Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 20 a. Semana – Ciclo A

“Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. (Mt 20,1-16)

La justicia de Dios no es la nuestra.
Para nosotros “justo” es dar a cada uno lo que le corresponde.
Y ya sería bastante si lográsemos esta pobre justicia matemática.
La justicia de Dios no es la de los números.
La justicia de Dios es la del corazón.
La justicia de Dios es la de la gratuidad.
La justicia de Dios no cuenta las horas laborables.
La justicia de Dios nace de la bondad y gratuidad del corazón.

¿Alguien quisiera que Dios sea justo con nuestra justicia?
¿Alguien quisiera que Dios le corresponda según los propios méritos?
Personalmente prefiero que Dios utilice conmigo su propia justicia.
Con frecuencia, hecho una mirada a mi vida y siento una especie de vacío.
Y eso que, creo, al menos es mi modo de ver, he trabajado con toda mi alma.
Y en medio de esa especie de vacío, lo único que me viene a la mente, es ofrecerle lo que Jesús ha hecho por mí.
O bien le digo: “no mires mis méritos sino la generosidad de tu corazón”.

Humanamente no pareciera muy justo:
Que quien se ha roto el alma trabajando todo el día cobre igual que el que llegó al “Podéis ir en paz”.
Que quien ha trabajado todo el día, tenga la misma paga que el que llegó al frescor de la tarde.
Pero, claro, esas son nuestras matemáticas.

¡Cuántos se escandalizan cuando se les dice que Dios puede salvar, no solo al que creyó en él desde niño, sino al que también pescó de los pelos a la hora de su muerte!
Por algo la parábola habla de distintas horas de llamadas:
Al amanecer. A media mañana.
Al mediodía. Al caer de la tarde.
Para Él todas las horas son buenas para llamar.
Para Él todas las horas son buenas para responder.

Estoy pensando, al margen del contexto de la parábola:
Los hombres hemos sido llamados desde el amanecer.
¿A qué hora llamará la Iglesia a las mujeres?
¿O es que todavía no ha llegado la hora de que sean llamadas?
¿No dirán también ellas, sentadas en la plaza o en casa, que “tampoco a ellas “nadie las ha llamado”?
Es posible que también para la Iglesia los hombres “merezcamos más que un denario”.
Es posible que también para la Iglesia haya diferentes salarios de gracia entre hombres y mujeres.
Aunque, a decir verdad, es también posible que los hombres nos llevemos nuestros “chascos” y nuestras desilusiones, cuando veamos que el Señor les está pagando a ellas lo mismo que a nosotros y hasta puede que no solo les pague el tiempo que han trabajado sino también las horas en que por culpa nuestra no han hecho nada.

El corazón de Dios no es como el nuestro.
No tratemos de ver el corazón de Dios desde el nuestro.
El amor de Dios no es como el nuestro.
No tratemos de ver su amor desde el nuestro.
Ni tratemos de hacer de Dios uno de nosotros.
“Vamos a tener nosotros envidia porque Él es bueno”.

A nadie le extrañe que nos llevemos muchos desengaños cuando lleguemos al cielo.
¡Y no sea que junto a ti, a tu lado, te encuentres que, el asiento está reservado para ese que tú crees es mucho peor que tú!
No seamos como aquel que, después de un comentario mío a esta parábola, me decía: “Si fulano va a estar a mi lado, yo armo lío en el cielo, aunque me echen”.
Mi respuesta fue muy sencilla: “Pues serás libre en irte, pero no podrás cambiar el corazón de Dios”.

No me pagues, Señor, según mis méritos, sino según tu bondad y gratuidad.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 20 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Les aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos.” Al oírlo, los discípulos quedaron sorprendidos y dijeron: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”Jesús, mirando fijamente, dijo: “Para los hombres es imposible, pero Dios lo puede todo” “Ustedes que me han seguido, también se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que por mi nombre, deje casa, hermanos… recibirá y heredará la vida eterna.” (Mt 19,23-30)

Sigue el diálogo de Jesús con sus discípulos.
La negativa del joven rico a dejar sus riquezas para seguir a Jesús, termina siendo un ejemplo claro para la catequesis de Jesús.
No le sigue:
Porque no tengas ganas de algo más.
Porque no tenga la ilusión ser más que lo que es.
Porque no tenga ganas de aspirar a algo más.

