Bocadillos Espirituales para vivir el Adviento: Domingo 3 – Ciclo A

“Juan que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por de sus discípulos: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Jesús les respondió: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo; los ciegos ven, los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandaliza de mí!” (Mt 11,2-11)

Vivir en el desierto no resulta fácil.
Pero vivir en la cárcel no es mejor.
Los grandes hombres no siempre terminan con grandes triunfalismos.
Tener el coraje y la valentía de decir la verdad siempre tiene su precio.
Enfrentarse con los grandes tiene su precio.
Juan que brilló en el desierto, termina en la oscuridad de una cárcel.

Los caminos de la fe no son tan simples como pensamos.
La fe es luz que alumbra nuestras vidas.
Pero la fe no siempre alumbra.
No siempre es sol brilla desde el cielo.
Hay días que se presenta nublado y no lo vemos.

Es el problema de Juan.
La cárcel se presta a momentos de oscuridad, silencio y abandono.
Y esta oscuridad se presta también a favorecer las oscuridades de la fe.

Dos situaciones: de duda y oscuridad.
Juan ha reconocido a Jesús como el Cordero que “quita el pecado del mundo”.
Y ahora le llegan noticias del mundo en el que Jesús se está moviendo.
No se parece al cordero que quita el pecado.
¿Se habrá equivocado?
¿Será realmente Jesús el Mesías que él anunció?

Por otra parte, él ha dado su vida por Jesús.
¿Y qué hace ahora Jesús por él?
Lo deja abandonado en la cárcel.
No mueve un dedo por él.
Pareciera olvidarlo.

Es duro darlo todo por alguien.
Y luego sentir que nadie se preocupa por él.
Es duro sentirse encerrado en la cárcel.
Pero más dura es la experiencia de que, quien puede, no mueve un dedo por él.
Juan no solo se siente encarcelado con el peligro de muerte encima.
Juan se siente abandonado.
Y abandonado por aquel por quien él más ha hecho.

¿No es esta también, con frecuencia, nuestra realidad?
Nos sentimos buenos, y experimentamos que todo nos sale mal.
¿Dónde está Dios?
Nos sentimos buenos, y no experimentamos que Dios haga algo por nosotros.
¿Dónde está Dios?
Sentimos que hemos hecho todo lo posible, pero Dios calla.
¿Dónde está Dios?
Y que ahora nadie hace nada por nosotros, como si no le interesásemos.
¿Dónde está Dios?
Hemos orado.
Pero no sentimos la respuesta.
¿Dónde está Dios?

Es uno de los peores momentos de nuestra fe.
Por una parte, tratamos de serle fieles.
Pero luego, cuando lo necesitamos, no da cara por nosotros.
Y esto despierta en muchos:
Muchas dudas.
Muchas interrogantes.
Incluso muchas indecisiones.
Hasta tentación de abandonar la fe.
También nuestra fe tiene mucho de oscuridad de la cárcel, que es el silencio de Dios.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Sábado de la 2 a. Semana – Ciclo A

“Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así también el Hijo del Hombre va a padecer a manos de ellos. Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista”. (Mt 17,10-13)

Hay triunfos que son derrotas.
Hay derrotas que son triunfos.
Los discípulos no terminan de reconocer en Jesús al Mesías.
Siguen esperando también ellos a Elías.
Y como el resto de la gente, tampoco ellos reconocieron a Elías que vino.
Recién descubren que Elías había sido Juan el Bautista.

Pero Jesús va más lejos:
No reconocieron en Juan a Elías.
Como tampoco reconocerán a Jesús como Hijo de Dios.
“Vino a los suyos y los suyos no le reconocieron”.
“Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”.
La suerte de los grandes enviados de Dios suele correr la misma suerte.
Los mismos que eliminaron a Juan, eliminarán a Jesús.
Los mismos que mataron a Juan, matarán a Jesús.

Hablar en nombre de Dios es siempre un riesgo.
Anunciar la Palabra de Dios es siempre un peligro.
Porque los grandes no son fáciles en creer lo que otros dicen en nombre de Dios.
Porque los grandes no son fáciles en creer lo que pone en peligro su status.
Porque los grandes no son fáciles en creer que no son dueños de la verdad.
Porque los grandes no son fáciles en creer que no son dueños de los que les incomodan.

