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Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Pentecostés

“Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?” (Hch 2,1-11)

Llegamos al final del tiempo pascual, con la fiesta de Pentecostés.
El tiempo del Resucitado.
Y comenzamos el tiempo ordinario.
El tiempo del Espíritu Santo.
Y comenzamos no ya el tiempo del grupo de los discípulos reunidos.
Sino el tiempo de la Iglesia de puertas abiertas al mundo y a todas las razas y culturas y lenguas.

Juan describe el don del Espíritu Santo y sus efectos en la transformación de los once.
Lucas describe el don del Espíritu Santo actuando ya en la Iglesia.
Con el Espíritu comienza el tiempo del anuncio.
Con el Espíritu comienza el tiempo de la misión.
“Como el Padre me envió así también os envío yo”.

Primero es preciso “llenarse del Espíritu Santo”.
Y luego, será el Espíritu Santo el que:
Abre las puertas.
Abre las ventanas.
Abre las lenguas.

Y luego será la “universalidad de la Iglesia”.
“Se encontraban en Jerusalén devotos de todas las naciones de la tierra”.
Aquí comienza la verdadera “catolicidad” de la Iglesia:
Una Iglesia para todos los pueblos.
Una Iglesia para todos los hombres.
Una Iglesia hablando todas las lenguas.
Una Iglesia para todas las culturas.
Una Iglesia que no excluye a nadie.
Una Iglesia que es para todos.
Una Iglesia “una” en la multiplicidad y variedad.

Una Iglesia que habla una lengua nueva.
Que habla la lengua del Espíritu.
Que es la lengua del amor.
Que es la lengua que todos entienden.
Que es la lengua que no necesita traductores.
Porque es la lengua de la unidad y la universalidad.
Porque es la lengua de la “Buena Noticia”, el Evangelio.

Pentecostés pone en camino a la Iglesia.
Pentecostés saca a la Iglesia de sus seguridades.
Pentecostés saca a la Iglesia de sus propios intereses.
Pentecostés saca a la Iglesia de los despachos.

Pentecostés regala a la Iglesia una nueva alma y un nuevo dinamismo.
“El Espíritu Santo” tantas veces prometido por Jesús.
Y que ha llegado su hora. La hora de:
“Habitar en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo”
“Orar en ellos y dar testimonio de su adopción como hijos”
“Guiar a la Iglesia a la plenitud de la verdad”
“Unificarla en la comunión y el ministerio”.
“Instruirla y dirigirla con diversos dones jerárquicos y carismáticos”.
“Embellecerla con sus frutos”
“La hace rejuvenecer, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumado con su Esposo”. (LG. 4)

Gracias al Espíritu Santo:
La Iglesia está llamada no a “envejecer”, sino a “rejuvenecer”.
La Iglesia está llamada a “renovarse constantemente”.
El Espíritu no quiere una Iglesia que se queda en el ayer.
El Espíritu Santo quiere una Iglesia en constante despertar primaveral.
¿No es esto lo que el Papa francisco nos está diciendo cada día?
La Iglesia está llamada a vivir en constante Pentecostés”.
Sin Pentecostés la Iglesia se marchita en la anemia espiritual.
Sin Pentecostés la Iglesia se hace inútil porque no tiene nada nuevo que decir.

Clemente Sobrado cp.

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Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Sábado de la 7ma. semana – Ciclo A

“Pedro, volviéndose, vio que los seguí el discípulo a quien Jesús tanto amaba el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: “Señor, ¿Quién es el que te va a entregar?” Al verlo, Pedro dice a Jesús: “Señor, y este ¿qué? Jesús le contesta: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, a ti ¿qué? Tú, sígueme”. (Jn 21,20-25)

Así termina Juan su Evangelio, con una escena que manifiesta en primer lugar una cierta relación particular entre Pedro y Juan, y en segundo lugar, recuerda la escena de la Ultima Cena cuando Pedro pide a Juan le revele quién de ellos es el traidor.

Luego de las tres confesiones de amor de Pedro y la misión de Jesús como pastor de sus corderos y ovejas, Jesús le dice a Pedro: “Sígueme”. Diera la impresión de que ambos comenzaron a alejarse del grupo, pero Juan como que les seguía un tanto de lejos. Y viene el interés o la curiosidad de Pedro: “Bueno, y con éste ¿qué va a pasar?”

