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Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Sábado de la 5 a. Semana – Ciclo A

“este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación… Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, entes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: ¿Qué os parece? ¿No vendrá a la fiesta? Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterara de dónde estaba les avisara para prenderlo. (Jn 11,45-57)

El corazón humano es contradictorio.
Donde unos ven una esperanza para sus vidas,
Otros ve un riesgo y un peligro.
Donde unos buscan para matar,
Otros buscan para abrirse a la vida.
Donde unos ven peligros,
Otros ven posibilidades.

Así somos de complicados y misteriosos.
Los sumos sacerdotes y fariseos ven en Jesús un peligro.
La gente sencilla que acude a la Casa de Marta y María, deciden creer en él.
Los sumos sacerdotes y fariseos lo buscan para matarlo.
La gente sencilla que acude al templo a celebrar la Pascua, lo busca con ilusión y con deseos de verlo.
Los sumos sacerdotes y fariseos dan orden de delatarlo si lo ven.
La gente sencilla pregunta esperanzada si vendrá a la fiesta.
Donde unos ven, los otros no ven.
Donde unos ven salvación, otros sólo ven riesgos y peligros.

Los ojos son los mismos.
El corazón es diferente.
Por eso cada uno ve también distinto al otro.
Donde unos ven luz, otros ven oscuridades.
Los defectos de los amigos son debilidades.
Los defectos de los enemigos son maldades.
Los ojos ven lo que ve el corazón.

Y lo peor todavía es que reconocen que “este hombre hace muchos signos”.
Pero lo bueno que hacen los otros nos molesta y nos preocupa.
“Si lo dejamos seguir, todos creerán en él”.
Ahí está nuestro problema: el éxito de los demás pone en riesgo nuestro propio triunfo.
Los fracasos de los otros los convertimos en triunfos nuestros.
“Y aquel día decidieron darle muerte”.
Condenar a muerte porque el otro hace lo que nosotros no hacemos.
Condenar a muerte porque vemos los éxitos del otro como un riesgo para nosotros.

Los triunfos de los demás debieran ser un estímulo para nosotros exigirnos más.
Los éxitos de los demás en vez de ser un motivo de alegría para nosotros termina siendo un motivo de amargura y pesar.
Tenemos miedo a que la vida de los otros arrastre a los que nos siguen y vayamos perdiendo clientela.

No son los de abajo los que deciden acabar con la vida de Jesús.
Son los jefes religiosos los que ese día, “deciden matarle”.
El poder no resiste el poder de los otros.
El poder, incluido el religioso, tiene miedo al poder de los demás.
Y el poder sólo tiene poder de eliminar a quienes puedan hacernos competencia.

Siempre he sentido que los poderosos no pueden tanto.
Siempre he sentido que los de arriba no están tan seguros como aparentan.
Siempre he sentido que el poder lleva dentro el miedo a los otros.
Por eso el poder se afianza destruyendo a quienes puedan hacerles competencia.

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Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Viernes de la 5 a. Semana – Ciclo A

Medita el Vía Crucis aquí: http://bit.ly/_ViaCrucis

“Los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús. El les replicó: “Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre, ¿por cuál de ellas me apedreáis? Si no hago las obras de mi padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre”. (Jn 10,31-42)

Las piedras sirven para muchas cosas.
Sirven para pavimentar los caminos.
Sirven para levantar edificios.
Sirven para construir puentes.

Sin embargo, las piedras también sirven:
Para espantar los perros.
Para tirar a la cabeza de los demás.
Para apedrear a los demás.

Jesús tiene mucha experiencia de las piedras, porque, muchas veces quisieron apedrearle, aunque él siempre logró librarse de ellas.
El sabe lo que nos encanta a los hombres apedrear a los demás.
¡Cuánto disfrutó defendiendo a la adúltera a la que aquellos viejos querían apedrear!

