Palabras para caminar: A pesar de todo…

1.- Las flores comienzan siendo un capullo cerrado. Parecieran egoístas que sólo se miran a sí mismas. Pero sólo son flores de verdad cuando se abren. Mi egoísmo me convierte en capullo cerrado. Y sólo logro ser yo mismo cuando me abro a los demás.

Flickr: Ana Rey

2.- Las flores se abren generosamente y nos regalan con sus colores y perfumes. Recién entonces las sentimos cerca de nosotros. Es la generosidad de regalar la bondad que llevo dentro de mí la que me hará cercano a los demás hombres.

3.- Las flores se dejan robar el polen viajero en las alas y en las patas de los insectos. Pero es ahí donde ellas se hacen fecundas en otras flores. Quisiera que los demás pudieran llevar en las alas de sus vidas un poco del polen de mi bondad, y así fecundar al mundo con un poco más de bondad y belleza.

4.- Las flores se dejan cortar. No se quejan. No se lamentan. Cuando yo sea capaz de dejar que los demás se lleven pedazos de mi vida, aunque no sepa a dónde se van con ellos, sentiré que puedo servir y ser útil para los demás.

5.- Las flores todo lo dan gratis: su color, su perfume, su belleza. No cobran por el espectáculo. Mi vida florecerá de verdad cuando aprenda a darla totalmente gratis, sin cobrar intereses a nadie. Al fin y al cabo, dándome gratis a los demás, comienzo yo mismo a ser más.

6.- Las flores embellecen los jardines, las habitaciones de las casas, incluso hasta las Iglesias. Esto me hace pensar en la belleza que yo soy capaz de aportar a mi familia, a mi hogar, a mis hijos, al mundo y a la Iglesia. Ellos serán más bellos si mi corazón es más bello.

7.- Me dan pena las flores cuando las venden. Ellas lo dan todo gratis y otros hacen negocio con su belleza. Siento pena por aquellas personas a quienes se compra y vende por unos dineros. Se vende y se compra el cuerpo. Se vende y se compra la belleza de la gracia. La belleza del cuerpo que es regalo de Dios convertida ahora en mercancía de pecado… me da pena.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Semana Santa: Domingo de Ramos en la Pasión del Señor – Ciclo B

“Y cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto, diciendo: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto! Algunos fariseos le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Si estos callan, gritarán las piedras”. (Mc 11,1-10)

La Semana Santa comienza con una manifestación de afecto, cariño y admiración de la gente para con Jesús.
Jesús siempre evitó las grandes manifestaciones en torno a su persona.
Jesús no es de los que quiere sacar mucho ruido.
Pero esta vez no pudo evitar la manifestación espontánea de la gente que se quita sus mantos y rompe las ramas para alfombrar el camino por donde va a pasar.
No entra como triunfar político.
Le bastaba un borrico.
Los caballos son para los grandes conquistadores.
Jesús prefiere la sencillez del amor.
Tampoco rechaza la espontaneidad del corazón de la gente sencilla, que es su gente.

Aun sabiendo lo caldeado que está el ambiente en su contra, Jesús quiere hacer su última oferta a Jerusalén.
Sabe que no es bienvenido, pero su amor es insistente.
Además, Jesús quiere entrar en el corazón de Jerusalén no con amenazas sino con la alegría de la fiesta.
Jesús nunca es un peligro.
Jesús quiere ser fiesta.
Jesús quiere ser celebración.
Jesús quiere ser alegría.
Jesús quiere ser canto.

Es consciente de que ese momento festivo, será aumentar el riesgo de su vida.
Pero Jesús:
No teme el riesgo cuando se trata de ofrecer nuevas posibilidades.
No teme el riesgo cuando se trata de abrir nuevos cominos de gracia.
No teme el riesgo cuando se trata de ver feliz a la gente.

El sabe muy bien que entre la gente no faltan espías.
Y sabe que mientras unos celebran el encuentro con él, otros se queman los hígados de rabia y de enfado.
Es curioso observar cómo lo que para unos es motivo de alegría, para otros resulta ser motivo de rabia.
La religión une, pero también divide. ¿Recuerdan el Encuentro Mundial de la Juventud en Madrid?
Mientras millones de jóvenes vibran con el encuentro con el Papa, otros no entienden nada y tratan de aguar la fiesta con manifestaciones en contra.
Mientras para unos Dios es gozo y esperanza, para otros, Dios termina siendo siempre un fastidio y un estorbo.

