Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 8 a. Semana – Ciclo B

“El tomó aparte otra vez a los Doce y se puso a decirles lo que iba a suceder. Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, la escupirán, lo azotarán y lo matarán y a los tres días resucitará”. Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan y le dijeron… Les preguntó: “¿Qué queréis que haga por vosotros?” “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. (Mc 10,32-45)

Jesús está subiendo a Jerusalén.
Los discípulos parecen regresar de Jerusalén.
Jesús habla de muerte.
Los discípulos hablan de vida.
Jesús habla de humillaciones.
Los discípulos hablan éxitos.
Jesús habla de fracasos.
Los discípulos hablan de poder.
Dos direcciones distintas.
Dos mentalidades distintas.
Dos aspiraciones distintas.
Dos metas distintas.
Dos ideales distintos.

Jesús habla de ser entregado.
Ellos hablan de primeros puestos.
Jesús habla de que le escupirán a la cara.
Ellos piensan en los primeros lugares.
Jesús habla de ser condenado a muerte.
Ellos hablan de escoger los primeros sillones.

¿Qué pudo sentir Jesús al ver que sus palabras caían en el vacío?
¿Qué pudo sentir Jesús al ver que sus planes no entraban en los planes de los suyos?
¿Qué pudo sentir Jesús al sentirse totalmente incomprendido?
Jesús piensa en el ideal de servir.
Ellos piensan en el ideal del poder.
Jesús debió experimentar una gran desilusión.
Jesús debió experimentar la sensación de fracaso.

Podemos acompañar a Jesús, y caminar en direcciones opuestas.
Estoy pensando en el Papa Francisco.
Todos le admiramos por su sencillez.
Pero todos seguimos todavía con la vieja mentalidad de la grandeza.
Todos le admiramos por sus viejos zapatos.
Pero nosotros seguimos con ganas de estrenos.
Todos le admiramos por su espíritu de periferia.
Pero mientras tanto, nosotros seguimos pensando en los barrios residenciales.
No basta admirar.
Es preciso imitar.
Pero no un imitar por copiar sino por un cambio de mentalidad.
Es posible que el Papa siga pensando en una nueva primavera eclesial.
Y mientras tanto nosotros seguimos felices en una “iglesia invernal”.

A Pedro le dio con el Evangelio en las narices.
“Apártate de mí “Satanás” tu piensas como lo hombres y no como Dios.
A los Zebedeos les bajo los humos y trata de atraerlos a su camino:
“No sabéis lo que pedís”.
“Los que son reconocidos como Jefes de los pueblos los tiranizan”.
“Los grandes los primen”.
“Vosotros nada de eso”.

Y les abre el verdadero camino de Jerusalén:
Jerusalén es el camino de lo que quieren ser grandes, “sean vuestros servidores”.
Los que quieran ser los primeros, “sean esclavos de todos”.
“El Hijo el hombre no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar su vida en rescate por todos”.
El poder domina sobre los demás pero no hace felices.
En cambio “El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría”. (EG 5)

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 8 a. Semana – Ciclo B

“Pedro se puso a decirle a Jesús: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Jesús dijo: “Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo cien veces más y en la edad futura, la vida eterna”. (Mc10,28-31)

La vida cristiana se mueve entre el “dejar” y el “seguir”.
Dicho de otra manera, solo se puede seguir a Jesús en la libertad de las cosas.
No se puede ser caracol que lo lleva todo consigo a donde quiera que vaya.
Por eso muere también encerrado en su propia casa.

Después del fracaso del joven rico, Pedro se ufana y le dice a Jesús:
“Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”.

El fin no es tanto el “dejar”.
El fin es “seguir”.
No dejamos porque las cosas sean malas.
Dejamos para vivir en la plena libertad del Evangelio.

