Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 21 a. Semana – Ciclo C

a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre“Dijo Jesús a sus discípulos: “Estén atentos, porque no saben qué día vendrá su Señor. Entiendan bien que si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría vigilando… Por eso, estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre.” (Mt 24,42-52)

Hoy están de moda los “vigilantes nocturnos”, encargados de cuidar las casas, los comercios etc. Se pasan la noche sin dormir dando vueltas, para evitar que algún amigo de lo ajeno pueda entrar.

El Evangelio de Mateo también nos hace una llamado a “vigilad”, “estad en vela”, por más que los motivos sean distintos.

¡Cuántas cosas se nos pasan desapercibidas por estar distraídos!
¡Cuántas cosas se nos pasan sin enterarnos por vivir despistados!
¡De cuántas cosas no nos enteramos por no prestar atención!
Creemos haberlo visto todo y apenas nos hemos enterado de nada.
A mí me encantan esos tipos que se enteran de todo y ven lo que los demás no vemos.
Conocí a un religioso al que la llamábamos “la presencia de Dios”, porque lo encontrabas en todas partes y se enteraba de todo.

Jesús nos conocía de sobra:
Sabía que vivimos encerrados en mil tonterías y no percibimos infinidad de cosas.
Ayer estaba yo en mi jardín y vi dos pájaros negros, no sé si eran mirlos.
Daban un paso y picoteaban en la hierba.
Yo no veía nada. Pero ellos descubrían su comida.
Y pensaba ¡quisiera tener esa vista para ver lo que ellos ven?

Jesús nos habla de su última venida.
Y nos propone una parábola.
Pero antes de esa venida, ¡cuántas venidas de Dios a nuestras vida!
Dios está viniendo todos los días.
Dios está llamando cada día a nuestro corazón.
Dios está pasando a nuestro lado en cualquier momento.

Pero es posible que:
Cada vez que llama a nuestra puerta no le escuchemos por el ruido de la TV.
Cada vez que toca a nuestra puerta no nos enteremos porque tenemos los auriculares escuchando música.
Cada vez que pasa a nuestro lado no le veamos porque vamos distraídos.
Dios es el que viene.
Dios es el que está viniendo.
Dios es el que pasa.
¡Y nosotros en las nubes de nuestras distracciones!

San Agustín lo entendió muy bien, cuando dijo: “Temo al Dios que pasa”.
No le temía a Dios.
Sino temía que pasase sin que él se enterase.
Sino temía que pasase inútilmente.
Sino temía que pasase sin que él lo viese.

Por eso Jesús nos pide:
Que estemos “atentos”.
Que estemos “despiertos”.
Que estemos “vigilantes”.
Hoy nos diría que utilicemos menos “los auriculares”.

Escuchemos a Abraham aquella tarde:
“Hacía calor aquel día, cuando Abraham estaba sentado
delante de su tienda.
Hacía calor aquel día, cuando Abraham estaba sentado
cerca del encinar de Mambré.
Alzando los ojos, miró, y tres hombres de pie estaban delante.
En cuanto los vio se inclinó hasta el suelo y dijo:
«Oh Señor mío, no pases te ruego sin detenerte.»
Sin detenerte, no pases te ruego,
Sin detenerte, sin detenerte.
«Os traeré un poco de agua, os lavaré los pies
y reposaréis a la sombra, os traeré un bocado, os reconfortaréis
y luego seguiréis adelante.
No por casualidad habéis pasado hoy delante de mí.»
“Oh Señor mío, no pases te ruego
Sin detenerte, sin detenerte.
Sin detenerte, no pases te ruego.
Sin detenerte, sin detenerte”. (Emiliano Jiménez)

Estaba sentado a la puerta de su tienda y no escuchando música dentro.
Estaba atento. Y miró y le vio. Y por eso le invitó a quedarse.

