Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Santa Rosa de Lima

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Ofrecemos unos rasgos de Santa Rosa de Lima, que por limeña que sea, su vida es válida para toda la Iglesia.
Es la primera Santa de los comienzos de la Evangelización.
Es admirable lo rápido que fructificó en el Evangelio en América Latina.
Es admirable cómo la semilla del Evangelio floreció tan pronto en espiga de santidad.

Y si miramos su entorno, la admiración es todavía más grande.
Junto a Rosa de Lima está la Santidad de Santo Toribio que la confirmó.
Está la santidad del negrito del “perro, gato y pericote”, San Martín de Porres.

La Evangelización comienza a dar sus frutos de santidad:
No es la santidad religiosa o sacerdotal.
Santa Rosa, no fue religiosa, sino terciaria dominica.
Santa Rosa, no se hizo santa en el convento.
Santo Rosa, no se hizo santa en la comunidad de monjas.
Santa Rosa, se hizo santa en la casa de sus padres.
Santa Rosa, se hizo santa seglar.

¿Símbolo y llamada a la Iglesia?
Los seglares siempre han sido “cristianos de segunda categoría”.
Los seglares tenían que ser buenos, pero la santidad era de almas consagradas.
Los seglares tenían que portarse bien, pero la santidad no era para ellos.
Los seglares eran soldados rasos en la Iglesia.

Recién en el Concilio Vaticano II nos damos con la sorpresa del capítulo V de la Constitución de la Iglesia con llamativo título de “Llamamiento universal a la santidad”.
El primer fruto de la Evangelización en América Latina comienza por la “santidad laical”.
Primero, el mensaje de la vitalidad del Evangelio que, recién sembrado, comienza a dar frutos tan prematuros.
Segundo, que el primer símbolo de la eficacia de las semillas del Evangelio que recién comenzaban a brotar, fuese una santa seglar, un miembro más del pueblo de Dios.
La santidad, como florecimiento bautismal, y no solo de vidas consagradas al margen del mundo.
La santidad floreciendo, no en una comunidad religiosa, sino en el clima de la comunidad familiar.

La Iglesia ha vivido mucho la santidad de los “Estados de perfección”.
Pero con ello, se ha olvidado demasiado que, la santidad es el florecimiento del Bautismo.
Que la raíz de toda vida cristiana y por tanto, de toda santidad, es el bautismo.
Los demás son modos, estilos bautismales.
Pero el mayor estilo bautismal lo recibimos de los seglares.

Muchos conocen a Santa Rosa:
Por sus austeridades.
Por sus milagros.
Por su vida de oración.
Lo que nos parece merece toda nuestra atención.

Sin embargo, personalmente prefiero:
Su testimonio bautismal laical.
Su testimonio bautismal de hija de familia.
Su testimonio bautismal de vida en familia.
Como la revalorización del Bautismo.
Como la revalorización de la vida seglar en el mundo.
Por eso, me encanta la frase del Documento de Puebla que hablando de los seglares dice:
“Hombres de la Iglesia en el corazón del mundo,
y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia”. (DP 786)

Que Santa Rosa despierte la conciencia de todos los laicos en su vocación a la santidad.
Que Santa Rosa regale más santos seglares a la Iglesia.
Que Santa Rosa nos haga ver en los altares más hombres con terno y corbata.
Que Santa Rosa nos haga ver en los altares más mujeres con taco alto y tampoco escandalizaría verlas en minifalda.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martirio de San Juan Bautista

Enseguida le mandó a un verdugo que le trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron”. (Mc 6,17-29)

Celebramos hoy el martirio de Juan el Bautista.
Es la suerte de todos los profetas.
Es la suerte de los que no piensan como nosotros y nos estorban.
Es la suerte de los que tienen el coraje de decir la verdad, aunque les cueste la vida.

Los profetas siempre serán molestos.
Los que viven en la libertad de los hijos de Dios tienen la valentía de hablar con libertad.
Y los que dicen la verdad son molestos.
Los grandes aceptan a gusto la adulación.
Pero no aceptan que se les diga la verdad.
A Jesús le condenaron porque no silenciaba la verdad.
A Jesús le condenaron porque prefirió la verdad a la misma vida.

