Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 5 a. Semana – Ciclo C

Cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que los dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que le tocaban se ponían sanos”. (Mc 6,53-56)

los que le tocaban se ponían sanos

Hoy vemos los hospitales llenos de enfermos esperando turno.
La salud es uno de los dones más preciados.
Hoy todo el mundo quiere tener “un seguro de salud”.

La gente que rodeaba a Jesús no tenía ni hospitales ni seguro alguno.
Por eso vemos a Jesús siempre rodeado de enfermos.
Para ellos era el mejor seguro de salud.
No pedía turno ni medicinas. Solo pedía poder tocar su manto.
La gente quería tocarle o ser tocada por El.
Dios también se preocupa de la salud de sus hijos.

Dejarse tocar por los enfermos era uno de los gestos más humanos de Jesús.
Tocar a Jesús era una de las mayores ilusiones de los enfermos.
Aunque no sea sino tocar “el borde de su manto”.
Tocar el manto era tocarle a El.
Y tocarle a El era tocar la virtud curativa que salía de El.

Si tocar a Jesús por fuera tenía tanta virtud y fuerza sanativa, uno se pregunta:
¿Y qué será, el tocarle personalmente a El?
¿Y qué será, no el simple tocarle, sino el recibirle a El dentro de nosotros?
¿Y qué será, por tanto, el tenerlo en las manos, como el sacerdote en la consagración?
¿Y qué será, por tanto, recibirle en nuestras manos a El en la comunión?
¿Y qué será, por tanto, no simplemente tocarle con las manos, sino tocarle con el corazón?

Tocar con la mano la orla de su vestido sanaba los cuerpos de sus enfermedades.
Tocar con el corazón en la comunión tiene que sanarnos por dentro.
Tocar a Jesús en la comunión es sanar nuestro corazón y nuestra alma.
Porque también el corazón tiene sus enfermedades.
Porque también el alma tiene sus dolencias.

Lo que sucede es:
A Jesús bastaba con enterarse de que estaba en el pueblo para le llevasen todos los enfermos en camillas.
¿Habrá tanto empeño en acudir a Jesús para recibirlo en la comunión?
¿Comulgaremos con tanta ilusión y esperanza de sanarnos como aquellos enfermos?
¿Curará de verdad a todos los que comulgamos?
¿Comulgaremos para sentirnos curados?

Cuando pienso en la cantidad de comuniones cada día y cada domingo uno se pregunta:
¿Por qué somos tantos los que llevamos enferma nuestra alma?
¿Por qué somos tantos los que llevamos enfermo nuestro corazón?
¿Por qué somos tantos los enfermos de nuestra mente?
¿Por qué somos tantos los enfermos de nuestra voluntad?

Hoy organizamos peregrinaciones de enfermos a Lourdes.
¿Cuántos habrán acudido hasta hoy a Lourdes esperando el milagro de su curación?
¿Cuántos habrán traído a sus casas botellas de agua de Lourdes?
No dudamos de las curaciones que cada año se dan en el Santuario de la Virgen.

Pero me pregunto:
¿Será preciso ir tan lejos en busca de sanación?
Estoy seguro de que la Madre hace sus milagritos en nombre del Hijo.
Pero ¿no tenemos al Hijo cerquita de nosotros en el Sagrario, donde podemos tocarle, no en la orla de manto, sino a El mismo en la comunión?

Señor: queremos tocarte para que tú mismo nos toques.
Queremos tocarte para que también hoy nos sanes y nos cures el alma.
Queremos tocarte para que también hoy nos sanes el alma enferma.
Te tenemos con nosotros en el Sagrario.
Que también hoy se pueda decir “y los que lo tocaban se ponían sanos”.
Sana nuestros cuerpos. Pero, sobre todo, sana nuestros corazones.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 5 – Ciclo C

Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo pasaba con Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”. (Lc 5,1-11)

Desde ahora serás pescador de hombres

Pedro tiene una mala experiencia.
Cuando Jesús le dijo: “Apártate de mí, Satanás”.
Ahora es Pedro el que le dice a Jesús: “Apártate de mí que soy un pecador”.
Pedro no entendió a Jesús cuando trató de desviarle de la Cruz.
Pero Pedro también logra entender ahora a Jesús, precisamente porque ante El, se siente un pecador.