Hay que sentarse y hay que estar con los ojos abiertos para ver.
Hay que sentarse y hay que estar atento al que pasa.
Solo así podremos invitarle a que “se quede”.
Hay que estar sentado y atento para no dejarle pasar inútilmente.
Porque cada vez que Dios pasa por nuestras vidas hacemos banquete.
Cada vez que Dios pasa a nuestro lado se anuncia una nueva vida.
Cada vez que pasa a nuestro lado y le atendemos lo que parecía imposible se hace posible.
Dios nunca pasa inútilmente, siempre que le abramos la puerta.
Pero hay que estar “atentos y vigilantes”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: San Bartolomé, Apóstol

San Bartolomé“Felipe encuentra a Natanael y le dice: “Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José de Nazaret”. Natanael le replicó: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” Felipe la contestó: “Ven y verás”. (Jn 1,45-51)

La fe se retransmite capilarmente.
Alguien llegará a la fe, porque tú has creído primero.
Alguien seguirá a Jesús, porque tú lo has seguido primero.
Todos dependemos de todos.
Bartolomé aparece, por primera vez, con el nombre de Natanael.

Lo realmente importante es que, al menos algunos de los primeros discípulos, siguen a Jesús, por el anuncio de uno de sus discípulos.
No sabemos cómo fue llamado Felipe.
Pero sí sabemos que, gracias a Felipe, también Bartolomé (Natanael) llega al encuentro con Jesús.
Y eso que no tenía una gran idea de él: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?
Las llamadas de Dios pareciera que se dan en cadena.
Dios llega a los hombres como una cadena de retransmisión.
El mismo Simón llega a Jesús porque antes llegó su hermano Andrés.
Es como especie de misterio de la vida.
Nacemos porque nuestros padres nos dieron la vida.
Y ellos nacieron, gracias a los abuelos.
Vivimos en un mundo en el que la gracia se retransmite en cadena.

Cada uno somos parte de esa cadena.
El peligro está en que se rompa la cadena.

Natanael o Bartolomé no era ninguno de esos ilusos que todo lo creen a la primera.
Ante el anuncio del Mesías, su primera actitud es de duda o sospecha.
Y más todavía cuando le dicen que es de Nazaret.
Es que Nazaret era tan insignificante que no podía ofrecer nada que fuese importante.

Pero Felipe tiene su propia manera de anunciar al Mesías:
No acude a los discursos racionales.
No acude a los convencimientos intelectuales.
Sencillamente le invita “a ven y verás”.
Algo que nosotros estamos olvidando.
Nosotros nos creemos capaces de ganarnos a nuestros hermanos a través de nuestros argumentos.
Nos creemos capaces de convertir a la gente con nuestros argumentos.
Y nuestra misión no es convertir a nadie.
Nuestra misión es sencillamente hacer de puente entre el hombre y Jesús.
Será Jesús el que convierta.
Será Jesús el que cambie el corazón.
Nosotros seguiremos siendo simples puentes.
A nosotros no solo nos corresponde llevar la gente a Jesús.
A nosotros solo nos toca llevar a los demás para que ellos mismos se encuentren y vean.

Jesús mismo no logra el cambio de Natanael con grandes explicaciones.
Solo le bastó decirle que lo “había visto bajo la higuera”.
¿Qué tiene de particular ver a alguien bajo una higuera?
Nada especial.
Solo ser visto por El.
Y cuando Dios nos mira y nos ve, todo puede cambiar.

Demasiados discursos para nada.
Lo importante es que “los demás vean”.
Lo importante es “sentirse visto por Dios”.
El resto dejárselo a Dios.

Menos discursos sobre Dios.
Más experiencias de Dios.
Menos explicaciones sobre Dios.
Más experiencia de que se encuentren con Dios.
Menos hablar de Dios y llevar más gente a que lo vea.

El camino de la evangelización será el anuncio.
Pero no tanto el anuncio de ideas y doctrinas.
Sino el anuncio de la persona de Jesús.
Somos puentes encargados de que la gente no se quede en el puente mirando al río.
Sino puentes que sirven para pasar a la otra orilla.
Llevar a los hombres a que vean.
Y que cada uno sienta que El ya le ha visto primero.

