Dios también habla hoy: Martes de la 2 a. Semana de Adviento – Ciclo B

Y si llega encontrarla, os digo de verdad que tiene más gozo por ella que por las noventa y nueve no descarriadas”. (Mt 18,12-14)

domingocosenza

Con frecuencia me viene la idea de que, utilizamos demasiados argumentos para
demostrar la existencia de Dios. ¡Tengo tan poca fe en los argumentos de la razón!

Cada vez me doy cuenta de que el mejor camino de la gracia para abrir los corazones es la alegría de cuantos hablamos de Dios. El Pastor Hermas decía ya en su tiempo: “Revístete de alegría, que encuentra siempre gracia delante de Dios y siempre es agradable, y complácete en ella. Porque todo hombre alegre abra el bien, piensa bien y desprecia la tristeza”.

Por eso estoy convencido de que el mejor argumento para despertar la fe de los que aún no creen o, simplemente dudan de ella, sería:
Ver la alegría de una comunidad reunida el domingo, celebrando la memoria de Jesús resucitado, cantando “Hoy es un día de Fiesta”.
La mejor manera de demostrar el verdadero sentido del amor conyugal y de la felicidad familiar, es ver la alegría de los esposos, la alegría de los hijos.
La mejor manera de demostrar que el mundo vive en paz, será sin duda, ver cómo los hombres nos sentimos felices los unos con los otros.
La mejor manera de demostrar el valor de la vocación conyugal, sacerdotal y religiosa, será el ver la alegría con que la viven cada día los esposos, los sacerdotes y los religiosos.

Predicamos mucho el Evangelio. Pero lo hacemos con una cara que pareciera que no creemos en él.
Como si anunciásemos malas noticias a los hombres.
¿Por qué no anunciar el Evangelio con gozo, con alegría, como la Buena Noticia de Dios?
¿Por qué ponernos tan serios y, hasta tan antipático, y con cara de tranca, cuando predicamos la Palabra de Dios?
Las buenas noticias se comparten y se comunican, no como las defunciones, sino con la alegría de compartir cosas bonitas con los demás.

Argumentos nos sobran. Pero no convierten a nadie.
Nos falta más alegría, para que los demás nos crean lo que les decimos.
Teologías tenemos demasiadas.
Necesitamos más teólogos de la sonrisa, de la alegría, del gusto por Dios.

¿No es esto lo que hoy nos dice la Palabra de Dios?
Isaías, en la primera lectura, habla de “consolar a mi Pueblo” y anunciarle “hablándole al corazón”, no a la cabeza, que Dios se ha puesto de su parte y que ya ha olvidado sus pecados.

Y Jesús, nos habla de buscar lo perdido.
De dejar a los que ya están en casa, para trepar monte arriba, en busca de la oveja descarriada.
Y lo dice en tono de fiesta.
Lo dice de una manera simpática y no con palabras de condena o castigo. “A esta oveja la dejo sin pasto mañana”. La ha encontrado, y eso es lo que importa. El que se haya descarriado ya pasó a la historia.
Y lo dice hablando, no desde sus ideas, sino desde sus propios sentimientos:
“Os digo de verdad, que tiene más gozo por ella que por el resto que está al resguardo en casa”.
Lucas será todavía más explícito que Mateo, porque habla de “hacer fiesta y celebrarlo”.
Y hasta se atreve a decir que, la fiesta se hará también en el cielo.
Que también Dios participará en la fiesta y el baile.
¡Perdón, porque me imagino que, para algunos, esto de “Dios bailando” debe ser una tremenda falta de respeto!

Pero, dime con sinceridad: ¿Cuántas veces habrá bailado Dios en el Cielo, porque tú regresabas a la vida de gracia en la confesión?
La pena es que, quien te absolvió en su nombre, nunca tuvo la valentía de darse un bailecito al despedirse de ti.

Pero eso es Evangelio. Eso es anunciar “la Buena Noticia”: anunciarla con alegría, haciendo fiesta y no velorio moralizante.
Eso es la “consolación de Dios a sus hijos”.
A caso la Navidad ¿no es la Fiesta de la alegría de Dios en su abrazo con los hombres?

Clemente Sobrado cp.

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Dios también habla hoy: Lunes de la 2 a. Semana de Adviento – Ciclo B

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

“Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes. Decid a los de corazón intranquilo: ¡Animo, no temáis!” (Is 35,1-10)

Nunca faltan profetas de las desgracias.
Profetas que todo lo ven negro.
Profetas que solo invitan a la desesperanza y a la desilusión.

