Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Domingo 6 – Ciclo C

“Dijo Jesús a sus discípulos; “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió”. (Jn 14,23-29)

Vivimos en un mundo donde la palabra está devaluada.
Y sin embargo:
Hay una palabra que sigue teniendo plena vigencia.
sigue teniendo credibilidad.
sigue viva hoy entre nosotros.
sigue definiéndonos como cristianos.
Es la Palabra de Jesús.
Que es Palabra de Dios.

Es la palabra que habla Dios a los hombres.
Es la palabra por la que Dios se comunica con los hombres.
Es la palabra que expresa la voluntad y planes de Dios.
Es la palabra por la que Dios se revela a sí mismo y nos revela a nosotros.

Jesús, en el Evangelio de hoy, nos habla de la importancia de la palabra:
Amamos a Dios si guardamos su palabra.
Si queremos saber la verdad de nuestro amor a Dios, la pregunta es clara:
“El que me ama guardará mi palabra”.
Si queremos saber si Dios nos ama, basta con saber que guardamos su palabra.
Si queremos saber si amamos a Dios basta saber si vivimos de su palabra.
Si queremos saber si Dios nos ama basta saber si vivimos de su palabra.

Jesús propone nuestra actitud frente a la Palabra de Dios como criterio de nuestra verdad.
Porque la Palabra de Dios es la expresión de Dios mismo y todo su plan sobre nosotros.
Amar a Dios es cumplir su palabra.
Amar a Dios es hacer de su palabra la verdad de nuestras vidas.
Amar a Dios es hacer de su palabra la luz y el criterio de nuestras vidas.
Por eso nuestra relación con Dios:
Comienza por escuchar su Palabra.
Comienza por tomar en serio su Palabra.
Comienza por vivir en serio su Palabra.

La palabra de Dios no es una palabra cualquiera.
No es una simple comunicación de ideas.
Es el centro de la Iglesia.
Es el centro de nuestra fe.
Es la que crea una comunión entre Dios y nosotros.
La palabra de Dios es la que crea nuestra comunión con Dios.
La palabra de Dios asumida, vivida y expresada es la que hace que Dios habite y more en nosotros. “Vendremos a él y haremos morada en él”.

Felizmente la palabra de Dios está tomando cuerpo en nuestras vidas.
Claro que no basta con leerla, ni basta con tenerla en casa.
Durante mucho tiempo los fieles han vivido de la palabra de la Iglesia, más que de la palabra de Dios.
Durante mucho tiempo, los fieles han vivido de la palabra de los sacerdotes más que de la palabra de Dios.
“Lo ha dicho el Padrecito”.
La palabra de Dios debiera ser nuestro libro de cabecera.
La palabra de Dios debiera ser nuestro libro del bolsillo.

Pero, tampoco nos habituemos a leerla como un rito en nuestras reuniones.
La palabra de Dios no es para leerla simplemente sino:
Para meditarla. Para comprenderla. Para interiorizarla. Para vivirla.

Por eso, no es suficiente la palabra de Dios escrita.
Tenemos que dar más importancia a la palabra interior de Dios.
Tenemos que darle más importancia a esa palabra que resuena en nuestro corazón.
Tenemos que darle más importancia a esa palabra que nadie escucha y solo cada uno escucha resonar dentro.

Porque la palabra de Dios no es solo algo que se dijo en el pasado.
Sino algo que Dios sigue diciendo hoy dentro de cada uno de nosotros.
Es posible que los otros no la escuchen.
Pero cada uno la escuchamos.
Porque Dios no es de los que hablan como esos feriantes de las plazas.
Sino como alguien que habla personalmente a cada uno.
Damos mucha importancia a la palabra de Dios dicha ayer.
Y tenemos que hacerlo.
Pero es preciso demos la misma importancia a la palabra dicha por Dios hace siglos y que Dios sigue diciendo hoy en nuestro interior.
Esa resonancia interior de la palabra y que los demás no la escuchan.
Tampoco los demás escucharon la palabra que Dios habló a María y solo ella escuchó.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Sábado de la 5 a. Semana – Ciclo C

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia”. (Jn 15, 18-21)

El panorama hoy ha cambiado.
Ayer hablábamos de un mundo de amistad y de amigos.
Hoy Jesús nos presenta un mundo dividido donde el principio de relaciones ya no es el amor y la amistad sino el “odio” y la persecución.
La suerte de los seguidores está echada:
O viven en el amor y como amigos.
O viven en el odio y la enemistad.

