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Pentecostés

Pentecostés - Espíritu Santo

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“Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban: “¿No son galileos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?” (Hch 2,1-11)

Disculpen que hoy, piense “en Pentecostés y los ancianos”, porque, de alguna manera, todos nos imaginamos que eso del Espíritu Santo es para gente joven, como si los ancianos no necesitasen ya de él.
El Espíritu Santo está en toda la Iglesia.
Y los ancianos también son Iglesia.
El Espíritu Santo habla a toda la Iglesia.
Luego también habla a los ancianos.
Todos estamos llamados a renovarnos.
Los ancianos también.
El Espíritu Santo rejuvenece a la Iglesia.
También los viejos pueden rejuvenecerse.

El Espíritu Santo es el que nos recrea a todos como hombres nuevos.
¿Y acaso, los ancianos no están llamados a ser los hombres nuevos, incluso envejecidos, de la Iglesia.
El Espíritu Santo confiere la continuidad de la Misión de Jesús, ¿acaso los ancianos no están llamados también a continuarla desde sus posibilidades, por más que estén en el atardecer de la vida?
No olvidemos la parábola de aquel que buscaba obreros para sus campos. Hubo llamadas de primera hora, las hubo a media mañana, al mediodía, a media tarde y cuando ya la tarde iba de caída.
Todas las horas son buenas para sentir la llamada del Señor.
Todas las personas son capaces de escuchar esta llamada a cualquier hora.

No todos tenían la misma edad el día de Pentecostés. Los había más jóvenes y menos jóvenes y, sobre todos, vino el Espíritu Santo.
Y todos fueron transformados. Y todos asumieron cada uno su propia misión.

¿Acaso los ancianos no tienen la misma capacidad para ser renovados por el Espíritu y ser dotados de los dones del Espíritu?
Y los frutos del Espíritu los conocemos por Pablo:

  • “El amor”. También los ancianos tienen un corazón capaz de amar y ser amados.
  • “Alegría”. También los ancianos tienen su sonrisa y su capacidad de revelar el gozo y la placidez del atardecer de la vida.
  • “Paz”. También los ancianos viven esa paz del espíritu, y son agentes de paz en los hogares y en la sociedad. Un anciano es casa, es el signo de la serenidad, la tranquilidad y la paz.
  • “Paciencia”. También los ancianos tienen capacidad para saber serenarse y tomar las cosas con tranquilidad. A veces sus males los alteran. Pero aún así bajo esas manifestaciones corre un río de paz.
  • “Afabilidad”. ¿Quién ha dicho que los ancianos no tienen ese don fruto de la bondad y serenidad de su corazón? Si no, pregúntele a los nietos cómo se sienten con los abuelos.
  • “Bondad”. En el corazón del anciano el atardecer de la vida les regala esa bondad natural y también la bondad fruto del Espíritu en ellos.
  • “Fidelidad”. También ellos están llamados a seguir siendo fieles a sí mismos, fieles a su bautismo, fieles a su fe y fieles a su esperanza. (Gal 5,22)

Por eso, Pentecostés, también es la fiesta de los que van por delante y cuya única ventaja es que han nacido antes y están llamados también a llegar antes.
Que el Espíritu Santa les consuele a todos en sus limitaciones y les regale la alegría de la vejez, que es la alegría de acercarse también más a Dios.

El Espíritu es de todos, también de los que ya hemos caminado mucho en la vida y el calendario nos va robando cada día un pedacito de vida.

Clemente Sobrado cp.

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Dios también habla hoy: Sábado de la 7 a. Semana de Pascua – Ciclo B

“Pedro, volviéndose, vio que los seguí el discípulo a quien Jesús tanto amaba el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: “Señor, ¿Quién es el que te va a entregar?” Al verlo, Pedro dice a Jesús: “Señor, y este ¿qué? Jesús le contesta: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, a ti ¿qué? Tú, sígueme”. (Jn 21,20-25)

Así termina Juan su Evangelio, con una escena que manifiesta en primer lugar una cierta relación particular entre Pedro y Juan, y en segundo lugar, recuerda la escena de la Ultima Cena cuando Pedro pide a Juan le revele quién de ellos es el traidor.

