Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 27 – Ciclo C

“Los Apóstoles le pidieron al Señor: “Auméntanos la fe”. El Señor contestó: “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”. Y os obedecería”. (Lc 17,5-10)

Si tuvierais fe como un granito de mostaza...

Flickr: Laurence Cymet

No estaría mal si hiciésemos un examen para ver qué cosas le pedimos nosotros a Dios.
Es posible le pidamos un montón de cosas secundarias o inútiles.
O incluso le pidamos algo que no está en su mano concedernos.
Porque Dios no nos dará aquello que nosotros podemos hacer.
En cambio hay cosas que debiéramos pedirle y las pasamos por algo.

Son pocas las cosas que los discípulos piden a Jesús para ellos.
Le piden que les “enseñe a orar”.
Le piden que “les aumente la fe”.
Oración y fe son como los dos remos de nuestra vida.
Oración sin fe, servirá de poco.
Fe sin oración, corre el peligro irse apagando.

Nosotros le solemos pedir de todo.
Pero cuántas veces le hemos pedido a Jesús: “auméntanos la fe”?
Es que, nos suelen suceder cosas raras:
O bien sentimos que estamos perdiendo la fe, precisamente porque Dios no nos escucha.
O bien sentimos que tenemos mucha fe, que nos sobramos de fe.
Fe ¿yo? De sobra.

Sin embargo la fe la recibimos en el Bautismo, pero como en semilla.
Esa fe bautismal está llamada a crecer.
En muchos se queda en una fe infantil.
La fe necesita ser alimenta.
La fe necesita ser iluminada.
La fe necesita ser vivida.
La fe necesita ser testimoniada.

Como todo lo vivo:
La fe nace siempre en “pequeño”.
Y como todo lo vivo tiene que crecer.
Como todo lo vivo tiene un proceso de desarrollo.
Porque todo lo que no crece se muere.
Porque todo lo que no se desarrolla se va apagando.

Los discípulos:
Ven la fe de Jesús en el Padre, como le veían orar.
Sienten que ellos tienen todavía una fe infantil, rudimentaria.
Sienten que más que en su fe se apoyan en la fe de Jesús.
Y por eso, un día ya se atrevieron a decirle: “Auméntanos la fe”.

Y Jesús mismo:
Les hace ver que todavía su fe recién está comenzando.
Les hace ver que su fe es tan pequeña que no llega ni a un grano mostaza.
Les hace ver que incluso la fe más pequeña es capaz de hacer milagros.
“Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”.

Una gran lección para todos nosotros:
¿Llegará nuestra fe a un grano de mostaza?
¿Tendremos tan poca que ni siquiera a eso llega?
Lo primero que necesitamos es sentir lo pequeña que es nuestra fe.
Que nuestra fe suele ser demasiado débil.
No nos quejemos de que “cuando oramos no somos escuchados”.
Porque ¿con qué fe oramos realmente?
La mayoría de las veces oramos poniendo condiciones.
Si tuviésemos una fe más madura, ¿no haríamos muchas cosas?
Incluso si cuando predicamos, tuviésemos más fe, posiblemente llegaríamos más al corazón de la gente.
Pedimos fe a los demás, pero ¿dónde está realmente la nuestra?
Si tuviésemos una fe más madura, ¿no oraríamos de otra manera?
Si tuviésemos una fe más madura, ¿serían iguales nuestras comuniones?
Si tuviésemos una fe más madura, ¿serían iguales nuestras confesiones?
Si tuviésemos una fe más madura, ¿serían iguales nuestras misas?

