
Signos de sencillez y no de exhibicionismo.
No hablemos mucho, pero vivamos mucho.
Que nuestras vidas sean las que hacen creíble a Jesús.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para la Pascua: Lunes de la 3ra Semana – Ciclo B

“Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la orilla del Lago, la preguntaron:”Maestro, ¿cuándo has venido aquí? Jesús les contestó: “Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto los signos, sino porque comisteis hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios”. (Jn 6,22-29)

Un Evangelio que tiene valor perenne porque pone en cuestionamiento el por qué de nuestra fe.
La gente se entusiasma con Jesús por el milagro de los panes.
Y por eso, en vez de irse a sus casas, le sigue.
Pero Jesús no es de los que busca grandes manifestaciones.
Y menos cuando se da cuenta de que quieren declarar su jefe y cabeza.
Desaparece de la escena y se va a Cafarnaún.
Pero la gente se le adelanta y le encuentra junto al lado.
Jesús no se emocione ni echa a vuelo las campanas de su fama y éxito.
Por el contrario la cuestiona preguntándoles por los motivos por los que le
siguen.
“Me buscáis, no porque habéis visto los signos, sino porque comisteis hasta saciaros”.

La pregunta es clara:
¿Cuáles son los motivos de nuestra fe?
¿Cuáles son las razones de nuestra fe?
¿Cuáles son las razones por las que rezamos?
¿Cuáles son las razones por las que vamos a misa?
¿Cuáles son las razones por las que somos cristianos?

¿Son razones de credibilidad?
¿Son razones de utilidad?
¿Por qué soy cristiano yo?
¿Qué hemos visto en el cristianismo para hacernos cristianos?
¿Qué hemos visto en la Iglesia para hacernos miembros suyos?
¿Hemos visto los signos de Jesús?
¿Hemos descubierto personalmente a Jesús?
¿Hemos reconocido la verdad de Jesús?

Porque los motivos pueden ser múltiples:
Somos cristianos simplemente porque nos bautizaron de niños.
Pero nunca hemos tenido una experiencia personal de Dios ni de Jesús.
Tampoco hemos tenido una experiencia personal de la verdad de la Iglesia.
Somos cristianos por tradición familiar de abuelos, a padres y a hijos.
Porque todo el mundo lo hace y nos dejamos llevar de la corriente
Seguidores de Jesús pero que no hemos visto sus signos.

Concretando más aún las cosas pudiéramos preguntarnos:

¿Por qué rezamos?
¿Porque queremos hablar amistosamente con Dios?
¿Para asegurar nuestra relación filial con Dios Padre?
¿Por qué nos interesa la ayuda del Señor para solucionar nuestros problemas?

¿Por qué nos casamos por la Iglesia?
¿Por qué tenemos fe en el sacramento del matrimonio?
¿Porque queremos la bendición de Dios para nuestro amor?
¿Porque queremos que nuestro hogar sea realmente signo del amor de Dios?
O simplemente:
Por complacer a nuestros padres.
Por no llamar la atención.
Porque es bonita la celebración.
Para que digan que estamos bien casados.

¿Por qué me hice sacerdote?
¿Porque he sentido la llamada de Dios en mi corazón?
¿Porque he sentido que quiero ser un servidor de la comunidad de la Iglesia?
O simplemente:
Porque crea un status social.
Porque es una manera de vivir.
Porque es una profesión como cualquier otra.

Y pudiéramos seguir con otras muchas preguntas.
Lo importante ¿qué nos dice Jesús a cada uno de nosotros?
¿Qué he visto los signos o porque es una manera de saciar nuestra vida?
Son preguntas que no podemos responder de memoria.
Sino que tienen que cuestionar nuestras vidas.

Clemente Sobrado C. P.