Dios acude siempre en ayuda nuestra.
Pero a través de los mismos hombres.
Dios nos habla siempre.
Pero a través de sus enviados.
Dios nos ofrece la salvación.
Pero a través de sus profetas.
Y nosotros seguimos tercos en nuestras seguridades.
Dios envió a Elías y no le creímos.
Dios envió a Juan y tampoco le hicimos caso.
Dios envió a Jesús y ya sabemos cómo terminó.

Todos los enviados de Dios corren la misma suerte.
Todos los enviados se encuentran con nuestras resistencias.
Todos los enviados de Dios nos resultan un estorbo.
Por eso todos los enviados de Dios suelen terminar mal.
Todos sabemos cómo terminó Juan el nuevo Elías.
Todos sabemos cómo terminó Jesús colgado del madero.
A Juan “no le reconocieron, sino que lo trataron a su antojo”.
“Así el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos”.

No es fácil el oficio de representar a Dios ante los grandes.
No es fácil el oficio de los que están llamados a hablar en nombre de Dios.
No es fácil el oficio de proclamar el Evangelio.
No es fácil el oficio de anunciar la buena noticia de Dios.
La mayor parte de ellos tienen la suerte echada.
La mayor parte de ellos tienen el mismo fin.

Esperamos que Dios mismo nos hable personalmente.
Y Dios suele hablar a través de sus profetas o enviados.
Dios habla a los hombres a través de los hombres.
Pero a estos los metemos a la cárcel y los degollamos o crucificamos.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Viernes de la 2 a. Semana – Ciclo A

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“Porque vino Juan, que ni comía ni bebía y dicen: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del hombre que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”. Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios”.
(Mt 11, 16-19)

Señor, te la sabes todas.
¡Qué bien conoces el corazón humano!
¡Qué bien nos conoces!

Es difícil complacer a todos.
Siempre le buscamos reparos a todo:
Si soy serio me tienen por amargado.
Si soy alegre y me río feliz, son un superficial.
Si amo a mi mujer y trato de dedicarle tiempo, son un “saco largo”.
Si prefiero quedarme con los amigos, tengo abandonada a mi esposa.
Si trabajo mucho, soy un burro de carga.
Si no trabajo, soy un vago.
Si voy mucho a la Iglesia, soy un beato.
Si no piso la Iglesia, son un ateo.
Si obedezco a los superiores, estoy falto de personalidad.
Si no obedezco, soy un rebelde.

¡Qué difícil es acertar cuando uno vive dependiente de lo que dicen los demás!
Juan era un hombre austero, “no comía ni bebía”.
“Tenía un demonio”.
Ahora Jesús “come y bebe”.
“Es un borracho y comilón”.
Total, que no acertamos.

La gente tiene que hablar de todo.
Y la gente tiene que calificar a todos.
Pero dejándolos siempre mal.
¡Qué difícil es aceptar a la gente como es!
Diera la impresión de que la murmuración llena nuestra mente y nuestro corazón.

Somos lo que somos.
Y el único juez de nuestras vidas es el Señor.
Lo único que nos da la razón es la “sabiduría de Dios”.
No podemos pasarnos la vida pendientes de lo que dicen de nosotros.
No podemos pasarnos la vida preguntándonos que piensan los demás.
Mi única verdad es lo que Dios sabe y piensa de mí.
Aunque los demás me critiquen y murmuren de mí.
Mi verdad no depende de lo que piensan los otros.
Mi verdad no depende de lo que dicen los demás.
Mi verdad no depende de lo que murmuran los demás.

Juan no cambió de vida, a pesar de lo que decían de él.
Siguió viviendo el estilo de vida que Dios le inspiró.
Tampoco Jesús cambio de actitudes y comportamientos.
Siguió comiendo y bebiendo.
Siguió comiendo en casa de pecadores.
Por más que sus enemigos lo tuviesen siempre en su punto de mira.
Por más que sus enemigos le criticasen.

No soy mejor por el hecho de que los demás no acepten mis comportamientos.
No soy mejor por el hecho de que los demás murmuren de mí.
Mi único criterio:
No es el criterio de los demás.
No es la vida de los demás.
Sino el criterio de la sabiduría divina.
El criterio de mi propia conciencia.
El criterio del Evangelio.