En aquel entonces, Pedro no podía entender que el camino de Jesús tenía que pasar por la Cruz y trató de disuadirle.
Entonces Pedro pensada en un Mesías triunfalista.
Y no podía comprender que tuviese que pasar por el fracaso de la Cruz.

Pero ahora, tampoco logra entenderle.
Ante el milagro de la pesca, queda pasmado ante Jesús y no se siente digno de estar en su presencia.
Ahora es él mismo que se siente pecador delante de Jesús.
Cuando le negó se sintió tan mal que lo único que hizo fue llorar.
Ahora se siente incómodo y no logra entender que precisamente por ser pecador es cuando más necesita de El.

Diera la impresión de que Pedro se había olvidado que Jesús:
andaba con los pecadores.
invitaba a los pecadores.
comía con los pecadores.
se sentía bien con los pecadores.

Pedro se ha olvidado de que Jesús:
ha venido precisamente para los pecadores.
de que es precisamente ahora cuando más necesita de Jesús.
de que solo Jesús es capaz de cambiar su corazón.
Por eso Jesús le dice: “No temas”.
Es lo que Jesús dice siempre al pecador: “No tengas miedo, yo he venido precisamente para ti”.
Y hasta resulta curioso que ahora que le pide se aleje de él, Jesús lo convierte en “pescador de hombres”.
Y es entonces que Pedro, “dejándolo todo, le sigue junto con sus compañeros”.

¿No es esta la realidad nuestra de cada día?
Tenemos la idea de que Dios ya no nos quiere por lo que hemos hecho.
Tenemos la idea de que Dios nos abandona cuando nos alejamos de él por el pecado.
Tenemos la idea de que todo lo que nos acontece es castigo de Dios por nuestros pecados.
Tenemos la idea de que Dios, cada vez que pecamos, “nos la tiene guardada”, o como dice el refrán popular “ya vendrá el piojo al peine”.

¿Qué le hemos fallado? Pues ahí está El con su misericordia.
¿Qué hemos pecado? Pues ahí está El con su perdón.
¿Qué hemos salido del camino? Pues ahí está él para mostrárnoslo.
¿Qué el pecado nos aparta de Dios? Pero no aparta a Dios de nosotros.
¿Qué llevamos mucho tiempo olvidados de Dios? Pues ahí está El que nunca se ha olvidado de nosotros.
¿Qué estamos muy sucios? Pues ahí está El para limpiarnos.

Siempre estamos necesitados de Dios.
Pero mucho más cuando nos hemos alejado de El por el pecado.
Cuando más necesitamos del médico es precisamente cuando estamos enfermos.
Jesús mismo lo dijo: “no son los sanos sino los enfermos quienes necesitan del médico”.
Por eso mismo, el sacramento de la penitencia comienza siempre por ser el sacramento de la acogida.
Por eso el Sacramento de la penitencia es el sacramento en el que Dios nos hace sentir que, a pesar de todo, El sigue teniendo fe en nosotros, confianza en nosotros y sigue esperando mucho de nosotros.

Señor, he dejado de creer en ti, pero Tú no has dejado de creer en mí.
Señor, he dejado de confiar en ti, pero Tú no has dejado de confiar en mí.
Señor, cuanto más pecador me siento, más te necesito.
Señor, cuanto más pecador soy, sé que más cuento con tu amor y tu perdón.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 4 a. Semana – Ciclo C

Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. (Mc 6,30-34)

La gente tiene necesidad de Dios.
La gente tiene necesidad de la Palabra de Dios.
La gente tiene necesidad de que la escuchen.
La gente tiene necesidad de que le hablen de Dios.

Hoy se habla mucho de la indiferencia religiosa.
Falta de apetito de Dios.
¿Dónde está la causa?
¿En la gente o en quienes debiéramos hablar de Dios?
El Evangelio de hoy puede aclararnos algo o al menos cuestionarnos.

