Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Santiago Apóstol

Santiago Apóstol“Se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. El le preguntó: “¿Qué deseas?” “Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”. “No sabéis lo que pedís”. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?” “Mi cáliz lo beberéis, pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre”. (M t 20,20-28)

La fiesta de Santiago se mueve entre la leyenda y la historia.
La leyenda puede servirnos como lectura edificante.
La historia nos sirve para aprender a seguir a Jesús.

Una historia que comienza por una llamada y una respuesta total, en la que se deja todo por seguir a Jesús.
Una historia en la que nunca faltan las mamás que interfieren en la vida de los hijos.
Una mamá que, más que en el seguimiento, piensa en la grandeza de sus hijos.
Una mamá que:
No entiende lo que es decir sí total a Jesús.
No entiende lo que es abandonarlo todo por Jesús.
No entiende lo que ser fiel a Jesús hasta el final.
No entiende lo que es “seguir a Jesús”.

Y un Jesús que:
No recrimina a la madre.
No se enfada con la madre.
Entiende el corazón de las madres.
Sino que se enfrenta a los a discípulos.
Son ellos los que han decidido seguirle.
Son ellos los que tienen que definirse a sí mismos, entre la búsqueda de los primeros puestos y la experiencia de la Cruz.
“Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”
No es la madre la que tiene que marcar el camino de sus hijos.
Son ellos los que tienen que definirse frente a Jesús y seguir su camino.

Jesús no promete ni los primeros ni los segundos puestos a nadie.
Jesús lo que ofrece es el desafío de correr su propia suerte.
Y, distanciándose de las peticiones de la madre, ellos aceptan al “cáliz de Jesús”.

Los demás discípulos “se indignan contra las pretensiones” de una madre y el inicial consentimiento de los hijos.
Ninguno de ellos se “indigna” por decidir “beber el cáliz de Jesús”.
Ninguno de ellos se “indigna” por decidir “dar la vida por la causa de Jesús”.
Y resulta curioso, que es precisamente uno de esos hijos, Santiago, el primero que correrá la suerte de Jesús.
Porque es, precisamente Santiago, el primero en sufrir el martirio por la causa de Jesús.
Es ahí donde se define la verdad del seguimiento.
Es participando en la Cruz de Jesús, mediante el martirio, donde el seguimiento se hace verdad.
El verdadero valor de Santiago no está en la leyenda o historia de su predicación en España.
Sino en marcar el camino de los demás discípulos de cómo llegar a la auténtica identificación con Jesús.

Está bien que recordemos la “leyenda histórica o no”.
Será siempre una señal por donde tienen que caminar los que se entregan a la causa del Evangelio.
Pero, la leyenda, no puede hacernos olvidar la verdadera historia: “ser el primero en dar su vida por el Evangelio” que es la mejor manera de anunciarlo y testimoniarlo.

Aquí ya no figura el cariño maternal.
Aquí ya no cuentan los primeros puestos.
Aquí lo que cuenta es que el mejor título para ser el primero en el reino, es dar la vida por el reino.

Santiago: No sé si estuviste o no en mi tierra.
Santiago: Te agradezco tu valentía en proclamar el Evangelio sea en mi tierra o en cualquier otro lugar.
Santiago: De todos modos, haz actual hoy, tu martirio y testimonio también en mi tierra que tanto lo necesita.
Santiago: Regálanos hoy tu coraje y valentía para que la fe por la que diste tu vida y que no se apague hoy en esas tierras, que se han convertido en centro de peregrinación de cuantos buscan algo en la vida.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 17 – Ciclo C

“Una vez que esta Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación”. (Lc 11,1-13)

Señor, enséñanos a orar

Se pueden mandar muchas cosas.
Se pueden obligar muchas cosas.
Pero no se puede mandar orar.
No se puede obligar a orar.
No se puede imponer la oración.
No se puede imponer la amistad.
Las amistades se eligen.
No se puede obligar a amar.
El amor brota del corazón.
No se puede obligar a creer.
La fe es un don que nace en el corazón.

Una oración obligada no sería oración.
Sería repetir palabras.
Una oración impuesta no sería oración.
Sería un aburrimiento con ganas de terminar pronto.

Porque la oración:
Tiene que nacer del corazón.
Tiene que brotar del corazón.
Tiene que nacer del deseo de orar.

