Dios también habla hoy: Miércoles de la 1 a. Semana de Cuaresma – Ciclo B

Imagen“Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás” (Lc 11,29-32)

Hace poco comentamos este texto. Puede que nos parezca extraño y sin embargo, si nos examinamos bien, nos daremos cuenta de que solemos ser nosotros los que exigimos a Dios pruebas de sí mismo.
Somos nosotros quienes le reclamamos a Dios su documentación.
Es Dios quien tiene que tener en regla sus su documentos.
Es Dios quien tiene que justificarse.
Es Dios quien tiene que acreditar su verdad ante nosotros.

Somos nosotros los que le pedimos pruebas.
Los que le pedimos razones y pruebas para que creamos en él.
Somos nosotros los que tenemos que darle el “visto bueno”.
Somos nosotros los que tenemos que exigirle razones claras para que le podamos aceptar.
Le pedimos “signos”.
La pedimos “señales”.
Pero signos y señales las que a nosotros nos convenzan.

Dios no la tiene fácil con nosotros.
Tratamos de ponerle todos los obstáculos posibles.
Tratamos de ponerle todas las piedras en el camino.

Y Dios lo aguanta todo.
Pero, eso sí, Dios no cae en nuestras trampas, como tampoco en nuestros caprichos.
Dios seguirá utilizando la pobreza de Jonás, incluso sus resistencias, porque tampoco él está de acuerdo con el proceder de Dios.
Dios seguirá revelándose y manifestándose en los humildes y sencillos, en aquellos a los que nosotros apenas damos importancia.
Dios seguirá revelándose en lo pecadores con los cuales él come y se siente a gusto.
Dios seguirá revelándose y manifestándose en el fracaso humano de la cruz.
Dios seguirá revelándose en el hambriento.
Dios seguirá revelándose en el sediento.
Dios seguirá revelándose en el enfermo, débil, encarcelado, anciano.

Es decir, los únicos signos y señales de Dios son siempre los del amor.
Y el amor precisamente a aquellos quien nadie ama y todos marginamos y excluimos.

Por eso la mayor acreditación de Jesús será su Resurrección.
En ella, el Padre le dará razón.
En ella, el Padre lo acreditará y acreditará las “señales y signos” que nosotros los hombres no hemos querido leer.

“Esta generación perversa pide signos”.
Y no se le dará más signos que el “Misterio pascual”:
El signo de la cruz, que es, aparentemente, el signo más anti-signo.
El signo de la resurrección que es la acreditación de todos los signos.

El verdadero signo de Jesús hoy, será una Iglesia pobre.
El verdadero signo de Jesús hoy, será una Iglesia que da preferencia a los sencillos.
El verdadero signo de Jesús hoy, será una Iglesia no metida en palacios sino compartiendo como Jesús, la pobreza de los hombres.
El verdadero signo de Jesús hoy, seguirá siendo su presencia en medio de nosotros en la pobreza del pan y del vino en la Eucaristía.
El verdadero signo de Jesús hoy, será una comunidad cristiana oliendo a esteras, a marginados, a gente que no tiene ropa para cambiarse.
El verdadero signo de Jesús hoy, será una comunidad cristiana perseguida y sospechosa por entregarse a la defensa de la justicia.

¿Qué signos le pedimos hoy nosotros a Jesús para que creamos en El?
¿Qué signos le pedimos hoy nosotros a Jesús para que le aceptemos de verdad?
¿Qué signos tendrá que ofrecer hoy la Iglesia al mundo, para que el mundo crea?
¿Qué signos tendrá que ofrecer hoy la Iglesia al mundo, para que los que ya están en la Iglesia no la abandonen y no se vayan a otras Iglesias?

También esta generación pide signos y señales, y la Iglesia que es el gran signo de Jesús, tendrá que reflexionar y pensar qué signos está ofreciendo hoy al mundo, para que el mundo acepte el Evangelio.
No les demos cualquier signo.
Ofrezcamos aquellos signos que la hacen creíble.
Todo habla de Dios para el que quiere escuchar a aquellos que no tienen voz.

Clemente Sobrado cp.