Algo había en Jesús que arrastraba a la gente.
Algo había en Jesús que jalaba gente de todas partes.
Y la gente no se casaba de escucharle.
Y por mucho que trate de buscarse un lugar la tranquilo, la gente se le adelanta.
¿Era lo que El decía de Dios?
¿Era el hambre de Dios?
El caso es que Jesús nunca está solo.
Ni tiempo tiene para comer.
Pienso que la gente encontraba en El lo que no encontraba en los maestros de la Ley.
Pienso que la gente encontraba en El algo que buscaba y no encontraba en los demás.

No encontraremos aquí la respuesta?
Porque esto me cuestiona y me hace pensar:
No es cuestión de hablar por hablar.
No es cuestión de decir cosas por más bonitas que sean.
No es cuestión de decir las últimas novedades.
No es cuestión de decir lo que a nosotros se nos viene en ganas.
Es cuestión de hablar de lo que la gente necesita.
Es cuestión de hablar de lo que la gente busca.
Es cuestión de hablar dando respuesta a sus interrogantes.

Pero para ello:
Es preciso escuchar a la gente.
Es preciso escuchar el corazón de la gente.
Es preciso escuchar los sentimientos de la gente.
Es preciso conocer lo que la gente necesita.

No se puede hablar adecuadamente si antes no hemos escuchado atentamente.
No se puede hablar adecuadamente de Dios si no escuchamos a Dios.
Pero tampoco si no escuchamos el latir de la vida de la gente.

Siento envidia de Jesús que no necesita ir tras la gente.
Siento envidia de Jesús que no necesita hacer propaganda.
Siento envidia de Jesús porque es la gente misma la que lo busca.
Siento envidia de Jesús porque es la gente la que no le deja ni comer tranquilo.

Y siento pena cuando veo que hoy nos lamentamos de que la gente se nos vaya.
Siento pena de ver las Iglesias llenas de viejos, a los que ciertamente admiro.
Pero siento pena porque uno siente como si las Iglesias fuesen asilos de ancianos.
Algo hay en nosotros que no somos capaces de atraer.
Algo hay en nosotros que no somos capaces de hacer que la gente nos busque.

La gente no viene, se nos va.
La gente ya nos deja comer tranquilos.
¿Será que ha perdido el apetito de Dios?
¿Será que no siente que encuentra lo que busca?

Leo con pena lo que los Obispos escriben en el Documento de Aparecida:
“Según nuestra experiencia pastoral, muchas veces, la gente sincera que sale de nuestra Iglesia no lo hace por lo que los otros grupos “no católicos” creen, sino, fundamentalmente, por lo que ellos viven; no por razones doctrinales, sino vivenciales; no por motivos estrictamente dogmáticos, sino metodológicos de nuestra Iglesia. Buscan, no sin serios peligros, responder a algunas aspiraciones que quizá no han encontrado, como debería ser, en la Iglesia”. (A 225)

Es posible nos dediquemos a muchas cosas:
Menos a escucharles.
Menos a disponer de tiempo para atenderles con calma.

Señor: dame la capacidad de escuchar el latir del corazón de la gente.
Dame la capacidad de escuchar el grito que cada uno lleva dentro.
Que antes de hablarle aprenda a escucharla.
Y dame la gracia de saber responder a sus aspiraciones.
Dame la gracia de que la gente no deje de venir porque no escucha en mí lo que necesita.
Dame la gracia de que la gente no deje de venir porque no escucha lo que Tú quieres decirle.
Porque, yo estoy seguro de que la gente busca y no encuentra.
Te busca y no sabemos darte y ofrecerte.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 4 a. Semana – Ciclo C

Ella salió a preguntarle a su madre: “¿Qué le pido?” La madre le contestó: “La cabeza de Juan el Bautista”. Entró enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: “Quiero que ahora mismo me des la cabeza de Juan, el Bautista”. El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a un verdugo que le trajese la cabeza de Juan”. (Mc 6,14-29)

La fiesta se tornó en tragedia macabra.
Una cabeza decapitada.
Una cabeza sangrando en una bandeja posiblemente de plata.
¡Vaya un regalo de fiesta!