Allí están, como siempre al acecho, los fariseos. Esta vez ya no aguantan más y hasta se atreven a exigirle que mande callar a la gente.

Comenzamos esta Gran Semana con este gesto de Jesús:
Que también hoy quiere entrar en nuestros corazones.
Que también hoy quiere ser la fiesta de nuestras vidas.
Y ante el cual, cada uno debiéramos tender por el suelo nuestros mantos:
Los mantos de nuestras riquezas.
Los mantos de nuestras ansias de poder.
Los mantos de nuestros egoísmos.
Los mantos de nuestras tristezas.

Porque, aunque sea una Semana tan trágica para él, él quiere ser fiesta en nosotros. Jesús no mide las consecuencias cuando se trata de devolver al hombre la alegría de la vida, el canto de la vida, el gozo de vivir.

Domingo de Ramos es la fiesta del agradecimiento de la gente “por los milagros que había hecho”. Es la fiesta de la sencillez de Dios a lomos de un pollino. Es la fiesta del reconocimiento de Jesús como el enviado de Dios. Momento de gozo para la gente. Y momento de satisfacción y gozo para Jesús.
No le importa que allí mismo algunos rechinen los dientes de rabia.
Le importa el gozo y la alegría de la gente sencilla.
Comenzamos así la Semana Santa con alegría en el corazón, fundidos en un racimo de alabanzas a Dios y los hombres. Que las tristezas de esta Semana no vacíen nuestro corazón de las alegrías y esperanzas pascuales.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Sábado de la 5 a. Semana – Ciclo B

“Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación… Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, entes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: ¿Qué os parece? ¿No vendrá a la fiesta? Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterara de dónde estaba les avisara para prenderlo.” (Jn 11,45-57)

El corazón humano es contradictorio.
Donde unos ven una esperanza para sus vidas,
Otros ve un riesgo y un peligro.
Donde unos buscan para matar,
Otros buscan para abrirse a la vida.
Donde unos ven peligros,
Otros ven posibilidades.

Así somos de complicados y misteriosos.
Los sumos sacerdotes y fariseos ven en Jesús un peligro.
La gente sencilla que acude a la Casa de Marta y María, deciden creer en él.
Los sumos sacerdotes y fariseos lo buscan para matarlo.
La gente sencilla que acude al templo a celebrar la Pascua, lo busca con ilusión y con deseos de verlo.
Los sumos sacerdotes y fariseos dan orden de delatarlo si lo ven.
La gente sencilla pregunta esperanzada si vendrá a la fiesta.
Donde unos ven, los otros no ven.
Donde unos ven salvación, otros sólo ven riesgos y peligros.

Los ojos son los mismos.
El corazón es diferente.
Por eso cada uno ve también distinto al otro.
Donde unos ven luz, otros ven oscuridades.
Los defectos de los amigos son debilidades.
Los defectos de los enemigos son maldades.
Los ojos ven lo que ve el corazón.

Y lo peor todavía es que reconocen que “este hombre hace muchos signos”.
Pero lo bueno que hacen los otros nos molesta y nos preocupa.
“Si lo dejamos seguir, todos creerán en él”.
Ahí está nuestro problema: el éxito de los demás pone en riesgo nuestro propio triunfo.
Los fracasos de los otros los convertimos en triunfos nuestros.
“Y aquel día decidieron darle muerte”.
Condenar a muerte porque el otro hace lo que nosotros no hacemos.
Condenar a muerte porque vemos los éxitos del otro como un riesgo para nosotros.

Los triunfos de los demás debieran ser un estímulo para nosotros exigirnos más.
Los éxitos de los demás en vez de ser un motivo de alegría para nosotros terminan siendo un motivo de amargura y pesar.
Tenemos miedo a que la vida de los otros arrastre a los que nos siguen y vayamos perdiendo clientela.

No son los de abajo los que deciden acabar con la vida de Jesús.
Son los jefes religiosos los que ese día, “y aquel día decidieron darle muerte”.
El poder no resiste el poder de los otros.
El poder, incluido el religioso, tiene miedo al poder de los demás.
Y el poder sólo tiene poder de eliminar a quienes puedan hacernos competencia.