Luego de las tres confesiones de amor de Pedro y la misión de Jesús como pastor de sus corderos y ovejas, Jesús le dice a Pedro: “Sígueme”. Diera la impresión de que ambos comenzaron a alejarse del grupo, pero Juan como que les seguía un tanto de lejos. Y viene el interés o la curiosidad de Pedro: “Bueno, y con éste ¿qué va a pasar?”
La respuesta de Jesús es bien curiosa:
¿A ti qué te importa lo que yo voy a hacer con Juan?
Tú preocúpate de ti.
Tú sígueme.
Tú sé tú mismo y deja que él sea él mismo.

La idea de Jesús es suficientemente clara.
Todos somos discípulos suyos.
Pero cada uno tenemos nuestro propio camino.
Cada uno tenemos nuestra propia misión.
Pedro será el testigo de lo que tiene que ser el nuevo pastor en la Iglesia.
Juan tendrá como misión ser el testigo del amor
Hasta este momento todos le seguían en grupo
Desde ahora tendrán que dispersarse por caminos distintos.
Todos serán testigos suyos.
Pero todos por caminos distintos y misiones diferentes.

Todos hemos recibido un mismo bautismo.
Todos formamos una misma Iglesia.
Todos compartimos la misma fe.
Y todos compartimos la misma misión.
Pero todos por caminos distintos.
La unidad no impide la diversidad de caminos y misiones.
Como tampoco la diversidad ha de ser un impedimento y un obstáculo para la unidad.

Como cantamos en nuestras misas dominicales:
“¡Un solo Señor, una sola fe,
Un solo bautismo, un solo Dios y Padre.
Llamados a guardar la unidad del Espíritu, por el vínculo de la paz.
Llamados a formar un solo cuerpo, en un mismo Espíritu.
Llamados a compartir una misma esperanza en Cristo”.

La Constitución sobre la Iglesia del Vaticano II, luego de describir todo aquello que nos une y es común a todos añade: “Porque hay diversidad entre sus miembros, ya según los ministerios, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien de sus hermanos; ya según la condición y ordenación de vida, pues muchos en el estado religioso, tendiendo a la santidad por el camino más arduo, estimulan con su ejemplo a los hermanos”. (LG n.13)

Y describe luego esas diversas condiciones de vida: solteros, casados, viudez, trabajo, salud etc.
La Iglesia es una: los caminos muchos.
La santidad es una: los caminos muchos.
El Evangelio es uno: los caminos muchos.
El Padre es uno: los caminos muchos.
Jesús es uno: los caminos muchos.
El Espíritu Santo es uno: los caminos muchos.
El camino de los casados es distinto: pero su vocación en la Iglesia es la misma.
El camino de los trabajadores es distinto: pero su vocación en la Iglesia es la misma.
Ni mi camino es tu camino.
Ni el tuyo es el mío.
Pero tú y yo estamos llamados a ser la misma Iglesia y a vivir y testimoniar el mismo Evangelio: “Tú sígueme”.

Si todos los caminos conducen a Roma, también conducen a la santidad. No cambies el tuyo por el de tu vecino. Lo importante es encontraros al final.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Viernes de la 7 a. Semana de Pascua – Ciclo B

APACIENTA MIS OVEJAS

“Después de comer con ellos, dice a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?” El le contestó: “Si, Señor, tú sabes que te quiero”.
Jesús le dice: “Apacienta mis corderos”.
Por segunda vez le pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”
El le contesta: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”.
El le dice: “Pastorea mis ovejas”.
Por tercera vez le pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” “Apacienta mis ovejas”. (Jn 21,15-19)

Después de un buen almuerzo no es el mejor momento para examinar a alguien.
Pero todos los tiempos son oportunos para examinarnos del amor.
Jesús, antes de declarar a Pedro como el Pastor de su rebaño que es la Iglesia, no le examina:
Ni de teología.
Ni de Sagrada Escritura.
Ni de Derecho Canónico.
Ni de matemáticas, o química o física, ni de historia.
Le examina solo de una cosa: “del amor”.