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Dios también habla hoy: Martes de la 1 a. Semana de Cuaresma – Ciclo B

Padre nuestro“Vosotros orad así: “Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno”. (Mt 6,7-15)

Jesús es la Palabra que Dios dice a los hombres.
La oración es la palabra que los hombres dicen a Dios.
Dios nos dijo una sola Palabra: su hijo.
Nosotros nos empeñamos en decirle un montón de palabras
A Dios le basta una palabra en la que nos lo dice todo: el HIJO.
A nosotros nos debiera bastar también una palabra en la que lo que se lo decimos todo: PADRE.

Hablar mucho puede que diga poco.
Hablar poco puede que diga mucho.
Mucho nos dice el Padre cuando nos llama “hijos”.
Todo se lo decimos a Dios cuando le llamamos “Padre”.

El primer consejo que nos da Jesús para orar es que no seamos “charlatanes”.
Porque, con frecuencia, dice más el silencio que las palabras.
Además, orar no es un memorial que le pasamos a Dios para que se acuerde de nosotros o para recordarle nuestras necesidades.
Porque “el Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis”.

La verdadera oración que brota de la fe no es un pliego de necesidades.
La verdadera oración es:
Una experiencia fe.
Una alabanza y reconocimiento de Dios Padre.
Una experiencia de nuestra condición de hijos.

Además nuestra oración no comienza tanto por hacernos pedigüeños, sino por el contrario:
Es un ponernos nosotros en la vivencia de la glorificación y alabanza del Padre.
Es un ponernos nosotros en la disponibilidad del Padre.
Es un aceptar los planes e intereses del Padre.
Es un ponernos en las mismas actitudes de su Hijo Jesús.

Incluso en lo que dice relación con nosotros, la oración ha de estar toda ella marcada por la misión del Padre en el Hijo:
El pan del Hijo es la voluntad del Padre.
El pan de los hijos es su palabra y el pan de su Eucaristía que no debiera faltarnos nunca.
La misión del Hijo es revelarnos el amor del Padre.
La misión de los hijos será también expresar el amor del Padre.
El amor que nos revela el Hijo es el perdón y la reconciliación.
El amor del padre que tenemos que manifestar cada día es “perdonar también nosotros lo mismo que él nos perdona”.
La misión del Hijo es vencer al enemigo del hombre, que cada día quiere desviarnos del camino del Padre.
La misión de nuestra oración será también pedirle que nos libre de enemigo.
La misión del Hijo es darnos fuerza para no sucumbir a las tentaciones del enemigo.
La misión de nuestra oración será siempre contar con esa fuerza de ser fieles al Padre superando nuestras tentaciones.

Es que orar, es ponernos en diálogo y comunicación de amigos.
Cuando Jesús oraba entraba en esa experiencia de relación con el Padre, en comunión con los sentimientos, los deseos y planes o la voluntad del Padre.

Por eso mismo, cuando nos enseñó a orar, nos enseñó su propia oración.
Y nos incorporó a sus propias actitudes para con el Padre.
Pienso que antes de ponernos a orar:
Primero tendríamos que sintonizar con el Jesús orante, para asumir sus propias actitudes ante el Padre.
En segundo lugar, tendríamos que sintonizar con la experiencia que Jesús tiene de la misión que el Padre le ha encomendado.
En tercer lugar, orar como él oraba.

Alguien pudiera pensar ¿y dónde están mis propias necesidades?
El Padre ya “sabe lo que nos hace falta antes de que se lo pidamos”.
A caso los papás no saben de sobra lo que necesitan sus hijos.
Además si logramos ponernos en la actitud y mentalidad del Padre nuestro, es posible que nuestras necesidades terminen siendo las mismas de Jesús y las nuestras desaparezcan.

La mejor oración es aquella en la que no pides nada y agradeces y alabas mucho a Dios y te identificas con él.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Lunes de la 1 a. Semana de Cuaresma – Ciclo B

“Señor, ¿y cuándo te vimos con hambre y te alimentamos? ¿o con sed y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. (Mt 25,31-46)

Comenzamos esta primera semana de Cuaresma con una gran sorpresa.
La salvación está condicionada a lo que hagamos por los hermanos más pequeños.
Dios también salva aún a aquellos que no han actuado en su nombre, pero sí por amor a los hombres, sobre todo los más necesitados.
Que Dios también está al otro lado de la tapia de la Iglesia. Aunque su nombre sea otro, es también el mismo Dios.