Isaías es el Profeta del Adviento, por eso es también el “Profeta de la esperanza”.
Es el profeta que toma conciencia de la triste condición presente del pueblo.
Pero no es el profeta de lamentos o calamidades.
No se encierra en la mala situación del presente, sus ojos miran más lejos.
Por eso mismo, su misión:
Es levantar el ánimo del pueblo.
Es levantar el espíritu de su pueblo.
Es abrir a la esperanza a su pueblo agobiado.
Es decirle a la gente que, por delante aún hay un futuro.
No vive de la memoria del pasado, sino que trata de despertar la “memoria del futuro”.

Hablamos de fe pero, con frecuencia, a nuestra fe le falta la llama de la esperanza.
Hablamos de que creemos, pero demasiadas veces, vivimos más inmersos en las dificultades y problemas de hoy que en las posibilidades del mañana.
“Manos débiles”, fatigadas e incapaces de agarrarse a la espera de lo nuevo.
“Manos débiles”, indecisas y faltas de energía para arrastrar hacia delante a los demás.
Por eso el profeta anuncia que es preciso “fortalecer nuestras manos”. Hasta el náufrago se agarra a lo que encuentra y es capaz de ahogarse con la rama bien agarrada por sus manos.

Necesitamos “fortalecer nuestras manos”:
Para aferrarnos el futuro.
Para apretar bien las manos de los que se quedan en el desaliento.
Para apretar bien las manos de los demás y luchar a su lado y caminar juntos.
Para apretar bien las manos de los demás y no dejarlos hundirse en el cansancio.
Que nuestras manos sean hoy en el mundo, las manos que Dios nos tiende.

Afianzad las rodillas vacilantes”.
Rodillas cansadas que nos impiden caminar.
Rodillas cansadas que nos impiden mantenernos firmes y en pie.
Rodillas cansadas que se rinden ante el camino que falta andar.

Por eso se nos pide “afianzarlas”:
poniéndoles más corazón y menos miedo.
poniéndoles más esperanza y menos desilusión.
poniéndoles más ilusión sabiendo que la meta está lejos pero es posible.
poniéndonos de rodillas, hechas oración de confianza.
poniéndonos de rodillas, hechas oración de fe.
poniéndonos de rodillas, descubriendo el plan y los sueños de Dios.
Afianzarlas poniéndonos de rodillas porque es entonces que damos nuestra verdadera estatura.

Y nada de corazones “intranquilos” a los que el miedo, con frecuencia paraliza.
El profeta, en nombre de Dios, nos pide corazones:
movidos por el amor, que es el dinamismo de la vida.
movidos por la confianza, que es la seguridad en la vida.
movidos por la fe en Dios y en nosotros mismos.
Corazones serenos, capaces de escuchar a Dios.
capaces de escuchar a los demás.
capaces de escuchar el grito del mundo.
capaces de escuchar el silencio de los que no cuentan.
capaces de escucharnos a nosotros mismos.

“Animo, no temáis”. No tengáis miedo al hoy. Tampoco al mañana.
El futuro no existe.
Pero nosotros podemos hacer que exista.
El futuro no sabemos cómo será.
Pero nosotros podemos prepararlo.
El futuro no depende de la casualidad.
Depende de lo que nosotros sembremos hoy.
El futuro de los hijos lo sembramos nosotros hoy.
El futuro de las cosechas, lo sembramos nosotros hoy.
El futuro de la Iglesia, lo sembramos nosotros hoy.
El futuro del matrimonio, lo sembramos ahora que somos enamorados y novios.

Y hasta pudiéramos decir que, el futuro de Dios en la historia depende de nosotros.
Entonces ¿a qué tenemos miedo?
¿No sería mejor que, en vez de vivir del miedo al mañana, comenzásemos a sembrar un mañana mejor y más feliz?
¿O será que tenemos miedo a lo que nosotros mismos hacemos?
No tengamos miedo al mañana, porque también el mañana depende de Dios.
La Navidad es el presente y el futuro de Dios en medio de los hombres.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Domingo 2 de Adviento – Ciclo B

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“Y proclamaba: “detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no puedo agacharme para desatarle las sandalias. Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”. (Mc 1,1-8)

Juan Bautista

Voy a llamarle a este segundo Domingo de Adviento B, el “Domingo de la elegancia espiritual”. Porque, amigos, hay muchos tipos de elegancia:
Hay la elegancia del vestido.
Hay la elegancia del peinado.
Hay la elegancia del caminar.
Hay la elegancia de bien decir.
Hay la elegancia del cuerpo.