Nos cuesta reconocer lo bueno de los demás, y preferimos apedrearlos.
Por eso, él mismo pregunta ¿por cuál de sus obras buenas quieren apedrearle?
¿No nos sucede algo parecido a nosotros mismos?
Piedras las hay de todo estilo y tamaño.
Hay piedras que son piedras de verdad.
Hay piedras que se llaman “crítica de los demás”.
Hay piedras que se llaman “murmuración de los demás”.
Hay piedras que se llaman “calumnias sobre los demás”.
Hay piedras que se llaman “difamación de los demás”.

Nos cuesta reconocer lo bueno que tienen los demás.
Y preferimos apedrearles con nuestras críticas y murmuraciones.
Preferimos difamarlos ante los demás.
Preferimos hacerles perder su reputación ante los demás.
Preferimos denigrarles ante los demás.

Tal vez no se trata tanto de esas piedras que tiramos con nuestras manos.
Sino de esas piedras que vomitamos con nuestra lengua.
Son peores las piedras de la lengua que las piedras del camino.

Lo importante es desacreditar a los otros.
Lo importante es que los otros queden mal ante la gente.
Lo importante es privar a los otros de su propio nombre y dignidad.
Es posible que nos confesemos apedreamos con piedras de verdad.
Y sin embargo nos sentimos felices de todas esas críticas y murmuraciones y chismografías con las que desnudamos al vecino y lo apedreamos.

Jesús no pide que le crean a él sino que crean a sus obras.
Muchos hermanos nuestros no nos piden que les creamos a ellos sino que creamos al testimonio de sus vidas.
Porque, al fin y al cabo, cada uno expresamos la verdad de lo que somos con nuestra conducta, con nuestros comportamientos.
Pero nosotros preferimos ver a la persona que rechazamos y no lo que hace.
Son nuestras obras las que hablan por nosotros.
Son nuestras obras las que hablan de nosotros.
Son nuestras obras las que nos acreditan en nuestra verdad.

Pero ¡qué difícil ver lo bueno que hay en los demás!
Preferimos ver sus fallos y errores, a ver todo lo que hay de bondad y luminosidad en ellos.
Preferimos ver sus zonas oscuras a ver sus zonas iluminadas de bondad y de verdad.
El gran problema de Jesús fue, sin duda alguna, que no supieron ver su verdad.
No supieron ver lo que hacía.
No supieron ver la bondad de su corazón.
No supieron ver a Dios en él.
Sólo veían aquello que ellos no querían aceptar.
Sólo veían aquello que a ellos no les interesaba ver porque les molestaba.
Por eso mismo, su respuesta no fue de aceptación de él sino su voluntad de apedrearlo.

Pensamiento: Son peores las piedras de la lengua que las piedras que tiramos con la mano.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Jueves de la 5 a. Semana – Ciclo A

“Dice Jesús a los judíos: “Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre” Los judíos le dijeron: “Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abraham murió, los profetas también, ¿y tú dices: ¿Quién guarda mi palabra no conocerá lo que es morir para siempre?” (Jn 8,51-59)

Siguen las peleas de Jesús con los judíos, o mejor, de los judíos con Jesús. Esta vez, el problema está, en si vamos a vivir para siempre o nos contentamos con eso que, vulgarmente llamamos “estirar la pata” y que nos entierren. O como dice el refrán: “muerto el perro se acabó la rabia”.
Jesús anuncia vida, y nosotros preferimos anunciar la muerte.
Jesús anuncia una vida que no muere, y nosotros nos aferramos a la vida que muere.

Y hasta resulta curioso:
Todos tenemos miedo a morir.
Y cuando se nos habla de una vida sin muerte, no lo creemos.
Todos hacemos lo posible para alargar nuestra vida.
Y cuando Jesús nos la alarga para siempre, nos resistimos a aceptar su palabra.
La medicina ha logrado prolongar nuestras vidas.
Hay una medicina que la prolonga para siempre y nos negamos a tomarla.
Y hasta se atreven a llamarle “endemoniado”.