¡Con qué facilidad matan los poderosos?
“Enseguida le mandó a un verdugo traer la cabeza de Juan”.
Algo así como si le mandase traer una jarra más de vino.
Y hasta resulta repugnante lo que añade:
“Trajo la cabeza en una bandeja”.
Posiblemente la misma que antes había traído los manjares del banquete.
Una bandeja que pasa de mano en mano, como quien va enseñando un trofeo:
De las manos del verdugo a las de la joven bailarina.
De las manos de la joven a las manos de la madre.
Es que para los grandes, silenciar a los profetas es un trofeo.

Por fin, Herodías, ya podía cantar victoria, quedarse conviviendo en adulterio con Herodes.
Con la muerte de Juan creyó silenciar a quien le decía la verdad.
Podemos matar a los que dicen la verdad.
Pero no podemos matar la voz de nuestra conciencia.
Aunque a veces, también matamos esa voz que nos molesta dentro.
Podemos matar a quien nos dice la verdad.
Pero no podemos matar la verdad.
Podemos matar a quien nos dice la verdad.
Pero los que dicen la verdad siguen hablando.
Podemos matarlos, pero su muerte sigue siendo la voz de la verdad.
Podremos silenciar a los que nos molestan.
Pero no podremos silenciar la verdad, porque también los mártires siguen hablando.

Los profetas hablan más de muertos que de vivos.
Los profetas hablan más decapitados que cuando podían hablar.
Porque se puede silenciar al que habla.
Pero no se puede silenciar la verdad.
Además antes hablaban sus palabras.
Pero ahora habla el testimonio de sus vidas.
Juan ya no hablará más.
Pero su cabeza en la bandeja sigue hablando a los que no quieren ver la verdad.

Podremos matar a Dios.
Pero Dios seguirá vivo en el corazón.
Podremos silenciar a Dios en la sociedad.
Pero la voz de Dios seguirá hablando en las conciencias.
Podremos amordazar a la Iglesia que anuncia el Evangelio de la verdad.
Pero la sangre de sus mártires seguirá hablando como la de Abel en los comienzos.

Lo que sí llama la atención es ¡de qué cosas somos capaces nosotros cuando nos cerramos a la verdad!
Podremos silenciarla, pero no podremos matarla.
Podremos cortar el tronco del árbol. Pero las raíces vuelven a brotar.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 22 – Ciclo C

“Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: “Cédele el puesto a éste”. Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos… Invita a pobres, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los muertos”. (Lc 14,1.7-14)

Yo debo ser muy raro, no digo virtuoso.
Porque las pocas veces que soy invitado, me resisto a que me pongan en la presidencia.
Me siento incómodo y prefiero los últimos lugares.
Me siento más cómodo.

¿Muchas cosas del Evangelio las tendremos que tomar en serio?
¿Habrá que tomar en serio esto de las invitaciones?
Si Jesús viviese y hablase así hoy:
le hubiesen acusado de comunista.
le hubiesen acusado de perturbador del orden social.
Y hasta es posible que la Iglesia lo pusiese en la lista de los “sospechosos”.

De lo que sí estoy seguro:
Es que quien quiera cambiar lo viejo por lo nuevo va a encontrar dificultades.
Es que quien quiera cambiar lo de siempre por algo distinto no lo tendrá fácil.
Es que quien quiera cambiar y recrear la historia tiene cambiar muchas mentalidades.
No se cambian las cosas quedándonos en lo de siempre.
No se hace nacer lo nuevo no renunciando a mucho de lo viejo.
No se hace nacer lo nuevo haciendo lo que todos hacen.

Por eso mismo, Jesús dice y hace cosas que, sin duda tienen mucho de revolucionario.
¿A caso el Nuevo Testamento no es revolucionario comparado con el Antiguo?
¿A caso Jesús no es revolucionario comparado con Moisés?
¿A caso Jesús no es revolucionario comparado con la religión de la Ley?

Y la gran revolución, aunque no nos guste la palabra, de Jesús:
Fue un cambio de mentalidad.
Fue un cambio de valores.
Fue un cambio de actitudes.

Nuestra mentalidad está siempre pensando en ocupar los primeros lugares.
Nuestra mentalidad está siempre pensando en la amistad de los grandes.
Nuestra mentalidad está siempre en subir, ascender.
Pero viene El y comienza por “rebajarse”.
Por “hacerse uno cualquiera”.
Por decirnos que entre los hombres:
Los verdaderos valores no son los de “ser los primeros”.
Los verdaderos valores no son los de “que a uno le den un título”.

