Dios también habla hoy: Domingo 28 – Ciclo C

P. Clemente Sobrado cp.

DOMUND Bautizados y enviados

“Jesús, para demostrar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: “Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario” Por algún tiempo se negó, luego se dijo: “le haré justicia, no vaya acabar pegándome en la cara”. “Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? O ¿les dará largas?” (Lc 18,1-8)

Domingo Mundial de las Misiones

Queridos amigos, pese a que el Evangelio de hoy trata del problema de la oración, la Iglesia celebra un acontecimiento que merece toda nuestra atención.
Hoy celebramos el día del DOMUND. Día de las misiones.
Este año celebramos los 100 años de la Encíclica Máximum illud de Benedicto XV que lanzó el grito de renovación misionera en la Iglesia.

Hay un mensaje del entonces Santo Padre Benedicto XVI que no podemos dejar de comentarlo, porque nos marca el camino de lo que el Domund tiene que significar tanto en la vida de la Iglesia como en nuestras vidas personales. El título ya lo dice todo: “Todas las Iglesias para todo el mundo”.

Ya no dice toda la Iglesia, sino todas las Iglesias.
Lo cual significa que todas las comunidades eclesiales, viejas o jóvenes, grandes y pequeñas tienen una misión que cumplir frente al mundo.
Y una misión que no es optativa sino una exigencia del mismo Jesús.
Se trata de un día de reflexión, un día de toma de conciencia de la misión fundamental de la Iglesia.
Y una misión frente a una urgencia que no podemos dejar para mañana sino que nos urge para hoy. Se nos plantea una realidad que está ahí y ante la que nadie puede cerrar los ojos:

En primer lugar: un llamado a las viejas Iglesias que están sufriendo una crisis vocacional y que cuentan con un clero ya andado en años. Y que sin embargo, si quieren renovarse deben reavivar su espíritu misionero. No hay mejor manera de rejuvenecer que darse y entregarse a la causa misionera. De lo contrario se acentuará en ellas su propia vejez.

Y en segundo lugar, una llamada a las Iglesias jóvenes, todavía en formación, para que también ellas compartan de “su propia pobreza”. No se crece encerrándonos en nuestras necesidades sino compartiendo lo poco o lo mucho que tenemos.

Y en tercer lugar, un llamado al Pueblo de Dios para que no dejemos el espíritu y el esfuerzo misionero solo en manos de los sacerdotes, sino que seamos todos misioneros. Es la hora de la evangelización, es la hora de la Iglesia misionera. Es la hora del Evangelio.
Es nuestra hora, la tuya y la mía.
El Papa Francisco ha enviado un mensaje titulado “Bautizados y enviados”.
Todo bautizado es un enviado.
Todo bautizado está llamado a vivir y compartir la novedad del Evangelio y de la salvación.
Ya no son solo las “Iglesias”, sino todos y cada uno de nosotros.
Nuestro espíritu misionero demuestra lo importante que es para nosotros Jesús y su Evangelio y salvación.

La salvación de los demás no puede sernos indiferente.
La FE de los demás no puede sernos indiferente.
Que los demás conozcan a Jesús no puede sernos indiferente.
Si para ti son valores compártelos y ayuda a compartirlos.
No somos indiferentes para Dios, ¿por qué Dios ha de ser indiferente para nosotros?

Oración del Papa Francisco por las misiones

“Padre nuestro,
Tu Hijo Unigénito Jesucristo
resucitado de entre los muertos
encomendó a sus discípulos
el mandato de “id y haced discípulos a todas las gentes”;
Tú nos recuerdas que a través de nuestro bautismo
somos partícipes de la misión de la Iglesia.
Por los dones de tu Santo Espíritu,
concédenos la gracia de ser testigos del Evangelio,
valientes y tenaces,
para que la misión encomendada a la Iglesia,
que aún está lejos de ser completada,
pueda encontrar manifestaciones nuevas y eficaces
que traigan vida y luz al mundo.
Ayúdanos a hacer que todos los pueblos
puedan experimentar el amor salvífico
y la misericordia de Jesucristo,
Él que es Dios y vive y reina contigo,
en la unidad del Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos”.
Amén.