Los judíos se aferran a la temporalidad de la vida, en base a su experiencia. “¿Eres más que nuestro padre Abraham, que murió?” “También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?”
Hablamos mucho sobre la vida eterna que nos regala la fe en Jesús.
Pero pesa más en nosotros la experiencia de los que a diario nos dejan.
Tenemos ojos para ver la muerte de cada día y lo limitado de nuestras vidas.
Pero nos falta esa fe en la Palabra de Jesús que nos promete una vida que, ya la llevamos dentro de nosotros, y estamos ciegos para verla.
Porque, en realidad, solo creemos en esta vida material, y no aceptamos que dentro de nosotros somos portadores de la vida eterna.
“Os aseguro que quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre”.
Y en otra parte nos dijo que “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”. “El que cree en mí posee la vida eterna”.
Una vida que llevamos como en germen dentro del grano de nuestras vidas.
Una vida que, eso que nosotros llamamos “muerte”, hará brotar como el grano sembrado brota de la tierra.
Pero ese tallo y esa espiga ya están en semilla, en blanco germen dentro del grano de nuestra vida.

Comulgar sacramentalmente es comer la “vida para siempre”.
Creer en Jesús es ganarnos esa “vida para siempre”.
Cumplir la palabra de Dios, es asegurarnos la “vida para siempre”.

Jesús nos vino a traer la buena noticia de la vida.
La vida que no muere.
La vida que no termina en la muerte.
La vida que brota y crece en la muerte.
La vida que, como la suya, no termina en la muerte de la cruz sino que resucita en la mañana de pascua.

Señor, tengo miedo a la muerte.
Pero sé que tú me regalas la vida “para siempre”.
Señor, sé que tengo que pasar por esa experiencia del morir humano.
Pero también sé que mi muerte posibilita la “vida para siempre”.
Señor, tengo miedo a ese momento final de mi vida humana.
También tú pasaste por esa experiencia.
Dame la gracia de creer en tu palabra que me da vida eterna.

Clemente Sobrado cp.

Pensamientos de camino a la Pascua (5ta parte)

30.- «y él cargando con su cruz, salió al lugar llamado Calvario». (Jn 19. 17)
Pilato ya se lavó las manos. Se lo sacó de encima. Logró salvar su situación. Ahora respira tranquilo. La responsabilidad ya no es suya sino de ellos. Y ellos han logrado lo que querían. Felices por el triunfo. Ahora nadie los pondrá al descubierto. Nadie podrá desenmascarar su hipocresía y la mentira del sistema. Jesús carga con su cruz camino del Calvario, que es el camino de quienes han reconocido y aceptado el Reino de Dios y saben que se puede morir por él. No vale la pena sacrificar la vida por el dinero. No vale la pena sacrificar la vida por el poder. Pero sí vale la pena y tiene sentido sacrificar la vida por la verdad del Evangelio.

31.- «Y le seguía una multitud de pueblo y mujeres, que se dolían y se lamentaban». (Lc 23, 27)
El pueblo es siempre la gran víctima del sistema del tener y del poder. El pueblo sencillo pertenece a los que no tienen, a los que carecen de todo. El mismo es víctima del sistema. Camino del Calvario ahí está el pueblo sencillo, también él crucificado por el mismo sistema que condena a Jesús. No es fácil engañar el corazón del pueblo. El pueblo sencillo tiene siempre el corazón abierto a la verdad, a la compasión. El pueblo conoce mucho de justicia precisamente porque él mismo es víctima cada día de la injusticia. Por eso al pueblo le duele. Le duelen los crucificados. Le duelen las mentiras compradas con dinero.