¿Recuerdan a la joven musulmana Ameneh de 32 años de edad?
Por haber rechazado a Mayid Movahedi, de 29 años, éste le arrojó ácido al rostro por lo que quedó ciega y desfigurado su rostro. Recién después de siete años de tratamiento puede ver algo por su ojo izquierdo.
Según la ley islámica era preciso utilizar la Ley del Talión. La sentencia decía que ella debía echar el mismo ácido en el rostro de su pretendiente rechazado. Y así la joven confesó ante el juez:
“El perdón es más importante que la Ghesas y yo quiero actuar correctamente. He luchado durante siete años por este veredicto, para demostrar que una persona que lanza ácido debería ser castigado según la ley islámica, pero hoy le he perdonado porque estaba en mi derecho. Dios habla de la ley de Gheesas en el Corán, pero también recomienda que se perdone”.

Dios también actúa en el corazón de aquellos que, a veces ni le conocen, y en aquellos que son capaces de amar y perdonar, aun sin ser cristianos. Aunque a decir verdad, me pregunto a mi mismo “¿y quien es capaz del mayor gesto de amor, como es el perdón, aunque su Dios se llame Alá, no será realmente cristiana y la salvación no estará en ella?”

¿Acaso, los que dieron de comer, vistieron, dieron de beber, visitaron a los enfermos y a los encarcelados:
¿lo hicieron por Dios?
¿lo hicieron pensando en Dios?
¿lo hicieron a Dios?

La pregunta es clara: “¿Cuándo te vimos… y te dimos…?
La respuesta es igualmente clara.
Cuando lo hicisteis a uno de estos “mis humildes hermanos, a mí me lo habéis hecho”.

Dios mira más allá de los muros de las distintas religiones.
Dios actúa más allá de los muros de los que aún no tienen una fe explícita en él.
Dios actúa más allá de los muros que nos separan a malos y buenos.
Dios mira más allá de los buenos y ama y actúa en el corazón de los malos.

Dios mira allá donde:
Valoramos a los pequeños y necesitados.
Valoramos a aquellos que pasan delante de nosotros sin nombre ni apellido.
Valoramos al hombre por ser hombre y por reconocer su dignidad, por más que se estén pudriendo en la cárcel.
Dios se encarna en el que tiene hambre, por más que no lleve el cartelito.
Dios se encarna en el que tiene sed.
Dios se encarna en el desnudo.
Dios se encarna en el enfermo y el que está en la cárcel, por más que no lleve el cartelito colgado.
La basta el cartelito de “soy persona”, “soy hombre”, “soy mujer” para ser Dios encarnado.

Hay mucha sabiduría y mucho de evangelio en ese adagio popular: “Haz el bien y no mires a quien”.
El sufrimiento tiene rostro de hombre y mujer.
Y Dios tiene rostro humano de hombre, de mujer, ni niño o de anciano, de rico y de pobre. Dios tiene el rostro del que sufre.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Domingo 1 de Cuaresma – Ciclo B

“El Espíritu empujó al Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas y los ángeles le servían”. (Mc 1,12-15)

La Cuaresma comienza en el desierto y con la escena de las tentaciones.
Jesús comienza su camino haciendo la experiencia que todos nosotros tendremos que hacer también a lo largo de estos cuarenta días de camino hacia la Pascua.
Se quiso parecer a nosotros, presentándose como pecador en el Bautismo.
Nada tiene que extrañarnos que ahora quiera presentarse “tentado como nosotros”.
La tentación no es pecado, sino manifestación de esa lucha interior que todos llevamos dentro de nosotros.
No es pecado, pero tampoco es para que juguemos con ella, pues termina ganándonos la batalla.

La tentación es normal que se dé en nosotros, sencillamente porque somos libres:
Somos libres frente al bien y el mal.
Somos libres frente a la verdad y la mentira.
Somos libres frente al ser y el no ser.
Porque somos libres frente a nuestra verdad y nuestra mentira.

Con frecuencia sentimos cierta vergüenza de confesar que “hemos sido tentados”, cuando en realidad, la tentación lo único que hace es poner de manifiesto esa libertad y esa dualidad que caminan cada día con nosotros.