Porque para ser buen pastor está bien ser Doctor en Teología.
Porque para ser buen pastor está bien tener un Doctorado en Derecho Canónico.
Porque para ser buen pastor está bien tener otros títulos académicos.
Pero todos ellos sirven de poco para “ser un buen Pastor” en la Iglesia, si desaprueba en el amor.

Jesús se declaró a sí mismo el “Buen Pastor” porque fue capaz de “dar su vida por las ovejas”.
Por eso, los que luego continúen su misión de “buenos pastores” han de ser examinados no de lo que saben, sino de “cuánto aman”, “de si aman de verdad hasta dar sus vidas”.

Los pastores tendrán la misión de conservar la fidelidad a la verdad.
Los pastores tendrán la misión de enseñar la verdad.
Los pastores tendrán la misión de que aprendamos teología.
Pero el verdadero pastor, ayer como hoy:
Tiene que distinguirse por el amor.
Tiene que distinguirse por lo mucho que ama.
Tiene que distinguirse por amar a todos.
La misión del “pastoreo y cuidado de los corderos y las ovejas” Jesús no la confía al “saber”, sino al “amar”.

La formación de los futuros pastores tendrá que ser doctrinal, claro que sí.
Pero sobre todo tiene que ser una formación en el amor.
En mi tiempo, si uno suspendía en latín, no valía para sacerdote.
Hoy, es posible que el que suspenda en teología, tampoco pueda seguir adelante.
Pero ¿alguien nos examina del amor?
A mí, que sepa yo, nadie me examinó de “si amaba”.
Me pusieron nota en teología, en Escritura, en Derecho y otras materias más.
¿Alguien me puso nota en mi capacidad de amar?

Y hoy, cuando se trata de elegir a los Pastores ¿alguien les examina del amor?
Muchos problemas existen hoy en la Iglesia con motivo de la elección de los Pastores.
Que si es de aquí o de allí.
Que si habla esta o aquella lengua.
Que si pertenece a esta o aquella cultura.
Pero lo que todavía no logro observar es que las protestas y los interrogantes provengan de si “es alguien que ama de verdad”.

Entiendo la importancia pastoral de la mentalidad cultural del pastor.
Pero mucho más importancia doy a si es una persona con un corazón “grande para amar”.
Necesitamos pastores sabios. Pero, sobre todo, necesitamos de “pastores que se distingan por su capacidad de amar”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Jueves de la 7 a. Semana de Pascua – Ciclo B

“También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me han enviado y los has amado como me has amado a mí”. (Jn 17, 20-26)

Jesús no sabe hablar con el Padre si no es hablándole de nosotros.
Se siente tan unido y tan “uno” con nosotros que cuando habla de sí con el Padre tiene que hablarle también de nosotros.
En esta oración de Jesús diera la impresión de que:
Jesús no es nada sin el Padre.
Jesús no es nada sin nosotros.
Y nosotros no somos nada sin Jesús y el Padre.
Nadie le ha hablado tanto al Padre de nosotros como Jesús.
Desde que se encarnó y se hizo uno de nosotros, Jesús no se entiende a sí mismo sin nosotros:
“para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí,
Y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”.

Jesús no se entiende a sí mismo sin nosotros aquí en la tierra.
Se ha identificado tanto con nosotros que se ve a sí mismo como uno de de nosotros.
Incluso le pide al Padre, que en el cielo:
estemos donde él está,
contemplemos su gloria, “la que me diste , porque me amabas, antes de la creación del mundo”.
No se entiende a sí mismo sin nosotros, aquí en la tierra.
Pero tampoco en el cielo.
Como si no le bastara la gloria que recibe del Padre, si no es compartiéndola con nosotros.