32.- «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen». (Lc 23, 34)
Aún no ha muerto. Y el Reino comienza a dar sus frutos. El poder mata. El amor perdona. Mientras los hombres solucionan sus problemas con la fuerza y la violencia, Jesús los soluciona amando, perdonando. No busca razones para perdonar. Le basta la única razón que tiene su corazón: el amor. El mundo exige razones. La única razón de Dios es amar. La violencia engendra violencia. El amor engendra amor. El odio engendra más odio. El amor engendra más amor.

33.- «A otros salvó, que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios». (Lc 23, 35)
El poder se sirve a sí mismo. No a los demás. Los que crucifican a Jesús tratan de poner a prueba su fidelidad al reino hasta lo último. Buscan que también Jesús caiga en el sistema. Que utilice sus poderes a su favor. Que se salve a sí mismo. Jesús no cae en esa tentación. Jesús utilizará sus poderes para salvar a los demás, no para salvarse a sí mismo. Si los poderes no sirven, ¿para qué sirven los poderosos? Si el poder no sirve a los demás, ¿para qué sirve el poder?

34.- «Jesús acuérdate de mí cuando vayas a tu reino». (Lc 23, 42)’
El sufrimiento como fidelidad al Evangelio nunca es inútil. Tardará en florecer. Pero florecerá. En medio de tanta tragedia, de tanta angustia, dolor y sufrimiento, la crucifixión de Jesús comienza a dar sus frutos. El corazón del buen ladrón se deja ganar por el testimonio y el amor de Jesús. No le reclama que lo baje de la Cruz. Le reclama y le pide la salvación. Le pide la gracia. Le pide que lo haga objeto de su amor redentor. La muerte de Jesús comienza a hacerse vida aún antes de morir. La Cruz comienza a florecer en vida. Del grano que muere ya empieza a brotar el tallo.

35.- «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso». (Lc 23, 43)
Solo hace esperar quien ama poco. Solo hace esperar a mañana quien no ama suficiente hoy. Solo hablan de libertad para mañana quienes viven aún esclavos hoy. Solo hablan de pan para el pobre mañana, quienes son incapaces de renunciar a lo suyo hoy. La muerte de Jesús es amor de hoy y para hoy. Dios siempre es hoy en el corazón del hombre. Dios es posibilidad en el corazón humano hoy. Dios no sabe esperar para mañana, porque Dios es hoy. Solo el hombre vive en el mañana porque se siente incapaz de vivir el hoy. Hoy estarás conmigo en el Paraíso.

36.- «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15, 34)
Es terrible sentirse solo. Sentir que no hay nadie a tu lado. La soledad encoge el espíritu y lo ahoga. Pero más terrible tiene que ser sentir el silencio de Dios en la vida. Duele el silencio de los hombres. Pero el silencio de Dios ahoga. En el Calvario se oyen demasiadas voces. Pero todas son voces humanas, que a la hora de morir no dicen nada, no significan nada. ¿Y Dios? ¿Dónde está Dios en la muerte de Jesús? ¿No había puesto Él toda su confianza en el Padre? ¿Y dónde está ahora el Padre? El Padre calla. No tiene voz. Solo se escucha su silencio. Hay momentos en la vida en los que al corazón solo le queda gritar; ¿dónde está Dios? ¿Existe realmente Dios, dónde está?

Clemente Sobrado cp

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Miércoles de la 5 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: “Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. “Os aseguro que quien comete pecado es esclavo. El esclavo no se queda en casa para siempre, el hijo se queda para siempre. Y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres”. (Jn 8,31-42)

El camino para ser discípulo de Jesús es vivir en y de su palabra.
La palabra de Jesús nos hace discípulos suyos.
La palabra de Jesús nos hace conocer la verdad.
Y la verdad nos hace libres.

Todos hablamos mucho hoy de la libertad.
No cabe duda de que, descubrir que somos libres, ha sido un gran avance.
Porque hemos vivido mucho de la “obediencia”, pero una obediencia donde sólo uno se creía dueño de la libertad e imponía una dependencia al resto.
Incluso en la vida consagrada, es preciso obedecer a los superiores, pero la verdadera obediencia es “buscar juntos la voluntad de Dios”.
Jesús no fue obediente “obedeciendo a Pilato”, sino siguiendo los planes de Dios, o como dice San Pablo “se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz”.