Pero no olvidemos que la verdadera elegancia es la del corazón. ¿No dicen por ahí que la “cara es la revelación del alma”?
Hay la elegancia de las almas grandes.
Hay la elegancia de los corazones grandes.
Hay la elegancia de la sencillez y la humildad.
Hay la elegancia de la gracia que nos transforma interiormente.
Hay la elegancia de la verdad.
Hay la elegancia de la santidad callada y silenciosa.
Hay la elegancia de de las personas con almas y corazones grandes.

Y una de esas personas, toscas por fuera, “vestido con piel de camello”, “con una correa de cuero a la cintura”, “comiendo miel silvestre y saltamontes”, pero elegantes por dentro, es precisamente la persona de Juan el Bautista:
El hombre que sabe ocupar su propio lugar.
El hombre que sabe reconocer la grandeza de los demás.
El hombre que sabe reconocer que “el otro, el que está viniendo” es más que él.
El hombre que es consciente que él, “solo bautiza con agua”, pero el que “viene detrás bautizará con Espíritu Santo”.
Ante él no soy digno ni “de desatarle las sandalias”

Una de las cualidades que más dignifican a las personas es precisamente:
No sentirse únicas.
No sentirse indispensables, porque sin ellas el mundo se viene abajo.
No sentirse superiores a los demás.
Sino saber reconocer que los “otros también piensan”.
Que los otros “también velen”.
Que los otros “también son importantes”.
Que los otros “son más que uno mismo”.

La grandeza de las almas se mide:
Por la manera que tienen de ver a los demás.
Por la manera que tienen de valorar a los demás.
Por la manera que tienen no de rebajar sino de elevar a los demás.
Es una grandeza que demuestra la talla de sus almas.
Que revela la altura de sus almas.
Que revela la finura y la delicadeza de sus almas.

Porque somos demasiados los que tratamos de ser grandes:
No porque lo seamos tanto.
No porque seamos realmente grandes.
Sino porque nos encanta el poner como pedestal nuestro a los otros.
Nos encanta, no el ser “columnas” sino “estatuas”.
Nos encanta sentirnos más, haciendo “menos” al resto.
No me gustan esos que se dicen menos, para que los demás les digamos que son más.
Me gustan los que realmente se sienten lo que son de verdad.
Pero saben reconocer igualmente la verdad de los otros.

Juan es el prototipo del sentido de la Navidad.
Porque la Navidad es Dios que se “rebaja” para “elevarnos” a los demás.
Porque la Navidad es Dios que se “despoja de sí mismo” para “revestirnos de él” a los demás.
Porque la Navidad es Dios “humanizándose” para, de alguna manera, “divinizarnos” a nosotros.

Oración para ponernos en nuestro lugar.

Señor:
No te pido me hagas grande.
No te pido sobresalir sobre los otros.
Ni sentirme más que los demás.
Te pido me concedas la gracia:
De ser yo mismo.
De ser el que tú quieres que sea.
De ser el que soy de verdad.
Con mis virtudes y cualidades. Con mis defectos.
Con mis éxitos y fracasos.
Que sepa reconocer tus dones.
Que sea agradecido a tus regalos.
Que los ponga en circulación.
No soy más por creerme más.
Déjame ser sencillamente:
Lo que soy y Tú quieres que sea.
Y dame la generosa sinceridad
de valorar a los otros como Tú los valoras.
“Detrás de mí viene otro más que yo”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Sábado de la 1 a. Semana de Adviento – Ciclo B

“Jesús recorría todas las ciudades y pueblos, enseñando y proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia”. (Mt 9,35-10,1.6-8)

Proclamar el Evangelio, sí. Pero ¿sólo de palabra?
Me gusta la respuesta de los dos de Emaús:
“Lo de Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo”.
Mateo antepone primero la “enseñanza y la proclamación”, luego, “la sanación”.
Lucas antepone primero “las obras” y luego “las palabras”.
No me hago problemas con lo del orden.
Pero sí resulta importante que “la palabra va acompañada de las obras, y las obras de las palabras”.

