Dios también habla hoy: Domingo 33 – Ciclo C

P. Clemente Sobrado cp.

“Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os dará palabras y sabidurías a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá con vuestra; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. (Lc 21,5-19)

Jesús y nosotros verdaderos templos

Hola amigos, ¿os imagináis lo que diría Jesús hoy contemplando nuestros templos? La gente se admiraba de la belleza del templo de Jerusalén, por sus piedras y exvotos. Es decir, se admiraba de lo que algún día desaparecería. Se quedaban con el templo por fuera. No con el templo por dentro.

Creo que hemos dado mucha importancia a la construcción de los templos: tremendas catedrales de todos los estilos, grandes templos arquitectónicamente maravillosos.
Y los hemos convertido en motivo de turismo. Y hasta hemos llegado al colmo de cobrar por poder entrar en ellos.

La inmensa mayoría de turistas que visita nuestros templos se lleva unas fotos como recuerdo, pero ¿cuántos se llevan una experiencia de Dios?
Templos que cuesta caro mantenerlos.
Templos que terminan siendo incluso patrimonio del Instituto Nacional de Cultura. Que no se pueden tocar sin su autorización.
Son un tesoro y un valor para fomentar nuestro negocio del turismo.

¿Y dónde queda Dios? Mi experiencia me dice que la inmensa mayoría de turistas ni siquiera se entera que está el Santísimo.
Todos se quedan con la belleza física y material.

Los templos levantados por grandes arquitectos son ahora los templos que atraen a la gente. En cambio ¿alguien se fija en los verdaderos templos que somos nosotros y donde realmente habita Dios?
Creo que los templos van a quedar para el turismo.
Y eso no me preocuparía si lográsemos cambiarlos por los templos vivos que somos nosotros.
Al final de todo, nos quedaremos con el único gran templo que será Jesús, porque del resto no quedará piedra sobre piedra. Y que nadie se atreva a asumir el rol del Jesús. Por eso nos pone de sobre aviso. No creáis a los que dicen:
“Está aquí, soy yo”. “No les sigáis”.
Y hoy no faltan esos falsos mesías a quienes muchos siguen.

La experiencia de hoy tiene que ser:
“Jesús es el verdadero templo de Dios”.
“Nosotros los verdaderos templos”.
Debiéramos aprender a ver en los demás estos “templos de Dios”.
Y ser cada uno “ese templo donde encontrar a Dios y hablarle a Dios”.

Dios también habla hoy: Sábado de la 32 a. Semana – Ciclo C

P. Clemente Sobrado cp.

“Para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: “Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no me vaya a acabar pegándome en la cara”. (Lc 18,1-8)

Cuando no se cree en nada ni en nadie, solo se cree en sí mismo.
Un juez que se cree dueño de la justicia.
Un juez que se cree dueño del mundo.
Ni teme a Dios ni le importan los hombres.
Y menos le va a importar una pobre viuda.
Y por eso se niega a hacerle justicia.

Pero también los pobres tienen su capacidad de convencimiento.
No tienen nada, por eso no pueden comprar la justicia.
Pero tienen voz.
Y tienen constancia.
Y la voz de los pobres es capaz de vencer el poder de los poderosos.
La constancia tiene fuerza para doblegar a los poderosos.
Y los poderosos no son tan poderosos como se imaginan.
No siempre lo pobre y lo pequeño es tan débil como pensamos.

La constancia pone de manifiesto:
El convencimiento de la persona.
La capacidad de creer aunque no vea el futuro.
La capacidad de creer aunque no sienta la respuesta.
La capacidad de creer por más solo sienta el silencio.
La capacidad de creer por más que tenga la impresión de que nadie le hace caso.
La capacidad de creer aunque se sienta abandonado.

La constancia es esperanza.
La constancia es señal de confianza.
La constancia es señal de fortaleza.

La constancia de la pobre viuda fue capaz de doblegar la voluntad del juez.
La constancia de la pobre viuda la hizo más fuerte que la indiferencia del juez.
La constancia de la pobre viuda la hizo más fuerte que la incredulidad del juez.

Dios no es el juez indiferente.
Dios no es el juez insensible ante las necesidades de los demás.
Y sin embargo nos pide orar incesantemente.
Nos pide una oración constante, sin cansarnos.
Nos pide una oración que no nos desaliente por más que las cosas no salgan a nuestro gusto.

