Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario:Jueves de la 13 a. Semana – Ciclo B

“Le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: “¡Animo, hijo! Tus pecados están perdonados”. Algunos escribas se dijeron: “Este blasfema”. Dijo al paralítico: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”. Se puso en pie, y se fue a su casa”. (Mt 9,1-8)

http://miscosas-y-yo.blogspot.com/2012/07/sobrecogidos-alabemos-dios-que-nos-sana.htmlTodos somos especialistas en acusar a los demás.
Todos somos especialistas en condenar a los demás.
Todos somos especialistas en responsabilizar de todo a los demás.

La escena del paralítico pareciera decirnos otra cosa.
Aquí nadie habla ni nadie tiene nombre.
Jesús, “viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: “Animo, hijo”.
Jesús no culpa al paralítico de su parálisis.
Jesús no culpa de sus pecados al paralítico.
Jesús no habla de la fe del paralítico.
Jesús lo que ve es “la fe que tenían los que traían al paralítico”.

No es la fe del paralítico lo que le llama la atención a Jesús.
A Jesús le llama la atención de “los que lo traían”.
Y Jesús le cura no por su fe sino por la fe de los otros.

Pensar que la Iglesia anda mal y está perdiendo su significado en la sociedad:
¿Será siempre culpa de la Iglesia misma?
¿No será culpa de los que nos llamamos Iglesia?
¿No será culpa de los que nos decimos Iglesia pero no tenemos fe en la Iglesia?
¿Qué la Iglesia hoy está paralítica?
Es posible que tenga muchos signos de parálisis.
Pero, ¿dónde estamos nosotros para devolverle su propia vitalidad?
¿Dónde está nuestra fe, para que Jesús devuelva su vigor a la Iglesia?
¿Dónde está nuestra fe para que Jesús sane a nuestra Iglesia enferma?

Pensar que el mundo anda mal, eso lo estamos viendo todos.
No necesitamos de estadísticas.
No necesitamos de declaraciones
Basta leer los periódicos de cada mañana.

Pero ¿seremos simples lectores de lo malo que hay en el mundo?
¿Dónde está nuestra fe capaz de cambiar el mundo?
¿Dónde está nuestro compromiso para que el mundo sea distinto?
¿Dónde estamos cada uno de nosotros para hacer algo por mejorarlo?
No basta ser como los escribas que se decían: “Este blasfema”.
No basta quejarnos de los que quieren hacer algo para mejorarlo.
No basta escandalizarnos de aquellos que hablan contra los que claman para que los creyentes nos compliquemos y nos mojemos un poco más para cambiar las cosas.

Jesús no sanó al paralítico por su fe, sino por la “fe de los que lo traían”.
Hay cosas que no funcionan, porque nosotros no funcionamos.
Hay cosas que no marchan, porque nosotros no hacemos nada.
Hay cosas que no cambian, porque nosotros no las cambiamos.
Hay cosas que no son como debieran ser, porque nosotros nos hacemos los que no vemos.

No nos lamentemos de lo mal que hay en la vida.
Preguntémonos si nosotros hacemos algo para que cambie.
No culpemos a los que hacen algo.
Culpemos a los que no hacemos nada.
No culpemos a los malos.
Culpemos a los buenos que no hacemos nada.
Siempre necesitaremos hombres y mujeres anónimos que aún tienen fe.
¡Cuántas cosas buenas hay en la vida, gracias a esos hombres y mujeres anónimos!
Siempre habrá gente que comience a andar, a vivir, porque todavía tienen fe en El.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 13 a. Semana – Ciclo B

“¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?” Los demonios le rogaron; “Si nos echas, mándanos a la piara de cerdos”. Jesús les dijo: “Id”. La piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua, Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara del su país”. (Mt 8,28-34)

Un texto un tanto extraño y complejo. Muchos cerdos y muchos endemoniados.
Y un pueblo que expresamente le pide se vaya.

No basta reconocer a Jesús como Hijo de Dios.
Esto hasta los endemoniados lo saben. Pero, no por eso dejan de ser endemoniados.
Los demonios reconocen sus poderes. Y en vez de abandonar a los endemoniados prefieren meterse en la piara de cerdos y ahogarse en el lago.

La fe no es cuestión de saber y conocer.
La fe es cuestión de fiarse de El.
La fe es cuestión de dejarse transformar y cambiar por El.
La fe es cuestión de abrirse a una vida nueva y no preferir morir ahogado.
Se puede creer que Jesús es Dios y preferir vivir como cerdos.
Se puede creer que Jesús es Dios y preferir ahogarse a cambiar y estrenar la nueva vida de la gracia.

