Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 22 – Ciclo B

“Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: “¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?” El les contestó: “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. (Mc 7, 1-8.14-15.21-23)

En el Perú celebramos a Santa Rosa.
Yo me voy a quedar con el Evangelio de domingo 22 del ordinario.

Nos encanta el aparecer, mucho más que el ser.
Nos encanta el salir bien perfumados, aunque el corazón huela a podrido.
Nos encanta que alguien nos pregunte: ¿Qué perfume usas?

Alguien de buen humor, pero muy realista me decía un día:
Las esposas se pelean cada día con el polvo de los muebles.
Mientras tanto tienen a sus maridos olvidados.
Esposas que se pasan el día con el plumero sacando el polvo de los muebles.
Y luego no tienen tiempo para sentarse un rato con sus maridos.
Esposas que tienen la casa reluciente.
Pero tienen los maridos como muebles en el almacén.

Eso es lo que acontece con la religión de la ley.
Lo importante es cumplir con la Ley.
No importa que el corazón esté en otro sitio.
Lo importante es cumplir el domingo con la Misa.
No importa si luego no se enteran ni de lo que dijo el cura.
Si no vamos a Misa porque no hemos podido, no comulgamos al domingo siguiente.
Pero si vamos y nos pasamos el tiempo contando los mosquitos o bostezando, y comulgamos tranquilamente.

Cuántas mujeres que están barriendo el cuarto, meten la basura debajo de la alfombra, porque llega una visita.
Lo importante es dar buena impresión de limpieza.
No importa si la basura la escondemos debajo de una alfombra que brilla.

Ese era el problema de aquellos fariseos y escribas llegados de Jerusalén:
No venían a escuchar al Maestro.
Venía a chismear.
No venían para encontrarse con la Buena Noticia de Dios.
Venían para ver si “cumplían con la tradición de los mayores”.

Era más importante lavarse las manos, que tener limpio el corazón.
Era más importante lavarse las manos, que limpiar su mente de los prejuicios.
Era más importante lavarse las manos, que tener un corazón con amor.

Dios no es de los que se fija mucho en si llevamos corbata.
Dios es de los que se fija si hablamos bien de los demás.
Dios no es de los que se fija mucho si la camisa está bien planchada.
Dios es de los que se fija si el corazón está sano.
Dios no es de los que se fija en el follaje del árbol.
Dios es de los que se preocupa de que el tronco tenga raíces sanas.
Dios no se fija en qué champú usamos.
Dios se fija en lo limpias que son nuestras mentes.

Para Dios está bien la limpieza externa, porque Dios tampoco es un cochino.
Pero a Dios sí le interesa lo limpio que está nuestro corazón.
Para Dios es importante la limpieza del cuerpo.
Pero a Dios le interesa más la limpieza del alma y del corazón.
Para Dios no es el polvo de los caminos lo que mancha las manos y el cuerpo.
Para Dios lo que mancha no es lo que se no pega desde fuera.
Para Dios mancha ese manantial que brota dentro de nosotros los “malos propósitos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios secretos, la codicia, la injusticia, la envidia, la difamación, el orgullo y la frivolidad”.

Y ahora la pregunta:
¿quiénes están limpios de verdad?
¿quiénes están sucios de verdad?
Que cada uno dejemos de mirar a nuestras manos y miremos un poquito más al corazón.
Se puede amar con manos “sin lavar”.
Pero no se puede amar “sin lavar el corazón”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Santa Rosa de Lima

En el Perú celebramos cada 30 de agosto la festividad de Santa Rosa de Lima. Se ha hablado mucho de su misticismo, de sus penitencias, de su vida de oración. Y todo eso es verdad y todo eso nos debe ayudar a vivir nuestra fe desde el otro lado de la realidad de las cosas.

Sin embargo, lo que a mí realmente me fascina de Santa Rosa, es que se trata de una mujer del pueblo, una mujer seglar. Yo sé perfectamente que ella vivió la espiritualidad dominicana y perteneció a la Tercera Orden. Pero esto no la hace monja. Quiso ser religiosa consagrada, pero Dios le pidió que vivieran la consagración de su bautismo en casa. Sigue siendo una mujer seglar, una mujer del pueblo. No se santificó en un Convento. Se santificó en su casa, la casa de su padre.