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San Pablo de la Cruz

P. Clemente Sobrado cp.

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no lo dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.”
Pedro le preguntó: “Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?”

(Lc 12,39-48)

Celebramos hoy la memoria de San Pablo de la Cruz, Fundador de los Pasionistas. Un hombre que tuvo la intuición de algo que le habían robado a la Iglesia: “La memoria de la Pasión de Jesús”. La “memoria del amor de Dios en Jesús crucificado”. Como diría Juan Pablo II, sintió “una llamada que Dios hace en una situación histórica determinada; en ella y por medio de ella Dios llama al creyente”.
Estuvo atento y preparado para escuchar a Dios que le llamaba a devolverle a la Iglesia sus raíces que se le estaban secando, por el olvido del misterio de la Cruz.

En esta línea Jesús sigue su diálogo con los discípulos.
Son ellos los primeros que han de tener las antenas atentas.
Pero esta vez llama nuestra atención sobre dos realidades:
Estar atentos a los que pueden robarnos el tesoro del Evangelio.
Seguir atentos “porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”.
Se trata de una llamada de atención que pudiera solucionarnos muchos problemas y pudiera darnos grandes sorpresas de Dios en nuestras vidas.

Atentos para que “el ladrón no abra un boquete”.
Recién comienzo a tomar conciencia de muchas cosas:

No faltan quienes quieren abrir boquete a nuestro Bautismo.
Y tratar de robarnos nuestra condición de hijos de Dios.
Tratar de robarnos nuestra vida de “hijos adoptivos”.
Tratar de robarnos nuestra fe bautismal.
¿Dónde ha quedado, para muchos su Bautismo?
Si ni siquiera saber cuando fueron bautizados.
Necesitamos más atención a nuestro Bautismo sin el cual dejamos de ser cristianos.

No faltan quienes quieren abrir un boquete a nuestro sacerdocio.
Quienes tratan de cuestionarlo.
Quienes tratan de poner en duda su sentido.
Quienes tratan de poner en duda su importancia hoy.
Quienes tratan de convencernos de que nos limita en nuestro desarrollo humano.
Quienes tratan de convencernos de que tenemos que renunciar al amor humano.
Quienes tratan de convencernos de que el celibato carece de sentido.
Necesitamos estar atentos que nadie apague en nosotros la llamada de Dios.
Necesitamos estar atentos a la belleza del servicio del Pueblo de Dios.
Necesitamos estar atentos a quienes nos ofrecen baratos y tentadores.

No faltan quienes quieren hacer un boquete a la Vida consagrada
La vida consagrada no vive sus mejores momentos.
Muchos se preguntan si aun tiene sentido en la Iglesia.
Muchos nos sienten como extraños que no vivimos la vida.
Muchos nos quieren ver secularizados, como el resto.
Muchos nos quieren ver como el resto del Pueblo de Dios.
Muchos no entienden nuestros votos.
Y muchos corremos el riesgo de ser como todos.
Y muchos corremos el riesgo de no llamar la atención.

Muchos quieren hacernos un boquete por donde entre el agua y el buque se hunda.
Mientras tanto, el Señor nos quiere como modelos que animen al resto a vivir a fondo el Evangelio.
Es preciso estar atentos para que nadie nos robe la generosidad de nuestra entrega.
Es preciso estar atentos para que nadie nos robe la generosidad de nuestro servicio al Pueblo de Dios.

No faltan quienes quieren hacer un boquete a la vida de matrimonio.
Nos quieren hacer creer que el matrimonio gay es igual al matrimonio entre hombre y mujer.
Nos quieren meter gato por liebre.
Nos quieren hacer entender que eso de “para siempre” es una utopía.
Nos quieren hacer ver que la infidelidad es un éxito en la vida,
Nos quieren hacer ver que el divorcio es normal.
Nos quieren hacer ver que si no nos entendemos lo mejor es separarnos.
Nos quieren hacer ver que una nueva unión puede ser la felicidad que no tenemos.
Nos quieren hacer ver que es problema de caracteres.
Nos quieren hacer ver que por encima de todo está el derecho a la igualdad.