La respuesta de Jesús es bien curiosa:
¿A ti qué te importa lo que yo voy a hacer con Juan?
Tú preocúpate de ti.
Tú sígueme.
Tú sé tú mismo y deja que él sea él mismo.

La idea de Jesús es suficientemente clara.
Todos somos discípulos suyos.
Pero cada uno tenemos nuestro propio camino.
Cada uno tenemos nuestra propia misión.
Pedro será el testigo de lo que tiene que ser el nuevo pastor en la Iglesia.
Juan tendrá como misión ser el testigo del amor
Hasta este momento todos le seguían en grupo
Desde ahora tendrán que dispersarse por caminos distintos.
Todos serán testigos suyos.
Pero todos por caminos distintos y misiones diferentes.

Todos hemos recibido un mismo bautismo.
Todos formamos una misma Iglesia.
Todos compartimos la mis fe.
Y todos compartimos la misma misión.
Pero todos por caminos distintos.
La unidad no impide la diversidad de caminos y misiones.
Como tampoco la diversidad ha de ser un impedimento y un obstáculo para la unidad.

Como cantamos en nuestras misas dominicales:
“¡Un solo Señor, una sola fe,
Un solo bautismo, un solo Dios y Padre.
Llamados a guardar la unidad del Espíritu, por el vínculo de la paz.
Llamados a formar un solo cuerpo, en un mismo Espíritu.
Llamados a compartir una misma esperanza en Cristo”.

La Constitución sobre la Iglesia del Vaticano II, luego de describir todo aquello que nos une y es común a todos añade: “Porque hay diversidad entre sus miembros, ya según los ministerios, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien de sus hermanos; ya según la condición y ordenación de vida, pues muchos en el estado religioso, tendiendo a la santidad por el camino más arduo, estimulan con su ejemplo a los hermanos”. (LG n.13)

Y describe luego esas diversas condiciones de vida: solteros, casados, viudez, trabajo, salud etc.
La Iglesia es una: los caminos muchos.
La santidad es una: los caminos muchos.
El Evangelio es uno: los caminos muchos.
El Padre es uno: los caminos muchos.
Jesús es uno: los caminos muchos.
El Espíritu Santo es uno: los caminos muchos.

El camino de los casados es distinto: pero su vocación en la Iglesia es la misma.
El camino de los trabajadores es distinto: pero su vocación en la Iglesia es la misma.
Ni mi camino es tu camino.
Ni el tuyo es el mío.
Pero tú y yo estamos llamados a ser la misma Iglesia y a vivir y testimoniar el mismo Evangelio. “Tú sígueme”.

Pensamiento: Si todos los caminos conducen a Roma, también conducen a la santidad. No cambies el tuyo por el de tu vecino. Lo importante es encontraros al final.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Viernes de la 7ma. semana – Ciclo A

“Después de comer con ellos, dice a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?” El le contestó: “Si, Señor, tú sabes que te quiero”.
Jesús le dice: “Apacienta mis corderos”.
Por segunda vez le pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” El le contesta: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”.
El le dice: “Pastorea mis ovejas”.
Por tercera vez le pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” “Apacienta mis ovejas”. (Jn 21,15-19)

Después de un buen almuerzo no es el mejor momento para examinar a alguien.
Pero todos los tiempos son oportunos para examinarnos del amor.
Jesús, antes de declarar a Pedro, como el Pastor de su rebaño que es la Iglesia, no le examina:
Ni de teología.
Ni de Sagrada Escritura.
Ni de Derecho Canónico.
Ni de matemáticas, o química o física, ni de historia.
Le examina solo de una cosa: “del amor”.

Porque para ser buen pastor está bien ser Doctor en Teología.
Porque para ser buen pastor está bien tener un Doctorado en Derecho Canónico.
Porque para ser buen pastor está bien tener otros títulos académicos.
Pero todos ellos sirven de poco para “ser un buen Pastor” en la Iglesia, si desaprueba en el amor.

Jesús se declaró a sí mismo el “Buen Pastor” porque fue capaz de “dar su vida por las ovejas”.
Por eso, los que luego continúen su misión de “buenos pastores” han de ser examinados no de lo que saben, sino de “cuánto aman”, “de si aman de verdad hasta dar sus vidas”.

