Dios también habla hoy: Lunes de la 3 a. Semana de Adviento – Ciclo C

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Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham . Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos… Así, las generaciones desde Abraham a David fueron en total catorce; desde David a la deportación a Babilonia, catorce, y desde la deportación a Babilonia hasta el Mesías, catorce”.
(Mt 1, 1-17)

Mateo comienza por presentarnos a Jesús. Y comienza por su árbol genealógico humano. Una genealogía de difícil lectura, no apta para tartamudos.
Pero una genealogía en la que Mateo trata de demostrarnos:
Cómo Jesús se inserta en toda nuestra historia.
Cómo Jesús es parte de nuestra historia.
Cómo Jesús asume toda nuestra historia.

El árbol genealógico de Jesús es profundamente humano y divino.
Un árbol en el que hay santos, pecadores, adúlteros, etc.
Un árbol en el que no todo son frutos de santidad.
Sino que Dios no tiene reparos en asumir nuestra historia real.
Con su santidad.
Con sus debilidades.
Con sus pecados.
Jesús llega a nosotros a través de grandes santidades.
Jesús llega a nosotros a través de grandes infidelidades.
Jesús llega a nosotros a través de grandes pecados.

Dios no tiene ascos en enviarnos a su Hijo por caminos incluso de pecado.
Dios no tiene ascos en que la genealogía de su Hijo esté manchada y sucia.
Dios no tiene ascos en llegar hasta nosotros por caminos embarrados.
Dios no tiene ascos en llegar hasta nosotros por el camino de los malos.
Dios no tiene ascos en llegar hasta nosotros por caminos torcidos de pecado.

Dios se sirve de los santos para llevar a cabo su obra.
Dios se sirve de los buenos para llevar a cabo su obra.
Dios se sirve de los malos para llevar a cabo su obra.

Nosotros somos demasiado sensibles a que alguien manche nuestro nombre.
Dios no tiene reparos en que el nombre de su Hijo aparezca manchado.
No todos los caminos son autopistas.
También hay caminos que empedrados.
También hay caminos carrozables.
Lo importante es llegar a la meta, por más que el camino haya sido malo.

Dios no nos salva desde fuera de la historia real.
Dios nos salva a través de nuestra historia.
Dios nos salva incluso a través de los pecados de los hombres.
Puede que sienta mi vida manchada.
Y no por ello Dios me ha dejado y abandonado.
Puede que sienta que mi pasado ha sido de pecado.
Para Dios todavía sigo siendo una posibilidad.

La genealogía de Jesús es una invitación:
A aceptar la historia como es.
A aceptarme a mí mismo como soy.
A aceptar a los demás como soy.
Porque todos seguimos siendo posibilidades de Dios.
Porque todos seguimos siendo instrumentos de Dios.
Por eso, Señor:
No te pido me hagas grande.
No te pido sobresalir.
Ni sentirme más que los demás, sino aceptarlos como son.
Te pido me concedas la gracia:
De ser yo mismo.
El que tú quieres que sea.
El que soy de verdad.
Con mis virtudes y cualidades.
Con mis defectos, con mis éxitos y fracasos..
Que sepa reconocer tus dones.
Que sea agradecido a tus regalos.
Que los ponga en circulación.
No soy más por creerme más.
Déjame ser desde mi pobreza:
Lo que soy y quieres que sea.

Clemente Sobrado cp.

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Dios también habla hoy: Domingo 3 de Adviento – Ciclo C

“Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. (Flp 4,4-7)

Llegados a la mitad del Adviento como a la mitad de Cuaresma, la Liturgia nos hace una invitación: la alegría. Es como una especie de refrigerio a mitad de nuestro peregrinar hacia la Navidad o hacia la Pascua.
Y no es una invitación cualquiera. Pablo, por si no lo hemos entendido bien, nos lo repite: “estad alegres”.

No es la alegría que nos viene desde afuera.
No es la alegría que nos viene de las cosas.
No es la alegría que nos viene de los regalos que esperamos.
Es la alegría que brota desde dentro.
Es la alegría de la experiencia gozosa de la proximidad de Dios.
Es la alegría de la experiencia gozosa de que un Niño está por nacer.
Es la alegría de la experiencia gozosa de que Dios está creciendo en un vientre virginal.
Es la alegría de la experiencia gozosa de que está a punto de regalarnos la Navidad.
Es la alegría de que “El Señor está cerca”.