Y es en esta comunión del Padre con El, de El con nosotros y nosotros con El, donde Jesús quiere hacer creíble su encarnación. “Para que el mundo crea que tú me has enviado”.
No haremos creíble la encarnación con nuestras grandes estructuras eclesiales.
No haremos creíble la encarnación con los grandes títulos eclesiásticos.
No haremos creíble la encarnación de Jesús con nuestras grandes Catedrales.
No haremos creíble la encarnación de Jesús con todas nuestras teologías.

Lo único que hace creíble la encarnación es:
Nuestra comunión con él,
Pero sobre todo, la comunión de amor entre nosotros mismos.
El gran argumento que hace creíble la encarnación de Jesús es “el amor, la unidad, la comunión y la fraternidad”.

El amor no es solo una exigencia del corazón humano.
El amor es una exigencia de la fe.
El amor es una exigencia del amor del Padre que nos envió a Jesús.
El amor es una exigencia de la credibilidad de su encarnación y su presencia en medio de nosotros.

La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la humanización de Jesús.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la encarnación de Jesús en el vientre virginal de María.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la Navidad.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad del Evangelio.
La Iglesia es el sacramento de la credibilidad de la vida eterna.
Pero sólo a través del amor.
Sin amor la Iglesia no es creíble en sí misma.
Sin amor la Iglesia no es creíble en su predicación.

El amor es el principio del conocimiento.
“Padre Santo, el mundo no te ha conocido, yo te he conocido,
y estos han conocido que tú me enviaste.
Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos”.
Las grandes crisis de la Iglesia no son doctrinales.
Las grandes crisis de la Iglesia no son estructurales.
Las grandes crisis de la Iglesia son “crisis de amor”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Miércoles de la 7 a. Semana de Pascua – Ciclo B

“Jesús levantando los ojos al cielo oró diciendo: “Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros”. (Jn 17,11.19)

Tenemos experiencia de la vida.
Pero no tenemos experiencia de la muerte.
Sólo la experiencia de la muerte de otros.
Tiene que ser maravilloso estar frente a la muerte y olvidarse uno de sí mismo para pensar en los demás.
Jesús contempla su próxima muerte pensando en nosotros.
Jesús mira a su muerte mirándonos a nosotros.
Jesús mira a su muerte preocupado de nosotros.
Jesús mira a su muerte hablándole al Padre de nosotros.

Y no le pide cosas para nosotros.
No le pide que nunca nos enfermemos.
No le pide que todos los días sean festivos.
Le pide algo para él y fundamental para la Iglesia: “que sean uno”.
Le pide la unidad que supere toda división.
Le pide la unidad que supere todo resentimiento.
Le pide la unidad que supere todo individualismo.

Por eso le pide “que todos sean uno”, pero “como nosotros”.
Le pide para su Iglesia una unidad trinitaria.
Le pide para su Iglesia una unidad que nace de la unidad de Dios con Jesús.
Le pide para su Iglesia una unidad que es comunión de Dios con nosotros.
Unidad de vida.
Unidad de verdad.
Unidad de amor.
Unidad en un mismo Espíritu.

No le pide esa unidad externa que nace de pertenecer a unas mismas estructuras.
No le pide esa unidad externa que nace de la obediencia a los Jefes.
No le pide esa unidad externa y aparente y vacía por dentro.
Sino la unidad de “creer todos el mismo amor”.
La unidad de “vivir todos del mismo amor”.
La unidad de “vivir todos la misma vida divina”.
La unidad de “vivir todos la misma verdad del Evangelio”.
La unidad de “vivir todos una misma filiación”.
La unidad de “vivir todos una misma fraternidad”.
La unidad de “vivir todos una misma comunión”.

El único modelo de unidad de la Iglesia es la del Padre con Jesús.
El único modelo de unidad de la Iglesia es la de su comunión con Jesús.
El único modelo de unidad de la Iglesia es la de la comunión en un mismo Espíritu.