Pero tiene un problema:
No se puede seguir a Jesús como quien cambia de casa y se lleva consigo todo lo que tiene.
No se puede seguir a Jesús con el camión de transportes cargado.
No se puede seguir a Jesús llevándose consigo todas sus riquezas.
Y por eso, da vuelta atrás y regresa a su casa triste.
Y el mismo Jesús que se había hecho ilusiones lo ve marchar desilusionado.

Esto le da a Jesús pie para hacer una afirmación muy dura:
“difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos”.
No por ser rico.
Sino porque valora más lo que tiene que el ser discípulo de Jesús.
Ser rico no es ningún pecado.
El pecado está en el corazón del rico que pone como valor de su vida sus riquezas.
El pecado está en el corazón del rico apegado a sus riquezas.
El pecado está en el corazón del rico que no descubre que Jesús es más que todas sus riquezas.
El pecado está en el corazón del rico que prefiere sus riquezas a seguir con libertad a Jesús.
No son las riquezas las que impiden entrar en el reino.
Es la actitud que tenemos frente a las riquezas las que nos estorban.

Y claro, si el apego a las riquezas es un obstáculo para entrar en el Reino, significa:
que las riquezas son también el gran obstáculo para que todos tengan lo suficiente.
que las riquezas de unos son la causa de la pobreza de otros.
que hay pobres porque hay ricos que lo acaparan todo.
que hay pobres, porque hay ricos, para quienes sus riquezas son más importantes que los pobres.
que hay pobres, porque hay ricos insensibles a la pobreza de los demás.
que hay pobres, porque hay ricos incapaces de renunciar a lo que tienen para otros tengan algo.

Y quien no valora a los pobres:
no está en condición de abrirse a los valores del Evangelio.
porque su corazón está pegado a sus riquezas, y así nunca entenderá el Evangelio.
Si no somos capaces de dar lo tenemos a los pobres para entregarse a Jesús, ¿cómo lo hará con los pobres?
Es problema de riquezas y del apego del corazón

De todos modos, siempre queda una esperanza.
Lo que parece imposible para los hombres siempre será posible para Dios.
La gracia de la conversión del corazón siempre es una posibilidad para todos.

El mundo de la riqueza y la pobreza:
No cambiará sin la conversión del corazón.
No cambiará sin el cambio del corazón.
No es un problema de justicia social.
Es un problema de gracia, de conversión.
Y Dios no niega su gracia tampoco a los ricos.
Y por eso también los ricos pueden convertirse.
Y por eso también los ricos pueden salvarse.
“Para los hombres es imposible,
pero Dios lo puede todo”.

No se trata de teorías ni de ideologías.
Se trata de conversión, fruto de la gracia.
Y por eso, humanamente es imposible que un rico entre en el reino de los cielos.
Pero visto desde la gracia, la salvación es para todos, ricos y pobres.
No nos salvamos porque dejamos.
Nos salvamos porque le seguimos.
Y le seguimos dejándolo todo.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 20 a. Semana – Ciclo A

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

“Se acercó uno a Jesús y le preguntó: “Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para obtener la vida eterna?” Mira, si quieres entrar en la vida, mandamientos”. “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme”. El joven se retiró, entristecido porque poseía muchos bienes”. (Mt 19,16-22)

Con frecuencia escucho: “Padre, yo soy un buen cristiano: no robo y no mato”.
Acabáramos.
Tú serás una buena persona según la Ley de los Mandamientos.
Además, tú los has reducido a dos.
Lo mismo hizo Jesús: los redujo al primero de amar a Dios y al segundo de amar al prójimo.
En tanto que tú los ha reducido a “no robar ni matar”.