Una libertad que a nosotros nos cuesta tanto.
Porque vivimos de mil apegos.
Porque ponemos nuestra vida en cosas del momento.
Porque ponemos nuestro interés en las satisfacciones inmediatas.
Porque ponemos nuestra felicidad en lo inmediato.
Porque sentimos que ciertas renuncias son privaciones.
Porque sentimos que ciertos “no” son sacrificios que nos impiden vivir.
Porque sentimos que ciertos “no” es sacrificar nuestra felicidad.
Porque ciertas curiosidades nos esclavizan, ¿no piensas así de ciertas páginas de Internet?

El seguimiento de Jesús solo es posible en la libertad.
Y ser libre es desprendernos de lo que tenemos.
Ser libre es desprenderse de muchos de nuestros criterios.
Ser libre es no es cargar con nuestra casa como el caracol.
Ser libre es sentirnos libres de todo.
Ser libre es sentirnos no arrastrar lo que tenemos.

Ser libres para seguir a Jesús es:
Dejar a nuestros padres, amándolos, pero no dependiendo de ellos.
Dejar a nuestros hermanos, queriéndolos, pero sin depender de ellos.
Dejar a nuestros hijos independizarse, amándolos, pero dejándolos volar.
Dejar el lugar donde estamos, aunque nos sintamos bien, pero nos necesitan en otra parte.
Dejar aquello que nos gusta, pero nos impide caminar.
Necesitamos vocación de pájaro volador.
No de lento caracol que carga con todo.

Necesitamos mirarnos a nosotros mismos y preguntarnos:
¿Qué me impide ser fiel a mi bautismo?
¿Qué me impide ser fiel a la gracia de Dios?
¿Qué me impide ser fiel a la misión que Dios me encomienda?
¿Qué me impide ser fiel a mí mismo?
¿Qué me impide ser fiel al Evangelio?
¿Qué me impide ser fiel al cambio?

Seremos libres cuando podamos decir como Pedro:
“Señor, nosotros que lo hemos dejado todo y te seguimos”.
Seremos libres cuando no tengamos la tentación de mirar atrás.
Seremos libres cuando podamos mirar con alegría al futuro.
Seremos libres cuando podamos seguir a Jesús.
Seremos libres cuando, como María, podamos decir: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí tu voluntad”.
El Espíritu Santo nos hace libres.

Clemente Sobrado C. P.

Palabras para caminar: Las mareas del mar

1. – ¡Qué misterioso es el mar! ¡Qué misteriosas son sus mareas! Una inmensa masa de agua siempre en movimiento. Sube y baja de niveles. Pareciera estar jugando al escondite con la tierra. Un mar tranquilo y sin movimiento y sin cambios sería aburrido y hasta es posible que sus aguas dejasen de estar limpias y cristalinas.

Flickr: Daniela Gama

 

2.- La vida tiene también sus mareas: altas y bajas. Días de sol y días de sombras, días de luz y días de oscuridad. ¿No serán también esas mareas de mi vida como lo que le da vida y le da movimiento y la conserva siempre limpia? Nadie se asusta de las mareas altas ni de las bajas. ¿Por qué asustarme de esos días oscuros y con nostalgia de los luminosos?

3.- La vida tiene también sus mareas: altas y bajas. Días de fiesta y días de trabajo. Días de estreno de nuevo terno y días del buzo o el uniforme de oficina de cada día. Los días de fiesta alientan para los días de trabajo. Los días de trabajo hacen ansiar los días festivos. Así la vida está en constante movimiento, purificándose a sí misma.

4.- La vida tiene también sus mareas: altas y bajas. Días de felicidad y días de sufrimiento. ¿No son igualmente días de mi vida? Tanto debo vivir cuando estoy feliz como cuando debo sufrir. La felicidad y el sufrimiento son el gran diálogo de la vida consigo misma. Los días felices me dan fuerza y esperanza para los días de dolor, y los días de dolor me hacen esperar los días felices.

5.- La vida tiene también sus mareas: altas y bajas. Días de buena salud y días de enfermedad. Días en los que no duele nada, y días en que a uno le duele todo. Y son los mismos días del calendario de la vida. Los días de salud me dan fuerza para luchar contra la enfermedad, y los días de enfermedad me hacen esperar ilusionado los días de buena salud. Así dialoga consigo la vida.