También nosotros debiéramos pedirle a Jesús: “auméntanos la fe”.
Sabemos que creemos, pero creemos tan pobremente, que nuestra fe no cambia nuestras vidas.
Oremos mucho. Pero antes pidámosle que aumente nuestra fe.
Prediquemos mucho. Pero antes pidámosle que aumente nuestra fe en nosotros.
Que por lo menos, “nuestra fe llegue a un granito de mostaza”.
No tanto para trasladar árboles y montañas, pero sí para cambiar nuestras vidas.
No demos por hecho que creemos mucho.
Mejor le pedimos que “aumente la que tenemos”.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 26 a. Semana – Ciclo C

“Regresaron los setenta y dos alegres, diciendo: “Señor, hasta los demonios se nos sometían en tu nombre… No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres están escritos en los cielos. (Lc 10,17-24)

Alguien diría que a los discípulos se les ha subido el humo a la cabeza.
Regresan felices y triunfantes.
Reconocer lo bueno que hacemos no es orgullo.
Así como tenemos que reconocer lo malo, también hemos de reconocer lo bueno.
Y reconocer lo bueno no es orgullo. Es nuestra verdead.
Santa Teresa decía que la humildad era la verdad.
Es la alegría de la humildad en la verdad.

Los éxitos siempre despiertan ilusión.
Los éxitos siempre nos dan satisfacciones.
Los éxitos siempre despiertan los ánimos de seguir adelante.
Los éxitos siempre levantan nuestro espíritu.

Los setenta y dos regresas felices.
Por primera vez han sentido que hasta los demonios se les sometían en nombre de Jesús.
Regresan como niños con zapatos nuevos.
Regresan como niños que han jugado su primer partido y han metido un gol.

Es un sentimiento natural.
Lo mismo que los fracasos nos hunden, lo éxitos nos levantan.
Lo mismo que lo malo nos causa tristeza, lo buenos nos hace felices.

Claro que Jesús pone sordina a su entusiasmo.
Porque el éxito se presta fácilmente a creer que somos nosotros los que triunfamos.
El éxito se presta fácilmente a creer que somos superiores.
El éxito se presta fácilmente a creernos más que los demás.

La pedagogía de Jesús muy realista.
No mata el entusiasmo.
Ni les amarga su felicidad.
Porque eso tampoco les ayudaría a seguir comprometidos con el Evangelio.
Sencillamente “les pone sordina”.
Les baja de tono, pero sin desalentarles.

Todos esos triunfos están bien.
El mismo les dio poder para espantar demonios.
Pero hay algo más importante en la vida:
Que ellos mismos han creído en el Evangelio.
Que ellos mismos han creído en El.
Que ellos mismos han creído en sus posibilidades.

Y que precisamente:
Antes de echar demonios de los demás, ellos han sido liberados.
Antes de que otros hayan creído en el Evangelio, primero han creído ellos.
Y por eso:
Su mayor éxito está en haber tenido fe en la palabra de Jesús.
Su mayor éxito está en haber creído en la fuerza del Evangelio.
Su mayor éxito está en haber creído en la fuerza del Reino.

Y por eso su verdadero éxito está:
En que “sus nombres están escritos en los cielos”.
En que sus nombres están escritos en el corazón del Padre.
En que sus nombres están escritos en libro de los salvados.

Está bien nos sintamos felices de lo que hacemos.
No tengamos miedo a celebrar lo bueno que hacemos.
Pero más felices seremos si nosotros vivimos la novedad del Reino.
Más felices tenemos que ser porque hemos tenido la dicha de creer.
Más felices tenemos que ser porque sabemos que estamos en el corazón del Padre.
Más felices tenemos que ser porque somos testigos de que el Evangelio nos ha liberado de los malos espíritus.

No es cuestión de renunciar a la alegría y felicidad.
Es cuestión de saber donde está la verdadera alegría y felicidad.
Es cuestión de saber que nuestra felicidad nace de la bendición del Padre

Señor: Dame la alegría de poder actuar en tu nombre.
Señor: Dame la alegría de ver que otros quedan liberados de sus malos espíritu.
Señor: Dame la alegría de que puedo serte útil en el Reino.
Señor: Dame la alegría de que mi nombre está escrito en tu corazón y en el del Padre.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 26 a. Semana – Ciclo C

“Dijo Jesús: “¡Ay de ti, Corazaín, ay de ti Betsaida! Si en Tiro y Sido se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se hubieran convertido, vestidas de sayal y sentadas en la ceniza. Por eso el juicio les será más llevadero a Tiro y Sidón que a vosotras. Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza, y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”. (Lc 10,13-16)

¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida!