Para ello, Jesús nos quiere en el mundo.
No al margen y fuera del mundo.
“No ruego los retires del mundo”.
Pero sí “que los guardes del mundo”.
Igual que él estuvo en el mundo, sin ser del mundo.
Igual que él estuvo en el mundo, pero siempre al margen de los criterios del mundo.
Es en el mundo donde estamos llamados a ser testigos de esa unidad.
Es en el mundo donde tenemos que demostrar que los hombres podemos entendernos.
Es en el mundo donde tenemos que demostrar que la fraternidad es posible.
Es en el mundo donde tenemos que demostrar que la fraternidad puede darse sin armas.

El Documento de Puebla lo expresó hasta poéticamente hablando de los seglares:
“hombres de la Iglesia en el corazón del mundo,
Y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia” (DP 786)
O como dice Aparecida: “porque incentivan la comunión y la participación en la Iglesia su presencia en el mundo” (A 215)

Si hemos de ser “uno como el Padre y Jesús son uno”, estamos llamados en la Iglesia:
A ser uno con el Papa y él con nosotros.
A ser uno con los Obispos y ellos con nosotros.
A ser uno con todos los creyentes.
A ser uno con todos los hombres, aún con aquellos que no “sean de los nuestros”.
El gran pecado de en la Iglesia es la falta de unidad, de comunión.
Y aquí todos somos responsables. Fieles y Pastores.
Ni la autoridad debe dividir ni distanciar.
Ni la condición de seglares debe ser fuente de división.

Somos cristianos y somos humanidad cuando somos una sola familia y una sola comunión en la fraternidad.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Martes de la 7 a. Semana de Pascua – Ciclo B

Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti

Jesús levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre la carne, dé vida eterna a los que le confiaste. Esa es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo”. (Jn 17,1-11)

Comenzamos la llamada “Oración Sacerdotal de Jesús”.
Una oración en la que de su corazón brota como un manantial, el agua de la experiencia de su Padre y la experiencia de su vida.
Una oración que debiera servirnos a nosotros para orar.
Una oración en la que debiéramos vernos a nosotros mismos delante del Padre.

Jesús comienza por algo fundamental.
Por expresar ante el Padre su actitud ante su “hora”, es decir ante su muerte.
Resulta maravilloso ver con qué gozo y con qué naturalidad habla Jesús de su muerte.
No como un fracaso.
No como una derrota.
No como un final que termina en el vacío.
Sino como una doble glorificación:
Como la glorificación del Hijo.
Como la glorificación del Padre.

¡Con el miedo que nosotros tenemos de hablar sobre la muerte!
Cuando hablamos de la muerte como que lo decimos bajito para que nadie se entere.
Teníamos en la comunidad a un Obispo retirado.
Tenía un rechazo visceral a hablar de la muerte. Ignoro la causa.
Cada vez que en la comunidad hablábamos de la muerte, solía interrumpirnos diciendo: “¡Y no podían hablar de otra cosa?”
En una ocasión me llamaron para administrar el Sacramento de los Enfermos a un amigo mío, cuya vida estaba en el atardecer.
Mientras subíamos las escaleras, se me ocurre preguntar a sus hijos: “¿cómo estaba y si todavía tenía la mente suficientemente lúcida”. Yo tengo la manía de hablar siempre alto.
En esto, uno de los hijos me dice: “¡Por favor, Padre, hable bajito porque todavía oye!”
En esto, escuchamos que el viejo desde su cama nos dice: “Sube, Clemente, sube, nos les hagas caso”.

Estoy convencido de que somos los sanos los que tenemos más miedo que los enfermos.
Somos los sanos los que tenemos más miedo a la muerte que los que se están despidiendo.
Una vez ya con él, yo pensaba pedir que me dejasen solo para tener más libertad de hablar. Pero él se me anticipa y les dice a los hijos: “podéis quedaros, quiero recibir el Sacramento en vuestra compañía. Lo único que siento es que no habéis puesto un florero bonito ni unas velas encendidas”.

Hablamos mucho del sentido cristiano de la vida.
Pero nos atrevemos a hablar del sentido cristiano de la muerte.
Todos nos enseñan a cómo tenemos que vivir.
Pero ¿quién se atreve a enseñarnos desde niños a cómo aprender a morir?