6.- La vida tiene también sus mareas: altas y bajas. Días de buen humor, con la chispa encendida. Y días de mal humor. La chispa está apagada. Pero son los mismos días, igualitos a todos. Los días de buen humor me recupero para esos malos días de chispa apagada o incluso sin chispa. ¿Y por qué dar de patadas contra esos feos días de mal humor, si al día siguiente amaneceré con un entusiasmo estupendo…?

7. – La vida tiene también sus mareas: altas y bajas. Días de lucha y tentación. Y días en los que seguir a Cristo parece autopista asfaltada. Días en los que me resulta fácil decirle sí a Dios. Y días en los que todo lo veo difícil. ¿Por qué desesperarme por esos días de lucha, de tentación, de debilidad, si sé que mañana seré más fuerte y todo volverá a parecerme fácil?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 8 a. Semana – Ciclo B

“Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?… Todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”. (Mc 10,17-27)

El chico parecía bueno. Pero tenía tres defectos:
Era demasiado rico.
Y no había descubierto todavía la Buena Noticia de Jesús.
Y era demasiado pegado a la ley. Todo lo solucionaba con la ley.
Aún siendo muy ricos, siempre nos “falta algo”.
Aún siendo muy buenos, siempre nos “falta algo”.
Aún cumpliendo la ley, siempre nos “falta algo”.

Y es eso que “nos falta”, lo que puede hacer luego inútiles todos nuestros sueños.
Es eso que “nos falta” lo que impide nuestro crecimiento como personas.
Es eso que “nos falta” lo que nos impide amar de verdad a los hermanos.
Es eso que “nos falta” lo que nos impide crear la verdadera comunidad humana.
Es eso que “nos falta” lo que nos impide crecer en nuestro bautismo.

Hay muchos sueños que se mueren al despertarse.
Hay muchas ilusiones que se apagan por falta de riego.
Hay muchas esperanzas que se mueren al nacer.
Hay muchas posibilidades que se hacen imposibles.

La vida es un constante “éxodo”.
Es el “éxodo” de lo que tenemos.
Es el “éxodo” de lo que creemos ser.
Es el “éxodo” de nuestros planes y proyectos.
Es el “éxodo” de nuestro situarnos en el ayer.
Es el “éxodo” de nuestros criterios y mentalidades.
Es el “éxodo” de nuestros intereses personales.

Y la vida no es quedarnos donde estamos.
Ni es quedarnos en lo que somos.
Ni es quedarnos con el Dios de nuestras ideas.
Ni es quedarnos con lo que siempre fue.

La vida es una constante invitación a “salir de nuestra tierra”.
“Salir de nuestra tierra” a la búsqueda de otras nuevas.
“Salir de nuestra tierra” a corrernos la nueva aventura.
“Salir de nuestra tierra” arrancados de ella por “una llamada”.

El chico era bueno. No hay que quitarle méritos.
“Desde pequeño lo cumplía todo”.
Pero le faltaba la llamada a la vida.
Le faltaba la llamada a la aventura de lo desconocido.
Le faltaba conocer que siempre hay algo nuevo y distinto.
Le faltaba conocer el ideal de la Buena Noticia de Dios.
Le faltaba conocer el ideal del Reino.
Le faltaba conocer que había “un tesoro escondido”.
Le faltaba conocer que había “una perla más preciosa”.

Y que para conseguirlo había que venderlo todo, dejarlo todo.
Y que para comprarla había que sentir no la “tristeza del dejar”.
Sino sentir en su corazón “la alegría de venderlo todo”.

El Evangelio no es invitación a dejarlo todo.
El Evangelio es invitación a seguir “con las alforjas vacías”.
El Evangelio es invitación a seguir “ligeros de peso para el camino”.
No se escalan las montañas llevándonos nuestra casa a cuestas.
A lo más una ligera tienda de campaña.
No se logran los récords mundiales con traje de etiqueta.
No es renunciar. Es hacer más posible el éxito.
No es dejar. Es soñar con lo que vamos a encontrar.