No juzguemos a nadie.
No pensemos mal de los otros,
Y si algo malo vemos en los demás, ayudémosles fraternalmente con la corrección.
La chismografía y murmuración hasta ahora no ha hecho a nadie santo.
La corrección fraterna es posible nos haya ayudado a ser mejores.

Señor: muéstrame tú cómo soy y hazme como quieres que sea.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: La Inmaculada Concepción

“El Angel entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El Angel le dijo.”No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios”. (Lc 1,26-38)

Inmaculada ConcepciónComo el peregrino que, cansado se encuentra en el camino con una fuente y se sienta a refrescar su cuerpo y a descansar, en este camino del Adviento hacia la Navidad, nos encontramos también con una fuente donde nuestro espíritu tiene la oportunidad de tomarse un descanso y de revitalizar sus fuerzas.

María, no es solo la “mujer y la madre de la Navidad”.
María es también el mejor camino hacia la Navidad.
María es la mujer como el Evangelio de la Navidad.
María es la mujer que nos traduce los planes de Dios que se hace Navidad.
La figura de María expresa toda una serie de rasgos que nos ayudan a mirar hacia la Navidad con los ojos de Dios.

Un primer rasgo.
Dios se sale del Templo.
Comienza su caminar por la historia al margen del Templo.
Dios se comienza a encarnar fuera del Templo y de lo sagrado.
En un pueblo olvidado de la Galilea.

Un segundo rasgo:
Dios no escoge a los personajes del templo.
No escoge ni a los Sumos Sacerdotes ni a los sacerdotes.
Dios se busca a una mujer del pueblo.
Dios se busca a una mujer sencilla, desconocida, una más del pueblo.
Dios valora la vida secular a esa vida llamada “consagrada a lo sagrado”.
La vida de María no está dedicada a lo sagrado sino a lo mal llamado “profano”.
Me atrevería a decir que “Dios no comienza en el altar sino entre pucheros”.
Como dirá Bruno Forte, “se inicia una nueva economía”.
“No se trata ya de la “piedad” tradicional del lugar santo, de la sacralizad; es la economía que empieza en lo profano, en lo que es despreciable por los hombres y considerado por ellos vil y humilde”.

Un tercer rasgo:
La santidad no estaba en el Templo ni en los hombres del Templo.
La santidad estaba en una aldea perdida y en una mujer humilde del pueblo.
El Sacerdote del Templo “duda, no cree y queda mudo”.
La mujer del pueblo no entiende nada, pero cree y se hace disponible.
La “la que le ha caído bien a Dios”, “la llena de gracia” es una mujer del pueblo.

Hay flores bellísimas en la selva que nadie verá jamás.
Allí nace, crecen y allí son la gloria de Dios.
Hay en el pueblo sencillo una mujer, que sin llamar la atención, es la belleza de la gracia llenando el corazón hasta rebosar el corazón humano.
“La llena de gracia” huele a pucheros y humo de cocina.
Y es ahí, en esa cocina donde se revela y manifiesta Dios.
Y es ahí, donde la fe que no entiende se fía de la Palabra de Dios.
Y es ahí, donde la fe se hace disponibilidad a la gratuidad de Dios.
Y es ahí, donde la Palabra se hace carne en el seno virginal de una mujer aldeana.

Los comienzos de la nueva economía de Dios comienzan donde terminará revelándose plenamente en Navidad.
La encarnación comienza en un pueblo marginado.
La Navidad tendrá lugar en un establo de pastores a las afueras del Belén.
La encarnación comienza por creer en la palabra de Dios.
En la Navidad comenzará por creer en un niño en un pesebre.
La encarnación comienza por decir un sí creyente a lo que no se comprende.
La Navidad se convertirá en expresión de fe en un niño, que tampoco deslumbra de divinidad, sino envuelto en humanidad.

La Encarnación, como la Navidad, rompen todos nuestros esquemas humanos.
Dios no necesita de grandes cosas.
Dios camina mejor a través de la gente sencilla, la pobreza de un pueblo, la pobreza de un pesebre.
María será la “madre de los pobres, siendo la madre de Dios pobre”.
La Navidad será “el nacimiento de Dios pobre en la pobreza humana”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Miércoles de la 2 a. Semana – Ciclo A

“Exclamó Jesús: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. (Mt 11, 28-30)

Vivimos en una época en la que está de modo el “estrés”.
Incluso la llaman la enfermedad de los ricos.
Bueno, yo no voy a entrar en discusiones de si el estrés es enfermedad de ricos o pobres.