¡Lo que vale un baile!
¡Lo que vale un juramento!
¡Lo que vale la atención a unos convidados!
¡Lo que vale complacer a alguien que odiaba!

Un baile que vale la vida de un profeta.
Un juramento que vale la vida de alguien a quien se dice estimaba.
Un respeto a los invitados que vale toda una vida.
¡Qué poco valen las vidas para algunos!
¡Qué poco valen las vidas cuando se trata de quedar bien ante los demás!
¡Con qué facilidad podemos acabar con la vida de los otros!
¡Con qué facilidad disponemos de la vida de los demás!
¡Con qué facilidad nos sentimos dueños de la vida de los demás!
¡Con qué facilidad ponemos precio a la vida de los demás!

Nos sentimos responsables:
Del juramento hecho a una bailarina pizpireta.
Del juramento hecho en una fiesta de celebración y tragos.
Y con qué facilidad nos olvidamos de los juramentos que hacemos a Dios:
Nos olvidamos del juramento de nuestro bautismo.
Nos olvidamos del juramento de nuestro matrimonio sacramento.
Nos olvidamos del juramento de fidelidad conyugal.
Nos olvidamos del juramento de indisolubilidad de nuestro compromiso matrimonial.
Nos olvidamos del juramento de nuestro compromiso de fe.
Nos olvidamos del juramento de nuestro sacerdocio.
Nos olvidamos del juramento de nuestra consagración religiosa.
Nos olvidamos del juramento de ser fieles al Evangelio.

Tal vez tendríamos que cuestionarnos con seriedad, hoy ante la Palabra de Dios:
¿Qué significan para nosotros las vidas de los otros?
¿Qué significan para nosotros todos esos que viven inhumanamente en las cárceles?
¿Qué significan para nosotros todos esos que también nosotros matamos de hambre?
¿Qué significan para nosotros todos esos que viven sin dignidad humana?

Porque una sociedad es humana:
Cuando lo más importante de todo son las personas.
Cuando lo más importante de todo es que todos vivan con dignidad.
Cuando lo más importante de todo es que todos tengan para vivir como personas.
Cuando lo más importante de todo no es el bienestar de unos pocos sino de todos.

Y tendríamos que preguntarnos qué valor damos a nuestros juramentos religiosos y sacramentales:
Cuando con tanta facilidad rompemos el matrimonio con el divorcio.
Cuando con tanta facilidad abandonamos nuestro sacerdocio.
Cuando con tanta facilidad abandonamos el compromiso de los Consejos Evangélicos.
Cuando con tanta facilidad abandonamos nuestra fe.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 4 a. Semana – Ciclo C

Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que no llevaran para el camino un bastón y nada más; pero ni pan ni alforjas, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto”. (Mc 6,7-13)

Es la primera experiencia de los discípulos de anunciar y predicar el Evangelio.
Jesús les da una serie de recomendaciones propias para todo el que quiera anunciar el Evangelio:

Los envía de dos en dos”.
Símbolo de armonía y fraternidad.
Símbolo de caridad.
Símbolo de que El está en medio de ellos.
Donde dos o tres se reúnen en mi nombre en medio de ellos estoy yo”.
Son enviados, como Jesús es enviado por el Padre.
En la Pascua les dirá: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”.
El amor no se anuncia con palabras sino con el testimonio de los que se aman.

Les dio autoridad sobre los espíritus inmundos”.
No es la autoridad que da el poder.
No es la autoridad del que es más que los demás.
No es la autoridad del que está más arriba.
Es la autoridad misma de Jesús.
Quien a vosotros os escucha a mí me escucha”.
No es la autoridad sobre los demás.
El Evangelizador no va como el que domina e impone.
Es la autoridad sobre los “malos espíritus” que llevamos dentro.
Es la autoridad sobre todo aquello que daña el corazón.
Es la autoridad sobre todo aquello que esclaviza al hombre.
Es la autoridad sobre todo aquello que impide al hombre vivir con dignidad.
Es la autoridad capaz de renovar el corazón humano.
Es la autoridad capaz de cambiar el mundo.