Nunca olvidaré a aquel ingeniero que me decía la víspera de su muerte:
“Mire, Padre, cuando vino el médico le dije:
“Doctor, yo no quiero morir como los fusilados de madrugada que les vendan los ojos. Dígame la verdad, soy creyente y quiero morir con los ojos abiertos”.

Es lo que hace Jesús en su Oración al Padre:
Muere con los ojos abiertos.
Muere consciente de que ha llegado su hora.
El ama, más que nadie la vida, por eso ama también la muerte.
Porque para él la muerte inminente “es precisamente” su “hora”.
La hora más importante de su vida.
La hora más dolorosa y más bella de su vida.
La hora en la que él siente que los hombres tratan de humillarlo.
Pero sabe que es la hora en la que el Padre le va a glorificar.
Y sabe que también con su muerte él va a glorificar al Padre.
No es el momento de ver que todo termina, sino que todo comienza.
Sabe que su muerte no es sino un regreso.
“Glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes de que el mundo existiese”.

La fe tiene que iluminar nuestra vida.
Y la fe tiene que iluminar también nuestra muerte.
No como algo que pone fin a la vida, sino como algo que nos abre a la vida plena.
Vivimos muriendo cada día, y morimos para vivir el día eterno.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Lunes de la 7 a. Semana de Pascua – Ciclo B

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace sus señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure”. (Jn 15,9-17)

Esta mañana, el periódico de Dios que es el Evangelio me despierta con una maravillosa noticia. Mejor dicho con varias noticias estupendas. Pero yo voy a disfrutar de unas cuatro, que no están mal para comenzar el día. ¡Yo quisiera que cada mañana los periódicos nos sorprendiesen con unas cuantas noticias capaces de despertar ilusiones y vida en nosotros.

¿Sabéis cuáles son estas buenas noticias suficientes como para poder gritar desde la mañana: “¡vale la pena vivir un día más!
La primera: que nosotros somos amigos de Jesús.
La segunda: que nosotros no somos siervos ni nos quiere ver como siervos.
La tercera: que no hemos sido nosotros quienes le hemos elegido a El como amigo sino que es El quien nos ha elegido como amigos a nosotros.
La cuarta: podemos añadirla porque tiene su miga: Jesús no tiene secretos con nosotros. Porque todo lo que le ha revelado el Padre nos lo cuenta y nos lo dice.

¿Nos parece estupendo despertarnos con estas noticias?
A mí me llena de gozo y de alegría. ¿Y a vosotros? No echéis esta página del Evangelio a la papelera como hacemos con los periódicos. Guardémosla con nuestro tesoro.

El verdadero amigo es como una especie de segundo yo.
Y en las relaciones sociales la primera relación que se va creando es la de la amistad.
Carecer de un amigo es como sentirse nadando en el vacío, una especie de marginado y excluido.

Y ahora resulta que:
Jesús nos tiene por amigos suyos.
Y nosotros tenemos por amigo a Dios.
Y nuestra relación es una relación de amistad.
Es una relación de aprecio, de estima y valoración.
¿Creéis que podéis encontrar un mejor amigo?

Pero además lo maravilloso es que:
No somos nosotros quienes hemos buscado su amistad.
Es El quien nos ha buscado como amigos.
Es El quien necesita de nuestra amistad.
Es El quien necesita de nuestra compañía.

Y con ello nos está diciendo algo importante:
Nos quiere como “amigos”.
No nos quiere como “siervos”.
No nos quiere como esclavos, sino como libres.
No quiere que nadie nos haga esclavos.
Nos quiere ver libres con su misma libertad de Dios.
¿Quién ha dicho que el cristianismo esclaviza?
¿Quién ha dicho que la Iglesia esclaviza?
Los que nos esclavizan no tienen el espíritu de Jesús.
Los que nos recortan la libertad no tienen el espíritu de Jesús.