¿La razón? Pienso que el amor.
Porque los creyentes no están al margen del mundo, como una isla separada del mundo.
Siguen estando en el mundo y forman parte del mundo.
Pero el mundo piensa de otra manera.
El mundo soluciona los problemas de otra manera.
El mundo, entendido como Jesús, tiene otros criterios de relación.
El mundo habla mucho de amor, pero se resiste a organizarse en la amistad.
El mundo se resiste a la mentalidad del Evangelio.
El mundo se resiste a aceptar como principio de vida el amor.
Y a la vez: el mundo no se deja fermentar tan fácilmente de la nueva vida del Evangelio.
El defiende su modo de pensar.
Y no acepta las nuevas semillas del amor.
Ni acepta dejarse fermentar por el amor como norma y estilo de vida.

El mundo suplanta el amor y la amistad por el odio y la persecución de cuantos pueden poner en peligro un cambio de radicalidad evangélica.
Por eso, la suerte del que ama termina siendo “ser odiado”.
La suerte del que decide vivir en el amor y la amistad, termina en “persecución”.

El ideal que ofrece Jesús es maravilloso.
Fue el ideal que guió toda su vida.
Pero fue también el ideal que le llevó a ser excluido, juzgado y condenado a muerte.
Y la suerte del discípulo no puede ser otra que la del maestro:
“Sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros”.
“Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán”.

Vivir del amor es cosa bella. Pero no es nada fácil.
Vivir como amigos es cosa estupenda.
Pero tiene un precio demasiado caro.
Ser cristiano tiene poco de barato.
La experiencia nos lo dice cada día:
Es fácil rezar el Credo los domingos en la Misa.
Lo difícil es declararse creyente en el grupo de los amigos.
Si alguien se declara ateo nadie se siente incómodo.
Pero si confiesas que tú crees y practicas tu fe, no faltarán los silencios o las sonrisitas maliciosas o las admiraciones.
O incluso, las marginaciones: “tú eres un aguafiestas”.

Hablamos mucho de los conflictos entre las distintas confesiones.
Pero tampoco éstos faltan, incluso dentro de los que se llaman creyentes en Jesús.
No solo el mundo nos persigue.
También hay persecuciones solapadas aún dentro de nosotros mismos.
Estamos llamados a vivir en esa tensión entre la fidelidad al Evangelio o la fidelidad al mundo.
Llamados a vivir como el mundo o a estar en el mundo, pero sin ser del mundo, pues, “yo os he escogido sacándoos del mundo”.
Vivir en el riesgo y la tensión siempre es un peligro, pero también la gran oportunidad.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Viernes de la 5 a. Semana – Ciclo C

“Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Vosotros sois mis amigos, ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”. (Jn 15,12-17)

Cada día se publican nuevas leyes.
Y hasta resulta curioso que todo el mundo pide que las leyes sean cada vez más duras, sobre todo por motivos de violencia y corrupción.
Diera la impresión de que tenemos que darles trabajo a los abogados, fiscales y jueces.
Y la sociedad sigue igual.
Sigue la violencia.
Sigue la corrupción.
Tampoco la ley va a la zaga.
He mirado el Derecho Canónico y son 1752 leyes.
Y luego todas las normas que salen cada día.

En cambio, Jesús lo simplificó todo. Sólo nos dejó una ley:
“Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”.
Para Jesús es suficiente una sola ley: el amor.
Para el que ama las demás leyes está de sobra.
Para el que no ama, todas las leyes juntas son insuficientes.
San Agustín lo entendió muy bien: “Ama y haz lo que quieras”.

Por eso estoy seguro de que Jesús no nos va a examinar del Derecho Canónico.
Sólo nos hará una pregunta: “¿Has amado?”
Claro que le pone una apostilla peligrosa: “como yo os he amado”.
Porque, como dice el refranero: “la gente a cualquier cosa llama chocolate”.
Y que nosotros pudiéramos traducir: “nosotros, a cualquier cosa llamamos amor”.

