Dios también habla hoy: Domingo 15 – Ciclo B

“Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni dinero en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto”. (Mc 6,7-13)

Llamados y enviados.
Todos somos unos llamados de Dios.
Todos somos unos enviados de Dios.

Llamados no para quedarnos tranquilos disfrutando de la belleza de nuestra fe.
Llamados para ser enviados a los hombres que, también esperan el anuncio de la llamada.
Llamar es una palabra muy usada.
“Te llaman por teléfono”.
“Te llaman a la puerta”.
“Te llaman al despacho”.

El espíritu evangelizador o misionero no nos hace superiores a los demás hombres.
Sencillamente que hemos llegado antes.
Sencillamente que hemos recibido antes la llamada.
Sencillamente que hemos conocido antes la Buena Nueva de Dios.

No nos hace superiores a los demás hombres.
Pero sí nos hace superiores a los “malos espíritus”.
Esos malos espíritus que se supone ya han sido echados por Jesús de nuestros corazones.
Por eso, el enviado a anunciar el Evangelio, es un hombre “nuevo y libre”.
Nada de tufillos de superioridad.
Nada de títulos que humillen a los demás.
Nada de títulos que puedan significar dominio e imposición sobre los demás.
Nada de imponer nuestras ideas.
Nada de imponer nuestros criterios.
Nada de imponer nuestros gustos.

De ahí los signos que Jesús pide a sus enviados:
Signos de desprendimiento, “no llevar nada para el camino”.
Signos de debilidad:
“un bastón”, para apoyar nuestros cansancios.
“unas sandalias”, para nuestros pies.
“nada de provisiones”, que puedan darnos seguridad.
“ni pan ni dinero”, signos de poder.
“ni túnica de repuesto”, con lo puesto y el Evangelio en el corazón.
Lo que lleva cualquiera para el camino.

No se puede anunciar a Dios con signos de poder.
No se puede anunciar a Dios con signos de dominio.
No se puede anunciar a Dios con signos de orgullo y vanidad.

A Dios sólo se le puede anunciar, con los signos con que Dios se nos revela.
La desnudez humana.
La pobreza de la encarnación.
La carencia de una casa para nacer.
“Se rebajó y se hizo uno cualquiera”.
Por eso Jesús, también los envía sin provisión alguna.
Confiando en la bondad de los demás que los puedan recibir.
Confiando en la bondad y pobreza de los demás.
Quedarse en la primera casa que los reciba.
Compartir con la familia su misma condición humana.
Compartir con la familia su misma pobreza y carencia.
Nada de tener que poner manteles a la mesa.

Nada de buscar familias más acomodadas.
Nada de buscar mejores condiciones de vida.
Nada de buscar privilegios personales.
“Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio”.

El Evangelio de la pobreza, no se anuncia con la riqueza.
El Evangelio de la humildad, no se anuncia con la superioridad.
El Evangelio de la fraternidad, no se anuncia con exigencias y preferencias.
El Evangelio del amor, solo se anuncia con amor y bondad.

Clemente Sobrado cp.

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Dios también habla hoy: Sábado de la 14 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo ser como su maestro, y el esclavo como su amo. … No les tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. (Mt 10,24-33)

(Si bien en el Perú celebramos la fiesta de San Francisco Solano, (Mc 16,15-20) he preferido utilizar el texto del tiempo ordinario).

Nos quejamos de todo.
Todo nos va mal.
Decimos seguir a Jesús, pero queremos pasarlo mejor que Él.
Que todo nos salga bien y a nuestro gusto.
Y claro, nunca el viento sopla a gusto cuando no sabemos a donde vamos.
Y lo peor es que “el ser buenos” termina siendo una razón para quejarnos de Dios.
El “ser buenos” tampoco es una Tarjeta de Crédito donde tenemos derecho a ir sacando plata del Banco.

Pues, amigos ¡qué mal le fue a Jesús!
¡Qué mal le fue en vida y qué mal terminó en su muerte!
¡Ah! Se me olvidaba.
¡Y Jesús fue de los buenos! Bueno, ¡eso pienso yo!
Y pobre hombre, las pasó bien mal en muchos momentos.

