Dios también me hablará hoy: Viernes de la 2 a. Semana – Ciclo A

P. Clemente Sobrado cp.

“Jesús, subió a la montaña y llamó a los que quiso, y se fueron con él. Designó a Doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios. Así se constituyó el grupo de los Doce: Simón, a quien dio el sobrenombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, a quienes dio el sobrenombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que lo entregó”. (Mc 3,13-19)

“Jesús está en medio de la gente, la acoge, le habla, la cura, le muestra la misericordia de Dios; en medio de ella elige a los Doce Apóstoles para estar con Él y sumirse como Él en las situaciones concretas del mundo. Y la gente le sigue, le escucha, porque Jesús habla y actúa de modo nuevo, con la autoridad de quien es auténtico y coherente, de quien habla y actúa con verdad, de quien da la esperanza que viene de Dios, de quien es revelación del Rostro de un Dios que es amor. Y la gente, con alegría, bendice a Dios”. (Papa Francisco)

Así nació el primer grupo, la primera comunidad, base del Reino y de la Iglesia.
Tenemos que aprender a leer cómo se formó, porque nos sirve luego de camino para construir la Iglesia y nuestro ser Iglesia y nuestra misión en la Iglesia.

“Los llamó”.
La fe, como la Iglesia, no son una profesión que nosotros elegimos por cuenta nuestra.
En la raíz de nuestra fe y de nuestra condición de Iglesia:
Hay, no una elección nuestra como quien decide su profesión.
Hay una llamada de Dios.
No somos nosotros los que decidimos.
Es Dios quien está en la raíz de nueva llamada.
Es Dios quien nos llama.

“A los que él quiso”.
Es maravilloso sentir que soy de los privilegiados.
Soy de los elegidos.
Llama a todos, pero Jesús tiene sus preferencias.
Lo cual nos está diciendo que somos lo que somos por pura elección, por pura gratuidad.
¿Por qué me llamó a mí cuando era un pobre criado que cuidaba vacas?
Por pura predilección suya.
“Porque él quiso”.
¿Por qué me llamó a mí que no tenía donde caerme muerto?
Por pura predilección suya.
“Porque él quiso”.
¿Por qué me llamó a mí que no tenía futuro alguno en la vida?
Por pura predilección suya.
“Porque él quiso”.
Personalmente seré poca cosa, pero qué grande soy cuando soy uno de los predilectos “porque él quiso”.

“Para que estuviesen con él”.
No nos llamó para hacernos distintos a los demás.
No nos llamó para hacernos más que los demás.
No nos llamó para darnos prestigio social.

Nos llamó:
Para estar con él.
Para ser sus compañeros de vida y misión.
Para ser como él y vivir como él.
Para ser familia con él.
Para “enviarnos a predicar”.
Para hacer lo que él hacía.
Y nos llamó por nuestro nombre.
Y nos llamó con todos nuestros defectos y debilidades.
Uno se estremece cuando lee: “y Judas Iscariote, el que lo entregó”.

Vivir la fe y vivir como Iglesia es entrar en comunión con él.
Esa es la base de nuestra espiritualidad bautismal y eclesial.
No puedo menos de recordar aquí esta oración:
“Cuando esté duro mi corazón y reseco, baja a mí como un chubasco de misericordia. Cuando la gracia de la vida se me hay perdido, ven a mí con un estallido de canciones.
Cuando el tumulto del trabajo levante su ruido en todo, cerrándome el más allá, ven a mí, Señor del silencio, con tu paz y sosiego.
Cuando mi pordiosero corazón esté acurrucado cobardemente en un rincón, rompe tú mi puerta, Rey mío, y entra en mí con la ceremonia de un rey.
Cuando el deseo ciegue mi entendimiento, con polvo y engaño, ¡vigilante santo, ven con tu trueno y y tu resplandor!” (R.T.)

Señor: cuando me canse, que escuche tu voz que me despierta.
Señor: cuando me sienta vacío, que sienta tu voz llamándome desde dentro.
Señor: cuando me desaliente, que sienta que soy un llamado y “elegido” tuyo.