Pero no es una alegría que nos la guardamos para nosotros solos.
Es la alegría que “ha de conocer todo el mundo”.
Es la alegría que estamos llamados a compartir.
Es la alegría de poder alegrar al que está triste.
Es la alegría de poder devolver la esperanza al que la ha perdido.
Es la alegría de poner una poco más de luz en torno nuestro.
Es la misma alegría de Dios que se hace alegría para el mundo entero.

No es la alegría que se compra, sino la que brota, como nos dice el Evangelio del cambio que se tiene que dar en nuestro corazón.
La alegría que brota de “nuestro compartir con los demás”.
La alegría que brota de “nuestra justicia con todos”.
La alegría que brota de “no aprovecharnos de los demás”.
La alegría que brota de “de un corazón nuevo”.
La alegría que brota de la esperanza de un nuevo Bautismo “con Espíritu Santo y fuego”.

Una alegría que cada día iremos descubriendo en la “oración”.
Una alegría que cada día iremos descubriendo “en la súplica y con acción de gracias”.
Una alegría que iremos experimentando en “esa paz de Dios” derramada en nuestros corazones.

Las calles ya comienzan a engalanarse de luces de navideñas.
Nuestros corazones comienzan a engalanarse de de gozosas esperas.
Las calles ya comienzan a embellecer con luces de mil colores.
Nuestros corazones comienzan a embellecerse iluminados por las luces de la fe y la esperanza.

Nuestra alegría ha de ser la de María y de José.
Nuestra alegría ha de ser la que brota de llevar también dentro de nosotros el misterio de Dios.
Nuestra alegría ha de ser la de sentirnos llenos de Dios que “habita y mora en nosotros”.
Nuestra alegría ha de ser la de también nosotros poder ser Navidad para el mundo.

Señor: Concédeme el don de la alegría.
La alegría de las flores,
que sonríen sin hacer ruido,
que alegran el jardín sin decir nada.
La alegría de las flores,
que perfuman calladas el ambiente,
que se dejan cortar sin quejarse.
La alegría de las flores,
que se mueren sin lamentarse.
Te pido la alegría,
de sentirme a gusto conmigo mismo.
La alegría de hacer felices a los otros.
La alegría de que los demás se sientan a gusto a mi lado.
La alegría de estar siempre alegre.
La alegría de sonreírte a Ti, pase lo que pase en mi vida.
Porque tu Nacimiento es “mi música, Señor”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Sábado de la 2 a. Semana de Adviento – Ciclo C

“Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así también el Hijo del Hombre Va a padecer a manos de ellos. Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista”. (Mt 17,10-13)

Hay triunfos que son derrotas.
Hay derrotas que son triunfos.
Los discípulos no terminan de reconocer en Jesús al Mesías.
Siguen esperando también ellos a Elías.
Y como el resto de la gente, tampoco ellos reconocieron a Elías que vino.
Recién descubren que Elías había sido Juan el Bautista.

Pero Jesús va más lejos:
No reconocieron en Juan a Elías.
Como tampoco reconocerán a Jesús como Hijo de Dios.
“Vino a los suyos y los suyos no le reconocieron”.
“Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”.
La suerte de los grandes enviados de Dios suele correr la misma suerte.
Los mismos que eliminaron a Juan, eliminarán a Jesús.
Los mismos que mataron a Juan, matarán a Jesús.

Hablar en nombre de Dios es siempre un riesgo.
Anunciar la Palabra de Dios es siempre un peligro.
Porque los grandes no son fáciles en creer lo que otros dicen en nombre de Dios.
Porque los grandes no son fáciles en creer lo que pone en peligro su status.
Porque los grandes no son fáciles en creer que no son dueños de la verdad.
Porque los grandes no son fáciles en creer que no son dueños de los que les incomodan.