Señor: gracias, porque aunque era pequeño, tú me viste primero.
Gracias porque te fijaste tus ojos en mí.
Ahí es donde brotó la llamada que sigue vive hasta hoy.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 21 a. Semana – Ciclo C

“Habló Jesús diciendo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más importante de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad”. ¡Guías de ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosantes de robo y desenfreno!” (Mt 23,23-26)

Dice el Papa Francisco:
“Más que el temor a equivocarnos, espero nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en normales que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cesar: “¡Dadles vosotros de comer!” (EG 49)

Es decir: La Iglesia tiene que estar atenta para ser luz y guía de los fieles, pero sabiendo siempre distinguir entre lo esencial y lo secundario, entre loa bueno y lo mejor. Una Iglesia que no se encierra en las seguridades del ayer sino que se arriesga a los nuevos caminos del futuro.

El Evangelio es como una continuación del tema de ayer.
Mucha preocupación por cosas sin mayor importancia.
Y olvido de lo que sí es importante.
Mucha importancia por lo secundario.
Y olvido de lo esencial.
Mucha apariencia.
Pero poca verdad interior del corazón.
Mucha apariencia por fuera.
Poca autenticidad de por dentro.

Para Dios lo verdaderamente importante es el corazón.
Para Dios lo externo carece de valor si no responde a la verdad interior.
Para Dios lo que importa es la pureza del corazón.
No la lavandería exterior.

Que hay que pagar el diezmo de la menta, del anís y del comino está bien.
Pero lo que realmente le interesa a Dios:
Es la dignidad de los demás.
Es el derecho de los demás.
Es la justicia para con los demás.
Es el respetar los derechos de los demás.
Es el respetar el sentido de justicia para con los demás.

Está bien respetar el derecho y las obligaciones de la Ley.
Pero mucho más importante es respetar los derechos y la justicia de las personas.

Que está bien cumplir con la Ley.
Pero lo que Dios pide de nosotros es la compasión con el hermano.
Es la compasión con los débiles.
Es la compasión con los que ha fallado.
Es la compasión con los que han caído.
Es la compasión con los que han pecado.

Está bien que guardemos la legalidad de las cosas.
Pero más importante es el ser “compasivos con los demás”.
Lo más importante es tener un corazón que sabe comprender la debilidad humana.
“Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”.
Dios es justo pero una justicia compasiva.
Dios se revela en el “amor compasivo y misericordioso” con los que han fallado.

Está bien que cumplamos con los preceptos de la ley.
Pero más importante es la “sinceridad”.
El sentido de la sinceridad y de la verdad y la coherencia con el Evangelio.

Está bien que filtremos el mosquito que se nos cayó en el vaso.
Pero más importante es que limpiemos el enjambre de mosquitos que llevemos dentro.
Es decir:
Lo que Jesús nos pide no es vivir de las apariencias.
Lo que Jesús nos pide no es vivir de las apariencias legales.
Sino de la conversión del corazón.
La limpieza y la bondad del corazón.

¿De qué nos sirve vivir esclavos de la ley, si llevamos esclavo el corazón?
¿De qué sirve vivir de las apariencias de cumplir con la ley, si el corazón está sucio?
No robo. Pero ganas no me faltan y tampoco comparto nada de lo mío.
No mato. Pero llevo el corazón lleno de resentimientos y de odio.
No cometo adulterio, Pero mi corazón está lleno de infidelidades.
No miento. Pero tampoco digo la verdad.
No ofendo a nadie. Pero tampoco hago nada por los otros.

Aparento ser piadoso porque rezo mucho.
Pero mi corazón sigue sin amar.
Voy incluso a misa todos los domingos y regreso a casa enemistado con mi hermano.
Comulgo fervorosamente, pero excluyo a mi hermano de mi amor y amistad.
Aparento ser fiel a mi amor, pero mi corazón está en la calle.
Aparento externamente, pero sin que mi corazón cambie.

“Señor, dame un corazón nuevo”.
Porque solo así podré ser guía de mis hermanos.
Porque solo así podré ser guía de los ciegos que no ven.
Lo secundario puede ser importante.
Pero lo que nos hace ser de verdad es lo esencial.
Y lo esencial es “el derecho, la comprensión y la sinceridad”.
Elegantes por fuera y podridos por dentro.