Resulta extraño que Jesús, que les habló de tantas cosas, no les hubiese enseñado algo que es fundamental en la relación con El y con el Padre: a orar.
Jesús no quería que la oración de los suyos fuese una obligación de la Ley.
Se puede cumplir con la Ley diciendo cosas, pero sin orar.
Jesús espera a que sean ellos los que sienten necesidad de hablar con el Padre.
Jesús espera a que sean ellos los que piden hablar con el Padre.
Jesús espera a que sean ellos los que descubran la necesidad de la oración.

Lucas, tiene un detalle que no debiéramos olvidar.
Comienza diciendo que “Una vez que Jesús estaba orando en cierto lugar”.
Jesús no comenzaba por dar lecciones o cursillos sobre la oración.
Jesús era de los que “el mismo oraba” delante de ellos, sin obligarlos a ellos.
Jesús era de los que “con su ejemplo” quería naciese en ellos el deseo de orar.
Y es ahí, donde ellos se debieron sentir sorprendidos.
Y es ahí, donde ellos se sintieron tocados y con deseos de también orar.
“Enséñanos a orar”.
Ponen el ejemplo de Juan, pero el deseo brotó de verlo orar a El.

Es que la oración tiene que nacernos de dentro.
La oración debe nacer del deseo interior.
La oración debe nacer del deseo del corazón.

Es inútil que enseñemos qué es la oración, si no nos ven orar.
Es inútil que enseñemos una serie de oraciones, si ven que nosotros no oramos.
Comencemos nosotros por orar.
Y veremos que otros también se deciden a orar.
No la oración que se impone desde fuera.
Sino una oración que nace de dentro.
¿Recuerdan la oración sacerdotal:
“Padre, este es mi deseo, que aquellos que me diste..”
Tu oración debe ser la medida de tu oración y la oración la medida de tus deseos.
O como escribiría A. Nervo:
“Pues busco, debo encontrar.
Pues llamo, débeme abrir.
Pues pido, me deben dar.
Pues amo débeme amar
Aquel que me hizo vivir”
“¿Calla? Un día me hablará.
¿Me pone a prueba? Soy fiel.
¿Pasa? No lejos irá:
pues tiene alas mi alma, y va
volando detrás de él”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 16 a. Semana – Ciclo C

“El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó…¿Quieres que vayamos a arrancarla?” “No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta al siega”. (Mt 13,24-30

Somos muchos los que sembramos.
Son muchas las clases de semillas.
Mientras unos siembran buena semilla de trigo, otros siembran cizaña.
De alguna manera todos somos sembrados del bien y del mal.
Siembran los agricultores.
Siembran los políticos.
Siembran los economistas.
Siembran los ricos.
Siembran los pobres.
Siembran los santos.
Siembran los pecados.
La diferencia está en qué sembramos cada uno.
Porque:

Mientras unos siembran paz, otros siembran guerra.
Mientras unos siembran bondad, otros siembran enemistad.
Mientras unos siembran amor, otros siembran odio.
Mientras unos siembran comprensión, otros siembran incomprensiones.
Mientras unos siembran verdad, otros siembran mentira.
Mientras unos siembran unión, otros siembran división.
Mientras unos siembran alegría, otros siembran tristeza.
Mientras unos siembran bienestar, otros siembran pobreza.

Algunos siembran verdad, pero luego se duermen.
Algunos siembran bondad, pero luego se duermen.
Algunos siembran Evangelio, pero luego se duermen.
Es curioso:
Mientras unos se duermen, nunca faltan los que están despiertos.
Los ladrones suelen aprovecharse mucho de nuestro plácido sueño.
El gran peligro que todos tenemos es “quedarnos dormidos”.
Porque otros aprovechan nuestro sueño para sembrar otras cosas.
Nos lamentamos de que muchos abandonan la Iglesia.
¿No será que nosotros, entre tanto, nos quedamos dormidos?
Mientras nos preocupamos de unos pocos, otros quedan abandonados.

Bella imagen de la Iglesia:
Tenemos una Iglesia santa.
Pero, a la vez, tenemos una Iglesia de santos y pecadores.
Tenemos una Iglesia de buenos y malos.
Una Iglesia con rostro de santidad, pero también una Iglesia con demasiados rasguños en sus vestidos.
Una Iglesia con rostro de santidad, pero también demasiados malos escondidos bajo su santidad, hasta que una mañana se destapan y vienen los escándalos.