La verdadera tentación es una lucha que se da dentro de nosotros, entre ser o no ser.
Ser lo que estoy llamado o ser cualquier otra cosa.
Ser persona o ser un simple objeto.
Ser lo que Dios quiere que sea, o ser lo que a mí se me antoja.
Ser lo que Dios quiere que sea, o ser lo que los demás quieren hacer de mí.

Al comenzar la Cuaresma todos debiéramos sincerarnos con nosotros mismos y preguntarnos ¿cuáles son nuestras verdaderas y más peligrosas tentaciones?
Las tentaciones del pueblo de Dios en el desierto, fueron tentaciones entre seguir en la esclavitud o caminar hacia la libertad.
Las tentaciones de hoy pueden ser: aceptar a Dios como guía de nuestras vidas o vivir como si Dios no tuviera nada que hacer con nosotros.
Las tentaciones de hoy pueden ser: ser libres a nuestro estilo o ser libres en la verdad.
Las tentaciones de hoy pueden ser: sentir necesidad de Dios o no tener necesidad de él.
Las tentaciones de hoy pueden ser: sentirme Iglesia o no creer en ella y prescindir de ella.

¿Y la Iglesia también sufre de la tentación?
Es posible que muchos se escandalicen de que se pueda hablar de las tentaciones de la Iglesia. Y sin embargo, pienso que también ella es tentada. Y las tentaciones de la Iglesia pueden ser más peligrosas que las tuyas y las mías:
La tentación de ser más la Iglesia de los hombres que la Iglesia de Jesús.
La tentación de sentirnos dueños de la Iglesia y no servidores del Espíritu que la guía.
La tentación de atribuirle a Dios lo que no pasa de ser criterio y decisión nuestra.

También la Iglesia tiene el peligro de sentir las mismas tentaciones que Jesús.
Y si Jesús las sintió, ¿por qué escandalizarnos de también sean las mismas tentaciones de la Iglesia hoy?
Jesús sintió la tentación del poder. ¿No estará también la Iglesia tentada de buscar el poder hoy? ¿No habrá demasiada ansia de poder, de subir, de estar arriba, de ocupar lugares de prestigio?
Jesús sintió la tentación del tener. ¿No estará la Iglesia demasiado tentada del ansia de tener y dela riqueza?
Jesús sintió la tentación del sensacionalismo. ¿No será también hoy ésta la tentación de la Iglesia? ¿No buscaremos demasiado el aparentar, las grandes manifestaciones?
Negarlas es sucumbir, ya de alguna manera, a ellas.
Reconocerlas es ponernos en camino de salir triunfantes de ellas

El camino de la Cuaresma es para todos.
No olvidemos que, la cuarentena de años por el desierto, fue el camino de todo un pueblo.

Es la Iglesia, el Pueblo de Dios, quienes tendremos que iniciar la Cuaresma detectando nuestras verdaderas tentaciones, nuestros verdaderos Egiptos.
Sin disimularlas.
Sin ignorarlas.
Sin justificarlas.
No verlas solo en los demás sino verlas en nosotros mismos.
Iglesia y cada uno de nosotros tendremos que sincerarnos en una actitud de verdadera conversión cuaresmal, si juntos queremos llegar a esa tierra prometida que es la Pascua. Que el Espíritu nos empuje a todos a nuestro desierto de lucha y de conversión.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Sábado después de Ceniza

“Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos , y la dijo: “Sígueme”. El dejándolo todo, se levantó y lo siguió. ¿Por qué comen y beben ustedes con publicanos y pecadores?” Jesús les replicó: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan”. (Lc 5,27-32)

Hoy amanecemos con una enorme y grata sorpresa.
Porque hoy Dios nos dice que no seamos clasistas.
Algo que, por otra parte, a nosotros nos encanta.
No importa lo que personalmente seamos.
Pero nadie pondrá en duda que somos selectivos en nuestras relaciones y amistades.
¿Invitaríamos a formar parte de nuestro grupo a gente de mala fama y mala reputación?
Tenemos miedo al qué dirán y no queremos contaminarnos con la mala fama de los demás.

Estoy seguro de que nosotros no hubiésemos invitado a un publicano.
Nosotros no hubiésemos invitado a alguien de mala fama.