Para el cristiano es suficiente “amar”.
Pero “amar” no de cualquier manera.
Si no todo es “chocolate” y tampoco todo es “amor”.
No nos equivoquemos.
Amar, es “amar como yo os he amado”.
El amor del Padre a Jesús es la medida de nuestro amor.
El amor de Jesús para con cada uno de nosotros es la medida del nuestro.

Por eso, luego Jesús establece el marco de relaciones que han de guiar nuestras vidas:
En cristiano no hay “amos y esclavos”.
En cristiano no hay “grandes y pequeños”.
En cristiano no hay “los poderosos y los débiles”.
Donde hay amor no puede haber esclavitud.
Donde hay amor no puede haber “siervos” al servicio de “amos”.
Por eso tampoco puede haber secretos.
Porque los que se aman de verdad no tienen secretos entre ellos.

En cristiano lo que tiene que haber son “amigos”.
Somos amigos de Jesús.
Jesús es nuestro amigo.
Somos amigos entre nosotros.
Soy tu amigo.
Eres mi amigo.
Somos amigos.
Una sociedad de amigos y de amistad.
Una Iglesia de amigos y de amistad.

Amigos que no se imponen, sino que libremente se eligen.
No se trata de esa amistad utilitarista para ver cuánto le puedo sacar de jugo.
Sino esa amistad libre y espontánea que brota del corazón.
Es la amistad fruto de “amarnos como El nos amó”.

Podemos saber mucho.
Pero si no amamos…
Podemos tener grandes títulos.
Pero si no amamos…
Podemos rezar mucho.
Pero si no amamos…
Podemos escuchar muchas misas.
Pero si no amamos…
Podemos comulgar todos los días.
Pero si no amamos…
Podemos celebrar muchas misas.
Pero si no amamos…
Al fin y al cabo lo que verdaderamente nos hace hijos de Dios es el amor.
Lo que nos hace verdaderos cristianos es el amor.
“Esto os mando: que os améis unos a otros”.
El amor y la amistad es el camino que abre la puerta del corazón y de la mente.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Jueves de la 5 a. Semana – Ciclo C

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os ha hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”. (Jn 15, 9-11)

El Padre ama a Jesús.
Jesús nos ama a nosotros.
Y nos ama, no con cualquier amor, sino “como el Padre me ha amado”.
Y nosotros, llamados a vivir en ese amor del Padre y de Jesús.
No en un momento de fervor, sino “permanecer en su amor”.
Vivir inmersos en el amor que nos tiene.
Vivir sintiéndonos amados y amando todos los días.
El amor como estilo de vida.
Jesús nos mete en ese círculo del amor del Padre y de Jesús y nuestro.

Este circular del amor Padre, Hijo, nosotros:
Nos ofrece una radiografía de la propia identidad Jesús.
Nos ofrece una radiografía de nuestra propia identidad, de nuestro ser.
Y nos dice que el Padre y Jesús y nosotros formamos como una misma comunión y comunidad de vida.

¿La identidad de Jesús?
Ser amado del Padre.
Fidelidad a lo que el Padre quiere de El.
Vivir en el ámbito del amor del Padre.

El amor no es para Jesús un deber.
El amor no es para Jesús un mandamiento.
El amor es algo que pertenece a su ser.
Así como “Dios es amor”, también Jesús “es amor”.

Y además, un amor que no es un sentimiento sino:
Una unión de voluntades.
Una unión de compromiso.
Una unión de obediencia amorosa.

Jesús no es El sino el Padre en El.
Jesús no es El sino El en el Padre.
Jesús no vive por El sino por el Padre en El.
Jesús y el Padre son uno en el amor.

¿Nuestra identidad?
También nosotros somos amados del Padre y del Hijo.
Tampoco nosotros somos nosotros sino el Padre en nosotros.
Tampoco somos nosotros sino nosotros en el Padre.
Tampoco nosotros vivimos por nosotros por nosotros mismos.
Sino por el Padre que viven en nosotros y nosotros por el Padre.