Para el camino basta un bastón y nada más”.
Han de ir prácticamente sin nada.
Que lo externo no distraiga de la verdad que anuncian.
Que las apariencias no distraigan la atención del Evangelio.
Que no se van a anunciar a sí mismos sino el Evangelio.
Que no van para llamar la atención.
Sino que van como el resto de la gente.
Sino que van como la gente sencilla que no tiene nada.
Sino que van no confiando en sí mismos, sino en la palabra que anuncian.
Sino que ha de ser su vida la que despierte los corazones.

Me gusta lo que el Cardenal Martíni dejó como una especie de testamento pocos días antes de su muerte:

“Ve a la Iglesia cansada, sin vocaciones, atrapada por la burocracia, enganchada al bienestar: “Nuestros rituales y nuestros vestidos son pomposos”. Llega a comparar la situación de la Iglesia con la de aquel joven rico que se marcha triste cuando Jesús lo llama para que se convierta en su discípulo. “Sé que no podemos desprendernos de todo con facilidad, pero al menos podríamos buscar hombres que sean libres y más cercanos al prójimo. Como lo fueron el obispo Romero y los mártires jesuitas de El Salvador. ¿Dónde están entre nosotros los héroes en los que inspirarnos…?”.

Jesús no envía a sus discípulos como una apología de la pobreza, sino de la libertad, del desprendimiento, de la confianza plena en Dios y en el corazón de los hombres.
Sólo se puede hacer libres a los demás siendo nosotros libres.
Solo se puede invitar a la sencillez a los demás siendo nosotros sencillos.
Solo se puede hablar de pobreza a los demás viéndonos a nosotros carecer de todo.
Solo se puede hablar del Evangelio a los demás identificándonos con ellos.
Solo se puede hablar de Dios a los demás llevando a Dios en nosotros.
Solo se puede hablar de amor a los demás viéndonos a nosotros amándonos.

Jesús para salvarnos:
Se hizo hombre.
Se rebajó a sí mismo haciéndose uno cualquiera.
Seremos el rostro del Evangelio cuando, en vez de vernos a nosotros llamativos, sino cuando nos vean uno más entre ellos.
Nunca olvidaré el día de beatificaron a Mons. Bosilkov, obispo pasionista de Bulgaria. Al salir me encontré con dos hombres, ya mayores, que el ver mi escudo pasionista me dicen mostrándome el cuadro del nuevo beato: “Es de los nuestros”.
Evangelizaremos cuando los fieles puedan decir “son de los nuestros” porque son como nosotros.

Clemente Sobrado C. P.

Vitaminas para caminar: Siembra hoy para mañana

1.- Hoy tus hijos comerán el pan que ganaste ayer.
Pero hoy, tú volverás a ganar el pan que comerán mañana.
Tu trabajo sabe a vida. Huele a vida. Y no sólo a sudor.
Siembra hoy para mañana.

Siembra

Flickr: alobos Life

2.- Hoy tus hijos están viviendo la alegría del amor que les diste ayer.
Pero mañana vivirán la alegría y el gozo del amor que les das hoy.
Siembra hoy para mañana.

3.- Hoy el mundo es mejor por todo lo bueno que hiciste ayer.
Pero mañana el mundo será mejor que hoy por todo lo que hoy vas a hacer.
Siembra hoy para mañana.

4.- Hoy tu esposa siente la alegría de un nuevo día por todo el cariño que le diste ayer.
Pero ya está soñando en el nuevo día que será mañana pensando en el amor que le darás hoy.
Siembra hoy para mañana.

5.- Hoy tus padres comienzan el día con mayor ilusión por las satisfacciones que les regalaste ayer.
Pero mañana, tus padres se despertarán más ilusionados, por las satisfacciones que hoy les vas a dar.
Siembra hoy para mañana.

6.- Hoy no es un día cualquiera.
Es el día más importante de tu vida.
Porque de tu hoy depende tu mañana y todas las mañanas que quedan por delante.