Sino que:
El mejor valor es ser “persona”, al margen del lugar que ocupa.
El mejor valor es ser “considerado en su dignidad de persona”, y no la silla donde se sienta.
Y que por lo mismo:
Como personas todos somos iguales.
Como personas todos tenemos la misma dignidad.
Como personas nadie tiene por qué ser excluido.
Como personas todos formamos una sociedad donde todos tenemos los mismos derechos y deberes.

Y el mejor camino para llegar a esa actitud será:
La cultura del rebajarse uno mismo haciéndose igual al resto, que es la mejor manera de elevarnos a todos.
La cultura de no poner al resto de pedestal para que a uno lo vean mejor.
La cultura de valorar a los demás como a uno mismo.
La cultura de querer para los demás, lo que queremos para nosotros.
La cultura de luchar para que todos puedan sentirse valorados y dignos.

Dios tiene que ocupar el primer lugar en nuestro corazón.
Pero Dios, con ello, no nos rebaja a nosotros, sino que nos eleva a su misma dignidad.
No se trata de excluir a los vecinos de nuestra mesa.
Se trata de invitarlos a todos, porque todos tienen la misma dignidad, aunque no todos tengan las mismas comodidades.
Aquí los pobres y excluidos están llamados a ocupar también los primeros lugares.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 21 a. Semana – Ciclo C

“Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y les dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según se capacidad; luego se marchó… Finalmente se acercó el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. (Mt 25,14-30)

Jesús habla con frecuencia de “irse”.
Pero siempre es un “irse de viaje”.
Es un irse para volver.
“Me voy y volveré a vosotros”.

Y mientras El se va la obra del Reino y la suerte del Evangelio la deja en mano de sus empleados que somos cada uno de nosotros.
Nos deja el Evangelio, pero no para que lo encuadernemos bonito y lo pongamos el los estantes de la Biblioteca Vaticana o Biblioteca Nacional.
Nos lo deja para que lo hagamos fructificar.
Nos deja su Reino, su Iglesia.
Pero para que le demos vida y la hagamos nueva cada día.

Me llama la atención lo que dice “a cada uno según su capacidad”.
Es no todos lo podemos hacer todo.
Pero todos podemos y tenemos que hacer algo.
No todos tenemos las mismas capacidades ni los mismos dones.
Pero, cada uno tenemos los nuestros.
Y cada uno estamos llamados a hacer fructificarlos.

En la Iglesia todos somos responsables.
Cada uno tenemos nuestra tarea:
Yo como religioso y sacerdote.
Tú como esposo/a.
Tú como hijo y hermano.
Tú como seglar metido en los negocios o en la política.

Jesús alaba:
A los que saben de sus exigencias.
Y sin embargo se arriesgan.
Prefiere que se equivoquen, a que se mueran de miedo.
Prefiere que fracasemos, a que nos acurruquemos para que nadie nos vea.
Prefiere que pongamos de lo nuestro, incluso si fallamos.

En cambio condena:
Al que, conociéndolo se refugia en su seguridad.
Al que, por miedo a fracasar no hace nada.
Al que, por miedo a equivocarse esconde el talento recibido bajo tieerra.

Cuando Jesús vuelva:
¿querrá encontrar la Iglesia como El nos la dejó?
¿querrá encontrar el Evangelio como El nos lo dejó o con nuevas ediciones actualizadas?
¿querrá encontrar el mundo como El nos lo dejó, o mejorado, más humano, más justo?

Cuando leí la frase de Martini: “la Iglesia está doscientos años atrasada”, me asusté.
¿No será que hay demasiado miedo a todo cambio?
¿No será que hay demasiado miedo a caminar con la historia?
¿No será que hay demasiado miedo a equivocarnos?
¿No será que hay demasiado miedo a ser más creativos con el Evangelio?
¿No será que hay demasiado miedo a no ser fieles al pasado, y preferimos ser infieles al presente?

Jesús no nos dejó el Evangelio para que lo enterrásemos y se lo devolviésemos sin usar.
Jesús no nos dejó la Iglesia para que la enterremos en el pasado y se la devolviésemos envejecida?
Jesús no nos dejó su Reino para que lo enterremos y se lo devolvamos como El nos lo entregó?