Los pastores tendrán la misión de conservar la fidelidad a la verdad.
Los pastores tendrán la misión de enseñar la verdad.
Los pastores tendrán la misión de que aprendamos teología.
Pero el verdadero pastor, ayer como hoy:
Tiene que distinguirse por el amor.
Tiene que distinguirse por lo mucho que ama.
Tiene que distinguirse por amar a todos.
La misión del “pastoreo y cuidado de los corderos y las ovejas” Jesús no la confía al “saber”, sino al “amar”.

La formación de los futuros pastores tendrá que ser doctrinal, claro que sí.
Pero sobre todo tiene que ser una formación en el amor.
En mi tiempo, si uno suspendía en latín, no valía para sacerdote.
Hoy, es posible que el que suspenda en teología, tampoco pueda seguir adelante.
Pero ¿alguien nos examina del amor?
A mí, que sepa yo nadie me examinó de “si amaba”.
Me pusieron nota en teología, en Escritura, en Derecho y otras materias más.
¿Alguien me puso nota en mi capacidad de amar?

Y hoy, cuando se trata de elegir a los Pastores ¿alguien les examina del amor?
Muchos problemas existen hoy en la Iglesia con motivo de la elección de los Pastores.
Que si es de aquí o de allí.
Que si habla esta o aquella lengua.
Que si pertenece a esta o aquella cultura.
Pero lo que todavía no logro observar es que las protestas y los interrogantes provengan de si “es alguien que ama de verdad”.

Entiendo la importancia pastoral de la mentalidad cultural del pastor.
Pero mucho más importancia doy a si es una persona con un corazón “grande para amar”.

Pensamiento: Necesitamos pastores sabios. Pero, sobre todo, necesitamos de “pastores que se distingan por su capacidad de amar”.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Jueves de la 7ma. semana – Ciclo A

“También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me han enviado y los has amado como me has amado a mí”. (Jn 17, 20-26)

Jesús no sabe hablar con el Padre si no es hablándole de nosotros.
Se siente tan unido y tan “uno” con nosotros que cuando habla de sí con el Padre tiene que hablarle también de nosotros.
En esta oración de Jesús diera la impresión de que:
Jesús no es nada sin el Padre.
Jesús no es nada sin nosotros.
Y nosotros no somos nada sin Jesús y el Padre.
Nadie le ha hablado tanto al Padre nosotros como Jesús.
Desde que se encarnó y se hizo uno de nosotros, Jesús no se entiende a sí mismo sin nosotros:
“para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí,
Y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”.

Jesús no se entiende a sí mismo sin nosotros aquí en la tierra.
Se ha identificado tanto con nosotros que se ve a sí mismo como uno de de nosotros.
Incluso le pide al Padre, que en el cielo:
“estemos donde él está,
contemplemos su gloria, la que me diste , porque me amabas, antes de la creación del mundo”.
No se entiende a sí mismo sin nosotros, aquí en la tierra.
Pero tampoco en el cielo.
Como si no le bastara la gloria que recibe del Padre, si no es compartiéndola con nosotros.

Y es en esta comunión del Padre con El, de El con nosotros y nosotros con El, donde Jesús quiere hacer creíble su encarnación. “Para que el mundo crea que tú me has enviado”.
No haremos creíble la encarnación con nuestras grandes estructuras eclesiales.
No haremos creíble la encarnación con los grandes títulos eclesiales.
No haremos creíble la encarnación de Jesús con nuestras grandes Catedrales.
No haremos creíble la encarnación de Jesús con todas nuestras teologías.

Lo único que hace creíble la encarnación es:
Nuestra comunión con él,
Pero sobre todo, la comunión de amor entre nosotros mismos.
El gran argumento que hace creíble la encarnación de Jesús es “el amor, la unidad, la comunión y la fraternidad”.

El amor no es solo una exigencia del corazón humano.
El amor es una exigencia de la fe.
El amor es una exigencia del amor del Padre que nos envió a Jesús.
El amor es una exigencia de la credibilidad de su encarnación y su presencia en medio de nosotros.

La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la humanización de Jesús.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la encarnación de Jesús en el vientre virginal de María.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la Navidad.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad del Evangelio.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la vida eterna.
Pero sólo a través del amor.
Sin amor la Iglesia no es creíble en sí misma.
Sin amor la Iglesia no es creíble en su predicación.

El amor es el principio del conocimiento.
“Padre Santo, el mundo no te ha conocido, yo te he conocido,
Y estos han conocido que tú me enviaste.
Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos”.
Las grandes crisis de la Iglesia no son doctrinales.
Las grandes crisis de la Iglesia no son estructurales.
Las grandes crisis de la Iglesia son “crisis de amor”.