Pues, amigos, si alguien pretende seguirle, que no espere que todo le salga bien.
Que no espere que por ser bueno, le van a hacer Gerente de la Empresa.
Que no espere que por ser bueno, le va a caer un trabajo estupendo.
Que no espere que por ser bueno, las gripes pasarán de largo y no le afectarán.
Que no espere que por ser bueno, sus acciones siempre subirán en la Bolsa.

Y esto no es engañar a nadie.
Jesús fue bien claro: “El discípulo no puede ser más que el maestro”.
Seguirle a El, es aceptar las consecuencias del seguimiento.
Seguirle a El, es aceptar que tampoco a nosotros todo nos salga bien.
Seguirle a El, es aceptar ser como El.

¿Que la gente no nos hace caso? Tampoco le hicieron caso a El.
¿Qué la gente interpreta mal lo que hacemos?
Pregúntenle a El cómo le interpretaban.
¿Que la gente nos trata mal? Pues a El no le trataron mejor.
¿Que la gente habla mal de nosotros? Preguntémosle cómo hablaban de El.
¿Que la gente nos acusa? A El le acusaron hasta condenarlo a muerte.
¿Que la gente no es de palabra? A Él lo abandonaron a la hora del peligro.
El tuvo nada menos que un traidor en el grupo.
¿Qué la gente nos ignora cuando todo nos va mal?
Un discípulo dijo que ni le conocía.

Como discípulos, no tenemos más privilegios que el Maestro.
Como discípulos, no tenemos más derechos que los del Maestro.
Como discípulos, no esperemos mejores tratos que los que El recibió.
Como discípulos, no siempre se “hará nuestra voluntad” sino la del “Padre”.
Como discípulos, no esperemos que nos reciban con los brazos abiertos.

Pero, aún así, es preciso tener el mismo coraje y la misma valentía que él.
“No tengáis miedo”.
La gente puede maltratarnos.
La gente puede incluso matar nuestros cuerpos.
Pero la gente nunca podrá matar nuestras almas.
La gente nunca podrá matar nuestras esperanzas.
La gente nunca podrá matar el amor de nuestros corazones.
La gente nunca podrá matar nuestras ideas.
La gente nunca podrá matar nuestros pensamientos.
Nos podrán doblar nuestras cabezas y hacernos callar.
Pero nunca podrán asesinar nuestro modo de pensar.

Sigamos a Jesús, pero sin buscar mejores tratos.
Sigamos a Jesús, pero sin esperar mejores condiciones de vida.
Sigamos a Jesús, pero sin creernos con más derechos que El.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Viernes de la 14 a. Semana – Ciclo B

“Jesús dijo a sus Apóstoles: “Mirad que os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. Pero no os fiéis de la gente, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles”. (Mt 10,16-23)

Siempre he sostenido que Jesús no valía para “político”, bueno para politiquero”, porque era incapaz de engañar.
Tampoco valía para “vendedor”, porque no ocultaba los problemas de la realidad.
Tampoco valía para “propagandista”, porque decía siempre la verdad.

A los que “miró a los ojos” y los llamó “por su nombre”, ahora los envía.
No con la ilusión de grandes triunfos.
No con la ilusión de grandes éxitos.
No con la ilusión de mucho aplausos.
A quien busque éxitos y aplausos no le aconsejo siga a Jesús por mucho que le llame.
A quien busque grandes triunfos no le aconsejo se meta de discípulo.

Los envía pero abriéndoles bien los ojos:
“Van como indefensas ovejas”.
“Van en medio de lobos”.
Son conscientes de la relación tan poco amistosa entre ovejas y lobos.

Y se van a encontrar lobos en todas partes:
Entre la gente.
Entre los que detectan el poder.
Entre los mismos jefes religiosos.
No olvidemos la advertencia: “os azotarán en las sinagogas”.
Los tribunales os juzgarán.
Pero en las “sinagogas” os esperan los azotes.
Así de simple y así de realista es Jesús.
El lo sabe por propia experiencia.
Ni la religión es un campo de seguridad.

Pero tampoco les pide que vayan como tontos.
“Sed sagaces como las serpientes”.
Aunque también “sencillos como palomas”.
El discípulo no tiene por qué meterse en la boca del lobo como un sonso.
También tiene que conocer la bravura de los lobos, que existen en todas partes:
en la sociedad,
en la política,
en la religión,
en la misma familia.
Sencillos, sí. Sonsos, no.
Sencillos, sí. Pero, también un poco pícaros que saben jugar con los lobos.