Jesús prefiere:
La creatividad.
El riesgo del hoy y del mañana.
La valentía de abrir nuevos caminos a su Evangelio.
La valentía de hacer nuevas experiencias que respondan al hombre de cada época.

¿No necesitará Jesús administradores de sus bienes que se pongan a negociarlos y entregarle cuando vuelva, lo que nosotros hemos hecho y avanzado?

Hay que ser fieles al Evangelio.
Pero el miedo al cambio y la novedad no es fidelidad.
Es cobardía.
Y la cobardía no va con el Evangelio. El es el primero hacer de viejo algo nuevo.
Claro que, por eso le mataron.
El miedo también puede matar a los creadores.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 21 a. Semana – Ciclo C

“Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “Se parece el Reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. El esposo tardaba, les entró el sueño a todas y se durmieron. ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” (Mt 25,1-13)

Una de las cosas que más me fastidia es quedar con alguien para tal hora y no venga.
O si viene llegue media hora más tarde.
Y siempre con el mismo cuento: “El tráfico, Padre, el tráfico”.

Hay un refrán que dice: “La justicia tarda, pero llega”.
Claro que a veces llega tan tarde que nosotros ya no estamos.
Me gusta más el otro refrán que dice: “Dios tarda pero siempre llega a tiempo”.
Es lo que acaba de decirnos esta parábola:
“El esposo tardaba”.
“Pero el esposo llegó a su tiempo”.
“Pero cuando las que lo esperaban ya estaban dormidas”.

Dios es de los que siempre llega a tiempo.
Lo que sucede es que:
cuando llega, muchos estamos ya dormidos y no nos enteramos.
cuando llega, muchos andamos en otras cosas y no lo oímos llegar.
muchos no le esperamos, y a pesar de todo Dios llega.
cuando llega, a muchos ya se nos acabó el aceite de nuestra fe y no lo vemos llegar ni pasar.
Sencillamente no nos enteramos.
Se nos pasea el alma.
Se nos cuela y nosotros mirando a la luna de Paita.

Que Dios llega, llega.
Que no siempre nos enteramos, también es cierto.
Que no siempre estamos despiertos, también es cierto.
Que muchas veces estamos dormidos, también es cierto.
Que muchas veces estamos sin aceite en el alma, también es cierto.

Que no llega cuando a nosotros se nos antoja, también es verdad.
Que no llega cuando a nosotros nos conviene, también es cierto.
Que no llega cuando a nosotros nos interesa, también es cierto.

Dios es de los que llega siempre.
Pero no siempre estamos atentos para recibirle.
“Vino a los suyos y no le recibieron”.
“Vino a su casa y no la reconocieron”.
Pareciera que Dios siempre llega a desmano.
Pareciera que Dios siempre llega cuando nosotros no estamos.

El problema no está en si Dios llega o no llega.
El problema no está en si llega a tiempo o no llega.
El verdadero problema no es la llegada de Dios.
El verdadero problema es si nosotros estamos dormidos o despiertos.
El verdadero problema es si nosotros le estamos esperando o esperamos otras cosas.
El verdadero problema es si nosotros escuchamos su llegada o nos despertamos cuando ya ha cerrado su puerta.

Me encanta la imagen del Dios que llega.
Porque, de ordinario, cuando alguien llega, solemos esperarle.
Y me encanta la imagen de Dios que llega sin avisar.
Porque así la emoción siempre suele ser más grande.
Lo inesperado y la sorpresa tienen su emoción.
Y lo inesperado de Dios en nuestras vidas tiene también su emoción.

Nuestro peligro es:
Pensar que todavía tenemos tiempo.
Pensar que todavía no vendrá.
Pensar que todavía es muy pronto para que me llame a mí.
Pensar que todavía es muy pronto para que yo pierda el sueño por él.
Pensar que todavía soy joven y aún tengo tiempo.
Pensar que ya soy demasiado viejo para que Dios quiera jugar conmigo.
Pensar que yo no estoy para esas aventuras de Dios en la vida.
Pensar que yo ya no estoy para esas cosas.
Pensar que a mí ya se me pasó el tren de la santidad.
Y lo peor es que tengamos que ir a buscar aceite y nos quedemos en la calle.