Puede que la vida te asuste. No le des las espaldas.
Puede que el riesgo te asuste. No le des las espaldas.
Puede que el futuro te asuste. No le des las espaldas.
Porque cada día sentirás más miedo.
Y cada día te quedarás más solo contigo mismo.
No se puede seguir a Jesús llevando a cuesta su casa y cuanto tiene.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Pentecostés – Ciclo B

“Vieron aparecer unas lenguas como lenguas de fuego, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería”. (Hch 2,1-11)

Pentecostés es un día especial para la Iglesia y para cada creyente. Es la celebración de la presencia del Espíritu Santo en la cada uno de nosotros y en la Iglesia. Un periodista me preguntaba qué título le pondría yo a la fiesta de Pentecostés. Le ofrecí una serie de sugerencias:
El Espíritu Santo los puso en pie.
Hay que hablar la lengua de los hombres.
Hay que salvar al mundo.
El Espíritu de la diversidad.
Los puso en pie. Los Hechos nos dicen que estaban en oración junto con María, la madre. La verdad que no sé si en ese momento estaban de rodillas, o levantando las manos o simplemente sentados.
Pero el Espíritu Santo los puso a todos en pie y los puso a caminar por los caminos del mundo. Ya no es el momento de seguir encerrados y con miedo en el alma. Es necesaria la oración. Pero la oración que no nos pone en camino es una oración individualista. El Papa Francisco nos habla de una Iglesia que tiene prohibido “balconear” y mandado “salir, irse a las periferias”.

Hay que salvar al mundo. El Evangelio no es para que lo hagamos propiedad nuestra sino para que lo anunciemos. “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a todos los pueblos”. Y el Espíritu Santo no viene para detener la corriente del Evangelio sino a darle cauce. Jesús vino a salvar al mundo. “Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por El”.
El día de Pentecostés, quienes estaban mudos de miedo y sólo se atrevían a hablar con Dios, el Espíritu Santo los lanzó al ruedo a hablar al mundo. Fue el primer anuncio oficial de la Iglesia. La Iglesia se presenta por vez primera hablando, anunciando el Evangelio de la salvación.
El Espíritu Santo habita en cada uno de nosotros, pero no para instalarse cómodamente al calorcillo de nuestra experiencia de fe, sino para hacernos salir al balcón y a los caminos, y proclamar la salvación.
Habita en nosotros pero no para dejarnos ensimismados con nosotros mismos, sino para ponernos como a María que “a prisa fue a servir a su parienta Isabel”.

Hay que hablar la lengua de los hombres. No es el momento de preparar grandes discursos ni de decir cosas bonitas. Ni de hacer grandes teologías. La Iglesia está llamada a hablar la lengua de los hombres. “Los discípulos comenzaron a hablar en lenguas extranjeras”. No tenían preparado el sermón.
No es suficiente proclamar el Evangelio. Hay que proclamarlo de modo que los hombres lo entiendan, cada uno en su propia lengua, cada uno desde su propia realidad, cada uno desde sus propios problemas e inquietudes.
La Espíritu Santo nos regala el don de lenguas no para hacernos políglotas, sino para que cada uno hablemos desde el hombre y desde cada hombre.

Hablar la lengua de los hombres es hablar desde las distintas culturas. Es encarnar el Evangelio no en la cultura de las oficinas romanas o episcopales o clericales, sino encarnarlo en los sentimientos culturales de las personas. Ese es el misterio de las lenguas el día de Pentecostés, “porque cada uno los oía hablar en su propio idioma”. El idioma del hombre de la calle, del hombre que no tiene trabajo, del hombre que vive marginado, del hombre que sufre, llora o se ríe. ¿Entienden nuestros fieles nuestras homilías dominicales como entienden las del Papa Francisco?