Pero ¿qué entendemos por ser libres?
¿Dónde radica nuestra libertad?
¿En no depender de nadie y hacer lo que nos viene en ganas?
Es tal la obsesión de la libertad que, al fin quedamos esclavos de la libertad misma.
No hay libertad verdadera donde no hay verdad.
Son hay libertad verdadera si no nace de la verdad.
Solo la verdad es capaz de hacernos libres.
Le mentira no hace libres sino esclavos.
Y es la palabra de Jesús la que nos revela la verdad.
Por tanto, es la palabra de Jesús la que nos hace libres.

La libertad no puede ser el carné de identidad:
Para esclavizarnos de nuestros deseos.
Para esclavizarnos de nuestros instintos.
Para vivir al aire de nuestras pasiones.
Para vivir atropellando y esclavizando a los demás.
Para vivir de nuestros egoísmos.

Leer la palabra de Dios es encontrarnos con el camino de la verdad.
Leer la palabra de Dios es encontrarnos con nuestra libertad.
Porque la palabra de Dios nos revela la verdad de Dios y la verdad del hombre.

En cambio, dice Jesús que “el pecado nos hace esclavos”.
¿Acaso no es esclavo de sí mismo quien es incapaz de respetarse a sí mismo?
¿Acaso no es esclavo de sí mismo quien es incapaz de respetar su propia dignidad?
¿Acaso no es esclavo de sí mismo quien dice que “no puede dejar esta o aquella pasión que le domina”.
Podemos ser esclavos cuando decimos que no podemos dominar nuestro genio.
Podemos ser esclavos cuando decimos que no podemos perdonar.
Podemos ser esclavos cuando decimos que no podemos resistirnos a bajar ciertas páginas de Internet que llenan nuestras mentes de basura.
Podemos ser esclavos cuando pensamos que no podemos dejar el alcohol.
Podemos ser esclavos cuando nos sentimos impotentes para dejar la ludopatía.
Podemos ser esclavos cuando nos sentimos dominados por la adición a la droga.
Podemos ser esclavos cuando sentimos que no podemos abandonar ciertas “amistades” que, de amistad tienen poco y mucho de infidelidad.

Dios nos ha regalado el don de la libertad.
Dios nos hace superiores regalándonos la libertad capaz de ordenar y manejar nuestros instintos.
Lo que nos hace personas es ser libres.
No somos libres cuando decimos “no puedo”.
Pero lo que nos hace libres y, por tanto personas, es la verdad.
Y quien nos revela la verdad es la Palabra de Dios.
La gracia nos hace libres. Los Santos son los más libres.
Vivir en gracia es vivir en la libertad.
Porque vivir en gracia es vivir en el amor y en la verdad de Dios.
Es vivir en la libertad de Dios.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Martes de la 5 a. Semana – Ciclo A

Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que Yo Soy (Juan 8,21-30)“Y entonces dijo Jesús: “Cuando levantéis al Hijo del Hombre, sabréis que soy yo, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada. Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él”. (Jn 8,21-30)

A Jesús no le conocieron cuando hacía milagros.
No le conocieron cuando curaba enfermos.
No le conocieron cuando limpiaba leprosos.
No le conocieron cuando abría los ojos a los ciegos.
Es decir:
No le conocieron cuando más parecía resplandecer su persona.
No le conocieron cuando su figura emitía más luz.
No le conocieron cuando su figura brillaba más.
Serán testigos de sus milagros y de sus anuncios y sin embargo, seguirán preguntando: “¿Quién eres tú?”