¿Qué tiene esto de particular? Sinceramente creo que mucho. Rosa es una de las primeras Santas de América Latina. Uno de los primeros frutos de la evangelización de Latinoamérica es una santa seglar. Es cierto que a su lado hubo religiosos y Obispos. Pero entre ese grupo de santos ocupa un lugar central Rosa de Lima. Y ella, como el primer fruto de santidad laical en América Latina. Por eso me fastidia que la representemos siempre como una monja del claustro.

Cada vez que pensamos en la santidad tenemos que pensar en sacerdotes, religiosos, religiosas, Obispos y Papas. ¿Y dónde está la santidad del Pueblo de Dios? ¿Dónde está la santidad de los seglares, de esos hombres y mujeres de a pie, que viven la vida de cada día en medio del mundo? ¿Esas madres de familia de los Comedores populares luchando por dar de comer a sus hijos? ¿O esos padres de familia sin trabajo que, cada día, salen en busca de un cachuelito, para mantener a su familia?

Durante el Sínodo de Obispos de 1980 sobre la familia, se habló mucho de la santidad del sacramento del matrimonio. Pero algún Obispo tuvo el coraje de preguntar al Prefecto de la Causa de los santos ¿cuántos seglares estaban en proceso de canonización? Hubo un silencio sepulcral en la sala. Prácticamente, de las miles de causas pendientes, las de los seglares se podían contar con los dedos de la mano. ¿Entonces de qué santidad del matrimonio estamos hablando? La Iglesia necesita de sacerdotes Santos, de religiosos Santos, de Obispos y Papas Santos. Pero la inmensa mayoría de la Iglesia, casi el 98.2 % de la Iglesia pertenece al pueblo de Dios, es decir, es seglar y laical.

Por eso, hemos vivido la mentalidad de que, para ser santo era preciso ser religioso, religiosa, sacerdote y de ahí para arriba. Mientras tanto, el Pueblo de Dios, los seglares, que son la inmensa mayoría en la Iglesia, podían contentarse con ser sencillamente gente buena. Para ellos era suficiente “salvarse”, porque la santidad era para “los especialistas”. Estos eran de “Primera División”, la “Selección Nacional de la Iglesia”, en tanto que el resto eran amateurs o simplemente aficionados de “Tercera Regional”.

Felizmente el Concilio Vaticano II, antes de hablar de la Vida Consagrada, introdujo un capítulo fundamental: “Llamamiento universal a la santidad”. Y dejó de hablar de “Estados de perfección”. Sencillamente nos recordó que la santidad es fruto del Bautismo. Y el bautismo es común a todo el Pueblo de Dios. La santidad no es fruto de ningún estado sino la maduración y fecundidad de la gracia bautismal. Y cada uno está llamado a vivir en plenitud esa gracia bautismal en los distintos estados y condiciones de vida. Son caminos distintos, pero una sola es la vocación a la santidad en la Iglesia.

Es preciso superar esa mentalidad y creencia de que, para los seglares, basta con ser buena gente, pero que ellos no tienen cara de santos. Y menos todavía “vida de santos”. Ellos no sirven para los altares. Y por eso, nuestros seglares se han resignado, durante siglos, a ser de “la tropa”, pero sin aspiraciones a Generales. Es cierto que, desde entonces, las cosas están cambiando, pero todavía de una manera muy lenta. Cuando descubrimos que alguien, como que destaca un poco, ya pensamos en hacerlo religioso o cura.
¿Y por qué no acompañarlo para que sea un santo seglar de corbata? ¿Cuándo veremos en la fachada de san Pedro a un seglar santo con camisa y pantalón baquero o en traje de baño en la playa o divirtiéndose de camping en las montañas?

La Iglesia necesita Santos para la vida consagrada. Pero necesita de “Santos de la calle”, “Santos en bicicleta” o “Santos en carro”. “Santos a los que les gusta el teatro o van con frecuencia al cine”, “Santos de oficina”. Necesita “Santos jóvenes enamorados” dándose un beso de cariño. Necesita “Santos ancianos sentados en la banca del parque” recordando historias. ¿Qué pensarías si ves a dos enamorados en un cuadro en el Vaticano dándose un abrazo? ¿Y qué te parece una estampa con dos ancianos sentados en la banca del parque? ¿Verdad que te parecería raro? Y sin embargo, esa debiera ser la realidad.