Dios también me hablará hoy: Jueves de la 2 a. Semana – Ciclo A

P. Clemente Sobrado cp.

“Jesús se retiró con sus discípulos a orillas del mar, y lo siguió una muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de la Transjordania, de las cercanías de Tiro y Sidón. Entonces encargó a sus discípulos que le prepararan una barca para que la muchedumbre no lo apretujara. Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo”. (Mc 3,7-12)

“Y la gente le sigue, le escucha, porque Jesús habla y actúa de modo nuevo, con la autoridad de quien es auténtico y coherente, de quien habla y actúa con verdad, de quien da la esperanza que viene de Dios, de quien es revelación del Rostro de un Dios que es amor. Y la gente, con alegría, bendice a Dios”. (Papa Francisco)

Hay solitarios que lo son porque ellos mismo crean rechazo.
Hay solitarios que lo son porque se encierran en sí mismos.
Y los hay porque nadie espera nada de ellos.
A Jesús todo el mundo se le echaba encima, porque todos esperaban algo de Él.

Me viene a la mente el Papa Francisco.
Sencillo, sin grandes manifestaciones y sin embargo la gente se siente atraída.
En cambio hay infinidad de gente que solo arrastra mosquitos en verano.

Jesús va a las orillas del Lago.
Y la muchedumbre le sigue.
Y todo por las cosas que hacía.
Era su actitud y comportamiento lo que arrastraba la gente.
Hay gente que arrastra.
Hay gente que se queda más sola que la i.
Al fin y al cabo lo que atrae a la gente es nuestra vida.
Y en concreto, lo que más arrastra es lo que hacemos por los demás.

Este evangelio me agrada y me incomoda.
Me agrada porque veo cómo las gentes siguen por todas partes a Jesús.
Me desagrada cuando escucho hoy cómo la gente:
Dice que ya no cree en la Iglesia.
Dice que ya no cree en el sacerdote.
Y se alejan.
Me dan pena esas Misas donde no hay más que un grupito de viejos y no se ve ni un joven.

Todo ello me hace pensar ¿qué hacemos nosotros?
Jesús ordena le traigan una barca para evitar que la gente lo apretuje:
Porque todos le quieren tocar.
Porque todos “los que sufrían de algo se le echaban encima”.

Con frecuencia nuestra presencia se presta a la mueca.
Con frecuencia nuestra presencia parece alejar más que atraer.
Yo siempre he entendido que el cristiano:
debe ser alguien que atrae.
debe ser alguien que inspira proximidad.
debe ser alguien que inspira cercanía.
debe ser alguien que inspira búsqueda de Jesús.

Ya sé que no toda la culpa es nuestra.
Pero tampoco debiéramos disculparnos de lo que nos toca.

Por eso, siento una profunda alegría con el Papa “Panchito”:
No busca publicidad, pero la gente lo busca.
No busca llamar la atención, pero la gente quiere acercarse.
No busca figurar, pero la gente, se le acerca.
Hay algo en él que, como Jesús hace que la gente también quiera tocarle.
Yo tengo fe en que su presencia hará más querida a la Iglesia.
Yo tengo fe en que la Iglesia comenzará a tener mucho más jale.
Yo tengo fe en que la Iglesia comenzará a ser más atractiva.
Yo tengo fe en que la Iglesia comenzará a ser más bella.
Que la Iglesia tendrá un rostro más juvenil y menos arrugado.

Señor: Dame la gracia de que la gente me busque por mi vida.
Señor: Dame la gracia de que la gente descubra en mí una esperanza.
Señor: Dame la gracia de que la gente se sienta curada por mí.
Señor: Dame la gracia de que la gente me busque, no para llamar la atención, sino porque te descubre a ti en mí.
Señor: Dame la gracia de que la gente me siga, no para hacerme fama, sino porque encuentra en mi respuesta a sus necesidades y problemas.

Dios también me hablará hoy: Miércoles de la 2 a. Semana – Ciclo A

P. Clemente Sobrado cp.

“Entró Jesús otra vez en la sinagoga, y había un hombre que tenía una mano paralizada. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo. Jesús le dijo: “levántate y ponte en pie”. Y a ellos les preguntó: “¿Qué está permitido sábado?; ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?”. “Extiende la mano”. La extendió y la mano quedó restablecida. Al salir de la sinagoga, los fariseos se pusieron de acuerdo con los herodianos en el modo de acabara con él”. (Mc 3,1-6)