Pensamiento: De nuestro amor depende la credibilidad del Evangelio.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: La Visitación de María

Visitacion Edward von Steinle“María se puso en camino y fue a prisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. María dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava”. (Lc 1, 39-55)

Terminamos el mes de mayo con la fiesta de la Visitación de María a su prima, la anciana Isabel.
Borracha como tenía que estar de Dios, no se encerró en sí misma.
Dios no encierra.
Dios nos abre.
Dios no se sienta.
Dios nos pone en camino.

Cualquiera pudiera pensar que María se encerraría sobre sí misma a vivir y contemplar el misterio de Dios en ella.
Y en cambio se pone “a prisa camino de su anciana pariente Isabel”.
Dios se hace camino y nos pone en camino.
Los necesitados nos ponen en camino.
Isabel gestando de seis meses, es suficiente para que María vaya a prestarle sus servicios.
Las necesidades de los otros tienen que ponernos en camino.
Los problemas de los otros tienen que ponernos en camino.

No fue Isabel la que la llamó.
Fue el Angel quien le dio la noticia del estado de Isabel.
Y eso fue suficiente para que María sintiese prisas en su corazón y en sus pies.
La Visitación de María debiera ser la fiesta:
De los que descubren las necesidades de los demás.
De los que descubren que un anciano necesita de ayuda.
De los que descubren que un hermano está enfermo.
De los que descubren que un hermano tiene hambre.
De los que descubren que los demás nos necesitan.

Es lo que hoy proclama a la Iglesia el Papa Francisco:
Abrid caminos a Dios, volved a Jesús, acoged el Evangelio”.
“Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido capacidad de respuesta?”
“No vivir en una Iglesia cierra y autorreferencial: una Iglesia que se encierra en el pasado, traiciona su propia identidad”.
“No quiero una Iglesia “banconeando” sino caminando”

En la encarnación, Dios visita el vientre de María.
En la Navidad, Dios visita a su pueblo.
En la Iglesia, Dios visita a todos los hombres, sobre todo los más pobres.

Visitando a María, la fecundó por medio del Espíritu Santo.
María visitando a Isabel, la llena del Espíritu Santo.
Hace saltar de gozo al niño que lleva en vientre.
María misma, salta de alegría reconociendo las maravillas que Dios ha hecho en ella.

No podemos vivir sin los otros.
No seríamos nosotros mismos.
No podemos vivir sin los otros para amar.
No podemos vivir sin los otros para útiles a los demás.
No podemos vivir sin los otros para despertar el corazón que llevan dentro.
No podemos vivir sin los otros si queremos despertar la alegría de sus corazones.

María es la maestra:
Que nos enseña a ver las necedades de los demás.
Que nos enseña a ser sensibles a los demás.
Que nos enseña el camino a los demás.
Que nos enseña a no ser indiferentes ante los demás.

¿Quién esperará hoy tu visita?
Porque será visitando a los demás que tú mismo descubrirás la obra de Dios en ti y podrás cantar también tu Magnificat.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Martes de la 7ma. semana – Ciclo A

“Jesús levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre la carne, dé vida eterna a los que le confiaste. Esa es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo”. (Jn 17,11)

Comenzamos la llamada “Oración Sacerdotal de Jesús”.
Una oración en la que de su corazón brota como un manantial el agua de la experiencia de su Padre y la experiencia de su vida.

Y comienza por algo fundamental.
Por expresar ante el Padre su actitud ante su “hora”, es decir ante su muerte.
Resulta maravilloso ver con qué gozo y con qué naturalidad habla Jesús de su muerte.
No como un fracaso.
No como una derrota.
No como un final que termina en el vacío.
Sino como un doble glorificación:
Como la glorificación del Hijo.
Como la glorificación del Padre.

¡Con el miedo que nosotros tenemos de hablar sobre la muerte!
Cuando hablamos de la muerte como que lo decimos bajito para que nadie se entere.
En una ocasión me llamaron para administrar el Sacramento de los Enfermos a un amigo mío, abogado él, que estaba realmente ya frenando la velocidad de la vida porque se acercaba su final.
Mientras subíamos las escaleras, se me ocurre preguntar a sus hijos: “¿cómo estaba y si todavía tenía la mente suficientemente lúcida”. Yo tengo la manía de hablar siempre alto. Dicen que es el pecado de los españoles.
Uno de los hijos me dice: “¡Por favor, Padre, hable bajito porque todavía oye!”
En esto, escuchamos que el viejo desde su cama me dice: “Sube, Clemente, sube, no les hagas caso”.