Posiblemente no recibiréis aplausos, pero “daréis testimonio”.
Posiblemente sospechen de vosotros y os marginen, pero “daréis testimonio”.
Posiblemente caeréis en desgracia y no tendréis ascensos, pero “daréis testimonio”.

El Evangelio no se anuncia con “títulos y éxitos y renombres”.
El Evangelio se anuncia con “el testimonio de la vida”.
El Evangelio se anuncia con “persecución”.

No importan las dificultades del camino.
Lo que importa es “la perseverancia hasta el final”.
No basta comenzar bien.
Hay que llegar bien hasta el final del camino.
El que persevera hasta el final, ese “se salvará”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Jueves de la 14 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus apóstoles: “Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”. (Mt 10,9-15)

Id, proclamad, curad, dar gratis.
Cuatro verbos definen el Evangelio de hoy.

En primer lugar, “Id”.
No es un Evangelio para los “sentados”.
No es un Evangelio para los cómodos que manejan el mundo, como se maneja un televisor con el mando a “control remoto”.
No es un Evangelio para los que “esperan” a que los otros “vengan”.
Es un Evangelio para “mojarse”.
Para salir de nuestra comodidad.
Para salir “a buscar”.
Para salir “al encuentro”.
Es un Evangelio para caminos y caminantes.

Hay que “ir”. ¿A dónde?
A donde están los hombres.
A donde vive la gente.
A donde trabaja o se divierte la gente.
Somos unos “llamados”, pero también unos “enviados”.
El apóstol, digamos el “creyente” o, si prefieren, “la Iglesia”:
No es un pozo al que se va a buscar el agua.
Es un río que recorre nuestros campos para regarlos.
Es un manantial que se hace río.

En segundo lugar: “proclamad”.
No es un Evangelio para “mudos” sino para quienes “tienen que hablar”.
Un Evangelio que es preciso “proclamar”.
Un Evangelio que hay que “anunciar”.
Un Evangelio que hay que “dar a conocer”.
“Que el Reino de Dios está cerca”.
Un Evangelio que anuncia “un mundo nuevo”, “un hombre nuevo”, “una sociedad nueva”.

En tercer lugar: “curad, resucitad, limpiad, echad
El anuncio del Evangelio del Reino no es una teoría, ni una ideología.
Es la misión de “sanar enfermos”.
No perder el tiempo con lo sanos.
Acercarnos a los que sufren.
Sanar a los que tienen dolencias.
Es la misión de acercarse allí donde está el dolor y el sufrimiento.
Es la misión de hacernos presentes donde el hombre sufre.
Es la misión de compartir el sufrimiento de los “crucificados de hoy”.

Es la misión de “resucitar” lo que está muerto.
Es la misión de dar vida al que ya no la tiene.
Es la misión de devolver la vida al que la perdió.
Es la misión de poner en pie al que estaba caído en el camino.

Es la misión de “limpiar leprosos”:
Limpiar las heridas que duelen.
Limpiar a los que están sucios.
Limpiar a los que están mal vestidos.
Limpiar al anciano que ya no se vale por sí mismo.
Limpiar a los niños de la calle de los que nadie se preocupa.
Limpiar a los pobres que duermen bajo el puente y huelen mal.

Es la misión de “echar demonios”:
Echar esos malos espíritus que envenenan nuestros corazones.
Echar esos malos espíritus que infectan la sociedad.
Echar esos malos espíritus que pudren la economía.
Echar esos malos espíritus que pudren nuestra política.
Echar esos malos espíritus que pudren nuestros hogares.
Echar esos malos espíritus que enferman a la Iglesia.

¿No sienten que, seguir de cerca a Jesús, es mucho más que ser buenos?
¿No sienten que, seguir de cerca a Jesús, es un maravilloso compromiso con el mundo?
¿No sienten que, seguir de cerca a Jesús, es ser portadores de una esperanza para el mundo?

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Miércoles de la 14 a. Semana – Ciclo B

Apóstoles

“Los nombres de los Apóstoles son: Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mareo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le entregó. A estos doce envió Jesús, después de haberles dado estas instrucciones” (Mt 10,1-8)

Todos somos llamados a seguirle.
Pero no todos somos llamados de igual manera.
Dios necesita siempre que alguien asuma la responsabilidad del grupo.
Por eso Jesús, de entre todos sus seguidores, elige a Doce.