Los mandamientos nos hacen buena gente.
Pero no nos hacen cristianos.
Por algo dijo Jesús: “Antes se dijo, pero “Yo os digo”.
Con los mandamientos somos buena gente, y posiblemente nos salvemos.
Pero los diez mandamientos los tiene que cumplir cualquier pagano.
Porque todos tienen que: honrar al padre y a la madre, no mentir, no robar, no cometer adulterio, no matar etc.
Todo esto es de ley natural.
Pero, si quieres ser cristiano, la canción es otra.
Si quieres seguir a Jesús, la cosa es distinta.

Este joven que se presenta a Jesús era gente buena.
Posiblemente se salvaría cumpliendo los mandamientos.
Pero Jesús descubre que él hay algo más serio.
Está el seguimiento de Jesús.
No seguimos a Jesús con el Decálogo.
A Jesús le seguimos con lo que “yo os digo”.
Y Jesús le dice: si quieres seguirme el camino es otro.
Si quieres seguirme comienza por vender lo que tienes.
Si quieres seguirme da tus bienes a los pobres.
Si quieres seguirme, despréndete de lo que tienes.
Dáselo a los pobres.
Luego, ya desnudo, calato, sin nada, abandonándolo todo, sígueme.

Es posible que la mayoría de nosotros:
Nos quedemos en el Antiguo Testamento.
Nos quedemos en el cumplimiento de la Ley.
Nos quedemos en cumplir los mandamientos.
Nos quedemos en ser gente buena.

Pero no lleguemos a ser cristianos.
Buenos, sí.
Cristianos, no.
Salvarnos, sí.
Ser perfectos como Dios quiere de nosotros, no.
Porque nos quedamos en el cumplimiento del Decálogo.
Pero somos incapaces de desprendernos de lo que tenemos.
Somos incapaces de dar lo que tenemos a los pobres.
Somos incapaces de seguirle sin nada, ligeros de equipaje.

Nos olvidamos de que ser cristianos es mucho más que ser buenos.
Nos olvidamos de que ser cristianos es mucho más que seguirle con todo lo que tenemos.
Nos olvidamos de que ser cristianos es no tener más que a Jesús.
Nos olvidamos de que ser cristianos es tener como único valor a Jesús.
Nos olvidamos de que ser cristianos es desprendernos de todo.

El problema no está en seguir a Jesús.
El problema es seguirle libres de equipaje.
El problema es hasta donde Jesús es más importante que todo lo que tenemos.
El problema es desprendernos de todo por él.
Podemos ser buenos cargando con todo lo que tenemos.
Pero solo podemos seguir a Jesús liberándonos, vendiendo todo lo que tenemos.

Es posible que todos tengamos muchas ilusiones de ser discípulos de Jesús.
Pero es posible que muchos demos marcha atrás y nos quedemos en ser buenos con todo lo que tenemos.
El seguimiento de Jesús queda en un buen deseo.
Pero la realidad se queda sin renunciar a nada.
Jesús subió a la cruz desnudo.
A Jesús solo se le puede seguir desnudo.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 20 – Ciclo A

“Jesús se marchó de allí y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, procedente de aquellos lugares, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo. El no responde nada”. Entonces los discípulos se le acercan a decirle: “Atiéndela que viene detrás gritando”. “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla como deseas”. (Mt 15,21-28)

Le voy a poner como título periodístico: “Evangelio de las sorpresas”.
Sorpresa es ver a Jesús en tierra pagana.
Sorpresa es ver que también entre los paganos hay fe.
Sorpresa es la fe de una mujer pagana.
Sorpresa es el cambio de actitud de Jesús, que de compararla con los perros, termina alabando su fe.

Todos tenemos, de alguna manera, la tendencia a pensar:
Que solo nosotros tenemos la verdad.
Que solo nosotros tenemos fe verdadera.
Que solo nosotros nos merecemos los favores de Dios.
Que Dios solo nos ama a nosotros que creemos en él.

Y aquí Jesús nos da una gran lección. En primer lugar actúa como situándose en lugar nuestro.
Comienza por no responder a los gritos de la mujer.
Comienza por guardar silencio como si sus gritos no le llegasen.
Expresa su resistencia a atenderla.
Y hasta le pone una imagen bien poco delicado, y si despectiva.
“El pan de los hijos no se tira a los perros”.
Este no suele ser el modo de pensar ni de actuar de Jesús.
Jesús no hace acepción de personas.
Creo que más bien quiere ponerse en nuestro lugar, revelando cómo solemos pensar nosotros.
Además, quiere demostrarnos cómo también los paganos tienen fe.
Y cómo a veces los paganos, los que no pertenecen a la Iglesia, pueden tener más fe que los que estamos dentro.