Un Evangelio para sacarnos de nuestra tranquilidad.
Un Evangelio para despertarnos de nuestras seguridades.
Una lectura para ponernos incómodos.
No todos asumimos la misma actitud frente al Evangelio.
No todos reciben la Palabra de Dios de la misma manera.
No todos ven sus milagros de la misma manera.
Hay quien los ve sin enterarse.
Hay quien los ve sin hacerles caso.
Hay presencias de Dios de las que ni nos enteramos.
Hay presencias de Dios que nos dejan indiferentes.

Como también hay quienes:
Tienen un corazón abierto y nadie les anuncia.
Tienen un corazón disponible y no tienen posibilidades.
Tienen un corazón atento, pero no tienen que les haga escuchar su Palabra.
Hay quienes están saturados de medios para recibir la gracia y no ven.
Hay quienes están saturados de medios de formación, de reconciliación, de participar en la Eucaristía, y no los valoran.

Por eso, Jesús es bien claro:
No todos seremos juzgados de la misma manera.
No todos podremos presentarnos delante de Dios de la misma manera.
¿Cuántos dones y posibilidades he recibido?
¿Cuántos han recibido los demás?
¿Y cuál ha sido mi respuesta?
Por eso, yo no puedo compararme con nadie, porque cada uno sabe lo que Dios ha sembrado en su corazón.
No será la misma cosecha, la del que no siembra y la del que siembra.
Ni tampoco será la misma cosecha la del que sembró en tierra estéril a la del que sembró en tierra fértil.

En realidad para Jesús se trata de actitudes del corazón.
Se trata de las distintas respuestas.
Se trata de las distintas fidelidades.
Se trata de las distintas posibilidades y oportunidades.

Por eso:
Cada uno somos personales delante de Dios.
Cada uno somos nosotros mismos delante de Dios.
Cada uno tenemos nuestro nombre y apellido delante de Dios.
Y nadie puede reemplazarnos.
Nadie puede responder por nosotros.
Nadie puede ser fiel por mí.
Nadie puede ser santo por mí.
Delante de Dios cada uno tendremos que presentar nuestro carné bautismal personal.

Quien no escucha la palabra de los que anuncian el Evangelio no escucha a Jesús.
Y quien no escucha a Jesús tampoco escucha al Padre que lo envió.
Todo el que anuncia la Palabra de Dios lo anuncia en nombre de Jesús.
Todo el que anuncia la Palabra de Jesús la anuncia en nombre de Dios.

A más posibilidades, mayores responsabilidades.
A más posibilidades, mayores exigencias.
¿Conoces las tuyas?
¡Me dan miedo las mías!

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Los Santos Arcángeles

“Ahí tenéis a un Israelita de verdad, en quien no hay engaño.” Natanael le contesta: “¿De qué me conoces?” Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas bajo la higuera, te vi”. (Jn 1,47-51)

Hoy celebra la Iglesia la fiesta de los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.
Desde hace una temporada se está actualizando la devoción a los Arcángeles y Ángeles. Ignoro quién ha comenzado a promocionar esta devoción. Pero al menos por aquí se ha puesto de moda. Se han multiplicado estampitas y oraciones.
De niños nos hablaron de nuestro Ángel de la Guarda. Que cada uno teníamos nuestro angelito que nos cuidaba.
Todavía recuerdo una estampita de un niño cruzando un puente llevado de la mano de su Angelito.
Bueno, con lo travieso que era, yo debía tener varios. Y estoy seguro que les tenía que dar buen trabajo.

En la Escritura figuran tres Arcángeles que son como emisarios de Dios:
Miguel como el defensor.
Gabriel que es el encargado del anuncio de la Encarnación.
Rafael que es el encargado de la salud.