Estoy seguro de que muchos hemos escuchado y cantado:

“Tú has venido a la orilla,
No has buscado ni a sabios ni a ricos.
Tan solo quieres que yo te siga.
Señor, me has mirado a los ojos,
Sonriendo has dicho mi nombre.
En la arena he dejado mi barca:
Junto a Ti buscaré otro mar.
Tú necesitas mis manos,
Mi cansancio que a otros descanse,
Amor que quiera seguir amando”.

No necesita que llevemos nuestra ciencia ni nuestras riquezas.
Lo único que Dios necesita es nuestra disponibilidad a seguirle.

El nombre nos identifica y nos diferencia.
El nombre nos hace ser alguien entre los demás.
Poner nombre es como definirlo, marcarlo y señalarlo.
Resulta curiosa la lista de los Doce.
Todos con su nombre y bastantes con identificaciones que eviten ambigüedades.

Los papás, cuando esperan un hijo, lo primero que suelen hacer es decidir ¿qué nombre le pondrán?
¿Recuerdan “El Padrecito” de Cantinflas? Una pareja le lleva a que bautice a su “chamaco”. Le van a llamar “Nepomuceno”. Cantinflas se resiste y se niega a bautizarle con ese nombre. “No quiero que me maldiga toda su vida por bautizarle con ese nombre”.

Dios también nos pone nombre.
Porque ante él todos somos individuales y personales.
Ante Dios no existe el anonimato, esas siglas que nunca me gustaron “S. A”. (Sociedad Anónima). El anonimato nos difumina. Nos despersonaliza. Dejamos de ser nosotros mismos para ser un número más.
Los presos no tienen nombre sino un “número”.
En los hospitales se conoce al enfermo por el número de la cama.

Dios primero “nos mira a los ojos”.
Luego, como quien se siente feliz, “sonriente dice mi nombre”.
Porque “necesita mis manos”. Y mis manos no son las tuyas.
Necesita las mías propias.
Necesita de “mi cansancio”, del mío, para que tú “descanses”.
Necesita de alguien que “quiera seguir amando”.
Necesita de mi voz que le “siga anunciando”.
Necesita de mis pies que “le sigan llevando”.

Todavía no sé, porqué los artistas tienen que cambiar de nombre, de ese nombre que son ellos mismos, y tienen que inventarse “su nombre artístico”.
Yo prefiero el nombre que me da identidad personal, al nombre que me hace “personaje”.

Ante Dios sus seguidores tienen su nombre propio.
Hasta el que le traicionará tiene su propio nombre.
Cada uno responsable de sí mismo y cada uno responsable de su misión.

Ante Dios tengo mi nombre propio.
En la Iglesia tengo mi nombre propio.
En la Sociedad tengo mi nombre propio.

Quien no agradece su nombre, no sabe valorarse.
Quien se avergüenza de su nombre, se avergüenza de sí mismo.
Quien esconde su nombre, se está escondiendo él mismo.
Quien renuncia a su nombre, se niega a sí mismo.
Yo le agradezco a Dios por “darme un nombre que me identifica”.
Es como una especie de ADN que me hace diferente.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Martes de la 14 a. Semana – Ciclo B

“Echó al demonio y el mudo habló. La gente decía admirada: “Nunca se ha visto en Israel cosa igual”. En cambio, los fariseos decían: “Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios”. (Mt 9,32-38)

¡Qué difícil reconocer el bien que hacen los demás!
¡Qué difícil reconocer los dones y cualidades de los demás!
¡Con lo fácil que nos resulta ver sus defectos!
¡Con lo fácil que nos resulta ver lo malo que hacen!

En realidad, la respuesta la llevamos todos en el corazón.
Y en una pregunta:
¿qué son para nosotros los demás?
¿qué significan para nosotros los demás?
Porque, en realidad:
La cabeza piensa lo que llevamos en el corazón.
Los ojos ven lo que llevamos dentro en el corazón.

La gente sencilla, sin prejuicios, abierta a la esperanza, se deshace en “alabanzas”.
“Nunca se ha visto en Israel cosa igual”.
Pero ahí están los grandes, los buenos, los “santos fariseos” que siempre tratan de hacer de bomberos apagando el fuego del corazón de los sencillos.
Nos encanta ser “apaga incendios”.
O mejor aún: “nos encanta ser “apaga entusiasmos”.
Las mangueras de nuestro corazón siempre tienen agua suficiente como para apagar el fuego de la ilusión y la esperanza y de la alegría de la gente sin estorbos mentales.