No es que Dios se resista a nuestras peticiones.
No es que Dios quiera hacerse rogar.
Más bien:
Dios quiere fortalecer nuestra fe en él.
Dios quiere fortalecer nuestra fe aunque todo lo veamos oscuro.
Dios quiere fortalecer nuestra confianza.
Dios quiere que nuestra oración no sea un simple oportunismo.

Por eso la frase tan conocida: “La oración es la fortaleza del cristiano y la debilidad de Dios”.
Es que Dios no se resiste a nuestra oración.
Es que Dios no se resiste a nuestras necesidades.
Lo que gana el corazón de Dios es nuestra perseverancia.
Lo que gana el corazón de Dios es nuestra constancia.
Porque perseverancia y constancia son la mejor señal de la autenticidad de nuestra oración.
Porque perseverancia y constancia son la mejor señal de la verdad de nuestra fe.
Porque perseverancia y constancia son la mejor señal de nuestra confianza en él.

No se trata de querer convencerte a base de insistir.
No se trata de querer cambiar tu voluntad para quitarnos de encima.
Se trata de revelar y fortalecer nuestra fe y nuestro abandono en sus manos.

Dios también habla hoy: Viernes de la 32 a. Semana – Ciclo C

P. Clemente Sobrado cp.

“Como sucedió en tiempos de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos”. (Lc 17,26-37)

Sigue el discurso sobre la última venida de Jesús y que nosotros llamamos “parusía”.
Todos llevamos dentro una curiosidad.
Saber el cuándo será eso.

Miremos a nuestra experiencia.
Todos quisiéramos conocer el día y la hora de nuestra muerte.
Todos quisiéramos conocer el día en que vendrá Jesús.
Como curiosidad es normal.
A todos nos gustaría saber y conocer el futuro.
Todos quisiéramos saber qué nos va a suceder en el futuro.
Todos quisiéramos saber qué suerte vamos a tener.

¿Y qué sacamos con saber cuando vendrá El?
¿Y qué sacamos con saber cuando será nuestro final?
Todo eso no pasa de una simple curiosidad.
Por eso Jesús nunca habla del “cuando”.
Sabemos que vamos a morir.
Pero Jesús no nos dice el cuando.
Todos sabemos que habrá un final.
Pero Jesús no nos dice el cuando.
Todos sabemos que Jesús vendrá glorioso.
Pero Jesús no nos dice el cuando.

Lo importante no es saber el cuando.
Es más, yo personalmente no quisiera saber cuando voy a morir.
Apuesto que viviría contando los días y con miedo en el corazón.
Me basta saber que algún día moriré.

A Jesús no le interesa revelarnos el cuando.
A Jesús le interesa saber que eso sucederá.
A Jesús le interesa que vivamos como quien lo espera.
A Jesús le interesa que vivamos como quien sabe el día de su muerte.
Poco interesa saber el final.
Lo que interesa es que vivamos como si lo supiésemos.

Todos sabían que vendría el diluvio.
Pero la gente seguía comiendo y bebiendo.
Sólo Noé tomó en serio ese anuncio y se preparó.
EL resto también lo sabía, pero siguió viviendo igual.

¿Alguien duda de su muerte?
El día es lo de menos, puede ser hoy o mañana o pasado mañana.
¿Y acaso esa certeza nos aviva la conciencia para vivir mejor?
¿Acaso somos más santos?
¿Acaso vivimos con mayor fidelidad a nuestro Bautismo?
¿Acaso vivimos con mayor fidelidad a nuestro matrimonio?
¿Acaso vivimos con mayor fidelidad a lo que Dios espera de nosotros?

Lo importante es saber que ese final del camino existe.
El cuándo no nos hace ser mejores.
En cambio el no saberlo, nos exige estar preparados cada día.
Yo ya he vivido muchos años.
¿Cuántos más me quedarán?
Francamente no lo sé ni tampoco lo averiguo, no se me ocurre ir a que me lean las cartas o el tarot.
Porque lo importante es cómo vivo el presente preparándonos.
Lo importante es vivir sabiendo que ese final llegará.
Pero más importante es vivir preparándonos para él.
Es importante la cosecha.
Pero para ello es necesario la siembra y el cuidado del tallo y la espiga.
Es importante el juicio de Dios sobre nuestras vidas.
Pero más importante es prepararnos para ese juicio.

Lo importante no es saber cuándo vendrá el diluvio.
Lo importante es tomarlo en serio y construir a tiempo el arca.