Y la verdad es que, Dios siempre viene y siempre llega a tiempo.
La verdad es que, Dios está siempre viniendo.
Y lo más curioso es que, a pesar de estar dormidos, él siempre quiere encontrarnos despiertos.
Y lo curioso es que, Dios siempre quiere encontrar a su Iglesia despierta.
Y lo curioso es que, la vida del cristiano tiene que ser siempre una vida en espera.
Aunque a decir verdad, me admira el hecho de que normalmente sea él quien tenga que esperarnos el tiempo que sea, porque los que llegamos tarde solemos ser nosotros.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 21 a. Semana – Ciclo C

a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre“Dijo Jesús a sus discípulos: “Estén atentos, porque no saben qué día vendrá su Señor. Entiendan bien que si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría vigilando… Por eso, estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre.” (Mt 24,42-52)

Hoy están de moda los “vigilantes nocturnos”, encargados de cuidar las casas, los comercios etc. Se pasan la noche sin dormir dando vueltas, para evitar que algún amigo de lo ajeno pueda entrar.

El Evangelio de Mateo también nos hace una llamado a “vigilad”, “estad en vela”, por más que los motivos sean distintos.

¡Cuántas cosas se nos pasan desapercibidas por estar distraídos!
¡Cuántas cosas se nos pasan sin enterarnos por vivir despistados!
¡De cuántas cosas no nos enteramos por no prestar atención!
Creemos haberlo visto todo y apenas nos hemos enterado de nada.
A mí me encantan esos tipos que se enteran de todo y ven lo que los demás no vemos.
Conocí a un religioso al que la llamábamos “la presencia de Dios”, porque lo encontrabas en todas partes y se enteraba de todo.

Jesús nos conocía de sobra:
Sabía que vivimos encerrados en mil tonterías y no percibimos infinidad de cosas.
Ayer estaba yo en mi jardín y vi dos pájaros negros, no sé si eran mirlos.
Daban un paso y picoteaban en la hierba.
Yo no veía nada. Pero ellos descubrían su comida.
Y pensaba ¡quisiera tener esa vista para ver lo que ellos ven?

Jesús nos habla de su última venida.
Y nos propone una parábola.
Pero antes de esa venida, ¡cuántas venidas de Dios a nuestras vida!
Dios está viniendo todos los días.
Dios está llamando cada día a nuestro corazón.
Dios está pasando a nuestro lado en cualquier momento.

Pero es posible que:
Cada vez que llama a nuestra puerta no le escuchemos por el ruido de la TV.
Cada vez que toca a nuestra puerta no nos enteremos porque tenemos los auriculares escuchando música.
Cada vez que pasa a nuestro lado no le veamos porque vamos distraídos.
Dios es el que viene.
Dios es el que está viniendo.
Dios es el que pasa.
¡Y nosotros en las nubes de nuestras distracciones!

San Agustín lo entendió muy bien, cuando dijo: “Temo al Dios que pasa”.
No le temía a Dios.
Sino temía que pasase sin que él se enterase.
Sino temía que pasase inútilmente.
Sino temía que pasase sin que él lo viese.

Por eso Jesús nos pide:
Que estemos “atentos”.
Que estemos “despiertos”.
Que estemos “vigilantes”.
Hoy nos diría que utilicemos menos “los auriculares”.

Escuchemos a Abraham aquella tarde:
“Hacía calor aquel día, cuando Abraham estaba sentado
delante de su tienda.
Hacía calor aquel día, cuando Abraham estaba sentado
cerca del encinar de Mambré.
Alzando los ojos, miró, y tres hombres de pie estaban delante.
En cuanto los vio se inclinó hasta el suelo y dijo:
«Oh Señor mío, no pases te ruego sin detenerte.»
Sin detenerte, no pases te ruego,
Sin detenerte, sin detenerte.
«Os traeré un poco de agua, os lavaré los pies
y reposaréis a la sombra, os traeré un bocado, os reconfortaréis
y luego seguiréis adelante.
No por casualidad habéis pasado hoy delante de mí.»
“Oh Señor mío, no pases te ruego
Sin detenerte, sin detenerte.
Sin detenerte, no pases te ruego.
Sin detenerte, sin detenerte”. (Emiliano Jiménez)

Estaba sentado a la puerta de su tienda y no escuchando música dentro.
Estaba atento. Y miró y le vio. Y por eso le invitó a quedarse.