Y el Evangelio nos habla los ángeles que subían y bajaban sobre el Hijo del Hombre.
Yo no he visto a mi Ángel de la Guarda, pero todo esto nos habla de que Dios no nos abandona y que Dios camina cerca de nosotros y nos protege y nos acompaña.

Lo lindo del Evangelio de hoy, al menos para mí, es que:
Jesús nos ve antes de que le veamos.
Jesús nos ve antes que los hombres nos inviten.
Jesús nos ve en cualquier lugar.
Incluso debajo de una higuera.
“¿De qué me conoces?”
“Ante de que Felipe te llamara, cuando estabas bajo la higuera, te vi”.

Esto es lo maravilloso de Dios:
Antes de que existiésemos, pensó en nosotros.
Antes de ser, ya existíamos en el pensamiento y el corazón de Dios.
Antes de existir en la tierra, nosotros existíamos en pensamiento de Dios.
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo, por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación del mundo… eligiéndonos de antemano…“ (Ef 1,1-5)
Antes de que nosotros podamos ver a Dios, Dios ya nos ha visto.
Antes de que nosotros amemos a Dios, Dios ya nos ha amado.
Antes de que nosotros le llamemos, Él ya nos ha llamado a nosotros.
Antes de que nosotros le contemos nuestras necesidades, Él ya las conoce todas.
Antes de que nosotros le pidamos, Él ya nos lo está dando.

Dios siempre nos lleva la delantera:
Dios siempre lleva la iniciativa.
Dios siempre se nos anticipa.
Antes de que le busquemos, Él ya nos ha encontrado.
Antes de que le veamos, Él ya nos ha visto.
Antes de que nos confesemos, Él ya nos ha perdonado.
Antes de que queramos salvarnos, Él ya nos ha salvado.
Podemos estar bajo la higuera o podemos estar caminando, cocinando, o corriendo.
Incluso podemos estar despistados, pero Él, ya ha puesto sus ojos en nosotros.

Nos ha visto.
Y nos ha conocido primero.
“Ahí tenéis a un Israelita de verdad, en quien no hay engaño”.
Antes que nosotros le abramos la ventana de nuestro corazón, Él ya lo ha visto.
Antes que nosotros le abramos la puerta, Él ya ha entrado dentro de nosotros.
Es inútil queramos escondernos de Dios.
Es inútil queramos esconderle nuestro corazón.
Es inútil queramos ocultarle nuestras bondades o miserias, Él ya las conoce.

Podremos vivir despistados, pero Dios nos ve y nos ama.
Podremos vivir en pecado, pero Dios nos ve y nos ama.
Podremos ser buenos, pero Dios nos ve y nos ama.
Podremos ser indiferentes, pero Dios nos ve y nos ama.
Podremos decir que nos interesa, pero Dios nos ve y nos ama.
Podremos estar en silencio, pero Dios ya nos está llamando.

Como Natanael podemos preguntarle: “¿De qué nos conoce?”
La respuesta será siempre la misma: “Te vi cuando estabas bajo la higuera”.
Te vi antes que me vieses.
Te busqué antes que me buscases.
Te amé antes que me amases.
Te invité antes que me invitases.
Queramos o no:
Dios siempre lleva la iniciativa en nuestras vidas.
Dios será siempre pregunta.
A nosotros solo nos toca ser respuesta.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 26 a. Semana – Ciclo C

“Mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, le dijo uno: “Te seguiré a donde quiera que vayas. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza”. (Lc Lc 9,57-62)

Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.

El seguimiento de Jesús:
No es fruto de un simple deseo nuestro.
No es fruto de nuestra voluntad.
No es como la elección de una profesión.
No es consecuencia de si me gusta o no me gusta.
Es fruto de una “llamada”.
Es fruto de la voluntad de Dios “que llama a los que quiere”.