Y sin embargo, Jesús pasa delante del “mostrador de un recaudador de impuestos, y le dice: “Sígueme”.
No le importa el oficio que desempeña, él se encargará de darle otro empleo más digno.
No le importa que la gente lo tenga por pecador, él se encargará de cambiarle el corazón.
No le importa lo que haya sido hasta ahora.
Le interesa saber que aquel corazón puede cambiar.
No mira a su pasado, sino a su futuro.

Jesús es de los que cree en la gente.
Jesús es de los que cree que la gente puede cambiar.
Jesús es de los que cree que los malos pueden ser buenos y los buenos mejores.
Jesús no nos pide que cambiemos a la gente.
Sólo nos pide tener fe en ella.
Sólo nos pide creer en ella y valorarla.

No es de extrañar que Leví se llevase ese día la sorpresa de su vida.
Acostumbrado al desprecio de los demás.
Acostumbrado a la marginación de los demás.
Por fin, encuentra alguien que cree en él.
Alguien que se fía de él.
Alguien que, en vez de criticarlo, le sonríe, le dirige la palabra y le invita a levantarse y “seguirle”.

Y eso, él lo celebra con una gran cena.
Con una cena a la que tampoco él invita a los buenos, porque no aceptarían.
También él invita a los de su condición.
A los publicanos como él.
A los pecadores como él.

Y claro está, invita a quien le invitó.
Invita a quien lo sacó de su oficio y condición de pecador.
Invita a quien le invita a seguirle y ser de los suyos.

¿Por qué no cambian más los malos?
Porque nadie quiere contagiarse con ellos.
Porque nadie quiere creer ellos.
Porque nadie quiere invitarles.
Porque nadie les hace descubrir que, en su vida hoy nuevos horizontes.
Porque nadie les hace descubrir nuevas posibilidades en su vida.
Porque todos prescindimos de ellos, y nadie les dice que los necesitamos.
Porque nadie les ayuda a creer en ellos mismos.

¡Con qué facilidad nos olvidamos, que una simple palabra puede cambiar toda una vida!
¡Con qué facilidad nos olvidamos, que un simple gesto de bondad puede transformar una vida!
Para incendiar un bosque es suficiente un fósforo. Para cambiar una vida es suficiente una invitación: “sígueme”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Viernes después de Ceniza

Medita el Vía Crucis aquí: http://bit.ly/_ViaCrucis

“¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, tus discípulos no ayunan?” Jesús les dijo: “¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos?” (Lc 5,27-32)

Flickr: Elvis Ripley

Resulta curioso que Jesús, precisamente en este tiempo de Cuaresma no nos eche una homilía sobre el ayuno.
Algunos hemos vivido aquellos tiempos en los que el ayuno y la abstinencia eran obligatorias y no ayunar no era uno de esos pecaditos que se lavaban con agua bendita.

Bueno, esa práctica se ha ido diluyendo poco a poco en la conciencia de los fieles. En la mía también.
Antes comenzábamos la Cuaresma con esa ceniza que nos recordaba a todos “Polvo eres y en polvo te convertirás”. El miércoles de Ceniza era un pórtico cuaresmal que invitaba poco a la alegría. Aun hoy se puede utilizar esa fórmula. Confieso que no me gusta mucho.
Hoy preferimos recordarnos algo mucho más festivo: “Conviértete y cree en el Evangelio”.

A Jesús le llaman la atención de que ni El ni los suyos “ayunen”.
Y Jesús da una respuesta festiva, trata de:
Convertir no el estómago.
Sino convertir el corazón.
No de convertirnos pasando hambre.
Sino convertirnos viendo nuestra fe como una fiesta de bodas.

Claro que la Cuaresma es tiempo de conversión.
Pero ¿conversión a qué?
Conversión al Evangelio.
Conversión a la Buena Noticia de Dios.
Conversión a Jesús que nos invita, no a un velorio, sino a la fiesta de la vida, como suele ser una boda.
Conversión que pasará por el misterio de la Cruz, pero que desembocará en la Fiesta de Pascua.