Una invitación a cambiar de modo de pensar:
Comienza por no encerrarse en su propio territorio religioso.
Se va a territorio de paganos.
Demostrando la universalidad del Evangelio y del Reino.

El Papa Francisco es bien claro:
“la Iglesia vive hoy encerrada en sí misma, paralizada por los miedos y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos como para dar sabor a la vida moderna y ofrecerle la luz del Evangelio. “Hemos de salir a las periferias”.

Mucho tiempo hemos vivido con la mentalidad de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”.
Y nos hemos olvidado que la Iglesia es más que sus estructuras.
Que la Iglesia existe allí donde actúa el Espíritu.
Y que, por eso, también fuera de la Iglesia puede haber mucha fe.
Lo cual no significa que no debamos anunciarles el Evangelio.
Esta era una mujer pagana y Jesús reconoce: “Mujer, qué grande es tu fe”.
Conocemos muy poco la acción del Espíritu más allá de las estructuras eclesiales.
El Cardenal Martín publicó un libro con un título provocativo para muchos: “La oración de los que no creen”.
Y creó en Milán “La cátedra de los no creyentes”.
Por algo decía el filósofo místico judío: “Rezar es la gran recompensa de ser hombres”.
Esta mujer era pagana. “y se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”.
Y su fe y su oración lograron el milagro de la curación de su hija, cosa que muchas veces nosotros no conseguimos.

No vivamos “encerrados en nosotros mismos y en nuestros miedos” que dice el Papa.
Dios es más que la Iglesia.
La salvación es universal y se ofrece a todos.
Nunca descubriremos el misterio de la universalidad de la salvación.
La acción del Espíritu no puede ser limitada por los muros de nuestra comunidad.
Demos gracias, porque vivimos una fe consciente e iluminada.
Pero no menospreciemos la fe que no vemos en tantos corazones ajenos aparentemente a nosotros.
Los grandes tesoros no están a flor de tierra sino que hay que buscarlos en la profundidad.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 19 a. Semana – Ciclo A

“Le acercaron a unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos les regañaban. Jesús les dijo: “Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el Reino de los cielos. Les impuso las manos y se marchó de allí”. (Mt 19,13-15)

Pocas veces aparecen los niños en la vida de Jesús.
Siempre aparecen esos barbones, y esos grandazos intelectuales.
Claro, también esos santazos fariseos.
Para los niños pareciera que no hay espacio en el Evangelio.

Es lo de siempre.
El mundo es siempre de los grandes.
Los niños siempre son excluidos donde estamos los grandes.
Aunque, perdonen, porque a veces, no sé cuánto tenemos de grandes.
Los mismos discípulos tampoco tienen demasiada devoción a los niños.
Por eso “les regañaban” y protestaban.
Para los niños pareciera que nunca tenemos lugar, con eso de que “ellos son el futuro”, mientras no llega ese futuro, los niños suelen estar marginados.

Y sin embargo, no hay jóvenes donde no ha habido niños.
No hay adultos no ha habido niños.
Ni siquiera hay ancianos sin que antes todos hayamos sido niños.
Los niños no son futuro.
Los niños “son hoy”, también ellos tienen un espacio en la vida.
Y mucho más en el corazón de Dios.

Decimos que los niños “no son” sino que “serán nuestro futuro”.
Nos hemos empeñado en hacer una familia de viejos.
Nos hemos empeñado en hacer un mundo de viejos.
Cuando la realidad nos dice que:
Los niños son la sonrisa del mundo.
Los niños son la alegría del mundo.
Los niños son esa informalidad, que rompe tanta seriedad.
Un mundo sin niños es como un mundo sin sol.
Un mundo sin niños es como un jardín sin flores.
Un mundo sin niños es como una noche sin estrellas.