En las raíces de nuestro ser está siempre la decisión de Dios:
Antes de crearnos se dijo a sí mismo: “hagamos al hombre”.
Por eso, antes de existir en la vida, existimos en el corazón de Dios en la eternidad.

Isaías se ve a sí mismo como fruto de la elección divina:
“Desde el seno materno me llamó;
Desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre”. (Is 49,1)

Jeremías reconoce:
“Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía,
Antes que nacieses, te tenía consagrado yo profeta de las naciones te constituí”. (Jr 1,5)

No creemos porque nos viene en ganas.
La fe es un don de Dios.
No le seguimos porque nos gusta.
Le seguimos porque es él quien nos llama.

De estos tres seguimientos:
Dos son ofrecimientos voluntarios.
El tercero es un llamado: “A otro le dijo: “Sígueme”.

Es que seguirle es aceptar la misión que el Padre le encomendó.
Cuando anunció su Pasión, añadió: “el que quiera seguirme tome su cruz y sígame”
Seguirle es aceptar las consecuencias de su mismo camino.

Y cuando él llama, llama para mirar hacia delante.
Cuando él llama, llama para comprometerse con la novedad del Evangelio.
Cuando él llama:
No se ponen condiciones.
No se hacen despedidas.
No se mira hacia atrás.
El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios”.

Seguir a Jesús es caminar hacia Jerusalén.
Seguir a Jesús no es poner condiciones.
Seguir a Jesús no es pedir rebajas.
Seguir a Jesús no es pedir tiempo para pensarlo.
Seguir a Jesús es hacer de él el centro, la razón de nuestro ser.
Seguir a Jesús no es caminar luego lamentando lo difícil del camino.
Seguir a Jesús no es caminar cansado y fatigado, con ganas de volver atrás.
Seguir a Jesús es el “sí total de nuestra vida” de modo incondicional.

Interrogantes que nos ofrece el Evangelio:
¿Cómo sentimos y vivimos el que antes de ser, existamos en el corazón de Dios?
¿Cómo sentimos y vivimos el hecho de que sea Dios quien toma la iniciativa en nuestras vidas?
¿Cómo vivimos la experiencia de que somos “unos llamados”?
¿Cómo vivimos nuestro seguimiento de Jesús?
¿Sin mirar atrás?
¿Sin nostalgias del pasado?
¿Poniéndole condiciones a nuestra fe?
¿O con la alegría de la fidelidad hasta el final?

Clemente Sobrado cp.

Vitaminas para caminar: Ser débil es una ventaja

Fuerza

Flickr: Seluel

1.- ¿Te sientes poca cosa? ¡Vaya qué suerte! Dios doblega a los fuertes y grandes, pero se inclina reverente ante los débiles y pequeños. “Derribó de sus tronos… exaltó a los humildes”.

2.- Mirar a la Cruz siempre es un riesgo. El riesgo de convertirte. Porque luego no puedes seguir pensando igual ni mirando igual a los hombres y a Dios. Y menos aún podrás seguir viviendo de la misma manera.

3.- Tu verdadera cruz no es tanto ese dolor de muelas, ni siquiera esa enfermedad incurable. Tu verdadera Cruz es la que nace como consecuencia de tu vida diaria de fidelidad. Es la cruz consecuencia de la vida.

4.- ¿Sabías que en los Evangelios se describen unos noventa y cinco encontronazos de Jesús con sus enemigos? La última vez lo condenaron a muerte. ¡Y luego dirán que hay que ser como todos! ¡Que no conviene llamar la atención! Claro, así jamás lo condenan a uno. Así se puede llegar a viejo y morir apolillado de años.

5. – La verdad no siempre se expresa con las palabras. Y menos aún a gritos. También el silencio es una manera de tener la razón. A Jesús lo acusaban, pero Él callaba.

6.- ¿Que te sientes débil en el dolor? ¿Qué quieres… ocultar tu debilidad? ¡Pobre Cristo! Él siente tristeza, angustia, miedo y tedio. No. No es ningún Supermán. Es sencillamente humano.