Dios también habla hoy: Jueves de la 32 a. Semana – Ciclo C

P. Clemente Sobrado cp.

“A unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el reino de Dios, Jesús les contestó: “El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros”. (Lc 17,20-25)

A nosotros nos encanta el ruido.
A Dios le fascina el silencio.
A nosotros nos encanta llamar la atención.
A Dios le encanta entrar callandito.
Callandito se encarnó en el seno de María.
Callandito nació en Belén.
Callandito se pasó los años de Nazaret que no sabemos nada de lo que hizo.

Y lo que hace, Dios también lo hace sin hacer ruido alguno.
Por eso el reino de Dios se hace presente en silencio y sin palabras.
Dios no es de los que se acerca a nosotros “espectacularmente”.
Tampoco que otros alboroten el ambiente.

Dios está a nuestro lado y no le sentimos.
Dios habla a nuestro corazón y casi no le escuchamos.
Dios actúa en nosotros y no dice nada.
Alguien dijo muy bien:
“Más ruido hace el árbol podrido que se cae, que todo el bosque que crece”.
“Más ruido hace una bofetada que una caricia”.
“Más ruido en enfado que una sonrisa”.

Los fariseos le preguntan “cuando iba a llegar el reino de Dios”.
¿Le preguntaban por interés de recibirlo?
¿Le preguntaban porque esperaban señales ruidosas?
Por eso, la respuesta de Jesús resulta de lo más curioso:
Preguntan cuando llegará.
Y resulta que lo tienen en sus propias narices.
Preguntan cuando llegará y qué signos le precederán.
Y resulta que el reino de Dios ya está dentro de nosotros.
Preguntan cuando llegará el mundo nuevo.
Y no se dan cuenta de que el mundo nuevo entra por el corazón.
Preguntamos ¿dónde está Dios?
Y lo llevamos dentro de nosotros sin enterarnos.
Preguntamos cuando llegará Dios.
Y resulta que ya llegó y camina con nosotros.

Dios no cambia el mundo con el ruido de la música rok.
Dios no cambia el mundo con grandes aplausos.
Dios no nos cambia en base a gritos y ruidos.
Dios se hace presente en nuestros corazones en silencio.
Dios está dentro de nosotros y no saca ruido alguno, por eso no le escuchamos.

Es que el reino de Dios no se hace con grandes algarabías.
Es que el reino de Dios entra por las rendijas del alma sin que lo sintamos tocar a la puerta.
Es que el reino de Dios no hace alborotos.
Dios está dentro sin decir nada.
El reino de Dios no lo lograremos con alborotos y grandes manifestaciones, sino con el silencio de la oración.
El reino de Dios no lo descubriremos echan cohetes.
El reino de Dios comenzará silenciosamente cambiando nuestros corazones.
El reino de Dios no se hará presente con toque de tambores.
El reino de Dios se hará presente descubriéndolo y experimentándolo dentro de nosotros.

El reino de Dios no “llegará”.
El reino de Dios “ya está”.
El reino de Dios “no serán grandes acontecimientos”.
El reino de Dios está presente en la vida misma de Jesús.
El reino de Dios está en tu corazón callado pero actuando un nuevo mundo.

No esperes a que Dios venga con grandes pregoneros.
El reino de Dios es presencia silenciosa.
El reino de Dios habla en tu corazón sin que los demás lo oigan y escuchen.
Los santos nos resultan extraños, porque nosotros no escuchamos lo que ellos escuchan silenciosamente dentro de su corazón.
Lo importante es que sepamos escuchar el silencio de su presencia.
Lo importante es que sepamos encontrarnos con Dios sin hacer ruido.

Buscaba a Dios y lo tenía a mi lado.
Buscaba a Dios y estaba dentro de mí.
El reino de Dios es como el perfume que lo sentimos sin que hable.

Dios también habla hoy: Miércoles de la 32 a. Semana – Ciclo C

P. Clemente Sobrado cp.

“Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?” Y le dijo: “Levántate, vete, tu fe te ha salvado” (Lc 17,11-19)

Dios sigue repartiendo la gracia de la salvación a todos los hombres.
La mayoría ¿dónde está?
Sólo algunos se “sienten salvados”.
Son muchos los que escuchan la Palabra de Dios.
¿Cuántos la escuchan y se sienten transformados?
¿Cuántos tenemos las mismas posibilidades de gracia y santidad?
Los otros “nueve qué han hecho con esta gracia?
¿Sólo uno se siente transformado, salvado, cambiado?
¿Dónde están los demás?