Siempre he sentido que los poderosos no pueden tanto.
Siempre he sentido que los de arriba no están tan seguros como aparentan.
Siempre he sentido que el poder lleva dentro el miedo a los otros.
Por eso el poder se afianza destruyendo a quienes puedan hacerles competencia.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Viernes de la 5 a. Semana – Ciclo B

“Los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús. El les replicó: “Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre, ¿por cuál de ellas me apedreáis? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre”. (Jn 10,31-42)

Las piedras sirven para muchas cosas.
Sirven para pavimentar los caminos.
Sirven para levantar edificios.
Sirven para construir puentes.

Flickr: Natanael Amenábar

Sin embargo, las piedras también sirven:
Para espantar los perros.
Para tirar a la cabeza de los demás.
Para apedrear a los demás.

Jesús tiene mucha experiencia de las piedras, porque, muchas veces quisieron apedrearle, aunque él siempre logró librarse de ellas.
El sabe lo que nos encanta a los hombres apedrear a los demás.
¡Cuánto disfrutó defendiendo a la adúltera a la que aquellos viejos querían apedrear!

Nos cuesta reconocer lo bueno de los demás, y preferimos apedrearlos.
Por eso, él mismo pregunta ¿por cuál de sus obras buenas quieren apedrearle?
¿No nos sucede algo parecido a nosotros mismos?
Piedras las hay de todo estilo y tamaño.
Hay piedras que son piedras de verdad.
Hay piedras que se llaman “crítica de los demás”.
Hay piedras que se llaman “murmuración de los demás”.
Hay piedras que se llaman “calumnias sobre los demás”.
Hay piedras que se llaman “difamación de los demás”.

Nos cuesta reconocer lo bueno que tienen los demás.
Y preferimos apedrearles con nuestras críticas y murmuraciones.
Preferimos difamarlos ante los demás.
Preferimos hacerles perder su reputación ante los demás.
Preferimos denigrarles ante los demás.

Tal vez no se trata tanto de esas piedras que tiramos con nuestras manos.
Sino de esas piedras que vomitamos con nuestra lengua.
Son peores las piedras de la lengua que las piedras del camino.

Lo importante es desacreditar a los otros.
Lo importante es que los otros queden mal ante la gente.
Lo importante es privar a los otros de su propio nombre y dignidad.
Es posible que nos confesemos apedreamos con piedras de verdad.
Y sin embargo nos sentimos felices de todas esas críticas y murmuraciones y chismografías con las que desnudamos al vecino y lo apedreamos.

Jesús no pide que le crean a él sino que crean a sus obras.
Muchos hermanos nuestros no nos piden que les creamos a ellos sino que creamos al testimonio de sus vidas.
Porque, al fin y al cabo, cada uno expresamos la verdad de lo que somos con nuestra conducta, con nuestros comportamientos.
Pero nosotros preferimos ver a la persona que rechazamos y no lo que hace.
Son nuestras obras las que hablan por nosotros.
Son nuestras obras las que hablan de nosotros.
Son nuestras obras las que nos acreditan en nuestra verdad.

Pero ¡qué difícil ver lo bueno que hay en los demás!
Preferimos ver sus fallos y errores, a ver todo lo que hay de bondad y luminosidad en ellos.
Preferimos ver sus zonas oscuras a ver sus zonas iluminadas de bondad y de verdad.
El gran problema de Jesús fue, sin duda alguna, que no supieron ver su verdad.
No supieron ver lo que hacía.
No supieron ver la bondad de su corazón.
No supieron ver a Dios en él.
Sólo veían aquello que ellos no querían aceptar.
Sólo veían aquello que a ellos no les interesaba ver porque les molestaba.
Por eso mismo, su respuesta no fue de aceptación de él sino su voluntad de apedrearlo.
Son peores las piedras de la lengua que las piedras que tiramos con la mano.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Jueves de la 5 a. Semana – Ciclo B

“Dice Jesús a los judíos: “Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre” Los judíos le dijeron: “Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abraham murió, los profetas también, ¿y tú dices: Quién guarda mi palabra no conocerá lo que es morir para siempre?” (Jn 8,51-59)

Siguen las peleas de Jesús con los judíos, o mejor, de los judíos con Jesús. Esta vez, el problema está, en si vamos a vivir para siempre o nos contentamos con eso que, vulgarmente llamamos “estirar la pata” y que nos entierren. O como dice el refrán: “muerto el perro se acabó la rabia”.
Jesús anuncia vida, y nosotros preferimos anunciar la muerte.
Jesús anuncia una vida que no muere, y nosotros nos aferramos a la vida que muere.