Una fe que no nos cambia, es una fe inútil.
Una fe que no nos transforma, es una fe estéril.
Una fe que no nos abre a la esperanza, es una fe muerta.
Tenemos que conocer nuestra fe en Jesús, pero convertirla luego en vida.
Tenemos que conocer la verdad de Jesús, pero una verdad que se haga vida.
Por eso, el mejor conocimiento será siempre la experiencia.
Por eso, el mejor conocimiento es vivir.

“Le rogaron que se marchara de su país”
Jesús siempre resulta peligroso.
Por eso son tantos los que prefieren pedirle, también hoy, que se “vaya de sus vidas”.
Preferían la piara de cerdos, al don salvífico de Jesús.
No estaban dispuestos a abrirse a su palabra, si el precio iba a ser la pérdida de sus cerdos. Prefieren a sus cerdos.

A veces el Evangelio resulta curioso.
Y “sin querer queriendo”, con frecuencia, nos pone al descubierto.
Estos gerasenos prefieren los cerdos a Jesús.
Habría que preguntarse:
¿Qué cosas preferimos también nosotros a Dios?
¿Con qué frecuencia los cerdos que hay en muchos corazones valen más que la salvación de Jesús?
¿Con qué frecuencia también nosotros preferimos muchas cosas que impiden la presencia de Dios en nuestros corazones.

Incluso, me atrevo a preguntarme:
¿Cuántas veces le he dicho a Jesús que se vaya lejos?
¿Cuántas veces le he dicho a Jesús que me deje en paz con mis malos espíritus?
¿Cuántas veces, tal vez sin decirlo, hemos hecho lo imposible para que Jesús desaparezca y se vaya de nuestro país y de nuestras vidas?
No están lejos esos problemas de los Crucifijos en las Escuelas.
No están lejos esos problemas de los signos religiosos en público.
Fácilmente lo justificamos diciendo “para no ofender a otras confesiones”.
Pero, en el fondo, lo que interesa es que “él se vaya de nuestro país”.

Esto me recuerda a aquella fea que se encontró con un borracho.
El borrachito se atrevió a llamarle “fea”.
Ella le respondió: “¡borracho!”
Pero el borrachito ni corto ni perezoso le respondió: “Sí, pero a mí se me pasa”.
Podemos sacar a Jesús de nuestras vidas o de nuestra vida pública.
Pero, será inútil.
Lo sacaremos de nuestras paredes, pero seguirá vivo en el corazón de cada uno.

Clemente Sobrado C. P.

Palabras para caminar: Reconcíliate con la vida

1.- No seas de los que a diario despotrican contra la vida. Protestar contra la vida no mejora la vida. La única manera de mejorar y hacer cada día más bella la vida es reconciliarse con ella. Aceptarla con ilusión y con cariño.
Flickr: Jônatas Cunha

2.- No digas que “la vida es perra”. La vida es bella y es hermosa. La vida no se define por los problemas que tú vives en ella. Ella vale por sí sola. Un anciano, que “ya nada podía esperar de la vida” decía, “a pesar de todo, la vida es bella. Tengo ganas de vivir”. Reconcíliate con la vida.

3.- No digas que la vida es una desgracia. ¿Crees que el amanecer o el atardecer dejan de ser lo hermosos que son, por el hecho de que tú te levantes de mal humor o termines el día amargado? La desgracia no está en la vida sino en cómo tú te sientes frente a la vida. Reconcíliate con la vida.

4.- No digas que la vida es una carga insoportable. ¿Recuerdas el payasito de un cuadro cargando con un negrito en sus brazos? Al lado una leyenda dice: “no me pesa, es mi hermano”. La vida pesa, resulta una carga insoportable el día que la ves como tu enemiga. Trata de reconciliarte y ser amigo de la vida. La vida ya no te pesará. “es tu mejor hermana”.

5.- No digas que la vida está vacía. Hay muchas ollas vacías. Sólo esperan a que alguien las llene. Ellas están ahí. La vida está ahí. También ella está a la espera de que seas tú quien la llene. Las vidas vacías como las llenas dependen de ti. Reconcíliate con la vida y ya tendrás un poco más de vino dentro.

6.- No digas que la vida carece de sentido. Tu carro antes de ponerlo en marcha tampoco tiene dirección alguna. Eres tú quien debe orientarlo, guiarlo, conducirlo. El sentido se da. Las vidas, la tuya por ejemplo, tienen el sentido que tú quieras darle. Reconcíliate con ella.