Con frecuencia decimos creer en Dios.
Pero no creemos en aquellos que nos hablan de Dios.
Y puede que nos suceda lo que a aquel párroco de aldea del cuento.
Tenía una gran fe en que Dios lo tendría de su mano.
Vino una riada y las aguas amenazaban la Iglesia y el alcalde le envió un aviso.
Pero el “creyente párroco” respondió: yo me fío de Dios.
Creció la riada y el párroco seguía en las suyas.
Le enviaron una barquita para que se salvase.
Pero él seguía tercamente fiándose de Dios.
Hasta que las aguas estaban llegando al techo de la Iglesia y le enviaron un helicóptero para salvarle.
“Yo me fío en Dios que no me fallará”.
Pero la torrentera se llevó la Iglesia y también al curita creyente en la promesa de Dios.
Llegado al cielo, se quejó amargamente de que Dios le había fallado.
Hasta que Dios, le respondió: “Imbécil, primero te envié al alcalde para que te avisara, luego te envié una barca y finalmente un helicóptero. Pero tú seguiste terco y no hiciste caso”. ¿Qué querías que hiciese?

Dios acude siempre en ayuda nuestra.
Pero a través de los mismos hombres.
Dios nos habla siempre.
Pero a través de sus enviados.
Dios nos ofrece la salvación.
Pero a través de sus profetas.
Y nosotros seguimos tercos en nuestras seguridades.
Dios envió a Elías y no le creímos.
Dios envió a Juan y tampoco le hicimos caso.
Dios envió a Jesús y ya sabemos cómo terminó.

Todos los enviados de Dios corren la misma suerte.
Todos los enviados se encuentran con nuestras resistencias.
Todos los enviados de Dios nos resultan un estorbo.
Por eso todos los enviados de Dios suelen terminar mal.
Todos sabemos cómo terminó Juan el nuevo Elías.
Todos sabemos cómo terminó Jesús colgado del madero.
A Juan “no le reconocieron, sino que lo trataron a su antojo”.
“Así el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos”.

No es fácil el oficio de representar a Dios ante los grandes.
No es fácil el oficio de los que están llamados a hablar en nombre de Dios.
No es fácil el oficio de proclamar el Evangelio.
No es fácil el oficio de anunciar la buena noticia de Dios.
La mayor parte de ellos tienen la suerte echada.
La mayor parte de ellos tienen el mismo fin.

Esperamos que Dios mismo nos hable personalmente.
Y Dios suele hablar a través de sus profetas o enviados.
Dios habla a los hombres a través de los hombres.
Pero a estos los metemos a la cárcel y los degollamos o crucificamos.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Viernes de la 2 a. Semana de Adviento – Ciclo C

“Porque vino Juan, que ni comía ni bebía y dicen: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”. Pero, los hechos dan razón a la sabiduría de Dios”. (Mt 11,16-19)

Nuestro corazón es bien complicado.
Jesús hace una reflexión sobre la actitud del corazón humano, frente a la oferta de Dios.
Y, como buen observador, se da cuenta de los trucos que tiene nuestro corazón para resistirse a la salvación.
Y toma como puntos de referencia:
La actitud que asumieron frente Juan.
La actitud que ahora asumen frente a El.
Lo importante es buscar razones que nos justifiquen:
Juan no comía ni bebía. “Tiene un demonio”.
Jesús come y bebe: “Es un comilón y borracho”.
Siempre hay razones para quienes no quieren ver la verdad.

Si eres austero, mal: Los tiempos no están para penitencias.
Si eres normal y vives una vida normal, comes y bebes: Eres un vicioso.
Somos especialistas en sacarle punta a todo.
Somos especialistas en protegernos y justificarnos ante Dios.

Hace un tiempo, José Luis Martín Descalzo escribió un artículo estupendo hablando de los sacerdotes. Recuerdo, al vuelo, algunas de sus ideas.
Si es piadoso, es un espiritualista.
Si está mucho en la Iglesia, tiene al resfrío de la calle.
Si lo ven mucho mezclado con la gente, es un disipado.
Si habla mucho de Dios, vive en las nubes y no aterriza.
Si habla mucho de los hombres, es poco espiritual.
Si habla mucho de la oración, no es un comprometido.
Si es muy comprometido, es un sacerdote sin oración.
Si no habla del compromiso social, es que vive fuera de la realidad.
Si habla mucho del compromiso social, se está metiendo en política.
Si no habla de la pobreza, es que no se interesa por los pobres.
Si habla mucho de los pobres, tiene un tufillo a comunista.
Si vas de sotana, eres de la Edad Media.
Si vas de seglar, es un aseglarado, te has secularizado.