La verdad es:
Que hoy todos vivimos demasiados estrujados.
Que hoy todos vivimos apresados.
Que hoy nadie tiene tiempo para sí mismo.
El marido llega a casa y no tiene humor para atender a su esposa ni a sus hijos.
Y por eso, en la familia hay demasiadas tensiones.
Decimos que no podemos dormir.
Decimos que no tenemos tiempo para nosotros mismos.

Esta es ciertamente una realidad.
¿Y qué hacemos?
Díganme la cantidad de pastillas que consumimos cada día.
Todos buscamos un poco de tranquilidad artificialmente.
Y yo mismo me incluso en esta cofradía de los “pastilleros”.
Pastillas para dormir.
Pastillas para controlar nuestro humor.
Pastillas para poder trabajar.

Vivimos cansados y es lógico:
Porque vivimos esclavos del hacer.
Porque vivimos esclavos de las preocupaciones.
Porque vivimos esclavos de los horarios.

Pero, todos nos refugiamos en el “pastillero”.
Cuando en realidad, nuestro cansancio, a parte del trabajo, es un cansancio de estar fuera de nosotros mismos.
El cansancio es un estado de ánimo.
Y por tanto el cansancio no es solo físico.
Es mucho más espiritual y psicológico.

¿Buscamos el descanso en esa experiencia psicológica de la paz de nuestro espíritu?
¿Buscamos el descanso y la serenidad interior en el encuentro con el Señor?
¿No preferimos irnos a tomar unos tragos, a regalarnos un tiempo de encuentro con el Señor?
¿Hemos hecho la experiencia de un tiempo diario de silencio y de encuentro con nosotros mismos en un encuentro con Jesús?
Unos momentos de encuentro con Jesús dejando que su amor serene nuestro espíritu.
Jesús quiere ser para nosotros descanso.
Jesús quiere ser para nosotros alivio de nuestro cansancio.

Encontrarnos con El.
Entrar en comunión con El.
Compartir sus sentimientos.
Estar a solas un tiempo cada día.

Reconozco el servicio que nos brinda los psicólogos.
Pero eso es relajamiento artificial.
Cada uno de nosotros pudiéramos relajarnos con unos quince o treinta minutos de silencio diarios escuchándole, incluso sin necesidad de hablarle.
La comunión con los sentimientos de Jesús puede ser la mejor terapia para serenar nuestro espíritu y sentirnos desahogados.
Haz la prueba de unos minutos de escucha de Jesús y verás que la paz comienza a inundar tu corazón. Haz la prueba.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Martes de la 2 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas; si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve y va en busca de la perdida?
Y, si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo; no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”. (Mt 18,12-14)

 

¿Demasiado bello para ser cierto?
¿Demasiado hermoso para ser cierto?
Hay cosas que son demasiado bellas para creerlas.

También esta parábola que Jesús acaba de contarnos es demasiado bella como para creerla.
Y sin embargo es la verdad del corazón de Dios.
Y es la verdad de nuestra condición delante de Dios.
Y es la verdad de nuestra condición en la Iglesia.
La Navidad no es Jesús recorriendo los montes.
Pero es Dios haciéndose niño revelándonos su amor.
La Navidad es Dios niño cargándose toda la humanidad.

Solo uno basta.
Solo uno es razón suficiente para que Jesús se encarne.
Solo uno es razón suficiente para que Jesús se deje crucificar.
Solo uno es razón suficiente para que Jesús se quede en la Eucaristía.
Solo uno es razón suficiente para que exista la Iglesia.
Solo uno es razón suficiente para que exista el Evangelio.
Solo tú eres razón más que suficiente para que Jesús se ponga a recorrer los caminos del mundo por ganarte a ti.

No. No leas este Evangelio en la persona de los demás.
Sólo les sacaremos verdadero gusto y sabor leyéndolo en propia persona.
Por esta vez, prefiero poner en el lugar de la oveja perdida.
Porque quiero tener la experiencia de Dios llenando de polvo sus pies buscándome.
Porque quiero experimentar los hombros de Jesús cargándome.
Porque quiero experimentar la alegría de Jesús por encontrarme.
Porque quiero experimentar la alegría de Jesús compartida con la comunidad.