“El camino para ser fieles a la ley, sin descuidar la justicia, sin descuidar el amor es el camino contrario: desde el amor a la integridad; desde el amor al discernimiento; desde el amor a la ley. Este es el camino que nos enseña Jesús, totalmente opuesto al de los doctores de la ley. Y este camino del amor a la justicia, lleva a Dios. En cambio, el otro camino, el de estar apegados únicamente a la ley, a la letra de la ley, lleva al cierre, lleva al egoísmo. El camino que va desde el amor al conocimiento y al discernimiento, al cumplimiento pleno, conduce a la santidad, a la salvación, al encuentro con Jesús. Mientras que, este otro camino lleva al egoísmo, a la soberbia de sentirse justos, a esta santidad entre comillas de las apariencias, ¿no?” (Papa Francisco)

“Padre, el domingo no pude ir a Misa porque mi hijo se puso grave y tuve que llevarlo al hospital. ¿Y qué pecado es ese? Ese domingo escuchaste Misa en el hospital”.

Jesús comienza su predicación:
Anunciando la novedad del Reino.
Anunciando la nueva religión del amor.
Anunciando la nueva religión que sitúa al hombre por encima de todo.
Anunciando la nueva religión que valora al hombre como lo más importante para Dios.
Anunciando la nueva religión que suple la ley por el hombre.

San Vicente De Paul

Por eso comienza preguntando:
¿Qué se puede hacer el sábado?
¿El bien o el mal?
¿Cumplir la ley o dejar sufriendo al hombre?
¿Salvando la vida o dejando morir al hombre?

Pareciera que para muchos el sábado es solo para Dios.
Pero sacrificando al hombre.
En sábado se puede estar al acecho de lo que hacen los demás.
En sábado se puede planificar el eliminar al que cura al hombre.
En sábado se puede criticar, pero no hablar bien de los demás.

Para Jesús la religión no puede depender de Dios.
Para Jesús la religión depende de la acción de Dios para con el hombre.
Para Jesús, en el enfermo está por encima del culto.
Porque atender al enfermo es un gesto de amor, que es la base de la religión.
Porque atender al necesitado es un gesto de amor a Dios en el prójimo.
“Lo que has hecho por el hermano, lo has hecho por mí”.
Tenemos que ir a Misa, que es la vivencia del misterio pascual.
¿Y podremos algún domingo dejarla porque he tenido que ir a atender a un anciano que vive abandonado y le fui a limpiar la casa y darle comer?
Para San Vicente de Paul, se puede dejar la oración porque un enfermo me está reclamando.

Es interesante ver cómo valora Dios al hombre.
Casi diría que lo pone a su propia altura.
Por algo hizo al hombre a su “imagen y semejanza”.
Por algo hizo al hombre “hijo de adopción”.
Por algo Jesús declaró que el segundo mandamiento es igual al primero.
“El amor a Dios y el amor al prójimo”.

Es preciso revalorizar a Dios entre los hombres.
Pero es preciso revalorizar a los hombres en nuestra realización con Dios.
Dios quiso encarnar su amor haciendo a su Hijo “hombre como nosotros”, “se rebajó como uno cualquiera”.
Por eso es difícil entender eso que llamamos “guerra de religiones”.
El mundo cambiará cuando Dios sea el centro de nuestras vidas.
Pero para que Dios sea el centro de nuestras vidas, necesitamos del otro centro que es el hombre.
La verdadera religión es una barquita con dos remos: Dios y el hombre.
La verdadera religión es una bicicleta con dos ruedas.
Basta que le falte una sola rueda para que la bicicleta no ande.

Dios también me hablará hoy: Martes de la 2 a. Semana – Ciclo A

P. Clemente Sobrado cp.

“Oye, ¿por qué tus discípulos hacen en sábado lo que no está permitido?” El respondió: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombree para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado”. (Mc 2,23-28)

“Sí, es verdad, pero en las apariencias. Eran fuertes, pero en la parte exterior. Eran rígidos. El corazón era muy débil, no sabían en qué creían. Y por esto su vida era, la parte de afuera, toda regulada, pero el corazón iba de una parte a la otra: un corazón débil y una piel rígida, fuerte, dura.
Al contrario, Jesús nos enseña que el cristiano debe tener el corazón fuerte, el corazón firme, el corazón que crece sobre la roca, que es Cristo, y después, debe ir por el mudo con prudencia: “En este caso hago esto, pero…” Es el modo de ir, pero no se negocia el corazón, no se negocia la roca. La roca es Cristo, no se negocia”. (Papa Francisco)

Los obsesivos y los intransigentes siempre crean problemas.
Y los intransigentes religiosos peor.
Pero basan su intransigencia en Dios.