Estoy convencido de que somos los sanos los que tenemos más miedo que los enfermos.
Somos los sanos los que tenemos más miedo a la muerte que los que se están despidiendo.
Una vez ya con él, yo pensaba pedir que me dejasen solo para tener más libertad de hablar. Pero él se me anticipa y les dice a los hijos: “podéis quedaros, quiero recibir el Sacramento en vuestra compañía. Lo único que siento es que no habéis puesto un florero bonito ni unas velas encendidas”.

Hablamos mucho del sentido cristiano de la vida.
Pero no nos atrevemos a hablar del sentido cristiano de la muerte.
Todos nos enseñan a cómo tenemos que vivir.
Pero ¿quién se atreve a enseñarnos desde niños a cómo aprender a morir?

Nunca olvidaré a aquel ingeniero que me decía la víspera de su muerte:
“Mire, Padre, cuando vino el médico le dije:
“Doctor, yo no quiero morir como los fusilados de madrugada que les vendan los ojos. Dígame la verdad, soy creyente y quiero morir con los ojos abiertos”.

Es lo que hace Jesús en su Oración al Padre:
Muere con los ojos abiertos.
Muere consciente de que ha llegado su hora.
El ama, más que nadie la vida, por eso ama también la muerte.
Porque para él la muerte inminente “es precisamente” su “hora”.
La hora más importante de su vida.
La hora más dolorosa y más bella de su vida.
La hora en la que él siente que los hombres tratan de humillarlo.
Pero sabe que es la hora en la que el Padre le va a glorificar.
Y sabe que también con su muerte él va a glorificar al Padre.
No es el momento de ver que todo termina, sino que todo comienza.
Sabe que su muerte no es sino un regreso.
“Glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes de que el mundo existiese”.

La fe tiene que iluminar nuestra vida.
Y la fe tiene que iluminar también nuestra muerte.
No como algo que pone fin a la vida, sino como algo que nos abre a la vida plena.

Pensamiento: Vivimos muriendo cada día, y morimos para vivir el día eterno.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Lunes de la 7ma. semana – Ciclo A

Escucha aquí la homilía dominical: http://bit.ly/homilias.

“¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor; yo he vencido al mundo”. (Jn 16,29-33)

Los discípulos creen que, por fin, ya han comprendido a Jesús.
Hasta llegan a imaginarse que ya no necesitan hacerle preguntas.
Todo les parece que está claro.

¿Nunca has sentido la misma experiencia?
Llega un momento en tu vida en que te imaginas que tu fe está clara.
Te imaginas que ya no necesitas saber más, pues ya conoces lo suficiente.
Te imaginas que ya no es necesario profundizarla más ni hacer preguntas.

Sin embargo, Jesús plantea el verdadero reto de la fe.
Es fácil creer en él mientras todavía luce el sol.
Es fácil creer en él mientras todo nos sale bien y todo está claro.
Jesús lo ve de otra manera:
La verdadera fe tiene que pasar por la noche de la Pasión.
La verdadera fe tiene que pasar por las oscuridades de la Cruz.
La verdadera fe tiene que pasar por “la hora de Jesús”, que es su muerte.

La Pasión y la Cruz ponen a prueba nuestra fe.
Las pruebas y los momentos difíciles son los que ponen la firma de Dios a nuestra fe.
Y la realidad le dio la razón a Jesús:
La Pasión fue la hora de la dispersión.
La Pasión fue la hora en la que le abandonaron y dejaron solo.
E incluso alguno de ellos hasta llegó a negar bajo juramente que ni le conocía en pelea de gallos.

Es la historia de la fe, que se prueba precisamente, no en los días de luz, sino en esos días de oscuridad donde no entendemos nada.
Recuerdo que con motivo del Sínodo de la Familia el año 1980, en un encuentro con los miembros del Movimiento Familiar Cristiano, que el P. Pedro Richard, Pasionista, su fundador, les dijo a las parejas casi lo mismo que Jesús a sus discípulos: “Ustedes los casados, dan la impresión de entenderse muy bien con Jesús hasta la Ultima Cena. Pero luego, se saltan a Jesús desde la Ultima Cena hasta el Domingo de Resurrección, como si la historia de la Pasión, el Jesús crucificado, no formase parte de la espiritualidad conyugal”.