7.- El miedo a las dificultades, a sufrir, no es nunca razón para echarse atrás en el camino. “Padre, que no se haga mi voluntad sino lo que Tú quieres”. La debilidad es tan sólo dificultad que hay que vencer.

Débil no es aquel que cae,
sino aquel que no reconoce su caída
o renuncia a levantarse.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 26 a. Semana – Ciclo C

“Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén”. (Lc 9,51-56)

En mi visita a Tierra Santa, llegamos un lugar donde el guía nos previno tener cuidado por existían “minas de la guerra” que aun no habían sido retiradas.
Hay lugares peligrosos.
Jesús decido subir a Jerusalén pero tiene que pasar por Samaria. Lugar peligroso, precisamente porque va camino de Jerusalén. Y lo rechazan. Curioso, primero lo rechazan lo “paganos” y luego los rechazarán los “creyentes”.

Y lo primero que llama la atención:
Jesús era consciente de que su vida llegaba al final.
Y sabía que su final estaría en Jerusalén.
Y que, sin embargo, no rehuye el riesgo.
Sabe donde esta el peligro.
Sabe donde está el riesgo.
Y sin embargo, Jesús no lo rehuye .
Sabe donde está el peligro, pero no busca las seguridades.
“Cuando se iba a cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo”.
Es decir, sabiendo que se cumplía el tiempo de su vida entre nosotros, Jesús no evita el riesgo.
Jesús sabe que mejor está en Galilea.
Y que el peligro está donde están los jefes, en Jerusalén.
Y, sin embargo, decido subir a Jerusalén.

Es este un detalle que puede ser un criterio para nuestra de creyentes.
Ver el peligro es de gente que piensa.
Huir del peligro es de gente prudente.
Nadie puede negar que confesar su fe implica siempre un riesgo.
Afrontar el peligro es de convencidos en el Evangelio.

Beato Eugenio BossilkovEstoy pensando en el Obispo Pasionista, Eugenio Bossilkov, que en setiembre de 1948, sabiendo el peligro que corría regresando a Bulgaria dijo:
“Si soy capaz de vivir, también soy capaz de morir”. “No puedo pensar en mi vida cuando mis fieles están sufriendo la persecución”. Y se regresó a Bulgaria.
En 1952, el día de la Asunción fue apresado y la noche del 11 al 12 de noviembre, tras un ridículo juicio, fue fusilado de madrugada. Es el primer mártir del marxismo. Beatificado por Juan Pablo II.

Ser cristiano no es buscar seguridades.
Ser cristiano no es evitar el peligro.
Ser cristiano no es refugiarse entre los buenos.
Ser cristiano no es refugiarse en la Iglesia los domingos.
Ser cristiano no es tener miedo a que los demás se rían de él.
Ser cristiano no es buscar un lugar caliente donde todos le aplaudan.
Ser cristiano no es salvar su vida de quienes le persiguen.
Ser cristiano es ser rechazado por los que no creen.
Ser cristiano es ser rechazado también por los buenos.

Comprendemos que los que no creen rechacen al creyente.
Lo difícil es creer que, sean los mismos creyentes los que se burlan él.
Todavía no puedo entender que el no creyente puede confesar su incredulidad abiertamente.
Y nadie se escandalice.
Y sin embargo, se le niegue el mismo derecho al que se dice creyente.
Y lo peor de todo, es que esto sucede en ambientes llamados de cristianos.
Hoy tendremos que decir: es fácil creer entre los que no creen.
Lo difícil es creer entre los creyentes que, a la primera de espadas, te califican de “fundamentalista”.
Pues, si así son las cosas, yo diría que Jesús fue el primer fundamentalista.
Porque sabiendo que había llegado hora, se mete en a boca del lobo.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 26 a. Semana – Ciclo C