¿Cuál suele ser nuestra primera reacción cuando alguien se ha salido del camino?
¿La de buscarle?
¿La de dejarle que se pudra?
¿La de darle una paliza?

¿Cuál es tu reacción cuando tu esposo ha sacado los pies del plato?
¿Cuál es tu reacción cuando tu esposa se salió de casa?
¿Salir a buscarle y darle tu mano para levantarle?
¿Comprender su debilidad y abrirle tus brazos para recibirle y traerlo de nuevo a casa?

¿No será más bien:
Le rompo el alma.
Le pongo la maleta en la puerta, aquí no entra más.
Mañana mismo se la/o devuelvo a su madre.
Mañana mismo le pido el divorcio.

No tenemos vocación de salir a buscar.
No tenemos vocación de prestarle nuestras espaldas.
No tenemos amor como para alegrarnos.

Hagamos la experiencia de sentirnos buscados por El.
Hagamos la experiencia de buscar como Jesús.
Hagamos la experiencia de alegrarnos como Jesús.
Hagamos la experiencia de compartir nuestra alegría.
No seamos de los que esperamos.
No seamos los indiferentes hacia los que se extraviaron.
Nuestra actitud será la de buscar, recuperar, reintegrar y volver a mirar hacia delante.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Lunes de la 2 a. Semana – Ciclo A

“Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo para colocarlo delante de él. No encontrando por dónde introducirlo, a causa del gentío, subieron a la azotea y, separando las losetas, lo descolgaron con la camilla hasta el centro, delante de Jesús. El viendo la fe que tenían, dijo: “Hombre, tus pecados están perdonados”. (Lc 5,17-26)

Hay mucha clase de Advientos:
El adviento del enfermo que espera que lo sanen.
El adviento del pobre que espera tener algún día una vida digna.
El adviento del enamorado que espera algún día ser esposo.
El adviento de los ciegos que esperan algún día poder ver.
Hoy tenemos el adviento de todos los paralíticos del cuerpo y del alma.
Porque la parálisis puede afectar al cuerpo y también al corazón.

Por eso:
Aquí nadie tiene nombre propio.
No tienen nombre los que lo traían.
No tiene nombre el paralítico.
Aquí el único que tiene nombre es Jesús.

Pero los que lo traían, anónimos todos, sí tenían fe.
¿Tenía fe el paralítico?
El sólo tenía la parálisis de su cuerpo.
Hasta es posible que no pudiese hablar.
Pero otros creían por él.
Nadie pide nada.
Nadie pide que lo sane, simplemente les basta ponerlo delante de Jesús.

Y aunque no le pide que lo sane, Jesús entiende el deseo y la fe de los que lo traían.
El esfuerzo de subirlo a la azotea.
El trabajo de quitar las losetas.
El trabajo de bajar la camilla.
Todo ello es el mejor lenguaje. Y Jesús lo entiende.
Es el mejor lenguaje de la fe. Hablar con la vida.

Puede que los demás no puedan moverse.
Pero nosotros podemos llevarlos en camilla o silla de ruedas.
Puede que el vecino no pueda salir ni a la puerta de la calle.
Pero nosotros podemos sacarlo fuera para que, al menos vea a la gente.
Puede que los demás no puedan hablar.
Pero nuestro amor habla por ellos.
Puede que los demás no tengan fe.
Pero nosotros podemos creer por ellos.

Hay muchas cosas que los demás no pueden hacer.
Pero que nosotros podemos hacerlas por ellos.
Hay muchas cosas que los demás no pueden disfrutar.
Pero que nosotros podemos darles esa satisfacción.
Hay muchas cosas que los demás no pueden ver.
Pero que nosotros podemos enseñárselas.
Hay muchas cosas que los demás no pueden escuchar.
Pero que nosotros podemos prestarles nuestro tocadiscos.

Hay muchos que nunca han creído, porque no han tenido oportunidad.
Pero que nosotros podemos creer por ellos.
Hay muchos que nunca se han acercado a Jesús.
Pero nosotros podemos llevarlos hasta El.
Hay muchos que nunca han visto a Jesús.
Pero nosotros podemos acercarlos hasta El para que lo vean.