Y hasta resulta curioso:
Todos tenemos miedo a morir.
Y cuando se nos habla de una vida sin muerte, no lo creemos.
Todos hacemos lo posible para alargar nuestra vida.
Y cuando Jesús nos la alarga para siempre, nos resistimos a aceptar su palabra.
La medicina ha logrado prolongar nuestras vidas.
Hay una medicina que la prolonga para siempre y nos negamos a tomarla.
Y hasta se atreven a llamarle “endemoniado”.

Los judíos se aferran a la temporalidad de la vida, en base a su experiencia. “¿Eres más que nuestro padre Abraham, que murió?” “También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?”
Hablamos mucho sobre la vida eterna que nos regala la fe en Jesús.
Pero pesa más en nosotros la experiencia de los que a diario nos dejan.
Tenemos ojos para ver la muerte de cada día y lo limitado de nuestras vidas.
Pero nos falta esa fe en la Palabra de Jesús que nos promete una vida que, ya la llevamos dentro de nosotros, y estamos ciegos para verla.
Porque, en realidad, solo creemos en esta vida material, y no aceptamos que dentro de nosotros somos portadores de la vida eterna.
“Os aseguro que quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre”.
Y en otra parte nos dijo que “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”. “El que cree en mí posee la vida eterna”.
Una vida que llevamos como en germen dentro del grano de nuestras vidas.
Una vida que, eso que nosotros llamamos “muerte”, hará brotar como el grano sembrado brota de la tierra.
Pero ese tallo y esa espiga ya están en semilla, en blanco germen dentro del grano de nuestra vida.

Comulgar sacramentalmente es comer la “vida para siempre”.
Creer en Jesús es ganarnos esa “vida para siempre”.
Cumplir la palabra de Dios, es asegurarnos la “vida para siempre”.

Jesús nos vino a traer la buena noticia de la vida.
La vida que no muere.
La vida que no termina en la muerte.
La vida que brota y crece en la muerte.
La vida que, como la suya, no termina en la muerte de la cruz sino que resucita en la mañana de pascua.

Señor, tengo miedo a la muerte.
Pero sé que tú me regalas la vida “para siempre”.
Señor, sé que tengo que pasar por esa experiencia del morir humano.
Pero también sé que mi muerte posibilita la “vida para siempre”.
Señor, tengo miedo a ese momento final de mi vida humana.
También tú pasaste por esa experiencia.
Dame la gracia de creer en tu palabra que me da vida eterna.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: La Anunciación

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús”. (Lc 1,26-38)

Hoy comienza a brotar la Navidad.
Hoy comienza la historia de Dios en el seno de una mujer.
Hoy Dios se hace grano sembrado en el vientre virginal de una mujer.
Hoy Dios comienza su historia de encarnación y humanización.
Hoy Dios comienza su historia de óvulo fecundado por el Espíritu Santo.
Hoy Dios comienza su historia cromosómica.
Hoy Dios comienza su historia humana en un vientre de mujer y que florecerá en las pajas de un pesebre.

Hoy, Dios pone de manifiesto la importancia de una mujer sencilla del pueblo.
Hoy, Dios pone de manifiesto la belleza de una mujer que no conoce las salpicaduras del pecado.
Hoy, es Dios que se pone de rodillas delante de una mujer del pueblo, pidiéndole permiso.
Hoy, es Dios pidiendo habitar en el vientre de una mujer.
Hoy, es Dios diciendo que puede prescindir del hombre, pero que no puede prescindir de una mujer.

Hoy comienzan a realizarse las esperanzas de siglos.
Hoy comienza algo nuevo en nuestra historia.
Hoy comienza el protagonismo de una mujer en la historia de amor de Dios a los hombres.
Hoy comienza Dios a depender de la voluntad de una mujer.
Hoy comienza Dios a depender de los hombres.
Hoy comienza Dios a decirnos la verdad de su amor.

Y en el vientre virginal de una mujer comienza a brotar Dios como el grano sembrado en la entraña de la tierra.
Y la “llena de gracia” comienza la historia de lo que es sentirse llena de Dios hasta los bordes.
Y comienza a hincharse de Dios, aquel vientre de virginidad.
Y comienza a hincharse de amor su corazón, latiendo al unísono del corazón encarnado de Dios.
Hoy comienza la otra espera.
La espera de nueve meses de gestación.
La espera de la Navidad.
La espera inesperada de una virginidad convertida en maternidad.