Clemente Sobrado C. P.

Vitaminas para caminar: No te hagas mala sangre

1.- ¿Que estás aburrido? El aburrimiento es la voz del vacío del corazón. Llena tu corazón y verás que el aburrimiento es el vacío que tú tenías que llenar.

Flickr: sandeepachetan

2.- ¿Que te sientes aburrido cuando estás solo? ¿Pero alguna vez estás solo realmente? Te olvidas que alguien te habita por dentro. Mira un poco más lo que llevas dentro y te darás cuenta que Él estaba ahí. Tal vez callado, porque nadie le dirigía la palabra. Pero ahí estaba escuchando tu propia soledad.

3.- ¿Que te sientes aburrido en casa? ¿No te das cuenta cuántos están esperando una palabra tuya, una sonrisa? Regálale una sonrisa a tu esposa, a tu marido. Obséquiale una palabra a tus hijos. ¿Todavía sigues aburrido?

4.- Dices: los demás no reconocen lo que hago por ellos. ¿Recuerdas a los diez leprosos? Sólo uno volvió a darle gracias a Jesús. ¿Y los otros nueve? Y sin embargo, quedaron curados lo mismo. Lo que importa es hacer el bien.

5. – Dices: estoy harto de ser siempre yo quien ceda en todo. Pues, mira, ¿te imaginas las veces que Dios ha tenido que ceder para aguantarte a ti, las veces que ha tenido que ceder ante tu libertad? Pues, fíjate… que Dios no está todavía harto de ti. Te aguantará cuantas veces sea necesario.

6.- Dices: ¿no tengo también yo derecho al descanso? Derecho, no. Tienes obligación de descansar. Y para ello, Dios te ha regalado al menos un día entero a la semana. El domingo. ¿Ya descansas ese día?

7.- Dices: uno ya no puede tener fe en nadie. Claro, te engañan hasta los amigos. Pues, sí, es posible que hasta los amigos te engañen. ¿Por qué no haces como Dios? Sabe que queremos engañarlo con nuestros cuentitos y Él no se los cree. Sabe que en el fondo somos buenos chicos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 21 a. Semana – Ciclo C

“Habló Jesús diciendo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros ni dejáis entrar a los que quieren”. (Mt 23,13-22)

Quisiera encabezar este comentario con lo que escribe el Papa Francisco a la Iglesia:
“A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”. (EG 47)

Jesús no es de los que andan con medias tintas.
Jesús no es de los andan con las medias verdades.
Jesús no es de los que dice las cosas para quedar bien El.
Jesús dice las cosas:
No solo a la gente sencilla, que también necesita escucharle.
Sino que se atreve a decirlas también a los de arriba.
Esta vez, más que al pueblo, habla a los Jefes: “escribas y fariseos”.
Y hasta se atreve a ponerles un calificativo bien provocativo: “hipócritas”.

No basta estar arriba para garantizar la verdad de lo que dicen.
No basta estar arriba para garantizar la verdad de lo que hacen.
Estar arriba es todo un compromiso:
El compromiso de ayudar a la gente a entrar y no cerrar la puerta.
No el compromiso de ser un estorbo para que la gente sencilla pueda entrar.
Estar arriba no es garantía alguna “de que ellos sí entrarán”.
Puede que desde arriba, “ni entren ni dejen entrar” a los que sí quieren entrar.

Un Evangelio que vale para todos.
Porque todos podemos ser un estorbo que cerramos la puerta del Reino a quienes quisieran entrar.
Pero aquí hay una llamada clara a los jefes religiosos:
A los “escribas”, maestros de la verdad.
A los “fariseos”, maestros de la religiosidad.
Unos y otros, debieran ser señales en el camino.
Y unos y otros ni se deciden entrar ni dejan entrar a los demás.
En vez de abrir la puerta la cierran.