Y no se trata de hacer mucho ruido.
El amor, de ordinario, no hace ruido.
La fe, normalmente, no hace ruido.
La solidaridad, no suele sacar mucho ruido.
La bondad suele ser silenciosa.
Más ruido hace el árbol podrido que se cae, que todo el bosque que crece.
Más ruido hacen los que se escandalizan del bien que hacemos, que el bien que hacemos.
Más ruido sacan los que se escandalizan de que Jesús perdone y sane, que el mismo Jesús perdonando y sanando.

Necesitamos descubrir que nuestra vida no es solo nuestra.
Necesitamos descubrir que nuestra fe no es solo nuestra.
Porque nuestra vida puede ser vida para los demás.
Porque nuestra fe puede ser principio de sanación para los demás.
No importa que no nadie conozca nuestro nombre.
Lo que importa es que nuestro hermano sea sanado en el cuerpo y el alma.
Porque, mientras nosotros tratamos de sanar su cuerpo, Jesús también sana su espíritu.
No busquemos que nuestros nombres figuren en los periódicos.
Lo que importa es que nuestro amor sane a los que hoy están enfermos.

Clemente Sobrado, cp.

Bocadillos Espirituales para vivir el Adviento: Domingo 2 – Ciclo A

“Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” Este es el que anunció el profeta Isaías diciendo:
“Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor; allanad sus senderos”. (Mt 3,1-12)

Preparad el camino

No me gustan esas personas incoloras porque son como todo el mundo y no dicen nada.
No me gustan esas personas que solo imitan a los demás.
No me gustan esas personas que solo repiten lo de todos.
No me gustan esas personas que no dejan huella alguna.

Pero me encantan esas personas:
Capaces de descubrir lo nuevo.
Capaces de anunciar algo nuevo y diferente.
Capaces de vivir al margen de la sociedad.
Capaces de atraer a los demás sin llamarlos.
Su sola vida ya es como un imán que atrae.

Juan se presenta:
No donde están todos.
No donde todo es igual cada día.
No donde se dice lo mismo cada día.

Juan se presentó en el desierto:
Como palabra.
Predicando y anunciando.
Como noticia capaz de despertar interés en la gente.
Es su noticia lo que atrae, sin propaganda, ni llamar.
La gente se siente atraída cuando descubre la novedad de Dios y que no todo tiene que seguir igual.
Juan no es comentarista del ayer.
Anuncia el “cambio”.

Dos grandes noticias:
“Convertíos”
“El reino de los cielos está cerca”.
Algo nuevo está a punto de estallar.
Una nueva primavera está a punto de romper.
Y la gente que está harta de vivir el invierno de la ley.
La gente que está harta de escuchar solo comentarios a lo viejo.
La gente que siente necesitad de algo nuevo, acude de todas partes a escuchar.

Pero se necesita un cambio.
Se necesita la “conversión” personal.
Y se necesita convertirse cada uno en instrumento que facilite ese despertar primaveral de Dios.
No basta que lo nuevo esté a las puertas.
Hay que abrirle las puertas.
Hay que mojarse también un poco allanando caminos y tendiendo puentes.

Dios no es de los que empuja, sino de los que llama.
Dios no es de los que impone, sino de los que ofrece.
Dios no es de los que arrastra, sino de los que invita.
Juan no exige, no manda, no impone por la fuerza.
Juan es como una luz que despierta algo nuevo y atrae a la gente, incluso de Jerusalén.

Esta es la misión de la Iglesia.
Esta es la misión del creyente.
Hemos abusado mucho de la imposición y la obligación.
Pero hemos despertado menos el espíritu de la gente que, por su cuenta acude y viene.
¡Cuánto hemos predicado contra los que no vienen a la Misa!
Y cuántas respuestas: “la Misa me aburre”, la “homilía me aburre”.
Por algo, el Papa Francisco nos dice que “la homilía puede ser realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento”. (EG n136)

Juan, además no tiene pelos en la lengua para decir las cosas claras por más que duelan: “¡Camada de víboras”.
Juan en el desierto se siente libre y no busca prebendas ni aceptaciones, ni alabanzas.
Le basta la novedad de la verdad: “el reino de los cielos está cerca”
Está bien que anunciemos la novedad de la Navidad

Señor: que descubra tu próxima venida.
Señor: que sea una invitación a salirme de la rutina.
Señor: que mi persona sea una fuerza que atrae.
Señor: que la gente acuda a la Iglesia por su fuerza de atracción.
Señor: que sintamos la libertad de no vivir esclavos de los intereses humanos.

Clemente Sobrado cp.