No me resisto a copiar lo que J. L. Blanco Vega escribió sobre este día:
“¿Y cómo diría yo,
lo que un ángel desbarata?
Fue como tener seguras
la casa y en un vendaval sin ruido
ver que el techo se levanta
y entra Dios hasta la alcoba
diciendo:
Llena de gracia,
no me levantes paredes,
ni pongas muro a tu casa,
que por entrar en la historia,
me salto yo las murallas.
Si virgen, vas a ser madre,
si esposa, mi enamorada,
si libre, por libre quiero,
que digas: “he aquí la esclava”.
He aquí la esclava, le dije.
Y se quedó mi palabra
sencilla, sencillamente
en el aire arrodillada”.

La Navidad comienza el 25 de marzo, aunque el Niño nacerá el 25 de diciembre.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Martes de la 5 a. Semana – Ciclo B

“Y entonces dijo Jesús: “Cuando levantéis al Hijo del Hombre, sabréis que soy yo, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada. Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él”. (Jn 8,21-30)

A Jesús no le conocieron cuando hacía milagros.
No le conocieron cuando curaba enfermos.
No le conocieron cuando limpiaba leprosos.
No le conocieron cuando abría los ojos a los ciegos.
Es decir:
No le conocieron cuando más parecía resplandecer su persona.
No le conocieron cuando su figura emitía más luz.
No le conocieron cuando su figura brillaba más.
Serán testigos de sus milagros y de sus anuncios y sin embargo, seguirán preguntando: “¿Quién eres tú?”

Pareciera que Dios se revela y manifiesta más luminosamente en aquello que más le oscurece.
Tendrán que esperar a la humillación de la Cruz para saber “que yo soy”.
Tendrán que esperar a desfigurarle humana y divinamente en la Cruz, para saber quién es realmente él.
Tendrán que levantarlo “en alto”, colgarlo de la Cruz, para poder reconocerle.
Dios se hace luz en la oscuridad.
Dios se hace luz en la tiniebla.
Dios se hace luz en la noche de la Cruz.

La Cruz es la mayor negación de la divinidad de Jesús.
La Cruz es la mayor prueba de que Dios no está con él.
Y sin embargo, Jesús dirá: “El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada”.
Donde los demás ven la negación de Dios, “maldito el que pende del madero”, Jesús ve la presencia de Dios.
Donde los demás ven el abandono de Dios, Jesús siente la compañía del Padre.
Donde los demás ven el “no” de Dios a su obra, Jesús descubre la afirmación de Dios a su identidad y a su enseñanza.
Donde los demás ven el “fracaso de su proyecto”, Dios lo afirma y confirma.

A aquellos griegos que “querían ver al Señor”, Jesús los remite precisamente a “cuando el Hijo del Hombre sea levantado en alto”.
Será entonces que “atraeré a todos hacia mí”.
Y ahora lo repite Jesús a los fariseos que siguen sin reconocerle. “Cuando levantéis el Hijo del Hombre, sabréis que yo soy”.

¿Por qué la cruz, siendo la mayor oscuridad de su vida y la mayor negación de su persona y de su obra se convierte precisamente en su mayor centro de atracción, en su mayor centro de revelación y manifestación?
El dolor y el sufrimiento oscurecen y clarifican poco.
La muerte es como si se apagasen todas las luces de la casa.
Y sin embargo, la Cruz, lo ilumina todo y lo clarifica todo.
La Cruz como principio de conocimiento, “sabréis que yo soy”.

Es que la Cruz, más que expresión de lo trágico de la vida, se convierte en el sacramento del amor, en la revelación del amor.
No conoceremos a Jesús por sus sufrimientos.
Le conoceremos cuando lo veamos como expresión del amor que Dios nos tiene.
Le reconoceremos cuando podamos decir: “así ama Dios”.
Si Dios es amor, solo será posible reconocerle en el amor.
Si Dios es amor, solo será posible reconocerle en el mayor gesto de amor, que es, sin duda el dar la vida por nosotros.

Si quieres conocer de verdad a Jesús levanta los ojos y contempla al que está colgado por ti del madero de la Cruz.

Clemente Sobrado C. P.