El Espíritu de la diversidad. Es el Espíritu de la comunión. Pero de la comunión en la diversidad. Es el Espíritu de la unidad. Pero de la unidad en la pluralidad y la diversidad.
En la diversidad de carismas.
En la diversidad de caminos.
En la diversidad de pensamiento.
En la diversidad de inquietudes.
En la diversidad de expresiones.
En la diversidad de espiritualidades.

El mismo Espíritu que crea la unidad es el mismo que crea la diversidad.
El mismo Espíritu que crea la comunión es el mismo que crea las diferencias.
El mismo Espíritu que crea una misma Iglesia, la quiere en la pluralidad.
Unidad no es uniformidad.
Unidad no es ser todos iguales.
La uniformidad empobrece a la Iglesia.
La diversidad la enriquece.
Dios es la unidad en la Trinidad de personas.

Que también hoy entiendan nuestro Evangelio todas las culturas. Y las oigan en sus propias lenguas y costumbres.

Clemente Sobrado C.P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Sábado de la 7 a. Semana – Ciclo B

“Pedro, volviéndose, vio que los seguí el discípulo a quien Jesús tanto amaba el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: “Señor, ¿Quién es el que te va a entregar?” Al verlo, Pedro dice a Jesús: “Señor, y éste ¿qué? Jesús le contesta: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, a ti ¿qué? Tú, sígueme”. (Jn 21,20-25)

Así termina Juan su Evangelio, con una escena que manifiesta en primer lugar una cierta relación particular entre Pedro y Juan, y en segundo lugar, recuerda la escena de la Ultima Cena cuando Pedro pide a Juan le revele quién de ellos es el traidor.

Luego de las tres confesiones de amor de Pedro y la misión de Jesús como pastor de sus corderos y ovejas, Jesús le dice a Pedro: “Sígueme”. Y viene el interés o la curiosidad de Pedro: “Bueno, y con éste ¿qué va a pasar?”
La respuesta de Jesús es bien curiosa:
¿A ti qué te importa lo que yo voy a hacer con Juan?
Tú preocúpate de ti.
Tú sígueme.
Tú sé tú mismo y deja que él sea él mismo.

La idea de Jesús es suficientemente clara.
Todos somos discípulos suyos.
Pero cada uno tenemos nuestro propio camino.
Cada uno tenemos nuestra propia misión.
Pedro será el testigo de lo que tiene que ser el nuevo pastor en la Iglesia.
Juan tendrá como misión ser el testigo del amor
Hasta este momento todos le seguían en grupo
Desde ahora tendrán que dispersarse por caminos distintos.
Todos serán testigos suyos.
Pero todos por caminos distintos y misiones diferentes.

Todos hemos recibido un mismo bautismo.
Todos formamos una misma Iglesia.
Todos compartimos la mis fe.
Y todos compartimos la misma misión.
Pero todos por caminos distintos.
La unidad no impide la diversidad de caminos y misiones.
Como tampoco la diversidad ha de ser un impedimento y un obstáculo para la unidad.

Como cantamos en nuestras misas dominicales:
“¡Un solo Señor, una sola fe,
Un solo bautismo, un solo Dios y Padre.
Llamados a guardar la unidad del Espíritu, por el vínculo de la paz.
Llamados a formar un solo cuerpo, en un mismo Espíritu.
Llamados a compartir una misma esperanza en Cristo”.

La Constitución sobre la Iglesia del Vaticano II, luego de describir todo aquello que nos une y es común a todos añade:
“Porque hay diversidad entre sus miembros, ya según los ministerios, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien de sus hermanos; ya según la condición y ordenación de vida, pues muchos en el estado religioso, tendiendo a la santidad por el camino más arduo, estimulan con su ejemplo a los hermanos”. (LG n.13)