Misión bella y hermosa la de llevar por todos los caminos de la vida la Buena Noticia del Reino. No solo en las ciudades que siempre suelen ser las privilegiadas, sino también en los pueblos pequeños, en las aldeas, que también ellos tienen derecho al regalo del Reino.

Es posible que, pudiera parecer extraño o incluso sin importancia, sin embargo:
Todos tenemos más vocación de ciudad, que de aldea.
Más vocación de calles asfaltadas.
Que de caminos polvorientos.
Más vocación de las comodidades que ofrecen las ciudades.
Que las carencias que existen en las aldeas.
¿Dónde hay más sacerdotes? ¿En las grandes ciudades o en las aldeas?
¿Dónde hay más atención religiosa? ¿En el corazón de las ciudades o en las zonas marginales?

Pero una misión que no queda reducida a las palabras o anuncios.
Es la misión de “sanar toda enfermedad y dolencia”. Desde el Evangelio todos tenemos vocación de médicos.
Porque todos podemos y debemos sanar muchas enfermedades.
Porque todos podemos y debemos sanar muchos corazones que sufren.
Porque todos podemos y debemos sanar muchas penas en el alma.
Porque todos podemos y debemos sanar muchas heridas del corazón.
Porque todos podemos y debemos sanar muchas soledades vacías y silenciosas.
Porque todos podemos y debemos sanar muchas tristezas del corazón.
Porque todos podemos y debemos sanar muchas desilusiones y fracasos.
Porque todos podemos y debemos sanar muchas ilusiones frustradas.
Porque todos podemos y debemos secar una lágrima y hacer brotar una sonrisa.

Todos somos testigos de que, tanto en las ciudades como en las pequeñas aldeas, abundan las dolencias y las penas.
¡Cuántas vidas no comprendidas!
¡Cuantas vidas sin esperanza!
¡Cuántas vidas que han perdido el sentido de vivir!
¡Cuántas vidas pintadas por fuera, pero sangrantes por dentro!
¡Cuántas vidas que esperan ser acogidas por una mano abierta!
¡Cuántas vidas que esperan tan solo una palabra amiga!
¡Cuántas vidas que esperan se les reconozca su dignidad de personas!

Y ahí está nuestro quehacer diario.
No quedarnos viendo televisión.
No “balconear”.
Sino “recorrer caminos”.
No esperar a que nos busquen, sino salir a buscarlos.
Anunciando y proclamando el Reino, claro que sí.
Pero “sanando y curando”.
Bienaventurados los solidarios
Porque siempre tendrán alguien con quien compartir.
Porque siempre tendrán alguien que los necesita.
Porque siempre tendrán alguien que lo está pasando mal.
Porque siempre tendrán quien les tienda la mano pidiendo algo.
Porque siempre tendrán alguien que necesita de su alegría.
Porque siempre tendrán alguien que necesita una palabra de aliento.
Porque siempre tendrán alguien que necesita una compañía.
Porque siempre tendrán alguien que espera una palabra de bondad.
Porque siempre tendrán alguien que espera una mano para levantarse.
Porque siempre tendrán alguien que está sufriendo en silencio.
Porque siempre tendrán alguien que llora en su corazón.
Porque siempre tendrán alguien que no sabe el camino.
Porque siempre tendrán alguien que busca y no encuentra.
Porque siempre tendrán alguien que quiere y no puede.
Porque siempre tendrán alguien a quien regalar un abrazo.
Porque siempre tendrán alguien a quien sonreír.
Porque siempre tendrán alguien a quien decirle “Te amo”.

Clemente Sobrado cp.

La Inmaculada Concepción

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo… No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios”. (Lc 1, 26-38)

Inmaculada ConcepciónMaría “alégrate”.
Pero, si tu vida es toda alegría.
Porque tu vida está llena de gracia.
Porque tu vida está toda llana de Dios.
Que no hay rincón en tu corazón que no esté ocupado por Dios.
Que no hay rincón alguno en tu vida que no esté lleno de Dios y por Dios.

La verdad que me pongo a pensar y, perdóname María, pero te entiendo pero no logro comprenderlo.
Porque no sé cómo será un corazón que nunca experimentó el rasguño del pecado.
Porque no sé cómo será un corazón que nunca experimentó rasguño alguno de egoísmo, porque todo él es amor y gracia.
Porque no sé cómo será la alegría de un corazón tan limpio y sin mancha alguna que brilla con la blancura de la gracia.