Además, el ayuno que Jesús nos pide no es tanto el ayuno del estómago, sino a otro tipo de ayuno más festivo:
Ayunar con la alegría de compartir lo nuestro con los demás.
Ayunar con la alegría de amarnos a todos como hermanos.
Ayunar con la alegría de regalar nuestro perdón a los que nos hecho algún daño.
Ayunar con la alegría de hablar bien de todos en vez de criticarlos.

Ayunar con la alegría de celebrar con gozo nuestras eucaristías, que son la gran boda de Jesús con nosotros.
Ayunar con la alegría de sentirnos perdonados en el Sacramento de la penitencia, que es la fiesta del amor y del perdón.
Ayunar con la alegría de sentir que Dios nos quiere renovar por dentro, vaciándonos de toda la basura que llevamos dentro.

Hay algo más importante que estar con el estomago vacío:
Vivir con gozo nuestro desierto camino de la Pascua.
Vivir con alegría la presencia de Dios que quiere hacer de nosotros un fiesta.
Vivir con alegría nuestra fe.
Vivir anunciando nuestra fe a los demás con alegría.
Vivir con alegría nuestro amor a los demás.
Vivir ayudando a que los demás hagan de su vida una fiesta.

No es el ayuno del estómago.
No es el ayudo de las privaciones.
Es el ayuno de la fiesta.
No es el ayuno de no comer, sino la alegría de cruzar nuestro desierto, no añorando los ajos y cebollas de la esclavitud, sino esperando con gozo la tierra pascual del hombre nuevo resucitado con el Resucitado.
Nuestra fe no es algo que tenemos que soportar, sino una fiesta de bodas como amigos del novio que es Jesús

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Jueves después de Ceniza

Cargar la cruz

Via Crucis

“Y dirigiéndose a todos, dijo: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará”. (Lc 9,22-25)

¿Cómo definir a Dios? Yo lo definiría, como el que camina con su pueblo, el que camina con el hombre.
Cuando sacó a su pueblo de la esclavitud de Egipto no le dio un mapa de ruta mostrándole el camino a seguir.
El mismo se puso a la cabeza y caminaba con el pueblo.

Somos todos un pueblo que camina, pero que no camina solo, porque “Dios va caminando en su propio caminar”.
Dios no es alguien que nos espera al final del camino.
Dios es el compañero de viaje.
Llega con nosotros a la meta.
No quiere llegar solo.
Tampoco quiere vernos llegar solos.
Ni quiere vernos llegar cansados.
Quiere llegar cansado con nuestro propio cansancio.

Es lo que sucede también en la Cuaresma.
Es un camino, el camino del pueblo de bautizados y creyentes.
Pero es un camino que no lo hacemos solos:
Es Jesús que camina a nuestro lado.
Es Jesús que camina con nosotros.
Es Jesús que camina delante de nosotros.

Sabemos que la Cuaresma no es un camino fácil, pero sí es bonito porque cada día va transformando el invierno de nuestras vidas en nuevas primaveras.

Es difícil, como es difícil subir y escalar las montañas.
Aunque luego, desde la cima podamos tener la satisfacción de verlo todo nuevo y distinto.
Es difícil, porque es un camino de cambio, de conversión.
Y a todos nos cuesta dejar nuestros pequeños o grandes Egiptos.
Pero a nuestro lado nos va acompañando Jesús con su palabra y con la gracia del perdón y de la conversión.

Es un camino difícil, porque tiene que pasar por el camino de la cruz.
Pero no caminamos solos, delante de nosotros va él.
No nos dice “vayan que allá les espero” en mi Pascua.
Nos dice: “el que quiera seguirme”.
Yo soy el que voy abriendo el camino, yo voy primero.
Se trata de seguir sus huellas.
Huellas, muchas de ellas manchadas de sangre.
Pero es su sangre.
Habrá que vivir una serie de muertes a nosotros mismos.
Pero antes las experimentará él mismo.

Dios no es de los que nos pide imposibles.
El mismo hace posible lo que nosotros vemos como imposible.
Hace posible “renunciar a sí mismo” para darse a los demás, porque él vive la vida no para sí mismo sino que la vive para nosotros.
Hace posible “cargar la cruz de cada día”, porque él la lleva delante de nosotros.
Hace posible “peder la vida”, entregándola por otros. Su vida no le pertenece, sino que nos pertenece.