7.- Hoy es un día muy particular, porque me recuerda el amor de mis hijos.
El amor de mi esposa.
El amor de mi esposo.
El amor de mis padres.
Y sobre todo, porque hoy me recuerda el amor que Dios me tiene.

Lo más importante no es segar los frutos,
sino sembrar las semillas.
Deja que otro sea el segador.
Tú prefiere ser el sembrador.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 4 a. Semana – Ciclo C

Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les dice: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando”. (Mc 6,1.6)

No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa

Comentando este Evangelio me comentaba un amigo mío: “Esto me da la impresión de aquel que se fue a cama, porque faltó la luz eléctrica, y solo tenía la luz del candil”.
Como si la luz fuese más luz cuando viene de una lámpara elegante.
Como si la luz fuese más luz cuando nos llega de una lámpara de oro.
Porque si nos llega de un candil ya no nos parece luz.
Porque si nos llega de unas velas ya no nos parece luz.
Algo así como si la luz dependiera de la barra o del bombillo que nos alumbra.
La luz es luz venga por donde venga.
Puede ser la luz del sol que nos alumbra.
Puede ser la luz de unos bombillos.
Lo importante es la luz y no el conducto por el que nos alumbra.

Es el eterno problema de quienes vivimos de las apariencias.
El problema de quienes creen más en las apariencias que en la realidad.
El problema de quienes no quieren beber el agua porque las tuberías no son de oro sino de hierro o plástico.
El problema de quienes cierran sus ojos a la verdad porque conocen a quien la dice.
El problema de quienes cierran sus ojos a la luz porque quien alumbra no es de categoría.

Este fue el problema de Jesús en su pueblo.
Todos se admiran que su sabiduría es distinta a la de los maestros de la Ley.
Todos se admiran que allí hay algo diferente a lo que enseñan los demás maestros.
Todos se admiran que Jesús dice la verdad que nadie se atreve a decir.
Todos se admiran que Jesús no puede hablar por sí mismo sino en nombre de Dios.
Todos e admiran que su sabiduría tiene origen divino.

Pero toda su admiración termina en el fracaso de Jesús.
Jesús es conocido.
Jesús ha vivido entre ellos.
Jesús tiene una familia conocida.
Jesús ha sido carpintero.

Por algo dice el adagio: que las “apariencias engañan”.
Engañan sí, pero terminamos creyendo más a las apariencias que a la verdad.
Alguien me decía con su buen humor que “una es la novia bien maquillada el día de la boda, y otra la esposa al despertarse al día siguiente”.
Los maquillajes venden.
La realidad no vende.
Las apariencias venden.
La realidad no vende.

La realidad de Jesús causaba admiración y aplauso.
Pero sus apariencias de hijo del pueblo y carpintero lo desacreditaban.
La realidad era que tenía y hablaba la sabiduría de Dios.
Pero las apariencias lo traicionaban.
“¿No es este el hijo de María?”

¿No será por eso cuidamos tanto las apariencias?
¿No será por eso que cuidamos tanto el maquillaje?
¿No será por eso que están tan de modo los cirujanos de la estética?
¿No será por eso que tienen tanto éxito los cosméticos y perfumes?

Dios no se fija en las apariencias.
Dios mira la verdad del corazón.
Dios no se fija en la piedad exterior.
Dios mira la piedad del corazón.

Lo más triste es que:
Jesús no pueda hacer milagro alguno en su propio pueblo.
Jesús no puede hacer allí milagros por su falta de fe.
Jesús es creíble fuera, pero no en su pueblo.
Realmente es triste y doloroso:
Que tengamos que vivir de las apariencias.
Que tengamos que vivir de los maquillajes.
Que tengamos que vivir de la mentira para que nos acepten.
Que tengamos que vivir de lo que no somos.

Señor: yo sé que ante Ti no necesito de maquillajes.
Yo sé que tú no miras mis apariencias.
Porque tú eres de los que solo mira la verdad del corazón, aunque todos me rechacen.

Clemente Sobrado C. P.