Como veis hay demasiados ladrones empeñados en hacer boquetes en la vida.
Incluso hacer boquetes en nuestras vidas para que seamos como todo el mundo.
Incluso hacer boquetes en la Iglesia.
Estemos con el ojo abierto y el oído espabilado.
Estemos atentos a no dejarnos robar nuestra identidad.
Estemos atentos a no dejarnos robar nuestra fidelidad.
Estemos atentos no dejarnos robar lo que Dios ha sembrado en nosotros.

San Lucas, Evangelista

P. Clemente Sobrado cp.

“¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias y no os detengáis a saludar a nadie por el camino”. (Lc 10,1-9)

Celebramos hoy la fiesta de San Lucas, evangelista.
El autor del Evangelio más humano y más tierno.
El Evangelio de la humanidad de Dios.
El Evangelio de la ternura del corazón de Dios.
Y el Autor de la historia de la Iglesia naciente.
Es el autor de la bondad, del Espíritu, del amor y de la iglesia.
Y la Liturgia le aplica esta página de su mismo Evangelio.
El Evangelio del envío.
El Evangelio del camino.
El Evangelio de la debilidad de los primeros predicadores.
El Evangelio de los enviados como “corderos”, pero “entre lobos”.
El Evangelio de los enviados marcados con la señal de la debilidad pero entre lobos.
El Evangelio de los desnudos que no necesitan nada, que les basta el Evangelio solo.

Hoy que tanto se habla de “nueva evangelización”, uno se pregunta ¿en qué consiste eso de “nueva”?
Me hace pensar que hemos perdido el estilo de la primera evangelización.
Me hace pensar que hemos perdido esa debilidad en medio de los grandes poderes.
Me hace pensar que hemos perdido esa libertad y desnudez, vestidos solo con la confianza en Dios.
Me hace pensar que tenemos que volver a los comienzos.

Nuestra misión no es la de convertir a nadie.
Para eso detrás vendrá El, que es el único capaz de cambiar los corazones.
“Los mandó por delante a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir él”.

No es la grandeza la que abre el camino a Jesús.
No es el poder el que abre el camino a Jesús.
Sino la debilidad y la desnudez.
El anuncio del Evangelio en sí mismo, desnudo de grandes retóricas.
El anuncio del Evangelio transparente y no revestido de grandes títulos.
Dios llega al corazón de los hombres por el camino de la debilidad.
Dios llega al corazón de los lobos, “los poderosos” por el camino de la debilidad.

“Nueva evangelización”, carecer de todo, menos de la experiencia profunda del Evangelio.
“Nueva evangelización”, la libertad de no tener nada, pero tener un corazón lleno de Evangelio.
“Nueva evangelización”, la libertad de no tener miedo a dar cara por el Evangelio, aún allí donde corremos peligro.
“Nueva evangelización”, la libertad de no tener miedo a ser testigos del Evangelio, a pesar de las consecuencias.
“Nueva evangelización”, la libertad de no creernos autosuficientes sino saber que:
en nosotros está él,
en nuestras palabras habla él,
en nuestros anuncios anuncia él.
“Nueva evangelización”:
Sentirse enviado por él.
Sentir que hablamos por él.
Sentir que actuamos por él.
Sentir que corremos el peligro de él.
Sentir que encontraremos estorbos en el camino como él.
Sentir los rechazos que él.
Sentir las marginaciones que él.
Sentir los fracasos que él.

La nueva evangelización no es algo que nace de nosotros, sino que es sentirnos enviados.
La nueva evangelización no dependerá de nuestras grandezas sino de nuestras pobrezas humana.
Dicho en palabras del Papa Francisco: “Cuánto me alegraría ver una Iglesia pobre y con los pobres”. ¿No será ese el camino que Jesús quiere hoy de la Iglesia?
¿Evangelización? San Francisco.
¿Evangelización? Carlos de Foucauld.
¿Evangelización? Madre Teresa de Calcuta.