¿Qué son traviesos? Por ahí pasamos todos.
¿Qué son irresponsables? Por ahí pasamos todos.
¿Qué fastidian a veces? Lo hemos hecho todos.
Pero ¡si hasta Dios se hizo Niño!
Que tampoco Dios nació adulto, sino que nació niño que fue “creciendo en edad en estatura, en sabiduría y en gracia delante de Dios y los hombres”.

Por eso Jesús se sentía tan a gusto con ellos.
No importaba que se le subieran a las rodillas.
Ni importaba que tuviesen las narices sucias.

El problema somos nosotros si no somos capaces de ayudarles a crecer.
Y para ello hay que darles tiempo y confiar en ellos.
¿Recuerdan el cuento de Paulo Coelho?
Es toda una lección de cómo relacionarnos con los niños.
Cuenta cómo un discípulo del maestro Bankey fue sorprendido mientras robaba durante una clase. ¿Alguien puede decir que, de niño no robó nada? Yo robé hasta peras al cura, solo que en vez de peras, terminaron siendo membrillos.
Todos pidieron su expulsión de la clase. Pero Bankey no hizo nada.
Dejó seguir la cosa.
A los pocos días, volvió a robar. Y el maestro siguió callado.
Todos pidieron fuese castigado. A lo que el maestro respondió:
¡Cuán sabios sois! Habéis aprendido muy bien a distinguir lo correcto de lo equivocado y ya podéis estudiar en cualquier otro lugar. Pero este pobre hermano no distingue lo que está bien de lo que está mal, y solamente me tiene a mí para enseñárselo.
Los discípulos aprendieron la lección.
Y el ladrón nunca más volvió a robar”.

“Dejad que los niños vengan a mí. De los que son como ellos es el Reino de los cielos”.
No niego que los niños joroban y fastidian y roban membrillos en vez de peras.
Una sociedad tiene futuro, cuando acoge a los niños y es capaz de mostrarles el camino del futuro. “Y Jesús les impuso las manos”.
Una sociedad tiene futuro cuando acoge a los niños y “les impone las manos”.
Una sociedad podrá sonreír mientras se puedan escuchar las sonrisas y alegrías de los niños.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 19 a. Semana – Ciclo A

“Ellos le insistieron: “¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse?” El les contestó: “Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Ahora os digo yo que, si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio”. Los discípulos le replicaron: “Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse”. (Mt 19,3-12)

Estoy convencido de que no hemos avanzado mucho.
Al hombre le cuesta el compromiso definitivo.
Diera la impresión de que le va mucho mejor “compromiso de alquiler”.
Eso que hoy suele repetirse:
“Mientras me vaya bien”.
“Mientras me sienta bien con ella”.
Y eso parece que lo llevamos incrustado dentro.
Hasta los discípulos son reacios al matrimonio para siempre.
“Si la cosa es así con la mujer, no trae cuenta casarse”.

Tampoco hemos avanzado mucho en cuanto a la dureza del corazón.
Hay leyes que se dan:
No porque deban darse, sino porque nos interesa que se den.
Es cuestión de hacer campaña para que se “legalice el divorcio”.
Es cuestión de hacer campaña para que se legalicen las uniones unisexuales.
Es cuestión de hacer campaña para que se legalice el aborto.
Manifestaciones públicas.
Fiesta del “orgullo gay”.
Adopciones a los “matrimonios gays”.
Hasta somos capaces de “condicionar nuestro voto” a que se den esas leyes.
Leyes dadas bajo presión y terquedad.
Leyes que obedecen más a nuestros caprichos que a la verdad.

Por eso, hoy muchas de nuestras leyes, no pueden ser criterio de conducta.
Porque no son expresión de la verdad, sino de lo que nos conviene o nos interesa.
Y el caso es que, si alguien protesta, le cuelgan el “sambenito” de retrógado, de no estar al día.
Si la Iglesia dice su palabra esta anticuada y no camina al ritmo de los tiempos.

Jesús les hace retroceder “al comienzo”, “al principio”.
Les hace retroceder al plan creacional de Dios.
No es que Moisés quisiera contradecir a Dios.
Legalizó el divorcio “por la terquedad del corazón de los hombres”.