7.- No arrastres la vida. Cógela en tus manos. Acaríciala. Ámala. Mímala. Y ya no serás tú quien la arrastres o la lleves. Verás que es la vida misma la que termina llevándote a ti. Tú llevas tu vida. Pero tu vida te lleva a ti. Reconcíliate con ella.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 13 a. Semana – Ciclo B

“De pronto se levantó un temporal tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se acercaron los discípulos y lo despertaron, gritando: “¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!” El les dijo: “¡Cobardes! ¡Qué poca fe!” Se puso en pie e increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma, Ellos se preguntaban admirados: “¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!” (Mt 8,23-27)

En la naturaleza hay días tranquilos y serenos.
Pero también hay días tormentosos y hasta con huracanes que hacen desastre y medio.
Algo parecido acontece con la Iglesia.
Hay días serenos y tranquilos.
Hay días en los que todo parece tranquilo.
Pero también en la Iglesia existen tormentas.
Tormentas que nos vienen de fuera: las persecuciones.
Tormentas que vienen de dentro: conflictos y divisiones internas.
Días en los que resplandece la gracia y la santidad.
Días en los que el pecado parece que la hunde y la hace perder de sentido.
Días en los que la sociedad la admira, aprecia y valora.
Días en los que la sociedad la sociedad la critica, la persigue y trata de destruirla.

Hemos estado demasiado acostumbrados a una Iglesia tranquila.
A una Iglesia a la que todos admiraban.
A una Iglesia en la que Estado e Iglesia caminaban de la mano.
Todos nos sentíamos a gusto con esa Iglesia y sin embargo era una calma que hacía poco favor a la Iglesia. Nunca el matrimonio e Iglesia ha sido favorable para la autenticidad de la Iglesia.

Los últimos años la Iglesia ha sufrido muchas tormentas.
Ha sido víctima de grandes escándalos de todo tipo.
Una Iglesia que ha perdido prestigio social.
Una Iglesia que daba la impresión de oscurecerse y dejar de ser “luz de las gentes”.
Problemas de pederastia que la desacreditaba nada menos que en sus representantes.
Problemas económicos con el famoso Banco Vaticano.
Problemas de poder que sutilmente la iban envenenando por dentro.

Y mientras tanto ¿dónde estaba Jesús?
Para muchos Jesús estaba dormido.
Y sin embargo, ahí estaba él.
Tormentas posiblemente porque hemos convertido la Iglesia en cosa de hombres y nos hemos olvidado de Jesús.
Lo hemos dejado dormirse y lo hemos querido hacer todo nosotros.

Las tormentas pueden ser peligrosas.
Cuántos bosques destruidos en esas tormentas.
Pero las tormentas también tienen su lado bueno.
Nos hacen volver la mirada y el corazón de Jesús.
Nos hacen despertar al Jesús que habíamos adormecido.
Nos hacen gritar “Señor, sálvanos”.

Ocultar nuestras debilidades no hace favor alguno a la Iglesia.
Ocultar nuestros pecados nos hace conservar las apariencias.
Pero lo malo de los árboles es cuando comienzan a podrirse el tronco por dentro.
Que nuestras debilidades afloren, hacen sufrir, pero son principio de sanación.
La Iglesia ha sufrido mucho estos últimos años porque le hemos quitado el polvo que ocultaba sus miserias.
Y esto ha sido motivo para que la Iglesia se plante de nuevo su verdad.
Ha sido motivo para que la Iglesia se purifique interiormente en su dolor y sufrimiento.
La fiebre crea malestar en el organismo.
Pero también nos avisa y hace que busquemos la infección que nos está dañando dentro.
Hoy sentimos que, pasada la tormenta, la Iglesia comienza a rejuvenecerse.
Hoy sentimos que un aire nuevo refresca en el rostro de la Iglesia.
El regalo del Papa Francisco, que a muchos puede que moleste, es un viento primaveral que está invitando a la Iglesia a renovarse, a ser ella misma, y a que Jesús vuelva a ponerse en pie en medio del oleaje.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: San Pedro y San Pablo

“Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” El les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Simón Pedro, tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. (Mt 16,13-19)

Siempre es más fácil responder por los otros.
“Ellos respondieron”.
Aquí todos estaban seguros.
Lo difícil es cuando tenemos que responder por nosotros mismos.
“Simón Pedro tomó la palabra”.
Los demás guardaron silencio.

Todos conocemos mejor la vida de los demás que la nuestra.
Todos tenemos ideas más claras sobre la vida de los otros que sobre la nuestra.
Todos somos mejores jueces de lo que piensan y dicen los otros que sobre los que pensamos y decimos nosotros.