Dios también habla hoy: Jueves de la 28 a. Semana – Ciclo C

P. Clemente Sobrado cp.

“Sí, os lo repito: se le pedirá cuenta a esta generación, ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis quedado con la llave del saber; vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar!” Al salir de allí, los escribas y fariseos, empezaron a acosarlo y a tirarle de la lengua con muchas preguntas, para cogerlo con sus propias palabras”. (Lc 11,47-54)

Cada uno es responsable de su vida.
Pero todos somos responsables de todos.
Me impresionó, cuando en 1948 fui de estudiante a Tafalla. En nuestros pequeños paseos pasábamos junto a las Cooperativas vitivinícolas. Y me llamó la atención el letrero que todas tenían en mayólica: “Unos por otros y Dios por todos”.
Bello eslogan de corresponsabilidad. Unos responsables de los demás como Dios es responsable de todos”.

Estamos demasiado acostumbrados al individualismo.
Ser bueno: yo.
Ser mejor: yo.
Saber más: yo
Salvarme: yo.
Algo así como si solo yo existiese.
Una especie de “sálvese el que pueda”.
Mientras tanto, Dios siempre pregunta: ¿Y los demás dónde están?

Para Dios somos todos familia: hijos y hermanos.
Por eso la suerte de los otros nos tendría que interesar tanto como la nuestra.
De ahí que Jesús hable claro:
Los hay que ni entran ni dejan entrar.
Los hay que ni conocen y dejan que otros conozcan.
Los hay que ni crecen ni dejan crecer.
Los hay que ni creen ni dejan creer a los demás.
Los hay que no ven a Dios ni dejan que otros lo vean.

Es lo peor que podemos hacer.
Cada uno tendremos que responder de nosotros mimos.
Pero también tenemos que responder de los demás.
No podemos ser de los que echamos llave a la puerta para no entrar y nos quedamos en la calle.
Peor todavía cuando echamos llave a la puerta del Evangelio y del Reino e impedimos que otros entren.

Ese es el “ay” de Jesús hoy.
Un “ay” contra los que se niegan a abrirse al Evangelio.
Un “ay” con los que tratan de cerrar la puerta para que otros tampoco se abran.

Siento miedo de que, tal vez, no me salve.
Pero más miedo tengo de que:
por causa mía, otros dejen de salvarse.
por causa mía, algunos no lleguen a la fe.
por causa mía, algunos dejen de creer en Dios.
por causa mía, algunos abandonen la Iglesia.

Estoy pensando en esos profesores empeñados en derrumbar la fe de sus estudiantes.
Estoy pensando en cuantos, con el testimonio de nuestra vida somos un estorbo para que otros crean.
Estoy pensando en cuantos, con el testimonio de su vida arrastran a otros al error.
Estoy pensando en cuantos, con el testimonio de su vida, invitan a otros al abandono de su vida religiosa.
Estoy pensando en cuantos, con el testimonio de su vida, ponen a otros en la pendiente del pecado.

Hay muchos cristianos que abren siempre la puerta.
Hay muchos cristianos que ponen estorbos en el camino.
Hay muchos cristianos que impiden avanzar a los demás.

Señor:
que no sea de los que, con mi vida cierro la puerta a los sencillos.
que no sea de los que, con mi testimonio cierro la puerta a los débiles.
que cada día, mi vida sea un abrir la puerta que conduce a ti.
que cada día, mi vida sea como la puerta grande por otros muchos puedan entrar.
Que mi vida sea camino.
Que mi vida sea luz.
Que mi vida sea puerta

Dios también habla hoy: Miércoles de la 28 a. Semana – Ciclo C

P. Clemente Sobrado cp.

“Dijo el Señor: “¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, y la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! “¡Ay de vosotros también, maestros de la ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis con un dedo!” (Lc 11,41-46)