Pareciera que Dios se revela y manifiesta más luminosamente en aquello que más le oscurece.
Tendrán que esperar a la humillación de la Cruz para “saber que yo soy”.
Tendrán que esperar a desfigurarle humana y divinamente en la Cruz, para saber quién es realmente él.
Tendrán que “levantarlo en alto”, colgarlo de la Cruz, para poder reconocerle.
Dios se hace luz en la oscuridad.
Dios se hace luz en la tiniebla.
Dios se hace luz en la noche de la Cruz.

La Cruz es la mayor negación de la divinidad de Jesús.
La Cruz es la mayor prueba de que Dios no está con él.
Y sin embargo, Jesús dirá: “El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada”.
Donde los demás ven la negación de Dios, “maldito el que pende del madero”, Jesús ve la presencia de Dios.
Donde los demás ven el abandono de Dios, Jesús siente la compañía del Padre.
Donde los demás ven el “no” de Dios a su obra, Jesús descubre la afirmación de Dios a su identidad y a su enseñanza.
Donde los demás ven el “fracaso de su proyecto”, Dios lo afirma y confirma.

A aquellos griegos que “querían ver al Señor”, Jesús los remite precisamente a “cuando el Hijo del Hombre sea levantado en alto”.
Será entonces que “atraeré a todos hacia mí”.
Y ahora lo repite Jesús a los fariseos que siguen sin reconocerle. “Cuando levantéis el Hijo del Hombre, sabréis que yo soy”.

¿Por qué la cruz, siendo la mayor oscuridad de su vida y la mayor negación de su persona y de su obra se convierte precisamente en su mayor centro de atracción, en su mayor centro de revelación y manifestación?
El dolor y el sufrimiento oscurecen y clarifican poco.
La muerte es como si se apagasen todas las luces de la casa.
Y sin embargo, la Cruz, lo ilumina todo y lo clarifica todo.
La Cruz como principio de conocimiento, “sabréis que yo soy”.

Es que la Cruz más que expresión de lo trágico de la vida, se convierte en el sacramento del amor, en la revelación del amor.
No conoceremos a Jesús por sus sufrimientos.
Le conoceremos cuando lo veamos como expresión del amor que Dios nos tiene.
Le reconoceremos cuando podamos decir: “así ama Dios”.
Si Dios es amor, solo será posible reconocerle en el amor.
Si Dios es amor, solo será posible reconocerle en el mayor gesto de amor, que es, sin duda el dar la vida por nosotros.

Pensamiento: Si quieres conocer de verdad a Jesús levanta los ojos y contempla al que está colgado por ti.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Lunes de la 5 a. Semana – Ciclo A

Escucha aquí la homilía dominical: http://bit.ly/homilias.

“Jesús volvió a hablar a los fariseos: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. “Ellos le preguntaban: “¿Dónde está tu Padre?” “Jesús contestó: “No me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora”. (Jn 8,12-20)

Es triste caminar en la noche sin luz.
Hasta uno siente cierto miedo, al menos yo lo siento.
El caso es que hay muchos tipos de “noche”.
Como también muchos estilos de “luz”.

Hay las noches, noches.
Hay esas noches en la vida en la que todo parece oscuro.
Hay esas noches en la vida en la uno no ve nada.
Hay esas noches en la vida en la que todo parece envuelto en tinieblas.
Hay esas noches del espíritu de las que nos habla San Juan de la Cruz.
Son las noches de la fe.
¿Quién no ha tenido alguna vez esas tinieblas que parecen borrar todo futuro?
¿Quién no ha tenido alguna vez esos momentos de oscuridad que nos llegan hasta el alma?
¿Quién no ha pasado alguna vez por esos días nublados en los que hasta perdemos las ganas de vivir?
¿Quién no ha pasado alguna vez por esos días de desgana que nos impide disfrutar de la vida y hasta nos atrevemos a preguntarnos ¿para qué seguir luchando?