Hay que sentarse y hay que estar con los ojos abiertos para ver.
Hay que sentarse y hay que estar atento al que pasa.
Solo así podremos invitarle a que “se quede”.
Hay que estar sentado y atento para no dejarle pasar inútilmente.
Porque cada vez que Dios pasa por nuestras vidas hacemos banquete.
Cada vez que Dios pasa a nuestro lado se anuncia una nueva vida.
Cada vez que pasa a nuestro lado y le atendemos lo que parecía imposible se hace posible.
Dios nunca pasa inútilmente, siempre que le abramos la puerta.
Pero hay que estar “atentos y vigilantes”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: San Bartolomé, Apóstol

San Bartolomé“Felipe encuentra a Natanael y le dice: “Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José de Nazaret”. Natanael le replicó: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” Felipe la contestó: “Ven y verás”. (Jn 1,45-51)

La fe se retransmite capilarmente.
Alguien llegará a la fe, porque tú has creído primero.
Alguien seguirá a Jesús, porque tú lo has seguido primero.
Todos dependemos de todos.
Bartolomé aparece, por primera vez, con el nombre de Natanael.

Lo realmente importante es que, al menos algunos de los primeros discípulos, siguen a Jesús, por el anuncio de uno de sus discípulos.
No sabemos cómo fue llamado Felipe.
Pero sí sabemos que, gracias a Felipe, también Bartolomé (Natanael) llega al encuentro con Jesús.
Y eso que no tenía una gran idea de él: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?
Las llamadas de Dios pareciera que se dan en cadena.
Dios llega a los hombres como una cadena de retransmisión.
El mismo Simón llega a Jesús porque antes llegó su hermano Andrés.
Es como especie de misterio de la vida.
Nacemos porque nuestros padres nos dieron la vida.
Y ellos nacieron, gracias a los abuelos.
Vivimos en un mundo en el que la gracia se retransmite en cadena.

Cada uno somos parte de esa cadena.
El peligro está en que se rompa la cadena.

Natanael o Bartolomé no era ninguno de esos ilusos que todo lo creen a la primera.
Ante el anuncio del Mesías, su primera actitud es de duda o sospecha.
Y más todavía cuando le dicen que es de Nazaret.
Es que Nazaret era tan insignificante que no podía ofrecer nada que fuese importante.

Pero Felipe tiene su propia manera de anunciar al Mesías:
No acude a los discursos racionales.
No acude a los convencimientos intelectuales.
Sencillamente le invita “a ven y verás”.
Algo que nosotros estamos olvidando.
Nosotros nos creemos capaces de ganarnos a nuestros hermanos a través de nuestros argumentos.
Nos creemos capaces de convertir a la gente con nuestros argumentos.
Y nuestra misión no es convertir a nadie.
Nuestra misión es sencillamente hacer de puente entre el hombre y Jesús.
Será Jesús el que convierta.
Será Jesús el que cambie el corazón.
Nosotros seguiremos siendo simples puentes.
A nosotros no solo nos corresponde llevar la gente a Jesús.
A nosotros solo nos toca llevar a los demás para que ellos mismos se encuentren y vean.

Jesús mismo no logra el cambio de Natanael con grandes explicaciones.
Solo le bastó decirle que lo “había visto bajo la higuera”.
¿Qué tiene de particular ver a alguien bajo una higuera?
Nada especial.
Solo ser visto por El.
Y cuando Dios nos mira y nos ve, todo puede cambiar.

Demasiados discursos para nada.
Lo importante es que “los demás vean”.
Lo importante es “sentirse visto por Dios”.
El resto dejárselo a Dios.

Menos discursos sobre Dios.
Más experiencias de Dios.
Menos explicaciones sobre Dios.
Más experiencia de que se encuentren con Dios.
Menos hablar de Dios y llevar más gente a que lo vea.

El camino de la evangelización será el anuncio.
Pero no tanto el anuncio de ideas y doctrinas.
Sino el anuncio de la persona de Jesús.
Somos puentes encargados de que la gente no se quede en el puente mirando al río.
Sino puentes que sirven para pasar a la otra orilla.
Llevar a los hombres a que vean.
Y que cada uno sienta que El ya le ha visto primero.