Siguen los “¡Ay!” de Jesús.
Siguen los “¡Ay!” de los que ven la pajita en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
Siguen los “¡Ay!” de los que enredan sus vidas en pequeñeces, y no toman conciencia de lo importante.
Siguen los “¡Ay!” de los que:
Dan importancia a cosas insignificantes.
Pero se olvidan de lo importante.
Dan importancia a la ley.
Pero se olvidan del amor.
Dan importancia a los defectos de los demás.
Pero son incapaces de reconocer las virtudes de los otros.
Dan importancia al cumplimiento de las normas.
Pero no son capaces de sentimientos de comprensión con los más débiles.
Dan importancia al orden.
Pero se olvidan de la vida.
Dan importancia al polvo de los muebles.
Pero se olvidan de que la vida es más importante.
Dan importancia a que los niños vistan blanquitos.
Pero no entienden que los niños tienen que jugar.
Dan importancia al orden en casa.
Pero no entienden que los niños tienen que divertirse.
Dan importancia a ser rectos.
Pero no entienden de comprensión.
Dan importancia a hablar bajito para no perturbar el orden.
Pero no entienden que la vida necesita de música y canción.
Dan importancia al cumplimiento de la ley.
Pero no son capaces de amar.

¡Cuantas normas y cuántas leyes!
Pero, ¡qué poca consideración con las personas!
Cuantas veces exigimos seriedad y cara de tranca.
Y no sabemos valorar una sonrisa.
Preferimos que la gente viva tiesa, seria y aburrida.
Y no disfrutamos con la gente alegre y feliz.
Preferimos el orden a la vida.
Preferimos la justicia a la comprensión y misericordia.
Preferimos la justicia al amor.
Preferimos el culto al perdón.
Y Jesús nos dice: “Deja la ofrenda ante el altar y ve a reconciliarte”.

Somos especialistas:
En ser exigentes con los demás.
Y renunciamos a los sentimientos de comprensión de las debilidades de los otros.
En ser exigentes con los demás, aunque les hagamos pesada la vida.
Y no tenemos la delicadeza de arrimar nuestro hombro para ayudarles.
En ser estrictos con los demás.
En cambio Dios es condescendiente con nosotros.
En ser intransigentes con los demás.
En cambio Dios es amable hasta con los malos.

La exigencia está bien, siempre que tenga en cuenta la debilidad de los demás.
La exigencia es buena, siempre que nos ayude a ser mejores.
La exigencia es buena, siempre que no oscurezca el amor.
“Misericordia quiero y no sacrificios”.
Es preferible equivocarse amando, que acertar maltratando a los otros.
Antes de ser exigentes con los demás, comencemos por exigirnos a nosotros mismos.
Si hay cosas pesadas, comencemos nosotros por llevarlas, y dejemos que otros descansen.
No hacemos santos cargando los hombros de los demás con cargas pesadas, sino haciéndoles sentir que son amados.
Jesús no puso la Cruz sobre nuestros hombres, la cargó sobre los suyos.
Jesús no permitió que Pedro muriese por El como pretendía orgullosamente, fue Jesús quien dio su vida por Pedro.
No hacemos damos vida con cargas pesadas, sino haciendo felices a los demás.

Dios también habla hoy: Martes de la 28 a. Semana – Ciclo C

P. Clemente Sobrado cp.

“Un fariseo lo invitó a comer en su casa. El entró y se puso a la mesa. Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer el Señor le dijo: “Ustedes, los fariseos, limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera ¿no hizo también lo de dentro?” (Lc 11, 37.41)

Hoy están de moda tanto el maquillaje como la cirugía estética.
¿Cuánto se gastará cada día en maquillaje?
El día que desaparezcan los espejos será toda la una tragedia.
¿Y cuánto cuesta la cirugía estética?
Cuando las arrugas amenazan nuestros rostro, a estirar la piel con el Doctor.
Las novias el día de la Boda se pasan horas arreglando la cara y el peinado.
Lo importante no es lo que somos, sino lo que aparentamos.
Como si la cirugía de estirarnos la piel nos quitase años.
Lo importante es lo que se ve.

El Evangelio de hoy nos revela una gran realidad.
El problema entre lo interior y lo exterior.
Una realidad que nos afecta a todos.
Una realidad que nos cuestiona a todos cada día.
Todos queremos aparentar, aunque no seamos.
Vivimos más del maquillaje, que de la realidad.
Y de esto no nos libramos nadie, bueno, casi nada.

Los fariseos han pasado a la historia como los que ostentan y aparentan, pero no son.
Pero quién no lleva mucho de fariseo en su vida.
Comenzamos el día haciéndonos nuestro “tarrajeo” ante el espejo.
Comenzamos el día perfumándonos antes de salir a la calle.
Y a todos nos parece normal.
Yo también lo hago, porque trato de arreglar los cuatro pelos que me quedan para cubrir el pedazo de calavera que me queda.