La intransigencia implica que solo yo tengo la razón.
La intransigencia nunca se pone en lugar del otro.
La intransigencia piensa desde la ley.
Se es fiel a la Ley, pero no fiel al hombre.
No piensa desde las necesidades de los otros.
Y con ello le hacemos un triste favor a Dios, porque damos la impresión de que Dios prefiere nuestras leyes o nuestras interpretaciones a nuestras necesidades.
Dios es fiel a ley siendo fiel al hombre.
Es bueno para Dios cuando es bueno para el hombre.

El intransigente convierte en centro de su fidelidad la ley.
Pero prescinde del hombre.
Y Dios piensa de otra manera.
Primero es el hombre y luego la ley.
No hizo al hombre para cumplir leyes.
Pero sí hizo la ley para que sirva al hombre.
Así, no hizo el hombre para que cumpliera con el sábado.
Pero sí hizo el sábado para que sirva al hombre.

Al intransigente:
No le importa que el hombre tenga hambre en sábado.
No le importa que el hombre tenga necesidad de comer en sábado.
Como tampoco le importa que esté enfermo.
Lo importante es el sábado y no el hombre.

Jesús piensa de otra manera:
Sabe que los discípulos tienen hambre.
Pues que coman y corten espigas por más que sea sábado.
¿Acaso Dios quiere que el sábado sea un día de hambre?
¿Acaso Dios quiere ver sufrir en sábado al hombre?

De ordinario, los intransigentes suelen ser:
Gente que no piensa en los demás.
Gente que no valora adecuadamente a los demás.
Gente que no piensa en las necesidades de los demás.
Gente que vive de lo ordenado y mandado.
Son esclavos del orden.
Son esclavos de la disciplina.

Para ellos, vale más el orden que la vida.
Para ellos, vale más la disciplina que la vida.
Para ellos, vale más la obediencia que la vida.

En cambio para Dios:
Lo principal es la vida.
Lo principal es la libertad.
Lo principal es la alegría.
Lo principal es la fiesta.

En casa se necesita disciplina, pero sin que mate la alegría de la vida.
En casa se necesita el orden, pero sin que matemos la fiesta.
En la Iglesia se necesita la disciplina, pero sin que apaguemos la libertad de la Pascua.

Dios también me hablará hoy: Lunes de la 2 a. Semana – Ciclo A

P. Clemente Sobrado cp.

“Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: “Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, ¿por qué los tuyos no?” Jesús les contestó: “¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no tiene sentido que ayunen. Nadie arregla un vestido viejo con un remiendo de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge y rompe el vestido viejo, y el desgarrón se hace mayor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres, y se pierde el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos”. (Mc 2,18-22)

“Hay que vivir con alegría las pequeñas cosas de la vida cotidiana (…) No te prives de pasar un buen día” (Pg. 6).
“Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por sufrir graves dificultades, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, aun en medio de las peores angustias” (Pg. 7).
“La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría” (Pg.8). (Francisco “La alegría del Evangelio)

Hemos dado mucha importancia al ayuno y a la penitencia.
Y no hemos dado la misma importancia al amor.
Jesús suple el ayuno por el amor.
Más vale un kilo de amor que mil kilos de ayuno.
Más vale un kilo de alegría de Jesús que una tonelada de vacío de estómago.

Además, Jesús nos da la razón del por qué.
¿Te imaginas que Jesús se declare novio tuyo?
¿Te imaginas que Jesús se declare enamorado tuyo?
¿Te imaginas que Jesús declare que quiere celebrar las bodas contigo?

Siempre nos ha preocupado y así lo hemos vivido:
Un Dios que quiere reparemos el mal que hemos hecho.
Un Dios que quiere le paguemos con el precio de la penitencia.
Un Dios que se satisface más con nuestro ayuno que con nuestro amor.

Es que hemos vivido un concepto equivocado de Dios.
Hemos vivido un Dios castigador.
Hemos vivido un Dios justiciero.
Hemos vivido un Dios que puede condenarnos.
Cuando, en realidad, Jesús nos quiere revelar un Dios amor.
Un Dios enamorado de nosotros.
Un Dios que se declara novio nuestro.
Un Dios que, más que condena, está pensando en boda.
Un Dios que vive de amor y no de sacrificios y penitencias.
Un Dios que vive de amor y no de austeridades.