Además resulta curioso:
El divorcio parece ser un derecho de los “hombres”.
El divorcio está al servicio de los caprichos de lo hombres.
Las mujeres no tienen derechos.
Las mujeres solo tienen derecho a ser abandonadas, cuando ya nos hemos cansado de ellas o simplemente, como suele suceder, porque por la calle hemos “encontrado algún modelito nuevo”.
Igualito que nos sucede con los carros o coches.
Todos queremos lucir el último modelo, el modelo del año.

El divorcio aparece así:
Como un atentado a la igualdad entre hombre y mujer.
Como un atentado a la dignidad de la mujer.
Como un atentado a los derechos de la mujer a la que se prometió fidelidad para toda la vida.
Como un atentado a las ilusiones de la mujer que entregó su vida para siempre.

Sería bueno:
Revisáramos el por qué de muchas leyes.
Revisáramos el valor ético y moral de muchas de nuestras leyes.
No por ser legal podemos decir que es ético y moral.
No por ser legal tiene valor de verdad.

Y siempre por la terquedad de nuestros corazones.
Por eso Jesús comienza por pedirnos la “conversión del corazón”
Mientras no haya cambio de corazón seguiremos tercos esclavos de nuestras conveniencias.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 19 a. Semana – Ciclo A

“Se le adelantó Pedro y preguntó a Jesús:”Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contesta: “No te digo hasta siente veces, sino hasta setenta veces siete”. (Mt 18,21-19,1)

Setenta veces siete

A Dios no le gustan las matemáticas.
Uno le preguntó si “serán pocos los que se salven”.
Ahora Pedro le pregunta ¿cuántas veces ha de perdonar al hermano que le ofende?
Y en un exceso de generosidad, Pedro pone como límite del perdón “siente veces”.
El amor no es bueno para las matemáticas.
El amor, dice Pablo: “Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta”. “El amor no acaba nunca”.
Y el perdón es hijo del amor.
El amor no tiene límites.
Luego tampoco el perdón puede tener límites.
Tenemos que amar siempre.
Por eso tenemos que perdonar siempre.
Ponerle límites al perdón es ponerle límites al amor.
Es ponerle límites a Dios.

El perdón a unido a la nueva criatura nacida de la Pascua:
“Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
“Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”.
El perdón es el primer fruto del Espíritu Santo.
El perdón es el primer fruto de la nueva criatura nacida de la Pascua.

La misma fórmula de la absolución va unida al don del Espíritu Santo:
“Dios Padre misericordioso, que la muerte de tu Hijo reconcilió al mundo y derramó al Espíritu Santo para el perdón de los pecados”.
“Misericordia del Padre”,
“Muerte del Hijo”,
“Don del Espíritu Santo”
Van unidos “para el perdón de los pecados”.

Y ni la misericordia de Dios tiene matemáticas.
Ni la Muerte del Hijo tiene matemáticas.
Ni el Espíritu Santo, amor del Padre, tiene matemáticas.
Por tanto, el perdón tampoco puede estar condicionado a las matemáticas.
La misericordia de Dios es infinita.
La muerte del Hijo es amor total y sin límites.
El Espíritu Santo es amor infinito de Dios.
Lo que significa que el “perdón también debe ser infinito”.
Es decir: perdonar siempre.
Sin la tacañería de los números.

Con frecuencia nosotros medimos nuestro amor.
Y por eso medimos también nuestro perdón.
“Ya le he perdonado tres veces. Y a la tercera va la vencida”.
El perdón como expresión del amor no tiene medida.
Cosa que a nosotros nos suele costar entender.
Porque nos cuesta entender la misericordia de Dios, la Muerte de Jesús, y la presencia del Espíritu Santo.
Medimos nuestro perdón, porque medimos nuestro amor.
Medimos nuestro perdón, porque no hemos comprendido el amor de Dios.

No vayamos lejos:
¿Cuántas veces te has confesado en tu vida?
¿Cuántas veces te ha perdonado Dios?
¿Cuántas veces más te seguirá perdonando?
Tantas, cuantas veces peques.
Tantas, cuantas veces lo necesites.
Tantas, que Dios te perdonará siempre.
Incluso sabiendo que volverás a fallarle.
¿Por qué ponerle límites a lo infinito?
¿Por qué ponerle límites al amor de Dios?
¿Por qué ponerle límites al Espíritu Santo que te habita?