El problema está cuando esto se convierte en un problema religioso.
Nadie quiere aparecer como mentiroso.
¿Pero cuántos dejan de mentir durante el día?
Nadie quiere aparecer como deshonesto.
¿Pero cuántos a lo largo del día metemos gato por liebre?
Nadie quiere aparecer como infiel.
¿Pero cuántos llevamos luego una doble vida?
Nadie quiere aparecer injusto.
¿Pero cuántos pagamos lo que es debido?
Nadie quiere aparecer como ladrón.
¿Pero cuántos no se llevan aunque sea unos chocolates del supermercado?
Y no hablemos de la “corrupción” hoy tan de moda.

Dios tiene otra manera de mirarnos.
Dios se fija poco en las apariencias.
Dios suele mirar al corazón.
Dios se fija poco en lo que aparentamos.
Pero se fija en lo que somos.
Dios no se fija en la nariz poco estética.
Pero sí en la estética del alma.
Cuidar lo de afuera no es malo.
Pero que las apariencias bonitas de afuera no escondan la fealdad de lo de dentro.

Nos acercamos a comulgar a Cristo en nuestro corazón.
Pero salimos de la Iglesia y lo primero que hacemos en chismorrear de los demás.
Rezamos nuestro Padre nuestro.
Pero ¿quién acepta de verdad a Dios como Padre y a los demás como hermanos?
Rezamos nuestro Padre nuestro.
Pero, ¿quién perdona de verdad al hermano?
Rezamos nuestro Padre nuestro.
Pero, ¿quién se compromete luego en la construcción de su Reino?
Vamos a Misa, hasta es posible que lo hagamos cada día.
Pero ¿vivimos luego el misterio pascual en nuestros corazones?

El día de mi ordenación se me dijo que “viviese lo que anunciaba y que fuese lo que celebraba?”
Figuro como buen sacerdote, pero ¿vivo lo que anuncio?
Me creo buen sacerdote, pero ¿soy lo que celebro?
Es fácil lavarse las manos.
Y, por higiene tendremos que hacerlo.
Lo difícil es lavar de verdad el corazón.
Es fácil ser guapos y bonitos por fuera.
Lo difícil es la belleza del corazón.

Dios no nos quiere sucios por fuera.
Pero sí quiere vernos limpios por dentro.
Me gustan las flores porque son las mismas por dentro y por fuera.

Dios también habla hoy: Lunes de la 28 a. Semana – Ciclo C

P. Clemente Sobrado cp.

“La gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a decirles: “Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se les dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación”. (Lc 11,29-32)

Puede que nos parezca extraño y sin embargo tiene mucho de realidad: Nos cuesta mucho creer en Dios.
Dios necesita convencernos si es que quiere que creamos en él.
Dios tiene que justificarse para podamos creer en él.
Dios tiene que darnos razones para que creamos en él.
Dios tiene que darnos pruebas para que creamos en él.

Pero lo peor es:
Exigirle las pruebas que nosotros queremos.
No bastan las pruebas que él nos da cada día.
Esas como que no nos sirven.
Somos nosotros los que ponemos las condiciones.
“Le pedimos signos”.
Pero los signos que logren convencernos a nosotros.

Diera la impresión de que:
Creer es perder algo.
Creer es renunciar a algo.
Creer es sacrificar muchas cosas nuestras.
Algo así como si le hiciésemos un favor a Dios por creer.
Algo así como si Dios tuviese que pagarnos por creer.
No lo decimos, claro que no, porque creo que sentiríamos vergüenza.
Pero lo hacemos algo así como en secreto.
¿Quién no le ha exigido alguna vez a Dios razones y motivos para creer en El?
¿Quién no le ha exigido alguna vez “que nos haga signos, señales”?