Me cuesta entender mi corazón. Pero me cuesta entender cómo es el tuyo.
Porque:
Yo solo puedo experimentar un corazón herido por el pecado.
Yo solo puedo experimentar un corazón arañado por el egoísmo.
Yo solo puedo experimentar lo que es un corazón manchado por la debilidad del pecado.

¿Me quieres decir cómo es un corazón y una vida, tan única y tan especial, que jamás ha tenido la experiencia de lo que es sentir arañado, rasguñado, golpeado por el pecado?
Por eso tu alegría:
Nace de ti misma.
Nace de dentro de ti misma.
Tú misma entera eres alegría.
Tú misma entera eres gracia.

Me miro a mi mismo y descubro tantas zonas vacías, tantas zonas oscuras…
Por eso tengo que buscar, tantas veces, mi alegría fuera.
Por eso tengo que buscar, tantas veces, mi alegría no en mí, sino en las cosas.
Por eso tengo que buscar, tantas veces, cómo llenar esos vacíos de gracia, con cosas que me vacían aún más.
Quisiera estar lleno de gracia y me experimento lleno de vacíos.
Quisiera estar lleno de Dios y me experimento ocupado por las cosas.
Quisiera estar lleno de alegría y me experimento con nubes de tristeza dentro.

No me extraña que “hayas hallado gracia delante de Dios”.
Es que tú “le has caído bien a Dios”.
Es que tú, “le has caído tan bien a Dios”, que cuando te mira se ve como en un espejo.
Es que tú, “le has caído tan bien a Dios”, que cuando te mira se ve a sí mismo.

“Tan llena de gracia” que Dios no encuentra resistencias en tu corazón.
Dios no encuentra tropiezos en tu corazón.
Dios puede contar contigo entera, sin limitaciones, sin condiciones:
Con tu corazón virginal.
Con tu vientre virginal, tan virginal como es tu corazón.
Con tu voluntad virginal, como es tu corazón virginal.
Con tu sí virginal, como virginal eres tú entera.
Con tu virginal “hágase en mí según tu palabra”, como virginal es la Palabra que concebiste.

Permíteme, Madre inmaculada, te diga con aquellos versos de G. Diego:

“Ave María, Gratia Plena, suave
Nido de Encarnación, Pluma de vuelo,
Rosa blanca entre angélicos sonrojos.
Reina del cielo que te acoge y sabe:
Sálvame, mírame, tu pequeñuelo,
Y, Madre mía, véante mis ojos”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Jueves de la 1 a. Semana de Adviento – Ciclo B

Será como el hombre prudente que edificó su cada sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos… pero la casa no cayó, porque estaba cimentada sobre roca”. (Mt 7,21.24-27)

Hace unos dos años comenzaron a levantar un gran hotel al lado de nuestra casa. La verdad es que, si no me equivoco, tardaron más en sacar tierra y buscar los cimientos que en levantar luego el edificio. Dicen que tiene cinco pisos bajo tierra. Hay parking para autos, hay piscinas temperadas e incluso no sé si habrá casino. Yo, que cada día veía salir camiones y más camiones de tierra, y miraba desde nuestra terraza y veía a los obreros que parecían muñecos allá abajo, me preguntaba si iban a hacer el hotel bajo tierra. El ingeniero, que era muy simpático, un día me respondió: “Padrecito, lo primero tenemos que aprovechar a lo máximo el terreno, y luego, usted que es sacerdote, ¿no ha leído que hay que construir sobre roca firme?” Era la primera vez que escuchaba a un ingeniero de construcción citarme el Evangelio. Confieso que no le pregunté si era creyente o simple lector del Evangelio. Pero tengo que reconocer que sí lo conocía y lo ponía en práctica.

Jesús no quiere que construyamos nuestra Iglesia y nuestras vidas sobre cascajo o arena movediza.
Jesús no quiere que construyamos nuestra Iglesia y nuestras vidas sobre sentimientos pasajeros sino sobre convencimientos sólidos y sobre la roca de su Evangelio.
Jesús no quiere que construyamos el matrimonio y la familia sobre la fragilidad de los simples sentimientos que cambian con el tiempo y los días.