Claro que muchos tienen soluciones radicales:
“¿Arrancamos la cizaña?”
Dios no es de los que “arranca la cizaña”.
Deja que “trigo y cizaña crezcan juntos”.
Deja que “buenos y malos crezcan juntos”.
Deja que “santos y pecadores caminen juntos”.

Muchos tenemos demasiadas prisas para echar fuera a los malos.
Dios no tiene prisa y prefiere siempre esperar.
Arrancar la cizaña puede ser fácil.
Pero con la cizaña, ¡cuánto trigo se puede perder!
Me dan miedo los que se escandalizan de los defectos de la Iglesia.
¿Acaso no son nuestros defectos?
Me dan miedo los que prefieren una Iglesia “sin mancha ni arruga, sino santa e inmaculada”.
Sería el ideal de Iglesia.
Yo amo esa Iglesia real, hecha de muchas vidas, santas y pecadoras.
Si hubiésemos arrancado a Ignacio de Loyola, hoy no tendríamos la Compañía de Jesús.
Si hubiésemos arrancado a Agustín, hoy no tendría a San Agustín.
¡Cuántos santos que un día fueron pecadores!
¡Cuántos pecadores que hoy son santos!

Dediquémonos a sembrar el Evangelio.
Pero luego, no nos tumbemos a tomar la siesta.
Que nos duelan los malos, pero tengamos fe en las posibilidades de la gracia.
No tengamos prisas, sepamos esperar a las decisiones de Dios.
Mientras tanto, posiblemente soy un pecador que camino al lado de un santo.
Como también es posible que un pecador esté caminando a mi lado de pecador.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Santa María Magdalena

Santa María MagdalenaSanta María Magdalena

“Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó u vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntaron: “Mujer ¿por qué lloras? Da media vueltas y ve a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: Mujer ¿por qué lloras? ¿a quién buscas? Jesús le dice: “¡María!” Ella se vuelve y la dice: “¡Maestro!” (Jn 20,11-18)

El corazón femenino tiene sus intuiciones.
No ve nada, pero sigue buscando.
Es capaz de ver hortelanos y descubrir en ellos a Jesús.
La Magdalena tiene un corazón enamorado de Jesús.
Tiene un corazón que no se resigna a vivir sin Jesús.
Es consciente de cuánto le debe.
Es consciente de dónde la sacó.
Y su corazón no puede olvidar lo que Jesús ha hacho en ella.
No tiene miedo a la oscuridad y acude de madrugada al sepulcro.

Por algo que el Papa Francisco nos dice que la Iglesia:
No puede prescindir de “genio femenino”.
La Iglesia necesita de la mujer.
“Es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia”. (EG n 103)
Es la mujer el primer testigo de que Jesús está vivo.
No se queda mirando el sepulcro vacío.
Se dedica a buscarlo.

“Mujer, ¿por qué lloras?”
Cuando el corazón siente el vacío lo expresa en lágrimas.
Cuando el corazón siente el vacío de Jesús lo expresa en ternura.
No importa que esté muerto.
No importa lo hayan robado.
El sigue vivo en su corazón.
Llora la ausencia, porque el corazón sin El se convierte en sepulcro vacío.

Hay demasiadas lágrimas junto a los sepulcros.
Tal vez porque:
Aún no hemos descubierto que los sepulcros están vacíos.
Aún no hemos creído de verdad que nuestros seres queridos tampoco están allí.
Aún no hemos creído que nuestros seres queridos siguen vivos.
Aun no hemos descubierto que la semilla de vida que llevamos dentro, ya ha brotado en nueva vida.
No pueden ser lágrimas de desesperación.
No pueden ser lágrimas de desesperanza.
Aunque también entendemos que cuando los ojos no ven, el corazón llora.
Cuando los ojos no ven nada, el corazón se llena de vacío.

La primera señal de que ha resucitado:
Es encontrarse con El.
Es sentir que Jesús pronuncia nuestro nombre.
María volvió a la vida cuando sintió que Jesús decía su nombre.
“María”.
Recién entonces se le abren los ojos.
Recién entonces comienza a latir el corazón.
Recién entonces comienza ella a vivir.
Recién entonces comienza a ser ella misma.