Pero para ello tenemos cambiar nuestra mentalidad de Dios.
Para ello es preciso que desde niños nos muestren, no el Dios que castiga, sino el Dios que ama.
Para ello es preciso que en la catequesis, nos muestren el Dios “novio”, y no el Dios “suegro”.
Para ello es preciso que nuestras homilías tengan menos de amenazas y más de ternura.

Por algo el Papa Francisco nos dijo a los Sacerdotes: “que escuchemos más a Dios antes de predicar para no dar homilías largas que nadie entiende y, a su vez, ha pedido a los fieles que escuchen la palabra de Dios, durante su encentro con el clero”

Yo estoy seguro que si en mi homilía dominical dijese: “Vuestro novio Dios os dice” más de uno se escandalizaría.
El ayuno está bien la religión de la Ley.
Pero no en la religión del amor.
No en la religión del noviazgo de Dios con nosotros.
No en la religión de las bodas del Dios enamorado con nosotros.

¿No será que la Iglesia tampoco se siente novia de Jesús?
Nos sentimos más esclavos del Derecho Canónico que del noviazgo con Jesús.
Si no, díganme ¿cuántas veces han escuchado a la Iglesia hablarles de que Jesús es su novio, camino de la boda?

Hay mucho que cambiar.
Hay muchos remiendos que tenemos que cambiar.
Hay muchos odres que tenemos que cambiar si queremos beber el vino nuevo del amor.

Señor: dame el suficiente amor para sentir tu noviazgo.
Señor: dame el suficiente amor para pensar en nuestra boda.

Dios también me hablará hoy: Domingo 2 – Ciclo A

P. Clemente Sobrado cp.

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“Juan vio a Jesús que se acercaba a él y exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A El me refería yo cuando dije: “Detrás de mí viene uno que es superior a mí, porque existe antes que yo”. “Y yo lo he visto, y ha dado testimonio de que él es el Hijo de Dios” (Jn 1,29-34)

“Tres vocaciones en un hombre: preparar, discernir, y dejar crecer al Señor disminuyéndose a sí mismo. También es hermoso pensar la vocación cristiana así. Un cristiano no se anuncia a sí mismo, anuncia a otro, prepara el camino para otro: al Señor. Un cristiano debe aprender a discernir, debe saber discernir la verdad de lo que parece verdad y no lo es: un hombre de discernimiento. Y un cristiano debe ser también un hombre que sabe cómo abajarse para que el Señor crezca, en el corazón y en el alma de los demás”. (Papa Francisco)

¿Un mundo sin pecado?

Amigos terminamos el tiempo navideño. Ya no vemos al Niño en la Cuna. El Evangelio da un salto grande y nos encontramos con el Jesús de unos treinta años que va a dar comienzo a su vida pública.

Y el mensaje que hoy nos presenta el Evangelio es fundamental. Porque es un intento de ayudarnos a cambiar nuestra imagen de Dios.
Nosotros quisiéramos un Dios a la medida de nuestras necesidades o intereses.
Un Dios que montase una Oficina de empleos, o un consultorio donde poder solucionar todos nuestros problemas.
Y resulta que Juan define el verdadero quehacer de Jesús, que en el fondo, es el quehacer esencial de Dios: “es el que quita el pecado del mundo”.

Claro que esto pudiera desilusionarnos un poco pues esperábamos de él otra cosa. Y tal vez me arriesgue un poco, pero diría que como el pecado no suele tener tanta importancia en nuestro corazón, tampoco el quehacer de Dios nos interesa demasiado.
¿No sería mejor que viniese a evitar nuestros sufrimientos, a evitar que haya hambre en el mundo, o a darnos un buen trabajo a cuantos estamos en paro?

Y no nos damos cuenta de que, quitar el pecado del mundo, es lo mejor que Dios puede hacer para que:
Haya menos sufrimiento.
Haya menos hambre, menos injusticia y menos gente sin trabajo.
Haya menos gente con vacío en su corazón y haya gente más feliz disfrutando de la belleza de la vida.
Porque, ¿no es el pecado la causa de tantos males y sufrimiento?
¿A caso no es la injusticia y el egoísmo los que causan tanta pobreza y miseria en el mundo?

Nos imaginamos que el pecado es solo un ofensa a Dios, cuando en realidad el pecado antes que ofensa a Dios es la destrucción de nosotros mismos.
A Dios le duele nuestro pecado no tanto porque le afecte a él, sino porque ve como destruye su obra más querida que somos nosotros.