Y describe luego esas diversas condiciones de vida: solteros, casados, viudez, trabajo, salud etc.
La Iglesia es una: los caminos muchos.
La santidad es una: los caminos muchos.
El Evangelio es uno: los caminos muchos.
El Padre es uno: los caminos muchos.
Jesús es uno: los caminos muchos.
El Espíritu Santo es uno: los caminos muchos.
El camino de los casados es distinto: pero su vocación en la Iglesia es la misma.
El camino de los trabajadores es distinto: pero su vocación en la Iglesia es la misma.
El camino del sacerdote es distinto: pero su vocación ante el Evangelio es la misma.
Ni mi camino es tu camino.
Ni el tuyo es el mío.
Pero tú y yo estamos llamados a ser la misma Iglesia y a vivir y testimoniar el mismo Evangelio. “Tú sígueme”.
Si todos los caminos conducen a Roma, también conducen a la santidad. No cambies el tuyo por el de tu vecino. Lo importante es encontraros al final.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Viernes de la 7 a. Semana – Ciclo B

“Después de comer con ellos, dice a Simón, hijo de Juan, “¿me amas más que estos?” El le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que re quiero”. Jesús le dice: “Apacienta mis corderos”. Por segunda vez le pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” El le contesta: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. El le dice: “Pastorea mis ovejas”. Por tercera vez le pregunta: “Simón, hijo de Juan ¿me quieres?” Se entristeció Pedro de que e preguntara por tercera vez si lo quería… (Jn 21,15-19)

Recuerdo cuando el filósofo Jean Guitton soltó aquella frase tan gráfica: “Si quieres conocer las crisis de cada época, fíjate en las palabras que más se repiten. Si se habla mucho de libertad, es señal de que la libertad está en crisis. Si hablas mucho de amor es que el amor está en crisis”.
¿No estaremos en crisis de amor?
Todas las canciones son sobre el amor.
Las películas están cargadas de amor.
Los enamorados no se cansan de confesar su amor.
Diera la impresión de que todo nos amamos.
Y mientras tanto, el poder y el egoísmo sacrifican el amor por todas partes.
Muchas frases de amor no son sino expresiones de nuestros deseos y egoísmo.
Bastaría preguntar a los casados ¿qué pasó con aquel amor de adoración de cuando estaban solteros?
Como decía aquel mi amigo de Marsella: “María, María, el amor que te tenía era poco y se acabó”. Y los dos viejos se querían a rabiar.

Un mundo sin amor es un mundo sin amor es un mundo muerto.
Una Iglesia sin amor es una Iglesia sin vida.
Una Iglesia sin amor es una Iglesia en estación invernal.
Una familia sin amor es una familia en invierno.
Una Diócesis sin amor es una diócesis invernal.
Una Parroquia sin amor es una parroquia con frío invernal.
Un corazón sin amor es un corazón con fío invernal.

La Iglesia que pensó Jesús es una Iglesia rebaño y pastor.
Es una Iglesia en la que pastor y ovejas se conocen.
Es una Iglesia en la que pastor y vejas se conocen por su nombre.
Es una Iglesia en la que el pastor de su vida por las ovejas.
Es una Iglesia en la que las ovejas siguen a su pastor.

Por eso Jesús no examina a Pedro, el Pastor de las Iglesias de teología ni de derecho canónico. Le examina del amor.
Y como pastor, no de un amor cualquiera.
“Simón ¿me amas más que éstos?”
Y se lo pregunta por tres veces.
Su misión será de magisterio.
Pero fundamentalmente será una misión de amor y de servicio.
Será necesario el magisterio.
Pero es fundamental el amor y el servicio.

El Papa Francisco hizo esta confesión al comienzo de su pontificado:
“también el Papa, para ejercer su poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de San José, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad especialmente a los pobres, a los más débiles”.

La Iglesia no puede ser testigo del poder.
Sino testigo del amor.
No testigo del ser más.
Sino de ser la servidora de todos.
Pero no ese “servicio” que se hace poder.
Sino el servicio que se convierte en ternura, amabilidad, comprensión.
No en ese “seudo servicio” que crea prestigio.
Sino en el servicio que se traduce en “dar la vida por las ovejas”.
Ese fue el testamento de Jesús a Pedro.
No de ser “maestro” sino “Pastor”.

Clemente Sobrado C. P.