También hay muchos tipo de luz:
Desde la luz del sol que todo lo pone claro y luminoso.
Desde la luz del candil que alumbra en la penumbra.
Desde la luz de una simple vela que tampoco da para mucho.
Desde la luz eléctrica que pone día en las ciudades y las casas.

Pero, ¿alguna vez has pensado que en esos momentos de tiniebla y oscuridad Jesús puede iluminar tu vida?
Jesús mismo se declara “luz del mundo”.
Jesús mismo se declara “luz que alumbra en las tinieblas”.
Jesús mismo se declara “luz encendida que clarifica nuestras mentes”.
Jesús mismo se declara “luz encendida que clarifica las oscuridades de nuestras dudas”.
Jesús mismo se declara “luz encendida que clarifica nuestras vidas”.
A mí me encanta aquel salmo que nos dice: “hazme ver la luz en tu luz”.

Pero hay una condición:
Jesús no es una luz que encendemos como encendemos nuestro candil.
Jesús no es una luz que encendemos como damos al interruptor de la luz eléctrica.
Jesús es alguien a quien es preciso “seguirle”.
Jesús es alguien que nos invita “a ir detrás de él y siguiéndole”.

Porque Jesús es una luz que siempre va por delante.
Porque Jesús es una luz que va por delante alumbrando el camino.
Y quien le sigue camina por donde él camina siguiendo sus huellas.
Y quien le sigue camina por el camino iluminado por El mismo.
Por eso no solo dice “yo soy la luz del mundo”.
Sino que añade: “el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.

Sin él, la vida no tiene sentido.
Sin él, la vida queda en la oscuridad.
Sin él, es como si apagásemos el sol.
Por eso, tendríamos que preguntarnos con sinceridad:
¿Si muchas de nuestras oscuridades no obedecen a que caminamos solos?
¿Si muchas de esas tinieblas que ensombrecen nuestras vidas, no se deberán a que vivimos sin él?
¿Si muchas de esas tinieblas que nos hacen perder el sentido de la vida, como nos quedásemos sin camino, no se deberá a que hemos apagado a Jesús en nuestras vidas?
¿Si muchas de las tinieblas que nos oscurecen interiormente, no se deberá a que no le hemos encendido a él dentro?

¿Caminas en las tinieblas? Sigue a Jesús y todo será claro.
¿Caminas sin sentido? Sigue a Jesús y verás que hay un camino claro.
¿Caminas a tientas y a tumbos por la vida? Sigue a Jesús verás el camino.
Porque “quien me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrás la luz de la vida”.

Clemente Sobrado cp.

Pensamientos de camino a la Pascua (4ta parte)

CUARESMA - CAMINO HACIA LA PASCUA

22.- «A ése no. A Barrabás». (Jn 18, 40)
Dios puesto al voto. Dios sale perdiendo. No queremos a Jesús. Preferimos a Barrabás. Preferimos no la buena noticia de la salvación, preferimos al salteador de caminos, cuyas manos aún chorrean sangre de homicidio. Cuando hemos sentenciado y condenado a alguien en nuestro corazón, es inútil la inocencia. La inocencia no sirve. Dios y el hombre puestos al voto. El inocente y el culpable puestos al voto. Jesús y un criminal puestos al voto. Señor, ¿alguna vez te pasó por la cabeza que tu vida pudiese quedar al voto de cada uno de nosotros?

23.- «Y mandó azotarlo». (Jn 18, 40)
Las intenciones de Pilato no eran malas. Lo mandaría azotar y así lo dejaría tan maltratado que su figura inspiraría compasión. Así podría liberarlo. Es la lucha entre la conciencia y el miedo. Es la lucha entre la conciencia y las indecisiones. La conciencia le dice que Jesús es inocente. Pero sus miedos e indecisiones le impiden asumir sus responsabilidades. Es la lucha interna entre lo que sabe que debe hacer y las presiones de los intereses personales que tiran para otra parte.