A veces pienso que construimos demasiado sobre la arena siempre movediza.
Que construimos la Iglesia, sobre grandes manifestaciones y grandes aplausos, que al día siguiente se apagan.
Que construimos nuestra comunidad cristiana, sobre bautismos sin fe, llevados con frecuencia, más por la fiesta, que por la verdad del sacramento.
Que construimos el matrimonio, más sobre los sentimientos, que sobre el verdadero amor.
Que construimos el matrimonio, más sobre la frágil arena de una boda bonita, que sobre la vivencia profunda del sacramento.
No faltan suegras, muy buenas, de eso no tengo duda, que se atreven a pedirle al sacerdote que sea breve en la homilía, para darle más espacio al Coro y la música. O incluso, aquella que un día me pidió si le permitía cantar “Medias de seda” porque a ella le encantaba esa canción.
Me encanta la Iglesia que el Papa Francisco quiere construir sobre la misericordia, el perdón y el amor.

Dios no construye sobre arena.
Dios construye siempre sobre roca firme.
Jesús le llamó a Simón, Pedro, es decir roca.
Jesús construye sobre la roca del amor.
Jesús construye sobre la roca de la igualdad.
Jesús construye sobre la roca de la fraternidad.
Jesús construye sobre la roca de la comunidad.
Jesús construye sobre la roca del amor y preferencia por los pobres y débiles.
Jesús construye sobre la roca del compartir solidario con los que tienen hambre.
Jesús construye sobre la roca del servicio a los demás.
Jesús construye sobre la roca de “dar la vida por los otros”.
¿No dicen que el Calvario se llamaba “calavera” porque era una roca que parecía una calavera?
Jesús construye sobre la roca de la cruz enclavada en la calavera.

Dios construye sobre la roca de la Navidad, que es la debilidad y la pobreza de un pesebre de pastores.
Dios construye sobre la roca de la encarnación que es el “rebajarse” y hacerse como uno “cualquiera de nosotros”.
Dios construye sobre el amor al prójimo y no sobre la ley.
Dios construye sobre la ayuda al que sufre y no sobre la santidad del sábado.
La debilidad es la roca de Dios.
¿No se han dado cuenta de cómo, ante los grandes vientos y tempestades, la fragilidad de los mimbres se doblan pero no se rompen, a diferencia de los árboles que se arrancan y quiebran?
Por eso, la roca de Dios es la “encarnación”, que es la mejor manifestación de su amor al mundo.
¿Sobre qué roca construye el mundo?
¿Sobre qué roca construye la Iglesia?
¿Sobre qué roca construimos nosotros?

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Miércoles de la 1 a. Semana de Adviento – Ciclo B

“La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima de la gente, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen que comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino”. (Mt 15,29-37)

A parte del anuncio eucarístico que pueda tener la multiplicación de los panes, encierra todo simbolismo para la vida de los seguidores de Jesús.

En primer lugar, Jesús no es de los que viven un Evangelio espiritualista, piadoso.
Jesús no entiende la Buena Noticia sino asumiendo al hombre en toda su realidad humana y espiritual.
Jesús es de los que toma conciencia del hambre de la gente.
Jesús es de los que se da cuenta del desfallecimiento de la gente con hambre.
Jesús es de los que no solo ve los problemas.
Jesús es de los que ven los problemas y trata de buscarles soluciones.
Jesús es de los que “siente lástima del hambre del pueblo”.
Jesús es de los que no se quedan en lamentos sino que se compromete con los problemas.

En segundo lugar quiere enseñar a sus discípulos “a ver, a mirar” cristianamente.
Ellos veían a la gente como la veía Jesús.
Pero no veían el hambre de la gente.
Veían a la gente y hasta es posible se sintiesen orgullosos de ver el triunfo de Jesús.
Pero no veían que la gente estaba con el estómago vacío.
Veían a la gente.
Pero no les dolía el hambre de la gente.
Y Jesús, lo primero que hace es hacerles notar:
Que la muchedumbre está en problemas.
Que la muchedumbre tiene hambre.
Su corazón seguía igual.
“No les dolía. No sentían lástima”.
Y no se puede seguirle a El si no nos duelen los problemas de los demás.

En tercer lugar, Jesús quiere que también ellos aprendan a hacerse solidarios de los problemas de los demás.
Quiere que se sientan comprometidos.
Quiere que sientan que los problemas de los demás deben ser sus problemas.
Quiere que aprenden a comprometerse buscando soluciones.