Y será ella la primera en llevar la noticia a los hermanos.
“Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y vuestro”.
La verdadera alegría pascual se expresa:
Cuando nos sentimos llamados por nuestro nombre.
Cuando Jesús mismo dice nuestro nombre.
Cuando Jesús mismo nos hace testigos de la novedad de la Pascua.

No entenderemos la Pascua porque nos lo contaron.
No entenderemos la Pascua porque nos lo han dicho.
La Pascua es un encuentro.
La Pascua es sentir que el Resucitado dice nuestro nombre.
La Pascua es cuando nos hacemos sus testigos.
La Pascua es cuando regresamos a los hermanos.
La Pascua es cuando somos portadores de la buena noticia.
La Pascua es cuando somos capaces de llevar la alegría a los que están tristes.
La Pascua es cuando en vez de quedarnos a la puerta del sepulcro buscamos entre las flores del jardín.
En el primer jardín fue Dios que buscaba al hombre y decía su nombre: “Adán, ¿dónde estás?”
En el segundo jardín, es una mujer que busca a Dios y se siente llamada por él.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 16 a. Semana – Ciclo C

“Se acercaron los discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas? El les contestó: “A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír entender. ¡Dichosos ustedes porque sus ojos ven y sus oídos oyen!” (Mt 13,10-17)

Me viene a la mente una experiencia. Me vinieron tres Señoritas, del grupo Hijas de María, y me pidieron les predicase el Triduo de mayo. Y comenzaron por hacerme tremendos elogios del predicador del año pasado.
Llevado de la curiosidad les pregunto: “¿Y de qué hablé el del año pasado?”
Se quedaron mirando y una dice: “¿De qué habló?”
Había hablado bien pero no entendieron ni recodaban nada.

Los discípulos se hacen la misma pregunta que nos hacemos nosotros.
El estilo de hablar de Jesús resulta extraño.
Porque Jesús no es de los que hace filosofías, ni crea ideologías.
Además, Jesús no es de los que impone sus ideas a nadie.
Ni es de los que hablan para gente entendida.
Jesús habla el lenguaje del pueblo.
Jesús habla el lenguaje de la realidad de la vida del pueblo.
Habla para que todos puedan entender.
Y aún así, mucho oyen pero no escuchan.
Miran pero no ven.

El lenguaje de la parábola:
Es un lenguaje popular.
No es un lenguaje impositivo.
Jesús no quiere imponer sus ideas.
Jesús habla no desde las ideas.
Prefiere hablar desde el lenguaje del pueblo sencillo: semillas, redes, luces, granos, fiesta de bodas, viñas y viñedos y hasta se fija en las higueras.
Nada de lenguaje académico, sino lenguaje de la gente sencilla del pueblo.

Además, las parábolas:
No tienen nada de imposición.
No obligan a que pensemos como él.
Sencillamente deja que cada uno saque su propia conclusión.

Ese es el problema de nuestra predicación:
Nosotros hablamos desde nuestro saber intelectual.
Hablamos de nuestras propias filosofías.
Desde nuestros conocimientos, eso que la gente sencilla no entiende.
Además nuestra predicación tiene mucho de impositivo.
Nuestra predicación tiene mucho de legalismo y moralismo.
Predicamos demasiado de lo que los otros “tiene que hacer”.
Predicamos demasiado de lo que los otros “tienen que saber”.

Jesús, por el contrario:
Habla mediante parábolas para que todos puedan entender.
No impone ninguna exigencia imperativa.
No hace moralismo.
Deja que cada uno escuche con su corazón.
Deja que cada uno saque sus propias consecuencias.
Deja que cada uno aprenda a ver lo que hay detrás.
Deja que cada uno aprenda a ver lo que Dios lo quiere decir.
Eso es lo maravilloso de la parábola.
Dejar que cada uno saque sus propias consecuencias.
Dejar que cada uno saque sus propias conclusiones.