También en la Iglesia:
Hay muchos “escribas”, muchos maestros de la verdad y del Evangelio.
Pero que muchas veces enseñan más “su verdad” que el Evangelio.
Buscan que los demás “piensen como ellos” y no como “Jesús”.
El ocupar un alto cargo, no es garantía de verdad ni de autenticidad.
Yo me preguntaría si muchas decisiones y prohibiciones responden a la libertad del Reino, a nuestras mentalidades.
Si muchos a quines se han silenciado en la Iglesia responden a la libertad de pensamiento del Evangelio y a la acción del Espíritu, o más bien a intereses y modos de pensar de unos cuantos que quieren imponerse.
No conozco mayor dictadura que la de obligar a que los demás piensen como yo.

Hoy muchos “fariseos hipócritas”, que aparentan ser y no son.
“Hipócritas” que aparentan una cosa y son otra.
Por doloroso que nos resulte a todos, y escandaloso a muchos otros, la Iglesia está pasando por momentos bien difíciles, pero a mi me parecen interesantes, pues se han descubierto muchas “hipocresías”.
Mucho ropaje por fuera y por dentro demasiada mentira.
Hasta Benedicto XVI, al renunciar, habla con el dolor de su corazón de cómo “hemos desfigurado el rostro de la Iglesia” y todo “por luchas de intereses y poder”.
Y todos conocemos las oposiciones que encuentra el Papa Francisco, precisamente por su apertura al amor y misericordia más que a la autoridad y mando.
Muchos silencios culpables y responsables se están rompiendo, y poniendo de manifiesto el “pus” que infectaba a la Iglesia por dentro.

Hay sufrimientos que son buenos porque sanan.
Hay muchos sufrimientos que son buenos porque destapan la hipocresía.
Hay muchos sufrimientos que son buenos porque ponen al descubierto llagas infectadas y que tratamos de ocultar con el silencio.

Señor: te confieso que hoy te leo y siento miedo.
Señor: te confieso que hoy al leerte me hago muchas preguntas.
Señor: te confieso que hoy al escucharte me haces cuestionarme sobre lo que llevo dentro de mí de “letrado” y de “fariseo hipócrita”.
Señor: sé que muchas enfermedades solo se curan con cirugía.
Que la cirugía que estás haciendo hoy a tu Iglesia a través del Papa Francisco, nos sirva para recuperar nuestra verdad, y dejemos de impedir que muchos que quieren entrar, se queden fuera.
Aunque a decir verdad, ¿no nos sucederá que los que creemos fuera están dentro y los que creíamos dentro estén fuera?
Perdona, Señor, nuestras mentiras e hipocresías y dejemos el camino libre para que entren todos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 21 – Ciclo C

“Uno le preguntó: “Señor, ¿serán pocos los que se salven? Jesús le dijo: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán”. (Lc 13,22-30)

Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán

Una vez más nos encontramos con la misma pregunta.
“Serán pocos los que se salven?”
Y como siempre, Jesús nunca responde directamente.
El siempre va más allá de la pregunta.

Cuando solicitas un trabajo ¿tu preocupación será si solo te pagarán el salario mínimo?
Y si te preguntan cuánto quieres ganar, ¿responderías que te basta el salario mínimo?
Y si corres ¿te contentarías con llegar el último?

¿Por qué preguntar si serán pocos los que se salven?
Jesús sencillamente marca el camino de la salvación.
Y que muchas cosas que nosotros hacemos no nos garantizan salvarnos.
“Que no basta haber comido y bebido con El”
“Que no basta el que Jesús haya enseñado en nuestras Iglesias”.
Que lo único que garantiza la salvación es:
Haberle aceptado a El.
Haber entrada por a puerta que es El.
Haber creído en El.
Haberle seguido a El.

Además, Jesús no responde si los demás serán pocos o muchos.
Está bien preocuparnos de si los demás se van a salvar.
Que aquí lo importante es: “Y tú te salvarás?”

Puede que sen muchos los que se salven.
Y que yo no esté en la lista de los salvados.
Puede que sean pocos los que se salven.
Y entre ellos esté también mi nombre.