Es decir, que no acertamos una.
Los palos nos vienen por delante y por detrás.

Otro tanto se diga de la Iglesia:
Si habla mucho de justicia social, la Iglesia se mete en política.
Si no habla de justicia social, la Iglesia está metida en la sacristía.
Si defiende la tradición, la Iglesia es tradicionalista.
Si defiende el cambio, la Iglesia está perdiendo su identidad.

Para Jesús, el problema no está ni en Juan que tenía su estilo, ni está en El mismo que tiene el suyo.
El problema está en el corazón de cada uno.
El problema está en el miedo a enfrentarse con la verdad.
El problema está en que preferimos instalarnos en lo nuestro, renunciando al cambio.

Un matrimonio me vino un día lleno de problemas.
Para mí problemas artificiales, porque el problema de fondo no querían abordarlo.
Si ella hablaba mucho, era inaguantable, insoportable estar a su lado.
Si ella se callaba, algo debía de tener que no quería decirlo.
Si él miraba a alguna chica, ya veo que te gusta, ¿la conoces?
Si él no se enteraba de nada, era un despistado, no sabes lo que sucede a tu lado.
Si llegaba demasiado pronto del trabajo ya tenía líos, el marido de mi vecina trabaja mucho más y le va mejor económicamente.
Si llegaba demasiado tarde, ¿por dónde has andado y con quién?

Mientras tanto, el problema de fondo era la falta de comunicación entre ellos.
Pero ninguno estaba dispuesto a franquearse.
La solución entonces era fácil: crearse problemas y evitar preguntas que ninguno quería responder.

Cuando criticamos a Dios, a la Iglesia, a la fe, antes debiéramos examinar los prejuicios que llevamos dentro y preguntarnos si nuestras dudas son reales, o preferimos la evasión crítica para justificarnos.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Jueves de la 2 a. Semana de Adviento – Ciclo C

“Exclamó Jesús: “Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan, el Bautista, hasta ahora se hace violencia contra el Reino de Dios y gente violenta quiere arrebatárselo”. (Mt 11,11-15)

Da gusto una comunidad en la todos se desvelan alabando siempre al otro.
Juan alaba Jesús “Es más que yo”. Y Jesús responde “No ha nacido uno más grande que él”.
Jesús no es de los que escatima elogios a los demás.
Jesús no es de los que trata de rebajar a los demás.
Al contrario, siente gozo en el reconocimiento de los méritos de los otros.
Disfruta viendo crecer la figura de los otros.
“No ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista”.

Sin embargo, también reconoce que con frecuencia:
Los más pequeños son más grandes que los grandes.
Los más pequeños son más que los más grandes.
Los más pequeños son más que aquellos nosotros que consideramos grandes.
“El más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él”.

Todo depende del criterio como los vemos.
Juan es el más grande de todo el Antiguo Testamento.
Sin embargo, el más pequeño del Nuevo Testamento es más que él.
Es la diferencia entre ser el profeta de la Ley y el seguidor de Jesús.
Es la diferencia entre señalar a Jesús que llega y seguir al Jesús que está en camino.

Es la nobleza de corazón reconocer la grandeza de cada uno en su propio campo.
Es la nobleza de reconocer la grandeza de los pequeños.
Es la nobleza de reconocer la grandeza de las cosas sencillas.
Es la nobleza de reconocer la grandeza de ser cualquier cristiano.
Es la nobleza de reconocer la grandeza de cualquier bautizado.
Es la nobleza de reconocer la grandeza del que vive en gracia.

Pero Jesús conoce demasiado bien el corazón humano.
Mientras el Reino es promesa, todos lo esperan.
Mientras el Reino es simple anuncio, todos viven de la esperanza.
Mientras el Reino está llegando, todos tenemos prisa en verlo.
Pero luego cuando el Reino llega, le damos la espalda.
Cuando el Reino se hace realidad, todos nos ponemos en contra.
Cuando el Reino está entre nosotros, todos tratamos de eliminarlo.
“Hasta ahora se hace violencia contra el reino de Dios”.