Frente a la parábola:
Se expresa la libertad de cada uno.
Se manifiesta la conclusión de cada uno.
Que cada uno se sienta libre.
Que la Buena Noticia no sea una imposición.
Sino un encuentro y un descubrimiento de cada uno.
Además, Jesús pone de manifiesto, que la Buena Noticia es para todos.
Y no solo para los intelectuales e instruidos.
Sino para la gente sencilla del pueblo.
La parábola es un símil que no descubre toda la verdad.
La parábola es el medio para que cada uno llegue a la verdad.

A los discípulos les muestra la verdad al desnudo.
Al resto deja que la vayan descubriendo.
A los discípulos les exige ciertas exigencias.
Al resto deja que cada uno vaya descubriendo lo que él espera.

Francamente no me siento cómodo cuando predico.
Me siento como sentado en la cátedra que impongo mi modo de pensar.
Me gustaría más hablar como Jesús en parábolas y que cada uno libremente saque sus propias conclusiones.
Por eso, muchos oyen pero no escuchan.
Muchos miran pero no ven.
Mientras otros oyen y escuchan, miran y ven.
Es la suerte de toda parábola.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 16 a. Semana – Ciclo C

“Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca, se sentó, y la gente se quedó en pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: “Salió el sembrado a sembrar. Al sembrar un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso… otro poco entre zarzas… El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros sesenta; otros, treinta,. El que tenga oídos que oiga”. (Mt 13, 1-9)

El resto cayó en tierra buena y dio grano

También a Jesús le gustaría pasearse junto al lago, y relajarse contemplándolo.
La brisa del lago como de la playa suele ser relajante.
Allí se respira mejor y se relaja mejor.
Además el paisaje del lago es bello y hermoso.

Sin embargo diera la impresión de que ese respirar profundo en la playa no es para él.
Tan pronto lo vieron las gentes se amontonaron en torno a él.
Nosotros diríamos: “Por favor, que es la hora de la siesta, déjenme en paz”.
Jesús no. Su pasión es la gente.
Se olvida de sí mismo y comienza a hablarles “largo tiempo”.
Como la gente se le echa encima, él se sube a una barca y para darles tranquilidad, él mismo se sienta.
Es importante que la gente sienta que no tenemos prisa.
Es importante que la gente sienta que para él es lo más importante.

Con frecuencia, decimos que la gente no quiere escuchar.
Yo me pregunto si no seremos nosotros los que les privamos de las ganas de escucharnos, con nuestras prisas, como si fuesen una molestia.
Personalmente me fastidia cuando atiendo a alguien y al despedirse me agradece con “un gracias, Padre, por el tiempo que le he quitado, porque sé que usted está muy ocupado”.
A la gente hay que crearle la sensación de que son importantes, y que sus problemas nos interesan y que su presencia no nos molesta, por más que a veces, tengamos mucho que hacer.
Y no sentirlos como un estorbo.

Jesús comienza a hablarles y lo hace desde el lenguaje que mejor conocen.
Mediante parábolas tomadas de su propia vida de agricultores.
Y nada mejor conocido para un hombre del campo que las semillas.
Y Jesús comienza hablando de uno de ellos, que puede ser cualquiera, que salió a sembrar.
Las semillas están seguras en las manos del sembrador.
Pero luego, cuando son sembradas, quedan a su propia suerte.
Una suerte que depende de la tierra donde caen.
Hay semillas que caen en el camino.
Hay semillas que caen entre piedras.
Hay semillas que caen entre zarzas.
Hay semillas que caen en buena tierra.
Y es en la buena tierra donde las semillas brotan, crecen y dan fruto.
Eso lo saben ellos, desde su experiencia, mejor que Jesús que, de seguro no tenía terreno alguno donde sembrar.

Pero ¿qué les quiso decir con ello?
La misión de Jesús es también la de sembrar semillas del Reino.
La misión de Jesús es la anunciar el reino.
Su palabra se convierte en semilla.
Y su palabra puede correr la distinta suerte que el resto de semillas sembradas.
Por tanto, es una llamada a que cada uno, mire a su corazón y vea qué tipo de tierra es y:
a preguntarse si su corazón está duro como el camino.
a preguntarse si su corazón está lleno de maleza que ahoga la palabra.
a preguntarse si está lleno de piedras que impiden el crecimiento de la palabra.
a preguntarse si su corazón está tan lleno de maleza que ahoga sus plalabras.