Mi salvación:
No depende del número de los salvados.
No depende de si otros se salvan.
Mi salvación depende de mí.
No por el hecho de que sean muchos tengo yo asegurada mi salvación.
Ni por el hecho de que sean pocos me debo sentir excluido.
Son muchos los números de la Lotería Nacional, pero el “Gordo llega a pocos”.
Puede que muchos hayan comprado muchos números y no hayan logrado ni el reintegro.
Puede que alguien solo hay comprado un décimos y le cayó la suerte de su vida.

Pero la salvación de los demás tiene que interesarnos.
No me puede ser indiferente.
Tenemos que salvarnos en comunidad.
Jesús vino a salvar a todos.
La voluntad de Dios es que “todos se salven”.
Pero la salvación depende luego de cada uno.
Aquí no se trata de colarnos en medio de la masa.
La salvación es siempre personal.

Nuestra primera preocupación no es si los otros se salvan.
Nuestra primera preocupación es si yo estoy en condición de salvarme.
Nuestra primera preocupación estará siempre por qué puerta entramos.
Nuestra preocupación está siempre no tanto en lo que hacemos sino por qué puerta hemos entrado.
Aquí nadie se salva si Jesús no es nuestra puerta.
Aquí nadie llega a la otra parte si Jesús deja de ser nuestro puente.

Y algo importante:
No nos toca a nosotros decidir quienes se van a salvar.
Puede que los primeros terminen siendo los últimos de la cola.
Y puede que los últimos, esos que nosotros excluimos, sean los primeros en abrirnos el camino.
Por eso mi pregunta hoy a Jesús es clara:
Señor, ¿mi salvaré yo?
Señor, ¿se salvarán todos los demás?
Señor, que no falte ninguno de los que tú has querido salvar.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 20 a. Semana – Ciclo C

“… haced lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar”. (Mt 23,1-12)

¡Qué bien conoce Jesús el corazón humano!
Hablamos muy bien.
Pero luego nuestras vidas contradicen lo que hablamos.

Tenemos la falsa idea de que:
Para ser buen jefe, hay que ser muy exigentes con los empleados.
Para ser buen padre, hay que ser muy exigentes con los hijos.
Para ser buen superior, hay que ser bien exigentes con los súbditos.
Para ser buen Obispo, hay que ser bien exigente con sus sacerdotes.
Para ser buen sacerdote, hay que ser bien exigente con los fieles.
Para ser buen confesor, hay que ser bien exigente con los penitentes.

Algo así como si la “exigencia e intransigencia” fuese un signo de valor y de autenticidad.
En primer lugar, la verdadera exigencia debe ser “con uno mismo”.
En segundo lugar, la intransigencia pone, más bien, al descubierto la dureza del corazón y la falta de comprensión y amabilidad para con los demás.

¿Qué es preciso decir la verdad? Está claro.
Pero, la verdad sin la caridad deja de ser verdad.
¿Qué es preciso exigir el cumplimiento del deber? Está claro.
Pero, que la exigencia nazca del testimonio de nuestra fidelidad.
¿Qué es preciso exigir más a los otros?
Pero que sea nuestro amor su mayor exigencia.
Y que cuando exijamos a los demás, les ayudemos luego a caminar.
San Agustín lo resume muy bien en aquella oración: “Señor, pídeme lo que quieras, pero ayúdame luego a llevarlo a cabo”.

Exigir, sí, pero con mucho amor y con mucha alegría y hasta diría, con mucho humor.
No exijamos lo que luego nosotros no hacemos.
No exijamos para nosotros quedar bien ante los demás.
No exijamos si luego no dejamos ese bálsamo de paz, de respeto a la dignidad de aquel a quien exigimos.

Porque exigir a los demás no es para nosotros quedar bien y “ganarnos alguito ante los de arriba.
La verdadera exigencia supone fe en las posibilidades de los demás.
La verdadera exigencia supone confianza en la persona de los demás.
La verdadera exigencia supone que esperamos más de los demás.
La verdadera exigencia supone que queremos que los demás no se contenten con ser menos cuando sabemos que pueden ser más.

Además, la exigencia no debe manifestar nuestra superioridad.
Al fin y al cabo todos estamos en el mismo camino.
Por eso, aquí no hay padres, porque todos somos hijos y hermanos.
Por eso, aquí no hay maestros, porque todos andamos buscando la verdad.
Por eso, aquí no hay jefes, porque todos estamos llamados a ser “servidores de todos”.
Por eso, aquí no hay autosuficientes, porque todos nos necesitamos a todos.