Benedicto XVI repetía con cierta frecuencia: “Que Jesús no nos quita nada y nos lo da todo”.
No es Dios quien tiene que acreditarse delante de nosotros.
Seremos nosotros quienes tendríamos que acreditar nuestra fe en El.
No es Dios quien tiene que “hacernos signos”.
Seremos nosotros quienes tendríamos que hacer verdaderos signos de fe en El.
La fe no es quitarnos algo.
La fe es dárnoslo todo.
La fe no es doblegar nuestra inteligencia, como dicen algunos.
La fe es abrirle nuevos horizontes.
La fe no es algo que damos, sino un don que recibimos.

El verdadero signo de Dios es Jesús.
Es Jesús “Muerto y Resucitado”.
Son las “Llagas gloriosas del Resucitado”.
“No se le dará más signo que el signo de Jonás”.

Tenemos que reconocer:
Que nuestra fe ha sido demasiado mercantilista.
Que nuestra piedad cristiano ha tenido demasiado de compraventa.
“Si me concedes esto, yo te prometo lo otro”.
Muchos de nuestros actos de piedad han estado cargados de condicionamientos.
Piedades que han tenido mucho de “seguridad social”.
Si rezamos tal oración nos aseguramos una buena suerte.
Si hacemos tal otra Novena garantizamos nuestra salvación.
Nos parecemos a los delfines que son muy simpáticos, pero egoístas.
Dan unas cuantas piruetas en el agua, pero inmediatamente se acerca a la orilla en busca de su sardina. Y así se pasan el día, dicen que divirtiéndonos de simpáticos, pero en realidad se aprovechan de nuestra diversión para sacar su sardinita.

Y este tipo de piedad nos ha solevado insensiblemente:
A ser nosotros los que nos adelantamos a Dios.
A ser nosotros los que ganamos la benevolencia de Dios.
A ser nosotros los que le exigimos a Dios señales para creer en él.
¿A caso no repetimos: “yo ya estoy perdiendo la fe, porque le oré y no me hizo caso?”

No le pidamos signos a Dios.
Sepamos ver las señales que cada día nos envía.
El mundo está poblado de señales de Dios.
Aprendamos a verlas para que luego no necesitemos pedirle las que a nosotros nos convienen.

Dios también habla hoy: Domingo 28 – Ciclo C

P. Clemente Sobrado cp.

Los 10 leprosos

“Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?” Y le dijo: “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”. (Lc 17,11-19)

Dios no excluye a nadie

Amigos: el texto de los leprosos nos es ya muy conocido, pero ¿nos hemos metido en su entraña y nos hemos sentido implicados en él? Veamos algunas ideas centrales:

En primer lugar: El leproso era, ante todo un marginado, un excluido. Su lepra le hacía un extraño en la vida y la esperanza de su pueblo. Era en realidad un maldito. Excluido por los hombres y por Dios.

En segundo lugar: significa cómo Dios se acerca a aquellos a quienes a quienes los hombres excluyen, un verdadero signo de la Iglesia.

En tercer lugar: Los enfermos se convierten en el signo de los hombres que reciben la salvación que les transforma integralmente.

El texto tiene cuatro momentos: la petición o súplica, el milagro, el agradecimiento y la salvación.

La súplica: Es un tomar conciencia de su realidad, es el signo de todos los hombres que descubren sus realidades y llaman a la puerta del misterio pidiendo auxilio.

El milagro: Jesús les manda al Sacerdote para que como representante de la comunidad testifique oficialmente su curación y puedan insertarse de nuevo para formar parte del pueblo de Israel y de sus esperanzas. El milagro del cuerpo se produce en el camino.
Desde ese momento se sienten diferentes. Nueve de ellos aceptan la curación física pero siguen su camino al sacerdote, dispuestos a seguir integrados en la vida humana y religiosa de Israel, su pueblo.
En realidad no les aporta nada nuevo. Siguen en lo viejo de antes.
El encuentro con Jesús no les ha cambiado interiormente.

El agradecimiento: Sólo un vuelve atrás en busca de Jesús. El no tiene comunidad que lo reciba. No se queda en su pasado, sino que se siente tocado interiormente por Jesús y vuelve alabando y dando gracias dispuesto a seguirle.

La salvación: Nueve solo son curados en el cuerpo. Uno, el samaritano, cambia también por dentro. La salvación tiene que ser integral: cuerpo y alma. Ni materialismo ni espiritualismo.