La palabra es la misma.
La buena noticia es la misma.
Los oídos del corazón son diferentes.
Mientras unos dicen: “nadie ha hablado como este hombre”.
Otros dirán: “este es el carpintero”.
Mientras unos se dejan cambiar por la palabra y le siguen, otros, tienen demasiada maleza de prejuicios que impiden que la palabra dé fruto.

Basta que cada uno miremos a nuestro corazón:
Todos escuchamos el mismo Evangelio, pero no todos lo abren..
Todos escuchamos el mismo Evangelio, pero no todos nos dejamos fecundar por él.
Todos escuchamos el mismo Evangelio, pero no todos los corazones florecen en trigales y espigas.
Es la suerte de la Palabra de Dios.
Es la condición de cada uno de nosotros cuando la escuchamos: atentos, despistados, a aburridos o ni nos enteramos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 16 a. Semana – Ciclo C

“¡Oye! Ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte. Mas él respondió: “Quiénes son mi madre y quienes mis hermanos?” “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. (Mt 12, 46-50)

Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial

Jesús suele tener ciertas respuestas que descuadran a cualquiera.
Mientras está hablando a la gente, su madre y sus hermanos quieren hablar con El.
Y se lo dicen.
Pero Jesús da una respuesta que:
Aparentemente pudiera parecer como despectiva con su madre.
Y que sin embargo el pensamiento de Jesús va mucho más lejos.
Además, resulta lindo ver cómo aprovecha cualquier cosa para mirar siempre más lejos.

La mirada de Jesús no queda limitada por las cuatro paredes de la casa.
Jesús es de los que siempre mira al otro lado de las cosas.
Jesús es de los que no le gustan los espacios pequeños.
Sino que sus ojos siempre miran mucho más lejos.
La humanidad es el único espacio donde se encuentra bien.

Nació en un hogar.
Santificó la familia con su presencia.
Amó como todo hijo y más que cualquier hijo.
Pero no es el hombre que se encierra entre las cuatro paredes del hogar.
Jesús es el que vive caminando.
Jesús es el que vive en los caminos, mirando siempre más allá.
Durante su vida pública, ¿tendría su propia casa?
Su casa eran los caminos y la casa de cualquiera que se la abriera.

La familia de Dios es más amplia que nuestras familias.
La familia de Dios es más grande que la mismísima familia de Nazaret.
La familia de Dios abarca a toda la humanidad.

Por eso Jesús:
Por encima de la familia de la carne y de la sangre y del amor humano, crea una nueva familia.
Crea la familia que nace no del amor humano, sino de la palabra de Dios.
Crea la familia que nace no de la carne, sino la escucha de la palabra de Dios.
Crea la familia que nace no de la sangre, sino la fidelidad a la voluntad de Dios.

La familia de la carne y sangre siempre es una familia pequeña.
La familia que nace de la palabra de Dios es una familia amplia.
La familia que nace de la fidelidad a la voluntad del Padre es una familia universal.
La primera es la familia que nace de la creación.
La segunda es la familia que nace del Evangelio.
Una familia donde pierden el tiempo quienes quieren hacer su “árbol genealógico”.

Una familia:
Donde todos terminamos siendo “madres de Jesús”.
Donde todos terminamos siendo “hermanos de Jesús”.
Donde todos terminamos siendo “madres y hermanos” de todos.

Una familia que Pablo describirá bellamente:
“Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis vigorosamente fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura, y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios”. (Ef 3,14-19)

Necesitamos vivir, fortalecer y florecer nuestra familia humana.
Pero estamos llamados a vivir en la nueva familia que se abra a todos.
Y donde todos nos sintamos familia, hermanos.
Esto lo entendió y expresó bellamente Benedicto XVI en su Encíclica “Caritas in veritate” (La Caridad en la verdad):
“Hoy la humanidad aparece mucho más interactiva que antes; esa mayor vecindad debe transformarse en verdadera comunión. El desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que se reconozcan como parte de una sola familia, que colabora con verdadera comunión y está integrada por seres que no viven simplemente uno junto a otro”. (CV n. 53

Si cumplimos de verdad la voluntad del Padre, cada vez que:
Alguien pregunte por ti, ya sabes quien es.
Cuando alguien pregunte por ti, no es un extraño, es tu madre y tu hermano, por más que no sepas su nombre y apellido ni su dirección.

Clemente Sobrado C. P.