Con frecuencia nuestra fe resulta fría y casi indiferente.
Porque nos cuesta tomar conciencia de lo que realmente somos.
Para Jesús hay como una circularidad.
El Padre en El, El en el Padre.
Nosotros en El y El en nosotros
Y el Padre y El y nosotros formando una sola comunidad de vida.

Y esta es nuestra gran verdad.
Y esta es nuestra gran maravilla.
Y esta es la fuente de nuestra alegría.
No una alegría que es nuestra sino la misma alegría de Jesús.
“Para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena”.
Y por eso no es una alegría cualquiera que dependa de la fragilidad de las cosas.
Sino de la alegría del Padre y del Hijo.
Porque solo así “nuestra alegría llegará a su plenitud”.
Jesús se define a sí mismo en su relación con la voluntad del Padre.
Y Jesús nos define a nosotros en nuestra relación con El cumpliendo la voluntad del Padre.

¿Alguien vive de complejos?
Entonces no se conoce a sí mismo.
¿Alguien se valora en nada?
Entonces no se conoce a sí mismo.
¿Que no sientes el gozo y la alegría de la vida?
Entonces no conoces el misterio de Dios en ti.
¿Que no sabes qué hacer en la vida?
Entonces no has descubierto que eres amado del Padre en el Hijo.
Y que como el Padre nos ama, también nosotros somos amor para los demás.
Y como Jesús vive la alegría del Padre, nosotros estamos llamados a ser los testigos de la alegría de nuestra fe.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Miércoles de la 5 a. Semana – Ciclo C

“Yo soy la verdadera vid y mi Padre el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto”. (Jn 15,1.8)

En el Perú celebramos la Fiesta de Santo Toribio de Mogrovejo, cuyo Evangelio es Mt 28,16-20. Nosotros vamos a presentar el Evangelio del tiempo pascual.

Cuando veo podar los árboles siento pena.
Siento que es como si los estuviesen matando a pedacitos.
Cuando veo podar un rosal siento pena.
Es como si los estuviesen castigando por regalarnos sus rosas.
Cuando por primera vez vi podar los viñedos, sentí que todos se iban a morir.
Solo quedaban unas cepas desnudas y mutiladas.
Luego, después de unos meses de verlos desnudos y daban la impresión de estar secos, sentí una profunda alegría al verlos brotar de nuevo rejuvenecidos y con nuevos sarmientos.

Pienso que también la vid tiene que sufrir cuando la desnudan de sus sarmientos, como si fuese un castigo a la cantidad de racimos que nos ha regalado.
Ahora, sin entender nada de viñador, el alma se me abre a la esperanza.
Sé que pasarán el frío del invierno, puros troncos desnudos.
Pero también sé que llegará la primavera y el viñedo florecerá como una pradera verde de nuevos sarmientos.
Y que luego disfruto cuando vea brotar los racimos, los veo madurar y siento ganas de cortarme uno para saborear sus uvas.

El caso es que precisamente a los sarmientos que han dado fruto, el viñador los poda.
Los que no dan fruto simplemente se los tira fuera porque no sirven para nada.
Sólo se poda a los que tienen vida y se cargan de racimos.

La Iglesia, la comunidad cristiana es la viña de Dios viñador.
Y Jesús es la vid de la que todos somos sarmientos.
Y a los que damos fruto, con frecuencia, el Señor también nos poda.
Y hasta pudiéramos imaginarnos a cada uno de nosotros como una vid a la que el Padre viñador nos va podando de tiempo en tiempo.
Nos va podando no para hacernos sufrir.
Nos va podando no para que muramos.
Nos va podando para que volvamos a renacer.
Porque el cristiano es el que está llamado a revivir y renacer cada día.
Y nos va podando precisamente para que demos más frutos.
Nos va podando para que demos más racimos y abunde más el vino.