¿No es esto lo que cada día sucede en nuestros corazones?
¡Cuántas ilusiones para casarse!
Y luego que nos casamos no nos aguantamos.
¡Cuántas ilusiones para tener un hijo!
Y luego que lo tenemos nos sentimos fastidiados con él.
¡Cuántas ilusiones en tener una casa nueva!
Y luego vivimos más en la calle que en ella.
¡Cuántas ilusiones en bautizar al hijo!
Y luego nos olvidamos de que tenemos un cristiano en casa.
¡Cuántas ilusiones en ordenarnos sacerdotes!
Y luego, posiblemente, nos lamentamos de nuestros compromisos.
¡Cuántas ilusiones en consagrarnos a Dios en la vida religiosa!
Y luego, posiblemente, cuántos fastidios cuando disponen de nosotros.
¡Cuántas ilusiones en anunciar el Evangelio y convertir al otro!
Y luego es posible que no sepamos qué hacer con él.

Señor:
Danos la capacidad de reconocer la grandeza de los demás.
Danos la capacidad de reconocer la grandeza de los más pequeños.
Danos la capacidad de reconocer la grandeza de los que saben mucho.
Danos la capacidad de reconocer la grandeza de corazón de los que saben poco.
Señor:
Que nuestras ilusiones no terminen en desilusiones.
Que nuestros ideales no terminen en fracasos.
Que nuestras esperanzas no terminen en desesperanzas.
Que nuestros compromisos no terminen en abandonos.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Miércoles de la 2 a. Semana de Adviento – Ciclo C

“Exclamó Jesús: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

(Mt 11,28-30)

Aquí en el Perú celebramos hoy la fiesta de la “Guadalupana”, pero nosotros nos atenemos al Calendario universal de la Iglesia.
Y vemos a Jesús, una vez más, preocupado, no se le pasa una, se preocupa:
Por los que viven cansados de luchar inútilmente en la vida.
Por los que viven agobiados por los problemas y necesidades de la vida.
Pero también por los que viven cansados de tanta Ley.
Por los que viven cansados de tantas prohibiciones legales.
Por los que viven agobiados y ahogados por tantas imposiciones.
Por tantos que viven la religión sin la alegría del Evangelio.
Por tantos que viven la religión con el corazón triste y preocupado.

Dios nos ha creado derechos y no encorvados.
Pero nosotros nos empeñamos en echar tantas cargas encima de los demás.
El mundo echa encima pesadas exigencias.
Y tampoco como cristianos nos podemos lavar las manos, pues vivimos más del no se puede que de un espíritu de libertad.
El mundo y la misma Iglesia tienen demasiados encorvados.
En la Iglesia hay demasiado cristiano encorvados por tantos “no”, por tantas imposiciones.

Jesús nos anuncia un mundo de libertad.
Nos anuncia un mundo donde podamos caminar parados mirando hacia delante.
Nos anuncia un mundo donde podamos caminar ligeros de equipaje.

La solución no es difícil:
Es preciso acudir a El.
“Venid a mí”.
Es preciso seguirle a El.
Es preciso buscar descanso en El.
Es preciso buscar reposo en El.
Es preciso tomarnos un tiempo para compartir nuestras vidas con El.
Es preciso tomarnos un tiempo para sentir el consuelo de sus palabras.
Es preciso tomarnos un tiempo para sentir el latir de su corazón.
Es preciso tomarnos un tiempo para sentir la serenidad de su presencia.
Es preciso tomarnos un tiempo para compartir juntos los mismos sentimientos.

Jesús no es de los que goza:
Imponiéndonos leyes pesadas.
Imponiéndonos obligaciones pesadas.
Imponiéndonos exigencias pesadas.
Imponiéndonos una moral de esclavos.
Imponiéndonos una vida de miedos y temores.
Imponiéndonos una vida con el corazón en el puño.