Por eso me gusta Santa Rosa. Una santa que se santificó en la casa de sus padres. Lo malo es que luego hemos destacado demasiado ciertos aspectos de su vida, y hemos dejado en la sombra su condición de seglar. La evangelización de América Latina comenzó dando frutos de santidad laical. ¿Por qué luego no se ha re vitalizado esa veta y esa condición del Pueblo de Dios?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 21 a. Semana – Ciclo B

“Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dio cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió do hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su Señor”. (Mc 6,17-29)

Una bella y hermosa y significativa parábola.
Jesús se nos va.
Pero no definitivamente.
Quien va de viaje es para regresar.
Jesús se va pero volverá.
Y mientras tanto nos encarga sus bienes.
Nos encarga el Evangelio.
Nos encarga el Reino.
Nos encarga la Iglesia.

Un dato interesante: “a cada uno según sus posibilidades”.
No todos tenemos las mismas cualidades.
No todos tenemos las mismas oportunidades.
No todos tenemos los mismos dones.
Por eso, no todos tenemos las mismas responsabilidades.
Pero todos tenemos la nuestra.
Y cada uno tendremos que rendir cuentas de nuestra responsabilidad.
Nadie puede lavarse las manos.
Ni el que tiene mucho, ni el que tiene poco.
No todos podremos hacer lo mismo, pero tenemos nuestro quehacer.
No todos podremos ser los primeros, pero todos podemos correr.
No todos podremos hacer milagros, pero todos podemos hacer feliz a alguien.

No todos seremos Papa, ni Obispos.
No todos seremos sacerdotes o religiosos.
Pero seremos seglares.
Y no todos los seglares podremos hacer lo mismo.
Pero nadie está dispensado de hacer lo suyo.
Habrá quien tiene responsabilidad de cinco.
Y habrá quien tiene responsabilidad de dos.
Y habrá quien tiene responsabilidad de uno.

Cuando Jesús vuelva:
No quiere le entreguemos el mundo tal y como nos lo dejó.
No quiere le entreguemos la Iglesia tal y como nos la dejó.
No quiere le entreguemos el Reino tal y como nos lo dejó.
Sino que espera negociemos y hagamos fructificar nuestros dones.

Y aquí no hay excusas.
Lo que se necesita es valentía, riesgo y coraje.
Puede que el rico pierda en sus riesgos.
No es obstáculo a no negociar.
Tampoco el pobre puede defenderse diciendo que él es pobre.
Pues que el rico rinda y luche como rico.
Y que el pobre luche y rinda como pobre.
Lo que no está permitido es dejarse llevar del miedo y esconder lo poco o lo mucho que tenemos.
El mundo depende de ricos y pobres.
El reino de Dios depende de santos y pecadores.
La Iglesia depende de Obispos y seglares.

Jesús quiere el riesgo, incluso si perdemos.
Lo que Jesús no quiere es el miedo y la cobardía.
Lo que Jesús no quiere es que le devolvamos lo que nos dio sin hacerlo crecer.
Nadie está dispensado a colaborar para hacer un mundo mejor, una Iglesia mejor.
Lo que sí está condenado es esconder nuestros tesoros.
Aunque no sea más que un triste denario.
Cada uno tenemos que jugarnos lo somos y lo que tenemos.
Cada uno tenemos que jugarnos lo poco o lo mucho que tenemos.
Nadie tiene derecho a guardar lo poco por miedo a perderlo.
Por eso a todos se nos pedirá cuenta.
Y todos tendremos que responder de lo que hemos recibido y tenemos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 21 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “Se parece el Reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. El esposo tardaba, les entró el sueño a todas y se durmieron. ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” (Mt 25,1-13)

Hay un refrán que dice: “La justicia tarda, pero llega”.
Claro que a veces llega tan tarde que nosotros ya no estamos.
Me gusta más el otro refrán que dice: “Dios tarda pero siempre llega a tiempo”.
Es lo que acaba de decirnos esta parábola:
“El esposo tardaba”.
“Pero el esposo llegó a su tiempo”.
“Pero cuando las que lo esperaban estaban dormidas”.