El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí“Los discípulos se pusieron a discutir quién era el más importante. Jesús, adivinando lo que pensaban, cogió de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dio: “El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. El más pequeño de vosotros es el más grande”. (Lc 9,46-50)

Con la apertura del Concilio Vaticano II, Juan XXIII, pidió que la Iglesia abriese las ventanas para que entrase un aire fresco.
Con el nombramiento del Papa Francisco, uno siente como si ese aire nuevo entrase por las ventanas y las puertas.
Algo así como si la Iglesia volviese a tomar su propio tono evangélico y se despojase de grandezas, título y superioridades.
Por fin el Espíritu Santo ha elegido como sucesor de Pedro a uno que sabe cocinar, que no tiene reparo alguno en ir a comer a los comedores populares, ni responder personalmente al teléfono. Y no lo dicen, pero vistas así las cosas, estoy seguro que sabe manejar la escoba para barrer su departamento y sabe cómo se limpian los baños y se lavan las ollas y los platos.

Por eso la gente siente como si un aire fresco entrase en la Iglesia. Y por eso mismo, se ha creado en torno a él un clima y un ambiente de Papa sencillo, como lo dice su nombre: Francisco. Cuando beatificaron al Obispo Pasionista de Bulgaria Monseñor Bossilkov, al salir de la Basílica de San Pedro me encontré con dos hombres ya mayores que miraban al cuadro. Al escucharnos hablar castellano, nos dijeron: “Es de los nuestros. Nos enseñaba a cantar e iba con nosotros de caza”.

Los discípulos tienen una gran preocupación:
“quién de ellos es el más importante”.
“quién de ellos se sentará en el sillón dorado”.
“quién de ellos llevará mejores capisayos”
“quién de ellos llevará más títulos”.
“quién será el que le sirvan todos”.

Claro, aquí siempre es fácil tirar pedradas a tejado ajeno.
Lo difícil es mirar con sinceridad nuestro corazón.
Porque es posible que todos:
Llevemos ansias de pedestal.
Llevemos ansias de ser los más importantes.
Llevemos ansias de llevar unos cuantos títulos en nuestras tarjetas de vista.
Llevemos ansias de mandar a los demás.
Llevemos ansias de figurar ante los demás.

Jesús pronto echó abajo esos castillos de grandeza.
“El que quiera ser el primero que sea el último”.
El que quiera ser el primero sea el que más sirve a los demás.

Los primeros pueden ser temidos, pero no amados.
Los primeros pueden ser reverenciados, pero no tendrán amigos.
Los primeros podrán tener más comodidades, pero ser menos amados.
Los que tienen grandes títulos, lucirán más, pero no serán más.
Los que se sienten más arriba, tienen que pagar el precio de la soledad.
Los que se sienten superiores tendrán aduladores, pero no quienes les diga la verdad.

Por eso me encanta el Papa Francisco, que con toda naturalidad hablando con los periodistas les confesaba cómo, cuando consiguió los 77 votos necesarios para convertirse en Papa, el Papa ha contado que los cardenales rompieron a aplaudir. “Humes me abrazó, me besó y me dijo: ‘No te olvides de los pobres'”. Esas palabras: los pobres. Pensé en san Francisco de Asís. Luego pensé en las guerras, mientras el escrutinio proseguía. Pensé en Francisco, el nombre de la paz. Y así entro ese nombre en mi corazón: Francisco de Asís. El hombre de los pobres, de la paz, que ama y custodia al creador. E indicó con una sonrisa cómplice. “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”.

Los pobres nunca son los primeros.
Los pobres nunca llevan grandes títulos.
Los pobres nunca son los que mandan.
Los pobres visten ropas raídas y de segunda mano.
Los pobres no tienen sirvienta que les cocine y lave los platos.

¿Será este el comienzo de una Iglesia que no busca “primacías” y “competencias y divisiones”, de las que se quejaba ya Benedicto XVI?
¿Habrá llegado el momento en que también podamos decir del Papa y la Iglesia: “es de los nuestros”?

Clemente Sobrado cp.