Todos somos llamados por Dios.
¿Cuántos escuchan esta llamada?
¿Cuántos responden a esta llamada?

Cada domingo, todos escuchamos la misma Palabra de Dios.
¿Cuántos se sienten tocados por ella?
¿Cuántos se sienten movidos y cambiados por ella?
¿Cuántos regresan a sus casas convertidos por ella?
¿Cuántos regresan a la vida dando gracias y alabando a Dios?

¿Y cuántos regresan y siguen igual?
¿A cuantos les ha resbalado por la piel de su corazón?
¿A cuántos la Palabra de Dios no les ha dicho nada?
¿No será que la mayoría creemos que ya no la necesitamos?
¿No será que la gran mayoría creemos que ya no la necesitamos?

De diez que han quedado limpios, sólo uno reconoce y descubre la verdad de Jesús.
Los otros nueve no sienten la presencia de Jesús en sus vidas.
Los otros nueve no sienten que Jesús les ha revelado algo nuevo.
Los otros nueve regresan a donde antes.
Para ellos, todo ha quedado en una simple curación del cuerpo.
Pero siguen con la misma alma enferma, regresan a la misma Ley que los excluía.

Sólo uno siente que:
No solo ha quedado limpio en su cuerpo.
También siente que algo ha quedado limpio por dentro.
No solo se contenta con la limpieza de la lepra.
Siente que su alma se siente tocada por Jesús.

Muchos quisiéramos que Dios sane nuestros cuerpos.
¿Cuántos ansiamos que Dios cambie nuestras almas?
Muchos se contentan con la salud del cuerpo.
¿Cuántos buscamos y gritamos por la salud del alma?
Muchos quisiéramos que Dios nos eche una mano en nuestros problemas.
¿Cuántos vivimos cada día, ansiosos de que Dios toque nuestras almas?

De los diez, nueve vuelven a su pasado?
Sólo uno se abre a lo nuevo.
Nueve vuelven a ser lo que eran.
Sólo uno cambia de modo de ser.
Nueve vuelven al Dios de antes.
Sólo uno descubre el nuevo rostro de Dios.
Nueve ni se acuerdan de dar gracias a Jesús.
Solo uno cambia de rumbo en su vida y “se volvió alabando a Dios a grandes gritos”.
Nueve se olvidan del Jesús que los sanó.
Sólo uno da marcha atrás y “se echa por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias”.

Todos tenemos las mismas posibilidades.
Pero no todos respondemos de la misma manera.
Todos contamos con la misma gracia de Dios.
Pero no todos respondemos de la misma manera.
Todos estamos llamados a la santidad.
Pero muchos preferimos quedarnos en ser buenos.

Jesús curó a los diez.
La respuesta ya depende de cada uno.
Dios nos quiere sanar a todos.
Pero no todos sentimos la gracia de la sanación de igual manera.
Dios nos necesita a todos.
Pero no todos respondemos de igual manera.
Dios envió a su Hijo al mundo “para que nadie se pierda”.
Pero no todos se sienten encontrados por El.
El problema no es Dios.
El problema somos cada uno de nosotros.
Cada uno sabe cuál es su respuesta.

Dios también habla hoy: Martes de la 32 a. Semana – Ciclo C

P. Clemente Sobrado cp.

Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. (Lc 17,7-10)

Si miramos un poco nuestro corazón, nos daremos cuenta de que, de una manera muy sutil, todos llevamos un tufillo de vanidad y orgullo por lo bueno que hacemos.
Yo entiendo que cuando hacemos el bien sintamos gozo y alegría.
Como cuando hacemos el mal sintamos fastidio y tristeza.

Sin embargo una cosa es la alegría de la bondad y otra e orgullo y la vanidad.
Nosotros tenemos un corazón para amar.
Alegrémonos porque amamos.
Nosotros tenemos una inteligencia para buscar la verdad.
Alegrémonos de encontrarla.
Nosotros tenemos unas manos para trabajar.
Alegrémonos de lo que hemos hecho.
Nosotros tenemos unos pies para andar.
Alegrémonos del camino andado.
Tenemos unos ojos para ver.
Alegrémonos de lo que vemos.