Dios es de los que siempre llega a tiempo.
Lo que sucede es que cuando llega, muchos estamos ya dormidos y no nos enteramos.
Lo que sucede es que cuando llega, muchos andamos en otras cosas y no lo vemos llegar.
Lo que sucede es que muchos no le esperamos, y a pesar de todo Dios llega.
Lo que sucede es que cuando llega, a muchos ya se nos acabó el aceite de nuestra fe y no lo vemos llegar ni pasar.
Sencillamente no nos enteramos.
Sencillamente se nos pasea el alma.
Sencillamente se nos cuela y nosotros andamos por los cerros de Ubeda.

Que Dios llegar, llega.
Que no siempre nos enteramos, también es cierto.
Que no siempre estamos despiertos, también es cierto.
Que muchas veces estamos dormidos, también es cierto.
Que muchas veces estamos sin aceite en el alma, también es cierto.

Que no llega cuando a nosotros se nos antoja, también es verdad.
Que no llega cuando a nosotros nos conviene, también es cierto.
Que no llega cuando a nosotros nos interesa, también es cierto.

Dios es de los que llega siempre.
Pero no siempre estamos atentos para recibirle.
“Vino a los suyos y no le recibieron”.
“Vino a su casa y no la reconocieron”.
Pareciera que Dios siempre llega a desmano.
Pareciera que Dios siempre llega cuando nosotros no estamos.

El problema no está en si Dios llega o no llega.
El problema no está en si llega a tiempo o no llega.
El verdadero problema no es la llegada de Dios.
El verdadero problema es si nosotros estamos dormidos o despiertos.
El verdadero problema es si nosotros le estamos esperando o esperamos otras cosas.
El verdadero problema es si nosotros escuchamos su llegada o nos despertamos cuando ya ha cerrado su puerta.

Me encanta la imagen del Dios que llega.
Porque, de ordinario, cuando alguien llega, solemos esperarle.
Y me encanta la imagen de Dios que llega sin avisar.
Porque así la emoción siempre suele ser más grande.
Lo inesperado y la sorpresa tienen su emoción.
Y lo inesperado de Dios en nuestras vidas tiene también su emoción.

Nuestro peligro es:
Pensar que todavía tenemos tiempo.
Pensar que todavía no vendrá.
Pensar que todavía es muy pronto para que me llame a mí.
Pensar que todavía es muy pronto para que yo pierda el sueño por él.
Pensar que todavía soy joven y aún tengo tiempo.
Pensar que yo ya soy demasiado viejo para que Dios quiera jugar conmigo.
Pensar que yo no estoy para esas aventuras de Dios en la vida.
Pensar que yo ya no estoy para esas cosas.
Pensar que a mí ya se me pasó el tren de la santidad.

Y la verdad es que, Dios siempre viene y siempre llega a tiempo.
La verdad es que, Dios está siempre viniendo.
Y lo más curioso es que, a pesar de estar dormidos, él siempre quiere encontrarnos despiertos.
Y la más curioso es que, Dios siempre quiere encontrar a su Iglesia despierta.
Y lo más curioso es que, la vida del cristiano tiene que ser siempre una vida de espera.
Aunque a decir verdad, me preocupa el hecho de que sea precisamente él quien tenga que esperarnos el tiempo que sea, porque los que llegamos tarde solemos ser nosotros.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 21 a. Semana – Ciclo B

“Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de la casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”. (Mt 24,42-51)

Tengo a un amigo a quien cariñosamente llamamos “despis”, por lo despistado que es.
Es que hay tipos a quienes pareciera que todo les resbala.
Es que nunca faltan tipos que viven a su aire y la vida como que se les pasa de largo.

También hay creyentes que, ciertamente tienen fe y creen en Jesús.
Sin embargo, viven en las nubes, y viven felices.
Como si no viviesen en el tiempo ni les preocupase lo que está sucediendo.
Pareciera que no esperan a nadie.
Pareciera que todos ya han llegado.
Pareciera que todos están ya en casa.
Pareciera que ya todo lo tienen a mano.

Y se olvidan de que Jesús “ya vino” y lo hemos disfrutado en Navidad.
Pero se les pasea el alma pensando que cada día sigue viniendo.
Y la realidad de Jesús es: que “está ya”, pero que “está viniendo”.
La vida ya está, pero la vida sigue viniendo cada día y cada momento.
Y que cada momento puede decir cada una de nuestras vidas.