Es importante para Jesús saber qué piensa de El la gente.
Pero es posible que eso no fuese más que una introducción para la segunda pregunta.
Porque para El, posiblemente era mucho importante conocer cómo estaban ellos asimilando su doctrina y sobre todo su personalidad. Y de modo particular, a Jesús le interesaba, no tanto el saber lo que sabían o pensaban, sino ¿qué significaba para ellos?

Es la pregunta que todos debiéramos hacernos.
No cuánto sabemos de El.
No qué doctrinas o teorías seguimos sobre El.
No cuál es nuestra teología sobre El.
A Jesús, claro que le importa la “ortodoxia” de nuestras ideas.
Pero a Jesús le interesa más “el significado, el sentido de su vida” en nuestras vidas.
A veces me cuestiono si la Iglesia no estará demasiado preocupada por la “ortodoxia doctrinal” y se preocupe menos de nuestra vivencia de Jesús. Hay más condenas doctrinales que condenas de falta de vivencias.

La fe implica ideas y doctrinas.
Pero la fe no es creer en doctrinas.
La fe es creer en “Alguien”.
Y en Alguien que sea el centro de nuestras vidas.
En Alguien que de sentido a nuestras vidas.
En Alguien que de sentido a lo que hacemos.

La pregunta, más que “¿qué decimos nosotros de Jesús?” debiera ser:
“¿Qué es Jesús para nosotros?”
Se puede saber muchas cosas sobre alguien a quien nunca tratamos.
Se puede saber muchas cosas sobre los demás sin que nos importen nada.
Se puede saber mucho sobre Jesús, sin que él diga algo a nuestro corazón.
Se puede rezar el Credo en la Iglesia, y luego vivir como lo hubiésemos olvidado.

Jesús no vino a crear una escuela de teología. Ni invitó a nadie para que fuese su alumno.
Jesús vino a dar un sentido nuevo a la vida. Por eso las invitaciones que él hace es “a seguirle”. Los llama “Discípulos”, pero, no tanto como aprendices de doctrinas, sino como “aprendices de seguimiento”.

¿Es Jesús el centro de nuestra vida?
¿Es Jesús el centro de nuestro pensamiento y de nuestro corazón?
¿Es Jesús el centro de nuestro caminar?
¿Es Jesús el que da sentido a nuestra existencia?
Pablo supo expresarlo de una manera bien nítida:
“Yo no quiero saber nada entre vosotros sino a Cristo, y este crucificado”.
“Para mí la vida es Cristo”.

Enseñamos doctrinas. Pero enseñamos poco a enamorarnos de El.
Enseñamos doctrinas. Pero enseñamos poco a hacer de Jesús el tesoro de nuestro corazón.
El creyente está llamado a confesar y recitar el Credo, toda esa serie de verdades cristianas. Pero, no por eso somos cristianos.
Comenzamos a ser cristianos cuando nos enamoramos de Jesús y decidimos seguir sus pasos y decidimos vivir como El vivió.
Podemos saber mucha teología de Jesús, pero tener una vivencia muy pobre de él.
Un Jesús que llevamos en la cabeza. Y lo que importa es el “Jesús vida y en la vida”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 13 – Ciclo B

“Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo,y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: “Mi niña está en las últimas, ven y pon las manos sobre ella, para que se cure y viva”. “Tu hija ha muerto. ¿para que molestar más al maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas; basta que tengas fe”. La niña no está muerta está dormida”. La cogió de la mano y le dijo: “Talitha qumi: “contigo hablo, niña, levántate”. (Mc 5,21-43)

Ayer era un Canturión romano.
Y era un empleado suyo.
Hoy es un jefe de la sinagoga.
Y es su hija que se está muriendo.
Ayer se pedía la sanación y dejase de sufrir.
Hoy se pide que “se cure y viva”.
Y de por medio está siempre la fe de la oración.
Y hoy como ayer vemos a Jesús tocando su mano el sufrimiento humano.
Jesús tiene una sensibilidad especial para con los que sufren.
Jesús se mueve a gusto en medio del dolor y del sufrimiento.
No para contemplarlo sino para sanarlo.
Pero siempre pendiente de la fe de alguien.

Constantemente le pedimos a Dios en los momentos de dolor.
Con frecuencia nos quejamos de no ser escuchados.
Cierto que Jesús no vino a suplir a los médicos.
Ni vino para que vivamos de los milagros.
Como si los buenos no debiesen sufrir.
Pero ¿nos hemos planteado con qué fe oramos?
¿Cuál es la verdad de nuestra fe?
No es nuestro sufrimiento el que hace milagros.
Solo la fe es capaz de hacer milagros.