No podemos hablar de verdadera fe en tanto no aceptemos la experiencia de la Cruz.
No podemos hablar de verdadera fe, en tanto no sigamos creyendo cuando todo se nos pone color de hormiga.
Es fácil seguirle cuando todo sale a nuestro gusto e interés.

El problema surge cuando todo nos sale al revés:
Entonces, comienzan nuestras crisis.
Entonces, comienzan nuestras dudas e incertidumbres.
Entonces, muchos también nos dispersamos.
Incluso le dejamos solo.
Y hasta abandonamos a la Iglesia.
Entonces, corremos también nosotros el peligro de negarle.
Entonces, corremos también nosotros el peligro de decir que no le conocemos.

Sin embargo, Jesús no quiere hacerles caer en el desaliento.
“Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí”.
Yo comprenderé vuestras dudas y vuestros miedos.
Yo comprenderé vuestras debilidades en medio de vuestras pruebas.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: La Ascensión del Señor

Ascensión del Señor

“Los Once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. (Mt 28,16-20)

Hoy celebramos el día de la Ascensión.
Digamos el día del regreso, el día de “volver al Padre”.
La Navidad fue la fiesta de la venida, el día de la “bajada”.
Por eso me gusta ver la Ascensión como la segunda Navidad.
No es la Navidad de la encarnación en la que, Jesús “sin dejar de ser lo que era, se rebajó hasta hacer uno cualquiera”.
Es la Navidad que pone fin a la primera y “sin dejar su naturaleza humana” regresa a la condición divina del Padre”.
Y hasta me atrevería a hablar de una tercera Navidad, ésta más silenciosa pero no menos real: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Es un día :
De despedida.
De envío a la misión.
De la misión de “hacer discípulos de todos los pueblos”.
De la misión de “bautizar a todos en nombre de la Trinidad”.
De “enseñar el Evangelio del amor”.

Tres ideas que tienen que ayudarnos a comprender la Ascensión.
Porque la Ascensión es misterio de Jesús.
Pero también misterio de cada uno de nosotros.
Es misterio de la presencia de cada día.

Misterio de Jesús:
Jesús, sin renunciar a la condición humana, vuelve a la condición divina.
Jesús como que ama tanto a los hombres que, aún en el amor del Padre, no nos puede olvidar a nosotros.
Jesús como que se ha acostumbrado tanto a compartir nuestra condición, que ya no se acostumbra a vivir sin nosotros.
Y por eso nos garantiza que “estará con nosotros”.
No de simple visita sino “todos los días hasta el fin del mundo”.

Misterio nuestro:
Jesús se va en un momento difícil.
“Muchos todavía vacilan” en su fe en él.
Muchos todavía parecen no estar maduros:
Para quedarse solos.
Para asumir los retos de la misión.

Una vez más hemos de reconocer:
Que Jesús nunca busca a los grandes.
Que Jesús nunca busca a los poderosos que se sienten seguros.
Sino que Jesús es capaz de fiarse y confiar:
en los inmaduros en la fe.
en los que dudan de él.
Jesús no espera a que sean hombres perfectos.
no espera a que sean especialistas.
no espera a que todos tengan “diploma en la fe”.
no espera a que seamos santos para que anunciemos el Evangelio.
no espera a que se nos canonice para que hagamos discípulos suyos.

Por eso mismo, él seguirá estando con nosotros.
Para hacer fuertes a los débiles.
Para hacer más fuertes a los ya fuertes.
Para hacer mejores a los buenos.
Para hacer valientes a los cobardes.

Por eso es la fiesta de Jesús.
Pero también la nuestra.
Es es fiesta porque él regresa al triunfo definitivo.
Es nuestra fiesta porque es la manifestación de la confianza de Dios en su Iglesia.
Es la fiesta de la confianza en cuantos creemos, por más que nuestra fe no siempre esté suficiente madura.

No sé si admirar más la confianza que Dios pone en nosotros, con nuestras vacilaciones.
O admirarnos a nosotros mismos que nos sentimos importantes.

Señor: si nos ves débiles, haznos fuertes.
Señor: si ves que te fallamos, que contemos con tu presencia.
Señor: si ves que todavía son muchos los que no te conocen, danos el coraje de seguir luchando.
Señor: aunque no te veamos, que sí podamos sentirte a nuestro lado.

Clemente Sobrado cp.