Señor: gracias, porque aunque era pequeño, tú me viste primero.
Gracias porque te fijaste tus ojos en mí.
Ahí es donde brotó la llamada que sigue vive hasta hoy.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 21 a. Semana – Ciclo C

“Habló Jesús diciendo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más importante de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad”. ¡Guías de ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosantes de robo y desenfreno!” (Mt 23,23-26)

Dice el Papa Francisco:
“Más que el temor a equivocarnos, espero nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en normales que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cesar: “¡Dadles vosotros de comer!” (EG 49)

Es decir: La Iglesia tiene que estar atenta para ser luz y guía de los fieles, pero sabiendo siempre distinguir entre lo esencial y lo secundario, entre loa bueno y lo mejor. Una Iglesia que no se encierra en las seguridades del ayer sino que se arriesga a los nuevos caminos del futuro.

El Evangelio es como una continuación del tema de ayer.
Mucha preocupación por cosas sin mayor importancia.
Y olvido de lo que sí es importante.
Mucha importancia por lo secundario.
Y olvido de lo esencial.
Mucha apariencia.
Pero poca verdad interior del corazón.
Mucha apariencia por fuera.
Poca autenticidad de por dentro.

Para Dios lo verdaderamente importante es el corazón.
Para Dios lo externo carece de valor si no responde a la verdad interior.
Para Dios lo que importa es la pureza del corazón.
No la lavandería exterior.

Que hay que pagar el diezmo de la menta, del anís y del comino está bien.
Pero lo que realmente le interesa a Dios:
Es la dignidad de los demás.
Es el derecho de los demás.
Es la justicia para con los demás.
Es el respetar los derechos de los demás.
Es el respetar el sentido de justicia para con los demás.

Está bien respetar el derecho y las obligaciones de la Ley.
Pero mucho más importante es respetar los derechos y la justicia de las personas.

Que está bien cumplir con la Ley.
Pero lo que Dios pide de nosotros es la compasión con el hermano.
Es la compasión con los débiles.
Es la compasión con los que ha fallado.
Es la compasión con los que han caído.
Es la compasión con los que han pecado.

Está bien que guardemos la legalidad de las cosas.
Pero más importante es el ser “compasivos con los demás”.
Lo más importante es tener un corazón que sabe comprender la debilidad humana.
“Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”.
Dios es justo pero una justicia compasiva.
Dios se revela en el “amor compasivo y misericordioso” con los que han fallado.

Está bien que cumplamos con los preceptos de la ley.
Pero más importante es la “sinceridad”.
El sentido de la sinceridad y de la verdad y la coherencia con el Evangelio.

Está bien que filtremos el mosquito que se nos cayó en el vaso.
Pero más importante es que limpiemos el enjambre de mosquitos que llevemos dentro.
Es decir:
Lo que Jesús nos pide no es vivir de las apariencias.
Lo que Jesús nos pide no es vivir de las apariencias legales.
Sino de la conversión del corazón.
La limpieza y la bondad del corazón.

¿De qué nos sirve vivir esclavos de la ley, si llevamos esclavo el corazón?
¿De qué sirve vivir de las apariencias de cumplir con la ley, si el corazón está sucio?
No robo. Pero ganas no me faltan y tampoco comparto nada de lo mío.
No mato. Pero llevo el corazón lleno de resentimientos y de odio.
No cometo adulterio, Pero mi corazón está lleno de infidelidades.
No miento. Pero tampoco digo la verdad.
No ofendo a nadie. Pero tampoco hago nada por los otros.

Aparento ser piadoso porque rezo mucho.
Pero mi corazón sigue sin amar.
Voy incluso a misa todos los domingos y regreso a casa enemistado con mi hermano.
Comulgo fervorosamente, pero excluyo a mi hermano de mi amor y amistad.
Aparento ser fiel a mi amor, pero mi corazón está en la calle.
Aparento externamente, pero sin que mi corazón cambie.

“Señor, dame un corazón nuevo”.
Porque solo así podré ser guía de mis hermanos.
Porque solo así podré ser guía de los ciegos que no ven.
Lo secundario puede ser importante.
Pero lo que nos hace ser de verdad es lo esencial.
Y lo esencial es “el derecho, la comprensión y la sinceridad”.
Elegantes por fuera y podridos por dentro.

Clemente Sobrado C. P.