La vid cuando es podada no se queja.
No se lamenta de quedar desnuda.
Pero nosotros solemos quejarnos y lamentarnos.
Y nos lamentamos precisamente porque nos sentimos buenos.
Y nos quejamos del viñador: “¿por qué a mí que soy bueno y cumplo con todo?”
Y nos olvidamos que también el “Padre viñador” nos poda:
No porque no nos ame.
No porque no nos quiera.
No porque nos quiera hacer sufrir.
No porque nos quiera castigar.
No porque nos quiera ver desnudos e impotentes.

Sino porque, precisamente, nuestro Padre:
Nos quiere ver, no viejos sino nuevos.
Nos quiere ver no cristianos de invierno.
Nos quiere ver cristianos rebrotando y renaciendo cada día.
Nos quiere ver cristianos renovados.
Nos quiere ver cristianos en primavera espiritual.
Nos quiere limpiar de todo lo que nos estorba para crecer.
Nos quiere limpiar de todo lo que nos impide tener un corazón más limpio.
Nos quiere ver cargados de frutos de bondad.
Nos quiere ver cargados de frutos de gracia y santidad.

El dolor y el sufrimiento no son buenos.
Pero nosotros podemos aprovecharlos para purificar nuestra fe.
Podemos aprovecharlos para parecernos más al Jesús que “entregó su vida por nosotros”

La poda duele.
Pero la poda renueva.
La poda hace brotar en nosotros la primavera de la gracia.
No tengamos miedo a la “poda de nuestro Padre, el viñador”.
Nos poda, porque nos ama.
Dejémonos podar para que una nueva primavera florezca en nuestras vidas.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Martes de la 5 a. Semana – Ciclo C

“Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo. Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el Príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre y que lo que el Padre me manda yo lo hago”. (Jn 14,27-31)

“Me voy y os dejo mi paz”.
No esa falsa paz del mundo, sino la mía.
No la paz que es “falta de guerras”.
Sino esa paz que es fruto del amor, de la comprensión.
La paz que es fruto de la filiación divina.
La paz que es fruto de la fraternidad.
La paz que es fruto de aceptar a los demás.
La paz que es consecuencia del perdón.

Pero además nos dice: “Me voy y vuelvo a vosotros”.
Me voy pero seguiré con vosotros.
Me voy para seguiré en medio de vosotros.
Me voy a mi condición divina, pero seguiré compartiendo vuestra condición humana.
No será como hasta ahora.
Pero será una presencia real de amigo y compañero de camino.
Tampoco Jesús “abandonará la obra de sus manos”.
Tampoco Jesús “abandonará la obra de su Evangelio”.
Tampoco Jesús “abandonará la obra de su Iglesia”.
Tampoco Jesús “abandonará la obra comenzada en nosotros por el Bautismo”.

Dios es de fiar.
Jesús tendrá que experimentar la realidad del Príncipe de este mundo.
Jesús tendrá que experimentar la realidad del dominio del mal de este mundo.
Jesús tendrá que experimentar la realidad del aparente triunfo de la injusticia del mundo.
Jesús tendrá que experimentar esos momentos de oscuridad de su Pasión y Muerte.
Jesús tendrá que experimentar esa oscuridad en la que se apaga toda su luminosidad.

No porque el mal triunfe sobre El.
No porque el mal tenga para El la última palabra.
Sino por obediencia al Padre.
Sino por fidelidad a la obra que el Padre le encomendó.
Sino por su fidelidad a su obediencia al Padre.

Pablo lo expresa muy bien hablando de sí mismo:
“Hasta el presente, pasamos hambre, sed y desnudez.
Somos abofeteados, y andamos errantes.
Nos fatigamos trabajando con nuestras manos.
Si nos insultan, bendecimos.
Si nos persiguen, lo soportamos.
Si nos difaman, respondemos con bondad.
Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo
y el deshecho de todos”. (1 Co 4,11-13)