Los que quieren llegar lejos conocen los estorbos del camino.
Pero el brillo y la luz de la meta les hacen olvidar los malos momentos del camino.
Si queremos llegar a la Pascua, no nos detengamos en las dificultades y problemas.
La mejor manera de vivir la vida es entregándola, regalándola.
Miremos hacia delante y veremos que él va abriendo camino. Miremos a nuestro lado y nos daremos cuenta de que “Dios camina en nuestro caminar”, a nuestro lado, llevándonos de la mano. “Muertos con Él para con Él resucitar”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Miércoles de Ceniza

“Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas, que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ven en lo escondido, te lo recompensará”. (Mt 6,1-6.16-18)

Miércoles de Ceniza

Flickr: Salesiano San José

Comenzamos este tiempo de Cuaresma. Un tiempo serio.
No por la cara de amargados que ponemos.
Sino por la tarea que nos toca vivir.
Un tiempo de esperanza y de camino.
Un tiempo de éxodo.
De salida de nuestro Egipto de esclavitudes.
Camino hacia la libertad pascual.

Un camino, no para andarlo cabizbajos.
No para desfigurar nuestro rostro sino embellecerlo de esperanza.
No confundamos amargura con espiritualidad.
Ni el ayunar con poner cara de pocos amigos.
No confundamos el privarnos de un poco de comida con ser santos.
La santidad no está en el estómago.
Como tampoco está en esa cara de tranca que aleja a los demás.

Salir de nuestras esclavitudes no puede ser una expresión de amargados y fastidiados.
Salir de nuestras esclavitudes no puede ser la expresión de dolor de estómago.
Por el contrario, salir de nuestras esclavitudes, tienen que significar:
La alegría de la libertad.
La alegría de vernos libres a nosotros mismos.
La alegría de vernos caminar hacia las alegrías de la Pascua.
La alegría de vernos felices con nuestro bautismo.
La alegría de vernos salir de los inviernos que marchitan nuestras almas.
La alegría de vernos florecer en la nueva primavera pascual.

La Cuaresma es un tiempo de seriedad y responsabilidad.
Pero seriedad no es amargura.
Responsabilidad no es amargar nuestras vidas, como si las esclavitudes fuesen el jardín donde nos encanta florecer.

La Cuaresma, seriedad y compromiso, sí, pero también alegría de un camino.
No demos la impresión de estar siempre con dolor de estómago.
No demos la impresión de estar siempre estresados y decaídos de ánimo.
Yo prefiero para la Cuaresma:
Responsabilidad con alegría.
Seriedad con alegría.
Renovación con alegría.

La alegría debiera identificar nuestra cuaresma.
La alegría que identifica nuestras luchas de conversión.
La alegría de nuestras renuncias voluntarias.
Nada de “caras desfiguradas”.
Sino “cabezas perfumadas”.
Vidas que huelen a gozo y esperanza y no precisamente a muerte.
A decir verdad, prefiero cristianos al estilo de Cantinflas, que esos cristianos que, para ser buenos han clausurado su sonrisa y su alegría hasta la Pascua, aunque luego, en Pascua tampoco tienen nada de qué alegrarse.

Que tu ayuno sea ser más amable con todos.
Que tu ayuno sea ser más servicial con todos.
Que tu ayuno sea compartir lo que tienes con los que no tienen.
Que tu ayuno sea hablar bien de todos.
Que tu ayuno sea pensar bien de todos.
Que tu ayuno sea hacer compañía a los que viven solos.
Que tu ayuno sea darte un rato de oración cada día.
Que tu ayuno sea purificarte en el Sacramento de la Penitencia.
Que tu ayuno sea regalar tu sonrisa al que está triste.
Que tu ayuno sea salir de tu Egipto de esclavitudes.
“El mundo debería reírse más, decía Cantinflas, pero eso sí, después de haber comido”. “Yo no quiero que se terminen los ricos”. “Lo que quiero es que se terminen los pobres”.

Sé que los perfumes no están nada baratos. Pero, al menos durante la cuaresma, perfumemos nuestra cara y nuestra cabeza y nuestro cuerpo, con el perfume de la generosidad, de la libertad, de la alegría de una nueva primavera pascual en nuestras vidas.

Clemente Sobrado cp.