Clemente Sobrado C.P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 20 a. Semana – Ciclo C

“Uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” El le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Este mandamiento es el principal y el primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”. (Mt 22,34-40)

Amarás a tu prójimo como a ti mismo

Jesús pone en ridículo a los saduceos y hasta los hace callar.
Pero no faltó algún intelectual de la Ley que, que con otro grupo, quiso reivindicarlos.
Y entran a tallar. Pero esta vez, no por el interés de saber, pues sabía demasiado, sino para “ponerlo a prueba”.
Nunca faltan de esos que van por lana y salen trasquilados.
Le hace una pregunta fundamental y radical: ¿Cuál es el principal y primero de todos los mandamientos de la Ley?

Jesús responde a la pregunta tal y como se la hacen.
Pero responde también a lo que no le preguntan.
Responde por el primero, pero, para que no se dejen llevar de sus lecturas, le añade el segundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esta respuesta no se la esperaban.
Y menos todavía el que les diga que estos dos mandamientos son toda la ley.
Y que con estos dos están de sobra el resto.

Nosotros no tentamos ni probamos a Jesús.
Pero es posible tengamos miedo a hacerle la misma pregunta.
Tenemos infinidad de leyes.
La mayoría insustanciales y hasta inútiles.
Pero tenemos miedo a preguntar por lo esencial.
Tenemos miedo a preguntarle por el amor.
Lo de no robar todavía lo pasamos, aunque luego todo el mundo robe.
Lo de no cometer adulterio, nos cuesta, pero hasta lo aceptaríamos.
Lo de no mentir, claro, preguntamos, aunque luego les llamemos “mentiras blancas” o “piadosas”.
¡Pero preguntarle por el amor!
¡Y hasta aceptaríamos preguntarle por el amor de Dios!
Pero que nos diga que tenemos que amar al prójimo “como a nosotros mismos”, como que nos han tomado mal las medidas de nuestro terno.

Y sin embargo, nuestra fe necesita de dos remos: el amor a Dios y el amor al prójimo.
Si nos falta alguno de ellos, nuestra fe no camina.
No camina si no amamos a Dios con todo nuestro corazón.
Tampoco camina si no amamos a los demás “como a nosotros”.

Nos hemos inventado mil y una devoción y nos sentimos buenos.
Nos hemos inventado mil y una oración con no sé cuantas indulgencias, y nos sentimos buenos.
Y sin embargo sabemos que de nada nos sirve todo ese almacén de cosas piadosas, si luego no amamos.
El corazón que no ama es un corazón de corcho.
Una fe de “corcho”.
El corazón que no ama es un corazón disecado.
Una fe “disecada”.
El corazón que no ama es un corazón vacío de Dios y de los hombres.
Una fe vacía.

“Si no tengo amor” aunque haga milagros, no soy nada.
“Ama y haz lo que quieras” dice Agustín.
Lo más urgente en la Iglesia y en los creyentes es: amar y dejarnos amar.
Por eso hoy le pediría al Señor:

Señor, ¿y las flores aman? No lo dicen, pero sí aman.
Nacen haciéndonos felices. Crecen haciéndonos felices.
Se dejan cortar, y no se quejan. Se dejan llevar a cualquier hogar,
y no dicen nada.
Las venden, y ellas no cobran.
Luego las tiran a cualquier lugar, y se mueren con una pálida sonrisa.
Quisiera amar a todos, como las flores.
Que todos se sientan amados por mí, aún si no les digo nada.
Que puedan contar conmigo, sin tener que hacer acuerdos.
Que puedan disponer de mí, sin ponerles condiciones.
Que todos me busquen, porque se sienten felices conmigo.
El mejor amor no está en las palabras, sino en estar disponible para todos.
Por eso me gusta el amor de las flores.
Hazme, Señor, una flor de amor en el jardín de tu Iglesia.

Clemente Sobrado C. P.