Jesús no vino a solucionar nuestros problemas.
Pero sí vino a enseñarnos cómo evitarlos.
¿Habría odios y rencores y enemistades si no hubiese pecado?
Pues hoy tenemos esta buena noticia: Jesús comienza por presentarse como el que anuncia la posibilidad de un mundo nuevo, distinto y feliz.
Un mundo sin pecado.

Dios también me hablará hoy: Sábado de la 1 a. Semana – Ciclo A

P. Clemente Sobrado cp.

Leví el publicano

“Al pasar, vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y la dijo: “Sígueme”. El se levantó y lo siguió.
Y sucedió que estando Jesús a la mesa en casa de Leví, mucho publicanos y pecadores se sentaron con é y sus discípulos. Algunos fariseos les dijeron a los discípulos: “¿Por qué come con publicanos y pecadores?” “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. (Mc 2,13-17)

“Aunque no nos atrevamos a levantar los ojos al Señor, Él siempre nos mira primero. Es nuestra historia personal; al igual que muchos otros, cada uno de nosotros puede decir: yo también soy un pecador en el que Jesús puso su mirada.
Los invito a que hoy en sus casas, o en la iglesia, estén tranquilos, solos, hagan un momento de silencio para recordar con gratitud y alegría aquellas circunstancias, aquel momento en que la mirada misericordiosa de Dios se posó en nuestra vida.
[…] Después de mirarlo con misericordia, el Señor le dijo a Mateo: “Sígueme”. Y Mateo se levantó y lo siguió. Después de la mirada, la palabra. Tras el amor, la misión. Mateo ya no es el mismo; interiormente ha cambiado”. (Papa Francisco)

No sé qué admirar más:
Si la eficacia de la palabra de Jesús.
Si la voluntad y decisión de Leví.

Jesús no dice sino una sola palabra: “Sígueme”.
Y se la dice a un pecador.
Se la dice a alguien que solo piensa en ganar dinero.
Se la dice a alguien que no tenía sentido de lo religioso.
Se lo dice a alguien que tiene que dejar el dinero sobre la mesa.
Una palabra define a Jesús “Sígueme”.
Un gesto define a un pecador: “Le siguió”.

Nadie sabe lo que hay en el corazón del hombre.
Hombres que nosotros daríamos por imposibles, y responden a la primera.
Hombres que nosotros tendríamos por apestados, y se levantan a la primera.
Hombres que nosotros tendríamos por malos, y responden a la primera.
¿Alguien puede juzgar el corazón del hombre?
¿Alguien puede excluir a alguien?
¿Alguien puede condenar a alguien?

Jesús no excluye a nadie.
Jesús no anda haciendo selección.
Jesús no va al templo a buscar seguidores.
Jesús prefiere los caminos.
Y prefiere los caminos que huelen a pecado.
Y prefiere a hombres que huelen a pecadores.

Y la palabra de Jesús tiene una eficacia capaz de cambiar una vida.
La palabra de Jesús tiene la capacidad de poner en camino de seguimiento a los considerados malos.
Es la eficacia de la palabra cuando creemos en ella.
Es la eficacia de la palabra aun en aquellos que nosotros vemos imposibles.
¡Y pensar que las piedras con las que Jesús construyó los cimientos de las Iglesia son en general gente insignificante, gente ordinaria, gente tenida por mala y pecadora, por transformada por la invitación y la palabra!

¿Y te has dado cuenta de que muchas de estas llamadas y de estos seguimientos terminan todos en comidas?
Zaqueo termina en una gran cena.
Leví o Mateo termina en una cena en la que se dan cita todos los publicanos y pecadores.
Es que compartir la misma mesa es compartir ya la misma amistad y comunión de vida.
Y claro, parece que algunos no tiene nada que hacer más que dedicarse a la crítica y a la chismografía.
Comidas de amistad criticadas por los “buenos”.
Comidas de fiesta de celebración del seguimiento, murmuradas y escandalizadas por los “buenos”.

Señor: cuando pases a mi lado dime una palabra tuya.
Señor: cuando pases a mi lado hazme también una invitación.
Señor: que tu palabra sea tan eficaz en mí que pueda cambiar hoy mismo. También yo quiero levantarme y seguirte.
Señor: gracias, porque cada día armas una comida de amistad, comunión y seguimiento en la Eucaristía.
“Es el momento de guardar silencio y sentir las veces que Jesús ha tocado nuestro corazón” que nos dice el Papa Francisco.