Jesús nos impone una vida de amor.
Mientras que nosotros seguimos aferrados a la ley de lo prohibitivo.
Mientras que nosotros seguimos aferrados al miedo a la condenación.
Mientras que nosotros no logramos nunca tranquilizar nuestras conciencias.
Son demasiados los que viven siempre en la duda de su pasado.
Son demasiados los que viven siempre en la duda de si todo estará perdonado.
Son demasiados los que viven queriendo repasar siempre su pasado.
Son demasiados los que siguen creyendo más en el miedo al castigo que en la alegría del perdón.
Son demasiados los que nunca se sienten tranquilos.
Son demasiados los que creen más en su pasado que en el perdón de Jesús.
Son demasiados los que nunca se sienten limpios del todo.

Preferimos cargar con el yugo de un rigorismo moral que con el yugo de Jesús.
Preferimos con nuestros recuerdos del pasado que con las ilusiones de Jesús sobre nuestro futuro.
Preferimos lastimar nuestra conciencia con nuestras dudas, que sanarla con la confianza y el abandono en Jesús.
Preferimos distraernos con unos tragos que pasar un rato recostados en el corazón de Jesús.
Preferimos distraernos descansar durmiendo que descansar sintiéndonos amados por El.

Jesús es bien claro:
Nada de cargas pesadas.
Nada de corazones violentos sino mansos y tranquilos.
Nada de altanerías sino de actitudes de humildad y sencillez.
Que El no es una carga.
Que El es el que nos lleva en sus manos y en su corazón.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Martes de la 2 a. Semana de Adviento – Ciclo C

“Dijo Jesús a sus discípulos; “¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo; no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”. (Mt 18,12-14)

¿Os habéis puesto a pensar que la Navidad es Dios que se hace hombre buscando lo que estaba perdido?
La Navidad es Dios que se da cuenta de que los hombres andamos extraviados.
La Navidad es Dios que sale de sí mismo para encontrar lo perdido.
La Navidad pudiera justificarse si Dios logra encontrarnos a ti y a mí extraviados, y nos ofrece sus hombros.
La Navidad es Dios que abandona la tranquilidad de la vida en sí mismo y se lanza a la aventura humana buscándote a ti y buscándome a mí.

Por eso, la Navidad no es solo la fiesta de la alegría de los hombres.
La Navidad es también la alegría de Dios en su encuentro con los hombres.
Para Dios, el mejor regalo navideño es que nos ha encontrado a cada uno de nosotros.
¿No pudiéramos prepararnos para la Navidad buscando a nuestro hermano extraviado?
¿No pudiéramos prepararnos para la Navidad buscando a los que se han ido de casa?
No pudiéramos prepararnos para la Navidad buscando a los que no están en casa?
No pudiéramos prepararnos para la Navidad buscando a los aún no creen en la Navidad?

Nosotros somos felices con las ovejas que cada domingo se nos acercan y llenan nuestras Iglesias.
¿Alguna vez nos hemos puesto a contar las que faltan?
¿Alguna vez nos hemos preguntado cuántas debieran estar y no están?
¿Alguna vez no hemos preguntado por donde andan los que no están?

La gran pregunta que la Iglesia tiene que hacerse no es:
¿cuántos somos?
¿cuántos están?
Sino:
¿Cuántos no están?
¿Cuántos faltan?
No cuantas bancas están llenas.
Sino cuántos asientos quedan vacíos.

¿Alguna vez hemos suspendido la misa para ir a buscar a los que no vienen?
¿Alguna vez hemos retrasado la misa porque andábamos buscando a los perdidos?
¿Alguna vez hemos anunciado a los que están que esperen porque vamos por los que no están?
¿Podremos celebrar con alegría el banquete de Dios, sabiendo que muchos de sus hijos están ausentes?
¿Podrá ser nuestra Misa la fiesta de la alegría de Dios, sabiendo que muchos de sus hijos están perdidos en el monte de su indiferencia religiosa?

Está bien que nos alegremos con los que vienen.
Pero nuestra alegría será incompleta mientras no estemos todos.
Ningún padre de familia puede comer con alegría sabiendo que uno de sus hijos se niega a sentarse a la mesa.
Y todos nosotros ¿podremos cantar el “Vayamos jubilosos al altar de Dios” sabiendo que, no una, sino muchas ovejas siguen extraviadas y se niegan a entrar?