Y así como nos quiere libres:
A Jesús le encanta abrirnos los secretos de su corazón.
A Jesús le encanta abrirnos los secretos que El conoce del Padre.
Entre Jesús y nosotros no puede haber secretos.
El conoce los secretos de nuestro corazón.
Y nosotros conocemos los secretos del suyo.
Entre amigos no existen secretos.
Entre Jesús y nosotros tampoco.

Y estamos llamados:
A ser los testigos de Jesús ante el mundo.
A dar frutos de amistad en el mundo.
A dar frutos de amor y amistad ante el mundo.

Bueno, hermanos, me quedo con el refrán: “El amigo de mi amigo, mi amigo es”.
Así que déjeme que desde hoy todos ustedes sean mis amigos. ¡Feliz día, amigos!

Clemente Sobrado c.p.

La Ascensión del Señor

“Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban”. (Mc 16,15-20)

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Fiesta de la Ascensión ¿qué nos dice hoy a nosotros?
Yo la veo como la fiesta del regreso.
Como la fiesta de los que se van y vuelven.
El, que se va al Padre.
El, que regresa de nuevo a nosotros.
Los que se van por el mundo con la Buena Noticia de Dios.
La fiesta de los que continúan la misión de Jesús.
La fiesta de los que comienzan sintiéndose acompañados.

¿Recuerdan la canción de “Id y enseñad”? Les recuerdo solo algunas ideas:
“Sois la semilla que ha de crecer, sois la estrella que ha de brillar.
Sois levadura, sois grano de sal, antorcha que ha de alumbrar.
Sois la mañana que vuelve a nacer, sois la espiga que ha de granar.
Sois aguijón y caricia a la vez, testigos que voy a enviar…
Id, amigos por el mundo, anunciando el amor,
Mensajeros de la vida, de la paz y el perdón,
Sed amigos, los testigos de mi resurrección.
Id llevando mi presencia con vosotros estoy”.

La Ascensión es la fiesta de Jesús camino del cielo.
Y de los creyentes, camino de los hombres.
Jesús la alegría y satisfacción de la misión cumplida.
Los discípulos como semilla que empieza a crecer.
Jesús que pone fin a su misión de Dios encarnado.
Los discípulos que dan comienzo a su peregrinar por el mundo:
“anunciando el amor,
mensajeros de la vida, de la paz y el perdón,
testigos de la resurrección,
llevando en sus corazones la presencia de quien sigue estando con ellos”.

La Navidad es la fiesta del Dios que “baja y se rebaja”.
La Ascensión es la fiesta del Dios que “regresa a su glorificación”.
La Navidad, la fiesta de la sorpresa de los hombres en un “niño que parece una semilla”.
La Ascensión, la fiesta de los hombres que se hacen semilla de Dios entre los hombres.

Por eso, la Ascensión no solo es la fiesta de una misión que termina.
También es la fiesta de una misión que comienza.
La fiesta de Dios que termina su misión como hombre.
La fiesta de los hombres que continúan su misión como seguidores.
Por la Navidad, Dios entraba en los caminos de los hombres.
Por la Ascensión, los hombres se hacen camino de los hombres hacia Dios.
“Sois una llama que ha de encender, resplandores de fe y caridad.
Sois los pastores que han de guiar al mundo por sendas de paz.
Sois los amigos que quise escoger, sois palabra que intento gritar.
Sois reino nuevo que empieza a engendrar, justicia, amor y verdad”.

Fiesta del triunfo y glorificación de Jesús.
Fiesta del envío de los suyos a los hombres.
Fiesta de Jesús y fiesta nuestra.
Fiesta del Jesús que se va, pero que sigue “acompañando” a los que deja.
Fiesta de los que se quedan para ser los continuadores de su encarnación.

Dios pone siempre los comienzos.
Somos los hombres los que ponemos la continuidad.
Dios siembra solo semillas.
Somos los hombres los que las hacemos crecer.
Jesús fue la gran noticia de Dios a los hombres.
Ahora los hombres somos los periódicos que llevamos cada mañana esa noticia al mundo.
¡Alegría porque has cumplido tu misión!
¡Alegría porque nos la has puesto ahora en nuestras manos!

Clemente Sobrado cp.