Dios también me hablará hoy: Viernes de la 1 a. Semana – Ciclo A

P. Clemente Sobrado cp.

“Volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni siquiera junta a la puerta. Entonces le llevaron entre cuatro a un paralítico y, como no podían acercarlo a Jesús, a causa del gentío, abrieron el techo encima de donde estaba él y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”. “Coge tu camilla y vete a tu casa”. “Nunca hemos visto una cosa igual”. (Mc 2,1-12)

“El perdón es el signo más visible del amor del Padre, que Jesús ha querido revelar a lo largo de toda su vida. No existe página del Evangelio que pueda ser sustraída a este imperativo del amor que llega hasta el perdón. Incluso en el último momento de su vida terrena, mientras estaba siendo crucificado, Jesús tiene palabras de perdón: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
Nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perdón. Por este motivo, ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia; ella será siempre un acto de gratuidad del Padre celeste, un amor incondicionado e inmerecido. No podemos correr el riesgo de oponernos a la plena libertad del amor con el cual Dios entra en la vida de cada persona”. (Papa Francisco)

Leyendo este relato me convenzo más de varias cosas.
En primer lugar, que hay mucha fe anónima y silenciosa que no vemos.
Aquí nos encontramos con un paralítico y cuatro hombres cargando con él.
Nadie dice una palabra.
Ni el paralítico pide ser curado.
Ni los cuatro piden que lo cure.
Se puede hacer el bien sin hablar mucho.
Se puede hacer el bien en silencio.

Siempre hay corazones que sienten el sufrimiento de los demás y se comprometen para ayudarle.
Lo que él no puede hacer otros lo hacen por él.
Es una fe costosa.
Y es una fe ingeniosa.
Si no se puede entrar por la puerta, se puede entrar por el tejado.

En segundo lugar: La fe nunca suele ser fácil.
A veces no podemos llegar a Jesús por caminos fáciles.
Y tenemos que abrir un boquete en el tejado.
Pero ello habla de la sinceridad y la verdad de la fe.

Nosotros quisiéramos una fe fácil.
Nosotros que creemos quisiéramos que las cosas nos resultasen fáciles.
Y nos quejamos de las dificultades.

Resulta que se puede decir mucho sin decir palabras.
Bastó poner al paralítico delante de Jesús.
Y Jesús lo entendió todo.
Y Jesús comenzó por sanarlo por dentro: “tus pecados son perdonados”.
Nadie le había pedido el perdón de los pecados.
Pero Jesús sabe que el hombre necesita sanar primero en su corazón.
Acercarse a Jesús significa querer la curación completa: alma y cuerpo.

Pero para acercarse a Jesús se necesitan no tanto palabras cuanto una fe sincera.
Estoy pensando en el perdón de nuestros pecados.
¿No tendremos un perdón demasiado barato?
¿Nos atreveríamos a subirnos al tejado?
¿Con qué fe nos acercamos al sacramento de la penitencia?
¿Será una verdadera fe en el amor y el poder de perdonar los pecados por Jesús?

Con frecuencia cuando vamos a confesarnos:
Somos paralíticos en el alma.
Para confesarnos también podemos ser llevados por otros.
Nunca faltan hermanos que nos animan a acercarnos a la confesión.
La confesión no es un sacramento donde tengamos que hablar mucho.
La confesión lo que necesita es una gran fe en Jesús.

Todos tenemos mucho de parálisis en nuestro corazón.
Parálisis de amor y de servicialidad.
Parálisis de perdón.
Parálisis de arrepentimiento.
Parálisis de falta de decisión para cambiar.

Y la confesión comienza por esa fe en Jesús.
Y comienza por ese deseo sincero de sanar.
Y la confesión debiera enviarnos a casa no cargados con nuestra camilla que la dejamos en el confesionario.

Pero algo nos está cuestionando:
Todos necesitamos de otros que tengan fe verdadera.
Todos necesitamos de otros que nos ayuden a acercarnos a Jesús.
Todos necesitamos de otros que anónimamente carguen con nosotros y nos lleven hasta Jesús.

No importa que algunos murmuren.
No importa que otros se escandalicen.
Siempre habrá quienes reconocer la obra de Dios.
¿Cuántos paralíticos hay a tu lado a los que debieras cargar?
No hace falta abramos boquetes en el tejado, basta mostrarles el camino del confesionario.