La alegría y la fiesta de Dios serán incompletas mientras vea vacío el asiento que tú debieras ocupar.
La alegría y la fiesta de Dios serán incompletas mientras alguno de sus hijos falte a la mesa.
¿Y la comunidad sentirá la alegría de que los que faltaban están ahora entre nosotros?
A Dios le falta algo, mientras le faltes tú.
A Dios le falta algo, mientras le falte yo.
Y Dios es capaz de dejarnos a todos muy piadosos, mientras él se va al encuentro de los que faltan.
Porque para Dios la fiesta es incompleta hasta que estemos todos.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Lunes de la 2 a. Semana de Adviento – Ciclo C

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“Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo para colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo, a causa del gentío, subieron a la azotea y, separando las losetas, lo descolgaron con la camilla hasta el centro, delante de Jesús. El viendo la fe que tenían, dijo: “Hombre, tus pecados están perdonados”. (Lc 5,17-26)

¿Te has dado cuenta. Fíjate bien.
Aquí nadie tiene nombre propio.
No tienen nombre los que lo traían.
La vida aquí suple el nombre.
No tiene nombre el paralítico.
Aquí el único que tiene nombre es Jesús.

Pero los que lo traían, anónimos todos, sí tenían fe.
¿Tenía fe el paralítico?
El sólo tenía la parálisis de su cuerpo.
Hasta es posible que no pudiese hablar.
Pero otros creían por él.
Aquí nadie pide nada.
Nadie pide que lo sane, simplemente les basta ponerlo delante de Jesús.

Y aunque no le piden que lo sane, Jesús entiende el deseo y la fe de los que lo traían.
El esfuerzo de subirlo a la azotea.
El trabajo de quitar las losetas.
El trabajo de bajar la camilla.
Todo ello es el mejor lenguaje. Y Jesús lo entiende.
Es el mejor lenguaje de la fe. Hablar con la vida.

Puede que los demás no puedan moverse.
Pero nosotros podemos llevarlos en camilla o silla de ruedas.
Puede que el vecino no pueda salir ni a la puerta de la calle.
Pero nosotros podemos sacarlo fuera para que, al menos vea a la gente.
Puede que los demás no puedan hablar.
Pero nuestro amor habla por ellos.
Puede que los demás no tengan fe.
Pero nosotros podemos creer por ellos.

Hay muchas cosas que los demás no pueden hacer.
Pero que nosotros podemos hacerlas por ellos.
Hay muchas cosas que los demás no pueden disfrutar.
Pero que nosotros podemos darles esa satisfacción.
Hay muchas cosas que los demás no pueden ver.
Pero que nosotros podemos enseñárselas.
Hay muchas cosas que los demás no pueden escuchar.
Pero que nosotros podemos prestarles nuestro tocadiscos.

Hay muchos que nunca han creído, porque no han tenido oportunidad.
Pero que nosotros podemos creer por ellos.
Hay muchos que nunca se han acercado a Jesús.
Pero nosotros podemos llevarlos hasta El.
Hay muchos que nunca han visto a Jesús.
Pero nosotros podemos acercarlos hasta El para que lo vean.

Y no se trata de hacer mucho ruido.
El amor, de ordinario, no hace ruido.
La fe, normalmente, no hace ruido.
La solidaridad, no suele sacar mucho ruido.
La bondad suele ser silenciosa.
Más ruido hace el árbol podrido que se cae, que todo el bosque que crece.
Más ruido hacen los que se escandalizan del bien que hacemos, que el bien que hacemos.
Más ruido hacen los que se escandalizan de que Jesús perdone y sane, que el mismo Jesús perdonando y sanando.

Necesitamos descubrir que nuestra vida no es solo nuestra.
Necesitamos descubrir que nuestra fe no es solo nuestra.
Porque nuestra vida puede ser vida para los demás.
Porque nuestra fe puede ser principio de sanación para los demás.
No importa que nadie conozca nuestro nombre.
Lo que importa es que nuestro hermano sea sanado en el cuerpo y el alma.
Porque, mientras nosotros tratamos de sanar su cuerpo, Jesús también sana su espíritu.
No busquemos que nuestros nombres figuren en los periódicos.
Lo que importa es que nuestro amor sane a los que hoy están enfermos.
Aunque nosotros quedemos en el anonimato.

Clemente Sobrado cp.