Cuando amamos, “hemos hecho lo que teníamos que hacer”.
Cuando buscamos la verdad, “hemos hecho lo que teníamos que hacer”.
Cuando caminamos, “hemos hecho lo que teníamos que hacer”.
Cuando vemos, “hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

En la vida espiritual nos sucede lo mismo:
¿Hemos amado al hermano? No hemos hecho nada extraordinario, hemos hecho lo que teníamos que hacer.
¿Hemos perdonado al hermano? Nada extraordinario. Hemos hecho lo que teníamos que hacer.
¿Hemos servido al hermano? Nada de otro mundo. Hemos hecho lo que teníamos que hacer.
¿Hemos orado a Dios? Hemos hecho lo que teníamos que hacer.
¿Hemos comulgado? Hemos hecho lo que teníamos que hacer.

Ni nosotros tenemos por qué orgullecernos.
Ni Dios queda deudor por lo que hacemos.
Somos siervos que hacemos lo que tenemos que hacer.
Si te amo, no tienes por qué agradecerme.
Al contrario soy yo quien tendría que alegrarme de haber hecho lo que tenía que hacer.
Si te sirvo, no tienes por qué agradecerme.
Más bien soy yo quien tendría que sentirme feliz de haber hecho lo que tenía que hacer.

No es Dios el que tiene que estarnos agradecidos.
Al fin y al cabo no le hacemos ningún favor.
El favor nos lo hacemos a nosotros mismos.
Si amo, me estoy rejuveneciendo a mí mismo.
Si sirvo, me estoy abriendo a los demás.
Si comulgo, me estoy llenando yo de Dios.

No hay motivo para sentir importantes sino “pobres siervos” que “hemos hecho simplemente lo que teníamos que hacer”.
Hemos cumplido con nuestro deber.
Hemos cumplido con lo que estamos llamados a ser.
Hemos cumplido con lo que Dios quiere que hagamos.
La flor cumple como flor siendo flor.
El creyente cumple como creyente, viviendo las exigencias de su fe.

Somos siervos:
Porque hemos sido elegidos por El.
Porque hemos sido comprometidos a continuar su misión.
Porque tenemos conciencia de que lo que hacemos lo hacemos en su nombre.
Pero unos siervos a los que el mismo Jesús llama “mis amigos”.

Dios también habla hoy: Lunes de la 32 a. Semana – Ciclo C

el 70 veces 7 del perdon

P. Clemente Sobrado cp.

“Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces te vuelve a decir: “Lo siento”, lo perdonarás”.
(Lc 17,1-6)

En el Evangelio hay palabras que pueden parecer extrañas y sin embargo, son de lo más bello: corrígele, repréndelo, perdónalo.
No me cansaré de repetir la frase del Papa Francisco: “Dios no se cansa de perdonar”. “No os canséis de perdonar”.
“Perdonar” algo que a nosotros nos suele parecer cuesta arriba.
“Cuesta arriba” por lo difícil.
Y sin embargo es “cuesta arriba” porque nos hace subir, nos hace crecer.

Somos humanos y nadie está libre de ofender al hermano.
Y sentirse ofendido despierta en nosotros resentimientos.
Y sin embargo es una realidad frecuenta.
Unas veces sin querer.
Otras queriéndolo y maliciosamente.
Y es entonces cuando se mide la calidad del corazón.

Nuestra primera reacción debiera ser:
No la de resentirnos, sino la de sentir pena por el que me ofende.
No la de enfadarnos, sino de despertar compasión.
Por eso lo primero no será responder ofensa con ofensa.
Sino el sentimiento de compasión expresado en la “corrección”.
Corregir es “hacer de médico”.
Corregir es tratar de “sanar”.
Porque corregir, reprender con comprensión es ver enfermo el corazón del hermano y tratar de curarlo.

Corregir es ayudarle a despertar en él sentimientos de arrepentimiento.
Y quien se arrepiente ya comienza a sanar el corazón.
No se trata de crear sentimientos de morbosa culpabilidad.
Se trata de crear sentimiento de sentirse mal y comenzar a sentirse bien.
Lo dice Jesús: “Si tu hermano te ofende; repréndelo”.
Si se “arrepiente”, no dice “castígalo” sino “perdónalo”.