Reconocer lo bueno de los demás:
No es ninguna alabanza.
Es reconocer la verdad de los demás.
No es ninguna adulación.
Es reconocer la verdad.
No es levantar artificialmente a los demás.
Es reconocer lo que son, sin necesidad de “falsos pedestales”.

Se necesita nobleza.
Se necesita honestidad.
Se necesitad sinceridad.
Se necesita tener la capacidad para ver lo bueno, venga de donde venga.
Se necesita tener la capacidad para aceptar la verdad, la diga quien la diga.

Debiéramos admirarnos más de lo buenos que son los otros.
Debiéramos admirarnos más de lo bueno que hacen los otros.
Debiéramos tener más capacidad de admiración por los otros.

Aquí hay alguien:
Que se ve privado de algo esencial a la persona humana.
Que se ve privado de poder comunicarse con los demás.
Que se ve privado de poder comunicar sus sentimientos.

Y lo que hace Jesús es:
Abrirlo de nuevo a la comunicación.
Abrirlo de nuevo a la comunidad.
Abrirlo de nuevo a los otros.

Era mudo y ahora ya habla.
Vivía encerrado en sí mismo y ahora se abre a los demás.
“Echó al demonio y el mudo habló”.
Hay muchos que no tienen la oportunidad de hablar.
No son mudos, pero no les dejamos hablar.
Pueden hablar, pero les negamos la oportunidad de hacerlo.
Pueden hablar, pero preferimos no escucharles.
En la Iglesia hay demasiados creyentes que tienen buena voz.
Pero tampoco les damos la oportunidad de expresarse, decir lo que sienten, o incluso, expresar su descontento.
Porque nosotros lo sabemos todo o porque no queremos que alguien piense distinto.
Necesitamos de un Jesús, que “eche esos malos demonios” y que los “mudos hablen”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Lunes de la 14 a. Semana – Ciclo B

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

“Entre tanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto pensando que, con solo tocarle el manto, se curaría. Jesús se volvió y, al verla, le dijo: “¡Animo, hija! Tu fe te ha curado”. (Mt 9,18-26)

Tengo una curiosidad desde hace mucho tiempo.
¿Qué hay en el corazón de la gente sencilla?
Son los que ganan el corazón de Dios.
No viven de grandes ideas, pero sí de grandes confianzas.

Muchos de nosotros pedimos milagros para creer.
Mejor si pedimos una fe capaz de hacerlos.
No siempre los milagros nos llevan a la fe.
De eso, Jesús tiene suficiente experiencia.
Pero la fe sí puede hacer milagros.

Además Jesús no es de los que buscan espectacularidad al hacer milagros.
De ordinario, los hace de una manera sencilla y simple.
Incluso pide que no lo divulguen: “no se lo digas a nadie”.
Tampoco busca protagonismo.
Prefiere que las personas no solo se puedan sanar, sino que se sientan ellas mismas valoradas. “Tu fe te ha curado”.

¡Qué importante es hacer el bien sin aprovecharnos de los demás para nosotros figurar!
¡Qué importante es hacer el bien, no tanto sintiéndonos bien nosotros, sino que se sientan bien aquellos a quienes se lo hacemos!
La caridad y el amor no deben humillar a nadie.
La caridad y el amor no deben crear deudores.
La caridad y el amor no deben hacer sentirse a los otros menos.
Por el contrario:
La caridad y el amor deben hacer crecer la autoestima del otro.
La caridad y el amor deben hacer crecer la dignidad del otro.

Por eso, cuando damos limosna, tenemos que hacerlo sonrientes.
Cuando damos limosna, es más importante cómo la damos que lo que damos.
Cuando damos limosna, hagámoslo con alegría y naturalidad.
Ya el Concilio Vaticano II decía que cuando hagamos algo por los demás, lo hagamos de tal modo que se sientan más libres e incluso de modo que no sigan necesitando de nosotros.
Hacer el bien de modo que los otros se sientan libres.
Hacer el bien de modo que los otros se sientan dignificados.
¡Cuánto necesitamos todos sentirnos bien!
¡Cuánto necesitamos todos sentirnos valorados por los demás!
¡Cuánto necesitamos todos sentir que somos importantes para los demás!