San Juan María Vianney afirmaba: “El Buen Dios lo sabe todo. Antes aún que os confeséis, sabe ya que pecaréis de nuevo, y sin embargo os perdona. ¡Cuán grande es el amor de nuestro Dios que lo lleva hasta a olvidar voluntariamente el porvenir, con tal de perdonarnos!”

El Sacerdote es ministro del perdón de sus fieles y sujeto del perdón.
El marido es ministro del perdón de su esposa.
La esposa es ministro del perdón de su marido.
Los padres son ministros del perdón de sus hijos.
Y todos somos ministros del perdón de todos.
Dios nos ha regalado la cultura del perdón.
O perdonamos siempre o no perdonamos nunca.
Quien ama de verdad perdona siempre, sin tacañerías.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 19 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso a la comunidad, considéralo como un gentil o publicano”. (Mt 18,15-20)

Jesús nos ha puesto el gorro hoy a los chismosos.
¡Con lo que nos encanta airear los defectos de los demás!
¡Con lo que nos encanta la chismografía!
¡Con lo que nos encanta: “Te lo digo a ti que sé que eres un sepulcro”!
Pues, con el Evangelio de hoy los chismosos no tienen vela en la procesión.

Por otra parte qué fina y delicada es la pedagogía de Jesús.
Con qué finura y delicadeza trata de salvar la dignidad del pecador.
Con qué sensibilidad trata de no delatar públicamente al que ha fallado.
El que ha pecado se ha portado mal.
Pero no por eso tenemos derecho a publicitar su pecado.

Cuanta mentira hay en ese refrán: “se dice el pecado y no el pecador”.
Porque al final, terminamos diciendo el pecado y descubriendo al pecador.
Jesús rechazará siempre el pecado.
Pero tratará de salvar siempre la dignidad, el honor y la estima del pecador.

De ahí que nos señale todo un proceso de relación con el pecador:
Primer paso:
Habla tú a solas con él.
Trata de convencerlo a solas sin que se entere nadie.
Trata de convertirlo los dos a solas.
Que todo quede entre tú y él.
Nadie tiene por qué enterarse del pecado del otro.

Segundo paso:
Si no te hace caso.
Si no consigues convencerle.
Solo entonces llama a otro, máxime a dos.
Que la cosa quede entre los dos o tres.

Tercer paso:
Si tampoco os hace caso, todavía queda la comunidad.
Llama a la comunidad, que sea el amor de la comunidad el que lo gane.
Que sea el amor y la comprensión de la comunidad la que trate de corregirlo fraternalmente.
Sólo cuando no cree a la comunidad, no tiene remedio.

Primero es el amor de uno solo.
Luego es el amor de dos o tres.
Luego es el amor de la comunidad.
Si ya el amor de la comunidad tampoco lo cambia:
Significa que no cree en el amor de nadie.
Y él mismo se excluye de la comunidad.
Solo entonces deja de ser miembros de la comunidad.

A mí me encanta la delicadeza de Jesús.
Jesús no es de los que cacarea nuestros pecados como la gallina cuando pone el huevo.
Para Jesús, el pecador no deja de ser una persona con toda su dignidad.
Para Jesús, el pecador no deja de tener el derecho a que su vida no sea aireada
Tenemos la obligación de corregirle.
Pero ha de ser una corrección que revele el respeto que tenemos por él.
Tiene que ser una corrección que revela el amor que le tenemos.
Tiene que ser una corrección que ponga de manifiesto nuestro interés por él.

Por algo el secreto de la confesión es una de las mayores exigencias del confesor.
Por algo el secreto de la confesión se convierte también en el reconocimiento de la dignidad del pecador.
Por algo el secreto de la confesión se convierte en la expresión de nuestro amor hacia el pecador.

Con este Evangelio todos los murmuradores quedan fuera de juego.
Con este Evangelio todos los aficionados a la chismografía quedan descalificados.

Clemente Sobrado cp.