Y no es que debamos vivir pendientes siempre de los ladrones que suelen ser un peligro para nuestras seguridades.
A mí mucho más me interesa esa vigilancia, ese estar despiertos,
Porque en cada momento definimos nuestros vidas.
Porque en cada momento se puede definir nuestra vida.
Porque en cada momento algo grande puede suceder a nuestra vida.
Porque en cada momento nuestra vida puede apagarse o puede reverdecerse.

Estar atentos y vigilantes es una condición humana y cristiana para vivir.
Vivir despistados es perder las oportunidades.
Vivir despistados es perder la oportunidad de muchos encuentros.
Vivir despistados es dejar pasar al que pasa a nuestro lado, sin que nos enteremos.
Vivir despistados es dejar que Dios pase y no lo veamos.
Vivir despistados es dejar que un hermano mío pase y yo no lo vea.
Vivir despistados es dejar que pase el momento en el que El nos llama y no nos demos por enterados.

Vivir es estar atentos a la vida.
Vivir es estar atentos a nosotros mismos.
Vivir es estar atentos a los demás.
Vivir es estar atentos a las ocasiones.
Vivir es estar atentos a las oportunidades.
Vivir es estar con los ojos abiertos para ver.
Vivir es estar con los oídos atentos para escuchar.
Vivir es estar atentos a Dios que en cualquier momento llama a nuestra puerta.

La vida se decide en un momento.
La vida se decide en un instante.
La vida se decide cuando menos lo pensamos.
Es que Dios suele pasar sin sacar demasiado ruido.
Es que Dios suele pasar sin demasiados alborotos.
Es que Dios suele pasar, como con zapatillas de enfermera.
Es que Dios suele pasar, pero siempre con el deseo de quedarse.
Es que Dios suele pasar, pero siempre atento a que alguien le diga que “se quede”.
Es que Dios suele pasar, pero siempre atento a que alguien le diga “que se quede”.

Siempre me ha impresionado eso de que la vida se define en dos palabras muy sencilla: un “sí” y un “no”.
Siempre me ha impresionado una experiencia que tuve al comienzo de mi sacerdocio.
Era alguien que siempre había vivido en la luna de Paita .
Hasta que un día un frase mía, la verdad que fue una frase tonta, y le tocó dentro y ese día cambió.
Estar atentos y vigilantes no es estar preocupados.
Estar atentos y vigilantes es estar con los ojos abiertos y los oídos dispuestos a escuchar.
Señor, no sé a qué hora llegarás. Pero a la que sea, que yo esté despierto para no hacerte esperar. Y si estoy ya dormido, no te vayas, sigue tocando a mi puerta. No importa, puedes despertarme.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 21 a. Semana – Ciclo B

“Habló Jesús diciendo: “¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros encalados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crímenes. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas..!” (Mt 23, 27-32)

Acostumbrados a la mansedumbre y comprensión de Jesús, resulta un tanto extraño este discurso lleno de violencia.
Sin embargo el Evangelio no lo suprime sino que le da gran importancia, sobre todo en el Evangelio de Mateo.

Es fácil ser duros con los débiles.
Es fácil ser claro con los pobres.
Es fácil ser valiente con los marginados.
Es fácil decir la verdad a los débiles.
Es fácil decir en cara la verdad a los pobres.
Lo difícil es:
Decir la verdad a los de arriba.
Decir la verdad de los grandes.
Decir la verdad de los que ocupan altos puestos.
Decir la verdad a los que mandan.
A estos preferimos el silencio.
A estos preferimos la mentira.
A estos preferimos la adulación.
Con estos preferimos no hacernos problemas.
Por eso la alabanza a los de arriba suele tener mucho de mentira.

Hay que tener mucha libertad de espíritu para decir la verdad a los que mandan.
Hay que tener mucho coraje para corregir a los de arriba.
Hay que tener mucha la valentía para destapar la mentira de los grandes.

En cambio Jesús:
Tenía suficiente libertad para decir la verdad también a los jefes.
Tenía suficiente libertad para decir la verdad a los responsables.
Tenía suficiente libertad para decir la verdad a los que mandaban.
Tenía suficiente libertad para decir la verdad a los poderosos.

¿Se atreven los hijos a decir la verdad a sus padres?
El miedo y los intereses los hace muchos.
No los alabarán pero tampoco se atreverán a criticarlos.