Dicen que Dios escribe derecho con líneas torcidas.
También nosotros podemos escribir derecho con líneas torcidas.
Una ofensa no pareciera el mejor camino para ayudar al hermano.
Y sin embargo es motivo de corrección y de arrepentimiento.
Pero también es ocasión de ejercer nosotros el “perdón”.
El pecado es la ocasión para que Dios revele su amor y su perdón.
La ofensa de mi hermano es también la oportunidad para que él purifique su corazón, y oportunidad para que nosotros revelemos la capacidad de amar de nuestro corazón, perdonando.

Y el perdón, tal y como Dios lo quiere:
No puede ser un perdón tacaño sino generoso.
No puede ser un perdón contabilizado.
Sino la actitud diaria y de siempre.
Si te ofende “siete veces en un día”, perdónale otras tantas.

El perdón tiene tres momentos igualmente importantes:
“La corrección”. Poner luz en su conciencia.
“Lo siento”, toma de conciencia de haber fallado.
“Te perdono”, despertar nuestro amor y hacerle sentir que, a pesar de todo, le seguimos amando.

Bella pedagogía de Dios:
La ofensa revela el corazón del que ofende.
La ofensa revela la bondad del ofendido.
La ofensa es motivo de arrepentimiento de que ofende.
La ofensa debiera ser motivo:
de ejercitar nuestra comprensión,
nuestro interés por el otro,
y nuestra capacidad de amar.

Uno oraba a Dios: “Señor dame la gracia de no poder pecar”.
Y Dios le respondió: “No puedo, porque no tendría como manifestar mi amor”.

Dios también habla hoy: Domingo 32 – Ciclo C

P. Clemente Sobrado cp.

“En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futuro y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir; son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”. ( Lc 20,27-38)

No nos casaremos pero veremos a Dios

¿Verdad que el Evangelio de hoy da la impresión de estar escrito en Hollywood?
Porque aquí desfilan maridos como si fuese un desfile militar.
Pero no se preocupen que la cosa va por otros caminos.
¿Saben lo que está en el fondo de todo?
Algo muy simple ¿hay resurrección o no hay resurrección?
¿Y si hay resurrección en qué consiste?
¿En la prolongación de la vida humana pero en unas condiciones de mayor felicidad que aquí en la tierra?
Porque esta era la discusión entre fariseos y saduceos, los dos grandes grupos de aquel entonces.

Los que intervienen aquí son precisamente los saduceos que sostenían que no había resurrección después de la muerte.
Y le proponen este caso que es como una especie de trampa.
Según la ley llamada del levirato, si un hermano moría sin descendencia su hermano debía casarse con la viuda para darle descendencia.
Y aquí hay siete hermanos que se casan con la misma mujer.
Y menos mal que terminan diciendo, “por fin se murió la mujer”.
Desde luego primero se llevó por delante siete maridos. No me digan que aquí no hay resistencia, tener que aguantar a siete maridos, ¿no les parece un abuso?

La respuesta de Jesús es clara: claro que hay resurrección.
Y que resucitar no es una simple prolongación de esta vida, sino que es transformar nuestra vida en una vida glorificada, donde la única realidad será el ser “hijos de Dios”.
Y que por eso, Dios no es un Dios de muertos, un Dios de cementerios, sino un Dios de vivos, de los que viven para siempre.
Y un Dios para que vivamos.

El cielo no es una continuación de los placeres de la tierra.
Jesús lo definió muy bien en la Oración Sacerdotal de la Ultima Cena: “Padre este es mi deseo. Que aquellos que me diste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste antes de la fundación del mundo porque me amabas”.

No nos casaremos pero veremos a Dios.
No tendremos mujer, pero tendremos la gloria de Jesús.
No nos casaremos pero tendremos la participación en la gloria de Dios.

¿Qué es el cielo para nosotros?
¿Una continuación del bienestar terreno? Muy poca cosa. Porque el cielo:
Es un vivir para Dios y con Dios.
Es un disfrutar del misterio de Dios.
Es un meternos dentro del misterio de Dios.

Es una pena. Sabemos demasiado de lo que debe ser el infierno.
Pero ¿No sería preferible conocer y sentir más el misterio del cielo?
Cuando decimos que el “cielo y el infierno están en la tierra”, nos estamos olvidando que Dios nos ha hecho hijos suyos para que vivamos la belleza, la grandeza, todo el amor de Dios.
No olvidemos algo fundamental en nuestra vida: “estamos en camino hacia el cielo”. Esta es la vida del cristiano: “caminantes y peregrinos del cielo”.