24 .- «Y le daban de bofetadas». (Jn 19, 3)
Cuando se ha perdido el respeto a la persona de los demás, todo es válido. Todo sirve. Cuando los demás están en condiciones de inferioridad, qué fácil nos resulta hacernos los valientes, los interesantes. Disfrutamos humillando a los demás. Disfrutamos viéndolos indefensos y humillados. Incluso abofeteando a Dios. Cuando perdemos el sentido de la persona, no tenemos demasiados reparos en romperle la cara. Ahora comprenderás, Señor, por qué hay tantos rostros, tantas caras desfiguradas … Ahora comprenderás por qué abofeteamos tan fácilmente al hermano …

25.- «Aquí tenéis al hombre». (Jn 19, 5)
Jesús está convertido en un despojo de hombre. Ese es el hombre en manos de los hombres. Eso es lo que queda del hombre cuando los hombres se dedican a destruir al hombre. ¿En qué se parece ese hombre al hombre que Dios quiso y creó? ¿En qué se parecen tantos hombres, nuestros hermanos, al hombre tal y como Dios lo quiere y lo ama? Jesús prototipo del hombre que cae en manos de los hombres. Jesús el modelo del hombre destruido por el hombre. Los hombres nos dedicamos a destruir al hombre que hay en nosotros y al hombre que hay en los demás hombres. Tal vez no le destruimos el rostro. Pero destruimos su verdad de hombre.

26.-«Tomadle vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en él». (Jn 19, 10)
La Pasión de Jesús es una mezcla entre la verdad y la mentira, la conciencia y la complacencia. Qué sucia es la conciencia del hombre cuando se trata de meter en ella todo: lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira, la sinceridad y el engaño. Además siempre resulta más cómodo culpar a los demás. Es preferible disimular las propias responsabilidades y hacer responsables a los otros. Lo que importa es quedar bien ante la propia conciencia aunque sea ensuciándola para que no nos acuse y condene.

27.- «¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?» (Jn 19, 10)
Es cierto. El hombre tiene demasiados poderes frente a Dios. Incluso el poder de rechazarle. Frente a Dios tenemos el poder de decirle sí y de decirle no. Tenemos el poder de abrirle las puertas de nuestro corazón y de cerrárselas. Tenemos el poder de aceptar su salvación o de rechazarla. Demasiados poderes y a la vez demasiado pobres nuestros poderes. Tenemos el poder de dar la vida. Pero también tenemos el poder de matar. Es la tragedia de todos los corazones. Es la tragedia de nuestra libertad. Podemos salvar y podemos condenar. Podemos sembrar la vida. Y podemos matar la vida.

28.- «Si sueltas a ése no eres amigo del César». (Jn 19, 12)
Ese es el gran dilema. El eterno dilema entre la conciencia y los intereses. El dilema entre la verdad y los intereses económicos. El dilema entre la verdad y el miedo a los de arriba. El dilema entre la inocencia y la compra de la conciencia por unos billetes secretos. Es un riesgo y un peligro enemistarse con el César, con los de arriba, con los que tienen el poder, con los que pueden quitarnos el puesto. Hay demasiadas conciencias compradas. Hay demasiados culpables que han comprado la inocencia que no tienen. Los de arriba son siempre un peligro y un riesgo para la libertad de la conciencia.

29.- «No tenemos más rey que al César». (Jn 19, 15)
En la Pasión de Jesús se van clarificando las cosas. Toda la vida de Jesús fue una constante lucha entre la oferta del nuevo orden, el Reino de Dios y el sistema de los poderosos. Ahora en la Pasión las cosas adquieren su verdadera dimensión. Ellos se declaran anti reino de Dios. Prefieren el sistema del tener y del poder. En la Pasión de Jesús adquieren sentido pleno las dos grandes bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres de espíritu. porque de ellos es el Reino de los Cielos». «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos».

Clemente Sobrado cp