¿Quiénes se atreven en la Iglesia a decir ciertas verdades a los de arriba?
El título no es garantía alguna de vivir en la verdad.
Todos somos testigos de que en las alturas de la Iglesia tampoco todo es santidad.
Pero todos nos callamos:
Unos por miedo.
Otros por intereses.
Otros por no hacernos problemas.

No tenemos la suficiente libertad para decir la verdad.
Ni tenemos la suficiente libertad para destapar la mentira.
Preferimos refugiarnos en el silencio.
Y lo peor es refugiarse en la adulación.
Pablo no tuvo reparo en enfrentarse con Pedro.
Pero nosotros sí tenemos miedo descubrir la mentira.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 21 a. Semana – Ciclo B

“Habló Jesús diciendo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad”, “Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello!” (Mt 23,23-26)

Leyendo este Evangelio casi me llevo un soponcio.
Acostumbrados a ver a un Jesús tan sencillo, tan respetuoso, uno casi no cree lo que acaba de leer.
Porque a los escribas y fariseos los deja a parir, a caer de un burro.
Les saca la mugre y nada menos que en público ante la gente.
Los llama “hipócritas”.
Los llama “ciegos”.
Los llama “tramposos”.
Los llama “pintados por fuera” y “sucios por dentro”.
Los llama, yo diría “pedantes”.
Les dice que brillan por fuera y llevan un carro de basura por dentro.
Menos mal que, termina invitándoles a limpiar la copa de sus corazones por dentro.

Y lo peor es que, como guías del pueblo, los llama “ciegos”.
Ciegos guiando a ciegos.
Ciego que no ven la verdad y se hacen ciegos.
Ellos no ven y terminan logrando que tampoco los demás puedan ver.
Confieso que todo esto me salpica y me moja de arriba abajo.
Porque es como un examen de conciencia. Para ser guías de otros por los caminos del Reino es preciso:
Tener limpio el corazón. Porque solo los “limpios de corazón verán a Dios”.
Vivir con sinceridad el Evangelio que anunciamos.
Tener una gran libertad de espíritu de hijos de Dios.
No puede guiar por el camino quien no ve el camino.
No pude guiar en la libertad quien vive esclavo de sus secretas ambiciones.
No pude guiar hacia el Evangelio y sus ideales quien lo ha traducido en leyes y prohibiciones.

¿Quién no recuerda a Gandhi? Se ilusionó con Jesús y el Evangelio. Pero no dio el paso cuando vio cómo vivíamos los cristianos, y cómo lo habíamos rebajado.
No puede ser luz de Evangelio quien no está iluminado por dentro por el Evangelio.
No puede ser luz de Evangelio quien solo tiene un barniz de Evangelio.
No puede anunciar el amor, quien tiene un corazón seco por dentro.

Jesús no es de los que vive de las apariencias.
Jesús mira siempre por dentro.
Jesús no mira el escaparate.
Jesús se fija en la verdad y sinceridad del corazón.
No es suficiente llevar bien pintada la fachada, cuando al otro lado todo está sucio.
No basta lavar la manos cuando se tiene sucio el corazón.

Permítanme que me dé por aludido como “escriba y fariseo”.
Porque esa tentación nos acecha a todos cada día.
“Mucho ruido y pocas nueves” dice el refrán.
“Mucha apariencia y poca verdad” tendremos que decir también nosotros.
¿Alguien se atrevería a hacer una exposición de corazones?
También de corazones de sacerdotes y de Obispos.
Primero: visto por fuera, como fotografías o cuadros pintados.
Luego: vistos por dentro.
Lo que somos y lo que parecemos.
Lo que deseamos y aspiramos.
Lo que amamos y lo que aparentamos amar.
Lo que pensamos de los demás.
Lo que llevamos de gracia, de santidad o de vulgaridad o incluso de pecado.

Jesús nos invita a mirarnos menos al espejo y mirarnos más al corazón.
Jesús nos invita no a la exterioridad sino a la interioridad.
Jesús nos invita a vivir en la verdad del Evangelio y no de sus apariencias.
No seamos fáciles en ponerle crema al Evangelio de hoy.
Tengamos la valentía de mirarnos por dentro y sincerarnos con nosotros mismos.

Clemente Sobrado C.P.