Para ellos les compromete en dos cosas:
Es preciso compartir lo que uno tiene.
Es preciso dar de lo que se tiene, aunque sea poco.
Es preciso saber que las soluciones han de comenzar por ellos mismos.
Es preciso que aprendan a compartir sus cinco panes y sus dos peces.
Es preciso que aprendan a dar de lo suyo y que no lo esperen todo de los otros.

Por eso:
Jesús será el que bendice el pan.
Jesús será el que hace que el pan sea el don de Dios para todos.
Y luego, no será El quien lo reparta.
Sino tendrán que aprender ellos a repartir.
Tendrán que ser ellos los que aprendan a sentir que su pan lo comen otros.
Tendrán que aprender a dar de comer al hambriento.
Y serán ellos quienes recojan las sobras, para que nada se pierda.
Serán ellos los que manden sentar a la gente como signo de libertad.

Cuando las cosas vuelven a adquirir el sentido de Dios, dejan de ser propiedad privada y se hacen pan para todos.
Y cuando el amor toma en sus manos el pan, los cinco panes llegan para que todos coman.
El mayor milagro es “amar”.
Y el amor es el que puede hacer los mayores milagros.
Incluso el milagro de compartir de lo nuestro.

Señor dame ojos para que vea los problemas de mis hermanos.
Señor, dame ojos para que vea el dolor de mis hermanos.
Señor, dame amor para que me duela el dolor de los que sufren.
Señor, dame amor para que reparta mis “cinco panes”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Martes de la 1 a. Semana de Adviento – Ciclo B

“porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a los pequeños”. (Lc 10,21-25)

Flickr: Edith Soto

Siempre he tenido mis reparos frente a la Navidad. ¿Razones?
Damos la impresión de que la Navidad es para los niños, como si los grandes fuésemos simples espectadores de cómo disfrutan los pequeños.

Pero leyendo el Evangelio de hoy creo que estoy viendo las cosas de otra manera:
La Navidad nos la regala un Niño.
La Navidad es la fiesta del Dios Niño.
La Navidad la disfrutan los niños, porque sólo los niños entienden a los niños.
La Navidad es la fiesta de los grandes cuando su corazón se hace niño.

Claro que la Navidad no es para los que se creen tan grandes y tan sabiondos que:
Todo lo quieren entender con la cabeza.
Todo lo ven desde sus ideas y razonamientos.
Han perdido su inocencia de niños.
Han perdido su capacidad de admiración propia de los niños.
Han perdido su capacidad de la grandeza de lo pequeño.
Han perdido su capacidad de preguntar: “mamá, ¿qué es eso?”, “mamá, ¿para qué sirve eso?”

Por eso, Jesús da gracias al Padre, por todo lo que sus ojos están contemplando:
Los grandes sabios no entienden nada del nuevo anuncio del Reino.
Los grandes sabios se resisten a la novedad del Reino.
En cambio los sencillos le han cogido gusto al Evangelio.
Los sencillos esperan el anuncio del Evangelio.
Los sencillos sienten que su corazón salta de gozo con el Evangelio.
Los sencillos abren sus mentes y sus corazones al Evangelio.

No se trata de que los inteligentes dejen de ser sabios.
Se trata de que inteligentes y sabios tengan un corazón más sensible al misterio.
Se trata de que inteligentes y sabios tengan un corazón un poco más vacío de su orgullo y vanidad.
Se trata de que inteligentes y sabios tengan un corazón capaz de abrirse a la verdad de Dios.
Se trata de que inteligentes y sabios se sientan un poco más niños y menos señorones.
Se trata de que inteligentes y sabios sean capaces de escuchar a los niños que tienen mucho que decirnos.
Se trata de que inteligentes y sabios sean capaces de jugar con los niños y no olviden que algún día también ellos lo fueron.

Por eso el camino de la esperanza está:
En saber que no lo tenemos todavía todo.
En saber que no lo sabemos todo.
En saber que no somos todavía todo lo que podemos ser.
En saber que hasta los niños son capaces de darnos la felicidad que los grandes hemos perdido.

Y por eso mismo, el camino de la Navidad está también señalado:
Por limpiar nuestra mente de esas telarañas de nuestras falsas ideas y prejuicios.
Por limpiar nuestro corazón de sus falsas ambiciones.
Por limpiar nuestro corazón de tantos trastos viejos que lo llenan y no dejan espacio a los demás.
Por limpiar nuestro corazón de tantas fantasías de grandeza y hacer renacer en él al niño que algún día fuimos.

Clemente Sobrado cp.