Uno de los gestos preferidos por Jesús suele ser:
Dejarse tocar con la mano.
Imponerle las manos.

Tocar con la mano es acortar las distancias con los demás.
Tocar con la mano es humanizar nuestras relaciones con los demás.
Tocar con la mano es poner calor humano en nuestras relaciones.
Dejarse tocar es señal de sentirnos iguales.
Dejarse tocar es señal de aceptación de los demás.
Me encanta ver cómo la gente quiere tocar al Papa.

A Dios le encanta, como Padre, tocarnos con sus manos.
A Dios le encanta, como Padre, que le toquemos.
A Dios nunca le podremos tocar en su divinidad.
Para eso Dios se hizo humano, y así pudiéramos tocarle.
Incluso basta con tocarle “el manto”.
Tocar el “manto” de Dios, es tocar con la mano su humanidad.
Y cada vez que le tocamos con fe, sale de su humanidad la virtud de sanación.
Esto lo sabía muy bien esta mujer pagana. “Con solo tocar su manto sabía que quedaría curada”.
Y lo que los médicos no lograron, lo logró tocando el manto de Jesús.
Lo que no logró el dinero que gastó, lo logró su fe.

Todos necesitamos tocar con nuestras manos a los demás.
Todos necesitamos sentir el calor de las manos de los otros.
Hay un algo de misterioso en ese contacto con la piel.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Domingo 14 – Ciclo B

“Fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba: “¿De donde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas?… No pudo hacer allí ningún milagro… y se extrañó de su falta de fe”. (Mc 6,1-6)

Siempre me he sentido sorprendido y cuestionado por la vida de Jesús. Porque hay en ella toda un serie de rasgos que desconciertan.
Lo que acerca a Dios a nosotros, le oscurece.
Lo que le hace cercano a nosotros, lo hace lejano.
Lo que le hace visible, lo hace invisible.
Lo que lo hace uno de nosotros, lo aleja de nosotros.

Nos admiramos de su sabiduría.
Nos admiramos de sus milagros.
Pero su condición humana nos resulta siempre un gran obstáculo:
Para creer lo que dice.
Para creer lo que hace.

La encarnación es el camino de Dios hacia los hombres.
La encarnación es el camino de Dios para revelarse y manifestarse a los hombres.
Pero, esa misma encarnación, termina siendo nuestro mayor obstáculo:
para aceptarle,
para reconocerle,
para creer en él,
para dejarnos ganar por él.

Creemos en Dios, mientras se mantenga en el misterio divino.
Pero sentimos resistencias, cuando Dios se hace visible en nuestra condición humana.
Lo aceptamos como Dios, mientras siga en el misterio divino.
Pero nos resistimos a reconocerle, cuando se hace carpintero.
Nos resistimos a aceptarle, cuando le conocemos como hijo de María.
Nos resistimos a darle crédito, cuando conocemos a su familia humana.
Nos resistimos a creer en él, cuando lo vemos como uno de nosotros.

Lo que le acerca, lo aleja.
Lo que le hace próximo, lo distancia.
Lo que le hace visible, lo hace invisible.
Lo que le hace humano, impide ver lo divino.

Si somos realistas ¿no es lo que sucede con frecuencia en nuestras vidas?
Los de casa nunca son importantes.
Los de fuera son siempre una maravilla.
Incluso vemos cómo los profetas vivían siempre como distanciados, alejados, misteriosos.
El conocernos demasiado, nos quita de esa aureola de credibilidad.
Viene un extraño, que no tiene mayores novedades, y todos le aplaudimos.

Pareciera que Dios cayó en esta trampa de nuestros modos de valorar a las personas.
Dios se hizo demasiado humano.
Dios se hizo demasiado cercano.
Dios se hizo demasiado uno de nosotros.

Siempre resulta peligroso que alguien conozca nuestro origen.
Siempre resulta peligroso que alguien conozca nuestros orígenes humanos.
No nos valoramos por lo que somos, sino porque “somos conocidos”.
No nos gusta el misterio, pero a la vez, preferimos vivir del misterio.
No nos gusta un Dios lejano, pero cuando se hace próximo a nosotros no lo aceptamos.
Pidamos que tu cercanía no sea un estorbo para creer en ti, sino para agradecerte tu compañía.

Clemente Sobrado cp.