Bella lección para cuantos pensamos que el creer es garantía de que todo nos tiene que ir bien.
Y el cristiano, como Jesús, está llamado a sufrir las consecuencias del modo de pensar y de ser del mundo.
El cristiano, como Jesús, está llamado a pasar por la experiencia del mal en el mundo.
Pero al igual que Jesús, el cristiano sabe que el mal no puede más que el bien.
El cristiano sabe que por encima de todas esas dolorosas experiencias está la fidelidad al Padre.
No solo tenemos que ser fieles a Dios en los claros días de sol, sino también en esos días oscuros donde no se ve nada.
Por eso, a pesar de todas esas oscuridades, dificultades y problemas, “tenemos que seguir creyendo”
Y sigamos dando testimonio “para que el mundo comprenda que yo amo al Padre y que lo que el Padre me manda yo lo hago”.
Con problemas o sin problemas tendremos que dar testimonio “de nuestro amor al Padre”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: San Marcos, Evangelista

San Marcos, Evangelista

“Se apareció Jesús a los Once y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado”. (Mc 16,15-20)

Celebramos hoy la fiesta de San Marcos.
Y leemos el Evangelio precisamente de Marcos que nos narra el último encuentro de Jesús con los suyos.
Jesús se nos va al cielo junto al Padre.
Y ellos son enviados al mundo a continuar su misión.
Despedida que es un “me voy y me vuelvo”.
Hay despedidas dolorosas.
Hay despedidas tristes y gozosas a la vez.
Hasta aquí llegó el camino humano de Jesús.
Aquí comienza el camino de cuantos creen en El.
“Id al mundo entero”.

No se trata de un “tomad un poco de descanso”.
No se trata de un “recordadme con cariño”.
No se trata de un “sed chicos buenos”.

Les había dicho que hicieran “esto en memoria mía”.
Les había dicho “lavaos también los pies unos a otros”.
Les había dicho “amaos como yo os he amado”.
Ahora les dice: “Id al mundo entero”.
Ahora les manda olvidarse de los sillones.
Ahora les manda olvidarse de su tranquilidad.
Ahora les manda olvidarse de su casa.
Ahora les manda a los caminos del mundo.
Ahora les manda a recorrer el mundo.
Ahora les manda a caminar al encuentro de todos los hombres.
Ahora les manda a abrir caminos por todo el mundo.

Esa es la misión:
Hacer caminos.
Abrir caminos.
Andar caminos.
Salir al encuentro de los hombres que buscan.
Salir al encuentro de los hombres que viven en la oscuridad.
Salir al encuentro de los hombres que se sienten satisfechos.
Salir al encuentro de los hombres que necesitan encontrarse con el Evangelio.

“Proclamad el Evangelio”
Es la hora de los pies andando caminos.
Es la hora de la palabra que anuncia la Buena Noticia.
Es la hora de la palabra que resuena en todo el mundo anunciando el Evangelio
Es la hora de poner a los hombres ante el reto de la fe.
Es la hora de ofrecer a los hombres la posibilidad de creer.
Es la hora de ofrecer a los hombres el desafío de creer.
Es la hora de poner a los hombres ante la posibilidad de la salvación.
Es la hora de la palabra, del Evangelio, de la Buena Noticia del Reino.

Esta es la misión de la Iglesia:
No la de instalarse sino la de vivir desinstalada.
No la de quedarse donde está, sino ir a donde están los otros.
O como dirá el Papa Francisco: “de quedarse mirando desde el balcón”,
No la de callar sino la hablar.
No la de silenciar a Dios sino proclamar a Dios “a toda la creación”.
No la de quedarse entre los buenos, sino de llegar a todos.

Estoy pensando en tantos misioneros esparcidos por el mundo.
Estoy pensando en tantos misioneros anunciando el Evangelio en todas las lenguas.
Estoy pensando en aquellos doce religiosos pasionistas que el 24 de diciembre de 1912 salían de Bilbao, rumbo a la Selva peruana. Cinco largos meses para llegar a su primer destino, el Departamento de San Martín y luego Yurimaguas.
Estoy pensando en aquellos cuatro misioneros de esa expedición, ahogados en el río, alguno de los cuales no pudo ser hallado en las turbulentas aguas y comidos por las pirañas.
Estoy pensando en tantos cristianos que han entregado sus vidas al servicio del Evangelio.

Y todo, fruto de aquel “Id al mundo entero”.
Porque el que cree tiene por nación, el mundo.
Porque el que cree tiene por familia, la humanidad entera.
Porque el que cree tiene como única verdad, el Evangelio.

Clemente Sobrado C. P.