Hay muchos hijos que creemos muertos.
Y sin embargo, son hijos que “no está muertos sino que duermen”.
Que solo necesitan que la mano de Dios les toque y los despierte.
Hijos a los que damos por perdidos.
Pero en los que las semillas sembradas están dormidas.
Hijos que damos por perdidos.
Porque no tenemos fe en ellos y los tratamos como muertos.
Hijos que, en vez de echarlos de casa necesitan:
Que alguien los “coja de la mano”.
Que alguien les invite a levantarse.
Que alguien les invite a ponerse en pie y vivan.

Hijos a los que damos por muertos.
A los que no devolvemos a la vida con lloros y gritos.
A los que solo haremos regresar a la vida tomándoles de la mano.
A los que solo haremos regresar a la vida con una voz de esperanza: “Contigo hablo, hijo, levántate”.
No resucitamos lo que creemos muerto con lloros.
No resucitamos lo que creemos muerto con lágrimas y gritos.
Sino teniendo fe en ellos.
No viendo muerto lo que aún tiene vida, pero que está dormido.
¡Cuantos hijos damos por muertos!
¡Y son hijos a quien el ambiente sencillamente tiene dormidos!
¿Tendremos fe en ellos?
Nuestros hijos mueren cuando perdemos la fe en ellos.
Resucitan cuando volvemos a creer en ellos.
Y está bien les hagamos tratamientos.
Pero ¿Cuándo les hacemos sentir la mano y la voz de Jesús que los invita a levantarse?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 12 a. Semana – Ciclo B

“Al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: “Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”. Jesús le contestó: “Voy yo a curarlo”. Pero el centurión le replicó: “Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”. Al oírlo, Jesús se quedó admirado y dijo a los que le seguían: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”.Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído”. (Mt 8,5-17)

¿No les suena este evangelio?
Pues, aunque nos parezca extraño, cada vez que comulgamos repetimos la frase del centurión pagano: “Señor yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarlo”.

Y la dijo un pagano, que no sé cuánto tenía de pagano o cuánto había en el de cristiano:
Centurión romano.
Militar de la invasión.
Pagano y extranjero.
Y sin embargo, cuánta bondad lleva en su corazón:

“Tengo un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”.
No es fácil ser sensibles al sufrimiento de los demás.
Y este buen hombre siente el sufrimiento no de un familiar.
Le duele el sufrimiento nada menos que de un “criado”.
Le duele el sufrimiento de pobre infeliz, un servidor.
Y es el amo, el jefe el que sufre por él.
Y es el amor, el que acude a Jesús.
Un pagano que se preocupa de un simple criado.
Para él, el sufrimiento no tiene nombre, ni clase social.
Se trata de un hombre y es suficiente.
Por extraño que pueda ser y por la debilidad y pobreza del mismo.

Preguntas necesarias:
¿Cómo tratamos a nuestros empleados?
¿Cómo sentimos los sufrimientos de nuestro servicio doméstico?
¿Cómo nos preocupamos de la dignidad de aquellos que están a nuestro servicio?
¿Cómo ayudamos a los que sirven cada día?
¿No se sentirán marginados en nuestra familia como si fuesen de otra clase?
¿Y nos llamamos cristianos?
¿Lo manifestamos en el servicio doméstico, preocupándonos de sus sentimientos, de sus malestares, de sus familiares?

Un pagano creyente:
Acude a Jesús.
Pagano y romano y extranjero y acude a Jesús.
Y su fe en la bondad de Jesús es grande.
Ni siquiera le pide que lo cure, sencillamente le dice que es “paralítico y sufre mucho”.
No dice nada pero lo dice todo.

Jesús no hace acepción personas.
Inmediatamente se ofrece a “ir a la casa de un pagano”.
El sufrimiento no importa donde vive.
No tuvo reparo en comer con pecadores y publicanos.
Ahora no tiene reparo en entrar en casa de un pagano y extranjero y de la dominación.
El hombre está por encima de toda raza, cultura e incluso religión.
La religión que excluye a los paganos no es la religión de Jesús.

Alguien que tenía un hermano divorciado y casado de nuevo por lo civil, me consultó un día: “¿Será pecado asistir a la fiesta que va organizar por su cumpleaños?”
Mi respuesta posiblemente fue muy dura: “Cuando me invites a una comida primero preguntaré si estás en gracia de Dios, si vas a Misa, y si te confiesas”.

Basta tu palabra:
No merezco entres en mi casa, aunque te lo agradezco.
Yo sé que una palabra tuya es suficiente para sanarlo.
¿Legará mi fe a la del Centurión?
Jesús sana al criado y alaba la fe del pagano: “No he encontrado tanta fe en Israel”, por su sensibilidad para con su criado.

Clemente Sobrado C. P.